* SANTOS DEL DIA “Santos Protomártires de la Iglesia Romana, mártires ” 30 de junio

Elogio: Santos Protomártires de la santa Iglesia Romana, que, acusados de haber incendiado la Urbe, por orden del emperador Nerón unos fueron asesinados después de crueles tormentos, otros, cubiertos con pieles de fieras, entregados a perros rabiosos, y los demás, tras clavarlos en cruces, quemados para que, al caer el día, alumbrasen la oscuridad. Eran todos discípulos de los Apóstoles y fueron las primicias del martirio que la iglesia de Roma presentó al Señor.
Oración: Señor, Dios nuestro, que santificaste los comienzos de la Iglesia romana con la sangre abundante de los mártires, concédenos que su valentía en el combate nos infunda el espíritu de fortaleza y la santa alegría de la victoria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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Santos Protomártires de la Iglesia Romana, mártires
fecha:30 de junio
fecha en el calendario anterior:24 de junio
†:c. 64país:Italia
canonización:pre-congregación
hagiografía:«Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Aquellos confesores de los que sólo Dios sabe el número y los nombres, se mencionan en el Martirologio Romano como «primicias del martirio que la iglesia de Roma presentó al Señor». Es interesante hacer notar que el primero de los césares que persiguió a los cristianos fue Nerón, el más vil, despiadado y falto de principios entre los emperadores romanos. En el mes de julio del 64, cuando habían transcurrido diez años desde que ascendió al trono, un terrible incendio destruyó a Roma. El fuego nació junto al Gran Circo, en un sector de cobertizos y almacenes atestados de productos inflamables, y de ahí se propagó rápidamente en todas direcciones. Las llamas lo devoraron todo durante seis días y siete noches, cuando pareció que habían sido sofocadas por la demolición de numerosos edificios; pero volvieron a surgir de entre los escombros y continuaron su obra devastadora durante tres días más. Cuando por fin fueron ahogadas definitivamente, las dos terceras partes de Roma eran una masa informe de ruinas humeantes.

En el tercer día del incendio, Nerón llegó a Roma, procedente de Ancio, para contemplar la escena. Se afirma que se recreó en aquella contemplación y que, ataviado con la vestimenta que usaba para aparecer en los teatros, subió a lo más alto de la torre de Mecenas y ahí, con el acompañamiento de la lira que él mismo pulsaba, recitó el lamento de Príamo por el incendio de Troya. El bárbaro deleite del emperador que cantaba al contemplar el fuego destructor, hizo nacer la creencia de que él había sido el autor de la catástrofe y que, no sólo había mandado quemar a Roma, sino que había dado órdenes para que no se combatiese el fuego. El rumor corrió de boca en boca hasta convertirse en una abierta acusación. Las gentes afirmaban haber visto a numerosos individuos misteriosos arrojar antorchas encendidas dentro de las casas, por mandato expreso del emperador. Hasta hoy se ignora si Nerón fue responsable o no de aquel incendio. En vista de los numerosos incendios que se han declarado en Roma desde entonces, puede decirse que también aquél, quizá el más devastador entre todos, se debió a un simple accidente. Sin embargo, quedaba el hecho de la complacencia de Nerón y, tanto se divulgaron las sospechas contra él, que se alarmó y, para desviar las acusaciones que se hacían en su contra, señaló a los cristianos como autores directos del incendio.

«Puesto que circulaban rumores de que el incendio de Roma había sido doloso, Nerón presentó como culpables, castigándolos con penas gravísimas, a aquellos que, odiados por sus abominaciones, el pueblo llamaba ‘cristianos’» (Tácito, Anales, XV). No obstante que nadie creyó que fuesen culpables del crimen, los cristianos fueron perseguidos, detenidos, expuestos al escarnio y la cólera del pueblo, encarcelados y entregados a las torturas y a la muerte con increíble cruelad. Algunos fueron envueltos en pieles frescas de animales salvajes y dejados a merced de los perros hambrientos para que los despedazaran; muchos fueron crucificados; otros quedaron cubiertos de cera, aceite y pez, atados a estacas y encendidos para que ardiesen como teas. Muchas de estas atrocidades tuvieron lugar durante una fiesta nocturna que ofreció Nerón en los jardines de su palacio. El martirio de los cristianos fue un espectáculo extra en las carreras de carros, donde el propio Nerón, vestido con las plebeyas ropas de un auriga, divertía a sus invitados al mezclarse con ellos y al manejar a los caballos que tiraban de un carro. Entre muchos de los romanos que presenciaron la salvaje crueldad de aquellas torturas, surgió el sentimiento de horror y el de piedad por las víctimas, no obstante que la población entera tenía encallecidos sus sentimientos, acostumbrada, como estaba, a los sangrientos combates de los gladiadores.

Tácito, Suetonio, Dion Casio, Plinio el Viejo y el satírico Juvenal, hacen mención del incendio; pero solamente Tácito se refiere al intento de Nerón para que la culpa recayera sobre una secta determinada. Tácito especifica a los cristianos por su nombre, pero Gibbon y otros investigadores sostienen que el historiador incluye a los judíos en la denominación, puesto que, por aquella época, los que habían abrazado la religión de Cristo no eran tan numerosos como para causar alarma entre las autoridades de Roma. Sin embargo, este punto de vista, que parece destinado a disminuir la influencia del cristianismo, no tiene muchos adeptos. Debe apuntarse que los cristianos, aunque eran una minoría en Roma, no estaban bien distinguidos de los judíos en ese momento -es conocida la frase que trae Suetonio: «en el barrio judío se pelean por un tal Cresto»…-, y se les atribuían monstruosidades, como las de realizar sacrificios humanos, comer carne de niños, etc, los cristianos, como decía Tácito, eran «odiados por sus abominaciones», así que aunque no estuvieran dispuestos a creer que habían provocado el incendio, seguramente era creencia popular que el castigo era igualmente merecido.

Artículo ligeramente enmendado para dar cabida a nuevos datos. La Historia de la Iglesia de H. Jedin, ed. Herder (1966), tomo I, cap. VIII, pág 203ss., ofrece un panorama ecuánime de la cuestión de la primera persecución romana, en el contexto de las ideas religiosas del momento. Imagen: «Vista de la basílica y la plaza de San Pedro, a la izquierda la sala de audiencias papales construida en 1971. La silueta verde marca la posición y trazado del antiguo Circo de Nerón, el punto rojo marca el lugar donde se encontraba el obelisco del circo, ahora señalado por una losa de piedra en el suelo. Directamente debajo de la cúpula de San Pedro, en el borde del antiguo circo, el tradicionalmente considerado sepulcro de Pedro.» Foto y explicación tomados del Ökumenisches Heiligenlexikon.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_2177

* CATEQUESIS PAPA FRANCISCO “Que Dios nos done siempre la fuerza de ser sus testigos”

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(RV).- “A veces, leyendo las historias de tantos mártires de ayer y hoy, nos quedamos sorprendidos ante la fortaleza con la cual han enfrentado la prueba. Esta fortaleza es signo de la gran esperanza que los animaba: la esperanza cierta que nada, ni nadie los podía separar del amor de Dios donado en Jesucristo”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del último miércoles de junio, el significado de la esperanza cristiana como fuerza de los mártires.

Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma recordó que, cuando, en el Evangelio, Jesús envía a sus discípulos en misión, no los ilusiona con quimeras de fácil suceso; al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios implica siempre una oposición.

“Los cristianos son – preciso el Pontífice – hombres y mujeres contracorriente. Esto es normal dijo, porque el mundo está marcado por el pecado, que se manifiesta en diversas formas de egoísmo y de injusticia, quien sigue a Cristo, agregó el Papa,  camina en dirección contraria. No por un espíritu polémico, sino por fidelidad a la lógica del Reino de Dios, que es una lógica de esperanza, y se traduce en el estilo de vida basado en las indicaciones de Jesús”.

“Que Dios nos done siempre la fuerza de ser sus testigos – concluyó el Papa Francisco – nos done vivir la esperanza cristiana sobre todo en el martirio escondido de hacer bien y con amor nuestros deberes de cada día”.

Texto completo y audio de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy reflexionamos sobre la esperanza cristiana como fuerza de los mártires. Cuando, en el Evangelio, Jesús envía a sus discípulos en misión, no los ilusiona con quimeras de fácil suceso; al contrario, les advierte claramente que el anuncio del Reino de Dios implica siempre una oposición. Y usa incluso una expresión extrema: «Serán odiados – odiados – por todos a causa de mi Nombre» (Mt 10,22). Los cristianos aman, pero no siempre son amados. Desde el inicio Jesús nos pone ante esta realidad: en una medida más o menos fuerte, la confesión de la fe se da en un clima de hostilidad.

Los cristianos son pues hombres y mujeres “contracorriente”. Es normal: porque el mundo está marcado por el pecado, que se manifiesta en diversas formas de egoísmo y de injusticia, quien sigue a Cristo camina en dirección contraria. No por un espíritu polémico, sino por fidelidad a la lógica del Reino de Dios, que es una lógica de esperanza, y se traduce en el estilo de vida basado en las indicaciones de Jesús.

Y la primera indicación es la pobreza. Cuando Jesús envía a sus discípulos en misión, parece que pone más atención en el “despojarlos” que en el “vestirlos”. De hecho, un cristiano que no es humilde y pobre, desapegado de las riquezas y del poder y sobre todo desapegado de sí, no se asemeja a Jesús. El cristiano recorre su camino en este mundo con lo esencial para el camino, pero con el corazón lleno de amor. La verdadera derrota para él o para ella es caer en la tentación de la venganza y de la violencia, respondiendo al mal con el mal. Jesús nos dice: «Yo los envío como a ovejas en medio de lobos» (Mt 10,16). Por lo tanto, sin fauces, sin garras, sin armas. El cristiano mejor dicho deberá ser prudente, a veces también astuto: estas son virtudes aceptadas por la lógica evangélica. Pero la violencia jamás. Para derrotar al mal, no se puede compartir los métodos del mal.

La única fuerza del cristiano es el Evangelio. En los momentos de dificultad, se debe creer que Jesús está delante de nosotros, y no cesa de acompañar a sus discípulos. La persecución no es una contradicción al Evangelio, sino que forma parte de este: si han perseguido a nuestro Maestro, ¿Cómo podemos esperar que nos sea eximida la lucha? Pero, al centro de la tormenta, el cristiano no debe perder la esperanza, pensando de haber sido abandonado. Jesús conforta a los suyos diciendo: «Ustedes tienen contados todos sus cabellos» (Mt 10,30). Para decir que ningún sufrimiento del hombre, ni siquiera el más pequeño y escondido, es invisible a los ojos de Dios. Dios ve, y seguramente protege; y donará su rescate. De hecho, existe en medio de nosotros Alguien que es más fuerte que el mal, más fuerte que las mafias, que los oscuros engaños, de quien lucra sobre la piel de los desesperados, de quien aplasta a los demás con prepotencia… Alguien que escucha desde siempre la voz de la sangre de Abel que grita desde la tierra.

Los cristianos deben pues encontrarse siempre del “otro lado” del mundo, aquel elegido por Dios: no perseguidores, sino perseguidos; no arrogantes, sino humildes; no vendedores de humo, sino subyugados a la verdad; no impostores, sino honestos.

Esta fidelidad al estilo de Jesús – que es un estilo de esperanza – hasta la muerte, será llamada por los primeros cristianos con un nombre bellísimo: “martirio”, que significa “testimonio”. Habían tantas otras posibilidades, ofrecidas por el vocabulario: se podía llamar heroísmo, abnegación, sacrificio de sí. En cambio, los cristianos de los primeros tiempos los han llamado con un nombre que perfuma de discipulado. Los mártires no viven para sí, no combaten para afirmar sus propias ideas, y aceptan deber morir sólo por fidelidad al Evangelio. El martirio no es ni siquiera el ideal supremo de la vida cristiana, porque sobre ello está la caridad, es decir, el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Lo dice bien el Apóstol Pablo en el himno a la caridad, es decir el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Lo dice bien el Apóstol Pablo en el himno a la caridad: «Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada» (1Cor 13,3). Disgusta a los cristianos la idea que los terroristas suicidas puedan ser llamados “mártires”: no hay nada en su fin que pueda asemejarse a la actitud de los hijos de Dios.

A veces, leyendo las historias de tantos mártires de ayer y hoy – que son más de los mártires de los primeros tiempos –, nos quedamos sorprendidos ante la fortaleza con la cual han enfrentado la prueba. Esta fortaleza es signo de la gran esperanza que los animaba: la esperanza cierta que nada y nadie los podía separar del amor de Dios donado en Jesucristo (Cfr. Rom 8,38-39).

Que Dios nos done siempre la fuerza de ser sus testigos. Nos done vivir la esperanza cristiana sobre todo en el martirio escondido de hacer bien y con amor nuestros deberes de cada día. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

 

* SANTOS DEL DIA “San Pedro y San Pablo” Solemnidad

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Cada 29 de junio, en la solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles, recordamos a estos grandes testigos de Jesucristo y, a la vez, hacemos una solemne confesión de fe en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Ante todo es una fiesta de la catolicidad.

