*AUDIENCIA GENERAL “Audiencia General del Papa: “Miserere, confiemos en el perdón y la misericordia de Dios”

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(RV).- “Quien ora con este Salmo busca el perdón, confiesa su propia culpa, pero reconociéndola celebra la justicia y la santidad de Dios. Y luego pide todavía gracia y misericordia”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del último miércoles de marzo, la importancia de la misericordia en el Antiguo Testamento.

Continuando su ciclo de catequesis sobre la misericordia en la Sagrada Escritura, el Obispo de Roma meditó el Salmo 51, llamado Miserere. “Se trata de una oración penitencial en la cual la súplica de perdón es precedida por la confesión de la culpa – afirmó el Pontífice – y en la cual el orante, dejándose purificar por el amor del Señor, se convierte en una nueva creatura, capaz de obediencia, de firmeza de espíritu, y de alabanza sincera”.

Recordando los hechos de la historia del rey David y su pecado con Betsabé, precisó el Papa que es el profeta Natán quien le revela su culpa y lo ayuda a reconocerlo. Por ello, “quien ora con este Salmo – señaló el Santo Padre – está invitado a tener los mismos sentimientos de arrepentimiento y de confianza en Dios que tuvo David cuando se arrepintió, y se humilló si tener temor de confesar su culpa y mostrar su propia miseria al Señor, pero convencido de la certeza de su misericordia”.

Este salmo, dijo el Obispo de Roma, es una invocación dirigida al Dios de misericordia. Es un llamado a Dios, el único que puede liberar del pecado. En esta oración, agregó el Papa, se manifiesta la verdadera necesidad del hombre: “la única cosa de la cual tenemos verdaderamente necesidad en nuestra vida es aquella de ser perdonados, liberados del mal y de sus consecuencias de muerte”.

“En este sentido, precisa el Sucesor de Pedro, quien ora con este Salmo busca el perdón, confiesa su propia culpa, pero reconociéndola celebra la justicia y la santidad de Dios. Y luego pide todavía gracia y misericordia. El salmista confía en la bondad de Dios, sabe que el perdón divino es sumamente eficaz, porque crea lo que dice. No esconde el pecado, sino lo destruye y lo borra. Por eso el penitente se hace puro, toda mancha es eliminada y él ahora es más blanco que la nieve incontaminada”.

Texto y audio completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Terminamos hoy las catequesis sobre la misericordia en el Antiguo Testamento, y lo hacemos meditando el Salmo 51, llamado Miserere. Se trata de una oración penitencial en la cual la súplica de perdón es precedida por la confesión de la culpa y en la cual el orante, dejándose purificar por el amor del Señor, se convierte en una nueva creatura, capaz de obediencia, de firmeza de espíritu, y de alabanza sincera.

El “título” que la antigua tradición judía ha puesto a este Salmo hace referencia al rey David y a su pecado con Betsabé, la mujer de Urías el Hitita. Conocemos bien los hechos. El rey David, llamado por Dios a pastorear el pueblo y a guiarlo por caminos de obediencia a la Ley divina, traiciona su propia misión y, después de haber cometido adulterio con Betsabé, manda asesinar al marido. ¡Un horrible pecado! El profeta Natán le revela su culpa y lo ayuda a reconocerlo. Es el momento de la reconciliación con Dios, en la confesión del propio pecado. ¡Y en esto David ha sido humilde, ha sido grande!

Quien ora con este Salmo está invitado a tener los mismos sentimientos de arrepentimiento y de confianza en Dios que tuvo David cuando se había arrepentido y, a pesar de ser rey, se ha humillado sin tener temor de confesar su culpa y mostrar su propia miseria al Señor, pero convencido de la certeza de su misericordia. ¡Y no era un pecado, una pequeña mentira, aquello que había hecho; había cometido adulterio y un asesinato!

El Salmo inicia con estas palabras de súplica: «¡Ten piedad de mí, oh Dios, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! – se siente pecador – ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado!» (vv. 3-4).

La invocación está dirigida al Dios de misericordia porque, movido por un amor grande como aquel de un padre o de una madre, tenga piedad, es decir, hace una gracia, muestra su favor con benevolencia y comprensión. Es un llamado a Dios, el único que puede liberar del pecado. Son usadas imágenes muy plásticas: borra, lávame, purifícame. Se manifiesta, en esta oración, la verdadera necesidad del hombre: la única cosa de la cual tenemos verdaderamente necesidad en nuestra vida es aquella de ser perdonados, liberados del mal y de sus consecuencias de muerte. Lamentablemente, la vida nos hace experimentar muchas veces estas situaciones; y sobre todo en ellas debemos confiar en la misericordia. Dios es más grande de nuestro pecado. No olvidemos esto: Dios es más grande de nuestro pecado. “Padre yo no lo sé decir, he cometido tantos graves, tantos” Dios es más grande de todos los pecados que nosotros podamos cometer. Dios es más grande de nuestro pecado. ¿Lo decimos juntos? Todos. “¡Dios – todos juntos – es más grande de nuestro pecado! Una vez más: “Dios es más grande de nuestro pecado”. Una vez más: “Dios es más grande de nuestro pecado”. Y su amor es un océano en el cual podemos sumergirnos sin miedo de ser superados: perdonar para Dios significa darnos la certeza que Él no nos abandona jamás. Cualquier cosa podamos reclamarnos, Él es todavía y siempre más grande de todo (Cfr. 1 Jn 3,20) porque Dios es más grande de nuestro pecado.

En este sentido, quien ora con este Salmo busca el perdón, confiesa su propia culpa, pero reconociéndola celebra la justicia y la santidad de Dios. Y luego pide todavía gracia y misericordia. El salmista confía en la bondad de Dios, sabe que el perdón divino es sumamente eficaz, porque crea lo que dice. No esconde el pecado, sino que lo destruye y lo borra; pero lo borra desde la raíz no como hacen en la tintorería cuando llevamos un vestido y borran la mancha. ¡No! Dios borra nuestro pecado desde la raíz, ¡todo! Por eso el penitente se hace puro, toda mancha es eliminada y él ahora es más blanco que la nieve incontaminada. Todos nosotros somos pecadores. ¿Y esto es verdad? Si alguno de ustedes no se siente pecador que alce la mano. Ninguno, ¡eh! Todos lo somos.

Nosotros pecadores, con el perdón, nos hacemos creaturas nuevas, rebosantes de espíritu y llenos de alegría. Ahora una nueva realidad comienza para nosotros: un nuevo corazón, un nuevo espíritu, una nueva vida. Nosotros, pecadores perdonados, que hemos recibido la gracia divina, podemos incluso enseñar a los demás a no pecar más. “Pero Padre, yo soy débil: yo caigo, caigo”, ¡pero si tú caes, levántate! Cuando un niño cae, ¿Qué hace? Levanta la mano a la mamá, al papá para que lo levanten. Hagamos lo mismo. Si tú caes por debilidad en el pecado, levanta la mano: el Señor la toma y te ayudará a levantarte. Esta es la dignidad del perdón de Dios. La dignidad que nos da el perdón de Dios es aquella de levantarnos, ponernos siempre de pie, porque Él ha creado al hombre y a la mujer para estar en pie.

Dice el Salmista: «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu. […] Yo enseñaré tu camino a los impíos y los pecadores volverán a ti» (vv. 12.15).

Queridos hermanos y hermanas, el perdón de Dios es aquello de lo cual todos tenemos necesidad, y es el signo más grande de su misericordia. Un don que todo pecador perdonado es llamado a compartir con cada hermano y hermana que encuentra. Todos aquellos que el Señor nos ha puesto a nuestro alrededor, los familiares, los amigos, los compañeros, los parroquianos… todos son, como nosotros, necesitados de la misericordia de Dios. Es bello ser perdonados, pero también tú, si quieres ser perdonado, perdona también tú. ¡Perdona! Que nos conceda el Señor, por intercesión de María, Madre de misericordia, ser testigos de su perdón, que purifica el corazón y transforma la vida. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

 

* PERSECUCION RELIGIOSA”La declaración de USA sobre el «genocidio» de los cristianos en Oriente Medio”

https://i0.wp.com/www.fides.org/app/webroot/files/appendeds/13/primopiano_1342.jpgObispo sirio-católico: la declaración de USA sobre el «genocidio» de los cristianos en Oriente Medio es «una operación geopolítica instrumental»

El camino que ha llevado a la administración estadounidense a reconocer como “genocidio” la violencia perpetrada por el Estado Islámico contra los cristianos, es “una operación geopolítica” que “instrumentaliza la categoría de genocidio para sus propios intereses”. Con estas palabras, el arzobispo sirio Jacques Behnan Hindo, cabeza de la Archieparquía siro-católica de Hassaké-Nísibis, comenta con la Agencia Fides, las declaraciones realizadas ayer por el secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, en respuesta a la movilización de los grupos y las siglas que llevan tiempo instando a la leadership estadounidense para que aplique la definición de “genocidio” a las diversas formas de brutalidad y opresión realizadas por militantes del auto-proclamado califato islámico contra los cristianos y otros grupos minoritarios.

