* SANTOS DEL DIA “San Paulino de Nola, obispo y Santos Juan Fisher y Tomás Moro, mártires” 22 de junio

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n.: c. 353†: 431país: Italia

canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
San Paulino, obispo, que, recibido el bautismo en Burdeos, renunció a la dignidad consular y, de noble y rico, se hizo pobre y humilde por Cristo. Habiéndose trasladado a Nola, cerca del sepulcro de san Félix, presbítero, para seguir el ejemplo de su conducta, practicó una forma de vida ascética con su mujer y sus compañeros. Ordenado obispo, se distinguió por su erudición y santidad, por acoger a los peregrinos y por ayudar a los desvalidos.

oración:

Señor, Dios nuestro, tú has querido enaltecer a tu obispo san Paulino de Nola por su celo pastoral y su amor a la pobreza; concede a cuantos celebramos hoy sus méritos imitar los ejemplos de su vida de caridad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

San Paulino, cuyo nombre completo era Poncio Meropio Anicio Paulino, fue uno de los hombres más notables de su época, a quien elogian, en términos de afectuoso aprecio o de admiración, san Martín, san Sulpicio Severo, san Ambrosio, san Agustín, san Jerónimo, san Euquerio, san Gregorio de Tours, Apollinario, Cassiodoro y otros antiguos escritores. Su padre, prefecto en las Galias, poseía tierras en Italia, Aquitania y España. Paulino vino al mundo cerca de Burdeos. Desde pequeño tuvo como maestro de poesía y retórica al famoso poeta Ausonio. Guiado por tan magnífico tutor, el muchacho colmó las grandes esperanzas que habían sido puestas en él y, cuando era todavía muy joven, se hizo notar y aplaudir en la tribuna. «Todos -dice san Jerónimo- admiraban la pureza y elegancia de su dicción, la delicadeza y generosidad de sus sentimientos, la fuerza y dulzura de su estilo y la vivacidad de su imaginación».

Se le confiaron numerosos cargos públicos y, si bien no sabemos cuáles fueron, hay razones para suponer que desempeñó un alto puesto en Campania y también fue prefecto en el Nuevo Epiro. Sus deberes, cualquiera que fuesen, le mantenían en constante actividad, en viajes continuos y largos y, en el curso de su vida pública, hizo muchos amigos en Italia, las Galias y España. Se casó con una dama española llamada Terasia y, al cabo de algunos años, se retiró a sus propiedades de Aquitania para descansar y cultivar su espíritu con la lectura. Fue entonces cuando entabló relaciones con san Delfino, obispo de Burdeos, quien posteriormente convirtió y bautizó a Paulino y a su hermano. Después de su conversión, alrededor del año 390, se fue a vivir con su esposa en las tierras que poseía en España, donde nació su primer hijo, luego de varios años de espera; pero aquella criatura murió a los ocho días de nacido. Desde aquel momento, Paulino y su esposa resolvieron llevar una vida más apegada a la doctrina cristiana, con la práctica de la austeridad y la caridad y, sin más trámites, comenzaron a disponer de una parte considerable de sus muchos bienes para beneficio de los pobres. Aquella prodigalidad tuvo un resultado que, al parecer, fue una sorpresa para el matrimonio, sobre todo para Paulino. El día de Navidad, alrededor del año 393, como respuesta a una espontánea, repentina e insistente petición del pueblo, el obispo de Barcelona confirió a Paulino, en su catedral, las órdenes sacerdotales, a pesar de que ni siquiera había llegado a ser un diácono. El caso de conferir las órdenes sagradas por aclamación popular, tiene otros ejemplos: aparte del bien conocido caso de la elevación de san Ambrosio a la sede episcopal, tenemos un incidente similar que ocurrió al esposo de santa Melania la Joven (Melania y Piniano, no sólo eran contemporáneos, sino amigos personales de san Paulino y, lo mismo que él, se habían desprendido de grandes sumas de dinero para distribuirlas en limosnas).

