*SANTO DEL DÍA” San Juan Bosco, presbítero y fundador” 31 de enero.

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Presbítero, “Padre y maestro de la juventud”, patrono de los editores, fundador de los salesianos. Por su gran devoción a María Auxiliadora, conseguía de ella innumerables milagros.

“En su vida, lo sobrenatural se hizo casi natural y lo extraordinario, ordinario.” Pío XI sobre S. Juan Bosco.

 Ver también:
Enseñanzas y Sueños de San Juan Bosco
Trabajé siempre con amor -de su epistolario
    Basílica María Auxiliadora y Centro Salesiano Turín

Primeros santos disc
ípulos de S. Juan Bosco
Santo Domingo Savio 
Beato Miguel Rua
(su sucesor) |
Mamá Margarita, madre de S. Juan Bosco, es venerable
salesianosbilbao.com

 Reseña

Tuvo una niñez muy dura. Una vez ordenado sacerdote, empleó todas sus energías en la educación de los jóvenes. Sus grandes amores que fundamentan su espiritualidad: La Eucaristía, la Virgen María, la Iglesia, la fidelidad al Santo Padre, la juventud.

Fundador de la Congregación de los Salesianos, comunidad religiosa con rama masculina y femenina, dedicados a la educación de los jóvenes, en especial los pobres. Les enseñaba la vida cristiana y diversos oficios. Atrajo y sigue atrayendo a multitudes de jóvenes a Cristo. La Congregación toma su nombre de San Francisco de Sales.

Famoso por sus sueños proféticos, ¡se conocen 159 de ellos! Quizás el mas famoso es el de la Nave de Pedro, que explicaremos mas adelante.

San Juan Bosco escribió también algunos opúsculos en defensa de la religión.

Gran constructor de iglesias, entre ellas la Basílica de San Juan Evangelista, la Basílica de María Auxiliadora y la Iglesia del Sagrado Corazón en Roma donde celebró su última misa.

 Vida de San Juan Bosco

Juan Melchor nace en 1815, junto a Castelnuovo, en la diócesis de Turín. Era el menor de los hijos de un campesino piamontés. Su niñez fue muy dura. Su padre murió cuando Juan tenía apenas dos años y medio. La madre, Margarita, analfabeta y muy pobre, pero santa y laboriosa mujer, que debió luchar mucho para sacar adelante a sus hijos, se hizo cargo de su educación.

El primero de sus 159 sueños proféticos 

A los nueve años de edad, un sueño que el rapazuelo no olvidó nunca, le reveló su vocación. Más adelante, en todos los períodos críticos de su vida, una visión del cielo le indicó siempre el camino que debía seguir.

En aquel primer sueño, se vio rodeado de una multitud de chiquillos que se peleaban entre sí y blasfemaban; Juan Bosco trató de hacer la paz, primero con exhortaciones y después con los puños. Súbitamente apareció Nuestro Señor y le dijo: “¡No, no; tienes que ganártelos con la mansedumbre y el amor!” Le indicó también que su Maestra sería la Santísima Virgen, quien al instante apareció y le dijo: “Toma tu cayado de pastor y guía a tus ovejas”. Cuando la Señora pronunció estas palabras los niños se convirtieron primero, en bestias feroces y luego en ovejas.   Mas Sueños e historias >>>

Una gran cualidad: su interés por la salvación de la juventud

El sueño terminó, pero desde aquel momento Juan Bosco comprendió que su vocación era ayudar a los niños pobres, y empezó inmediatamente a enseñar el catecismo y a llevar a la iglesia a los chicos de su pueblo. Para ganárselos, acostumbraba ejecutar ante ellos toda clase de acrobacias, en las que llegó a ser muy ducho. Un domingo por la mañana, un acróbata ambulante dio una función pública y los niños no acudieron a la iglesia; Juan Bosco desafió al acróbata en su propio terreno, obtuvo el triunfo, y se dirigió victoriosamente con los chicos a la misa.