“A mi juicio”, dijo Kerry ayer, secundando las demandas planteadas por una amplia red de organizaciones y grupos, “Daesh  es responsable por genocidio contra grupos en las áreas bajo su control, incluyendo a yazidíes, cristianos y musulmanes chiitas. Daesh – añadió Kerry – es genocida por autodefinición, por ideología, y por sus acciones, en lo que dice, por lo que cree y por lo hace”.Según el arzobispo Hindo, que lleva a cabo su trabajo pastoral en las zonas más conflictivas de Siria nororiental, “la proclamación del genocidio se realiza orientando la atención hacia el Daesh y censurando toda la complicidad y los procesos histórico-políticos que llevaron a la creación del monstruo yihadista, desde la guerra librada en Afganistán contra los soviéticos mediante el apoyo a los grupos islamitas armados. Se quiere borrar de un golpe todos los factores extraños que dieron lugar a la aparición repentina y anómala del Daesh. Mientras que sólo hasta hace poco, Turquía y Arabia presionaban – Países aliados de los Estados Unidos – para que los yihadistas de Al-Nusra tomasen distancia de la red de al Qaeda, con el fin de ser clasificados y tal vez incluso ayudados por Occidente como ‘rebeldes moderados’…”

“En opinión del arzobispo sirio-católico de Hassaké-Nísibis, la “declaración de genocidio contra los cristianos” por parte de la Administración de los Estados Unidos es un intento de recuperar terreno, ante el aumento de prestigio de Rusia entre los pueblos de Oriente Medio: “la intervención rusa en Siria”, dice el Arzobispo “ha aumentado la autoridad de Moscú en un amplio sector de los pueblos de Oriente Medio, no sólo entre los cristianos. Los círculos de poder de los EE.UU. temen esto, y por ello han decidido jugar la carta de la protección de los cristianos. Parece que estamos de vuelta al siglo XIX, cuando la protección de los cristianos de Oriente Medio era un instrumento de las operaciones geopolíticas para aumentar la influencia en la región”.Según el arzobispo, entrevistado por la Agencia Fides, también es engañoso presentar a los cristianos como las víctimas exclusivas o prioritarias del Daesh: “Esos locos” señala Mons Hindo “matan a chiítas, alawitas y también a todos los sunitas que no se someten a ellos. De los 200 mil muertos en el conflicto sirio, los cristianos representan una mínima parte. Y repito, en ciertos casos a los cristianos se les permite escapar o pagar la cuota de sumisión, mientras que para los no cristianos sólo queda la muerte”.

fuente: Fides

* VERDADES ¿Los testimonios de la resurrección son históricamente creíbles?

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Varios detalles indican que si los apóstoles hubieran “inventado” la resurrección, lo habrían hecho mejor…

El descubrimiento de la tumba vacía y las apariciones de Jesús se anunciaron en público menos de dos meses después de su muerte, cuando muchos en Jerusalén podrían haber desmentido los hechos.

Como primeros testigos se indica a las mujeres, cuyo testimonio para el derecho judío no tenía valor.

Y, finalmente, unos hombres miedosos y recalcitrantes se lanzaron como un Big Bang por las carreteras del Imperio para anunciarlo, jugándose la vida.

Si todo hubiera sido un invento, ¿no podrían haberlo hecho mejor?

Partimos del punto de que la resurrección de Jesús no es un dato “científico” incontrovertible: creer en ella es siempre, en último término, un acto de fe. Ahora bien, los testimonios sobre ella, ¿son creíbles históricamente?

Mujeres…

Quizás el dato, curiosamente, más fiable para considerar la resurrección como un hecho histórico, es el papel central de las mujeres – en particular de María Magdalena –, que para el derecho judío de la época, no tenían ningún valor como testigos.

El judaísmo de la época de Jesús estaba embebido de “machismo”. Y de hecho, el retrato de la mujer que surge de la Biblia no es muy confortante. En el libro de los Proverbios, por ejemplo, se pone de relieve su naturaleza maniática, pendenciera, lunática y melancólica.

Más aún, en las Antigüedades Judías, el historiador judío del siglo I Flavio Josefo escribe que “los testimonios de mujeres no valen y no son escuchados entre nosotros, a causa de la ligereza y de la insolencia de ese sexo”.

Así que no es históricamente plausible que los evangelistas, en el intento de inventar con garantías una leyenda, hayan indicado precisamente a las mujeres como testigos privilegiados del sepulcro vacío de Jesús y de sus primeras apariciones cuando, en la sociedad judía del siglo I, no podían dar testimonio.

Podrían haberles desmentido

Los apóstoles anunciaron públicamente el descubrimiento de la tumba vacía y los encuentros con el Resucitado a poca distancia de la muerte de Jesús, cuando muchos testigos aún vivos en Jerusalén habrían podido desmentirles.

Además, otra prueba de la credibilidad de las fuentes escritas que han llegado a nosotros es que ningún evangelista, ni ninguna otra fuente del nuevo testamento, narra la forma como sucedió la resurrección.

Sólo lo hace el llamado Evangelio de Pedro, un escrito apócrifo – por tanto, no forma parte de la Biblia – en el que se encuentra el relato más antiguo que conocemos sobre este tema, y que presumiblemente fue redactado en Siria, hacia la mitad del siglo II.

Los primeros seguidores de Jesús eran sobre todo pescadores, encarnaban bien la mentalidad semítica de entonces, no eran visionarios, necesitaban pruebas tangibles y no promesas vanas. Y la Biblia, cuando habla de las manifestaciones de Jesús resucitado, recalcan el carácter de experiencias concretas, de encuentros reales.

Según los Hechos de los Apóstoles, confirmado por las cartas de san Pablo a los Romanos, Corintios y Gálatas, la Iglesia primitiva predicó la resurrección de Jesús desde el principio, menos de dos meses después de la muerte de Jesús (Hch 2,24-36). Esto prueba, dado el poco tiempo transcurrido, el hecho de que las apariciones de Jesús no podían ser elaboraciones legendarias del mensaje de la resurrección, fruto de la fe.

Por otro lado, ¿cómo podían los apóstoles predicar la resurrección de Jesús entre los muertos si los habitantes de Jerusalén podían en cualquier momento mostrar el cadáver de su maestro?

¿Alucinaciones colectivas?

Las apariciones (Mc 9,2-8; Mt 28,3) suceden en circunstancias normales, no en momentos de éxtasis, ni en sueños, y no tienen esas características de gloria apocalíptica que encontramos en otros lugares.

Para Rinaldo Fabris, biblista y teólogo: “Las apariciones no son esperadas, no son buscadas. No son fruto de la elaboración de un luto, o una visión, sino una intervención exterior. Además, son diferentes de las apariciones de Dios en el Antiguo Testamento; del Dios inefable, indecible, invisible de Abraham, Isaías o Jeremías”.

Y no podían tampoco ser alucinaciones colectivas, pues de lo contrario sería imposible explicar lo que le pasó a Pablo en el camino de Damasco, algunos años después de la aparición a Pedro, que muy probablemente sucedió en Galilea.

¿Robaron el cuerpo?

La noticia según la cual Pilato respondió a los sumos sacerdotes y a los fariseos que confiaran a los guardias del templo la seguridad del sepulcro de Jesús, no es un relato con intención apologética para acallar las voces de que la resurrección era fruto del robo del cadáver de Jesús por parte de sus discípulos.

Mateo refiere que las autoridades judías difundieron la “versión” de que la tumba estaba vacía porque los discípulos habían robado el cuerpo (Mt 28,11-15) para proclamar su resurrección, una contra-información repetida en el siglo II, a la cual se opone Justino en su diálogo con Trifón, y retomada en el siglo XVIII por Reimarus.

En su obra Dicen que ha resucitado, Vittorio Messori afirma: “Es muy lógico, muy coherente, incluido el hecho de que el Crucificado sea definido por los miembros del Sanedrín como plános, impostor, y la de sus discípulos como pláne, impostura. Y la palabra la vuelve a usar Pablo cuando rebate las acusaciones contra los cristianos procedentes del mundo judío, como en 2 Cor 6, 8: ‘que seamos considerados como impostores (plánoi), cuando en realidad somos sinceros’.

