*PARA SER FELIZ ” Diez claves para la felicidad, según el Papa Francisco”

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Por Pablo Calvo, periodista del diario «Clarín», de Buenos Aires (Argentina) (El 7 de julio el Papa recibió a ocho compatriotas suyos argentinos. Uno de ellos era el periodista Pablo Calvo, quien preguntó a Francisco:«Usted es técnico químico, además de Papa, cuál es la fórmula de la felicidad». El Santo Padre se rió con ganas y le ofreció un decálogo de claves y hasta «recetas»… Pablo Calvo, con pensamientos y frases literales del Santo Padre, elaboró los diez puntos, que su periódico bonaerense «Clarín», en su revista dominical «Viva», publicó el domingo 27 de julio de 2014. Son estos).

1.- Vive y deja vivir. «Acá los romanos tienen un dicho y podríamos tomarlo como un hilo para tirar de la fórmula esa que dice: “Anda adelante y deja que la gente vaya adelante”. Vive y deja vivir, es el primer paso de la paz y la felicidad».

2.- Date a los demás. «Si uno se estanca, corre el riesgo de ser egoísta. Y el agua estancada es la primera que se corrompe».

3.- Moverse respetuosamente. «En Don Segundo Sombra hay una cosa muy linda, de alguien que relee su vida. El protagonista. Dice que de joven era un arroyo pedregoso que se llevaba por delante todo; que de adulto era un río que andaba adelante y que en la vejez se sentía en movimiento, pero lentamente remansado. Yo utilizaría esta imagen del poeta y novelista Ricardo Guiraldes, ese último adjetivo, remansado. La capacidad de moverse con benevolencia y humildad. Los ancianos tienen esa sabiduría, son la memoria de su pueblo. Y un pueblo que no cuida a su ancianos no tiene futuro».

4.- Compartir los domingos con la familia. «El otro día, en Campobasso, fue a una reunión entre el mundo de la universidad y el mundo obrero, todos reclamaban el domingo no laborable. Es domingo es para la familia».

5.- Ayudar a los jóvenes a conseguir empleo. «Hay que ser creativos con esta franja. Si faltan oportunidades, caen en la droga. Y está muy alto el índice de suicidios entre los jóvenes sin trabajo. El otro día leí, pero no me fío porque no es un dato científico, que había 75 millones de jóvenes de 25 años para abajo desocupados. No alcanza con darles de comer: hay que inventarles cursos de un año de plomero, electricista, costurero. La dignidad te da la llevar el pan a casa».

6.- Jugar con los chicos. «El consumismo nos lleva a esa ansiedad de perder la sana cultura del ocio, leer, disfrutar del arte. Ahora confieso poco, pero en Buenos Aires confesaba mucho y cuando venía una mamá joven le preguntaba: “¿Cuántos hijos tenés? ¿Jugás con tus hijos?” Y era una pregunta que no se esperaba, pero yo le decía que jugar con los chicos es clave, es una cultura sana. Es difícil, los padres se van a trabajar temprano y vuelven a veces cuando los hijos duermen, es difícil, pero hay que hacerlo».

7.- Cuidar la naturaleza. «Hay que cuidar la creación y no lo estamos haciendo. Es uno de los desafíos más grandes que tenemos».

8.- Olvidarse rápido de lo negativo. «La necesidad de hablar mal del otro indica una baja autoestima, es decir: yo me siento tan abajo que en vez de subir, bajo al otro. Olvidarse rápido de lo negativo es sano».

9.- Respetar al que piensa distinto. «Podemos inquietar al otro desde el testimonio, para que ambos progresen en esa comunicación, pero lo peor que puede haber es el proselitismo religioso, que paraliza: “Yo dialogo contigo para convencerte”, no. Cada uno dialoga desde su identidad. La Iglesia crece por atracción, no por proselitismo».

10.- Buscar activamente la paz. «Estamos viviendo en una época de mucha guerra. En África parecen guerras tribales, pero son algo más. La guerra destruye. Y el clamor por la paz hay que gritarlo. La paz a veces da la idea de quietud, pero nunca es quietud, siempre es una paz activa».

REVISTA ECCLESIA

 

 

 

*PERDÓN Y POLÉMICA “por las palabras de Papa Francisco a los pentecostales”

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30.07.2014

“Existen otras ovejas” aseguró el padre Guillermo Ortíz a Radio Vaticana.

El Papa Francisco ha pedido perdón el 28 de julio por la incomprensión de algunos católicos hacia los hermanos pentecostales. “Alguien estará sorprendido que el Papa haya encontrado a los evangélicos” dijo el Papa anticipando la polémica que se ha desatado alrededor de este acontecimiento.Precisamente para entender los gestos y las palabras de reconciliación de Papa Francisco, Roberta Gisotti en Radio Vaticano ha entrevistado a padre Hugo Guillermo Ortíz, jesuita argentino. 400 millones de pentecostales “representan una realidad eclesial” poco conocida y presente en el continente americano, confirma Gissotti introduciendo la entrevista.

Los pentecostales gente que busca a Jesucristo
“Es una realidad muy difundida en América Latina, en Argentina. Yo he trabajado, hemos trabajado junto a Bergoglio, desde 1979, en esos barrios donde había gente que se reunía, buscaba el encuentro con Jesus a través de la Palabra, con mucha honestidad. Dan testimonio de aquello que ha hecho la Palabra de Dios en la oración personal” observó Ortiz.

Los pentecostales no son sectas 
“Se debe hacer una diferencia entre estas sectas, que se aprovechan de las personas sobre la base de la “teología de la prosperidad” y engañan la gente. Son estafadores y utilizan la Palabra de Dios, piden la bendición de Dios, pero a través del dinero” afirmó el jesuita director de los programas de Radio Vaticano en español. Así confirmó que es una estafa usar a Dios para obtener en cambio dinero. “Si tu me das diez euros, tendrás una bendición de diez euros” añadió. Asimismo, denunció que existen sectas satánicas que “son otra cosa” y que usan la “la umbanda, la macumba y la santería”.

El Espíritu Santo para caminar con Jesús 
“Pienso que el encuentro  […] en Caserta ha sido una experiencia de oración junto al Espíritu Santo, para estar juntos a la presencia de Jesús, para caminar con Jesús, como ha dicho Papa Francisco” dijo Ortiz.

Unión entre cristianos
Por último, sobre la unión entre cristianos aseguró que “existen muchos que buscan a Dios, que buscan a Jesús, y pienso que Francisco sea abierto al hecho que el Espíritu obre en todas las personas. Existen otras ovejas, no solamente aquellos que nos llamamos o que somos bautizados católicos” concluyó.