La alegría de Don Bosco

Los muchachos de la calle lo llamaban: ‘Ese es el Padre que siempre está alegre. El Padre de los cuentos bonitos’. Su sonrisa era de siempre. Nadie lo encontraba jamás de mal humor y nunca se le escuchaba una palabra dura o humillante. Hablar con él la primera vez era quedar ya de amigo suyo para toda la vida. El Señor le concedió también el don de consejo: Un consejo suyo cambiaba a las personas. Y lo que decía eran cosas ordinarias.

Durante las semanas que vivió con una tía que prestaba servicios en casa de un sacerdote, Juan Bosco aprendió a leer. Tenía un gran deseo de ser sacerdote, pero hubo de vencer numerosas dificultades antes de poder empezar sus estudios. A los dieciséis años, ingresó finalmente en el seminario de Chieri y era tan pobre, que debía mendigar para reunir el dinero y los vestidos indispensables.

El alcalde del pueblo le regaló el sombrero, el párroco la chaqueta, uno de los parroquianos el abrigo y otro, un par de zapatos. Después de haber recibido el diaconado, Juan Bosco pasó al seminario mayor de Turín y ahí empezó, con la aprobación de sus superiores, a reunir los domingos a un grupo de chiquillos y mozuelos abandonados de la ciudad.

San José Cafasso, sacerdote de la parroquia anexa al seminario mayor de Turín, confirmó a Juan Bosco en su vocación, explicándole que Dios no quería que fuese a las misiones extranjeras: “Desempaca tus bártulos –le dijo–, y prosigue tu trabajo con los chicos abandonados. Eso y no otra cosa es lo que Dios quiere de ti”.

El mismo Don Cafasso le puso en contacto con los ricos que podían ayudarle con limosnas para su obra, y le mostró las prisiones y los barrios bajos en los que encontraría suficientes clientes para aprovechar los donativos de los ricos.

El primer puesto que ocupó Don Bosco fue el de capellán auxiliar en una casa de refugio para muchachas, que había fundado la marquesa di Barola, la rica y caritativa mujer que socorrió a Silvio Pellico cuando éste salió de la prisión. Los domingos, Don Bosco no tenía trabajo de modo que podía ocuparse de sus chicos, a los que consagraba el día entero en una especie de escuela y centro de recreo, que él llamó “Oratorio Festivo”.

Pero muy pronto, la marquesa le negó el permiso de reunir a los niños en sus terrenos, porque hacían ruido y destruían las flores. Durante un año, Don Bosco y sus chiquillos anduvieron de “Herodes a Pilatos”, porque nadie quería aceptar ese pequeño ejército de más de un centenar de revoltosos muchachos.

Cuando Don Bosco consiguió, por fin, alquilar un viejo granero, y todo empezaba a arreglarse, la marquesa, que a pesar de su generosidad tenía algo de autócrata, le exigió que escogiera entre quedarse con su tropa o con su puesto en el refugio para muchachas. El santo escogió a sus chicos.

Oratorios, escuelas, talleres…

En esos momentos críticos, le sobrevino una pulmonía, cuyas complicaciones estuvieron a punto de costarle la vida. En cuanto se repuso, fue a vivir en unos cuartuchos miserables de su nuevo oratorio, en compañía de su madre, y ahí se entregó, con toda el alma, a consolidar y extender su obra. Dio forma acabada a una escuela nocturna, que había inaugurado el año precedente, y como el oratorio estaba lleno a reventar, abrió otros dos centros en otros tantos barrios de Turín.

Por la misma época, empezó a dar alojamiento a los niños abandonados. Al poco tiempo, había ya treinta o cuarenta chicos, la mayoría aprendices, que vivían con Don Bosco y su madre en el barrio de Valdocco. Los chicos llamaban a la madre de Don Bosco “Mamá Margarita”.