San Pedro

San Pablo

Quién es el Papa

* SANTO DEL DÍA”San Ireneo de Lyon, obispo “28 de junio

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Elogio: Memoria de san Ireneo, obispo, que, como atestigua san Jerónimo, de niño fue discípulo de san Policarpo de Esmirna y custodió con fidelidad la memoria de los tiempos apostólicos. Ordenado presbítero en Lyon, fue el sucesor del obispo san Potino y, según cuenta la tradición, murió coronado por un glorioso martirio. Debatió en muchas ocasiones acerca del respeto a la tradición apostólica y, en defensa de la fe católica, publicó un célebre tratado contra la herejía.
Oración: Señor, Dios nuestro, que otorgaste a tu obispo san Ireneo la gracia de mantener incólume la doctrina y la paz de la Iglesia, concédenos, por su intercesión, renovarnos en fe y en caridad y trabajar sin descanso por la concordia y la unidad entre los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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San Ireneo de Lyon, obispo
fecha: 28 de junio
fecha en el calendario anterior: 3 de julio
n.: c. 135†: c. 202país: Francia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Las obras literarias de san Ireneo le han valido la dignidad de figurar prominentemente entre los Padres de la Iglesia, ya que sus escritos no sólo sirvieron para poner los cimientos de la teología cristiana, sino también para exponer y refutar los errores de los gnósticos y salvar así a la fe católica del grave peligro que corrió de contaminarse y corromperse por las insidiosas doctrinas de aquellos herejes.

Nada se sabe sobre su familia. Probablemente nació alrededor del año 135, en alguna de aquellas provincias marítimas del Asia Menor, donde todavía se conservaba con cariño el recuerdo de los Apóstoles entre los numerosos cristianos. Sin duda que recibió una educación muy esmerada y liberal, ya que sumaba a sus profundos conocimientos de las Sagradas Escrituras, una completa familiaridad con la literatura y la filosofía de los griegos. Tuvo además, el inestimable privilegio de sentarse entre algunos de los hombres que habían conocido a los Apóstoles y a sus primeros discípulos, para escuchar sus pláticas. Entre éstos, figuraba san Policarpo, quien ejerció una gran influencia en la vida de Ireneo. Por cierto, que fue tan profunda la impresión que en éste produjo el santo obispo de Esmirna que, muchos años después, como confesaba a un amigo, podía describir con lujo de detalles, el aspecto de san Policarpo, las inflexiones de su voz y cada una de las palabras que pronunciaba para relatar sus entrevistas con san Juan, el Evangelista, y otros que conocieron al Señor, o para exponer la doctrina que habían aprendido de ellos. San Gregorio de Tours afirma que fue san Policarpo quien envió a Ireneo como misionero a las Galias, pero no hay pruebas para sostener esa afirmación.

Desde tiempos muy remotos, existían las relaciones comerciales entre los puertos del Asia Menor y el de Marsella y, en el siglo segundo de nuestra era, los traficantes levantinos transportaban regularmente las mercancías por el Ródano arriba, hasta la ciudad de Lyon que, en consecuencia, se convirtió en el principal mercado de Europa occidental y en la villa más populosa de las Galias. Junto con los mercaderes asiáticos, muchos de los cuales se establecieron en Lyon, venían sus sacerdotes y misioneros que portaron la palabra del Evangelio a los galos paganos y fundaron una vigorosa iglesia local. A aquella iglesia llegó san Ireneo para servirla como sacerdote, bajo la jurisdicción de su primer obispo, san Potino, que también era oriental, y ahí se quedó hasta su muerte. La buena opinión que tenían sobre él sus hermanos en religión, se puso en evidencia el año de 177, cuando se le despachó a Roma con una delicadísima misión. Fue después del estallido de la terrible persecución de Marco Aurelio, cuando ya muchos de los jefes del cristianismo en Lyon se hallaban prisioneros. Su cautiverio, por otra parte, no les impidió mantener su interés por los fieles cristianos del Asia Menor. Conscientes de la simpatía y la admiración que despertaba entre la cristiandad su situación de confesores en inminente peligro de muerte, enviaron al papa san Eleuterio, por conducto de Ireneo, «la más piadosa y ortodoxa de las cartas», con una apelación al Pontífice «en nombre de la unidad y de la paz de la Iglesia», para que tratase con suavidad a los hermanos montanistas de Frigia. Asimismo, recomendaban al portador de la misiva, es decir, a Ireneo, como a un sacerdote «animado por un celo vehemente para dar testimonio de Cristo» y un amante de la paz, como lo indicaba su nombre (efectivamente, «ireneo» significa «pacífico»).

El cumplimiento de aquel encargo, que lo ausentaba de Lyon, explica por qué Ireneo no fue llamado a compartir el martirio de san Potino y sus compañeros y ni siquiera lo presenció. No sabemos cuánto tiempo permaneció en Roma, pero tan pronto como regresó a Lyon, ocupó la sede episcopal que había dejado vacante san Potino. Ya por entonces había terminado la persecución y los veinte o más años de su episcopado fueron de relativa paz. Las informaciones sobre sus actividades son escasas, pero es evidente que, además de sus deberes puramente pastorales, trabajó intensamente en la evangelización de su comarca y las adyacentes. Al parecer, fue él quien envió a los santos Félix, Fortunato y Aquileo, como misioneros a Valence, y a los santos Ferrucio y Ferreolo, a Besançon. Para indicar hasta qué punto se había identificado con su rebaño, basta con decir que hablaba corrientemente el celta en vez del griego, que era su lengua madre.

La propagación del gnosticismo en las Galias y el daño que causaba en las filas del cristianismo, inspiraron en el obispo Ireneo el anhelo de exponer los errores de esa doctrina para combatirla. Comenzó por estudiar sus dogmas, lo que ya de por sí era una tarea muy difícil, puesto que cada uno de los gnósticos parecía sentirse inclinado a introducir nuevas versiones propias en la doctrina. Afortunadamente, san Ireneo era «un investigador minucioso e infatigable en todos los campos del saber», como nos dice Tertuliano, y, por consiguiente, salvó aquel escollo sin mayores tropiezos y hasta con cierto gusto. Una vez empapado en las ideas del adversario, se puso a escribir un tratado en cinco libros, en cuya primera parte expuso completamente las doctrinas internas de las diversas sectas para contradecirlas después con las enseñanzas de los Apóstoles y los textos de las Sagradas Escrituras.