*SANTO DEL DIA “San Ignacio de Loyola, presbítero y fundador” 31 de julio

fecha: 31 de julio
n.: 1491†: 1556país: Italia
canonización: B: Pablo V 27 jul 1609 – C: Gregorio XV 12 mar 1622
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Memoria de san Ignacio de Loyola, presbítero, el cual, nacido en el País Vasco, en España, pasó la primera parte de su vida en la corte como paje hasta que, herido gravemente, se convirtió a Dios. Completó los estudios teológicos en París y unió a él a sus primeros compañeros, con los que más tarde fundó la Orden de la Compañía de Jesús en Roma, donde ejerció un fructuoso ministerio escribiendo varias obras y formando a sus discípulos, todo para mayor gloria de Dios.
patronazgo: patrono de los retiros y casas de retiros espirituales, de los niños, mujeres embarazadas y soldados; protector contra la peste, la hechicería, los remordimientos y los escrúpulos.
oración:

Señor, Dios nuestro, que has suscitado en tu Iglesia a san Ignacio de Loyola para extender la gloria de tu nombre, concédenos que después de combatir en la tierra, bajo su protección y siguiendo su ejemplo, merezcamos compartir con él la gloria del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

San Ignacio nació probablemente en 1491, en el castillo de Loyola, en Azpeítia, población de Guipúzcoa, cerca de los Pirineos. Su padre, don Bertrán, era señor de Oñaz y de Loyola, jefe de una de las familias más antiguas y nobles de la región. Y no era menos ilustre el linaje de su madre, doña Marina Sáenz de Licona y Balda. Iñigo (pues ése fue el nombre que recibió el santo en el bautismo) era el más joven de los ocho hijos y tres hijas de la noble pareja. Iñigo luchó contra los franceses en el norte de Castilla. Pero su breve carrera militar terminó abruptamente el 20 de mayo de 1521, cuando una bala de cañón le rompió la pierna, durante la lucha en defensa del castillo de Pamplona. Después de que Iñigo fue herido, la guarnición española capituló. Los franceses no abusaron de la victoria y enviaron al herido en una litera al castillo de Loyola. Como los huesos de la pierna soldaron mal, los médicos juzgaron necesario quebrarlos nuevamente. Iñigo soportó estoicamente la bárbara operación, pero, como consecuencia, tuvo un fuerte ataque de fiebre con ciertas complicaciones, de suerte que los médicos pensaron que el enfermo moriría antes del amanecer de la fiesta de San Pedro y San Pablo. Sin embargo, Iñigo sobrevivió y empezó a mejorar, aunque la convalescencia duró varios meses. No obstante la operación, la rodilla rota presentaba todavía una deformidad. Iñigo insistió en que los cirujanos cortasen la protuberancia y, pese a que éstos le advirtieron que la operación sería muy dolorosa, no quiso que le atasen ni le sostuviesen y soportó la despiadada carnicería sin una queja. Para evitar que la pierna derecha se acortase demasiado, permaneció varios días con ella estirada mediante unas pesas. Con tales métodos, nada tiene de extraño que haya quedado cojo para el resto de su vida.

Con el objeto de distraerse durante la convalescencia, Iñigo pidió algunos libros de caballería, a los que siempre había sido muy afecto. Pero lo único que se encontró en el castillo de Loyola fue una historia de Cristo y un volumen con vidas de santos. Iñigo los comenzó a leer para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse tanto que pasaba días enteros dedicado a la lectura. Y se decía: «Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, también yo puedo hacer lo que ellos hicieron». Inflamado por el fervor, se proponía ir en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora y entrar como hermano lego a un convento de cartujos. Pero tales ideas eran intermitentes, pues su ansiedad de gloria y su amor por una dama, ocupaban todavía sus pensamientos. Sin embargo, cuando volvía a abrir el libro de las vidas de los santos, comprendía la futilidad de la gloria mundana y presentía que sólo Dios podía satisfacer su corazón. Las fluctuaciones duraron algún tiempo. Ello permitió a Iñigo observar una diferencia: en tanto que los pensamientos que procedían de Dios le dejaban lleno de consuelo, paz y tranquilidad, los pensamientos mundanos le procuraban cierto deleite, pero no le dejaban sino amargura y vacío. Finalmente, resolvió imitar a los santos y empezó por hacer toda la penitencia corporal posible y llorar sus pecados.

Una noche, se le apareció la Madre de Dios, rodeada de luz y llevando en los brazos a Su Hijo. La visión consoló profundamente a Ignacio. Al terminar la convalescencia, hizo una peregrinación al santuario de Nuestra Señora de Montserrat, donde determinó llevar vida de penitente. El pueblecito de Manresa está a tres leguas de Montserrat. Ignacio se hospedó ahí, unas veces en el convento de los dominicos y otras en un hospicio de pobres. Para orar y hacer penitencia, se retiraba a una cueva de los alrededores. Así vivió durante casi un año, pero a las consolaciones de los primeros tiempos sucedió un período de aridez espiritual; ni la oración, ni la penitencia conseguían ahuyentar la sensación de vacío que encontraba en los sacramentos y la tristeza que le abrumaba. A ello se añadía una violenta tempestad de escrúpulos que le hacían creer que todo era pecado y le llevaron al borde de la desesperación. En esa época, Ignacio empezó a anotar algunas experiencias que iban a servirle para el libro de los «Ejercicios Espirituales». Finalmente, el santo salió de aquella noche oscura y el más profundo gozo espiritual sucedió a la tristeza. AqueIla experiencia dio a Ignacio una habilidad singular para ayudar a los escrupulosos y un gran discernimiento en materia de dirección espiritual. Más tarde, confesó al P. Laínez que, en una hora de oración en Manresa, había aprendido más de lo que pudiesen haberle enseñado todos los maestros en las universidades. Sin embargo, al principio de su conversión, Ignacio era tan ignorante que, al oír a un moro blasfemar de la Santísima Virgen, se preguntó si su deber de caballero cristiano no consistía en dar muerte al blasfemo, y sólo la intervención de la Providencia le libró de cometer ese crimen.

En febrero de 1523, Ignacio partió en peregrinación a Tierra Santa. Pidió limosna en el camino, se embarcó en Barcelona, pasó la Pascua en Roma, tomó otra nave en Venecia con rumbo a Chipre y de ahí se trasladó a Jaffa. Del puerto, a lomo de mula, se dirigió a Jerusalén, donde tenía el firme propósito de establecerse. Pero, al fin de su peregrinación por los Santos Lugares, el franciscano encargado de guardarlos le ordenó que abandonase Palestina, temeroso de que los mahometanos, enfurecidos por el proselitismo de Ignacio, le raptasen y pidiesen rescate por él. Por lo tanto, el joven renunció a su proyecto y obedeció, aunque no tenía la menor idea de lo que iba a hacer al regresar a Europa. En 1524, llegó de nuevo a España, donde se dedicó a estudiar, pues «pensaba que eso le serviría para ayudar a las almas». Una piadosa dama de Barcelona, llamada Isabel Roser, le asistió mientras estudiaba la gramática latina en la escuela. Ignacio tenía entonces treinta y tres años, y no es difícil imaginar lo penoso que debe ser estudiar la gramática a esa edad. Al principio, Ignacio estaba tan absorto en Dios, que olvidaba todo lo demás; así, la conjugación del verbo latino «amare» se convertía en un simple pretexto para pensar: «Amo a Dios. Dios me ama». Sin embargo, el santo hizo ciertos progresos en el estudio, aunque seguía practicando las austeridades y dedicándose a la contemplación y soportaba con paciencia y buen humor las burlas de sus compañeros de escuela, que eran mucho más jóvenes que él.