Con todo, Don Bosco cayó pronto en la cuenta que todo el bien que hacía a sus chicos se perdía con las malas influencias del exterior, y decidió construir sus propios talleres de aprendizaje. Los dos primeros: el de los zapateros y el de los sastres, fueron inaugurados en 1853.

Crece la familia

El siguiente paso fue construir una iglesia, consagrada a San Francisco de Sales. Después vino la construcción de una casa para la enorme familia. El dinero no faltaba, a veces, por verdadero milagro. Don Bosco distinguía dos grupos entre sus chicos: el de los aprendices, y el de los que daban señales de una posible vocación sacerdotal. Al principio iban a las escuelas del pueblo; pero con el tiempo, cuando los fondos fueron suficientes, Don Bosco instituyó los cursos técnicos y los de primeras letras en el oratorio.

En 1856, había ya 150 internos, cuatro talleres, una imprenta, cuatro clases de latín y diez sacerdotes. Los externos eran quinientos. Con su extraordinario don de simpatía y de leer los corazones, Don Bosco ejercía una influencia ilimitada sobre sus chicos, de suerte que podía gobernarles con aparente indulgencia y sin castigos, para gran escándalo de los educadores de su tiempo.

Veía en sueños el estado exacto de la conciencia de sus discípulos y después los llamaba y les hacía una descripción tan completa de los pecados que ellos habían cometido, que muchos aclamaban emocionados: “Si hubiera venido un ángel a contarle toda mi vida no me habría hablado con mayor precisión” .

Se gana de tal manera el cariño de los jóvenes, que es difícil encontrar en toda la historia de la humanidad, después de Jesús, un educador que haya sido tan amado como Don Bosco. Los jóvenes llegaban hasta pelear unos contra otros afirmando cada uno que a él lo amaba el santo más que a los demás.

Dedicó su vida a la difusión de las buenas lecturas

Además de este trabajo, Don Bosco se veía asediado de peticiones para que predicara; la fama de su elocuencia se había extendido enormemente a causa de los milagros y curaciones obradas por la intercesión del santo. Otra forma de actividad, que ejerció durante muchos años, fue la de escribir libros para el gusto popular, pues estaba convencido de la influencia de la lectura.

Él decía que Dios lo había enviado al mundo para educar a los jóvenes pobres y para propagar buenos libros, los cuales, además eran sumamente sencillos y fáciles de entender. “Propagad buenos libros –decía Don Bosco– sólo en el cielo sabréis el gran bien que produce una buena lectura”. Unas veces se trataba de una obra de apologética, otras de un libro de historia, de educación o bien de una serie de lecturas católicas. Este trabajo le robaba gran parte de la noche y al fin, tuvo que abandonarlo, porque sus ojos empezaron a debilitarse.

En búsqueda de colaboradores

El mayor problema de Don Bosco, durante largo tiempo, fue el de encontrar colaboradores. Muchos jóvenes sacerdotes entusiastas, ofrecían sus servicios, pero acababan por cansarse, ya fuese porque no lograban dominar los métodos impuestos por Don Bosco, o porque carecían de su paciencia para sobrellevar las travesuras de aquel tropel de chicos mal educados y frecuentemente viciosos, o porque perdían la cabeza al ver que el santo se lanzaba a la construcción de escuelas y talleres, sin contar con un céntimo.

Aun hubo algunos que llevaron a mal que Don Bosco no convirtiera el oratorio en un club político para propagar la causa de “La Joven Italia”. En 1850, no quedaba a Don Bosco más que un colaborador y esto le decidió a preparar, por sí mismo, a sus futuros colaboradores. Así fue como Santo Domingo Savio ingresó en el oratorio, en 1854.