Pero si los ciudadanos habían abrigado la esperanza de retener con ellos a Paulino, quedaron desengañados. Ya desde antes habían resuelto establecerse en Nola, una población pequeña cerca de Nápoles, donde también tenía propiedades. Tan pronto como dio a conocer sus intenciones y trató de vender sus posesiones en Aquitania, como lo había hecho con las propiedades de Terasia en España, surgieron las objeciones de los amigos y las oposiciones de los parientes. Pero no se dejó arredrar por ello y llevó a cabo sus propósitos: se trasladó a Italia, donde san Ambrosio y otros amigos le recibieron cordialmente. En cambio, en Roma tuvo una fría recepción por parte del papa san Siricio y sus clérigos, los cuales, probablemente, se hallaban resentidos por el carácter anticanónico de su ordenación. Por lo tanto, la permanencia de Paulino en Roma fue muy breve y partió hacia Nola con su esposa. Ahí estableció su residencia en una gran casa de dos pisos, fuera de los muros de la ciudad, no lejos del lugar donde se veneraba la tumba de san Félix. A pesar de sus cuantiosos donativos, aún conservaba bastantes propiedades en Italia y una fortuna considerable.

Pero de todo esto se desprendió también, poco a poco, en obras de caridad y en el patrocinio de proyectos que favoreciesen a la religión y a la Iglesia. Construyó una iglesia en la población de Fondi, dotó a Nola del acueducto que tanto necesitaba y socorrió a un ejército de pobres, deudores, vagabundos, mendigos y enfermos, muchos de los cuales, vivían prácticamente en el piso bajo de su casa. Paulino, con algunos amigos, ocupaba la planta alta donde todos llevaban una existencia dedicada a la oración y la penitencia, muy semejante a la monástica. Se supone que Terasia era el ama de llaves que atendía a todos los moradores de aquel establecimiento. Contigua a él, había una casa más pequeña, con jardín, que servía para hospedar a los visitantes. Entre los que gozaron de aquella hospitalidad, se pueden mencionar a santa Melania la Vieja y al obispo misionero san Niceto de Remesiana, quien estuvo ahí en dos ocasiones. Es muy notable el relato que se conserva en la biografía de Melania, la Joven, donde describe su llegada a Nola con su esposo y otros fieles cristianos. Cuando san Paulino fijó ahí su residencia, había ya tres pequeñas basílicas y una capilla, en torno a la tumba de san Félix, el que fuera presbítero del lugar; Paulino agregó una iglesia más, cuyos muros hizo adornar con mosaicos, el propio santo escribió, en verso, una descripción del edificio y sus ornamentos. Tres de aquellas iglesias compartían la puerta de entrada y, seguramente estaban comunicadas por el interior, de manera semejante a como se comunicaban las siete antiguas basílicas que forman la iglesia de San Esteban, en Bolonia. Cada año, en ocasión de la fiesta de San Félix, Paulino le rendía lo que él llamaba un tributo de su servicio voluntario, en la forma de un poema. Catorce o quince de esas obras se conservan todavía.

A la muerte del obispo de Nola, alrededor del año 409, san Paulino fue señalado, naturalmente, como el único indicado para ocupar el puesto vacante y, en consecuencia, se hizo cargo de la sede episcopal hasta su muerte. Fuera del dato de que gobernó con gran sabiduría y liberalidad, no tenemos otras informaciones que ilustren su carrera como pastor de almas. Una vez al año, en ocasión de la fiesta de San Pedro y San Pablo, iba de visita a Roma; pero de otra manera, nunca abandonaba Nola. En cambio, gustaba de escribir cartas y, por correspondencia, sostenía sus relaciones con todos sus amigos y con los más destacados hombres de la Iglesia en su época, especialmente con san Jerónimo y san Agustín; a este último le consultaba a menudo sobre diversas cuestiones, incluso la aclaración de ciertos pasajes oscuros de la Biblia. Precisamente, para responder a una solicitud de Paulino, escribió San Agustín su libro «Del cuidado a los muertos», en el que declara que las pompas fúnebres y otros honores ostentosos, sólo sirven de consuelo a los deudos y no al difunto. San Paulino vivió hasta el año 431, y los últimos momentos de su existencia quedaron descritos en la carta de un testigo, llamado Uranio. Tres días antes de expirar fue visitado por dos obispos, Símaco y Acindino, con los cuales celebró los divinos misterios, sin alzarse del lecho. Después se le acercó el sacerdote Postumiano para advertirle que se debían cuarenta monedas de plata por la compra de ropas para los pobres. El santo moribundo repuso, con una sonrisa que, sin duda, alguien iba a pagar la deuda de los pobres y, casi inmediatamente, llegó un mensajero portador de un donativo de cincuenta monedas de plata. El último día, a la hora de vísperas, cuando se encendían las lámparas en la iglesia, el obispo rompió su prolongado silencio y, al tiempo que levantaba una mano, musitó estas palabras: «Ya tengo preparada una lámpara para mi Cristo». Pocas horas más tarde, los que le velaban sintieron un estremecimiento bajo sus pies, como el de un ligero terremoto y, en aquel momento, san Paulino entregó su alma a Dios. Fue sepultado en la iglesia que había construido en honor de san Félix. Poco después, sus reliquias fueron trasladadas a Roma, pero, posteriormente, en 1909, fueron devueltas a Nola, por orden del santo papa Pío X.