Al cabo de dos años de estudios en Barcelona, pasó a la Universidad de Alcalá a estudiar lógica, física y teología; pero la multiplicidad de materias no hizo más que confundirle, a pesar de que estudiaba noche y día. Se alojaba en un hospicio, vivía de limosna y vestía un áspero hábito gris. Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones de personas espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus reprensiones llenas de mansedumbre. En aquella época, había en España muchas desviaciones de la devoción. Como Ignacio carecía de ciencia y autoridad para enseñar, fue acusado ante el vicario general del obispo, quien le tuvo prisionero durante cuarenta y dos días, hasta que, finalmente, absolvió de toda culpa a Ignacio y sus compañeros, pero les prohibió llevar un hábito particular y enseñar durante los tres años siguientes. Ignacio se trasladó entonces con sus compañeros a Salamanca. Pero pronto fue nuevamente acusado de introducir doctrinas peligrosas. Después de tres semanas de prisión, los inquisidores le declararon inocente. Ignacio consideraba la prisión, los sufrimientos y la ignominia corno pruebas que Dios le mandaba para purificarle y santificarle. Cuando recuperó la libertad, resolvió abandonar España. En pleno invierno, hizo el viaje a París, a donde llegó en febrero de 1528. Los dos primeros años los dedicó a perfeccionarse en el latín, por su cuenta. Durante el verano iba a Flandes y aun a Inglaterra a pedir limosna a los comerciantes españoles establecidos en esas regiones. Con esa ayuda y la de sus amigos de Barcelona, podía estudiar durante el año. Pasó tres años y medio en el Colegio de Santa Bárbara, dedicado a la filosofía. Ahí indujo a muchos de sus compañeros a consagrar los domingos y días de fiesta a la oración y a practicar con mayor fervor la vida cristiana. Pero el maestro Peña juzgó que con aquellas prédicas impedía a sus compañeros estudiar y predispuso contra Ignacio al doctor Guvea, rector del colegio, quien condenó a Ignacio a ser azotado para desprestigiarle entre sus compañeros. Ignacio no temía al sufrimiento ni a la humillación, pero, con la idea de que el ignominioso castigo podía apartar del camino del bien a aquéllos a quienes había ganado, fue a ver al rector y le expuso modestamente las razones de su conducta. Guvea no respondió, pero tomó a Ignacio por la mano, le condujo al salón en que se hallaban reunidos todos los alumnos y le pidió públicamente perdón por haber prestado oídos, con ligereza, a los falsos rumores. En 1534, a los cuarenta y tres años de edad, Ignacio obtuvo el título de maestro en artes de la Universidad de París.

Por aquella época, se unieron a Ignacio otros seis estudiantes de teología: Pedro Fabro, que era saboyano; Francisco Javier, un navarro; Laínez y Salmerón, que brillaban mucho en los estudios; Simón Rodríguez, originario de Portugal y Nicolás Bobadilla. Movidos por las exhortaciones de Ignacio, aquellos fervorosos estudiantes hicieron voto de pobreza, de castidad y de ir a predicar el Evangelio en Palestina, o, si esto último resultaba imposible, de ofrecerse al Papa para que los emplease en el servicio de Dios como mejor lo juzgase. La ceremonia tuvo lugar en una capilla de Montmartre, donde todos recibieron la comunión de manos de Pedro Fabro, quien acababa de ordenarse sacerdote. Era el día de la Asunción de la Virgen de 1534. Ignacio mantuvo entre sus compañeros el fervor, mediante frecuentes conversaciones espirituales y la adopción de una sencilla regla de vida. Poco después, hubo de interrumpir sus estudios de teología, pues el médico le ordenó que fuese a tomar un poco los aires natales, ya que su salud dejaba mucho que desear. Ignació partió de París en la primavera de 1535. Su familia le recibió con gran gozo, pero el santo se negó a habitar en el castillo de Loyola y se hospedó en una pobre casa de Azpeitia.

Dos años más tarde, se reunió con sus compañeros en Venecia. Pero la guerra entre venecianos y turcos les impidió embarcarse hacia Palestina. Los compañeros de Ignacio, que eran ya diez, se trasladaron a Roma; Paulo III los recibió muy bien y concedió a los que todavía no eran sacerdotes el privilegio de recibir las órdenes sagradas de manos de cualquier obispo. Después de la ordenación, se retiraron a una casa de las cercanías de Venecia, a fin de prepararse para los ministerios apostólicos. Los nuevos sacerdotes celebraron la primera misa entre septiembre y octubre, excepto Ignacio, quien la difirió más de un año con el objeto de prepararse mejor para ella. Como no había ninguna probabilidad de que pudiesen trasladarse a Tierra Santa, quedó decidido finalmente que Ignacio, Fabro y Laínez irían a Roma a ofrecer sus servicios al Papa. También resolvieron que, si alguien les preguntaba el nombre de su asociación, responderían que pertenecían a la Compañía de Jesús (san Ignacio no empleó jamás el nombre de «jesuita», ya que originalmente fue éste un apodo más bien hostil que se dio a los miembros de la Compañía), porque estaban decididos a luchar contra el vicio y el error bajo el estandarte de Cristo. Durante el viaje a Roma, mientras oraba en la capilla de «La Storta», el Señor se apareció a Ignacio, rodeado por un halo de luz inefable, pero cargado con una pesada cruz. Cristo le dijo: Ego vobis Romae propitius ero (Os seré propicio en Roma). Paulo III nombró a Fabro profesor en la Universidad de la Sapienza y confió a Laínez el cargo de explicar la Sagrada Escritura. Por su parte, Ignacio se dedicó a predicar los Ejercicios y a catequizar al pueblo. El resto de sus compañeros trabajaba en forma semejante, a pesar de que ninguno de ellos dominaba todavía el italiano.

Ignacio y sus compañeros decidieron formar una congregación religiosa para perpetuar su obra. A los votos de pobreza y castidad debía añadirse el de obediencia para imitar más de cerca al Hijo de Dios, que se hizo obediente hasta la muerte. Además, había que nombrar a un superior general a quien todos obedecerían, el cual ejercería el cargo de por vida y con autoridad absoluta, sujeto en todo a la Santa Sede. A los tres votos arriba mencionados, se agregaría el de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. La obligación de cantar en común el oficio divino no existiría en la nueva orden, «para que eso no distraiga de las obras de caridad a las que nos hemos consagrado». La primera de esas obras de caridad consistiría en «enseñar a los niños y a todos los hombres los mandamientos de Dios». La comisión de cardenales que el Papa nombró para estudiar el asunto se mostró adversa al principio, con la idea de que ya había en la Iglesia bastantes órdenes religiosas, pero un año más tarde, cambió de opinión, y Paulo III aprobó la Compañía de Jesús por una bula emitida el 27 de septiembre de 1540. Ignacio fue elegido primer general de la nueva orden y su confesor le impuso, por obediencia, que aceptase el cargo. Empezó a ejercerlo el día de Pascua de 1541 y, algunos días más tarde, todos los miembros hicieron los votos en la basílica de San Pablo Extramuros.