Es curioso notar que durante los siglos, hasta nuestros días, la polémica judía contra los ‘galileos’ cristianos, se sirvió sobre todo de la acusación de impostura y acusó al rabino Jesús de ser un impostor. Fabris explicó a Aleteia que “la tradición cristiana de la tumba vacía nunca fue desmentida en el mundo judío. Sencillamente, se le da una explicación distinta”.

Escándalo para los judíos, increíble para los paganos

La idea de un Mesías resucitado de los muertos era una idea escandalosa e inconcebible en el contexto judío del que provenían los discípulos de Jesús, y no podía derivar de los mitos de muerte y renacimiento de dioses y héroes de la cultura greco-romana.

Para los judíos, pensar en la resurrección del Mesías era uno escándalo. Existía una cierta esperanza de resurrección a final de los tiempos, recogida en algunos profetas (Is 26,19; Dan 12,2-3) y en los Macabeos (libro que los judíos no reconocen como canónico, 2 Mac 7,9-14; 12,44).

Los judíos creían (no todos) en la resurrección de los muertos como destino de todo el pueblo de Dios, quizás de todos los hombres, pero no en la resurrección actual de una persona. Los mismos apóstoles, como judíos devotos, creían que la resurrección sucedería para todos al final de los tiempos.

De hecho, muchos explican la separación del cristianismo respecto del judaísmo pensando que los seguidores de Cristo se dejarían “contagiar” por mitos paganos, de dioses muertos y resucitados, como Isis y Osiris en Egipto, Adonis y Astarté, Atis y Cibeles en Asia Menor.

Con todo, para un pagano, la idea de la resurrección estaba asociada más bien a un “renacimiento”, no a una vida eterna totalmente distinta, a una “nueva creación”. Y se reservaba a los seres divinos o semidivinos, no para un hombre “cualquiera” condenado al suplicio más infamante que se podía sufrir en el mundo grecorromano.

 

Este artículo se basa en una de las Q&A de Aleteia realizadas en 2012, por Mirko Testa (responsable de la edición italiana de Aleteia) con la contribución de los biblistas Rinaldo Fabris (ya fallecido, autor entre otras obras del Diccionario Bíblico Histórico-Crítico), Bruno Maggioni y Giuseppe Ghiberti. El original puede leerse (en italiano) aquí

* VIDA CONSAGRADA “Madre Angélica, Fundadora de EWTN, partió a la Casa del Padre”

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29 de mar de 2016

Sus logros y legados en la evangelización alrededor del mundo son poco menos que milagrosos y pueden solamente ser atribuidos a la Divina Providencia y su fidelidad inquebrantable a Nuestro Señor”.

IRONDALE, 27 Mar. 16 (ACI/EWTN Noticias).- La Iglesia Católica en Estados Unidos ha perdido a la clarisa pobre que cambió el rostro del catolicismo en Estados Unidos y alrededor del mundo, Madre María Angélica de la Anunciación, fundadora de Eternal Word Television Network (EWTN), falleció hoy a las 5:00 p.m. en el Domingo de Resurrección, tras 15 años de lucha con las secuelas de un derrame cerebral. Tenía 92 años.

 

Los funerales de la Madre Angélica se realizarán el próximo viernes 1 de abril en Hanceville en el estado de Alabama.

 

“La Madre siempre ha personificado y personificará EWTN, el canal que Dios le pidió fundar”, dijo el presidente y consejero delegado de EWTN, Michael Warsaw. “Sus logros y legados en la evangelización alrededor del mundo son poco menos que milagrosos y pueden solamente ser atribuidos a la Divina Providencia y su fidelidad inquebrantable a Nuestro Señor”.

 

La Madre Angélica lanzó EWTN en 1981 y hoy transmite una programación de 24 horas al día a más de 258 millones de hogares en 144 países. Lo que comenzó con aproximadamente 20 empleados ahora ha crecido a cerca de 400. La cadena religiosa transmite alrededor del mundo por radio terrestre y de onda corta, maneja un catálogo de artículos religiosos y publica el National Catholic Register y ACI Prensa, entre otras empresas editoriales.

 

“La Madre Angélica tuvo éxito en una tarea que los propios obispos del país no pudieron lograr”, dijo el Arzobispo de Filadelfia (Estados Unidos), Mons. Charles Chaput, que ha servido en el consejo superior de EWTN desde 1995. “Ella fundó e impulsó  una cadena que apeló a los católicos de todos los días, entendió sus necesidades y alimentó sus espíritus. Ella tuvo mucha ayuda, obviamente, pero eso fue parte de su genio”.Rita Rizzo –nombre que le dieron sus padres a la Madre Angélica– nació el 20 de abril de 1923 en la ciudad de Canton, estado de Ohio (Estados Unidos). Su vida estuvo marcada por muchas pruebas, como el divorcio de sus padres cuando tenía seis años y la situación de pobreza que enfrentó junto a su madre.

 

Cuando era adolescente se curó de un severo dolor estomacal luego de rezar una novena a Santa Teresa de Lisieux. “Ese fue el día que me di cuenta del amor de Dios por mí y comencé a tener sed de Él”, dijo la Madre Angélica.

 

El 15 de agosto de 1944, a la edad de 21 años, entró a las Clarisas Pobres de la Adoración Perpetua en Cleveland, estado de Ohio, y tomó el nombre de Hermana María Angélica de la Anunciación.

 

En la década de 1950 tuvo un accidente que le provocó una lesión en la espalda. Dos años después los médicos le dijeron que podía perder la movilidad de las piernas. La Madre Angélica le prometió a Dios que si la sanaba, construiría un monasterio en el sur de Estados Unidos.

 

La religiosa fue sanada y el 3 de febrero de 1961, Roma le dio permiso para fundar en Alabama el Monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles en Irondale. En ese tiempo, la población católica de la región era solo del 2 por ciento.

 

Su fama como carismática oradora fue conocida por quienes estaban al mando de estaciones de radio y eventualmente televisión. En 1969 comenzó a grabar audios de conversaciones espirituales para distribución masiva. Su primer programa de radio fue en 1971. Siete años después la religiosa grabó sus primeros programas de televisión de media hora bajo el nombre de “Nuestra Ermita”.

 

Sin embargo, un día de 1978 la Madre Angélica escuchó que la estación secular donde grababa planeaba difundir un programa que ella sintió que era blasfemo. “Confronté al administrador de la estación y protesté”. “Él ignoró mi queja, así que le dije que me iría a otra parte a hacer mis grabaciones. Me dijo ‘Usted deja esta estación y está fuera de la televisión’”. “¡Construiré mi propia (estación)!”, respondió la Madre Angélica.

 

El 15 de agosto de 1981 se lanzó EWTN desde la cochera de la casa de las religiosas.

 

Legado espiritual

 

“Primero y ante todo, lo más importante para la Madre era vivir su vida contemplativa”, dijo la Hermana Clarisa Pobre Marie Andre. “La cadena televisiva es fruto de eso”.

 

Photo published for Diez cosas que no sabías de la sorprendente vida de Madre AngélicaLa orden de la Madre, las Clarisas Pobres de Adoración Perpetua, que comenzaron en Irondale con cinco monjas, se expandieron a un monasterio en El Santuario del Santísimo Sacramento en Hanceville, Alabama, en adición a nuevas casas en Texas y Arizona. En 1999, la Madre Angélica construyó el santuario y mudó el monasterio de Irondale en Hanceville.

 

El Santuario del Santísimo Sacramento, como EWTN, continúa atrayendo miles de visitantes anualmente.

 

La Madre Angélica también fundó una comunidad religiosa de hombres llamada los Misioneros Franciscanos del Verbo Eterno, formada actualmente por 15 frailes involucrados principalmente en el apostolado de EWTN. “Lo primero que detectaba con la Madre era su amor esponsal a Jesús. Ella siempre estaba diciéndole a la gente ‘Jesús te ama’”, dijo el P. Joseph Mary Wolfe, uno de los miembros originales.

 

Asimismo, personas como Mark Brumley, presidente de la editorial Ignatius Press; y Raymond Arroyo, presentador del programa “The World Over” de EWTN y de la biografía, “Madre Angélica: La Notable Historia de una Monja, Su Valor y una Red de Milagros”; consideran que la religiosa ayudó a proteger la Iglesia en los Estados Unidos.

 

La Madre Angélica se retiró del liderazgo de EWTN en el año 2000. Ella sufrió un accidente cerebrovascular en la Nochebuena de 2001. Como consecuencia, pasó los últimos años de su vida mayormente sin la capacidad de hablar; pero eso no impactó su efectividad.

