*SANTO DEL DÍA “San Fernando III” 30 de mayo

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San Fernando III, rey de Castilla y de León, que fue prudente en el gobierno del reino, protector de las artes y las ciencias, y diligente en propagar la fe. Descansó finalmente en la ciudad de Sevilla.
patronazgo: patrono de Aranjuez, Sevilla (en España) y San Fernando (en Venezuela), también del Cuerpo de Ingenieros Militares en España, protector de los pobres y los presos.
refieren a este santo: Beato Pedro González «Telmo»
oración:

Oh Dios, que elegiste al rey san Fernando como defensor de tu Iglesia en la tierra, escucha las súplicas de tu pueblo que te pide tenerlo como protector en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica)

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San Fernando III, rey
fecha: 30 de mayo
n.: 1198†: 1252país: España
canonización: Conf. Culto: Alejandro VII 31 may 1655 – C: Clemente X 7 feb 1671
hagiografía: Abel Della Costa
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Fernando III, nacido en 1198, era hijo de Alfonso IX, rey de León, y de Berengaria, la hija mayor de Alfonso III de Castilla y de una de las hijas de Enrique II de Inglaterra. Tía suya, hermana de Berengaria, fue Blanca de Castilla, madre de san Luis de Francia. Berengaria hubiese debido heredar el trono de Castilla a la muerte de Enrique, su hermano, pero prefirió ceder sus derechos a su hijo Fernando, quen tenía entonces dieciocho años. Dos años más tarde, Fernando contrajo matrimonio con de la que tuvo siete hijos y tres hijas.

Supo reunir y poner de acuerdo los siempre divididos adversarios españoles, Castilla, Aragón, Navarra y León. Decidió hacerse terciario franciscano. En él se encontraron unidas las más difíciles virtudes, a saber, el valor con la piedad; la prudencia con la audacia. También en su vida familiar fue bastante afortunado, casado sucesivamente con dos dignísimas mujeres, la primera, que le fue propuesta por su madre, Beatriz, hija del rey Felipe de Suabia, murió después de quince años y le dio diez hijos; la segunda, Juana de Ponthieu, le fue propuesta por Blanca de Castilla. Pero particularmente afortunado fue en las guerras que hizo contra los Sarracenos, que ocupaban gran parte de España, en un momento propicio y con grandes éxitos.

Penetrando en Andalucía, ocupó a Córdoba y el reino de Murcia. Después bloqueado con su flota el río Guadalquivir, conquistó a Sevilla, en medio de la alegría del mundo cristiano y el estupor del musulmán. Fernando obtuvo así el título de «Terror de los Moros», que persiguió hasta las costas de Africa.

La suya era una guerra de liberación en sentido político y en sentido religioso. El grito de batalla de sus tropas sonaba recio en todo el Mediterráneo: «¡Santiago y Castilla!». A los prisioneros Moros los hizo devolver sobre sus espaldas la campana robada por los Sarracenos al famoso santuario de Compostela. En la conquista de Córdoba no hizo ningún daño a la población y su primer gran pensamiento fue el de levantar una iglesia en honor de la Virgen. Temía cometer la más pequeña injusticia y ofender también al más despreciado de sus súbditos. Decía que temía más la maldición de una viejecita que todas las armas de los Moros.

Sintiéndose cercano a la muerte, recibió el viático y la unción de los enfermos en presencia de todos los dignatarios de la corte, a los cuales quiso dar este último ejemplo de devoción. A su hijo Alfonso, su heredero, antes de bendecirlo le dio algunos consejos para el gobierno del reino: «Teme a Dios y tenlo siempre como testigo de todas tus acciones públicas y privadas, familiares y políticas». Era la regla de vida seguida por el rey Fernando. El 30 de mayo de 1252 entregó su alma a Dios. Tenía 53 años. Fue llorado por los soldados como valeroso jefe; por su pueblo como padre providente, soberano, héroe y sobre todo como santo. Fue sepultado en la catedral de Sevilla, y como terciario franciscano que era, revestido con el hábito de la Orden.

No parece haber habido un proceso de canonización formal, y de hecho no se inscribe su canonización en el listado de la hacía poco tiempo fundada Concregación de Ritos; sin embargo, sí se conserva la bula (cuyas partes pertinentes pueden leerse en Acta SS) por la que SS Clemente X en febrero de 1671, recogiendo decretos de aprobación del culto antiguo de Urbano VIII y Alejandro VII, eleva la fiesta de san Fernando a categoría de fiesta litúrgica de la Iglesia universal, y por tanto puede considerarse canonizado, no sólo beatificado o con aprobación de culto.