Hay un buen ejemplo sobre el método de combate que siguió, en la parte donde trata el punto doctrinal de los gnósticos de que el mundo visible fue creado, conservado y gobernado por seres angelicales y no por Dios, quien seguirá eternamente desligado del mundo, superior, indiferente y sin participación alguna en las actividades del Pleroma (el mundo espiritual invisible). Ireneo expone la teoría, la desarrolla hasta llegar a su conclusión lógica y, por medio de una eficaz «reductio ad absurdum», procede a demostrar su falsedad. Ireneo expresa la verdadera doctrina cristiana sobre la estrecha relación entre Dios y el mundo que Él creó, en los siguientes términos: «El Padre está por encima de todo y Él es la cabeza de Cristo; pero a través del Verbo se hicieron todas las cosas y Él mismo es el jefe de la Iglesia, en tanto que Su Espíritu se halla en todos nosotros; es Él esa agua viva que el Señor da a los que creen en Él y le aman porque saben que hay un Padre por encima de todas las cosas, a través de todas las cosas y en todas las cosas».

Ireneo se preocupa más por convertir que por confundir y, por lo tanto, escribe con estudiada moderación y cortesía, pero de vez en cuando, se le escapan comentarios humorísticos. Al referirse, por ejemplo, a la actitud de los recién «iniciados» en el gnosticismo, dice: «Tan pronto como un hombre se deja atrapar en sus “caminos de salvación”, se da tanta importancia y se hincha de vanidad a tal extremo, que ya no se imagina estar en el cielo o en la tierra, sino haber pasado a las regiones del Pleroma y, con el porte majestuoso de un gallo, se pavonea ante nosotros, como si acabase de abrazar a su ángel». Ireneo estaba firmemente convencido de que gran parte del atractivo del gnosticismo, se hallaba en el velo de misterio con que gustaba de envolverse y, de hecho, había tomado la determinación de «desenmascarar a la zorra», como él mismo lo dice, Y por cierto que lo consiguió: sus obras, escritas en griego, pero traducidas al latín casi en seguida, circularon ampliamente y no tardaron en asestar el golpe de muerte a los gnósticos del siglo segundo. Por lo menos, de entonces en adelante, dejaron de constituir una seria amenaza para la Iglesia y la fe católicas.

Trece o catorce años después de haber viajado a Roma con la carta para el papa Eleuterio, fue de nuevo Ireneo el mediador entre un grupo de cristianos del Asia Menor y el Pontífice. En vista de que los cuartodecimanos se negaban a celebrar la Pascua de acuerdo con la costumbre occidental, el papa Víctor III los había excomulgado y, en consecuencia, existía el peligro de un cisma. Ireneo intervino en su favor. En una carta bellamente escrita que dirigió al Papa, le suplicaba que levantase el castigo y señalaba que sus defendidos no eran realmente culpables, sino que se aferraban a una costumbre tradicional y que, una diferencia de opinión sobre el mismo punto, no había impedido que el papa Aniceto y san Policarpo permaneciesen en amable comunión. El resultado de su embajada fue el restablecimiento de las buenas relaciones entre las dos partes y de una paz que no se quebrantó. Después del Concilio de Nicea, en 325, los cuartodecimanos acataron voluntariamente el uso romano, sin ninguna presión por parte de la Santa Sede.

Se desconoce la fecha de la muerte de san Ireneo, aunque por regla general, se establece hacia el año 202. De acuerdo con una tradición posterior, se afirma que fue martirizado, pero no es probable ni hay evidencia alguna sobre el particular. Los restos mortales de san Ireneo, como lo indica Gregorio de Tours, fueron sepultados en una cripta, bajo el altar de la que entonces se llamaba iglesia de San Juan, pero más adelante, llevó el nombre de San Ireneo. Esta tumba o santuario fue destruido por los calvinistas en 1562 y, al parecer, desaparecieron hasta los últimos vestigios de sus reliquias. Es digno de observarse que, si bien la fiesta de san Ireneo se celebra desde tiempos muy antiguos en el Oriente (el 23 de agosto), sólo a partir de 1922 se ha observado en la iglesia de Occidente.

El tratado contra los gnósticos ha llegado hasta nosotros completo en su versión latina y, en fechas posteriores, se descubrió la existencia de otro escrito suyo: la exposición de la predicación apostólica, traducida al armenio. A pesar de que el resto de sus obras desapareció, bastan los dos trabajos mencionados para suministrar todos los elementos de un sistema completo de teología cristiana. No ha llegado hasta nosotros nada que pueda llamarse una biografía de la época sobre san Ireneo, pero hay, en cambio, abundante literatura en torno al importante papel que desempeñó como testigo de las antiguas tradiciones y como maestro de las creencias ortodoxas.

En 1904 se despertó enorme interés general, a raiz del descubrimiento de la versión armenia de un escrito sobre el cual sólo se conocía el título hasta entonces: Prueba de la Predicación Apostólica. Se trata, sobre todo de una comparación de las profecías del Antiguo Testamento y de ese escrito, no se obtienen informaciones nuevas en relación con el espíritu y los pensamientos del autor. Sobre la teología de Ireneo puede consultarse con provecho la Patrología de Quasten (Tomo I). Entre las catequesis de los miércoles que SS Benedicto XVI dedicó a los Padres de la Iglesia, la del 28 de marzo del 2007 está referida a la figura y el pensamiento de Ireneo de Lyon.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_2161

*SANTO DEL DÍA “San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia ” 27 de junio

Alejandría de Egipto, mostró singular solicitud por la integridad de la fe católica, y en el Concilio de Éfeso defendió el dogma de la unidad y unicidad de las personas en Cristo y de la divina maternidad de la Virgen María.

Oración: Señor, tú que hiciste de tu obispo san Cirilo de Alejandría un defensor invicto de la maternidad divina de la Virgen María, concédenos a cuantos la proclamamos verdadera Madre de Dios llegar, por la encarnación de tu Hijo, a la salvación eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia
fecha: 27 de junio
fecha en el calendario anterior: 9 de febrero
n.: c. 380†: 444país: Egipto
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Se ha llamado a san Cirilo el Doctor de la Encarnación, como a San Agustín se le dio el título de Doctor de la Divina Gracia. En la misa siria y maronita se le conmemora como «Torre de la verdad e intérprete del Verbo de Dios hecho carne». Toda su vida se apegó a la regla de nunca fomentar doctrina alguna que no hubiera aprendido de los antiguos Padres, pero sus libros contra Juliano el Apóstata demuestran que también había leído a los escritores profanos. El mismo decía a menudo que descuidaba la elocuencia humana, y ciertamente es de lamentar que no haya cultivado un estilo más claro y que hubiera escrito en un griego más puro. A la muerte de su tío Teófilo en 412, fue elevado a la sede de Alejandría. Comenzó a ejercer su autoridad haciendo que se cerrasen las iglesias de los novacianos y se apoderó de sus vasos sagrados, una acción condenada por el historiador eclesiástico Sócrates; no sabemos las razones que tuvo para obrar de esta manera. Luego echó fuera a los judíos, que eran numerosos y que habían gozado de privilegios en la ciudad desde tiempos de Alejandro el Grande. Tomó esta medida por la actitud sediciosa y por varios actos de violencia cometidos por ellos; aunque tuvo la aprobación del emperador Teodosio, esto exasperó a Orestes el gobernador. Esta desdichada desavenencia con Orestes acarreó graves dificultades.