Ignacio pasó el resto de su vida en Roma, consagrado a la colosal tarea de dirigir la orden que había fundado. Entre otras cosas, fundó una casa para alojar a los neófitos judíos durante el período de la catequesis y otra casa para mujeres arrepentidas. En cierta ocasión, alguien le hizo notar que la conversión de tales pecadoras rara vez es sincera, a lo que Ignacio respondió: «Estaría yo dispuesto a sufrir cualquier cosa por el gozo de evitar un solo pecado». Rodríguez y Francisco Javier habían partido a Portugal en 1540. Con la ayuda del rey Juan III, Javier se trasladó a la India, donde empezó a ganar un nuevo mundo para Cristo. Los padres Gonçalves y Juan Núñez Barreto fueron enviados a Marruecos a instruir y asistir a los esclavos cristianos. Otros cuatro misioneros partieron al Congo; algunos más fueron a Etiopía y a las colonias portuguesas de América del Sur. El Papa Paulo III nombró como teólogos suyos, en el Concilio de Trento, a los padres Laínez y Salmerón. Antes de su partida, san Ignacio les ordenó que visitasen a los enfermos y a los pobres y que, en las disputas se mostrasen modestos y humildes y se abstuviesen de desplegar presuntuosamente su ciencia y de discutir demasiado. Pero, sin duda que entre los primeros discípulos de Ignacio el que llegó a ser más famoso en Europa, por su saber y virtud, fue san Pedro Canisio, a quien la Iglesia venera actualmente como Doctor. En 1550, san Francisco de Borja regaló una suma considerable para la construcción del Colegio Romano. San Ignacio hizo de aquel colegio el modelo de todos los otros de su orden y se preocupó por darle los mejores maestros y facilitar lo más posible el progreso de la ciencia. El santo dirigió también la fundación del Colegio Germánico de Roma, en el que se preparaban los sacerdotes que iban a trabajar en los países invadidos por el protestantismo. En vida del santo se fundaron universidades, seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que san Ignacio echó los fundamentos de la obra educativa que había de distinguir a la Compañía de Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el tiempo.

En 1542, desembarcaron en Irlanda los dos primeros misioneros jesuitas, pero el intento fracasó. Ignació ordenó que se hiciesen oraciones por la conversión de Inglaterra, y entre los mártires de Gran Bretaña se cuentan veintinueve jesuitas. La actividad de la Compañía de Jesús en Inglaterra es un buen ejemplo del importantísimo papel que desempeñó en la contrarreforma. Ese movimiento tenía el doble fin de dar nuevo vigor a la vida de la Iglesia y de oponerse al protestantismo. «La Compañía de Jesús era exactamente lo que se necesitaba en el siglo XVI para contrarrestar la Reforma. La revolución y el desorden eran las características de la Reforma. La Compañía de Jesús tenía por características la obediencia y la más sólida cohesión. Se puede afirmar, sin pecar contra la verdad histórica, que los jesuitas atacaron, rechazaron y derrotaron la revolución de Lutero y, con su predicación y dirección espiritual, reconquistaron a las almas, porque predicaban sólo a Cristo y a Cristo crucificado. Tal era el mensaje de la Compañía de Jesús, y con él, mereció y obtuvo la confianza y la obediencia de las almas» (cardenal Manning). A este propósito citaremos las instrucciones que san Ignacio dio a los padres que iban a fundar un colegio en Ingolstadt, acerca de sus relaciones con los protestantes: «Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores». El santo escribió en el mismo tono a los padres Broet y Salmerón cuando se aprestaban a partir para Irlanda. Una de las obras más famosas y fecundas de Ignacio fue el libro de los «Ejercicios Espirituales». Empezó a escribirlo en Manresa y lo publicó por primera vez en Roma, en 1548, con la aprobación del Papa. Los Ejercicios cuadran perfectamente con la tradición de santidad de la Iglesia. Desde los primeros tiempos, hubo cristianos que se retiraron del mundo para servir a Dios, y la práctica de la meditación es tan antigua como la Iglesia. Lo nuevo en el libro de san Ignacio es el orden y el sistema de las meditaciones. Si bien las principales reglas y consejos que da el santo se hallan diseminados en las obras de los Padres de la Iglesia, san Ignacio tuvo el mérito de ordenarlos metódicamenle y de formularlos con perfecta claridad. El fin específico de los Ejercicios es llevar al hombre a un estado de serenidad y despego terrenal para que pueda elegir «sin dejarse llevar del placer o la repugnancia, ya sea acerca del curso general de su vida, ya acerca de un asunto particular. Así, el principio que guía la elección es únicamente la consideración de lo que más conduce a la gloria de Dios y a la perfección del alma». Como lo dice Pío XI, el método ignaciano de oración «guía al hombre por el camino de la propia abnegación y del dominio de los malos hábitos a las más altas cumbres de la contemplación y el amor divino».

La prudencia y caridad del gobierno de san Ignacio le ganó el corazón de sus súbditos. Era con ellos afectuoso como un padre, especialmente con los enfermos, a los que se encargaba de asistir personalmente procurándoles el mayor bienestar material y espiritual posible. Aunque san Ignacio era superior, sabía escuchar con mansedumbre a sus subordinados, sin perder por ello nada de su autoridad. En las cosas en que no veía claro se atenía humildemente al juicio de otros. Era gran enemigo del empleo de los superlativos y de las afirmaciones demasiado categóricas en la conversación. Sabía sobrellevar con alegría las críticas, pero también sabía reprender a sus súbditos cuando veía que lo necesitaban. En particular, reprendía a aquéllos a quienes el estudio volvía orgullosos o tibios en el servicio de Dios, pero fomentaba, por otra parte, el estudio y deseaba que los profesores, predicadores y misioneros, fuesen hombres de gran ciencia. La corona de las virtudes de san Ignacio era su gran amor a Dios. Con frecuencia repetía estas palabras, que son el lema de su orden: «A la mayor gloria de Dios». A ese fin refería el santo todas sus acciones y toda la actividad de la Compañía de Jesús. También decía frecuentemente: «Señor, ¿qué puedo desear fuera de Ti?» Quien ama verdaderamente no está nunca ocioso. San Ignacio ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. Tal vez se ha exagerado algunas veces el «espíritu militar» de Ignacio y de la Compañía de Jesús y se ha olvidado la simpatía y el don de amistad del santo por admirar su energía y espíritu de empresa.

Durante los quince años que duró el gobierno de san Ignacio, la orden aumentó de diez a mil miembros y se extendió en nueve países europeos, en la India y el Brasil. Como en esos quince años el santo había estado enfermo quince veces, nadie se alarmó cuando enfermó una vez más. Murió súbitamente el 31 de julio de 1556, sin haber tenido siquiera tiempo de recibir los últimos sacramentos. Fue canonizado en 1622, y Pío XI le proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros.

El amor de Dios era la fuente del entusiasmo de Ignacio por la salvación de las almas, por las que emprendió tantas y tan grandes cosas y a las que consagró sus vigilias, oraciones, lágrimas y trabajos. Se hizo todo a todos para ganarlos a todos y al prójimo le dio por su lado a fin de atraerlo al suyo. Recibía con extraordinaria bondad a los pecadores sinceramente arrepentidos; con frecuencia se imponía una parte de la penitencia que hubiese debido darles y los exhortaba a ofrecerse en perfecto holocausto a Dios, diciéndoles que es imposible imaginar los tesoros de gracia que Dios reserva a quienes se le entregan de todo corazón. El santo proponía a los pecadores esta oración, que él solía repetir: «Tomad, Señor y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad. Vos me lo disteis; a vos Señor, lo torno. Disponed a toda vuestra voluntad y dadme amor y gracia, que esto me hasta, sin que os pida otra cosa».