 

“Aunque no podía hablar ampliamente sobre las controversias y confusiones del día, lo que hizo a través de la oración en su sufrimiento fue extraordinario”, afirmó Arroyo. “Ciertamente no son nuestros esfuerzos los que han mantenido a EWTN al aire y le han permitido llegar a personas de formas sorprendentes. Yo lo atribuyo todo al sufrimiento de esa mujer en Hanceville”.

 

Por su parte, Mons. Chaput dijo que la Madre Angélica “inspiró a otras talentosas personas a unirse a ella en el trabajo sin afectar su propio liderazgo y visión”, dijo. “La admiro mucho, no solo como una líder y comunicadora talentosa, sino como amiga y gran mujer religiosa de generosidad, intelecto y fe católica”.

 

Puede leer la biografía completa de la Madre Angélica en el siguiente enlace: https://www.aciprensa.com/recursos/madre-angelica-1923-2015-1913/

fuente: ACI

*PAPA FRANCISCO “«Lleven a todos la alegría y la esperanza de Cristo resucitado». Mensaje de Pascua y bendición Urbi et Orbi “

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(RV).-  «Jesucristo, encarnación de la misericordia de Dios, ha muerto en cruz por amor, y por amor ha resucitado. Por eso hoy proclamamos: ¡Jesús es el Señor!». Resuenan fuertes las palabras del Sucesor de Pedro pronunciadas desde el balcón central de la Basílica Vaticana, dirigidas a la Ciudad de Roma y al Mundo, en este 2016, Año de la Misericordia.

Después de presidir la Santa Misa de Pascua, en una plaza de San Pedro repleta de peregrinos y fieles provenientes de diversas partes del mundo, decorada con flores para la ocasión, y de prodigar saludos y bendiciones a los fieles presentes en un breve recorrido con el Papamóvil, el Pontífice subió al balcón central de la Basílica para dar su mensaje pascual e impartir su Bendición Urbi et Orbi, en el año Jubilar de la Misericordia.

Afirmando que “la resurrección de nuestro Señor Jesucristo cumple la profecía del Salmo «La misericordia de Dios es eterna», el padre y Pastor de la Iglesia Universal reiteró que “el amor de Jesús es para siempre, nunca muere”, y, constatando las realidades de un mundo “lleno de personas que sufren en el cuerpo y en el espíritu”, con “crónicas diarias repletas de informes sobre delitos brutales”, y de “conflictos armados a gran escala”, proclamó, una vez más, la esperanza que nos llega de Jesús Resucitado.

El primer pensamiento del Papa fue a la querida Siria, “país desgarrado por un largo conflicto, con su triste rastro de destrucción, muerte, desprecio por el derecho humanitario y la desintegración de la convivencia civil”. El pontífice encomendó al poder del Señor las conversaciones en curso para que se puedan recoger los frutos de paz y emprender la construcción de una sociedad fraterna.

Un intercambio fecundo entre pueblos y culturas deseó para las zonas de la cuenca del Mediterráneo y de Medio Oriente, en particular en Irak, Yemen y Libia, como también la convivencia pacífica entre israelíes y palestinos en Tierra Santa, a través de “un compromiso cotidiano de trabajar en la construcción de los cimientos de esa paz”. También rezó por una solución definitiva de la guerra en Ucrania, y para que “el Señor de la vida” avive nuestra cercanía a las víctimas del terrorismo”, esa “forma ciega y brutal de violencia que no cesa de derramar sangre inocente en diferentes partes del mundo”.

Con un pensamiento particular puesto en Burundi, Mozambique, la República Democrática del Congo y en el Sudán del Sur, el Obispo de Roma elevó una plegaria para que el Señor “lleve a buen término las perspectivas de paz en África”, y deseó, asimismo, que el mensaje pascual “se proyecte también sobre el pueblo venezolano, en las difíciles condiciones en las que vive, así como sobre los que tienen en sus manos el destino del país, para que se trabaje en pos del bien común, buscando formas de diálogo y colaboración entre todos”.

Con los hermanos y hermanas emigrantes y refugiados que huyen de la guerra, el hambre, la pobreza y la injusticia social en su corazón, el Obispo de Roma deseó que “la próxima Cumbre Mundial Humanitaria no deje de poner en el centro a la persona humana”.

También la tierra, nuestra casa común, “maltratada y vilipendiada por una explotación ávida de ganancias”, en el mensaje del Papa de este 2016,  con una particular mención a “las zonas afectadas por los cambios climáticos que en ocasiones provoca sequía o inundaciones, con las consiguientes crisis alimentarias”.

Por último, a todos los que han perdido toda esperanza y el gusto de vivir, a los ancianos abrumados que en la soledad sienten perder vigor, a los jóvenes a quienes parece faltarles el futuro, el Vicario de Cristo proclamó la esperanza del mensaje que nos da Jesús Resucitado: «Mira, hago nuevas todas las cosas… al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente» (Ap 21,5-6).

“Que este mensaje consolador de Jesús nos ayude a todos nosotros a reanudar con mayor vigor la construcción de caminos de reconciliación con Dios y con los hermanos”.

(GM – RV)

Texto y audio completo del Mensaje Urbi et Orbi del Papa Francisco en la Pascua 2016: 

«Dad gracias al Señor porque es bueno

Porque es eterna su misericordia» (Sal 135,1)

Queridos hermanos y hermanas, ¡Feliz Pascua!

Jesucristo, encarnación de la misericordia de Dios, ha muerto en cruz por amor, y por amor ha resucitado. Por eso hoy proclamamos: ¡Jesús es el Señor!

Su resurrección cumple plenamente la profecía del Salmo: «La misericordia de Dios es eterna», su amor es para siempre, nunca muere. Podemos confiar totalmente en él, y le damos gracias porque ha descendido por nosotros hasta el fondo del abismo.

Ante las simas espirituales y morales de la humanidad, ante al vacío que se crea en el corazón y que provoca odio y muerte, solamente una infinita misericordia puede darnos la salvación. Sólo Dios puede llenar con su amor este vacío, estas fosas, y hacer que no nos hundamos, y que podamos seguir avanzando juntos hacia la tierra de la libertad y de la vida.

El anuncio gozoso de la Pascua: Jesús, el crucificado, «no está aquí, ¡ha resucitado!» (Mt 28,6), nos ofrece la certeza consoladora de que se ha salvado el abismo de la muerte y, con ello, ha quedado derrotado el luto, el llanto y la angustia (cf. Ap 21,4). El Señor, que sufrió el abandono de sus discípulos, el peso de una condena injusta y la vergüenza de una muerte infame, nos hace ahora partícipes de su vida inmortal, y nos concede su mirada de ternura y compasión hacia los hambrientos y sedientos, los extranjeros y los encarcelados, los marginados y descartados, las víctimas del abuso y la violencia. El mundo está lleno de personas que sufren en el cuerpo y en el espíritu, mientras que las crónicas diarias están repletas de informes sobre delitos brutales, que a menudo se cometen en el ámbito doméstico, y de conflictos armados a gran escala que someten a poblaciones enteras a pruebas indecibles.

Cristo resucitado indica caminos de esperanza a la querida Siria, un país desgarrado por un largo conflicto, con su triste rastro de destrucción, muerte, desprecio por el derecho humanitario y la desintegración de la convivencia civil. Encomendamos al poder del Señor resucitado las conversaciones en curso, para que, con la buena voluntad y la cooperación de todos, se puedan recoger frutos de paz y emprender la construcción una sociedad fraterna, respetuosa de la dignidad y los derechos de todos los ciudadanos. Que el mensaje de vida, proclamado por el ángel junto a la piedra removida del sepulcro, aleje la dureza de nuestro corazón y promueva un intercambio fecundo entre pueblos y culturas en las zonas de la cuenca del Mediterráneo y de Medio Oriente, en particular en Irak, Yemen y Libia. Que la imagen del hombre nuevo, que resplandece en el rostro de Cristo, fomente la convivencia entre israelíes y palestinos en Tierra Santa, así como la disponibilidad paciente y el compromiso cotidiano de trabajar en la construcción de los cimientos de una paz justa y duradera a través de negociaciones directas y sinceras. Que el Señor de la vida acompañe los esfuerzos para alcanzar una solución definitiva de la guerra en Ucrania, inspirando y apoyando también las iniciativas de ayuda humanitaria, incluida la de liberar a las personas detenidas.

Que el Señor Jesús, nuestra paz (cf. Ef 2,14), que con su resurrección ha vencido el mal y el pecado, avive en esta fiesta de Pascua nuestra cercanía a las víctimas del terrorismo, esa forma ciega y brutal de violencia que no cesa de derramar sangre inocente en diferentes partes del mundo, como ha ocurrido en los recientes atentados en Bélgica, Turquía, Nigeria, Chad, Camerún y Costa de Marfil; que lleve a buen término el fermento de esperanza y las perspectivas de paz en África; pienso, en particular, en Burundi, Mozambique, la República Democrática del Congo y en el Sudán del Sur, lacerados por tensiones políticas y sociales.

