* PERSECUCION RELIOGIOSA “Lo único que pido al Occidente: dejen de armar a nuestros asesinos”

https://i1.wp.com/vaticaninsider.lastampa.it/es/en-el-mundo/dettagliospain/articolo/aphrem-42060/typo3temp/pics/a98430b832.jpgEntrevista con el Patriarca siro-ortodoxo Aphrem II: el martirio no es un sacrificio humano ofrecido a Dios para ganar su favor.

«Cuando vemos a los mártires, vemos que la Iglesia no es solo una, santa, católica y apostólica. En su camino por la historia, la Iglesia tambié es sufriente». Según Moran Mor Ignatius Aphrem II, Patriarca de Antioquía de los siro-ortodoxos, en el martirio también se revela un rasgo esencial de la naturaleza de la Iglesia. Una connotación que se podría añadir a las del Credo, y que siempre acompaña siempre a los que viven en el mundo imitando a Cristo, como sus discípulos. Un rasgo característico que ahora vuelve a aflorar claramente en las historias de los cristianos y de las Iglesias del Medio Oriente.

También en estos días, el Patriarca Aphrem (quien el pasado 19 de junio se reunió en Roma con el Papa) se vio involucrado en las nuevas tribulaciones que afligen a su pueblo. Su última misión pastoral, que acaba de concluir, fue en Qamishli, su ciudad natal, a la que fue para encontrarse con los miles de prófugos cristianos que huyeron de la ofensiva de los yihadistas del llamado Estado Islámico en contra del cercano centro urbano de Hassakè, en la provincia siria de Jazira.

Santidad, ¿cuál es la connotación propia del martirio cristiano?

Jesús sufrió sin motivo, gratuitamente. A nosotros, que lo seguimos, nos puede suceder lo mismo. Y, cuando sucede, los cristianos no organizan reivindicaciones para protestar “contra” el martirio. Porque Jesús prometió que no nos deja solos, que no nos hace faltar el socorro de su gracia, como indican las narraciones sobre los primeros mártires y también sobre los mártires de hoy, que van hacia el martirio con el rostro alegre y con paz en el corazón. Lo dijo Cristo mismo: beatos ustedes, cuando sean perseguidos por mi causa. Los mártires no son personas derrotadas, no son discriminados que deben emanciparse de la discriminación. El martitio es un misterio de amor gratuito.

Sin embargo, muchos siguen hablando sobre el martirio como una anomalía que debe ser eliminada, o como un fenómeno social que debe ser denunciado, en contra del cual hay que movilizarse y elevar la voz…

El martirio no es un sacrificio ofrecido a Dios, como los que se ofrecían a los dioses paganos. Los mártires cristianos no buscan el martirio para demostrar su fe. Y no derraman voluntariamente la propia sangre para ganarse el favor de Dios, o cualquier otra cosa, como el Paraíso. Por ello, no hay nada más blasfemo que definir a los kamikazes suicidas como “mártires”.

En el Occidente hay muchos que dicen que hay que hacer algo por los cristianos del Medio Oriente. ¿Es necesaria una intervención armada?

Para defender a los cristianos y a todos los demás, nosotros no pedimos al Occidente intervenciones militares. Sino más bien que dejen de armar y de apoyar a los grupos terroristas que destruyen nuestros países y masacran a nuestros pueblos. Si quieren ayudar, deben apoyar a los gobiernos locales, que necesitan ejércitos y fuerzas suficientes para mantener la seguridad y defender a sus respectivos pueblos de quienes los atacan. Hay que reforzar las instituciones estatales y hacer que sean estables. Por el contrario, vemos que desde el exterior se fomenta, de muchas maneras, su disolución forzada.

Antes de su reciente viaje a Europa, usted y los obispos de la Iglesia siro-ortodoxa se reunieron con el presidente Assad. ¿Qué les dijo?

El presidente Assad nos exhortó a hacer lo posible para que los cristianos no se vayan de Siria. “Sé que sufren”, dijo, “pero, por favor, no abandonen esta tierra, que es su tierra desde hace milenios, desde antes de que llegara el Islam”. Nos dijo que cuando haya que reconstruir al país devastado se necesitará la presencia de los cristianos.

¿Assad les pidió que llevaran algún mensaje al Papa?

Nos dijo que pidiéramos al Papa y a la Santa Sede, con su diplomacia y con su red de relaciones, que ayuden a los gobiernos a comprender lo que está sucediendo verdaderamente en Siria.

Algunos círculos occidentales acusan a los cristianos de Oriente de haberse sometido a los regímenes autoritarios…

Nosotros no estamos sometidos a Asad ni a los llamados gobiernos autoritarios. Nosotros, simplemente, reconocemos a los gobiernos legítimos. La mayor parte de los ciudadanos sirios apoya al gobierno de Asad, y siempre lo ha apoyado. Nosotros reconocemos a los gobernantes legítimos, y rezamos por ellos, como nos enseña el Nuevo Testamento. Y después vemos que del otro lado no hay una oposición democrática, sino solo grupos extremistas. Sobre todo, vemos que en los últimos años estos grupos han utilizado una ideología que viene de fuera, traída por predicadores del odio apoyados por Arabia Saudita, Qatar o Egipto. Son grupos que reciben armas también a través de Turquía, como hemos visto incluso en los medios.

Pero, ¿qué es verdaderamente el llamado Estado Islámico? ¿Es el verdadero rostro del Islam, o se trata de una entidad artificial que responde a juegos de poder?

El Estado Islámico (Daesh) no es el Islam que hemos conocido y con el que hemos convivido durante cientos de años. Hay fuerzas que lo alimentan con armas y dinero, porque sirve para usarlo en esa que Papa Francisco llamó la “guerra en pedacitos”. Pero todo esto también se sirve de una ideología religiosa aberrante, que dice seguir El Corán. Y puede hacerlo porque en el Islam no existe una estructura de autoridad que tenga la fuerza para ofrecer una interpretación auténtica de El Corán y alejar con autoridad a estos predicadores del odio. Cada predicador puede ofrecer la propia interpretación literal incluso de cada uno de los versículos que parecen justificar la violencia, y, con esta base, emanar “fatwas” sin ser contradicho o desmentido por alguna autoridad superior.

Usted habló sobre Turquía. Las autoridades turcas presionan para que vuelva a su territorio la sede del Patriarcado siro-ortodoxo, que durante algunos siglos se encontraba cerca de Mardin. ¿Cómo responderán?

Nuestro Patriarcado lleva el título de Antioquía. Y cuando surgió, Antioquí formaba parte de Siria. Era la capital de la Siria de entonces. Nuestras antiguas Iglesias en Turquía, para nosotros, tienen un gran valor histórico, pero estamos y nos quedaremos en Damasco, que es la capital de la Siria de hoy. Es una decisión libre, y ninguna presión de ningún gobierno o partido político podrá cambiarla. Dimos el nombre a la tierra que toadvía hoy se llama Siria. Y no nos iremos.

¿Cuáles son los efectos que tienen en las relaciones ecuménicas entre las diferentes Iglesias los sufrimientos que vive el conjunto de los cristianos en el Medio Oriente?

Los que matan a los cristianos no distinguen entre católicos, ortodoxos o protestantes. Siempre lo repite Papa Francisco, cuando habla sobre el ecumenismo de la sangre. Esto cambia las cosas. Vivir juntos en estas situaciones tiene el efecto de acercarnos, de hacernos descubrir la fuente de nuestra unidad. Los pastores se encuentran como hermanos en la misma fe, y pueden tomar juntos decisiones importantes. Por ejemplo, será importante lograr decidir una fecha común para celebrar la Pascua. Y, ante las tribulaciones del pueblo de Dios, que sufrimos juntos, los contrastes sobre las cuestiones de poder eclesiástico se revelan irrelevantes.

¿Qué falta para vivir la plena comunión sacramental?

Debemos confesar juntos la misma fe y aclarar antes los puntos doctrinales y teológicos en los que todavía hay algunas diferencias. Pero, debo decir que en este punto los cristianos sirios hemos ya recorrido mucho camino, porque ya existe el acuerdo de una hospitalidad recíproca entre los sirios ortodoxos y los sirios católicos. Cuando un fiel no puede participar en la liturgia o recibir los sacramentos en la propia Iglesia, puede participar en la liturgia en los lugares de culto de la otra Iglesia. Y puede acercarse incluso a la Eucaristía.

Usted participó en un congreso que hace poco organizó la Comunidad de Sant’Egidio en Roma, sobre el Sayfo, el genocidio de los cristianos sirios y de los armenios perpetrado por los Jóvenes Turcos. ¿Por qué es tan importante recordar esa historia tan dolorosa?

En Qamishli, cuando yo era un niño, siempre iba por la tarde a la Iglesia una hora antes de la oración. Me sentaba entre los ancianos y escuchaba sus historias. Muchos de ellos habían escapado del Sayfo. Hablaban de familias laceradas, de niños arrancados a sus padres y encomendados a musulmanes. Veía que, para ellos, hablar de estas historias terribles era también una manera para librarse de ese mal que oprimía sus corazones. Pero durante mucho tiempo no fue posible hablar públicamente de ello. En los últimos años, cuando las Iglesias comenzaron a conmemorar públicamente aquellos eventos trágicos, muchas personas pudieron escuchar historias que estaban encerradas en la memoria familiar como si fuera un tabú, como algo que no se podía nombrar. Y, para ellos, fue una especie de liberación. Como Iglesias, cuando hablamos del Sayfo, no perseguimos más objetivos que el de favorecer esta reconciliación interior. Y nuestros amigos turcos tendrán que entenderlo tarde o temprano: recordar aquellos hechos no es un pretexto para ir en su contra, sino que puede ayudar para comprender mejor el pasado y reconciliarse con él.

* SANTOS DEL DÍA “Santos Protomártires de la Iglesia Romana, mártires” 30 de junio

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Tanto el historiador pagano Tácito, en su obran Annales, como el Papa Clemente, en su Carta a los Corintios, testifican que muchos cristianos sufrieron martirio en medio de indecibles tormentos con la persecución desencadenada por el emperador Nerón después del incendio de Roma, en el año 64.

Algunos de ellos fueron quemados como antorchas humanas en los banquetes nocturnos, otros crucificados o echados como alimento de animales salvajes. Estos mártires murieron antes que San Pablo y San Pedro y son llamados “Los discípulos de los Apóstoles”.

Otros Santos: Marcial (Marciano), Beltrán, obispos; Cayo; Lucinia, Emiliana, Donato, mártires; Ostiano, Teobaldo, Alrico, Alpiniano, Andrónico, Apolo, confesores; Cayo, presbítero; León, subiácono; Agabo, profeta.

* SOLEMNIDAD “Santos Pedro y Pablo” 29 de junio

Cada 29 de junio, en la solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles, recordamos a estos grandes testigos de Jesucristo y, a la vez, hacemos una solemne confesión de fe en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Ante todo es una fiesta de la catolicidad.

Pedro, el amigo frágil y apasionado de Jesús, es el hombre elegido por Cristo para ser “la roca” de la Iglesia: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” ( Mt 16,16). Aceptó con humildad su misión hasta el final, hasta su muerte como mártir. Su tumba en la Basílica de San Pedro en el Vaticano es meta de millones de peregrinos que llegan de todo el mundo.