La publicación de Monumenta Historica Societatis Jesu ha puesto al alcance del público una inmensa cantidad de documentos. Ahí puede verse prácticamente todo lo que puede arrojar alguna luz sobre la vida del fundador de la orden. Particularmente importantes son los doce volúmenes de su correspondencia, tanto privada como oficial, y los memoriales de carácter personal que se han descubierto. Entre éstos se destaca el relato de su juventud, que san Ignacio dictó en sus últimos años, accediendo a los ruegos de sus hijos, a pesar de la repugnancia que ello le producía. Esa autobiografía está publicada en BAC. Es difícil recomendar qué bibliografía dejhar de la restante que trae Butler, ya que han pasado algunas décadas desde aquella publicaión y la actualidad, sin embargo, con esa limitación, copio los títulos que allí figuran, haciendo al salvedad de que seguramente hay estudios más actualizados sobre una personalidad tan relevante: La del P. de Ribadeneira [también editada en BAC] conserva su valor, ya que se trata de la apreciación personal de alguien que estuvo en contacto íntimo con el santo. El volumen I de la Historia de la Compañía de Jesús en la Asistencia de España (1902) del P, Astráin es prácticamente la historia de la carrera y actividades del fundador. El P. Astráin publicó, además, un valioso resumen biográfico. Las biografías del P. H. J. Pollea (1922) y de Christopher Hollis (1931), muy diferentes entre sí, son excelentes. El P. J. Brodrick, dice, refiriéndose a las biografías escritas por H. D. Sedgwick (1923) y P. van Duke (1926): «Esas dos obras son, con mucho, las mejores biografías de San Ignacio que los protestantes han escrito hasta la fecha; desde el punto de vista histórico, son muy superiores a muchas biografías católicas”».
Cuadros:
-Giacomo del Conte, retrato del santo pintado un día después de su muerte, actualmente en la Casa General de los jesuitas en Roma.
-Gian Lorenzo Bernini (1598 – 1680): Ignacio presentando al papa Pablo III la regla de la Orden, detrás de la Vice-Canciller del Papa, Alejandro Farnesio.
-Baciccio, Apoteosis de san Ignacio, aprox. 1685, Galleria Nazionale d’Arte Antica, Roma.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=2648

*EL MATRIMONIO” según el Derecho Canónico”

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El matrimonio según el Derecho Canónico

El papa Benedicto XV, en la fiesta de Pentecostés de año 1917, promulgaba el Código de  Derecho canónico, que recogía, por primera vez, todas las leyes y normas jurídicas eclesiásticas dispersas en varios decretos y decretales, entre las que se encontraban las referentes al matrimonio. Posteriormente, el papa Juan Pablo II, ante la necesidad de reformarlo y actualizarlo al espíritu de concilio Vaticano II,  el 25 de enero de 1983 promulgaba  el nuevo y actual Código de Derecho canónico que establece sobre el matrimonio: su definición, propiedades,  consentimiento de los cónyuges, esponsales, impedimentos que lo obstaculizan, causas y efectos de la nulidad y de la separación matrimonial y ciertos privilegios matrimoniales, a los que el Código civil de España da su eficacia civil plena según sus artículos 60 – 64.

 

Definición, Propiedades y Consentimiento del Matrimonio (cc. 1.055-1070).

 

El Derecho canónico  define el matrimonio: “Es la alianza por la cual el varón y la mujer constituyen entre si un consorcio de toda la vida ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la procreación y educación de la prole, elevado por Cristo a la dignidad de sacramento entre los bautizados”. Según dicho texto, el matrimonio es una alianza y un sacramento entre bautizados católicos.

Como alianza es un contrato institucional entre un hombre y una mujer para toda la vida ordenado naturalmente para el bien de los cónyuges y para procreación y educación de sus hijos. Como sacramento es un signo sensible cristiano que significa y da la gracia a los cónyuges bautizados para cumplir sus fines matrimoniales.

Sus propiedades son la unidad y la indisolubilidad. El matrimonio cristiano católico es monogámico, excluye el matrimonio plurigámico de un hombre con varias mujeres o de una mujer con varios hombres y el de personas del mismo (homosexuales y lesbianas) y no se puede disolver por el divorcio por ser el matrimonio una alianza personal y un consorcio natural para toda la vida.

El consentimiento matrimonial,  por el que el hombre y la mujer jurídicamente hábiles se entregan y se aceptan mutuamente  en alianza personal irrevocable como un consorcio para toda la vida, produce el matrimonio en virtud del principio consensus facit nupcias, que ningún poder humano puede suplir.

La promesa de matrimonio tanto unilateral como bilateral, llamada esponsales,  se rige por el derecho particular que haya establecido la Conferencia Episcopal teniendo en cuenta las costumbres y leyes civiles. No da derecho a pedir la celebración del matrimonio, pero sí al resarcimiento de daños causados u ocasionados.

El matrimonio se llama rato si es válido, rato y consumado si los cónyuges han realizado el acto conyugal, y putativo si el matrimonio  es inválido. En caso de dudas sobre la existencia  del matrimonio se ha de estar a favor de su validez, salvo prueba en contrario. El párroco debe hacer las debidas investigaciones establecidas por la Conferencia Episcopal examinando a los cónyuges y proclamando la celebración de su matrimonio con la finalidad de conocer si existe algún impedimento que lo obstaculice. Los fieles que conozcan algún impedimento tienen obligación de manifestarlo al párroco o al obispo de la diócesis.

 

Impedimentos Matrimoniales (c.1083 -1094)

 

El Derecho canónico impide el matrimonio a las personas por razones de edad, impotencia, ligamen, disparidad de cultos, orden, voto de castidad, rapto, crimen, consanguinidad, afinidad, pública honestidad y adopción.

Por edad, a los varones menores de dieciséis años y las mujeres menores de catorce años. Por impotencia del varón o de la mujer para realizar físicamente la cópula o el acto conyugal. Por anterior matrimonio, salvo que haya sentencia canónica de  su nulidad. Por disparidad de cultos entre una persona  bautizada en la Iglesia católica o recibida en su seno y  otra no bautizada.

Por razón del orden, a los varones que han recibido las órdenes sagradas de  episcopado, presbiterado y diaconado. Están excluidos los varones casados ordenados de diáconos. Por razón del voto, a las personas, hombres y mujeres, que estén vinculados por el voto perpetuo de castidad en un instituto religioso. Los eremitas, anacoretas, miembros de institutos seculares y de sociedades de vida apostólica no están sujetos a este impedimento.

Por  razón del rapto, al varón que rapta o retiene a una mujer contra su voluntad para contraer matrimonio con ella. Por razón del crimen, al que, con el fin de contraer matrimonio con una determinada persona, mata al cónyuge de ésta o su propio cónyuge. Por razón de consanguinidad en línea recta, a todos los ascendientes y descendientes entre sí en cualquier grado, sean legítimos o naturales; y en línea colateral, a todos los parientes hasta el cuarto grado inclusive.

Por razón de pública honestidad, al matrimonio inválido o en concubinato notorio o público en primer grado de línea recta entre el varón y las consanguíneas de la mujer o viceversa. Por razón de adopción, en línea recta entre los adoptantes y el adoptado y en segundo grado en línea colateral entre los hijos naturales y adoptados de aquellos.

Los impedimentos de impotencia natural y de consanguinidad en línea recta no son dispensables por prohibirlos el Derecho natural. Los  de orden y de voto perpetuo son dispensables por el Papa, y todos los demás son dispensables por el obispo diocesano.

 

Nulidad Matrimonial (cc.1095-1103)

 

El matrimonio según el Derecho canónico es nulo por falta del consentimiento matrimonial de los cónyuges, por el error acerca de la persona con la que se contrae matrimonio, por el engaño provocado para obtener el consentimiento acerca de la cualidad del otro contrayente que por su naturaleza puede perturbar gravemente el consorcio de vida conyugal, por contraer matrimonio bajo la condición de futuro y  por la violencia o miedo grave proveniente de una causa externa.