Dios ha vencido el egoísmo y la muerte con las armas del amor; su Hijo, Jesús, es la puerta de la misericordia, abierta de par en par para todos. Que su mensaje pascual se proyecte cada vez más sobre el pueblo venezolano, en las difíciles condiciones en las que vive, así como sobre los que tienen en sus manos el destino del país, para que se trabaje en pos del bien común, buscando formas de diálogo y colaboración entre todos. Y que se promueva en todo lugar la cultura del encuentro, la justicia y el respeto recíproco, lo único que puede asegurar el bienestar espiritual y material de los ciudadanos.

El Cristo resucitado, anuncio de vida para toda la humanidad que reverbera a través de los siglos, nos invita a no olvidar a los hombres y las mujeres en camino para buscar un futuro mejor. Son una muchedumbre cada vez más grande de emigrantes y refugiados —incluyendo muchos niños— que huyen de la guerra, el hambre, la pobreza y la injusticia social. Estos hermanos y hermanas nuestros, encuentran demasiado a menudo en su recorrido la muerte o, en todo caso, el rechazo de quien podrían ofrecerlos hospitalidad y ayuda. Que la cita de la próxima Cumbre Mundial Humanitaria no deje de poner en el centro a la persona humana, con su dignidad, y desarrollar políticas capaces de asistir y proteger a las víctimas de conflictos y otras situaciones de emergencia, especialmente a los más vulnerables y los que son perseguidos por motivos étnicos y religiosos.

Que, en este día glorioso, «goce también la tierra, inundada de tanta claridad» (Pregón pascual), aunque sea tan maltratada y vilipendiada por una explotación ávida de ganancias, que altera el equilibrio de la naturaleza. Pienso en particular a las zonas afectadas por los efectos del cambio climático, que en ocasiones provoca sequía o inundaciones, con las consiguientes crisis alimentarias en diferentes partes del planeta.

Con nuestros hermanos y hermanas perseguidos por la fe y por su fidelidad al nombre de Cristo, y ante el mal que parece prevalecer en la vida de tantas personas, volvamos a escuchar las palabras consoladoras del Señor: «No tengáis miedo. ¡Yo he vencido al mundo!» (Jn 16,33). Hoy es el día brillante de esta victoria, porque Cristo ha derrotado a la muerte y su resurrección ha hecho resplandecer la vida y la inmortalidad (cf. 2 Tm 1,10). «Nos sacó de la esclavitud a la libertad, de la tristeza a la alegría, del luto a la celebración, de la oscuridad a la luz, de la servidumbre a la redención. Por eso decimos ante él: ¡Aleluya!» (Melitón de Sardes, Homilía Pascual).

A quienes en nuestras sociedades han perdido toda esperanza y el gusto de vivir, a los ancianos abrumados que en la soledad sienten perder vigor, a los jóvenes a quienes parece faltarles el futuro, a todos dirijo una vez más las palabras del Señor resucitado: «Mira, hago nuevas todas las cosas… al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente» (Ap 21,5-6). Que este mensaje consolador de Jesús nos ayude a todos nosotros a reanudar con mayor vigor y esperanza la construcción de caminos de reconciliación con Dios y con los hermanos. ¡Tenemos tanta necesidad!

Después de la Bendición Urbi et Orbi el Santo Padre Francisco dirigió a todos las siguientes palabras: 

Queridos hermanos y hermanas:

Deseo renovar mis mejores deseos de una Feliz Pascua a todos ustedes, que han venido de Roma y de diferentes países, así como a cuantos se han conectado a través de la televisión, la radio y otros medios de comunicación. Que pueda resonar en sus corazones, en sus familias y comunidades el anuncio de la Resurrección, acompañado por la cálida luz de la presencia de Jesús Vivo: presencia que ilumina, conforta, perdona, tranquiliza… Cristo ha vencido el mal en su raíz: es la Puerta de salvación abierta para que cada uno pueda encontrar misericordia.

Les agradezco su presencia y su alegría en este día de fiesta. Un agradecimiento especial por el regalo de las flores, que también este año provienen de los Países Bajos.

Lleven a todos la alegría y la esperanza de Cristo Resucitado. Y por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo pascual y hasta la vista!

(Traducción del italiano, Griselda Mutual, Radio Vaticano)

 

 

* REVELACIONES “Jesús no descuidó a su Madre: Ana Catalina Emmerick refiere dos apariciones antes de la Resurrección”

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[Extractos de las visiones de la Beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824) sobre la Resurrección del Señor, redactadas por el escritor Clemente Brentano (1778-1842) y recogidas en el volumen La amarga Pasión de Cristo (Voz de Papel), en traducción de José María Sánchez de Toca Catalá.]

Últimas horas de la tarde antes de la Resurrección
Mientras la Santísima Virgen estaba sentada en íntima oración, llena de anhelo de Jesús, vi que un ángel se presentó ante ella a decirle que fuera al portillo que tenía Nicodemo en la muralla, porque se acercaba el Señor.

El corazón de María desbordó de gozo; se envolvió en su manto y dejó a las santas mujeres sin decir a nadie dónde iba. Fue sóla y de prisa al portillo de la muralla de la ciudad por el que habían venido del jardín del sepulcro.

Serían las nueve de la noche. De repente la Santísima Virgen se paró en silencio en un lugar solitario de su santo camino cerca del portillo. Miró como arrobada con alegre curiosidad hacia lo alto de la muralla. Vi que el alma de Jesús, reluciente y sin heridas, acompañada de una multitud de almas de los patriarcas, bajaba cerniéndose hacia la Santísima Virgen. Jesús se volvió a los patriarcas señalándola y dijo estas palabras:

-María, mi madre.

Fue como si la abrazara; luego desapareció. La Santísima Virgen se hincó de rodillas y besó el suelo donde Jesús había estado; sus rodillas y pies quedaron impresos en la piedra. (…)

La noche de la Resurrección
Entonces mi contemplación se acercó a adorar el santo cuerpo, que descansaba con su envoltura intacta, circundado de un resplandor de luz, entre los dos ángeles que desde el entierro he visto constantemente en serena adoración, uno a la cabeza y otro a los pies del santo cuerpo. Estos ángeles aparecían totalmente en figura sacerdotal y recordaban por la posición de sus brazos, cruzados sobre el pecho, a los querubines del arca de la alianza, salvo que no tenían alas. (…)

Serían las once de la noche cuando la Santísima Virgen, llevada del amor y de su anhelo, no pudo esperar más. Se levantó, se envolvió en un manto pardo, y salió sola de la casa. Yo pensaba:

-¿Cómo se puede dejar que esta Santa Madre, tan angustiada y tan sacudida, vaya sola en estas circunstancias?

La vi ir afligida a la casa de Caifás y luego al palacio de Pilatos, una larga caminata por la ciudad. Luego recorrió sola por calles desiertas todo el viacrucis de Jesús, deteniéndose en todos los lugares donde el Señor había sufrido algún padecimiento o donde había ocurrido un maltrato. Como si buscara algo que hubiera perdido, con frecuencia se prosternaba en el suelo, palpaba las piedras de alrededor con las manos y luego se tocaba la boca como si hubiera tocado el Santuario, la sangre del Señor, y lo quisiera besar reverentemente. Estaba en un estado de amor muy elevado, veía claro y luminoso todo lo que estuviera santificado a su alrededor y estaba sumida en amor y adoración. (…)

María completó su camino hasta el Calvario, y cuando ya estaba cerca, se quedó quieta y contemplé la aparición de Jesús con su santo cuerpo martirizado ante la Santísima Virgen; un ángel le precedía, a su lado estaban los dos ángeles adorantes del sepulcro, y le seguía una gran multitud de almas redimidas. Jesús no se movía, era como un cadáver ambulante rodeado de luz, pero escuché una voz que salió de Él para anunciar a su Madre lo que había hecho en el Anteinfierno y que ahora resucitaría en cuerpo viviente y transfigurado y entonces vendría a verla, que le esperara en la piedra del Calvario donde Él se había caído. La aparición se fue a la ciudad y la Santísima Virgen se quedó arrodillada rezando envuelta en su manto en el lugar donde el Señor la había citado. Debían ser las doce bien pasadas, pues Maria estuvo largo rato en el viacrucis. (…)