Había una mujer pagana, Hypatia, de carácter noble, que en aquel tiempo era la profesora de filosofía más influyente en Alejandría. Su fama era tan grande, que acudían a ella discípulos de todas partes. Entre sus discípulos se contaba al gran obispo Synesio, que le presentaba sus obras para que ella las criticara. Era muy respetada por el gobernador, quien consultaba con ella asuntos aún de la administración civil. En ninguna parte había un populacho tan indómito, más inclinado a desórdenes y actos de violencia que en Alejandría. Habiendo entrado en ellos la sospecha de que Hypatia había provocado al gobernador contra su obispo, la plebe la atacó en las calles (año 424), sacándola de su carroza, y despedazando su cuerpo, con pena inmensa y escándalo de todos los buenos, particularmente de Cirilo. Sólo otro hecho sabemos referente a este primer período de su episcopado. Habían anidado ciertos prejuicios contra san Juan Crisóstomo, cuando estuvo con Teófilo en el Sínodo de la Encina; Cirilo tenía algo de la obstinación de su tío, y no era fácil inducirlo a incluir el nombre del Crisóstomo en los dípticos de la Iglesia de Alejandría.

En el año 428, Nestorio, un sacerdote monje de Antioquía, fue elegido arzobispo de Constantinopla. Este enseñaba, al igual que algunos de su clero, que había dos personas distintas en Cristo, la de Dios y la de hombre, unidas solamente por una unión moral, por lo que según ellos, Dios-cabeza (Dios parte superior o principal) moraba en la humanidad meramente como en su templo. Consiguientemente, negaba la Encarnación de Dios hecho hombre. También decía que no se debía llamar a la Santísima Virgen Madre de Dios, sino sólo del hombre Cristo, cuya humanidad era únicamente el templo de la divinidad y no una naturaleza hipostáticamente unida a la Persona divina. Sus homilías resultaron muy ofensivas y levantaron protestas de todos lados contra los errores que contenían. San Cirilo le envió una suave amonestación, pero Nestorio le respondió con altivez y desprecio. Ambas partes apelaron al papa san Celestino I, quien después de examinar la doctrina en un concilio de Roma, la condenó y pronunció sentencia de excomunión y destitución contra Nestorio, a menos que en los siguientes diez días, a partir de la fecha en que recibiera aviso de la sentencia, se retractara de sus errores. San Cirilo, quien fue nombrado para ver que la sentencia se cumpliera, le envió a Nestorio, con su tercera y última citación, doce proposiciones con anatemas que debía firmar como prueba de su ortodoxia. Nestorio, sin embargo, se mostró más obstinado que nunca. Aunque es discutible si Nestorio sostenía todas las opiniones que se le atribuyen, él fue sin ninguna duda quien originó la herejía que lleva su nombre.

Esto dio ocasión a que se convocara el tercer concilio general, que se celebró en Efeso en 431, al que asistieron doscientos obispos con san Cirilo a la cabeza, como obispo de mayor edad y representante del papa Celestino. Nestorio estaba en la ciudad, pero se negó a comparecer; entonces, después de haber leído sus sermones y otras pruebas recibidas en su contra, sus doctrinas fueron condenadas y se pronunció la sentencia de excomunión y destitución. Seis días después, llegaron a Éfeso el arzobispo Juan de Antioquía, con cuarenta y un obispos que no habían podido llegar a Éfeso a tiempo. Estaban a favor de Nestorio, aunque no compartían sus errores, de los cuales ciertamente lo consideraban inocente. En lugar de asociarse al concilio, se reunieron aparte y tuvieron la presunción de destituir a san Cirilo, acusándolo a su vez de herejía. Ambos partidos apelaron al emperador, quien ordenó arrestaran a Cirilo y a Nestorio y los pusieran en prisión. Cuando llegaron los tres legados del papa Celestino, el asunto tomó otro aspecto. Después de cuidadosa consideración de lo que se había hecho, los legados confirmaron la condenación de Nestorio, aprobaron la conducta de Cirilo, y declararon nula e inválida la sentencia que se había pronunciado contra él. Así, fue rehabilitado honrosamente y, aunque los obispos de la provincia de Antioquía continuaron su cisma por un tiempo, hicieron las paces con san Cirilo en 433, condenaron entonces a Nestorio y dieron una declaración clara y ortodoxa de su propia fe. Nestorio se retiró a su antiguo monasterio de Antioquía, pero después fue desterrado al desierto egipcio.

San Cirilo, que así triunfó de la herejía por su intrepidez y valor, pasó el resto de su vida sosteniendo la fe de la Iglesia y trabajando en las labores de su sede, hasta su muerte en 444. Los alejandrinos le dieron el título de Maestro del Mundo, mientras que el papa Celestino lo llamaba «el generoso defensor de la fe católica» y «varón apostólico». Fue hombre de carácter fuerte e impulsivo, valiente, pero algunas veces demasiado vehemente y aun violento. El abad Chapman ha comentado que con más paciencia y diplomacia de su parte se hubiera evitado que surgiera la Iglesia nestoriana, que por largo tiempo fue una potencia en el Oriente. Pero tenemos que agradecerle la firme e inflexible posición que tomó con respecto al dogma de la Encarnación, actitud que llevó a las declaraciones claras del gran concilio que presidió. Aunque desde su tiempo el nestorianismo y el pelagianismo han tratado de levantar la cabeza tomando diferentes nombres en varias regiones del mundo, nunca más han llegado a ser una verdadera amenaza para la Iglesia católica. Debemos agradecer a Cirilo que en nuestras generaciones no tengamos duda alguna sobre lo que debemos creer con respecto al misterio sobre el cual fundamos nuestra fe como cristianos. Fue declarado Doctor de la Iglesia Universal en 1882, y en el decimoquinto centenario de su muerte, en 1944, el Papa Pío XII escribió una encíclica, «Orientalis Ecclesiae», sobre «esta lumbrera de la sabiduría cristiana y héroe valiente del apostolado».