Pablo, el perseguidor de Cristianos que se convirtió en Apóstol de los gentiles, es un modelo de ardoroso eevangelizador para todos los católicos porque después de encontrarse con Jesús en su camino, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio.

Solemnidad de san Pedro y san Pablo, apóstoles. Simón, hijo de Jonás y hermano de Andrés, fue el primero entre los discípulos que confesó a Cristo como Hijo de Dios vivo, y por ello fue llámado Pedro. Pablo, apóstol de los gentiles, predicó a Cristo crucificado a judíos y griegos. Los dos, con la fuerza de la fe y el amor a Jesucristo, anunciaron el Evangelio en la ciudad de Roma, donde, en tiempo del emperador Nerón, ambos sufrieron el martirio: Pedro, como narra la tradición, crucificado cabeza abajo y sepultado en el Vaticano, cerca de la vía Triunfal, y Pablo, degollado y enterrado en la vía Ostiense. En este día, su triunfo es celebrado por todo el mundo con honor y veneración.
patronazgo: Pedro: patrono de Roma, Ginebra, Poznan y muchas ciudades y diócesis del mundo; de muchos oficios: carniceros, vidrieros, carpinteros, instaladores, herreros, plomeros, relojeros, ceramistas, marineros, tejedores, pescadores; protector de los náufragos, las vírgenes y los penitentes; para invocar contra la posesión demoníaca, la epilepsia, la rabia, la fiebre, mordeduras de serpiente, dolencia del pie, y para pedir buen clima.
Pablo: patrono también de Roma, de Malta, y de muchas ciudades y diócesis; de los teólogos y pastores, tejedores, cesteros, cordeleros, talabarteros, obreros, de la prensa católica; protector para pedir la lluvia y la fertilidad de los campos, contra el miedo y la ansiedad, dolor de oído, cólicos, mordedura de serpiente, rayos y granizo.
tradiciones, refranes, devociones: Lluvia por San Pedro, llueve el mes entero.
San Pedro mollado, outro mes alagado.
Al cuco, San José le da el habla, y San Pedro se la quita.
(hay muchas variantes de estos refranes)
refieren a este santo: San Epafras
oración:

Señor, Dios nuestro, tú que entregaste a la Iglesia las primicias de tu obra de salvación, mediante el ministerio apostólico de san Pedro y san Pablo, concédenos, por su intercesión y sus méritos, los auxilios necesarios para nuestra salvación. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

Ver más información en:
Los Doce

Los dos santos que celebramos hoy son de los más fundamentales de la Iglesia. Por mucho que hubiéramos deseado abreviar la lectura, ha resultado imposible hacerlo en menos espacio que el que se ha utilizado. Se trata de dos artículos prácticamente independientes, que aprovechan muchas partes del Butler-Guinea: todo el dedicado a Pedro (tomo II, pág. 674ss) y casi todo el dedicado a Pablo (679ss), pero incorpora elementos que no eran críticamente seguros en época de la edición de esos artículos, y lo son ahora. No he hecho una diferencia visual (comillas, cursiva, etc) entre lo que dice el Butler-Guinea y lo que he agregado por mi cuenta, porque no se trata de una edición crítica del Butler-Guinea sino de ayudar, en la medida de lo posible a introducirse en estos fundamentales personajes de la historia de nuestra Iglesia, quien esté interesado en conocer esas diferencias, puede compararlos; lo que sí deben tener en claro los copipasteros de internet, que éste no es el artículo del Butler-Guinea, y que si habitualmente hago correcciones personales en los artículos, en éstos esas correcciones han sido mucho mayores. Por ese motivo no lo firmo con «Butler-Guinea» sino con mi nombre, aunque en la balanza hay más frases sacadas de esa gran obra que escritas por mí.

San Pedro

La historia de san Pedro, tal como la cuentan los Evangelios, es muy conocida y no hay necesidad de relatarla aquí en detalle. Sabemos que era galileo, que tenía su casa en Betsaida, que estaba casado, que era pescador y que era hermano del apóstol san Andrés. Portaba el nombre de Simón, pero el Señor, en el primer encuentro que tuvo con él, le dijo que se llamaría Cefas, el equivalente, en arameo, de la palabra griega que significa «piedra» y que, en su forma española, derivó hasta convertirse en el apelativo Pedro. Nadie que haya leído, aunque sea superficialmente, el Nuevo Testamento, habrá dejado de advertir el sitio predominante que se le otorga siempre entre los primeros seguidores de Jesús. Fue él quien actuó como portavoz de los demás, al proclamar una sublime profesión de fe: «¡Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo!» (Mt 16,16; Mc 8,29; Lc 9,20). A él personalmente le dirigió el Salvador estas palabras, con una solemnidad que no tiene paralelo en los Evangelios: «¡Bendito seas, Simón, hijo de Jonás, porque no han sido la carne ni la sangre las que te revelaron estas cosas, sino mi Padre que está en los Cielos! Y Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella; a ti te daré las llaves del Reino de los Cielos: y todo lo que tú atares en la tierra, atado quedará en el cielo; y lo que desatares en la tierra, quedará desatado en el cielo» (Mt 16,17).

No menos familiar es la historia de la triple negativa de Pedro hacia su Maestro, no obstante la advertencia que Él mismo le había hecho sobre el particular. El caso fue relatado por los cuatro evangelistas con una abundancia de detalles que parece exagerada ante la pequeñez del suceso, si se le compara con los otros incidentes en la Pasión de Nuestro Señor y, esta misma singularización aparece como un tributo a la elevada posición que san Pedro ocupaba entre sus compañeros. Por otra parte, si bien las advertencias de Jesús no fueron tomadas en cuenta por el Apóstol, tengamos presente que estuvieron precedidas por otras palabras, asombrosas y desconcertantes por su extraño cambio del plural al singular en la misma frase: «Simón, Simón, mira que Satanás va tras de vosotros para zarandearos como el trigo en la criba; mas yo he rogado por ti, a fin de que tu fe no parezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos» (Lc 22,31). Igualmente impresionante es la triple reparación que el Señor, con acentos de ternura, pero con una insistencia rayana en la crueldad, le pidió a su avergonzado discípulo junto al Lago de Galilea: «Cuando hubieron comido, Jesús le dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas tú más que éstos? Él respondió: Sí, Señor, Tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas. Después volvió a decir: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Simón le respondió: ¡Sí, Señor; Tú sabes que te amo! Y Él le dijo: Apacienta mis ovejas. Y por tercera vez le repitió: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Y él repuso: ¡Señor! ¡Tú, que sabes todas las cosas, bien sabes que te amo! Jesús volvió a decir: Apacienta mis ovejas» (21,15ss). Todavía más maravillosa es la profecía que Jesús hizo a continuación: «En verdad, en verdad, yo te digo: cuando tú eras joven te ceñías a ti mismo e ibas donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás las manos para que otro te ciña y te conduzca a donde tú no quieras». «Y esto -agrega el evangelista- lo dijo para significar por cuál muerte habría de glorificar a Dios».

Después de la Ascensión, nos encontramos con que san Pedro se halla aún en primer plano. A él se le nombra primero en el grupo de los Apóstoles y se indica que moraba con los demás en «una habitación alta», donde «todos, animados de un mismo espíritu, perseveraban juntos en oración con las mujeres y con María, la Madre de Jesús y, sus hermanos» (Hech 1,13-14), hasta la venida del Espíritu Santo, el día de Pentecostés. También fue Pedro quien tomó la iniciativa al elegir un nuevo apóstol en el lugar de Judas y el que primero habló a la muchedumbre para darle testimonio de «Jesús de Nazaret, un hombre autorizado por Dios a vuestros ojos, con los milagros, maravillas y prodigios que, por medio de Él, ha hecho entre vosotros, a quien Dios ha resucitado, de los que todos nosotros somos testigos». Y se agrega más adelante: «Oído este discurso, se compungieron sus corazones y dijeron a Pedro y los demás: Hermanos, ¿qué es lo que debemos hacer? A lo que Pedro respondió: Haced penitencia y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucisto». Entonces, «los que habían recibido su palabra, fueron bautizados» y se agrega que aquel día se añadieron a la Iglesia, «cerca de tres mil personas». También se ha registrado a Pedro como al primero que realizó un milagro de curación en la Iglesia cristiana. Un hombre cojo de nacimiento, se hallaba al borde del camino por donde Pedro y Juan subían hacia el Templo a orar y les rogó que le diesen limosna. «Pedro entonces, fijando con Juan la vista en aquel pobre, le dijo: Mira hacia nosotros. Él los miraba de hito en hito, en espera de que le diesen algo. Mas Pedro le dijo: Plata y oro yo no tengo, pero te doy lo que tengo. En el nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y camina. Y tomándole de la mano derecha lo levantó, y al instante se le consolidaron las piernas y los pies. Y dando un salto, se puso en pie y echó a andar, y entró con ellos en el templo por sus propios pies, saltando y loando a Dios» (Hech 3).

Al iniciarse la persecución que culminó con el martirio de san Esteban en presencia de Saulo, el futuro Apóstol de los Gentiles, la mayoría de los nuevos convertidos a las enseñanzas de Cristo se dispersaron, pero los Apóstoles permanecieron agrupados en Jerusalén, hasta que llegaron noticias sobre la acogida favorable que habían recibido en Samaría las predicaciones de san Felipe el Diácono. Entonces, san Pedro y san Juan se trasladaron a aquellas comarcas e impusieron las manos (lo que está en la base del desarrollo posterior de la confirmación como sacramento independiente) sobre los que san Felipe había bautizado. Entre éstos se hallaba un hombre al que conocemos con el nombre de Simón el Mago, quien presumía de poseer ocultos poderes y había adquirido mucha fama por sus hechicerías (Hech 8,18ss). Al ver el Mago lo que sucedía con los recién confirmados, se acercó a los Apóstoles para decirles: «Dadme a mí también esa potestad, para que cualquiera a quien imponga yo las manos, reciba el Espíritu Santo». Pero, aun cuando ofreció dinero, no obtuvo más que una rotunda negativa. Pedro le dijo: «Perezca tu dinero contigo; pues has juzgado que se alcanzaba por dinero el don de Dios», de donde llamamos «simonía» al pecado de la venta de los dones sagrados. En la literatura apócrifa conocida como las «Pseudo-clementinas», se representa a Simón el Mago, en una época posterior, al encontrarse con san Pedro y entablar una larga discusión con él y con san Clemente, mientras viajan de una a otra de las ciudades marítimas de Siria, en su travesía a Roma. Todavía antes que las Clementinas, san Justino Mártir (que escribió por el año de 152), declara que Simón el Mago fue a Roma, donde se le honró como a una deidad; pero debe admitirse que las evidencias citadas por Justino sobre este particular, son muy poco satisfactorias. También en las apócrifas «Actas de san Pedro» hay una dramática historia sobre los intentos del Mago para ganarse la voluntad de Nerón por medio de demostraciones de sus poderes ocultos, de los que pensaba valerse para volar por los aires. De acuerdo con aquella leyenda, san Pedro y san Pablo estaban presentes y, por medio de sus oraciones, anularon los poderes mágicos de Simón que, al emprender el vuelo, cayó a tierra y, poco después, murió a consecuencia de las heridas. Muchos otros relatos contradictorios son relatados por Hipólito (en su Philosophumena) y varios escritores antiguos, siempre en torno a una discusión, a un conflicto entre Simón el Mago y los dos grandes Apóstoles, con Roma por escenario. A pesar de la debilidad de las evidencias, hubo una inclinación general entre los escritores cristianos primitivos, como por ejemplo san Ireneo, para considerar a Simón el Mago como «padre de los herejes», y en eso debe haber algo de simbólico, porque los antagonistas del Mago eran siempre san Pedro y san Pablo, los representantes de la verdad cristiana en la capital del mundo de entonces.