De los escritos de san Paulino, que parecen haber sido muy numerosos, se conservan treinta y dos poemas, cincuenta y un cartas y unos cuantos fragmentos. Se le considera como el mejor poeta cristiano de su época, después de Prudencio. Su epitalamio para Julián, obispo de Ia y Eclanum, es uno de los poemas cristianos más antiguos que se conocen. No existe una biografía propiamente dicha de san Paulino, escrita en tiempos antiguos, pero en cambio contamos con la carta de Uranio para describir su muerte y con una breve nota de san Gregorio de Tours. Además, en la correspondencia del mismo Paulino y en las referencias de sus contemporáneos, encontramos una cantidad considerable de material biográfico.

Ése fue el material que se utilizó en el Acta Sanctorum, junio, vol. V. Otra fuente de información que llegó a conocerse en tiempos relativamente recientes, es la Vida de Melania la Joven, en textos griegos y latinos, que se encontrarán en la edición del cardenal Rampolla, Santa Melania Giuniore (1905). Las biografías modernas mejores son las de A. Buse, F. Lagrange y A. Baudrillart. N.ETF: La «Patrología» de Quasten-Di Bernardino, BAC 422, tomo III, pág 351ss. ofrece una noticia biográfica en algunos puntos divergente, y una bibliografía un poco más actualizada que la del Butler de y sobre el santo.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=2095
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fecha en el calendario anterior:9 de julio

†:1535país:Reino Unido (UK)
canonización:Conf. Culto: León XIII 29 dic 1886 – C: Pío XI 19 may 1935
hagiografía:«Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
San Juan Fisher, obispo, y santo Tomás Moro, mártires, que, por haberse opuesto al rey Enrique VIII en la controversia sobre su matrimonio y sobre la primacía del Romano Pontífice, fueron encarcelados en la Torre de Londres, en Inglaterra. Juan Fisher, obispo de Rochester, varón conocido por su erudición y por la dignidad de su vida, por mandato del rey fue decapitado este día frente a la cárcel, y Tomás Moro, padre de familia de vida integérrima y presidente del consejo real, por mantenerse fiel a la Iglesia católica murió el día 6 de julio, uniéndose así al martirio del obispo.

oración:

Señor, tú has querido que el testimonio del martirio sea perfecta expresión de la fe; concédenos, te rogamos, por la intercesión de san Juan Fisher y de santo Tomás Moro, ratificar con una vida santa la fe que profesamos de palabra. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

Aunque en esta fecha se celebran en la liturgia conjuntamente a san Juan Fisher y a santo Tomás Moro -estrechamente unidos en vida y en martirio-, la hagiografía correspondiente a santo Tomás se hallará en su fecha de martirio, el 6 de julio.