La gran devoción que este santo tuvo al Santísimo Sacramento, se pone de manifiesto por la frecuencia con lo que subraya los efectos que produce en aquellos que lo reciben dignamente. Afirma con énfasis que por la Sagrada Comunión formamos un mismo cuerpo con Cristo y seguramente debe ser difícil para los que tienen la misma fe definida en los seis primeros concilios generales, cerrar los ojos ante la evidente convicción con que San Cirilo afirmaba su doctrina eucarística, antes del año 431. En una carta a Nestorio, que recibió el beneplácito general y oficial de los Padres de Efeso, escribían «Proclamando la muerte según la carne del Hijo unigénito de Dios, engendrado, o sea, Jesucristo, y confesando su Resurrección de entre los muertos y su Ascensión al Cielo, celebramos el sacrificio incruento en nuestras iglesias; y así nos acercamos a las condiciones místicas, y nos santificamos por la participación de la Carne sagrada y Sangre preciosa de Cristo el Salvador de todos nosotros. Y lo recibimos, no como carne ordinaria (que Dios no lo permita), ni como carne de un hombre santificado y asociado con el Verbo, de acuerdo con la unidad del rito, o teniendo un morador divino, sino realmente como la verdadera carne del Verbo mismo» (Migne, PG., LXXVII, 113). Y a Calosyrius, obispo de Arsinoe le escribió: «He oído decir que la consagración sacramental no aprovecha para la santificación, si una porción de la misma se guarda para otro día. Al decir esto yerran. Porque Cristo no se altera, ni su Cuerpo sagrado se cambia; sino que la virtud de la consagración y la gracia que da vida todavía permanecen en ella» (Migne, PG , LXXVI, 1073).

Nuestro conocimiento de san Cirilo se deriva principalmente de sus propios escritos y de los escritores eclesiásticos Sócrates, Sozomeno y Teodoreto. El aspecto de su vida y obra presentada por Butler es el aspecto tradicional, y no se hacen en este artículo referencias a las discusiones que, debido principalmente al descubrimiento en 1895 de la obra de Nestorio conocida como «Bazar de Heráclides de Damasco», se han entablado desde entonces sobre el heresiarca y sus enseñanzas; según algunos autores, esa obra permitiría afirmar que, si bien las condenas de Cirilo a las doctrinas tal cual él las entendía son correctas, no necesariamente coinciden con lo que realmente Nestorio decía, dejando así a salvo su voluntad de constituir una herejía.

Existe abundante literatura sobre San Cirilo. SS Benedicto XVI, dentro de la serie de catequesis dedicadas a los Padres de la Iglesia, brindó a la persona de san Cirilo la del 3 de octubre del 2007, obviando -el contexto catequético y de escasez de tiempo seguramente así lo aconsejaban- las discusiones en torno al carácter de Cirilo y su influencia en la justicia o no de su actuación en los temas de Hypatia, san Juan Crisóstomo, Nestorio, etc. También puede consultarse el artículo a el dedicado en el Diccionario de la Filososofía de Ferrater Mora, y con más pertinencia, los artículos dedicados tanto a Cirilo como a Nestorio en el tomo II de la Patrología de Quasten (BAC) (no puedo asegurar que la versión referenciada en el web esté bien copiada del Quasten, en todo caso siempre es más seguro la consulta directa del libro, que se consigue con facilidad).

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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*ANGELUS “Papa: ¡No teman! nos dice aún hoy Jesús “

Peregrinos del mundo en Roma

Jesús nunca nos deja solos. Oremos por los cristianos perseguidos

(RV).- El Papa Francisco, en la cita para el rezo del Ángelus, reiteró que el Señor nos sigue diciendo, como les decía a sus discípulos: ¡No tengan miedo!

Una vez más, el Papa señaló que también en nuestros días está presente en el mundo la persecución contra los cristianos. E invitó a rezar por nuestros hermanos y hermanas perseguidos, alabando a Dios por su valiente testimonio de fidelidad a la fe. «Su ejemplo nos ayuda a no dudar en tomar posición en favor de Cristo».

Con el Evangelio del XII domingo del Tiempo Ordinario, el Santo Padre recordó las palabras de Jesús instruyendo a sus discípulos para misionar, diciéndoles tres veces ¡No teman!

Aunque «el envío a la misión de parte de Jesús no garantiza a los discípulos el éxito, así como no los pone a salvo de fracasos y de sufrimientos» y «ellos tienen que tener en cuenta tanto la posibilidad del rechazo, como la de la persecución», subrayó el Obispo de Roma, que habló también de las diversas formas de pruebas que se pueden presentar en el anuncio del Evangelio algunas «aparentemente» tranquilas.

Introduciendo el rezo mariano dominical, el Papa invocó a la Virgen María, «modelo de humilde y valiente adhesión a la Palabra de Dios», para que «nos ayude a comprender que en el testimonio de la fe no cuentan los éxitos, sino la fidelidad a Cristo, reconociendo en cualquier circunstancia, también las más problemáticas, el don inestimable de ser sus discípulos misioneros».

(CdM – RV)

Voz y texto completo de las palabras del Papa:

«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

En el Evangelio de hoy (cfr Mt 10, 26-33) el Señor Jesús, después de haber llamado y enviado en misión a sus discípulos, los instruye y los prepara a afrontar las pruebas y las persecuciones que deberán encontrar. Ir en misión no es hacer turismo, y Jesús advierte a los suyos: ‘Encontrarán persecuciones’. Los exhorta así: ‘No tengan miedo de los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado (…)  Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día. (…) Y no teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma’ (26-28). Y no tengan miedo de aquellos que solamente pueden matar el cuerpo y no tienen el poder de matar el alma.

El envío a la misión de parte de Jesús no garantiza a los discípulos el éxito, así como no los pone a salvo de fracasos y de sufrimientos. Ellos tienen que tener en cuenta tanto la posibilidad del rechazo, como la de la persecución. Esto asusta un poco, pero es la verdad.

El discípulo está llamado a conformar su propia vida a Cristo, que ha sido perseguido por los hombres, ha conocido el rechazo, el abandono y la muerte en la cruz. No existe la misión cristiana en tranquilidad plena; no existe la misión cristiana en tranquilidad plena. Las dificultades y las tribulaciones forman parte de la obra de evangelización y nosotros estamos llamados a encontrar en ellas la ocasión para verificar la autenticidad de nuestra fe y de nuestra relación con Jesús. Debemos considerar estas dificultades como la posibilidad para ser aún más misioneros y para crecer en aquella confianza en Dios, nuestro Padre, que no abandona a sus hijos en la hora de la tempestad. En las dificultades del testimonio cristiano en el mundo, nunca somos olvidados, sino que siempre estamos asistidos por la solicitud premurosa del Padre. Por ello, en el Evangelio de hoy, Jesús asegura tres veces a sus discípulos diciendo: ‘¡No teman!’ ¡No tengan miedo!