En Acta Sanctorum, mayo, vol. VII, hay una traducción latina de los párrafos de la crónica del arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez, que se refieren a san Fernando; también puede verse ahí entre otros documentos, la breve biografía escrita por Lucas, obispo de Tuy, contemporáneo del santo. Se conserva también un relato del franciscano Gil de Zamora (c. 1300); la cuestión de la bula de Clemente X se trata en las páginas 385-86 (téngase presente que el texto de Acta SS es de esos mismos años, así que el dato y las fuentes estaban, por así decir, a la mano); puede verse en el Boletín de la Real Academia de la Historia, vol. 1 (1884), pp. 308-321.
La vida de Fernando III pertenece al dominio de la historiografía española, y como tal, se hallarán tanto en impresos como en la red referencias de toda clase; hemos recogido aquí lo que creemos esencial para una hagiografía, tomándolo de dos fuentes que hemos mezclado, ya que contenían datos complementarios: el Butler-Guinea y «Franciscanos para cada día». Se encontrarán en la red otras hagiografías en castellano que pueden resultar de interés, entre las que pueden destacarse: la de José Mª Sánchez de Muniáin, en Añor Cristiano (BAC, 1966-2003), que puede leerse en el Directorio Franciscano, y la de José Gros y Raguer, que puede leerse en Multimedios.org. La imagen inferior es la de la urna de plata donde descansan sus restos, en la catedral de Sevilla.

Abel Della Costa

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=1827

* ANGELUS PAPA FRANCISCO”en el Jubileo de los Diáconos”

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(RV).- Al final de la celebración Eucarística con motivo del Jubileo de los Diáconos el Santo Padre rezó con los fieles y peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro la oración mariana del Ángelus dominical.

Antes de rezar a la Madre de Dios, y con su saludo a los queridos Diáconos llegados de Italia y de diversos países, a quienes les agradeció especialmente su presencia en la Iglesia, el Obispo de Roma recordó la celebración de la Jornada Nacional del Consuelo, que tiene por objetivo ayudar a las personas a vivir bien la fase final de la su existencia terrena.

El pensamiento del Santo Padre también se dirigió a la tradicional peregrinación que hoy se realiza en Polonia al Santuario mariano de Piekary, con el deseo de que la Madre de la Misericordia sostenga a las familias y a los jóvenes en el camino hacia la Jornada Mundial de Cracovia.

Y destacó que el próximo miércoles, 1° de junio, con ocasión de la Jornada Internacional del Niño, las comunidades cristianas de Siria, tanto católicas como ortodoxas, rezarán juntas por la paz.

“Los niños sirios – dijo el Pontífice – invitan a los niños de todo el mundo a unirse a su oración por la paz”. De ahí su invitación a invocar por estas intenciones la intercesión de la Virgen María, mientras le encomendamos a Ella la vida y el ministerio de todos los Diáconos del mundo.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Palabras del Santo Padre Francisco antes de rezar el Ángelus dominical:

Al final de esta celebración deseo dirigir un especial saludo a ustedes, queridos Diáconos, llegados de Italia y de diversos países. ¡Gracias por su presencia hoy, pero sobre todo de su presencia en la Iglesia!

Saludo a todos los peregrinos, en particular a la Asociación europea de los Schützen históricos; a los participantes en el “Camino del Perdón” promovido por el Movimiento Celestiniano; y la Asociación Nacional para la Tutela de las Energías Renovables, comprometida en la obra de educación para el cuidado de la creación.

Recuerdo además la hodierna Jornada Nacional del Consuelo, finalizada a ayudar a las personas a vivir bien la fase final de la existencia terrena; como también la tradicional peregrinación que se realiza hoy en Polonia al Santuario mariano de Piekary: la Madre de la Misericordia sostenga a las familias y a los jóvenes en el camino hacia la Jornada Mundial de Cracovia.

El próximo miércoles, 1° de junio, con ocasión de la Jornada Internacional del Niño, las comunidades cristianas de Siria, sean católicas que ortodoxas, vivirán juntos una especial oración por la paz, que tendrá como protagonistas a los propios niños. Los niños sirianos invitan a los niños de todo el mundo a unirse a su oración por la paz.

Invoquemos por estas intenciones la intercesión de la Virgen María, mientras encomendamos a Ella la vida y el ministerio de todos los Diáconos del mundo.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

 

* SOLEMNIDAD del Corpus Christi

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A fines del siglo XIII surgió en Lieja, Bélgica, un Movimiento Eucarístico cuyo centro fue la Abadía de Cornillón fundada en 1124 por el Obispo Albero de Lieja. Este movimiento dio origen a varias costumbres eucarísticas, como por ejemplo la Exposición y Bendición con el Santísimo Sacramento, el uso de las campanillas durante la elevación en la Misa y la fiesta del Corpus Christi.

Santa Juliana de Mont Cornillón, por aquellos años priora de la Abadía, fue la enviada de Dios para propiciar esta Fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Desde joven, Santa Juliana tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre anhelaba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haber intensificado por una visión que tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad.

Juliana comunicó estas apariciones a Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV.

El obispo Roberto se impresionó favorablemente y, como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; al mismo tiempo el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan escribiera el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

Mons. Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez al año siguiente el jueves posterior a la fiesta de la Santísima Trinidad. Más tarde un obispo alemán conoció la costumbre y la extendió por toda la actual Alemania.