San Juan Fisher, obispo, cardenal y mártir, nació en 1469, en Beverley. El padre de Juan, modesto comerciante, murió cuando sus hijos eran todavía muy jóvenes. A los catorce años, Juan fue a estudiar en la Universidad de Cambridge. Se distinguió tanto en los estudios, que fue nombrado catedrático en el famoso colegio Michaelhouse, el cual, desde entonces, se unió al Trinity College. A los veintidós años obtuvo la dispensa de edad para ordenarse sacerdote y llegó a ser, sucesivamente, doctor en teología, director de Michaelhouse y vicecanciller de la Universidad. En 1502, renunció a su cátedra para ejercer el cargo de capellán de la madre del rey, Margarita Beaufort, condesa de Richmond y Derby. Según parece, Margarita Beaufort había conocido al P. Fisher siete años antes, cuando éste había ido a la corte que se hallaba en Greenwich para arreglar algunos asuntos de la Universidad. Como todas las otras personas que le conocían, Margarita Beaufort quedó impresionada de su saber y de su santidad. La madre del rey era una mujer muy inteligente, erudita y rica, que había vivido en un mundo de intrigas y políticas con los tres esposos que tuvo. Al quedar viuda por tercera vez, decidió consagrar el resto de su vida a Dios, bajo la dirección del P. Fisher. Guiada por el santo, Margarita empleó sabiamente su fortuna. Entre otras cosas fundó en la Universidad de Cambridge los colegios de Cristo y de San Juan para sustituir a otros colegios antiguos que estaban en plena decadencia y estableció en la Universidad de Oxford una cátedra de teología. La Universidad de Cambridge considera a Margarita Beaufort como su principal bienhechora, con toda justicia. Desgraciadamente, dicha Universidad olvidó con mayor facilidad lo que debe a Juan Fisher. Cuando el santo llegó a Cambridge, los estudios estaban en decadencia; no se enseñaba el griego ni el hebreo, y la biblioteca de la Universidad no tenía más que trescientos volúmenes. Ahora bien, Juan Fisher no sólo se ocupó de todos los asuntos administrativos relacionados con las fundaciones de Margarita Beaufort, sino que trabajó mucho por fomentar los estudios en la Universidad; fundó varias becas, introdujo nuevamente el griego y el hebreo en el programa y consiguió que Erasmo fuese a enseñar en Cambridge.

En 1504, Juan Fisher fue elegido canciller de la Universidad y desempeñó ese oficio hasta su muerte. Poco después, en el mismo año, el rey Enrique VII (padre de Enrique VIII) le nombró obispo de Rochester, aunque sólo tenía treinta y cinco años. El santo aceptó, no sin cierta repugnancia, esa dignidad que venía a sumarse al trabajo que tenía ya en la Universidad. A pesar de ello, cumplió con sus deberes pastorales con un celo desacostumbrado en aquella época; visitaba su diócesis, administraba la confirmación, fomentaba la disciplina entre el clero, iba a ver a los enfermos pobres en sus chozas, distribuía limosnas generosamente y era extraordinariamente hospitalario. Aunque parezca increíble, encontraba todavía tiempo para escribir libros y continuar los estudios. A los cuarenta y ocho años, empezó a estudiar el griego y, a los cincuenta y dos, el hebreo. Todavía se conservan las oraciones fúnebres que pronunció en 1509, en ocasión de la muerte de Enrique VII y de Margarita de Beaufort. Ambas piezas oratorias forman parte de los clásicos de la época. La oración fúnebre del rey constituye un tributo noble y sincero a la memoria del soberano y apenas tiene algo del tono adulatorio exagerado que acostumbraba emplearse en aquellas circunstancias. El santo obispo llevaba una vida muy austera; sólo dormía cuatro horas, se disciplinaba con frecuencia y, durante las comidas, tenía ante sí una calavera para acordarse de la muerte. En lo humano, su gran placer eran los libros, y formó una de las mejores bibliotecas de Europa, con la intención de legarla a la Universidad de Cambridge.

Era tan poco ambicioso que, cuando le ofrecían otras sedes más ricas que la suya, respondía que «no cambiaría a su pobre esposa por la más rica viuda de Inglaterra». Cuando el luteranismo empezó a propagarse, sobre todo en Londres y sus universidades, el santo fue elegido para predicar contra aquella doctrina, en razón de su saber y elocuencia. Escribió cuatro gruesos volúmenes contra Lutero, donde se publicó la primera refutación de la nueva doctrina. Estos y otros trabajos literarios hicieron famoso a Juan Fisher no sólo en Inglaterra, sino en toda Europa. Más tarde, un monje cartujo felicitó al santo por los servicios que había prestado a la Iglesia con sus escritos; Juan Fisher le respondió que lamentaba no haber consagrado ese tiempo a la oración, pues con ello hubiese servido aún mejor a la Iglesia. El embajador de Carlos V escribía que Juan Fisher era «el ejemplo de todos los obispos de la cristiandad, por su saber y santidad», y el rey Enrique VIII decía, en su juventud, que ningún otro reino poseía un prelado tan distinguido como él. La gran intuición del santo obispo le hizo comprender perfectamente los vicios de su tiempo y los peligros que amenazaban a la Iglesia. También él era un reformador de los abusos y los vicios, pero no un deformador de la verdad. En un sínodo que convocó el cardenal Wolscy, en 1518, el santo protestó valientemente contra la mundanidad, la laxitud y la vanidad del alto clero, que generalmente obtenía las dignidades eclesiásticas por los servicios que prestaba al Estado. Como Juan Fisher, a diferencia de otros obispos, no intentaba servir a dos señores, sostuvo sin vacilar, nueve años más tarde, la validez del matrimonio de Enrique VIII con Catalina de Aragón.