También en nuestros días, hermanos y hermanas, está presente la persecución contra los cristianos. Nosotros oramos por nuestros hermanos y hermanas que son perseguidos y nosotros alabamos a Dios porque, a pesar de ello, siguen testimoniando con valentía y fidelidad su fe. Su ejemplo nos ayuda a no dudar en tomar posición en favor de Cristo, testimoniándolo con valentía en las situaciones de cada día, aun en contextos aparentemente tranquilos. En efecto, una forma de prueba puede ser también la ausencia de hostilidades y de tribulaciones. Además de ‘como ovejas entre lobos’, el Señor, también en nuestro tiempo, nos manda como centinelas en medio de la gente que no quiere que la despierten del adormecimiento mundano, que ignora las palabras de Verdad del Evangelio, construyéndose sus propias verdades efímeras. Y si vamos allí o vivimos allí y decimos las Palabras del Evangelio, esto incomoda y no nos mirarán bien.

Pero en todo ello el Señor nos sigue diciendo, como les decía a los discípulos de su tiempo: ‘¡No teman!’. No olviden esta palabra: siempre, cuando tengamos alguna tribulación, alguna persecución, algo que nos haga sufrir, escuchemos la voz de Jesús en nuestro corazón: ‘¡No tengan miedo! ‘¡No tengas miedo: sigue adelante! ¡Yo estoy contigo! No tengan miedo del que se burla de ustedes y los maltrata, y no tengan miedo del que los ignora o del que por delante los honra y luego por la espalda combate contra el Evangelio. Hay tantos que por delante te sonríen, pero por la espalda combaten contra el Evangelio. Todos los conocemos. Jesús no nos deja solos porque somos preciosos para Él. Por ello no nos deja solos: cada uno de nosotros es precioso para Jesús, y nos acompaña.

Que la Virgen María, modelo de humilde y valiente adhesión a la Palabra de Dios, nos ayude a comprender que en el testimonio de la fe no cuentan los éxitos, en el testimonio de la fe no cuentan los éxitos, sino la fidelidad; la fidelidad a Cristo, reconociendo en cualquier circunstancia, también las más problemáticas, el don inestimable de ser sus discípulos misioneros»

(Traducción del italiano: Cecilia de Malak – RV)

 

* SANTO DEL DIA “Natividad de san Juan Bautista” 24 de junio

Elogio: Solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, Precursor del Señor, que, estando aún en el seno materno, al quedar lleno del Espíritu Santo exultó de gozo por la próxima llegada de la salvación del género humano. Su nacimiento profetizó la Natividad de Cristo el Señor, y su existencia brilló con tal esplendor de gracia, que el mismo Jesucristo dijo no haber entre los nacidos de mujer nadie tan grande como Juan el Bautista.
Patronazgos: San Juan Bautista es patrono de muchos países, regiones y ciudades, entre ellos Malta y Jordania. También de muchos oficios: tejedores, curtidores, peleteros, talabarteros, trabajadores del alimento, bodegueros, toneleros, carpinteros, arquitectos, albañiles, canteros, deshollinadores, herreros, pastores, agricultores, cantantes, bailarines, músicos, exhibidores de cine, comunicadores de masas; protector también de los corderos, las ovejas, los animales de compañía y las vides; para invocar contra el alcoholismo, los dolores de cabeza, mareos, ansiedad, epilepsia, espasmos, ronquera, enfermedades de la infancia, el miedo.
Tradiciones, refranes, devociones: Hay decenas de refranes que tienen a san Juan como tema, generalmente climatológicos; he seleccionado unos pocos, de los que hay, a su vez, muchas variantes:
Agua por San Juan, quita vino y no da pan.
Al fin y al cabo por San Juan, verano.
Hasta San Juan no te quites el gabán.
No hay verano hasta San Juan, ni invierno hasta Navidad.
Noche de San Juan, noche de sanjuanadas, total, nada.
Enero heloso, Febrero nevoso, Marzo ventoso, Abril lluvioso, Mayo pardo y San Juan claro, labrador prepara los bueyes y el carro.
Oración: Oh Dios, que suscitaste a san Juan Bautista para que preparase a Cristo, el Señor, un pueblo bien dispuesto, concede a tu familia el don de la alegría espiritual y dirige la voluntad de tus hijos por el camino de la salvación y de la paz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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Natividad de san Juan Bautista
fecha: 24 de junio
hagiografía: Abel Della Costa
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San Agustín hace la observación de que la Iglesia celebra la fiesta de los santos en el día de su muerte que, en realidad, es el día del nacimiento, del gran nacimiento a la vida eterna; pero que, en el caso de san Juan Bautista le conmemora el día de su nacimiento, porque fue santificado en el vientre de su madre y anunció a Cristo ya antes de nacer (Sermón 292,1).

Efectivamente, es digno de celebrarse el nacimiento de Juan Bautista, y así nos lo enseña el propio Evangelio, que tan reacio es a contar anécdotas o hechos meramente circunstanciales, y sin embargo dedica en San Lucas un largo capítulo, el primero de su obra, al nacimiento milagroso del Precursor. Es que la llegada de Juan no es un acontecimiento menor ni circunstancial en la vida de Jesús ni en el anuncio del Evangelio.

En cuanto a los hechos relacionados con el nacimiento, no es posible ir más allá de lo que narra Lucas 1; ninguna biografía ni indagación histórica podría explicar de otra manera lo que con sencillez, pero con solemne rotundidad se afirma en ese capítulo: «El ángel dijo: “No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.”»

Ante hechos como estos no tiene demasiado sentido preguntarse, «¿pero habrá sido exactamente así, o tal vez de otra manera?» Sea cual sea la «manera» (y no hay duda que un evangelio, como escrito que es, acomoda literariamente los hechos a un plan narrativo, a un estilo, y a un interés de la narración), el hecho permanece: en el plan salvador de Dios era completamente necesario el Precursor. Dios mismo proveyó de ese Precursor a los hombres, y lo proveyó de manera milagrosa.

Pero sí cabe que nos preguntemos ¿por qué era necesario un precursor? ¿en que consiste ese «plan salvador» que hacía necesario un precursor? El Precursor era necesario porque en los hechos de la historia de la salvación nada de lo que afectará al hombre ocurre sin la ayuda del hombre, ¡ni siquiera Dios podía salvar al hombre sin hacerse primero hombre! Pero no sólo eso, no bastaba que Dios se hiciera hombre, sino que es necesario de toda necesidad que, para que esa salvación sea auténticamente divina, venga anunciada por una palabra completamente humana, una palabra que no se dude que viene de un hombre.