Carecen del consentimiento matrimonial: Quienes no tienen suficiente uso de razón, quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio sobre los derechos y deberes esenciales del matrimonio, quienes no pueden asumir las obligaciones del matrimonio debido a causas de naturaleza física (trastornos mentales), quienes ignoran que el matrimonio es un consorcio permanente entre un hombre y una mujer ordenado por naturaleza a la propagación de la prole mediante cierta cooperación sexual, y quienes excluyen con un acto positivo de la voluntad el matrimonio mismo o un elemento esencial del matrimonio  o una propiedad esencial.

 

La Separación Matrimonial (cc.1151-1155).

 

El cónyuge inocente tiene derecho a separarse del otro cónyuge por adulterio, siempre que sea sin su consentimiento ni sea motivado ni cometido ni perdonado expresa o tácitamente por él. Se presume que hay perdón, cuando pasan seis meses de convivencia conyugal sin que el cónyuge inocente acuda a la autoridad civil o eclesiástica. Asimismo, uno de los cónyuges tiene derecho a separarse del otro, si éste pone en grave peligro espiritual o corporal al otro cónyuge o a los hijos o hace  demasiada dura la vida en común.

Los efectos de la separación no afectan al vínculo matrimonial, pero afectan a la convivencia matrimonial, es decir, al lecho, mesa y habitación subsistiendo los deberes de los cónyuges en la sustentación y educación de los hijos.

 

Privilegios Matrimoniales (cc.1141-1150)

 

El matrimonio rato y consumado entre católicos no puede ser disuelto por nadie. Sin embargo, el Romano Pontífice por privilegio petrino puede disolver el matrimonio rato pero no consumado entre católicos y el matrimonio rato y consumado entre una parte bautizada y otra no bautizada.

Por Privilegio paulino (1Cor.7, 12-15), el Obispo diocesano puede disolver el matrimonio monogámico entre dos personas no bautizadas, siempre que una de ellas reciba el bautismo, y el matrimonio poligámico de un no bautizado casado con varias mujeres, siempre que él reciba el bautismo, elija una de las  mujeres y se case con ella. Asimismo, puede contraer nuevo matrimonio canónico el no bautizado que recibe el bautismo en la Iglesia católica y que por razones de cautividad o de persecución no le es posible restablecer la cohabitación con el otro cónyuge no bautizado.

La disolución canónica de dichos matrimonios presenta graves dificultades jurídicas y técnicas con el Código Civil. Sin embargo, el Estado Español les reconoce eficacia civil, siempre que se acomoden a dicho código, conforme al artículo 984 de la Ley de Enjuiciamiento Civil.

 

Eficacia civil de los Matrimonios Eclesiásticos (arts. 60- 64).

 

El Código civil de España establece: El matrimonio celebrado según  las normas del Derecho canónico o en cualquiera de las formas religiosas de las confesiones inscritas en el Registro de Entidades Religiosas en los términos acordados por el Estado producen efectos civiles. Para su pleno reconocimiento  será necesaria su inscripción en el Registro Civil, que se practicará con simple certificación de la Iglesia católica o confesión respectiva. Se denegará cuando  de  los documentos presentados o de los asientos del Registro Civil conste que el matrimonio no reúne los requisitos para su validez. El matrimonio no inscripto no perjudicará los derechos adquiridos de buena fe por terceras personas.

José Barros Guede.

A Coruña, 29 de julio del 2014

*SANTO DEL DÍA” San Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia” 30de julio

https://i2.wp.com/www.eltestigofiel.org/sys_imagenes/lectura/santoral/PedroCrisologo.jpg
fecha: 30 de julio
fecha en el calendario anterior: 4 de diciembre
n.: c. 380†: c. 450país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: J. Quasten: Patrología
San Pedro, «Crisólogo» de sobrenombre, obispo de Rávena y doctor de la Iglesia, que, habiendo recibido el nombre del santo apóstol , desempeñó su ministerio tan perfectamente que consiguió captar a multitudes en la red de su celestial doctrina y las sació con la dulzura de su palabra. Su tránsito tuvo lugar el día treinta y uno de este mes en Imola, en la región de Emilia Romagna.
patronazgo: protector contra la fiebre y la rabia.
refieren a este santo: San Apolinar de Rávena
oración:

Señor Dios, que hiciste de tu obispo san Pedro Crisólogo un insigne predicador de la Palabra encarnada, concédenos, por su intercesión, guardar y meditar en nuestros corazones los misterios de la salvación y vivirlos en la práctica con fidelidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

La vida de Pedro, arzobispo de Rávena, llamado «Crisólogo» (es decir: de palabra áurea, de excelente predicación) desde el siglo IX, es mal conocida. De él habla el Liber Pontificalis y una biografía poco de fiar, obra de Agnello de Ravena (siglo IX). Por estas fuentes y por lo que de su obra se deduce, sabemos que Pedro nació en Imola hacia el 380, fue nombrado metropolita de Rávena entre el 425 y el 429 (ciertamente, antes del 431, fecha de una carta que le escribe Teodoreto), estuvo presente el 445 al fallecimiento de san Germán de Auxerre y tres o cuatro años después escribió a Eutiques, presbítero de Constantinopla, que había recurrido a él después de su condenación por obra de Flaviano, invitándolo a someterse a las decisiones de León, obispo de Roma, «quoniam beatus Petrus, qui in propia sede et vivit et praesidet, praestat quarentibus fidei vertiatem» (Ep ad Eutychen: PL 54,743: «Porque el bienaventurado Pedro, que en su sede vive y preside, otorga la verdad de la fe a los que buscan.»). Falleció entre el 449 y el 458 (fecha de una carta de León a su sucesor Neón), probablemente, el 3 de diciembre del 450, quizás en Imola [aunque en al actualidad se tiende a considerar como fecha más probable el 31 de julio].

Gracias a las pacientes investigaciones de A. Olivar, hoy es posible conocer con exactitud la producción auténtica de Pedro Crisólogo, que comprende una carta (ya mencionada), 168 sermones de la Collectio Feliciana (siglo VIII) y 15 «extravagantes» (escritos no clasificados). Otros escritos, como el célebre Rollo de Rávena, colección de oraciones de preparación a la Navidad (s. VII), no pueden ser tenidos por auténticos. Los sermones, a los que Pedro debe su celebridad, se distinguen por la esmerada preparación de un orador dotado de una cultura discreta y por el calor humano y el fervor divino de un santo varón. La condición peculiar de Rávena, sede de la corte imperial y ciudad marinera, explica la frecuencia de ejemplos tomados de la vida de la corte y de la vida militar y marinera, aunque no faltan ejemplos de la vida rural. «Entre los escritores del siglo V, pocos superan a Pedro Crisólogo en elegancia», en sus sermones nos ha legado «páginas de genuina elocuencia, enérgica y eficaz» (Moricca).