En 1529, fue uno de los consejeros de la reina en el proceso de anulación del matrimonio, que se llevó a cabo en Blackfriars ante el cardenal Campeggio y actuó como el mejor de los defensores de Catalina de Aragón. En un elocuente discurso ante la corte, demostró la validez del matrimonio, argüyó que ningún poder humano o divino tenía derecho de disolverlo y terminó por recordar que san Juan Bautista había sufrido el martirio por defender el vínculo matrimonial. El rey respondió a los argumentos del obispo con un documento furibundo que se conserva todavía en el «Record Office», con las anotaciones marginales de Juan Fisher. Poco después, Roma reservó el asunto para su examen y con ello terminó la participación del santo. Pero, después de defender la santidad del matrimonio, Juan Fisher iba a convertirse en el paladín de los derechos de la Iglesia y de la supremacía del Papa. Como miembro de la Cámara de los Lores, clamó contra las medidas anticlericales que había aprobado la Cámara de los Comunes. «Esas medidas equivalen a gritar: ¡Muera la Iglesia!», clamó el santo. También protestó violentamente cuando se obligó a la asamblea a reconocer que Enrique VIII era la cabeza de la Iglesia. Él fue quien consiguió que se introdujesen en el documento de aprobación las palabras «En cuanto lo permite la ley de Cristo»; y aun eso lo consideró como un mal menor. Juan Fisher no necesitaba de las súplicas de sus amigos y de las amenazas de sus enemigos para comprender el peligro en que se colocaba al oponerse al poder real. Ya había estado dos veces en la cárcel; sus enemigos habían intentado envenenarle y en otra ocasión la bala que se había disparado contra él desde la orilla opuesta del río penetró por la ventana de la biblioteca donde él se hallaba. Tomás Cromwell trató en vano de complicarle en el asunto de Isabel Barton, «la santa doncella de Kent», una religiosa que pronunciaba ataques personales contra el rey por el tema del divorcio. Pero cuando las Cámaras aprobaron la cuestión de la sucesión, la suerte de Juan Fisher quedó sellada. En efecto, sus enemigos le convocaron a Lambeth para que firmara el documento sobre la sucesión, a pesar de que estaba tan enfermo, que perdió el conocimiento en el camino de Rochester a Londres. El santo no tenía nada que objetar a la cuestión de la sucesión estrictamente dicha, pero se negó a prestar el juramento en la forma en que se hallaba redactado, porque eso equivalía a afirmar la supremacía del rey. El mismo había escrito a Cromwell: “Yo no condeno la conciencia de los otros. Pero ellos se van a salvar con su conciencia y yo con la mía”. Estas palabras se referían al hecho de que los otros obispos habían prestado el juramento. Por negarse a prestarlo, Juan Fisher fue inmediatamente encarcelado en la Torre de Londres.

Cuando las cortes aprobaron oficialmente la acusación de traición que se había hecho al santo, éste fue depuesto de su sede, que se consideró como vacante. Juan Fisher tenía entonces sesenta y seis años, pero la mala salud, las austeridades que había practicado y lo que había tenido que sufrir, le daban el aspecto de un hombre de ochenta años. Según se dice, estaba tan débil, que apenas podía soportar el peso de los vestidos. El cardenal Pole, que le había visto tres años antes consumido por la fatiga, se admiraba de que el santo hubiese podido resistir diez meses de prisión en la Torre de la Campana. En noviembre de 1535, el papa Paulo III le envió el capelo cardenalicio, lo cual enfureció al rey y apresuró el desenlace. Enrique VIII exclamó: «Que el Papa envíe el capelo, si quiere. Yo me encargaré de que Fisher lo lleve sobre los hombros, porque ya no tendrá cabeza». Como la voluntad real era ley, nadie dudó de que el juicio del santo obispo terminaría en una condena a muerte. En efecto, aunque algunos de los jueces lloraron, la sentencia a la pena capital fue leída el 17 de junio de 1535.