El Papa Urbano IV, por aquél entonces, tenía la corte en Orvieto, un poco al norte de Roma. Muy cerca de esta localidad se encuentra Bolsena, donde en 1263 o 1264 se produjo el Milagro de Bolsena: un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas de que la Consagración fuera algo real. Al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264. Hoy se conservan los corporales -donde se apoya el cáliz y la patena durante la Misa- en Orvieto, y también se puede ver la piedra del altar en Bolsena, manchada de sangre.

El Santo Padre movido por el prodigio, y a petición de varios obispos, hace que se extienda la fiesta del Corpus Christi a toda la Iglesia por medio de la bula “Transiturus” del 8 septiembre del mismo año, fijándola para el jueves después de la octava de Pentecostés y otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la Santa Misa y al oficio.

Luego, según algunos biógrafos, el Papa Urbano IV encargó un oficio -la liturgia de las horas- a San Buenaventura y a Santo Tomás de Aquino; cuando el Pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio hecho por Santo Tomás, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y, en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. En 1317 se promulga una recopilación de leyes -por Juan XXII- y así se extiende la fiesta a toda la Iglesia.

Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV, y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.

La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

Finalmente, el Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad; y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

*Corpus Christi, 26 de mayo 2016

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RV).-  La tarde del jueves 26 de mayo, Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el Papa Francisco presidió la Celebración Eucarística en la Basílica de San Juan de  Letrán. “Hagan esto en memoria mía”: el mandato de Cristo a los discípulos en el relato de la institución de la Eucaristía narrado en la Carta de Pablo a los Corintios, fue el tema de la homilía del Santo Padre. “Jesús manda repetir el gesto con el que instituyó el memorial de su Pascua, por el que nos dio su Cuerpo y su Sangre. Y este gesto ha llegado hasta nosotros: es el ‘hacer’ la Eucaristía, que tiene siempre a Jesús como protagonista, pero que se realiza a través de nuestras pobres manos ungidas de Espíritu Santo”, observó el Papa, quien constata que en realidad es Jesús el que bendice y parte los panes con el fin de satisfacer a todas esas personas, con los cinco panes y los dos peces traídos por los discípulos. “Jesús quería precisamente esto: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lo poco que tenían. Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente”. “También esto es ‘hacer’ con Jesús, es ‘dar de comer’ con Él. Un milagro destinado no sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre”. El Obispo de Roma precisó que por esto hay que pasar siempre a través de aquellos dos pequeños gestos: “ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos”.

Luego de la Celebración Eucarística en San Juan de Letrán se lleva a cabo la tradicional Procesión Eucarística que llega hasta la no muy lejana Basílica de Santa María la Mayor. En palabras de Francisco: “un gesto para hacer memoria de Él; un gesto para dar de comer a la muchedumbre actual; un gesto para ‘partir’ nuestra fe y nuestra vida como signo del amor de Cristo por esta ciudad y por el mundo entero”.

(RC-RV)

Homilía del Papa Francisco

 

«Hagan esto en memoria mía» (1Co 11,24.25).

El apóstol Pablo, escribiendo a la comunidad de Corinto, refiere por dos veces este mandato de Cristo en el relato de la institución de la Eucaristía. Es el testimonio más antiguo de las palabras de Cristo en la Última Cena.

«Hagan esto». Es decir, tomen el pan, den gracias y pártanlo; tomen el cáliz, den gracias y distribúyanlo. Jesús manda repetir el gesto con el que instituyó el memorial de su Pascua, por el que nos dio su Cuerpo y su Sangre. Y este gesto ha llegado hasta nosotros: es el «hacer» la Eucaristía, que tiene siempre a Jesús como protagonista, pero que se realiza a través de nuestras pobres manos ungidas de Espíritu Santo.

«Hagan esto». Ya en otras ocasiones, Jesús había pedido a sus discípulos que «hicieran» lo que él tenía claro en su espíritu, en obediencia a la voluntad del Padre. Lo acabamos de escuchar en el Evangelio. Ante una multitud cansada y hambrienta, Jesús dice a sus discípulos: «Dénles ustedes de comer» (Lc 9,13). En realidad, Jesús es el que bendice y parte los panes, con el fin de satisfacer a todas esas personas, pero los cinco panes y los dos peces fueron aportados por los discípulos, y Jesús quería precisamente esto: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lo poco que tenían. Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos sagradas y venerables del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es «hacer» con Jesús, es «dar de comer» con él. Es evidente que este milagro no va destinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre (cf. Jn 6,48-58). Y, sin embargo, hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos. Hacer y también partir.

Partir: esta es la otra palabra que explica el significado del «hagan esto en memoria mía». Jesús se ha dejado «partir», se parte por nosotros. Y pide que nos demos, que nos dejemos partir por los demás. Precisamente este «partir el pan» se ha convertido en el icono, en el signo de identidad de Cristo y de los cristianos. Recordemos Emaús: lo reconocieron «al partir el pan» (Lc 24,35). Recordemos la primera comunidad de Jerusalén: «Perseveraban […] en la fracción del pan» (Hch 2,42). Se trata de la Eucaristía, que desde el comienzo ha sido el centro y la forma de la vida de la Iglesia. Pero recordemos también a todos los santos y santas –famosos o anónimos–, que se han dejado «partir» a sí mismos, sus propias vidas, para «alimentar a los hermanos». Cuántas madres, cuántos papás, junto con el pan de cada día, cortado en la mesa de casa, se parten el pecho para criar a sus hijos, y criarlos bien. Cuántos cristianos, en cuanto ciudadanos responsables, se han desvivido para defender la dignidad de todos, especialmente de los más pobres, marginados y discriminados. ¿Dónde encuentran la fuerza para hacer todo esto? Precisamente en la Eucaristía: en el poder del amor del Señor resucitado, que también hoy parte el pan para nosotros y repite: «Hagan esto en memoria mía».