Cuando el cielo matinal comenzó a aclararse por Levante con blancas rayas de luz, vi que Magdalena, María Cleofás, Juana Cusa y Salomé salieron de la vivienda junto al Cenáculo completamente envueltas en sus mantos. Llevaban paquetes de especias envueltos en telas, y una de ellas llevaba también una luz encendida, todo ello oculto bajo los mantos. (…)

Resurrección del Señor
Vi la aparición del alma de Jesús entre dos ángeles guerreros, los mismos que antes aparecían en forma sacerdotal, rodeada de muchas figuras luminosas, como un gran resplandor que descendía cerniéndose a través de la peña del sepulcro a su santo cadáver. Fue como si el resplandor se inclinara y se fundiera con Él y entonces vi moverse sus miembros dentro de sus envolturas, y vi como si el resplandeciente cuerpo vivo del Señor, penetrado de su alma y su divinidad, saliera del costado de la mortaja, como si se alzara de la herida del costado. Todo estaba lleno de luz y resplandor. (…)

Entonces vi que el Señor resplandeciente flotaba a través de la peña. La tierra tembló y un ángel en figura de guerrero bajó del cielo al sepulcro como un rayo, puso la piedra al lado derecho y se sentó encima. La sacudida fue tal que la cesta de lumbre osciló y las llamas salían hacia afuera. Los guardias que lo vieron cayeron como atontados por los contornos y se quedaron, tendidos como muertos y en posturas retorcidas. (…)

En el instante en que el ángel echó abajo la piedra de la tumba y tembló la tierra, vi que el Señor resucitado se apareció a su Madre en el Calvario. Estaba extraordinariamente bello, serio y resplandeciente. La ropa en torno a sus miembros parecía un ancho manto ondeante cuyo borde jugaba en el aire al caminar; el manto tenía un brillo blancoazulado como el humo a los rayos del sol. Las llagas de Jesús eran muy grandes y brillantes y en la de la mano bien se podía meter un dedo. Los bordes de las heridas tenían las líneas de tres triángulos iguales que se reunían en el punto central de un círculo, y del centro de la mano salían rayos hacia los dedos. Las almas de los patriarcas se inclinaron ante la Madre de Jesús, a quien el Señor dijo algo que he olvidado sobre que se volverían a ver. Le enseñó sus llagas y cuando ella se prosternó para besar sus pies, la tomó de la mano, la levantó y desapareció. (…)

Las santas mujeres en el sepulcro. Apariciones de Jesús
Cuando Nuestro Señor resucitó, las santas mujeres estaban cerca del portillo de Nicodemo; no habían visto ningún signo y tampoco sabían nada de la guardia, pues ayer, que era sabbat, ninguna había estado en el sepulcro, sino que estuvieron de duelo y encerradas. Ahora se preguntaban preocupadas unas a otras:

-¿Quién nos rodará la piedra de la puerta? (…)

Los guardias estaban como atontados y tirados por aquí y por allá en posturas retorcidas; la piedra estaba en el zaguán, desplazada a la derecha, y las puertas, que ahora estaban solo presentadas, se podían abrir. A través de la puerta vi que los lienzos que habían envuelto al cuerpo estaban sobre el túmulo sepulcral de la siguiente manera. La gran sábana en la que había estado envuelto el cuerpo estaba como antes, sólo que hueca, hundida y dentro sólo tenía hierbas. Las vendas que habían envuelto esta sábana, estaban todavía como si envolvieran algo, como si estuvieran apuntaladas, con su longitud a lo largo del borde delantero del túmulo sepulcral; pero el paño con el que María había envuelto la cabeza de Jesús estaba separado, a la derecha de la cabeza, enteramente como si la cabeza estuviera dentro, pero con la cara tapada.

Entonces vi que las santas mujeres se acercaron al jardín, pero al ver las luces de la guardia y los soldados tirados alrededor se asustaron, y subieron un poco por el jardín hacia el Gólgota. Pero Magdalena olvidó todo peligro y se precipitó en el jardín y Salomé la siguió a cierta distancia; estas dos se habían ocupado sobre todo de los ungüentos. Las otras dos mujeres, más temerosas, esperaban delante del jardín. Vi que Magdalena se acercó a los guardias, y al verlos tirados por el suelo se asustó y retrocedió un poco hacia Salomé, pero luego, las dos juntas pasaron tímidamente entre los guardias tumbados y entraron en la cueva del sepulcro. (…)

Magdalena abrió de golpe, con mucho miedo, las puertas, se quedó mirando fijamente al túmulo sepulcral y vió que los lienzos estaban vacíos y apartados. Todo estaba lleno de resplandor y un ángel estaba sentado a la derecha en el lecho de piedra. Magdalena se quedó estupefacta y no se si oyó alguna de las palabras del ángel; enseguida la ví salir corriendo rápidamente por el portillo de Nicodemo a la ciudad, al lugar donde estaban reunidos los discípulos. Tampoco se si María Salomé, que no había pasado del zaguán, captó alguna de las palabras del ángel; enseguida la vi huir del jardín con mucho dolor en pos de Magdalena, y salió a buscar a las otras dos mujeres que se habían quedado delante del jardín, para anunciarles lo que había ocurrido. (…)

Entonces ellas cobraron ánimos y entraron juntas en el jardín y cuando entraron con mucho miedo en el zaguán, allí estaban delante de ellas los dos ángeles del sepulcro con sus relucientes vestiduras sacerdotales blancas. Las mujeres se quedaron espantadas, se apretaron y, cubriéndose los ojos con las manos, se prosternaron temerosamente hasta el suelo. Uno de los ángeles habló para decirles algo así como:

-No debeis temer, no debeis buscar aquí al crucificado; está vivo, ha resucitado y ya no está en el sepulcro de los muertos.

Les mostró tambien que aquellos lugares estaban vacíos y las mandó que dijeran a los discípulos lo que habían visto y oído. Jesús les precedería en ir a Galilea, y debían recordar lo que les dijo en Galilea:

-El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de los pecadores y ser crucificado, y al tercer día resucitará de nuevo.

Entonces desaparecieron los ángeles, y las santas mujeres, temblando y vacilando, y sin embargo llenas de alegría, examinaron el sepulcro y los lienzos, lloraron y desde allí se fueron a la Puerta. Aunque todavía estaban muy espantadas, no se apresuraron, y a cierta distancia se paraban de vez en cuando y miraban alrededor por si veían al Señor o si volvía Magdalena.

Mientras pasaba todo esto, vi que Magdalena llegó al Cenáculo. Estaba fuera de sí y llamó enérgicamente; algunas todavía estaban durmiendo junto a la pared, otras estaban levantadas y hablaban; fueron Pedro y Juan quienes abrieron la puerta. Magdalena sólo les dijo desde afuera estas palabras:

-Se han llevado al Señor del sepulcro, no sabemos adónde.

Y después se volvió corriendo a toda prisa al jardín del sepulcro. Pedro y Juan volvieron a entrar en la casa, hablaron con los demás discípulos y la siguieron deprisa, Juan más deprisa que Pedro.

Vi otra vez en el jardín a Magdalena, que corrió a meterse en el sepulcro; el dolor y la carrera la habían puesto fuera de sí. Estaba completamente empapada de rocío; su manto se le había resbalado de la cabeza a los hombros y tenía sus largos cabellos caídos y sueltos. Como estaba sola, no se atrevíó a entrar enseguida en la cueva, sino que se quedó un rato al borde de la excavación que había delante de la entrada del zaguán. Se encorvó mucho para mirar hacia el túmulo sepulcral por entre las puertas, bastante bajas en el zaguán, y en esto, al echar atrás con las manos sus cabellos, que le caían sobre la cara, retrocedió y vió los dos ángeles con blancas vestiduras sacerdotales sentados a la cabeza y los pies del túmulo sepulcral y enseguida oyó la voz de uno de ellos que decía:

-Mujer, ¿por qué lloras?

Ella, desolada, pues no sabía ni pensaba en nada, excepto en que el cuerpo del Señor no estaba allí, gritó:

-Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.

Al decir esto y no ver más que los lienzos, se volvió enseguida como una que está buscando, pues pensaba que lo encontraría por encima de todo; tenía un oscuro presentimiento de que estaba cerca y la aparición de los ángeles ni siquiera la distrajo de su idea. Era como si no se le ocurriera que fueran ángeles; no podía pensar más que en Jesús, en nada sino en “¡Jesús no está aquí!, ¿dónde está Jesús?”. La vi dar unos pasos delante del sepulcro, yendo y viniendo como una persona que busca, totalmente enloquecida. Sus largos cabellos le caían por los hombros a derecha e izquierda de la cara, y en un momento dado se atusó toda la masa de su pelo y con las dos manos la llevó al hombro derecho, luego sostuvo las dos matas de pelo en ambas manos, las echó para atrás y miró alrededor.