Nace la gran familia Salesiana

Por otra parte, Don Bosco había acariciado siempre la idea, más o menos vaga, de fundar una congregación religiosa. Después de algunos descalabros, consiguió por fin formar un pequeño núcleo. “En la noche del 26 de enero de 1854 –escribe uno de los testigos– nos reunimos en el cuarto de Don Bosco. Se hallaban ahí además, Cagliero, Rocchetti, Artiglia y Rua. Llegamos a la conclusión de que, con la ayuda de Dios, íbamos a entrar en un período de trabajos prácticos de caridad para ayudar a nuestros prójimos.

Al fin de ese período, estaríamos en libertad de ligarnos con una promesa, que más tarde podría transformarse en voto. Desde aquella noche recibieron el nombre de Salesianos todos los que se consagraron a tal forma de apostolado. Naturalmente, el nombre provenía del gran obispo de Ginebra, San Francisco de Sales (el “Santo de la amabilidad”). El momento no parecía muy oportuno para fundar una nueva congregación, pues el Piamonte no había sido nunca más anticlerical que entonces.

Los jesuitas y las Damas del Sagrado Corazón habían sido expulsados; muchos conventos habían sido suprimidos y, cada día, se publicaban nuevas leyes que coartaban los derechos de las órdenes religiosas. Sin embargo, fue el ministro Rattazzi, uno de los que más parte había tenido en la legislación, quien urgió un día a Don Bosco a fundar una congregación para perpetuar su trabajo y le prometió su apoyo ante el rey”.

En diciembre de 1859, Don Bosco y sus veintidos compañeros decidieron finalmente organizar la congregación, cuyas reglas habían sido aprobadas por Pío IX. Pero la aprobación definitiva no llegó sino hasta quince años después, junto con el permiso de ordenación para los candidatos del momento. La nueva congregación creció rápidamente: en 1863 había treinta y nueve salesianos; a la muerte del fundador, eran ya 768, y en la actualidad se cuentan por millares: Diecisiete mil en 105 países, con 1,300 colegios y 300 parroquias, y se hallan establecidos en todo el mundo.

Don Bosco realizó uno de sus sueños al enviar sus primeros misioneros a la Patagonia. Poco a poco, los Salesianos se extendieron por toda la América del Sur. Cuando San Juan Bosco murió, la congregación tenía veintiséis casas en el Nuevo Mundo y treinta y ocho en Europa. Las instituciones salesianas en la actualidad comprenden escuelas de primera y segunda enseñanza, seminarios, escuelas para adultos, escuelas técnicas y de agricultura, talleres de imprenta y librería, hospitales, etc., sin omitir las misiones extranjeras y el trabajo pastoral.

El siguiente paso de Don Bosco fue la fundación de una congregación femenina, encargada de hacer por las niñas lo que los Salesianos hacían por los niños. La congregación quedó inaugurada en 1872, con la toma de hábito de veintisiete jóvenes, entre ellas, Santa María Dominga Mazzarello, que fue la cofundadora, a las que el santo llamó Hijas de Nuestra Señora, Auxilio de los Cristianos (o Hijas de María Auxiliadora). La nueva comunidad se desarrolló casi tan rápidamente como la anterior y emprendió, además de otras actividades, la creación de escuelas de primera enseñanza en Italia, Brasil, Argentina y otros países. “Hoy en día son dieciséis mil, en setenta y cinco países”.

Para completar su obra, Don Bosco organizó a sus numerosos colaboradores del exterior en una especie de tercera orden, a la que dio el título de Colaboradores Salesianos. Se trataba de hombres y mujeres de todas las clases sociales, que se obligaban a ayudar en alguna forma a los educadores salesianos.

Nuestro Señor le inspiró un sabio método de enseñanza

El sueño o visión que tuvo Don Bosco en su juventud marcó toda su actividad posterior con los niños. Todo el mundo sabe que para trabajar con los niños, hay que amarlos; pero lo importante es que ese amor se manifieste en forma comprensible para ellos. Ahora bien, en el caso de Don Bosco, el amor era evidente, y fue ese amor el que le ayudó a formar sus ideas sobre el castigo, en una época en que nadie ponía en tela de juicio las más burdas supersticiones acerca de ese punto.