Que el gesto de la procesión eucarística, que dentro de poco vamos a hacer, responda también a este mandato de Jesús. Un gesto para hacer memoria de él; un gesto para dar de comer a la muchedumbre actual; un gesto para «partir» nuestra fe y nuestra vida como signo del amor de Cristo por esta ciudad y por el mundo entero.

 

* SANTO DEL DIA “San Agustín de Canterbury, monje y obispo ” 27 de mayo

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San Agustín, obispo de Canterbury, en Inglaterra, el cual, habiendo sido enviado junto con otros monjes por el papa san Gregorio Magno para predicar la palabra de Dios a los anglos, fue acogido de buen grado por el rey Etelberto de Kent. Imitando la vida apostólica de la primitiva Iglesia, convirtió al mismo rey y a muchos otros a la fe cristiana, y estableció algunas sedes episcopales en esa tierra. Falleció el día veintiséis de mayo.
patronazgo: patrono de Inglaterra.
oración:

Señor Dios, que por la predicación de tu obispo san Agustín de Cantorbery llevaste a los pueblos de Inglaterra la luz del Evangelio, concédenos que el fruto de su trabajo apostólico perdure en tu Iglesia con perenne fecundidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

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San Agustín de Canterbury, monje y obispo
fecha: 27 de mayo
fecha en el calendario anterior: 28 de mayo
n.: c. 546†: 604/605país: Reino Unido (UK)
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Cuando el papa san Gregorio el Grande comprendió que había llegado el momento de emprender la evangelización de la Inglaterra anglosajona, escogió como misioneros a treinta o más monjes del monasterio de San Andrés, en la Colina Coeli. Como jefe de la expedición nombró al prior del monasterio, Agustín. San Gregorio debía tenerle en muy alta estima para confiarle la realización de un proyecto tan caro a su corazón. La expedición partió de Roma en el 596. Cuando los misioneros llegaron a la Provenza, tuvieron las primeras noticias de la ferocidad de los anglosajones y de los peligros que les aguardaban al otro lado del Canal de la Mancha. Muy descorazonados por ello, convencieron a Agustín para que volviese a Roma a fin de hacer ver al Pontífice que se trataba de una aventura imposible. Pero san Gregorio, por su parte, estaba informado de que los ingleses no eran hostiles al cristianismo, de suerte que ordenó a Agustín que volviera a reunirse con sus hermanos. Las palabras de aliento que les envió el Sumo Pontífice, dieron valor a los misioneros para seguir adelante. La expedición desembarcó en la isla de Thanet, gobernada entonces por el rey Etelberto de Kent. Los misioneros acudieron a presentar sus respetos al rey, quien los recibió sentado bajo una encina, les ofreció en Canterbury una casa, la antigua iglesia de San Martín y les dio permiso de predicar el cristianismo a sus subditos.

Etelberto recibió el bautismo el día de Pentecostés del año 597. Casi inmediatamente después, San Agustín fue a Francia, donde san Virgilio, el metropolitano de Arles, le consagró obispo. En la Navidad de ese mismo año, muchos de los subditos de Etelberto recibieron el bautismo en Swale, como lo relató gozosamente san Gregorio en una carta a Eulogio, patriarca de Alejandría. Agustín envió a Roma a dos de sus monjes, Lorenzo y Pedro, para que informasen al Papa sobre los acontecimientos, le pidiesen más misioneros y le preguntasen su opinión sobre varios asuntos. Los misioneros volvieron a Inglaterra con el palio para Agustín sobre el palio, véase san Feliciano de Foligno, acompañados por un nuevo contingente de evangelizadores, entre los que se contaban san Melito, san Justo y san Paulino. Beda escribe: «Con esos ministros de la Palabra, el Papa envió todo lo necesario para el servicio divino en la iglesia: vasos sagrados, manteles para los altares, imágenes para las iglesias, ornamentos para los sacerdotes, reliquias y también muchos libros». El Papa explicó a Agustín cómo debía proceder para fundar la jerarquía en todo el país y dio, tanto a Agustín como a Melito, instrucciones muy prácticas acerca de otros puntos. No debían destruir los templos paganos, sino purificarlos y emplearlos como iglesias. Debían respetar en cuanto fuese posible las costumbres locales y sustituir las fiestas paganas por las de los mártires cristianos y las de la dedicación de las iglesias. San Gregorio escribía: «Para llegar muy alto hay que avanzar paso a paso y no a saltos».