Casi todo lo que sabemos de cierto sobre la existencia posterior de san Pedro, procede de los Hechos de los Apóstoles y de algunas alusiones en sus propias Epístolas y en las de San Pablo. Tiene particular importancia el relato sobre la conversión del centurión Cornelio, puesto que, a raíz de aquel acontecimiento, surgió el debate sobre la continuación de la práctica del rito de la circuncisión y el mantenimiento de la prescripción de la ley judía para no mezclarse con los gentiles ni comer algunos de sus alimentos. Con las instrucciones que recibió en el curso de una visión, san Pedro, tras algunos titubeos, llegó a admitir que la antigua costumbre había terminado y que la Iglesia fundada por Cristo, iba a ser para los gentiles lo mismo que para los judíos. San Pablo le dirigió algunos reproches, como sabemos por la Epístola a los Gálatas (cap. 2), al calificarle de oportunista y falto de corazón por aceptar estrictamente aquellos principios. El incidente parece haber estado en relación con el congreso de algunos Apóstoles y ancianos en el Concilio de Jerusalén, pero no se sabe a ciencia cierta si esta reunión fue anterior o posterior a las réplicas que san Pablo dirigió a san Pedro en Antioquía. De todas maneras, fue la palabra de Pedro la que inspiró las conclusiones que adoptó la asamblea de Jerusalén (Hech 15). Aquella resolución decía que los gentiles convertidos al cristianismo, no necesitaban ser circuncidados ni observar la ley de Moisés. Por otra parte, a fin de no herir la susceptibilidad de los judíos, estos podrían abstenerse de la sangre y de comer carne de seres estrangulados, así como se abstenían de la fornicación y de los sacrificios a los ídolos. Estas decisiones fueron comunicadas a los cristianos de Antioquía y sirvieron para calmar las inquietudes de los numerosos fieles en la gran ciudad.

Es posible, aunque no contemos con datos concretos, que antes del «Concilio de Jerusalén» (¿49?), san Pedro hubiese sido, durante dos años o más, el obispo de Antioquía y que también había ido hasta Roma y había tomado posesión de la que habría de ser su sede permanente. Los Hechos registran un incidente trágico al relatar la súbita y violenta persecución de Herodes Agripa I, posiblemente en el año 43. Se afirma que Herodes «mató a Santiago, el hermano de Juan, con la espada» -éste, por supuesto, era Santiago el Mayor, Apóstol, cuya fiesta se celebra el 25 de julio (para la distinción de los Santiagos puede leerse el artículo de Santiago el menor– y que, después, procedió a detener también a Pedro. Pero mientras tanto «la Iglesia, incesantemente, hacía oración a Dios por él», y Pedro, «no obstante que estaba dormido entre dos guardias, atado a ellos con dos cadenas; y los centinelas a las puertas de la prisión, haciendo guardia», fue puesto en libertad por un ángel, y partió en busca de un refugio seguro, tal vez en Antioquía o quizá en Roma. Desde aquel momento, los Hechos de los Apóstoles no vuelven a mencionar a Pedro. La «pasión» de san Pedro tuvo lugar en Roma, durante el reinado de Nerón (54-68), pero no existe ningún relato escrito sobre el suceso. De acuerdo con una antigua tradición, no comprobada, se encerró a san Pedro en la cárcel Mamertina, donde ahora se encuentra la iglesia de San Pietro in Carcere. Tertuliano, quien murió cerca del año 225, dice que el Apóstol fue crucificado; por su parte, Eusebio agrega que (un dato que tomó del autorizado Orígenes, muerto en 253), por expreso deseo del anciano Pedro, la cruz fue colocada cabeza abajo. El sitio debe haber sido el acostumbrado: los jardines de Nerón, escenario de tantos dramas terribles y gloriosos por aquel entonces.

La tradición que otrora se aceptaba por lo común, de que el pontificado de san Pedro duró veinticinco años, no es probablemente más que una deducción, fundada en datos cronológicos inconsistentes. También hay una hermosa leyenda (en la que se basa la famosa novela de Sinkiewicz) donde se narra que, a instancia de los cristianos de Roma, ansiosos por salvar a su obispo de una muerte segura, partió san Pedro de la ciudad y, en el camino, se encontró al Señor que venía en sentido contrario; el Apóstol le preguntó: «¿Quo vadis, Domine?» (¿A dónde vas, Señor?), a lo que Jesús repuso: «Voy a Roma, para ser crucificado por segunda vez» y, al instante, san Pedro emprendió el regreso a Roma, porque había comprendido que aquella cruz de que habló el Salvador, le estaba destinada. San Ambrosio fue el primero en relatar esta leyenda, en el curso de su sermón contra Auxencio. La coincidencia de algunos puntos del relato con los pensamientos expresados en los versículos 4 y 5 del himno “Apostolorum Passio”, explica, como lo indica A. S. Walpole, que se haya atribuido ese poema a san Ambrosio.

No es éste el lugar apropiado para discutir las objeciones que, de tanto en tanto, se han hecho contra el episcopado y el martirio de san Pedro en Roma. Tal vez sea cierto, por otra parte, que ninguno de los investigadores más serios de la actualidad pone en tela de juicio la cuestión, porque consideran que las evidencias de documentos y monumentos, es suficiente y decisiva. Pero sí podemos hacer breves referencias sobre numerosos indicios de una antiquísima y vigorosa devoción popular por san Pedro y san Pablo en la Ciudad Eterna. De acuerdo con un punto de vista aceptado por la mayoría de los arqueólogos, en el año de 258, los cadáveres de san Pedro y de san Pablo fueron exhumados de sus respectivas tumbas en la Vía Ostiense, junto al Vaticano, para sepultarlos en un lugar oculto sobre la Vía Apia. Las excavaciones que se practicaron entre 1915 y 1922, tenían por objeto descubrir ese lugar oculto, o por lo menos algunos vestigios de él, pero las investigaciones no fueron coronadas por el éxito. Sin embargo, ahí se encontró el agujero o pozo de una «kymbe» de donde se derivó el nombre ahora común de catacumba. El lugar se llamó ad catacumbas, debido a que su característica más sobresaliente era una serie de tumbas o cámaras sepulcrales, construidas en el muro del pozo o de la depresión natural del terreno.

Junto a aquellos sepulcros, se encontró el muro de una espaciosa sala abierta por uno de sus lados, que pudo haber sido construida alrededor del año 250. Por las decoraciones del muro y otros detalles, se trataba evidentemente de un lugar para las reuniones de carácter comunitario o ceremonial. Hay buenas razones para suponer que aquella sala fue el escenario de las reuniones que hacían los cristianos primitivos y que llamaban «ágapes» (que deriva de la palabra griega «agápe», que significa «amor»). No hay duda posible de que las placas de yeso que estaban adheridas al muro, tenían grafiti o escrituras que, con seguridad, datan de la segunda mitad del siglo tercero. Se podría pensar que los miembros de aquel grupo eran personas de mala educación que se entretenían en garabatear sus expresiones piadosas en las paredes, pero lo cierto es que, en todas y cada una de las inscripciones fragmentarias, se pone de manifiesto la devoción por los santos Pedro y Pablo, de una manera o de otra. He aquí algunas muestras:
«PETRO ET PAULO TOMIUS COELIUS REFRIGERIUM FECI»; el refrigerium se llamaba a lo que se ofrecía de comer o de beber en aquellas reuniones y de lo que invariablemente se apartaba algo para los cristianos más pobres, de manera que la inscripción podría traducirse así: «Yo, Tomius Celius, ofrecí un refrigerio en honor de Pedro y Pablo».
«DALMATIUM BOTUM IS PROMISIT REFRIGERIUM», «Por juramento, Dalmacio prometió ofrecer un refrigerio para ellos».
Algunos de los escritos son simples invocaciones:
«PAULE ET PETRE PETITE PRO VICTORE», «Pablo y Pedro, pedid por Víctor».
«PETRUS ET PAULUS IN MENTE ABEATIS ANTONIUS BASSUM», «Pedro y Pablo, tened presente a Antonio Basso».

Las inscripciones, cándidas, espontáneas, y escritas, muchas veces, con graves faltas de ortografía, indican que existía un culto muy acendrado por los santos Pedro y Pablo en aquel lugar. La mayoría están escritas en latín y algunas en griego, pero hay muchas frases en latín, escritas con caracteres griegos. Ya dijimos que las placas de yeso estaban rotas y sus inscripciones eran fragmentarias y algunas, ilegibles, pero en ochenta del número total, aparecen los nombres de los santos Apóstoles, a veces el de Pedro primero o viceversa. No hay duda, por lo tanto, de que en la segunda mitad del siglo tercero, de acuerdo, en consecuencia, con una indicación del calendario Filocaliano (del año 324) que conmemora una traslación o una fiesta de los dos Apóstoles, en el 258, y en las catacumbas, de que existía por aquel entonces y en aquel lugar, una gran devoción por los dos Patronos de Roma.

Ya a principios del siglo tercero afirmaba Cayo, según cita de Eusebio (Libro III, cap 25,6-7), que el lugar del triunfo de san Pedro se encontraba en la colina del Vaticano; el sitio del martirio de san Pablo se veneraba en la Vía Ostiense. El padre Delehaye y algunos otros hagiógrafos distinguidos sostienen que los cuerpos de los dos Apóstoles fueron sepultados ahí desde un principio, y nadie los ha tocado; otros sugieren que fueron temporalmente sepultados en la Vía Apia, inmediatamente después del martirio, hasta que se construyeron sepulcros o santuarios en los mismos lugares de su muerte. En cualquier caso, la inscripción hecha por el papa san Dámaso I (muerto en 384), en un sitio próximo a San Sebastián, no significa que ahí hubiesen estado sepultados los dos Apóstoles, sino que era la conmemoración de alguna fiesta instituida en 258, que por alguna razón se celebraba en las catacumbas.

En fecha posterior a la época en que se escribió lo anterior, se practicaron excavaciones bajo la basílica de San Pedro. Los resultados de aquellos trabajos, iniciados en 1938, se publicaron profusamente. El sitio y los restos fragmentarios de la tumba del apóstol San Pedro, han sido identificados sin lugar a dudas; pero tanto entonces, como ahora, y tal vez para siempre, está en el terreno de las posibilidades la suposición de que los restos humanos hallados en las próximidades de la tumba sean los de san Pedro. Los descubrimientos en el Vaticano aviviron el interés en los del sitio de san Sebastián; pero, por diversas razones, la teoría de que los restos de san Pedro fueron llevados en el año de 258 a las catacumbas y se quedaron ahí para siempre, es inadmisible.