Cinco días después, los guardias le despertaron a las cinco de la mañana para llevarle al sitio de la ejecución. El santo les rogó que le dejasen descansar un poco más y durmió tranquilamente dos horas. Después se vistió y se echó sobre los hombros una capa de piel «para no enfriarme antes de la ejecución», según observó. En seguida tomó su pequeño ejemplar del Nuevo Testamento y descendió penosamente la escalera, a causa de la debilidad. A la puerta le esperaba una carreta que le condujo a la salida de la prisión. Ahí tuvo que aguardar unos momentos, reclinado contra la pared; abrió su Nuevo Testamento y pidió a Dios que le diese valor. Según se dice, las primeras palabras que leyó fueron las de Cristo antes de su pasión: «La vida eterna consiste en conocerte a Ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra y he cumplido la tarea que Tú me habías confiado». Fortificado por estas palabras, el anciano pudo ir a pie hasta Tower Hill y subir solo al cadalso. Cuando se volvió para dirigir unas palabras a la multitud, su silueta alta y escuálida semejaba un esqueleto. Con voz muy clara, dijo que moría por la fe de la Santa Iglesia Católica, fundada por Cristo y pidió a la multitud que rogase por él para no flaquear ante la muerte. Cuando terminó de recitar el «Te Deum» y el salmo «In te Domine speravi», los guardias le vendaron los ojos. La cabeza del santo rodó por tierra al primer golpe del hacha del verdugo. La venganza de Enrique VIII persiguió al siervo de Dios más allá de la muerte: su cuerpo, que quedó todo el día expuesto a la curiosidad de la chusma, fue arrojado sin ninguna consideración en un hoyo del atrio de la iglesia de All Hallows Barking; su cabeza estuvo clavada dos semanas en el puente de Londres, junto con las de los mártires cartujos. Según un cronista, «parecía que la cabeza estaba viva y miraba a los que se dirigían a Londres». Quince días después, la cabeza del santo fue arrojada al río para dejar el sitio a la de Tomás Moro. En mayo de 1935, casi exactamente cuatro siglos después de su muerte, Juan Fisher fue solemnemente canonizado, junto con su amigo Tomás Moro.

«Letters and Papers, Foreign and Domestic, of the Reign of Henry VIII», publicados por la Record Office, incluyen los mejores documentos sobre la vida de Juan Fisher. Pero también existe una importante biografía, escrita por un contemporáneo del santo. El P. Van Ortroy, bolandista, publicó en Analecta Bollandiana, vols. X y XII (1891-1893), una cuidadosa edición de dicha biografía, basándose en la comparación de los diversos manuscritos y de la traducción latina. La Early English Text Sociely publicó otro texto en 1915. Como las dos obras citadas conservaban la ortografía original, el P. Philip Hughes publicó, en 1935, una edición popular con la ortografía moderna, con una excelente introducción y algunas notas. Dicha biografía se atribuyó mucho tiempo a Ricardo Hall, quien en realidad no hizo sino traducirla del latín; probablemente el verdadero autor fue el Dr. Juan Young, vicecanciller de la Universidad de Cambridge en el reinado de la reina María. Según parece, la obra fue escrita poco después de 1567. El P. T. Bridget, en su «Life of John Fisher» (3a. edic, 1902), utilizó todos los documentos que existen; se trata de una biografía que es un modelo del género: muy seria, muy crítica y muy espiritual.
N.ETF: el artículo decía «Cuando el santo llegó a Cambridge, los estudios estaban en decadencia; no se enseñaba el griego ni el latín», sin embargo, esto, en lo que respecta al latín, es para el momento bien poco probable, y seguramente se trata de una errata de la edición castellana (que tenía varias, a cada paso), así que he consignado lo que creo más adecuado al contexto: «no se enseñaba el griego ni el hebreo», que da perfectamente pie a la siguiente frase, con la inclusión de esos estudios por mano del santo.
En la galería de vidrieras de Lawrence O.P. hay una interesante y extensa colección de vidrieras dedicadas al santo, de donde he tomado la que ilustra este artículo.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=4673

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