San Agustín reconstruyó en Canterbury una antigua iglesia, la cual, junto con una casa de troncos, formó el primer núcleo de la basílica metropolitana y del futuro monasterio de «Christ Church». Ambos edificios se hallaban en el sitio que ocupa actualmente la catedral que Lanfranco empezó a construir en el año 1070. Fuera de las murallas de la ciudad, san Agustín fundó el monasterio de San Pedro y San Pablo. Después de su muerte, el monasterio tomó el nombre de abadía de San Agustín, y en ella fueron sepultados los primeros arzobispos.

La evangelización de Kent avanzaba lentamente. San Agustín empezó entonces a pensar en los obispos de la antigua Iglesia, que habían sido arrojados por los conquistadores sajones a las regiones salvajes de Gales y Cornwall. Aislada del resto de la cristiandad, la Iglesia conservaba en aquellas comarcas algunas costumbres que diferían de la tradición romana. San Agustín invitó a los principales obispos a reunirse con él en un sitio de los confines de Wessex, que todavía en tiempos de Beda se conocía con el nombre de «la encina de Agustín». Ahí los exhortó a adoptar las costumbres del resto de la Iglesia de occidente y les pidió que le ayudasen en la tarea de evangelizar a los anglosajones. Para demostrar su autoridad, San Agustín obró una curación milagrosa en presencia de los obispos; pero éstos se negaron a seguir el consejo del santo, por fidelidad a la tradición local y por rencor contra los conquistadores. Más tarde, se llevó a cabo otra reunión que fracasó también: como Agustín no se levantó de su asiento cuando llegaron los otros obispos, éstos interpretaron su actitud como falta de humildad y se negaron a prestarle oídos y a reconocerle por metropolitano. Desgraciadamente, según cuenta la tradición, san Agustín profirió entonces la amenaza de que «si no querían hacer la paz como hermanos, se les haría la guerra como enemigos». Algunos autores afirman que esta profecía se cumplió diez años después de la muerte de san Agustín, cuando el rey Etelfrido de Nortumbría derrotó a los británicos en Chester y asesinó a los monjes que habían ido a Bangor Iscoed a orar por la victoria.

El santo pasó sus últimos años empeñado en difundir y consolidar la fe en el reino de Etelberto e instituyó las sedes de Londres y Rochester. Unos siete años después de su llegada a Inglaterra, san Agustín pasó a recibir el premio celestial, hacia el año 605, el 26 de mayo. En Inglaterra y Gales se celebra su fiesta en ese día; pero en otros países se le conmemora el 28 de mayo. San Agustín escribió con frecuencia a san Gregorio el Grande para consultarle acerca de cuantas dificultades encontraba en su ministerio. Ello demuestra su delicadeza de conciencia, ya que, en muchas cosas en que hubiese podido decidir por su propio saber y prudencia, prefería consultar al Papa y atenerse a sus decisiones. En cierta ocasión, san Gregorio exhortó a san Agustín a guardarse de las tentaciones de orgullo y vanagloria que podían asaltarle a causa de los milagros que Dios obraba por su intermedio: «Alégrate con temor y teme con alegría ese don que el cielo te ha concedido. Debes alegrarte, porque los milagros exteriores atraen a los ingleses a la gracia interior. Pero debes temer que los milagros te hagan concebir una gran estima de ti mismo, porque con ello transformarías en vanagloria lo que debe servir para el honor de Dios… No todos los elegidos hacen milagros y, sin embargo, sus nombres están escritos en el cielo. Los verdaderos discípulos de la Verdad sólo deben regocijarse del bien que todos comparten y en el que encontrarán el gozo interminable».

En el texto y las notas de la edición hecha por Plummer de la Historia Ecclesiastica de Beda, se encontrarán prácticamente todos los documentos fidedignos que poseemos sobre la vida de San Agustín. Los biógrafos y cronistas posteriores -como Goscelin (Acta Sanctorum, mayo, vol. VI), Guillermo de Malmesbury, Tomás de Elmham y Juan Brompton- no añaden nada importante.
La segunda imagen reproduce un folio del evangelio ilustrado que, según la tradición, llevó san Agustín para evangelizar a los sajones; se trata de una obra de artista anónimo, posiblemente hecha en Italia o en Francia, donde pueden reconocerse con claridad las escenas de la Pasión.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=1786

*Ofrecer lo que recibimos de las manos de Jesús, el Papa en el Corpus Christi

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(RV).-  La tarde del jueves 26 de mayo, Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, el Papa Francisco presidió la Celebración Eucarística en la Basílica de San Juan de  Letrán. “Hagan esto en memoria mía”: el mandato de Cristo a los discípulos en el relato de la institución de la Eucaristía narrado en la Carta de Pablo a los Corintios, fue el tema de la homilía del Santo Padre. “Jesús manda repetir el gesto con el que instituyó el memorial de su Pascua, por el que nos dio su Cuerpo y su Sangre. Y este gesto ha llegado hasta nosotros: es el ‘hacer’ la Eucaristía, que tiene siempre a Jesús como protagonista, pero que se realiza a través de nuestras pobres manos ungidas de Espíritu Santo”, observó el Papa, quien constata que en realidad es Jesús el que bendice y parte los panes con el fin de satisfacer a todas esas personas, con los cinco panes y los dos peces traídos por los discípulos. “Jesús quería precisamente esto: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lo poco que tenían. Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente”. “También esto es ‘hacer’ con Jesús, es ‘dar de comer’ con Él. Un milagro destinado no sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre”. El Obispo de Roma precisó que por esto hay que pasar siempre a través de aquellos dos pequeños gestos: “ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos”.