Al parecer, la fiesta doble de san Pedro y san Pablo ha sido conmemorada siempre, en Roma, el 29 de junio; Duchesne considera que esta práctica se remonta, por lo menos, a los tiempos de Constantino; pero en el Oriente esa conmemoración se asignaba, al principio, al 28 de diciembre. Lo mismo sucedía en Oxyrhynchus, en Egipto, como atestiguan antiguos papiros, hasta el año 536; pero en Constantinopla y en otras partes del Imperio Romano oriental, la fiesta del 29 de junio se aceptó poco a poco. En Siria fue a principios del siglo quinto, como lo sabemos por una nota del «Breviario sirio», que dice así: «28 de diciembre, en la ciudad de Roma, Pablo, el Apóstol y Simón Cefas (Pedro), el jefe de los Apóstoles del Señor», la fecha era la que se observaba en el Oriente.

Hay, por supuesto, abundantísima literatura relacionada con San Pedro, con su vida y sus actos, desde cualquier punto de vista. Los comentaristas de los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles suministran la enorme mayoría de los datos con que se practicaron las posteriores investigaciones. Puede consultarse también la complementaria celebración de «La cátedra de san Pedro». Los informes sobre las excavaciones entre 1938 y 1950, fueron publicados en dos volúmenes de texto y uno de ilustraciones; ver un artículo del P. Romanelli, en el Osservatore Romano 19 de diciembre de 1951. Aparecieron numerosos artículos en varios idiomas, para hablar sobre el resultado de las excavaciones: ver en el Journal of Román Studies, vol. XLII (1952). Sobre la persona histórica de Pedro, cualquier comentario bíblico moderno sobre San Mateo, San Lucas, Hechos… abundará en ello. De todos modos hay que guardarse de confundir la perspectiva: una cosa es que el Papa sea el sucesor de Pedro, y otra que cada cosa que se diga del Papa se afirme simultaneamente de Pedro, o viceversa: indudablemente que la figura institucional del Obispo de Roma, se encuentra fundamentada en la figura de Pedro tal como la transmite el Nuevo Testamento, pero sus atribuciones, el modo de ejercer el primado, etc. han ido variando enormemente en el tiempo, y han tomado diversidad de figuras históricas, muchas de las cuales es anacrónico transportarlas a la época de la primera Iglesia.

San Pablo

De entre todos los santos cuyos datos nos proporcionan las Sagradas Escrituras, san Pablo es al que se conoce más íntimamente. No sólo poseemos un registro exterior de sus hechos, proporcionado por san Lucas en los Hechos de los Apóstoles, sino que contamos con las propias revelaciones íntimas de sus cartas que, si bien tenían el propósito de beneficiar a los destinatarios, ponen al desnudo su alma. También hay algunas descripciones sobre su aspecto físico (ver 2Corintios 10,10); un documento del siglo segundo, las llamadas «Actas de Pablo y Tecla», dicen que era un hombro de corta estatura, calvo, ligeramente cojo, vigoroso, sin separación entre las dos cejas, nariz larga, de mirada aguda y atractiva; «a veces parecía un hombre y otras se asemejaba a un ángel». Sin transcribir una buena parte del Nuevo Testamento, sería difícil esbozar un retrato fiel del carácter y la personalidad del Apóstol de los Gentiles; bajo la fecha del 25 de enero se trató la conversión de San Pablo, ahora ha parecido conveniente hacer un resumen de lo que dice san Lucas en los últimos quince capítulos de los Hechos.

Después de que Saulo fue derribado en el camino de Damasco por la voz de Cristo y, de encarnizado perseguidor de los cristianos, se transformara en el más fiel de los siervos del Señor, se curó de la temporal ceguera que le aquejaba y se retiró a «Arabia», donde pasó recluido tres años. De regreso a Damasco, comenzó a predicar el Evangelio con fervor. Pero la furia de los enemigos de su doctrina creció a tal punto que, para salvar la vida, tuvo que escapar escondido en un cesto que se descolgó por la muralla de la ciudad. Se dirigió a Jerusalén, donde, lógicamente, los cristianos y los mismos Apóstoles, a quienes hacía poco perseguía, le miraban con mucha desconfianza, hasta que el generoso apoyo de Bernabé disipó sus temores. Pero no pudo quedarse en Jerusalén, puesto que el resentimiento de los judíos hacia él amenazaba con perderle y, advertido por una visión que tuvo mientras se hallaba en el templo, se refugió, durante algún tiempo en Tarso, su ciudad natal. Hasta ahí fue Bernabé para convencerle de que le acompañase a Antioquía, en Siria, donde los dos predicaron con tanto éxito, que pudieron fundar una numerosa comunidad de creyentes que, en aquella ciudad y por vez primera, se conocieron con el nombre de cristianos.

Al cabo de una estadía de doce meses, Saulo hizo su segunda visita a Jerusalén, en el año 44, junto con Bernabé, para llevar socorro a los hermanos que sufrían de hambre. Ya para entonces, todas las dudas respecto a la sinceridad de Pablo habían quedado disipadas. Después de regresar a Antioquía y, por inspiración del Espíritu Santo, él y Bernabé recibieron la ordenación sacerdotal y partieron hacia una jornada de misiones, primero a Chipre y después al Asia Menor. En Chipre convirtieron al procónsul Sergio Paulo y pusieron en ridículo al falso mago y profeta Elimas, por quien el romano se había dejado engañar. De ahí pasaron a Perge y atravesaron las montañas del Tauro para arribar a Antioquía de Pisidia; continuaron la marcha para predicar en Iconio y luego en Listra, donde -al sanar milagrosamente a un tullido- se los tomó por dioses: Bernabé era Júpiter y Pablo, Mercurio, porque era el que hablaba. Pero entre los judíos de Listra surgieron los enemigos que provocaron una rebelión contra los predicadores; apedrearon a Pablo (desde su visita a Chipre había cambiado su nombre de Saulo por el de Pablo) y lo dejaron por muerto. Sin embargo, no lo estaba y, con ayuda de Bernabé, escaparon para refugiarse en Derbe; a su debido tiempo, continuaron la marcha hacia el ambiente más tranquilo de Antioquía de Siria. En aquella primera expedición transcurrieron unos dos o tres años, puesto que, al parecer, en el año 49, Pablo fue por tercera vez a Jerusalén y estuvo presente en la asamblea -comunmente llamada «Concilio de Jerusalén», por la que se decidió definitivamente la actitud de la Iglesia Cristiana hacia los gentiles convertidos. Probablemente fue en el invierno entre los años 48 y 49, cuando ocurrió en Antioquía, el incidente, registrado en el segundo capítulo de la Epístola a los Galatas, de las reconvenciones hechas a san Pedro por su judaismo conservador.

El lapso entre los años 49 y 52 encontró a san Pablo ocupado en la empresa de su segundo gran viaje. Acompañado por Silas, pasó de Derbe a Listra, sin preocuparse por lo que le había ocurrido ahí la primera vez; pero en esta segunda ocasión, fue cordialmente acogido por los fieles agrupados en torno a Timoteo, cuyos familiares moraban en la ciudad; por otra parte, Pablo se mostró más precavido y no dio ocasión a que los judíos se irritasen contra él y aceptó al circunciso Timoteo, cuyo padre era griego, pero por parte de madre era judío. Junto con Timoteo y Silas, continuó san Pablo su jornada a través de Frigia y Galacia, sin dejar de predicar y de fundar iglesias. Sin embargo, no le fue posible avanzar más por la ruta que seguía hacia el norte, a causa de una visión que tuvo, en la que se le ordenaba devolverse hacia Macedonia. En consecuencia, partió desde la Tróade. El hecho de que esta parte de los viajes, y algunas otras dentro del mismo libro de Hechos, está narrada en primera persona del plural (partimos, llegamos, viajamos, etc.), llevó a la convicción tradicional de que el propio san Lucas formaba parte del grupo de evangelizadores; aunque esto no es unánimemente aceptado por los especialistas en Nuevo Testamento, y en la actualidad existe más bien la convicción de que san Lucas está transcribiendo literalmente un diario de viaje al que tuvo acceso, pero que no fue él mismo el compañero de Pablo; esto permite explicar muchas discrepancias entre lo que Pablo dice en sus cartas acerca de sí mismo y de sus movimientos, y lo que dice Lucas en Hechos.

En Filipo ocurrió el interesante episodio de la joven adivina que, al paso del grupo, comenzó a vociferar: «¡Esos hombres son los servidores de Dios Altísimo!» A pesar de que aquella proclamación parecía ayudar a la causa de san Pablo, éste se volvió irritado hacia la joven y ordenó que la abandonase su espíritu de adivinación. Con aquello, la muchacha quedó desprovista de los poderes que la habían hecho famosa y, sus amos, que obtenían de ello pingües ganancias, comenzaron a lamentarse estrepitosamente y acabaron por llevar a Pablo y a Silas ante los magistrados. Los dos misioneros fueron apaleados y arrojados en la prisión, pero muy pronto, quedaron en libertad, por un milagro. No hay necesidad de describir las incidencias en cada una de las etapas de este viaje. La comitiva atravesó Macedonia, tocó Berea, fue a Atenas y de ahí a Corinto. Se relata que, en Atenas, san Pablo pronunció un discurso en el Areópago y tuvo ocasión de referirse y hacer comentarios, respecto al altar que se había erigido ahí, «al dios desconocido». En Corinto sus prédicas causaron profunda impresión y se dice que permaneció ahí durante un año y seis meses. Parece que, en el año 52, san Pablo partió de Corinto para hacer su cuarta visita a Jerusalén, posiblemente para estar presente en las fiestas de Pentecostés; sin embargo, su estancia fue breve, puesto que, muy pronto, le volvemos a encontrar en Antioquía.

Su tercer viaje abarcó dos años entre el 52 y el 56. Luego de atravesar Galacia, la provincia romana de «Asia», Macedonia y Acaya, retrocedió camino hacia Macedonia donde se embarcó para hacer una quinta visita a Jerusalén. Es posible que, durante este período, pasara tres inviernos en Efeso y fue ahí donde ocurrió el tumultuoso disturbio creado por Demetrio, el platero y tallador, cuando las prédicas de Pablo arruinaron los lucrativos negocios de los mercaderes en la compra y venta de las imágenes de la diosa Diana. Asimismo, se relata la forma indignada con que le recibieron los ancianos en Jerusalén y la conmoción popular que se produjo, cuando el Apóstol hizo una visita al Templo. Ahí fue detenido, maltratado y cargado de cadenas, pero tuvo oportunidad de defenderse brillantemente ante el tribunal. La investigación oficial quedó en suspenso y el reo fue enviado a Cesárea, porque se descubrió la conspiración de cuarenta judíos que habían jurado «no comer ni beber, hasta que Pablo estuviese muerto». Su cautiverio en Cesárea duró dos años, los mismos que gobernaron el distrito los procónsules Félix y Festo, mientras que el proceso judicial aguardaba, en vista de que los gobernadores no podían encontrar prueba alguna de que el reo hubiese cometido un delito merecedor de castigo y, por otra parte, no querían hacer frente a las protestas y violencias populares, si declaraban inocente al reo odiado por los judíos. Entretanto, Pablo «apeló al César»; en otras palabras, exigió, valido en sus derechos de ciudadano romano, que su causa fuese vista por el propio Emperador. Por lo tanto, el prisionero, bajo la vigilancia del centurión Julio, fue enviado a Myra y trasportado de ahí a Creta, en un barco alejandrino con un cargamento de trigo. Aquella nave, sorprendida por un huracán, naufragó frente a las costas de Malta. Tras largas demoras, san Pablo fue embarcado en otra nave que lo condujo al puerto de Puteoli y, de ahí, se trasladó por tierra a Roma. El libro de los Hechos lo abandona en este punto, en espera de su proceso ante Nerón.