El contenido de los sermones es variado, muchos son homilías sobre textos evangélicos, otros, sobre San Pablo, los Salmos, el símbolo bautismal, el padrenuestro o en conmemoración de santos y exhortaciones a la penitencia. Pedro Crisólogo, comentando la Biblia o exponiendo los temas que le sugerían las celebraciones litúrgicas, documenta ampliamente las inquietudes teológicas de su época. Su predicación, en efecto, no refleja sólo la doctrina latina sobre la encarnación como se profesaba entre Éfeso y Calcedonia, sino que es, asimismo, testimonio de la postura católica en las cuestiones sobre la gracia y la vida cristiana. Cuando reconoce claramente el primado del obispo de Roma (además de la carta a Eutiques, cf Serm 78), Pedro es, sin duda, portavoz del sentir común de los obispos de Italia. Su considerable actividad como predicador nos ha legado una documentación inestimable sobre la liturgia de Rávena y sobre la cultura de esa ciudad, etapa obligada entre Roma y el norte de Italia. Ningún obispo de su tiempo nos ha facilitado un cuadro tan completo de la celebración del año litúrgico. Por su actitud contra la resistencia que aún oponía el paganismo en su agonía y por su polémica contra la comunidad judia de su ciudad, Pedro Crisólogo representa la actitud pastoral del episcopado de la Iglesia imperial de su tiempo. Fue declarado Doctro de la Iglesia por SS. Benedicto XIII en 1729.

Artículo, con muy pocos cambios, tomado del tomo III del Curso de Patrología de Quasten-Di Berardino, BAC, 1981, pág 701-2; ver amplia bibliografía allí mismo. En el Oficio de Lecturas, a lo largo del año, se utilizan muchos textos del santo, sirvan estos tres como muestra de su pensamiento y estilo: Martes de la IV de Pascua, Sábado, XXIX semana del Tiempo Ordinario, en la celebración de su memoria.

fuente: J. Quasten: Patrología

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ingreso o última modificación relevante: ant 2012
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=2633

*MISA EN LATÍN- Alberto Soria, OSB: «”Summorum Pontificum” debe interpretarse en sentido favorable a los fieles»

https://i0.wp.com/www.religionenlibertad.com/imagenes/fotosdeldia/18412_el_cardenal_canizares_celebro_misa_tradicional_en_la_basilica_de_san_pedro_el_3_de_noviembre_de_2012_.jpg

El cardenal Cañizares celebró misa tradicional en la Basílica de San Pedro el 3 de noviembre de 2012.

Actualizado 29 julio 2014

Se cumplen siete años del motu proprio Summorum Pontificum, que promulgó el Papa Benedicto XVI el 7 de julio de 2007 para liberalizar en toda la Iglesia latina el misal de 1962. Esto es, para permitir sin restricciones a los sacerdotes el uso del misal de 1962, última edición de San Juan XXIII para un rito codificado por San Pío V pero que se remonta, como apunta el cardenal Antonio Cañizares, a San Gregorio Magno.

Coincidiendo con este aniversario se ha publicado un libro que profundiza en la naturaleza teológica y canónica de dicho texto legislativo. Se trata de Los principios de interpretación del motu proprio Summorum Pontificum, tesis doctoral del padre Alberto Soria Jiménez, OSB, defendida el 29 de mayo de 2013 para la obtención del título de doctor por la Universidad de San Dámaso. Como anticipó ReL, ha sido prologada por el cardenal Antonio Cañizares, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (pincha aquí para leer el prólogo en su integridad), quien señala que se trata de una “gran obra de investigación que va a prestar un servicio importante a la reconciliación litúrgica y, en consecuencia, a la nueva evangelización y a la unidad cada día mayor, real y efectiva, en el seno de la Iglesia”.

El padre Soria, monje sacerdote de la Abadía benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, profundiza en la naturaleza teológica del motu proprio y en su significación litúrgica bajo el principio lex orandi, lex credendi [la ley de la oración es la ley de la fe], pero comenzamos interrogándole sobre su alcance canónico.

-Si la misa tradicional nunca fue abrogada, ¿cuál fue su situación jurídica entre 1969, cuando se promulga el nuevo misal, y 2007?
-El teólogo Yves Congar ya precisó que no estaba abrogada, sino autorizada para los sacerdotes de edad en la celebración privada.

-¿Y en el resto de casos?
-Desde 1984 hasta Summorum Pontificum, las normas sobre la celebración con el misal de 1962, ya de por sí restrictivas, en la práctica se aplicaban con frecuencia más que restrictivamente.

-¿Por qué da marcha atrás Benedicto XVI?
-Benedicto XVI no pretende desautorizar a sus predecesores ni sanar una situación irregular y ni siquiera cambiar la ley. A mi parecer, Benedicto XVI sutilmente expresa, en la carta a los obispos que acompaña a Summorum Pontificum, que mantiene su criterio en cuanto a que el misal de 1962 no se ha abrogado nunca: “En el momento de la introducción del nuevo misal”, dice, “no pareció necesario promulgar normas propias para el posible uso del misal anterior”.

-¿Considera entonces Benedicto XVI que la misa antigua nunca fue abrogada?
-En esta cuestión coincido con el autor francés Christophe Geffroy, que estima que la afirmación de Benedicto XVI de que “este misal no ha sido nunca jurídicamente abrogado y por consiguiente, en principio, ha quedado siempre permitido”, debe entenderse “jurídicamente, porque ha sido completamente «prohibido» de hecho… «En principio» da a entender que este misal no ha quedado siempre «permitido» de hecho. En la práctica, desde 1970 todo ha sucedido como si la antigua forma litúrgica del rito romano de facto no haya sido formalmente abrogada pero sí prohibida… Y el sutilmente añadido «en principio» va en el mismo sentido, se sobreentiende que la prohibición fáctica no era normal”.

-¿Cómo cambia esto Summorum Pontificum?
Summorum Pontificum declara ese statu quo: no se requiere ningún permiso, porque el misal de 1962 no se ha prohibido y por eso es posible celebrar la misa según el mismo.

-¿Cuál es el fundamento teológico de esa afirmación canónica?
-A mi juicio resulta esencial una frase de Benedicto XVI, la única de la carta a los obispos que acompaña a Summorum Pontificum que ha sido reiterada en la instrucción Universae Ecclesiae de 2011 y que evoca formulaciones muy similares de Joseph Ratzinger: “Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido”.

-Con todo, usted sitúa Summorum Pontificum más allá de la disyuntiva canónica y de la dialéctica preceptuar/autorizar/prohibir…
-En mi opinión, cuando Benedicto XVI afirma que el Misal Romano de 1962 “no se ha abrogado nunca”, utiliza “abrogación” en sentido canónico, pues en caso contrario no habría mencionado que “no ha sido nunca jurídicamente abrogado y por consiguiente, en principio, ha quedado siempre permitido”. Pero lo hace en un contexto eclesiológico, como conclusión de una toma de posición teológica muy estrechamente relacionada con lo que él llama la hermenéutica de la renovación en la continuidad.

-¿En qué sentido?
-La liturgia, y máxime un misal con tantos siglos a su espalda, no es un coto en el que un Papa pueda resolver a su antojo. Los textos litúrgicos tienen un peso teológico muy decisivo: por ser lex orandi (lo que se ha de rezar) son a su vez lex credendi (lo que se ha de creer), forman parte del magisterio de la Iglesia.

-Van, pues, más allá del puro derecho canónico…
-Benedicto XVI elude inútiles disquisiciones sobre los documentos precedentes y no enfoca apriorísticamente la liturgia desde una terminología positivista, para no desorbitar los problemas técnicos ni convertirlos en cuestiones formales. Benedicto XVI no reescribe la historia del rito romano, sino que fundamenta Summorum Pontificum en una perspectiva canónico-litúrgico-intraeclesial mucho más amplia que el positivismo de prohibición o de permiso en el que se situaban los documentos precedentes.