Luego de la Celebración Eucarística en San Juan de Letrán se lleva a cabo la tradicional Procesión Eucarística que llega hasta la no muy lejana Basílica de Santa María la Mayor. En palabras de Francisco: “un gesto para hacer memoria de Él; un gesto para dar de comer a la muchedumbre actual; un gesto para ‘partir’ nuestra fe y nuestra vida como signo del amor de Cristo por esta ciudad y por el mundo entero”.

(RC-RV)

Homilía del Papa Francisco

 

«Hagan esto en memoria mía» (1Co 11,24.25).

El apóstol Pablo, escribiendo a la comunidad de Corinto, refiere por dos veces este mandato de Cristo en el relato de la institución de la Eucaristía. Es el testimonio más antiguo de las palabras de Cristo en la Última Cena.

«Hagan esto». Es decir, tomen el pan, den gracias y pártanlo; tomen el cáliz, den gracias y distribúyanlo. Jesús manda repetir el gesto con el que instituyó el memorial de su Pascua, por el que nos dio su Cuerpo y su Sangre. Y este gesto ha llegado hasta nosotros: es el «hacer» la Eucaristía, que tiene siempre a Jesús como protagonista, pero que se realiza a través de nuestras pobres manos ungidas de Espíritu Santo.

«Hagan esto». Ya en otras ocasiones, Jesús había pedido a sus discípulos que «hicieran» lo que él tenía claro en su espíritu, en obediencia a la voluntad del Padre. Lo acabamos de escuchar en el Evangelio. Ante una multitud cansada y hambrienta, Jesús dice a sus discípulos: «Dénles ustedes de comer» (Lc 9,13). En realidad, Jesús es el que bendice y parte los panes, con el fin de satisfacer a todas esas personas, pero los cinco panes y los dos peces fueron aportados por los discípulos, y Jesús quería precisamente esto: que, en lugar de despedir a la multitud, ofrecieran lo poco que tenían. Hay además otro gesto: los trozos de pan, partidos por las manos sagradas y venerables del Señor, pasan a las pobres manos de los discípulos para que los distribuyan a la gente. También esto es «hacer» con Jesús, es «dar de comer» con él. Es evidente que este milagro no va destinado sólo a saciar el hambre de un día, sino que es un signo de lo que Cristo está dispuesto a hacer para la salvación de toda la humanidad ofreciendo su carne y su sangre (cf. Jn 6,48-58). Y, sin embargo, hay que pasar siempre a través de esos dos pequeños gestos: ofrecer los pocos panes y peces que tenemos; recibir de manos de Jesús el pan partido y distribuirlo a todos. Hacer y también partir.

Partir: esta es la otra palabra que explica el significado del «hagan esto en memoria mía». Jesús se ha dejado «partir», se parte por nosotros. Y pide que nos demos, que nos dejemos partir por los demás. Precisamente este «partir el pan» se ha convertido en el icono, en el signo de identidad de Cristo y de los cristianos. Recordemos Emaús: lo reconocieron «al partir el pan» (Lc 24,35). Recordemos la primera comunidad de Jerusalén: «Perseveraban […] en la fracción del pan» (Hch 2,42). Se trata de la Eucaristía, que desde el comienzo ha sido el centro y la forma de la vida de la Iglesia. Pero recordemos también a todos los santos y santas –famosos o anónimos–, que se han dejado «partir» a sí mismos, sus propias vidas, para «alimentar a los hermanos». Cuántas madres, cuántos papás, junto con el pan de cada día, cortado en la mesa de casa, se parten el pecho para criar a sus hijos, y criarlos bien. Cuántos cristianos, en cuanto ciudadanos responsables, se han desvivido para defender la dignidad de todos, especialmente de los más pobres, marginados y discriminados. ¿Dónde encuentran la fuerza para hacer todo esto? Precisamente en la Eucaristía: en el poder del amor del Señor resucitado, que también hoy parte el pan para nosotros y repite: «Hagan esto en memoria mía».

Que el gesto de la procesión eucarística, que dentro de poco vamos a hacer, responda también a este mandato de Jesús. Un gesto para hacer memoria de él; un gesto para dar de comer a la muchedumbre actual; un gesto para «partir» nuestra fe y nuestra vida como signo del amor de Cristo por esta ciudad y por el mundo entero.

 

* SOLEMNIDAD “Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor”

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El jueves 26 de mayo la Iglesia celebra la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor, aunque en algunos países se celebrará el próximo Domingo 29 de Mayo. La fiesta, extendida en 1269 por el Papa Urbano IV a toda la Iglesia latina, por una parte constituyó una respuesta de fe y de culto a doctrinas heréticas acerca del misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, por otra parte fue la culminación de un movimiento de ardiente devoción hacia el augusto Sacramento del altar.