Desde entonces, los movimientos y la historia del gran apóstol son muy inciertos. ¿Fue declarado inocente luego de dos años de proceso, y dejado en libertad hasta ser de nuevo apresado y haber muerto en el 67? ¿viajó a España en ese ínterin, como era su deseo (Rom 15,24)? ¿permaneció cautivo más de dos años, hasta su muerte? ¿hubo un cuarto viaje misionero a Macedonia, hacia el 65? El final de Hechos de los Apóstoles deja todo esto abierto: «Pablo permaneció dos años enteros en una casa que había alquilado y recibía a todos los que acudían a él; predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno.» (Hechos 28, final). Pero está claro que Hechos no es un relato biográfico de las personas y las acciones de los Apóstoles, sino un «relato de tesis», en el que se quiere demostrar por qué maneras y caminos el Espíritu fue conduciendo a la Iglesia «hasta los confines del mundo», como lo pide Jesús al inicio del libro; así que, llegado a Roma, símbolo del «confín del mundo», el libro se detiene allí, sin piedad para con nuestra curiosidad histórica, insatisfecha para siempre.

En todo momento de su obra (Lucas-Hechos) san Lucas intenta no mostrar enemistad hacia el mundo pagano, más culpable -en su perspectiva- por ignorancia que por maldad, así que si ese mundo pagano hubiera liberado a Pablo luego de un juicio, habría sido una buena ocasión para consignarlo, en cambio si no cuenta nada sobre cómo terminó el juicio para el que Pablo fue a Roma, es porque posiblemente resultó condenado a muerte. Este argumento es «ex silentio», es decir, «por lo que el autor calló», y por tanto es un argumento que hay que utilizar con prudencia: verdaderamente no sabemos lo que ocurrió con san Pablo luego de esos dos años de los que habla Hechos, pero la hipótesis de que resultó condenado es, según se entiende en la actualidad, de las más plausibles.

Frente a esto, está que las cartas llamadas «Pastorales» (1-2Timoteo, Tito) reflejan una estructura de Iglesia bastante posterior a esa fecha del 62-64 en la que se podría colocar la muerte del Apóstol. En menor medida, lo mismo pasa con las epístolas a los Colosenses y a los Efesios, que reflejan ideas sobre la Iglesia que suponen un desarrollo de varios años con respecto al pensamiento que san Pablo expresaba en Carta a los Romanos. Para que san Pablo pueda ser autor de todo ello, hay que retrasar la muerte lo más posible, no tan cercano al inicio de la década del 60. Sin embargo en la actualidad se aprecia mucho mejor la «pseudoepigrafía», es decir, la costumbre que había en la antigüedad de poner a un escrito la firma de un gran personaje, sin que materialmente lo haya él escrito o inspirado, para indicar que la doctrina allí contenida está en la línea de ese personaje. Conocemos escritos pseudoepigráficos de muchos escritores antiguos, e incluso en la autoría bíblica (por ejemplo en Isaías, Jeremías o Salmos) el atribuir todo a un mismo «gran personaje» es algo normal. Es posible que la autoría paulina de las cartas mencionadas sea una ficción pseudoepigráfica, para destacar la íntima conexión de esas cartas con el pensamiento de san Pablo; ficción que no tiene ningún propósito de engaño, del momento en que para los destinatarios de las cartas habría sido claro que san Pablo había muerto hacía tiempo. Incluso es posible que en esas cartas se hayan conservado fragmentos que sí puedan provenir de mucho antes, de época del propio Pablo (ver para todo esto, la introducción al artículo de los santos Timoteo y Tito).

Parece probable, entonces, que fue procesado en Roma, tras un largo encarcelamiento y, condenado -quizás junto con san Pedro, quizás en el contexto de los mismos años, sin que sea necesariamente junto a él-. Lo que sí puede asegurarse es que, en su calidad de ciudadano romano, la forma de la ejecución tenía que ser distinta a la de Pedro. La tradición firmemente arraigada y, al parecer, digna de confianza, dice que le cortaron la cabeza, en un punto de la Vía Ostiense llamado Aquae Salviae (la actual Tre Fontane), cerca del sitio donde hoy se levanta la basílica de San Pablo Extramuros y donde se venera la tumba del Apóstol. Es creencia común que san Pablo fue ejecutado el mismo día y el mismo año que San Pedro, pero no hay pruebas ciertas sobre ello. Aunque las cartas a Timoteo sean posteriores a san Pablo, la segunda refleja muy acertadamente lo que habrán sido los sentimientos del Apóstol ante el Testimonio que le tocaba dar: «Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación.» (2Tim 4,6-8).

También en el caso de San Pablo hay abundante literatura que sería imposible considerar en detalle. Cualquier comentario al Nuevo Testamento incluye, necesariamente, algún trabajo sobre la vida y la teología de san Pablo, tan implicadas una con la otra. Hay que tener de todos modos cierto cuidado con las «vidas» populares de san Pablo, porque suelen querer armonizar todo con todo, la muerte temprana con la autoría de las pastorales, para decirlo con un ejemplo, y terminan produciendo una confusión indiscernible. Está claro que el pensamiento de san Pablo fue completamente decisivo en la fe cristiana, y fue el medio del que se valió la Providencia divina para romper el cerco judaizante en el que los primeros apóstoles, incluyendo a san Pedro, parecían encerrarse.

Cuadros:
-Fragmento de un fresco, segunda mitad del siglo XIII, «Rvda. Fabbrica di San Pietro» Museos Vaticanos.
-Caravaggio: La Crucifixión de Pedro, 1600, Capilla Cerasi, en la iglesia de Santa Maria del Popolo, Roma.
-Grabado de la placa tumbal del niño Asellus, siglo IV?, Museos Vaticanos.
-Mosaico del siglo V, en el Oratorio de San Andrés, Museo del Arzobispo, Rávena.
-Rembrandt Harmensz van Rijn: Pablo en la cárcel, 1627, Galería Estatal de Stuttgart.

Abel Della Costa

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* REFLEXIONES ¿Cómo debemos tomar las enseñanzas del Papa en la encíclica- Laudato Si”

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Cómo debemos tomar las enseñanzas del Papa en la encíclica Laudato Si.

La Encíclica laudato Si publicada la semana pasada por el Papa Francisco es extraordinariamente larga y trata muchas cosas diversas, por lo que hay católicos que se hacen la pregunta si pueden no estar de acuerdo con algunas cosas que se expresan allí sin caer en desobediencia y pecado.

Especialmente hay un tema por demás urticante, que es el calentamiento global que el Papa afirma con datos científicos que existe, y que una nutrida corriente de católicos descreen con bases también científicas que exista; e incluso algunos interpretan que se trata de una estratagema para seguir conduciendo a la humanidad hacia una Gobernanza Mundial.

papa francisco verde

¿Qué deben pensar esos católicos que discrepan con Francisco sobre la evidencia del calentamiento global?  ¿Están en desobediencia con el Papa? ¿Están cometiendo pecado?

Pero más allá de discrepancias puntuales que podamos tener legítimamente, nuestro acercamiento a Laudato Si debería ser de una mirada atenta y seguimiento de su espíritu, por eso hacemos 4 sugerencias en las que difícilmente podríamos estar en desacuerdo.

EL FOCO DE LA POLÉMICA

El Papa Francisco ha publicado Laudato Si sobre nuestra responsabilidad de ser buenos administradores de la creación y él no sólo declara su creencia en el calentamiento global, sino también en la idea de que los seres humanos son al menos parcialmente responsables de él.

montaña e iglesia

Se trata de un tema conflictivo, porque hay una amplia corriente negadora del calentamiento global y aún más de la causa antropogénica del mismo, que incluso exhiben pruebas de investigaciones, por ejemplo que hace 20 años la tierra dejó de calentarse.

De modo que es un tema con por lo menos dos bibliotecas, y hasta podríamos decir tres, porque hay algunos científicos que dicen, y presentan pruebas, que estamos encaminándonos a una nueva era glacial.

Concretamente el numeral de Laudato Si donde el papa Francisco emite la opinión de que existe el calentamiento global del planeta y una de sus causas es antropocéntrica es el 23.

23. El clima es un bien común, de todos y para todos. A nivel global, es un sistema complejo relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana. Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático. En las últimas décadas, este calentamiento ha estado acompañado del constante crecimiento del nivel del mar, y además es difícil no relacionarlo con el aumento de eventos meteorológicos extremos, más allá de que no pueda atribuirse una causa científicamente determinable a cada fenómeno particular. La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan. Es verdad que hay otros factores (como el vulcanismo, las variaciones de la órbita y del eje de la Tierra o el ciclo solar), pero numerosos estudios científicos señalan que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (anhídrido carbónico, metano, óxidos de nitrógeno y otros) emitidos sobre todo a causa de la actividad humana. Al concentrarse en la atmósfera, impiden que el calor de los rayos solares reflejados por la tierra se disperse en el espacio. Esto se ve potenciado especialmente por el patrón de desarrollo basado en el uso intensivo de combustibles fósiles, que hace al corazón del sistema energético mundial. También ha incidido el aumento en la práctica del cambio de usos del suelo, principalmente la deforestación para agricultura.

A raíz de él surge inmediatamente la pregunta: ¿se puede estar en desacuerdo con el Papa sobre este tema? ¿Son las encíclicas papales infalibles?

UNA POSICIÓN TOTALITARIA

The Catholic Herald ha publicado un artículo del P. Ashley Beck sobre la encíclica Laudato Si, cuyo título es la conclusión: Ningún católico es libre de disentir de la enseñanza de Laudato Si.

flor y abeja

El P. Beck argumenta lo siguiente:

1 – El Papa Francisco dice que Laudato Si es parte del cuerpo de la doctrina social de la Iglesia.

2 – La enseñanza social de la Iglesia cae bajo el Magisterio ordinario, lo que requiere el asentimiento religioso.

3 – Por lo tanto, ningún católico puede disentir de la enseñanza de Laudato Si

Pero su argumento es defectuoso y como resultado su conclusión es en gran parte falsa.

EL ERROR DE CONSIDERAR QUE CADA PARÁGRAFO ES PARTE DEL MAGISTERIO ORDINARIO DE LA IGLESIA

Laudato Si contiene enseñanzas que caen bajo el Magisterio Ordinario de la Iglesia. El Papa Francisco ejercitó el Magisterio Ordinario papal en la encíclica.

Sin embargo, no todas las oraciones, ni cada párrafo, de esta encíclica es una enseñanza.

paisaje verde

El Pontífice pone muchas cosas en la encíclica. En el documento incluye observaciones sobre la sociedad y la ciencia, un resumen de las teorías científicas y conclusiones, una evaluación de la crisis ecológica actual y sus consecuencias de futuro probables, así como algunos comentarios sobre cómo la tecnología afecta a la sociedad.

No todas las afirmaciones en Laudato Si es una enseñanza. Y lo mismo es cierto para muchos otros documentos magisteriales. No se requiere que cada frase de un documento papal sea una enseñanza.

Así que el primer error del P. Beck es la suposición de que cada parte de Laudato Si es una enseñanza.