Los métodos de Don Bosco consistían en desarrollar el sentido de responsabilidad, en suprimir las ocasiones de desobediencia, en saber apreciar los esfuerzos de los chicos, y en una gran amistad. En 1877 escribía: “No recuerdo haber empleado nunca un castigo propiamente dicho. Por la gracia de Dios, siempre he podido conseguir que los niños observen no sólo las reglas, sino aun mis menores deseos”. Pero a esta cualidad se unía la perfecta conciencia del daño que puede hacer a los niños un amor demasiado indulgente, y así lo repetía constantemente Don Bosco a los padres.

Una de las imágenes más agradables que suscita el nombre de Don Bosco es la de sus excursiones domingueras al bosque, con una parvada de rapazuelos. El santo celebraba la misa en alguna iglesita de pueblo, comía y jugaba con los chicos en el campo, les daba una clase de catecismo, y todo terminaba al atardecer, con el canto de las vísperas, pues Don Bosco creía firmemente en los benéficos efectos de la buena música.

La construcción de iglesias

El relato de la vida de Don Bosco quedaría trunco, si no hiciéramos mención de su obra de constructor de iglesias. La primera que erigió era pequeña y resultó pronto insuficiente para la congregación. El santo emprendió entonces la construcción de otra mucho más grande, que quedó terminada en 1868. A ésta siguió una gran basílica en uno de los barrios pobres de Turín, consagrada a San Juan Evangelista.

El esfuerzo para reunir los fondos necesarios había sido inmenso; al terminar la basílica, el santo no tenía un céntimo y estaba muy fatigado, pero su trabajo no había acabado todavía. Durante los últimos años del pontificado de Pío IX, se había creado el proyecto de construir una iglesia del Sagrado Corazón en Roma, y el Papa había dado el dinero necesario para comprar el terreno. El sucesor de Pío IX se interesaba en la obra tanto como su predecesor, pero parecía imposible reunir los fondos para la construcción.

“Es una pena que no podamos avanzar” –dijo el Papa al terminar un consistorio–. “La gloria de Dios, el honor de la Santa Sede y el bien espiritual de muchos fieles están comprometidos en la empresa. Y no veo cómo podríamos llevarla adelante”

–“Yo puedo sugerir una manera de hacerlo” –dijo el cardenal Alimonda.
–“¿Cuál? –preguntó el Papa.
–“Confiar el asunto a Don Bosco”.
–”¿Y Don Bosco estaría dispuesto a aceptar?”
–”Yo le conozco bien” –replicó el cardenal–; “la simple manifestación del deseo de Vuestra Santidad será una orden para él”.

La tarea fue propuesta a Don Bosco, quien la aceptó al punto.

Cuando ya no pudo obtener más fondos en Italia, se trasladó a Francia, el país en que había nacido la devoción al Sagrado Corazón. Las gentes le aclamaban en todas partes por su santidad y sus milagros y el dinero le llovía. El porvenir de la construcción de la nueva iglesia estaba ya asegurado; pero cuando se aproximaba la fecha de la consagración, Don Bosco repetía que, si se retardaba demasiado, no estaría en vida para asistir a ella. La consagración de la iglesia tuvo lugar el 14 de mayo de 1887, y San Juan Bosco celebró ahí la misa, poco después.

Muerte de Don Bosco

Pero sus días tocaban a su fin. Dos años antes, los médicos habían declarado que el santo estaba completamente agotado y que la única solución era el descanso; pero el reposo era desconocido para Don Bosco. A fines de 1887, sus fuerzas empezaron a decaer rápidamente; la muerte sobrevino el 31 de enero de 1888, cuando apenas comenzaba el día, de suerte que algunos autores escriben, sin razón, que Don Bosco murió al día siguiente de la fiesta de San Francisco de Sales.