Entonces a unos diez pasos de la peña del sepulcro, hacia Levante, en el sitio donde el huerto sube hacia la ciudad, entre los arbustos que estaban detrás de una palmera, vio aparecer a la incierta luz del alba una figura alta y vestida de blanco. Se precipitó hacia allí y oyó otra vez las palabras:

-Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?

Ella creyó que la figura era el hortelano, y yo lo vi también con una azada en la mano y un sombrero plano que parecía una visera contra el sol hecha con una corteza atada por delante, justo como el jardinero que vi en la parábola que Jesús contó en Betania a las mujeres poco antes de su Pasión; la aparición no era luminosa, sino solo una persona con vestiduras largas y blancas a la luz del amanecer. A las palabras:

-¿A quien buscas? – ella replicó inmediatamente:

-¡Señor, si te lo has llevado, dime adónde y yo le iré a buscar!

y al mismo tiempo volvió a mirar por si Jesús estuviera cerca. Entonces Jesús la dijo con su voz habitual:

-¡María!

Y ella, al reconocer la voz y darse cuenta que Jesús vivía, olvidó la crucifixión, la muerte y el entierro, y volviéndose instantáneamente dijo como tantas veces:

-¡Rabuní! (¡Maestro!)

y cayó de rodillas y extendió sus brazos hacia sus pies. Pero Jesús levantó las manos defendiéndose de ella y dijo:

-¡No me toques, pues aún no he subido hacia mi Padre! Pero ve a mis hermanos y diles que subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y el vuestro.

Entonces el Señor desapareció. (…)

Después que desapareció el Señor vi que Magdalena se levantó de pronto, y corrió otra vez al sepulcro como si hubiera estado en un sueño. Entonces vio a los dos ángeles sentados en el sepulcro, escuchó lo mismo que habían oído las otras sobre la Resurrección, vio los lienzos, y ahora, completamente segura del milagro y de lo que había visto, se apresuró a buscar a sus acompañantes por el camino del Gólgota, que andaban por allí errantes y vacilantes, en parte esperando la vuelta de Magdalena y en parte con el deseo de ver al Señor por alguna parte.

Todo lo que pasó con Magdalena solo duró un par de minutos, serían las dos y media cuando se le apareció el Señor. Apenas salió Magdalena del jardín entró en él Juan, y luego Pedro, muy cerca detrás de él. Juan se puso al borde delante de la entrada, se inclinó a mirar por la puerta del zaguán a través de las entreabiertas puertas del sepulcro y vió los lienzos. Entonces llegó Pedro, entró en la cueva, se puso delante del túmulo sepulcral y vió en el centro del túmulo la mortaja arrollada desde ambos lados hacia el centro, con las especias y aromas envueltos dentro. Las vendas estaban alrededor, arrolladas tal como las mujeres suelen arrollarlas para guardarlas. El sudario de la cara estaba a la derecha de los otros y hacia la pared, pero también ordenado.

Luego Juan siguió a Pedro al túmulo sepulcral, vio lo mismo y creyó en la Resurrección. Ahora tenían claro lo que el Señor había dicho y lo que está en la Escritura, que antes habían tomado a la ligera. Pedro se metió los lienzos debajo del manto y se apresuraron a volver a casa por el portillo de Nicodemo; Juan volvió a adelantarse corriendo a Pedro. (…)

Entretanto, Magdalena había encontrado a las santas mujeres y las había contado lo que le dijo a Pedro y ahora al Señor en el jardín, y luego que había visto a los ángeles; las mujeres repusieron que ellas también habían visto a los ángeles. Entonces Magdalena corrió a la Puerta de la Ejecución para ir a la ciudad, pero las mujeres se volvieron al jardín, quizá para encontrar allí a los dos apóstoles. Vi que los guardias se acercaron a ellas y las dijeron algo. Ya cerca del jardín del sepulcro, les salió al encuentro la aparición de Jesús con una vestidura larga y blanca que le colgaba incluso sobre las manos y que les dijo:

-¡Os saludo!

Se echaron a sus pies temblando y fue como si quisieran abrazar sus pies, algo que sin embargo no recuerdo haber visto claramente, pero vi que el Señor les dijo unas palabras, señaló con la mano hacia una comarca y desapareció, con lo cual las mujeres se dieron prisa en ir a la ciudad por la Puerta de Belén a decir a los discípulos en el Cenáculo que habían visto al Señor y que les había hablado.

Sin embargo, los discípulos al principio no querían creer nada de lo que decían ellas y Magdalena, y lo tuvieron por figuraciones de mujeres hasta que volvieron Pedro y Juan.

ReL

* Solemnidad de la resurrección de Jesucristo

https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/564x/7a/69/e5/7a69e58613c164d1aa5b56bcb08c22da.jpgAL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS

638 “Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz:

Cristo ha resucitado de los muertos,
con su muerte ha vencido a la muerte.
Y a los muertos ha dado la vida.

(Liturgia bizantina: Tropario del día de Pascua)

I. El acontecimiento histórico y transcendente

639 El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que tuvo manifestaciones históricamente comprobadas como lo atestigua el Nuevo Testamento. Ya san Pablo, hacia el año 56, puede escribir a los Corintios: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce: “(1 Co 15, 3-4). El apóstol habla aquí de la tradición viva de la Resurrección que recibió después de su conversión a las puertas de Damasco (cf. Hch 9, 3-18).

El sepulcro vacío

640 “¿Por qué buscar entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado” (Lc 24, 5-6). En el marco de los acontecimientos de Pascua, el primer elemento que se encuentra es el sepulcro vacío. No es en sí una prueba directa. La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro podría explicarse de otro modo (cf. Jn 20,13; Mt 28, 11-15). A pesar de eso, el sepulcro vacío ha constituido para todos un signo esencial. Su descubrimiento por los discípulos fue el primer paso para el reconocimiento del hecho de la Resurrección. Es el caso, en primer lugar, de las santas mujeres (cf. Lc 24, 3. 22- 23), después de Pedro (cf. Lc 24, 12). “El discípulo que Jesús amaba” (Jn 20, 2) afirma que, al entrar en el sepulcro vacío y al descubrir “las vendas en el suelo”(Jn 20, 6) “vio y creyó” (Jn 20, 8). Eso supone que constató en el estado del sepulcro vacío (cf. Jn 20, 5-7) que la ausencia del cuerpo de Jesús no había podido ser obra humana y que Jesús no había vuelto simplemente a una vida terrenal como había sido el caso de Lázaro (cf. Jn 11, 44).

Las apariciones del Resucitado

641 María Magdalena y las santas mujeres, que iban a embalsamar el cuerpo de Jesús (cf. Mc 16,1; Lc 24, 1) enterrado a prisa en la tarde del Viernes Santo por la llegada del Sábado (cf. Jn 19, 31. 42) fueron las primeras en encontrar al Resucitado (cf. Mt 28, 9-10; Jn 20, 11-18). Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la Resurrección de Cristo para los propios Apóstoles (cf. Lc 24, 9-10). Jesús se apareció en seguida a ellos, primero a Pedro, después a los Doce (cf. 1 Co 15, 5). Pedro, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 31-32), ve por tanto al Resucitado antes que los demás y sobre su testimonio es sobre el que la comunidad exclama: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (Lc 24, 34).

642 Todo lo que sucedió en estas jornadas pascuales compromete a cada uno de los Apóstoles —y a Pedro en particular— en la construcción de la era nueva que comenzó en la mañana de Pascua. Como testigos del Resucitado, los Apóstoles son las piedras de fundación de su Iglesia. La fe de la primera comunidad de creyentes se funda en el testimonio de hombres concretos, conocidos de los cristianos y de los que la mayor parte aún vivían  entre ellos. Estos “testigos de la Resurrección de Cristo” (cf. Hch 1, 22) son ante todo Pedro y los Doce, pero no solamente ellos: Pablo habla claramente de más de quinientas personas a las que se apareció Jesús en una sola vez, además de Santiago y de todos los Apóstoles (cf. 1 Co 15, 4-8).

643 Ante estos testimonios es imposible interpretar la Resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico. Sabemos por los hechos que la fe de los discípulos fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro, anunciada por Él de antemano (cf. Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión fue tan grande que los discípulos (por lo menos, algunos de ellos) no creyeron tan pronto en la noticia de la resurrección. Los evangelios, lejos de mostrarnos una comunidad arrobada por una exaltación mística, nos presentan a los discípulos abatidos (“la cara sombría”: Lc 24, 17) y asustados (cf. Jn 20, 19). Por eso no creyeron a las santas mujeres que regresaban del sepulcro y “sus palabras les parecían como desatinos” (Lc 24, 11; cf. Mc 16, 11. 13). Cuando Jesús se manifiesta a los once en la tarde de Pascua “les echó en cara su incredulidad y su dureza de cabeza por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16, 14).