Cuando el Pontífice estableció que se añade al cuerpo de la doctrina social de la Iglesia, no implica que toda afirmación del documento es una enseñanza de la doctrina social de la Iglesia.

¿Podemos “disentir” con las afirmaciones del Papa que no caen bajo el magisterio ordinario?

Bueno, podemos estar en desacuerdo, con fidelidad y sin pecado. La Iglesia no requiere el asentimiento a las afirmaciones que no son enseñanzas. Así que el P. Beck se equivoca al no tener en cuenta el desacuerdo de los fieles con afirmaciones que no son enseñanzas.

Tampoco no todas las enseñanzas de Laudato Si son doctrina social o moral. Por ejemplo, que Dios creó el universo, que Dios eligió crear la humanidad por amor y a su propia imagen, que el destino último del universo es la plenitud de Dios, y otras enseñanzas, no son enseñanzas sociales o morales, sino cuestiones de fe, como por ejemplo algunas enseñanzas sobre teología salvación dentro de este documento.

EL ERROR DE CONSIDERAR A TODOS LOS DOCUMENTOS PAPALES COMO INFALIBLES

Otro grave error del P. Beck así es su suposición de que no es posible la disidencia de los fieles a partir de una enseñanza no infalible del Magisterio ordinario.

Afirma correctamente que las enseñanzas de este documento “son parte del Magisterio ordinario de la Iglesia” que requieren “asentimiento religioso” [Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 25].

mundo industria barcos

Sin embargo, el asentimiento religioso difiere del asentimiento lleno de fe requerido por las enseñanzas infalibles.

El desacuerdo de una enseñanza infalible del Magisterio Católico Romano, impartido bajo la infalibilidad papal o la infalibilidad conciliar, o el Magisterio ordinario y universal, es un pecado grave. No es posible que los fieles disientan de estas enseñanzas, ya que no tienen posibilidad de error sino que son importantes para el camino de la salvación.

Las enseñanzas no infalibles admiten una posibilidad limitada de error, por lo que permiten un disenso en un grado limitado a los fieles.

Es posible disentir fielmente de una enseñanza no infalible del Magisterio. Y puesto que la mayoría de las Enseñanzas de Laudato Si son no infalibles, algunos disensos son posibles en algunos puntos de esas enseñanzas sin caer en pecado.

En cambio, en la medida en que Laudato Si reafirma enseñanzas infalibles del Magisterio, estamos obligados a dar el asentimiento lleno de fe, y no es posible la disidencia sobre ellas.

Por otro lado, las encíclicas papales no son generalmente documentos de enseñanza infalible.

Para un documento papal sea infalible tienen que ser establecidos ciertos criterios.

Ningún Papa desde 1870 ha designado una encíclica como un ejercicio de infalibilidad papal, que requiere tres condiciones:

1 – el tema es una cuestión de fe o la moral,

2 – el Papa debe estar enseñando como pastor supremo, y

3 – el Papa debe indicar que la enseñanza es infalible.

¿Cuándo se trata de calentamiento global el Santo Padre enseña infaliblemente?

El Papa Francisco puede estar enseñando como pastor supremo, pero él está no enseña sobre un tema que es una cuestión de fe, y ciertamente no indica que la enseñanza es infalible.

De hecho, cuando tengamos tiempo para examinar más de cerca la encíclica vamos a encontrar que hay un poco de opinión, conjeturas y lenguaje teórico en el documento.

Francisco no es como un profesor dogmático, no comunica sobre la base de precisión de los conceptos como Benedicto XVI, sino que es más intuitivo, tentativo y sugestivo.

Así que la respuesta es simple: “Puedes estar en desacuerdo con el Papa sobre el calentamiento global y aun así ser un buen católico”.

Además, encíclicas que a veces se dirigen solamente a los fieles católicos suponen una enseñanza más autoritativa y vinculante.

Pero el Papa Francisco ha abordado Laudato Si para todas las personas. Por lo tanto, no entrega una enseñanza que es vinculante, y dentro de la encíclica incluso habla de la necesidad del diálogo, discusión y el crecimiento en el aprendizaje sobre estos asuntos.

mariposa

 

DISCREPANCIAS LIMITADAS NO SIGNIFICAN DESECHAR LAUDATO SI

Sin embargo, se supone que no debes ignorar en absoluto la enseñanza del Papa. Los fieles deben escuchar con atención, lo que dice el Papa, no ignorar y mirar para otro lado.

Por lo tanto se puede concluir que puedes estar en desacuerdo con el Papa sobre la realidad del calentamiento global y sus causas, pero debes escuchar con atención la totalidad de su enseñanza y asumir lo que dice sobre la crisis ecológica que enfrenta el mundo.

Debemos escuchar con atención a su enseñanza acerca de la contaminación, la destrucción de hábitats y ecosistemas naturales. Debemos prestar atención a sus advertencias acerca de la destructividad del consumismo ilimitado, sobre la cultura de usar y tirar y el abuso a los más vulnerables, pobres, inmigrantes y discapacitados.

En otras palabras, tomar todo con amor y deseo de aprender, prestar atención a la verdadera crisis que todos estamos enfrentando y modificar tu estilo de vida. Sin embargo, si no puedes tragar el calentamiento global causado por los humanos se te permite seguir siendo escéptico.

Y en ese sentido acá van cuatro sugerencias que todo ser humano debería tomar con atención.

4 FORMAS DE VIVIR LAS SUGERENCIAS DE LAUDATO SI EN LA VIDA COTIDIANA

En términos prácticos, podemos descubrir en la Encíclica al menos cuatro formas en que podemos vivir esta antigua enseñanza de “una administración responsable”.

paisaje de campo

1 – Enfoque de la naturaleza con “respeto y admiración”  

El Papa Francisco reflexionó sobre cómo San Francisco de Asís llama a las criaturas, con el nombre de hermano o hermana, no importa cuán pequeñas sean, y que si nos acercamos a la naturaleza y al medio ambiente sin esta apertura al asombro y maravilla, si no hablamos el idioma de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestra actitud será la de consumidores, explotadores despiadados, incapaces de establecer límites en sus necesidades inmediatas.

Por el contrario, si nos sentimos íntimamente unidos con todo lo que existe, la sobriedad y la atención, vendrá espontáneamente (ver inciso 11).

2 – Reutilización en lugar de tirar 

El Papa Francisco ve nuestro mundo comenzando a parecerse cada vez más a un inmenso montón de inmundicias, con una creciente cantidad de basura que se apoderan de los paisajes que alguna vez fueron bellezas para la vista (inciso 22).

Esto es debido a nuestra cultura de usar y tirar que ve todo lo viejo como desechable. Vivimos siempre tratando de adquirir lo que es “nuevo” y en lugar de ser ingenioso o agradecido por lo que tenemos, simplemente lo tiramos a la basura.

El Papa Francisco destaca el reciclaje como una parte esencial de la vida, lo que reducirá en gran medida la necesidad de vertederos y ayudará a preservar nuestra tierra para las generaciones venideras.

paisaje con luna de dia

3 – Preservar la diversidad de la naturaleza

El Papa Francisco nos advierte que no debemos pensar en las diferentes especies sólo como potenciales recursos para ser explotados, ya que hay que contemplar el hecho de que tienen valor en sí mismas (inciso 33).

Señaló que cada año ve la desaparición de miles de especies de plantas y animales que nuestros hijos nunca verán, porque se han perdido para siempre.

Esto tiene graves consecuencias no sólo para el bienestar del mundo natural, sino también para nuestra propia salud. Al destruir las diferentes especies, perdemos posibles curas para enfermedades humanas, así como alteramos el equilibrio en la naturaleza.

Dios creó la tierra con una cierta “sinfonía” y mediante la eliminación de especies enteras, perdemos la “música” completa de la creación.

4 – Tener contacto físico con la Naturaleza 

El Papa Francisco escribe que no es bueno estar inundados por el cemento, asfalto, vidrio y metal, y privados del contacto físico con la naturaleza (inciso 44).

Sus comentarios son en referencia a las ciudades y barrios que están congestionados, son caóticos y carentes de suficientes espacios verdes.

Esto plantea una interesante reflexión de como el Papa Francisco ve a muchas de nuestras ciudades como “inhumanas” debido a su capacidad para desconectarnos del mundo natural. Muchos de nosotros que vivimos en medio de una ciudad nunca vemos la hierba o los árboles y sólo estamos familiarizados con las aceras de cemento y los rascacielos de metal.

En resumen, el Papa Francisco nos desafía a repensar nuestra visión moderna de la creación y nuestro lugar en ella. En lugar de ponernos a nosotros mismos como “explotadores”, tenemos que aceptar nuestro papel como “administradores” del gran don de Dios a la humanidad.

Fuentes:

* SANTO DEL DIA “San Ireneo de Lyon, obispo” 28 de junio

https://i1.wp.com/www.eltestigofiel.org/sys_imagenes/lectura/santoral/IreneoLyon.jpgNo se celebra hoy, porque hay una celebración de mayor rango
fecha en el calendario anterior: 3 de julio
n.: c. 135†: c. 202país: Francia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Memoria de san Ireneo, obispo, que, como atestigua san Jerónimo, de niño fue discípulo de san Policarpo de Esmirna y custodió con fidelidad la memoria de los tiempos apostólicos. Ordenado presbítero en Lyon, fue el sucesor del obispo san Potino y, según cuenta la tradición, murió coronado por un glorioso martirio. Debatió en muchas ocasiones acerca del respeto a la tradición apostólica y, en defensa de la fe católica, publicó un célebre tratado contra la herejía.
oración:

Señor, Dios nuestro, que otorgaste a tu obispo san Ireneo la gracia de mantener incólume la doctrina y la paz de la Iglesia, concédenos, por su intercesión, renovarnos en fe y en caridad y trabajar sin descanso por la concordia y la unidad entre los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

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Las obras literarias de san Ireneo le han valido la dignidad de figurar prominentemente entre los Padres de la Iglesia, ya que sus escritos no sólo sirvieron para poner los cimientos de la teología cristiana, sino también para exponer y refutar los errores de los gnósticos y salvar así a la fe católica del grave peligro que corrió de contaminarse y corromperse por las insidiosas doctrinas de aquellos herejes.

Nada se sabe sobre su familia. Probablemente nació alrededor del año 135, en alguna de aquellas provincias marítimas del Asia Menor, donde todavía se conservaba con cariño el recuerdo de los Apóstoles entre los numerosos cristianos. Sin duda que recibió una educación muy esmerada y liberal, ya que sumaba a sus profundos conocimientos de las Sagradas Escrituras, una completa familiaridad con la literatura y la filosofía de los griegos. Tuvo además, el inestimable privilegio de sentarse entre algunos de los hombres que habían conocido a los Apóstoles y a sus primeros discípulos, para escuchar sus pláticas. Entre éstos, figuraba san Policarpo, quien ejerció una gran influencia en la vida de Ireneo. Por cierto, que fue tan profunda la impresión que en éste produjo el santo obispo de Esmirna que, muchos años después, como confesaba a un amigo, podía describir con lujo de detalles, el aspecto de san Policarpo, las inflexiones de su voz y cada una de las palabras que pronunciaba para relatar sus entrevistas con san Juan, el Evangelista, y otros que conocieron al Señor, o para exponer la doctrina que habían aprendido de ellos. San Gregorio de Tours afirma que fue san Policarpo quien envió a Ireneo como misionero a las Galias, pero no hay pruebas para sostener esa afirmación.