Así es la Ley que rige el encuentro de Dios con el hombre, la Ley promulgada por el propio Dios al revelarse en una «literatura sagrada», en una palabra de hombres que es a la vez Palabra de Dios. Ampliando el principio que ya enunciaba san Agustín deberemos decir que Dios, que creó al hombre sin el concurso de hombres, no hizo nada más sin el concurso de nosotros los hombres, ni siquiera nacer humanamente para salvarnos. Todo, absolutamente todo lo que Dios vino a decirnos a los hombres, y a obrar entre nosotros y en nuestro favor, necesita ser humanado, hecho verdaderamente de hombres y entre los hombres, para ser verdaderamente de Dios.

Por eso la esperanza de Israel había ido entresacando de las profecías antiguas una «loca idea», que llegó a hacerse incluso explícita con el profeta Malaquías: aquel mismo profeta Elías que había sido tan misteriosamente arrebatado al cielo en un carro de fuego (2Re 2,11), aquel «Carro y caballos de Israel! ¡Auriga suyo!» -como lo llama su discípulo Eliseo- volvería antes del fin para anunciar el juicio del mundo y la restauración final de Israel. «He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible.» (Malaquías 3,23)

Aunque había muchas voces apocalípticas en época de Jesús, muchos que anunciaban el fin de una era, el juicio de Dios, e incluso predicaban la necesidad de realizar gestos de penitencia, como el lavado simbólico que ofrece Juan, en ninguno de ellos vio la fe apostólica la mano de Dios sino en Juan. Hubiera sido práctico y «consensual» para la fe cristiana hacer un «pool» de anuncios de salvación y declarar «¿véis como todos estos lo anuncian? tantos lo dicen, tan cierto debe ser» Sin embargo la fe apostólica no hizo esa tan conveniente encuesta, no le importó si era uno o muchos los que anunciaban la llegada del Cristo, le importó que lo anunciado fuera verdad, y por eso la fe apostólica conservó como un tesoro esa frase de Jesús: «Entre los nacidos de mujer no hay ninguno mayor que Juan» (Lc 7,28); aunque en seguida agrega «sin embargo el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él», porque en toda su grandeza, Juan sigue perteneciendo al mundo del Antiguo Testamento, a la promesa, no al cumplimiento, al signo, no al significado. Y con esos rasgos nos es presentado, con los rasgos del signo del Antiguo Testamento: se alimenta a langostas y miel silvestre, vive en el desierto, se viste de pieles de animales salvajes, reuniendo en sí las figuras de Sansón, Elías, y como el Arca de Dios que, antes de habitar en su verdadero templo, vive «envuelta en pieles» (2Samuel 7,2)

Sobre la fecha de la celebración

Es evidente que la tradición quiso relacionar cronológicamente la celebración del nacimiento del Precursor con el nacimiento histórico de Jesús, y así que la Virgen permaneció junto a Isabel tres meses, hasta que naciera el Bautista, luego de recibir su propio anuncio del Ángel, y puesta la celebración de la Navidad convencionalmente el 25 de diciembre, adquirieron su definido lugar el 25 de marzo la Anunciación, y debería haber sido el 25 de junio el del nacimiento del Bautista. Sin embargo, desde el principio tuvo su día el 24 de junio. Al respecto observa el Butler:

El Nacimiento de san Juan Bautista fue una de las primeras fiestas religiosas que encontraron un lugar definido en el calendario de la Iglesia; el lugar que ocupa hasta hoy: el 24 de junio. La primera edición del Hieronymianum lo localiza en esta fecha y subraya que la fiesta conmemora el nacimiento «terrenal» del Precursor. El mismo día está indicado en el Calendario Cartaginés, pero en tiempos anteriores ya hablaba del asunto san Agustín en los sermones que pronunciaba durante esta festividad. San Agustín hacía ver que la conmemoración está suficientemente señalada, en la época del año, por las palabras del Bautista, registradas en el cuarto Evangelio: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya». El santo doctor descubre la propiedad de esa frase al indicar que, tras el nacimiento de san Juan, los días comienzan a ser más cortos, mientras que, después del nacimiento de Nuestro Señor, los días pasan a ser más largos [claro que esta observación sólo vale en el hemisferio norte]. Probablemente Duchesne tenga razón cuando afirma que la relación de esta fiesta con el 24 de junio se originó en el Occidente y no en el Oriente. «Es necesario hacer notar, expresa Duchesne, que la festividad se fijó el 24 y no el 25 de junio, por lo que podríamos preguntarnos por qué razón no se adoptó la segunda fecha que hubiese dado exactamente, el intervalo de seis meses entre la edad del Bautista y la de Cristo. La razón es, dice luego, que se hicieron los cálculos de acuerdo con el calendario romano, donde el 24 de junio es el “octavo kalendas Julii”, así como el 25 de diciembre es el “octavo kalendas Januarii”. Por regla general, en Antioquía y en todo el Oriente, los días del mes se numeraban en sucesión continua, desde el primero, tal como nosotros lo hacemos y, el 25 de junio habría correspondido al 25 de diciembre, sin tener en cuenta que junio tiene treinta días y diciembre treinta y uno. Pero de la misma manera que la fecha romana de Navidad fue adoptada en Antioquía (muy posiblemente en razón de la amistad de san Juan Crisóstomo con san Jerónimo), durante los últimos veinticinco años del siglo cuarto, se adoptó también la fecha para conmemorar el nacimiento del Bautista en Antioquía, Constantinopla y todas las otras grandes iglesias del oriente, en el mismo día en que se conmemoraba en Roma.

La presencia del personaje del Bautista en la tradición cristiana es enorme, y sería muy difícil indicar una bibliografía específica. Los sermones de san Agustín nn 287 y siguientes, que tratan la figura del Bautista, siguen siendo meditaciones preciosas, valiosísimas, y de ninguna manera difíciles de seguir si se quiere penetrar espiritualmente en el personaje, mucho más de lo que lo haríamos con dudosos panegíricos piadosos de escritura posterior. Toda la información «histórica» sobre el personaje está contenida en Lucas, su significación doctrinaria, en cambio, repartida entre los cuatro evangelios, siempre con la impronta de la referencia a Elías. Para comprender mejor el fondo literario de las historias lucanas sobre Juan conviene leer, de Raymond Brown, «El nacimiento del Mesías». Cualquier introducción actual al Evangelio de Juan (incluida la del propio Brown) trata la cuestión del grupo de los discípulos del Bautista y cómo incidieron en la constitución de los primeros seguidores de Jesús. Al igual que la bibliografía, la iconografía cristiana sobre el Bautista es inmensa; he seleccionado tres vidrieras de distintas épocas tomadas de la extensísima Galería de Lawrence OP

 

Abel Della Costa

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