Su cuerpo permanece incorrupto en la Basílica de María Auxiliadora en Turín, Italia.

Sus últimas recomendaciones fueron: “Propagad la devoción a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros. Ayudad mucho a los niños pobres, a los enfermos, a los ancianos y a la gente más necesitada, y conseguiréis enormes bendiciones y ayudas de Dios. Os espero en el Paraíso”.

Cuarenta mil personas desfilaron ante su cadáver en la iglesia, y sus funerales fueron una especie de marcha triunfal, porque toda la ciudad de Turín salió a la calle durante tres días a honrar a Don Bosco por última vez.

Fueron tantos los milagros conseguidos al encomendarse a Don Bosco, que el Sumo Pontífice lo canonizó cuando apenas habían pasado cuarenta y seis años de su muerte (en 1934) y lo declaró Patrono de los que difunden buenas lecturas y “Padre y maestro de la juventud”.

Fuente Bibliográfica:  “Vidas de los Santos de Butler”, tomo I, excepto algunas adaptaciones hechas por las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María, y partes que van en letra itálica, procedentes de: “Vidas de Santos (1)y “Autobiografía de San Juan Bosco”, del Padre Eliécer Sálesman, Apostolado Bíblico Católico.

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Esta página es obra de Las  Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María.
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* IGLESIA CATÓLICA”La puerta abierta de la Iglesia católica para los anglicanos”

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30 de ene de 2015

Una solución inaugurada por Benedicto XVI para sacerdotes y laicos anglicanos que quieran vivir la fe católica

La ordenación episcopal de una mujer anglicana ha puesto de nuevo en el candelero la crisis de la Comunión Anglicana, que ha empujado a la Iglesia católica a acoger a los anglicanos que, aun manteniendo los ritos propios, quieren pertenecer a la Iglesia católica.

A tal fin el papa Benedicto XVI creó en 2009 los llamados “ordinariatos personales” (Constitución Apostólica Angliconarum coetibus) que acogen a sacerdotes y fieles procedentes del anglicanismo y que no quieren continuar en esta comunión a causa de lo que creen son desviaciones fundamentales de la doctrina, como la ordenar mujeres al sacerdocio.

Hasta ahora se han creado tres ordinariatos, equivalentes a obispados, que tienen la especificidad de que los sacerdotes (un centenar en total) que proceden de la comunión anglicana mantienen sus ritos propios y por eso se diferencian de los católicos latinos. Además dependen directamente de la congregación para la Doctrina de la Fe y no de la congregación de los Obispos. A los ordinariatos se han unido también parroquias y clero Luterano, también disconformes con la decisión de incluir a las mujeres en el sacerdocio.

Los sacerdotes anglicanos casados pueden ordenarse sacerdotes católicos y lógicamente siguen casados. Esta nueva ordenación de los sacerdotes es imprescindible porque la Iglesia anglicana no conserva la tradición apostólica y por lo tanto el ministerio de los obispos anglicanos no es reconocido por la Iglesia católica como tales, a pesar de que en la época del cisma, en el reinado de Enrique VIII, eran todos obispos católicos.

Los sacerdotes casados, sin embargo, no pueden ser obispos, pues el ministerio episcopal se reserva a los sacerdotes que han vivido en el celibato. Lo mismo ocurre en las iglesias ortodoxas y en las iglesias greco-católicas donde es posible ordenar a hombres que hayan contraído matrimonio. El celibato es una disciplina eclesiástica y no forma parte del contenido de la fe, por lo que aunque extrañe a los católicos latinos, hay sacerdotes –ahora también los que proceden del anglicanismo—que están casados. Pero cuidado, no se casaron una vez fueron sacerdotes, sino al revés, cuando se habían casado. Matiz muy importante.