Desde tiempos muy remotos, existían las relaciones comerciales entre los puertos del Asia Menor y el de Marsella y, en el siglo segundo de nuestra era, los traficantes levantinos transportaban regularmente las mercancías por el Ródano arriba, hasta la ciudad de Lyon que, en consecuencia, se convirtió en el principal mercado de Europa occidental y en la villa más populosa de las Galias. Junto con los mercaderes asiáticos, muchos de los cuales se establecieron en Lyon, venían sus sacerdotes y misioneros que portaron la palabra del Evangelio a los galos paganos y fundaron una vigorosa iglesia local. A aquella iglesia llegó san Ireneo para servirla como sacerdote, bajo la jurisdicción de su primer obispo, san Potino, que también era oriental, y ahí se quedó hasta su muerte. La buena opinión que tenían sobre él sus hermanos en religión, se puso en evidencia el año de 177, cuando se le despachó a Roma con una delicadísima misión. Fue después del estallido de la terrible persecución de Marco Aurelio, cuando ya muchos de los jefes del cristianismo en Lyon se hallaban prisioneros. Su cautiverio, por otra parte, no les impidió mantener su interés por los fieles cristianos del Asia Menor. Conscientes de la simpatía y la admiración que despertaba entre la cristiandad su situación de confesores en inminente peligro de muerte, enviaron al papa san Eleuterio, por conducto de Ireneo, «la más piadosa y ortodoxa de las cartas», con una apelación al Pontífice «en nombre de la unidad y de la paz de la Iglesia», para que tratase con suavidad a los hermanos montanistas de Frigia. Asimismo, recomendaban al portador de la misiva, es decir, a Ireneo, como a un sacerdote «animado por un celo vehemente para dar testimonio de Cristo» y un amante de la paz, como lo indicaba su nombre (efectivamente, «ireneo» significa «pacífico»).

El cumplimiento de aquel encargo, que lo ausentaba de Lyon, explica por qué Ireneo no fue llamado a compartir el martirio de san Potino y sus compañeros y ni siquiera lo presenció. No sabemos cuánto tiempo permaneció en Roma, pero tan pronto como regresó a Lyon, ocupó la sede episcopal que había dejado vacante san Potino. Ya por entonces había terminado la persecución y los veinte o más años de su episcopado fueron de relativa paz. Las informaciones sobre sus actividades son escasas, pero es evidente que, además de sus deberes puramente pastorales, trabajó intensamente en la evangelización de su comarca y las adyacentes. Al parecer, fue él quien envió a los santos Félix, Fortunato y Aquileo, como misioneros a Valence, y a los santos Ferrucio y Ferreolo, a Besançon. Para indicar hasta qué punto se había identificado con su rebaño, basta con decir que hablaba corrientemente el celta en vez del griego, que era su lengua madre.

La propagación del gnosticismo en las Galias y el daño que causaba en las filas del cristianismo, inspiraron en el obispo Ireneo el anhelo de exponer los errores de esa doctrina para combatirla. Comenzó por estudiar sus dogmas, lo que ya de por sí era una tarea muy difícil, puesto que cada uno de los gnósticos parecía sentirse inclinado a introducir nuevas versiones propias en la doctrina. Afortunadamente, san Ireneo era «un investigador minucioso e infatigable en todos los campos del saber», como nos dice Tertuliano, y, por consiguiente, salvó aquel escollo sin mayores tropiezos y hasta con cierto gusto. Una vez empapado en las ideas del adversario, se puso a escribir un tratado en cinco libros, en cuya primera parte expuso completamente las doctrinas internas de las diversas sectas para contradecirlas después con las enseñanzas de los Apóstoles y los textos de las Sagradas Escrituras.

Hay un buen ejemplo sobre el método de combate que siguió, en la parte donde trata el punto doctrinal de los gnósticos de que el mundo visible fue creado, conservado y gobernado por seres angelicales y no por Dios, quien seguirá eternamente desligado del mundo, superior, indiferente y sin participación alguna en las actividades del Pleroma (el mundo espiritual invisible). Ireneo expone la teoría, la desarrolla hasta llegar a su conclusión lógica y, por medio de una eficaz «reductio ad absurdum», procede a demostrar su falsedad. Ireneo expresa la verdadera doctrina cristiana sobre la estrecha relación entre Dios y el mundo que Él creó, en los siguientes términos: «El Padre está por encima de todo y Él es la cabeza de Cristo; pero a través del Verbo se hicieron todas las cosas y Él mismo es el jefe de la Iglesia, en tanto que Su Espíritu se halla en todos nosotros; es Él esa agua viva que el Señor da a los que creen en Él y le aman porque saben que hay un Padre por encima de todas las cosas, a través de todas las cosas y en todas las cosas».

Ireneo se preocupa más por convertir que por confundir y, por lo tanto, escribe con estudiada moderación y cortesía, pero de vez en cuando, se le escapan comentarios humorísticos. Al referirse, por ejemplo, a la actitud de los recién «iniciados» en el gnosticismo, dice: «Tan pronto como un hombre se deja atrapar en sus “caminos de salvación”, se da tanta importancia y se hincha de vanidad a tal extremo, que ya no se imagina estar en el cielo o en la tierra, sino haber pasado a las regiones del Pleroma y, con el porte majestuoso de un gallo, se pavonea ante nosotros, como si acabase de abrazar a su ángel». Ireneo estaba firmemente convencido de que gran parte del atractivo del gnosticismo, se hallaba en el velo de misterio con que gustaba de envolverse y, de hecho, había tomado la determinación de «desenmascarar a la zorra», como él mismo lo dice, Y por cierto que lo consiguió: sus obras, escritas en griego, pero traducidas al latín casi en seguida, circularon ampliamente y no tardaron en asestar el golpe de muerte a los gnósticos del siglo segundo. Por lo menos, de entonces en adelante, dejaron de constituir una seria amenaza para la Iglesia y la fe católicas.

Trece o catorce años después de haber viajado a Roma con la carta para el papa Eleuterio, fue de nuevo Ireneo el mediador entre un grupo de cristianos del Asia Menor y el Pontífice. En vista de que los cuartodecimanos se negaban a celebrar la Pascua de acuerdo con la costumbre occidental, el papa Víctor III los había excomulgado y, en consecuencia, existía el peligro de un cisma. Ireneo intervino en su favor. En una carta bellamente escrita que dirigió al Papa, le suplicaba que levantase el castigo y señalaba que sus defendidos no eran realmente culpables, sino que se aferraban a una costumbre tradicional y que, una diferencia de opinión sobre el mismo punto, no había impedido que el papa Aniceto y san Policarpo permaneciesen en amable comunión. El resultado de su embajada fue el restablecimiento de las buenas relaciones entre las dos partes y de una paz que no se quebrantó. Después del Concilio de Nicea, en 325, los cuartodecimanos acataron voluntariamente el uso romano, sin ninguna presión por parte de la Santa Sede.

Se desconoce la fecha de la muerte de san Ireneo, aunque por regla general, se establece hacia el año 202. De acuerdo con una tradición posterior, se afirma que fue martirizado, pero no es probable ni hay evidencia alguna sobre el particular. Los restos mortales de san Ireneo, como lo indica Gregorio de Tours, fueron sepultados en una cripta, bajo el altar de la que entonces se llamaba iglesia de San Juan, pero más adelante, llevó el nombre de San Ireneo. Esta tumba o santuario fue destruido por los calvinistas en 1562 y, al parecer, desaparecieron hasta los últimos vestigios de sus reliquias. Es digno de observarse que, si bien la fiesta de san Ireneo se celebra desde tiempos muy antiguos en el Oriente (el 23 de agosto), sólo a partir de 1922 se ha observado en la iglesia de Occidente.

El tratado contra los gnósticos ha llegado hasta nosotros completo en su versión latina y, en fechas posteriores, se descubrió la existencia de otro escrito suyo: la exposición de la predicación apostólica, traducida al armenio. A pesar de que el resto de sus obras desapareció, bastan los dos trabajos mencionados para suministrar todos los elementos de un sistema completo de teología cristiana. No ha llegado hasta nosotros nada que pueda llamarse una biografía de la época sobre san Ireneo, pero hay, en cambio, abundante literatura en torno al importante papel que desempeñó como testigo de las antiguas tradiciones y como maestro de las creencias ortodoxas.

En 1904 se despertó enorme interés general, a raiz del descubrimiento de la versión armenia de un escrito sobre el cual sólo se conocía el título hasta entonces: Prueba de la Predicación Apostólica. Se trata, sobre todo de una comparación de las profecías del Antiguo Testamento y de ese escrito, no se obtienen informaciones nuevas en relación con el espíritu y los pensamientos del autor. Sobre la teología de Ireneo puede consultarse con provecho la Patrología de Quasten (Tomo I). Entre las catequesis de los miércoles que SS Benedicto XVI dedicó a los Padres de la Iglesia, la del 28 de marzo del 2007 está referida a la figura y el pensamiento de Ireneo de Lyon.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=2161

* SANTO DEL DIA ” San Pelayo, mártir” 26 de junio

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San Pelayo, mártir
fecha: 26 de junio
n.: 912†: 925país: España
otras formas del nombre: Pelagio
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
San Pelagio (o Pelayo), mártir, que a los trece años, por querer conservar su fe en Cristo y su castidad ante las costumbres deshonestas de Abd ar-Rahmán III, califa de los musulmanes, consumó en Córdoba, en la región hispánica de Andalucía, su glorioso martirio, al ser despedazado con tenazas.
patronazgo: protector de la castidad.
oración:

Señor, Padre nuestro, que prometiste a los limpios de corazón la recompensa de ver tu rostro, concédenos tu gracia y tu fuerza, para que, a ejemplo de san Pelayo, mártir, antepongamos tu amor a las seducciones del mundo y guardemos el corazón limpio de todo pecado. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

El nombre del niño mártir, Pelayo, es famoso todavía en toda España y muchas son las iglesias dedicadas en su honor. Vivió en los días en que Abderramán III, el más grande de los Omeyas, reinaba en Córdoba; un tío de Pelayo, para salvar el pellejo, dejó al chico como rehén en manos de los moros. Por entonces, el niño no tenía más de diez años. El cobarde pariente no regresó para rescatar a su sobrino, que pasó tres años cautivo de los infieles. En ese lapso, se había transformado en un buen mozo alto y fornido, siempre de buen humor y sin contaminación alguna de las costumbres corrompidas de sus captores y sus compañeros de cautiverio. Las noticias más favorables sobre el comportamiento del jovencito Pelayo llegaron a oídos de Abderramán quien le mandó traer a su presencia y le anunció que podía obtener su libertad y hermosos caballos para correr por ios campos, así como ropas lujosas, dineros y honores, si renunciaba a su fe y reconocía al profeta Mahoma.