La piedad popular favoreció el proceso que instituyó la fiesta del Corpus Christi; a su vez, esta fue causa y motivo de la aparición de nuevas formas de piedad eucarística en el pueblo de Dios. Esta festividad es una ocasión propicia para que podamos  profundizar en nuestra fe y en nuestro amor hacia la Eucaristía.

Según tradiciones locales consolidadas, la Solemnidad del Corpus Christi comprende dos momentos: la Santa Misa, en la que se realiza la ofrenda del Sacrificio, y la procesión, que manifiesta públicamente la adoración al Santísimo Sacramento. La procesión es la “forma tipo” de las procesiones eucarísticas porque prolonga la celebración de la Eucaristía. En efecto, inmediatamente después de la Santa Misa, la Hostia que ha sido consagrada  se conduce fuera de la Iglesia para que el Pueblo de Dios dé un testimonio público de fe y de veneración al Santísimo Sacramento.

 

El jueves 4 de junio de 2015 en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo el Papa Francisco celebró la Santa Misa ante miles de personas en la basílica de San Juan de Letrán. Finalizada la Eucaristía comenzó la procesión, presidida por el cardenal Agostino Villani, vicario de Su Santidad para la diócesis de Roma, que recorrió la Via Merulana hasta llegar a la basílica de Santa María la Mayor donde el Papa impartió la bendición solemne con el Santísimo Sacramento.

En la homilía Francisco recordó que en la Última Cena, Jesús nos da su Cuerpo y su Sangre, mediante el pan y el vino, para dejarnos el memorial de su sacrificio de amor infinito y a través de ese viático los discípulos tienen todo lo necesario para su camino a lo largo de la historia y para hacer llegar a todos el Reino de Dios. Así lo demuestra el Responsorio de la segunda lectura de hoy que dice: ”Tomad y comed el Cuerpo de Cristo, bebed su Sangre: porque ahora sois miembros de Cristo. Para no disgregaros, comed este vínculo de comunión; para no envileceros, bebed el precio de vuestro rescate”.

Francisco explicó que significaban hoy los términos ”disgregarse”, y ”envilecerse”. ”Nos disgregamos -dijo- cuando no somos dóciles a la Palabra del Señor, cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos por ocupar los primeros lugares … cuando no encontramos el valor para testimoniar la caridad, cuando no somos capaces de ofrecer esperanza. La Eucaristía permite que no nos disgreguemos, porque es vínculo de comunión y cumplimiento de la Alianza … El Cristo presente en medio de nosotros, en el signo del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere toda laceración, y al mismo tiempo que se convierta también en comunión con el más pobre, en apoyo para el débil, en atención fraterna con los que fatigan en llevar el peso de la vida cotidiana y están en peligro de perder la fe”.

“Envilecerse, es aguar nuestra dignidad cristiana” significa ”dejarse corroer por las idolatrías de nuestro tiempo: el aparecer, el consumir, el yo al centro de todo; pero también el ser competitivos, la arrogancia como actitud vencedora, el no admitir nunca que nos hemos equivocado o necesitamos algo. Todo esto nos envilece, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos, paganos”.

‘Jesús -prosiguió Francisco- derramó su Sangre como precio para purificarnos de todos los pecados… para ser preservados del riesgo de la corrupción… La Sangre de Cristo … nos restituirá nuestra dignidad… Seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de Magdalena, seremos su mano que socorre a los enfermos de cuerpo y de espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliacion, de misericordia y de comprensión….Así aprendemos que la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino fuerza para los débiles, para los pecadores. Es el perdón, es el viático que nos ayuda a caminar”.

”Hoy, fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo tenemos no sólo la alegría de celebrar este misterio, sino también de alabarlo y cantarlo por las calles de nuestra ciudad. Que nuestra procesión al final de la Misa, exprese nuestro reconocimiento por todo el camino que Dios nos ha hecho recorrer a través del desierto de nuestras pobrezas, para sacarnos de la condición servil, nutriéndonos de su Amor mediante el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Dentro de poco, mientras caminamos por las calles, sintámonos en comunión con tantos hermanos y hermanas nuestros que no tienen la libertad de expresar su fe en el Señor Jesús. Sintámonos unidos a ellos: cantemos con ellos, alabemos con ellos, adoremos con ellos. Y veneremos en nuestro corazón a esos hermanos y hermanas a los que se ha pedido el sacrificio de la vida por fidelidad a Cristo: Que su sangre, unida a la del Señor, sea prenda de paz y de reconciliación para el mundo entero”.

 

Les informamos que hemos redactado y diseñado un curso con textos extraídos de la extensa Catequesis de San Juan Pablo II que lleva por título SAGRADO CORAZÓN: SÍMBOLO DEL AMOR DE CRISTO. Este curso contiene los textos catequéticos sobre cada una de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús y lo puede leer en la siguiente dirección
“…El mes de junio está dedicado, de modo especial, a la veneración del Corazón divino. No sólo un día, la fiesta litúrgica que, de ordinario, cae en junio, sino todos los días.
Con esto se vincula la devota práctica de rezar o cantar diariamente las Letanías al Sacratísimo Corazón de Jesús….”