El primer ordinariato es el de Nuestra Señora de Walsingham que abarca los territorios de Inglaterra y Gales, y es el más numeroso con 81 sacerdotes. Fue erigido en enero del año 2011 y a su frente está el obispo Keith Newton. El segundo, llamado La Silla de San Pedro, fue erigido un año más tarde (2012) y abarca los territorios de Estados Unidos y Canadá. El tercero, Nuestra Señora de la Cruz Meridional, se encuentra en Australia y las misiones de los archipiélagos circundantes.

La ordenación de la mujer

En la Iglesia católica y en las iglesias ortodoxas la ordenación sacerdotal está reservada a los varones por motivos que tienen su origen en la Revelación y en la Tradición, por lo que san Juan Pablo II, en 1994, y ante la polémica desatada con la ordenación de las primera mujeres anglicanas, estableció que el principio de que la ordenación sacerdotal se reservaba a los varones formaba parte del depósito de la fe.

No por motivos sociológicos, históricos o disciplinares,  sino porque así lo quiso Jesucristo, cabeza y Esposo de la Iglesia y se ha mantenido en toda la tradición católica. Jesucristo podría haber hecho otra cosa y no lo hizo. Esto no significa una discriminación para la mujer, pues el ministerio sacerdotal es esencialmente un servicio, y, además, la criatura más excelsa que ha creado Dios ha sido la Virgen María, una mujer, pero no estuvo en el Cenáculo entre los doce elegidos ni la Virgen ni las santas mujeres que seguían a Jesús.

Todo está explicado en la Carta Apostólica “Ordenatio sacerdotalis” (1994) de san Juan Pablo II. En ella se dice con claridad que el Papa no tiene capacidad para autorizar la ordenación de mujeres, pues al ser custodio de la fe no puede cambiar ni la revelación ni la tradición. En este documento deja zanjado para siempre el tema del sacramento del Orden que lo reciben solo los varones.

San Juan Pablo II completa la doctrina de Pablo VI quien en 1977, en su documento Inter Insigniores, establece ya esa doctrina. Posterior a la publicación de Ordinatio Sacerdotalis se planteó una “duda” sobre si la cuestión de la ordenación sacerdotal reservada solo a los varones formaba parte del “depósito de la fe”.

La respuesta (octubre de 1995) fue: “Sí”. “Esta doctrina –dice la respuesta– exige un asentimiento definitivo, puesto que, basada en la Palabra de Dios escrita y constantemente conservada y aplicada en la Tradición de la Iglesia desde el principio, ha sido propuesta infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal (cf.  Lumen gentium, 25,2)”.

fuente: Aleteia

* AUDIENCIA GENERAL “La belleza de la paternidad y de la maternidad. El Papa anuncia su próxima catequesis y recuerda a Jesús: Camino, Maestro y Esperanza”

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(RV).- «¡Deseo a todos que la visita a las Tumbas de los Apóstoles suscite en cada uno renovados propósitos de alegre testimonio cristiano en la familia y en la sociedad

«Hoy nos dejamos guiar por la palabra padre», palabra tan querida para nosotros los cristianos, porque es el nombre con el que Jesús nos ha enseñado a llamar a Dios, dijo el Papa Francisco al reanudar sus catequesis sobre la familia, anunciando que el próximo miércoles proseguirá sobre este tema, con el anhelo de destacar la «belleza de la paternidad y de la maternidad, la belleza y la responsabilidad de ser padres y madres».