644 Tan imposible les parece la cosa que, incluso puestos ante la realidad de Jesús resucitado, los discípulos dudan todavía (cf. Lc 24, 38): creen ver un espíritu (cf. Lc 24, 39). “No acaban de creerlo a causa de la alegría y estaban asombrados” (Lc 24, 41). Tomás conocerá la misma prueba de la duda (cf. Jn 20, 24-27) y, en su última aparición en Galilea referida por Mateo, “algunos sin embargo dudaron” (Mt 28, 17). Por esto la hipótesis según la cual la resurrección habría sido un “producto” de la fe (o de la credulidad) de los apóstoles no tiene consistencia. Muy al contrario, su fe en la Resurrección nació —bajo la acción de la gracia divina— de la experiencia directa de la realidad de Jesús resucitado.

El estado de la humanidad resucitada de Cristo

645 Jesús resucitado establece con sus discípulos relaciones directas mediante el tacto (cf. Lc 24, 39; Jn 20, 27) y el compartir la comida (cf. Lc 24, 30. 41-43; Jn 21, 9. 13-15). Les invita así a reconocer que él no es un espíritu (cf. Lc 24, 39), pero sobre todo a que comprueben que el cuerpo resucitado con el que se presenta ante ellos es el mismo que ha sido martirizado y crucificado, ya que sigue llevando las huellas de su pasión (cf Lc 24, 40; Jn 20, 20. 27). Este cuerpo auténtico y real posee sin embargo al mismo tiempo, las propiedades nuevas de un cuerpo glorioso: no está situado en el espacio ni en el tiempo, pero puede hacerse presente a su voluntad donde quiere y cuando quiere (cf. Mt 28, 9. 16-17; Lc 24, 15. 36; Jn 20, 14. 19. 26; 21, 4) porque su humanidad ya no puede ser retenida en la tierra y no pertenece ya más que al dominio divino del Padre (cf. Jn 20, 17). Por esta razón también Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20, 14-15) o “bajo otra figura” (Mc 16, 12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe (cf. Jn 20, 14. 16; 21, 4. 7).

646 La Resurrección de Cristo no fue un retorno a la vida terrena como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, Lázaro. Estos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas afectadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, volverán a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio. En la Resurrección, el cuerpo de Jesús se llena del poder del Espíritu Santo; participa de la vida divina en el estado de su gloria, tanto que san Pablo puede decir de Cristo que es “el hombre celestial” (cf. 1 Co 15, 35-50).

La Resurrección como acontecimiento transcendente

647 “¡Qué noche tan dichosa —canta el Exultet de Pascua—, sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos!”. En efecto, nadie fue testigo ocular del acontecimiento mismo de la Resurrección y ningún evangelista lo describe. Nadie puede decir cómo sucedió físicamente. Menos aún, su esencia más íntima, el paso a otra vida, fue perceptible a los sentidos. Acontecimiento histórico demostrable por la señal del sepulcro vacío y por la realidad de los encuentros de los Apóstoles con Cristo resucitado, no por ello la Resurrección pertenece menos al centro del Misterio de la fe en aquello que transciende y sobrepasa a la historia. Por eso, Cristo resucitado no se manifiesta al mundo (cf. Jn 14, 22) sino a sus discípulos, “a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo” (Hch 13, 31).

II. La Resurrección obra de la Santísima Trinidad

648 La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención transcendente de Dios mismo en la creación y en la historia. En ella, las tres Personas divinas actúan juntas a la vez y manifiestan su propia originalidad. Se realiza por el poder del Padre que “ha resucitado” (Hch 2, 24) a Cristo, su Hijo, y de este modo ha introducido de manera perfecta su humanidad —con su cuerpo— en la Trinidad. Jesús se revela definitivamente “Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Rm 1, 3-4). San Pablo insiste en la manifestación del poder de Dios (cf. Rm 6, 4; 2 Co 13, 4; Flp 3, 10; Ef 1, 19-22; Hb 7, 16) por la acción del Espíritu que ha vivificado la humanidad muerta de Jesús y la ha llamado al estado glorioso de Señor.

649 En cuanto al Hijo, él realiza su propia Resurrección en virtud de su poder divino. Jesús anuncia que el Hijo del hombre deberá sufrir mucho, morir y luego resucitar (sentido activo del término) (cf. Mc 8, 31; 9, 9-31; 10, 34). Por otra parte, él afirma explícitamente: “Doy mi vida, para recobrarla de nuevo … Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo” (Jn 10, 17-18). “Creemos que Jesús murió y resucitó” (1 Ts 4, 14).

650 Los Padres contemplan la Resurrección a partir de la persona divina de Cristo que permaneció unida a su alma y a su cuerpo separados entre sí por la muerte: “Por la unidad de la naturaleza divina que permanece presente en cada una de las dos partes del hombre, las que antes estaban separadas y segregadas, éstas se unen de nuevo. Así la muerte se produce por la separación del compuesto humano, y la Resurrección por la unión de las dos partes separadas” (San Gregorio de Nisa, De tridui inter mortem et resurrectionem Domini nostri Iesu Christi spatio; cf. también DS 325; 359; 369; 539).

III. Sentido y alcance salvífico de la Resurrección

651 “Si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe”(1 Co 15, 14). La Resurrección constituye ante todo la confirmación de todo lo que Cristo hizo y enseñó. Todas las verdades, incluso las más inaccesibles al espíritu humano, encuentran su justificación si Cristo, al resucitar, ha dado la prueba definitiva de su autoridad divina según lo había prometido.

652 La Resurrección de Cristo es cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento (cf. Lc 24, 26-27. 44-48) y del mismo Jesús durante su vida terrenal (cf. Mt 28, 6; Mc 16, 7; Lc 24, 6-7). La expresión “según las Escrituras” (cf. 1 Co 15, 3-4 y el Símbolo Niceno-Constantinopolitano. DS 150) indica que la Resurrección de Cristo cumplió estas predicciones.

653 La verdad de la divinidad de Jesús es confirmada por su Resurrección. Él había dicho: “Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (Jn 8, 28). La Resurrección del Crucificado demostró que verdaderamente, él era “Yo Soy”, el Hijo de Dios y Dios mismo. San Pablo pudo decir a los judíos: «La Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros […] al resucitar a Jesús, como está escrito en el salmo primero: “Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy”» (Hch 13, 32-33; cf. Sal 2, 7). La Resurrección de Cristo está estrechamente unida al misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: es su plenitud según el designio eterno de Dios.

654 Hay un doble aspecto en el misterio pascual: por su muerte nos libera del pecado, por su Resurrección nos abre el acceso a una nueva vida. Esta es, en primer lugar, la justificación que nos devuelve a la gracia de Dios (cf. Rm 4, 25) “a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos […] así también nosotros vivamos una nueva vida” (Rm 6, 4). Consiste en la victoria sobre la muerte y el pecado y en la nueva participación en la gracia (cf. Ef 2, 4-5; 1 P 1, 3). Realiza la adopción filial porque los hombres se convierten en hermanos de Cristo, como Jesús mismo llama a sus discípulos después de su Resurrección: “Id, avisad a mis hermanos” (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza, sino por don de la gracia, porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único, la que ha revelado plenamente en su Resurrección.

655 Por último, la Resurrección de Cristo —y el propio Cristo resucitado— es principio y fuente de nuestra resurrección futura: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron […] del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo” (1 Co 15, 20-22). En la espera de que esto se realice, Cristo resucitado vive en el corazón de sus fieles. En Él los cristianos “saborean […] los prodigios del mundo futuro” (Hb 6,5) y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina (cf. Col 3, 1-3) para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15).

Resumen

656 La fe en la Resurrección tiene por objeto un acontecimiento a la vez históricamente atestiguado por los discípulos que se encontraron realmente con el Resucitado, y misteriosamente transcendente en cuanto entrada de la humanidad de Cristo en la gloria de Dios.

657 El sepulcro vacío y las vendas en el suelo significan por sí mismas que el cuerpo de Cristo ha escapado por el poder de Dios de las ataduras de la muerte y de la corrupción . Preparan a los discípulos para su encuentro con el Resucitado.

658 Cristo, “el primogénito de entre los muertos” (Col 1, 18), es el principio de nuestra propia resurrección, ya desde ahora por la justificación de nuestra alma (cf. Rm 6, 4), más tarde por la vivificación de nuestro cuerpo (cf. Rm 8, 11).