-¿Podríamos resumir diciendo que estamos ante un acto jurídico del Joseph Ratzinger teólogo?
-En Summorum Pontificum, con el instrumento canónico del motu proprio, Benedicto XVI soluciona un problema pastoral y eclesial y responde a un interrogante teológico, saliendo así del círculo vicioso del positivismo litúrgico de unos y de otros. La solución aportada por Summorum Pontificum, sólidamente fundamentada en principios teológicos perennes, sitúa definitivamente a la “cuestión litúrgica” al margen del subjetivismo que la ha caracterizado durante casi medio siglo. Benedicto XVI, plenamente consciente del grave problema del positivismo litúrgico, quiere evitar que la liturgia católica se homologue así con el planteamiento crítico del jurista alemán Julius von Kirchmann, quien afirmó que “tres palabras rectificadoras del legislador convierten bibliotecas enteras en basura”.

-¿Hubo, pues, algo más que dar respuesta a problemáticas concretas (grupos Ecclesia Dei, Hermandad de San Pío X)?
-El número 8 de la instrucción Universae Ecclesiae de 2011 explicita los tres objetivos de Summorum Pontificum en el orden de prelación perseguido por Benedicto XVI. Primero, ofrecer a todos los fieles el Usus Antiquior de la liturgia romana, considerada un tesoro precioso que debe conservarse. Segundo, garantizar y asegurar realmente el uso de la liturgia romana vigente en el año 1962 a quienes lo pidan, considerando que es una facultad concedida para el bien de los fieles y que por lo tanto, debe interpretarse en sentido favorable a los fieles, que son sus principales destinatarios. Tercero, favorecer la reconciliación en el seno de la Iglesia.

-Estas intenciones del Papa no cogían de sorpresa…
-Así lo había ya anticipado, con anterioridad a Universae Ecclesiae, el cardenal Antonio Cañizares en su prólogo a la edición española del libro de Nicola Bux La reforma de Benedicto XVI. La liturgia, entre la innovación y la tradición.

-Y usted cita una carta de 1976 en la que un Joseph Ratzinger que aún es solo sacerdote plantea lo que plasmó como Papa treinta años después…
-La carta fue publicada íntegramente en italiano en 1984. Los fragmentos más seguros y pertinentes para el tema son los publicados por el profesor Wolfgang Waldstein, destinatario de esta carta privada.

-Indudablemente la perspectiva de la misa tradicional cambia entre los pontificados de Pablo VI y Juan Pablo II. ¿En qué medida se debe a la cercanía de Ratzinger al Papa Karol Wojtyla, y en qué medida al interés autónomo de éste?
-Es probable que no intercambiaran muchas informaciones sobre esta cuestión hasta que San Juan Pablo II lo nombró prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe el 25 de noviembre de 1981. El interés del cardenal Joseph Ratzinger por el tema consta al menos desde la mencionada carta de 1976. Por su parte, San Juan Pablo II expresó en la carta Dominicae cenae a los obispos de la Iglesia sobre el misterio y el culto de la eucaristía: “No faltan, sin embargo, quienes, educados todavía según la antigua liturgia en latín, sienten la falta de esta «lengua única»… Hay que demostrar, pues, no solamente comprensión, sino también pleno respeto hacia estos sentimientos y deseos y, en cuanto sea posible, secundarlos, como se prevé además en las nuevas disposiciones”.

-¿A qué disposiciones aludía?
-Probablemente estuvo previsto que apareciera en 1980 un documento que autorizase el misal anterior, quizá junto con la carta Dominicae cenae. Ese mismo año, cuatro meses después de la publicación de la carta, el cardenal Robert Knox, prefecto de la Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, envió una encuesta sobre la celebración “según el antiguo rito” a los ordinarios del lugar de rito latino.

-¿Por qué, siete años después de Summorum Pontificum, muchas diócesis todavía consideran que se trata de un indulto, de una gracia que hay que pedir, y no un derecho que se puede exigir?
-Benedicto XVI quiere que dicho derecho no se convierta en un arma arrojadiza contra la autoridad de los obispos y párrocos. Benedicto XVI anhela una concordia iluminada por los fundamentos teológicos de la liturgia y del magisterio e invita a la caridad y comprensión de la función de la jerarquía y del derecho de todos a disfrutar del tesoro inestimable de ambas formas del rito romano sin impedimentos caprichosos. La visión de Benedicto XVI sobre la liturgia y el magisterio de la Iglesia es tan elevada que no caben en ella las banderías y utilitarismos con que a veces se los quiere rebajar. La suya no es una intervención de “ordeno y mando”.

-Pero ¿por qué algo que fue siempre tan claro para Joseph Ratzinger no lo es para tanto para una buena parte de los obispos del mundo?
-El cardenal Joseph Ratzinger afirmó en una ocasión que los obispos “han tenido una formación, una educación que les hace ver la cuestión como una cuestión zanjada, porque representa una amenaza contra la unidad y sobre todo contra un concilio ecuménico que tiene el derecho de ser aceptado con obediencia por todos los fieles… Hay, por tanto que despertar al corazón y la razón del sueño de la realización del concilio, ayudar a los sacerdotes y obispos de buena voluntad para que vean que celebrar la liturgia siguiendo los viejos textos no significa oscurantismo”.

-Volvemos a su célebre hermenéutica de la continuidad…
-Benedicto XVI trata de sanear, con una visión mucho más profunda, una situación eclesial de confusión, dado que muchos sacerdotes y fieles que no habían tenido acceso a una formación litúrgica de gran calado andaban perdidos entre los dardos que se cruzaban en todas direcciones.

Fuente Carmelo López-Arias / ReL

*TESTIMONIO”Periodista musulmana iraquí: “yo no callaré frente a la injusticia contra los cristianos”

http://www.aleteia.org/image/es/article/periodista-musulmana-iraqui-yo-no-callare-frente-a-la-injusticia-contra-los-cristianos-5857175331143680/dalia-al-aqidi_es/topic

© AnchorWomen اعلاميات العراق / Facebook

“Todos somos cristianos”, este es el título de una campaña lanzada por la periodista iraquí Dalia Al Aqidi, de religión islámica, para expresar su contrariedad ante lo que están sufriendo los cristianos de Mosul, reporta la edición árabe de Aleteia.

Entrevistada por el diario libanés “Annahar”, la periodista había declarado su decisión de llevar la cruz mientras presentaba el telediario,  explicando su gesto con estas palabras: “El pluralismo religioso fue lo que hizo de Irak la cuna de la civilización, de la ciencia y de la cultura”.

Al Aqidi se pregunta:  “¿qué beneficios tendrían la historia y la civilización si estuviéramos volviendo atrás al oscurantismo? Los cristianos son el pueblo de esta tierra, y no podemos ir adelante sin ellos o sin cualquier otro componente de Irak”.

Después dirigió sus palabras contra “quienes acusan a los demás de infidelidad, sois vosotros los no creyentes, los apóstatas, los politeístas, vosotros cortadores de cabezas. Yo soy un simple ser humano que defende los derechos de los hijos de su país sean quienes sean”.

La periodista musulmana concluye: “La nuestra es una religión de tolerancia, y ese fascismo islamista político ha llevado a los musulmanes moderados como a avergonzarse de su religión. El miedo ha llevado a muchos al silencio, pero yo no me callaré frente a esta injusticia”.

sources: Aleteia