Pero Pelayo no se dejó tentar y se mantuvo firme: «Todo lo que me ofreces no significa nada para mí -repuso a las propuestas de Abderramán-. Nací cristiano, soy cristiano y seré siempre cristiano». De nada sirvieron las amenazas del rey moro quién, a fin de cuentas, condenó a morir al jovencito. Los relatos varían en cuanto a la forma en que fue ejecutado. De acuerdo con unos, después de haber descoyuntado sus miembros en el potro de hierro, le ataron una cuerda a la cintura y, desde el puente, lo sumergían y lo izaban en las aguas del río, hasta que expiró; otros dicen que fue suspendido de las rejas para recibir el suplicio destinado a los esclavos y criminales, que consistía en ser descuartizado en vida; los miembros despedazados del niño santo fueron arrojados al Guadalquivir. Sus restos fueron rescatados por los fieles y conservados ocultamente en Córdoba, hasta el año de 967, cuando se los trasladó a León; dieciocho años más tarde, para evitar profanaciones, fueron exhumados y llevados a Oviedo para ser sepultados. La historia de Pelayo se propagó enseguida y ya en el 962 había despertado el entusiasmo de la famosa poetisa Hroswitha (Roswita), abadesa de Gandersheim, quien narró los incidentes del martirio en hexámetros latinos.

N.ETF: algunos aspectos que esta noticia no menciona pero que es importante destacar para comprender mejor al personaje e incluso la celeridad con que se difundió su culto son: que era de origen gallego, que el tío que menciona la noticia era, según la tradición, Hermogio, obispo de Tui, y que dentro de los intentos del Emir contra Pelayo, el más relevante es el querer corromperlo en su castidad (a lo que alude el elogio del Martirologio Romano); todos estos elementos llevaron a que el santo rápidamente deviniera símbolo para los que luchaban por la expulsión de los moros de la Península.

Una breve passio en latín fue impresa en el Acta Sanctorum, junio, vol. VII, junto con algunas noticias sobre datos históricos y del culto al niño santo. El mejor de los textos de del poema de Hroswitha es el que editó P. von Winterfeld, en Deut. Dichter d. Lat. Mittelalters (1922). Hay una traducción al inglés de ese poema, hecha por C. St. John (1923) y una versión alemana de H. Homeyer (1936). En la actualidad puede accederse a una edición facsimilar del poema, en latín, en las Obras de Hroswitha editadas por Bridwell Library en 1501 (está en las páginas 50 a 55), la escritura, aunque antigua, es perfectamente legible.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=2141

ADVOCACIONES MARIANAS”Nuestra Señora del Perpetuo Socorro” 27 de junio

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El sábado 27 de de junio celebraremos la festividad de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, y el miércoles 24 comienza el el  triduo de preparación a la misma.

El Icono original de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro es uno de los numerosos iconos atribuidos a San Lucas, y está en el altar mayor de la  Iglesia de San Alfonso en Roma. Esa Imagen bizantina muestra a la Madre de Dios llevando en sus brazos al Niño Jesús asustado frente a los instrumentos de su futura Pasión que le presentan los arcángeles Miguel y Rafael. Jesús se acurruca en los brazos de su Madre. Ella lo estrecha junto a su Corazón. El cuadro nos recuerda la Maternidad Divina de la Virgen y su cuidado por Jesús desde su Concepción hasta su Muerte. Hoy la Virgen cuida de todos sus hijos que a Ella acuden.
 
El 26 de abril de 1866 el Papa Pío IX entregó el Icono a los Misioneros Redentoristas, que habían reconstruido la iglesia de San Alfonso donde se encontraba antiguamente la de San Mateo, agregando solemnemente: «¡Hacedla conocer! ¡Hacedla amar! ¡Ella salvará el mundo!» Muchos milagros son atribuidos a esta imagen tan célebre, cuya copia se ha difundido por el mundo entero.

Este género iconográfico mariano pertenece a las llamadas “Virgen de la Pasión”, por los elementos pictóricos que componen el icono:

Destacamos María y el Niño Jesús, a la derecha el arcángel San Miguel y a la izquierda, el arcángel San Gabriel, sosteniendo los instrumentos de la Pasión de Jesús en el calvario.

Una clave interpretativa es dada por la postura del Niño. En ella se está expresando la humanidad de Jesús, que se acoge al socorro de María. En esa perspectiva María destaca como quien sostiene al que sufre, a quien va a la Cruz.

Todo el Icono es como un anticipo de la escena de Getsemaní, en la cual el ángel de la fortaleza es María. La Virgen aparece como un lugar de acogida, de socorro. Con fina delicadeza nos lo dicen las manos de Jesús y María.

El autor ha tenido interés en mostrar la planta del pie del Niño para decirnos su humanidad. Jesús hace el camino del hombre. La sandalia desatada nos recuerda esa pérdida de propiedad que los hombres del Antiguo Testamento, expresaban al descalzarse. Vemos una dinámica entre las manos y los pies. Las manos nos hablan de un temor lleno de confianza y los pies de una decisión: desprendimiento. Es Dios hecho hombre.

Para expresar su carácter sacro, su dimensión espiritual, el icono debe llevar inscripto el nombre de lo que representa.  En nuestro icono, leyendo de arriba hacia abajo vemos primero las letras de “Madre de Dios”, los nombres de los arcángeles y entre el arcángel Gabriel  y el Niño, las letras de Jesucristo.

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Siempre hemos oído hablar de la devoción de San Juan Pablo II a María Santísima bajo esta advocación, devoción que cultivó ya desde joven. El 30 de junio de 1991 visitó la Iglesia de San Alfonso en Roma con motivo de la celebración de los 125 años del culto público al icono del Perpetuo Socorro en dicha Iglesia. En la charla que mantuvo con la comunidad tras la celebración religiosa dijo expresamente:

“…Recuerdo que en la última guerra, durante el periodo de la ocupación nazi de Polonia y siendo yo obrero en una fábrica de Cracovia, me paraba siempre en una iglesia, precisamente la de los redentoristas, que se encontraba en mi camino de regreso de la fábrica a casa. En aquella Iglesia había una imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro. ¡Cuántas veces me detuve ante dicha imagen! y no sólo porque me caía de paso, sino también porque la encontraba muy bella. Aún después de ser Obispo y Cardenal de Cracovia volví a visitar dicha Iglesia. Prediqué en ella muchas veces y también en ella administré Sacramentos, sobre todo el de la Confirmación. Se comprende fácilmente, pues, que el venir hoy aquí me resulte como si hiciese un viaje hacia mi pasado, hacia mi juventud…”

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Para el  Triduo de preparación a la fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro (24 al 26 de junio)le recomendamos los textos, invocaciones y oraciones que se encuentra en la siguiente dirección:

http://www.devocionario.com/maria/socorro_6.html

Recordemos que el Triduo del 24 al 26 de junio nos ayudará  a prepararnos a la celebración de la fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro si nos sentimos movidos a acercarnos a los Sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía y a renovar nuestro compromiso cristiano a ejemplo de María, la primera y más perfecta discípula de Cristo.

Oh Santa Madre de Dios,
que para inspirarnos una confianza sin límites
te has querido llamar para nosotros
Madre del Perpetuo Socorro.

Te ruego me socorras en todo tiempo y en todo lugar,
en mis dificultades, y en los problemas de cada día,
especialmente en los momentos tristes y oscuros de la vida.

Te ruego me concedas, Madre del Amor,
la confianza de acudir siempre a Ti,
como Mediadora de la salvación que nos entrega Tu Hijo
y experimentar tu ayuda maternal.

Te ruego me concedas el don de seguir a Tu Hijo,
de escuchar el Evangelio y meditarlo en mi corazón,
como hacías Tú, en tu vida sencilla entregada a Dios,
para que pueda compartir, junto Contigo,
la esperanza de la salvación. Amén.  

  

NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO

SANTUARIO DE BACLARÁN

Manila, Filipinas. Martes 17 de febrero de 1981

 OH MADRE DEL PERPETUO SOCORRO

He tenido la posibilidad de venir hoy aquí por segunda vez en mi vida. La primera vez que me detuve fue al ir al Congreso Eucarístico de Australia; y mientras celebraba la Misa al atardecer fui testigo de la devoción filial verdadera y de la confianza inmensa que tienen en Ti, Madre del Perpetuo Socorro, los fieles, la gente que vive en esta gran ciudad, capital de Filipinas (…).

A Ti, Reina de los Mártires y Madre de la Iglesia, deseo confiar de modo especial mi ministerio papal y sus múltiples dimensiones. Ya desde los comienzos, de la sangre de los mártires precisamente nació y creció con fuerza la Iglesia de tu Hijo, la Iglesia de Jesucristo, con cuyo sacrificio en la Cruz, Tú, Madre, cooperaste, con el sacrificio maternal de tu Corazón (cf. Lumen gentium, 58).

Son muchos ciertamente los ejemplos que encontramos de tal testimonio prestado por mártires santos y bienaventurados en varias partes del gran continente de Asia. Los fundamentos de la fe sellados con la sangre parecen estar hondamente arraigados ya en el terreno de la historia. Pero no somos nosotros, que somos seres humanos, quienes podemos medir y decir si estos fundamentos son suficientes para construir el servicio al Evangelio y a la Iglesia en estas extensas tierras y en las incontables islas que las rodean. Este juicio lo dejamos a la Misericordia del mismo Dios, al Corazón de nuestro Redentor y Señor, y al Espíritu Santo que guía a la humanidad y a la Iglesia a través del testimonio de sangre prestado al Reino de Amor y de Verdad.

No obstante, todo el trabajo inmenso que se presenta ante nosotros, yo, Juan Pablo II, con plena conciencia de mi debilidad humana y de mi indignidad deseo confiarlo a Ti, Madre de Cristo y de la Iglesia, que velas con tu incesante amor maternal sobre ella en todas partes, dispuesta a prestar toda clase de ayuda a cada corazón humano y en medio de todos los pueblos. Y sobre todo entre quienes están probados más duramente por el sufrimiento, la pobreza y toda clase de aflicciones imaginables.

Así, en el umbral de mi visita pastoral a Extremo Oriente, te encomiendo y consagro con confianza absoluta, como a Madre de nuestro Redentor, todas las naciones y pueblos de Asia y de las islas que la rodean. Te encomiendo y confío la Iglesia, particularmente los lugares donde padece más dificultades, donde no es comprendida debidamente su misión ni tampoco su irreprimible deseo de servir a los individuos y a los pueblos. En el umbral de esta peregrinación te encomiendo hoy las hospitalarias Filipinas y la Iglesia que al estar arraigada aquí con fuerza particular, siente con la misma fuerza particular su responsabilidad misionera. Que no le falte la fuerza necesaria para la obra de evangelización. Que persevere en el servicio de su pueblo y en la apertura a todos los demás, como siervo fiel que espera constantemente la llegada del Señor.

Oh Madre del Perpetuo Socorro,

Acoge esta consagración humilde y deposítala en el Corazón de tu Hijo, Tú que cuando estabas al pie de su Cruz en el Calvario nos fuiste dada a cada uno de nosotros como Madre. Amen.

 

Les recordamos que hemos redactado y diseñado un curso con textos extraídos de la extensa Catequesis de San Juan Pablo II que lleva por título SAGRADO CORAZÓN: SÍMBOLO DEL AMOR DE CRISTO. Este curso contiene los textos catequéticos sobre cada una de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús y lo puede leer en la siguiente dirección
“…El mes de junio está dedicado, de modo especial, a la veneración del Corazón divino. No sólo un día, la fiesta litúrgica que, de ordinario, cae en junio, sino todos los días.
Con esto se vincula la devota práctica de rezar o cantar diariamente las Letanías al Sacratísimo Corazón de Jesús….”

(Ángelus, 27 de junio de 1982).