(Ángelus, 27 de junio de 1982).

  

SANTA MISA EN LA

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO

Jueves 4 de junio de 2015

Queridos hermanos y hermanas:

En la Última Cena, Jesús dona su Cuerpo y su Sangre mediante el pan y el vino, para dejarnos el memorial de su sacrificio de amor infinito. Con este “viático” lleno de gracia, los discípulos tienen todo lo necesario para su camino a lo largo de la historia, para hacer extensivo a todos el Reino de Dios. Luz y fuerza será para ellos el don que Jesús ha hecho de sí mismo, inmolándose voluntariamente sobre la Cruz. Y este Pan de vida ¡ha llegado hasta nosotros!

Ante esta realidad el estupor de la Iglesia no cesa jamás. Una maravilla que alimenta siempre la contemplación, la adoración, la memoria. Nos lo demuestra un texto muy bello de la Liturgia de hoy, el Responsorio de la segunda lectura del Oficio de las Lecturas, que dice así: “Reconozcan en este pan, a Aquél que fue crucificado; en el cáliz, la Sangre brotada de su costado. Tomen y coman el Cuerpo de Cristo, beban su Sangre: porque ahora son miembros de Cristo. Para no disgregarse, coman este vínculo de comunión; para no despreciarse, beban el precio de su rescate”.

Nos preguntamos: ¿qué significa, hoy, disgregarse y disolverse? Nosotros nos disgregamos cuando no somos dóciles a la Palabra del Señor, cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos por ocupar los primeros lugares, cuando no encontramos el valor para testimoniar la caridad, cuando no somos capaces de ofrecer esperanza.

La Eucaristía nos permite el no disgregarnos, porque es vínculo de comunión, y cumplimiento de la Alianza, señal viva del Amor de Cristo que se ha humillado y anonadado para que permanezcamos unidos. Participando a la Eucaristía y nutriéndonos de ella, estamos incluidos en un camino que no admite divisiones. El Cristo presente en medio a nosotros, en la señal del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere toda laceración, y al mismo tiempo que se convierta en comunión, también con el más pobre, apoyo para el débil, atención fraterna con los que fatigan en el llevar el peso de la vida cotidiana. Están en peligro de perder la fe.

Y ¿qué significa hoy para nosotros “disolverse”, o sea diluir nuestra dignidad cristiana? Significa dejarse corroer por las idolatrías de nuestro tiempo: el aparecer, el consumir, el yo al centro de todo; pero también el ser competitivos, la arrogancia como actitud vencedora, el no tener jamás que admitir el haberse equivocado o el tener necesidades. Todo esto nos disuelve, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos, paganos.

Jesús ha derramado su Sangre como precio y como baño sagrado que nos lava, para que fuéramos purificados de todos los pecados: para no disolvernos, mirándolo, saciándonos de su fuente, para ser preservados del riesgo de la corrupción. Y entonces experimentaremos la gracia de una transformación: nosotros siempre seguiremos siendo pobres pecadores, pero la Sangre de Cristo nos librará de nuestros pecados y nos restituirá nuestra dignidad. Nos liberará de la corrupción. Sin mérito nuestro, con sincera humildad, podremos llevar a los hermanos el amor de nuestro Señor y Salvador. Seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de la Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos del cuerpo y del espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliación, de misericordia y de comprensión.

De esta manera la Eucaristía actualiza la Alianza que nos santifica, nos purifica y nos une en comunión admirable con Dios. Así aprendemos que la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles, para los pecadores, es el perdón, el viático que nos ayuda a andar, a caminar”.

Hoy, fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, tenemos la alegría no solamente de celebrar este misterio, sino también de alabarlo y cantarlo por las calles de nuestra ciudad. Que la procesión que realizaremos al final de la Misa, pueda expresar nuestro reconocimiento por todo el camino que Dios nos ha hecho recorrer a través del desierto de nuestras miserias, para hacernos salir de la condición servil, nutriéndonos de su Amor mediante el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

Dentro de poco, mientras caminaremos a largo de la calles, sintámonos en comunión con tantos de nuestros hermanos y hermanas que no tienen la libertad para expresar su fe en el Señor Jesús. Sintámonos unidos a ellos: cantemos con ellos, alabemos con ellos, adoremos con ellos. Y veneremos en nuestro corazón a aquellos hermanos y hermanas a los que ha sido requerido el sacrificio de la vida por fidelidad a Cristo: que su sangre, unida a aquella del Señor, sea prenda de paz y de reconciliación para el mundo entero. Y no olvidemos: para no disgregarnos, coman este vínculo de comunión, para no disolverse beban el precio de su rescate.

ADORO TE DEVOTE

 Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que Te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree Tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con Tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar Tu Rostro cara a cara, sea yo feliz viendo Tu gloria. Amén.

(Santo Tomás de Aquino, teólogo y cantor apasionado de Cristo Eucarístico)


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