Y, en sus saludos a los peregrinos de tantas partes del mundo, invitó a que en ocasión de su peregrinación a Roma, se pongan a la escucha de Jesús, que nos revela que Dios es un Padre que nos ama y en el Él somos todos hermanos y hermanas. El Papa dirigió también su cordial bienvenida a  los peregrinos de lengua árabe, en particular a los de Oriente Medio, reiterando su exhortación a confiar en Jesús – Camino, Maestro y Esperanza – el amor puede hacer que en el mundo haya paz y fraternidad:

«Queridos hermanos y hermanas, ¡no tengan miedo de afrontar los desafíos de la vida! ¡Cuenten con Jesús! Él es, en efecto, el Camino que hay que seguir, el Maestro que hay que escuchar, la Esperanza de que el mundo puede cambiar, que el amor vence el odio, que puede haber un futuro de fraternidad y de paz para todos»

Tras invocar sobre las familias la gracia y la paz del Señor Jesucristo, el Obispo de Roma invitó a aprender de los Santos:

«Aprendamos de los Santos a vivir con el poder de la oración dirigida a Dios nuestro Padre comprometiéndonos al servicio de las necesidades y la salvación de los hermanos. Que el Espíritu Santo los ayude a ser santos y los guíe en su camino».

El Santo Padre alentó asimismo a orar por todas las familias, con especial atención a las más necesitadas:

«Oremos por todas las familias, en especial por aquellas que se encuentran en dificultad, con la certeza de que ¡ellas son un don de Dios para nuestras comunidades cristianas!»

En el día de la memoria de Santo Tomás de Aquino, dirigiéndose en especial a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados, el Obispo de Roma  recordó el ejemplo de este sacerdote dominico, Doctor de la Iglesia y Patrono de las escuelas católicas:

«Hoy celebramos la memoria de Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia. Que su dedicación al estudio impulse en ustedes, queridos jóvenes, el empeño de la inteligencia y de la voluntad al servicio del Evangelio. Que su fe los ayude a ustedes, queridos enfermos, a dirigirse al Señor, también en la prueba. Y que su mansedumbre indique, a ustedes, queridos recién casados, el estilo de las relaciones entre los cónyuges en la familia».

(CdM – RV)

Fuente: Radio Vaticano

* SANTO DEL DIA “Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia” 28 de enero.

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Memoria de santo Tomás de Aquino, presbítero de la Orden de Predicadores y doctor de la Iglesia, que, dotado de gran inteligencia, con sus discursos y escritos comunicó a los demás una extraordinaria sabiduría. Llamado a participar en el II Concilio Ecuménico de Lyon por el papa beato Gregorio X, falleció durante el viaje en el monasterio de Fossanova, en el Lacio, el día siete de marzo, fecha en la que, años después, se trasladaron sus restos a la ciudad de Toulouse, en Francia.
fecha: 28 de enero
n.: c. 1225†: 1274país: Italia
canonización: C: Juan XXII 18 jul 1323
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
patronazgo: patrono de los intelectuales católicos, de las escuelas y universidades católicas, de los teólogos, filósofos, estudiantes, libreros y los fabricantes de lápices, protector contra los rayos, el tiempo severo y las tormentas, para pedir por la castidad y la pureza.

oración:

Creador inefable, que de los tesoros de tu sabiduría formaste tres jerarquías de ángeles y con maravilloso orden las colocaste sobre el cielo empíreo, y distribuiste las partes del universo con suma elengancia.

Tú que eres la verdadera fuente de luz y sabiduría, y el soberano principio, dígnate infundir sobre las tinieblas de mi entendimiento un rayo de tu claridad, apartando de mí la doble oscuridad en que he nacido: el pecado y la ignorancia.

Tú, que haces elocuentes las lenguas de los niños, instruye mi lengua e infunde en mis labios la gracia de tu bendición.

Dame agudeza para entender, capacidad para retener, método y facilidad para aprender, sutileza para interpretar, y gracia copiosa para hablar.

Dame acierto al empezar, dirección al progresar y perfección al acabar.

Amén.

(Oración DE santo Tomás para antes de estudiar)

La familia de los condes de Aquino descendía en línea directa de los lombardos. Landulfo, el padre de Tomás, era caballero; su madre, Teodora, era de ascendencia normanda. Por su físico, Tomás era más nórdico que meridional: estatura imponente, anchas espaldas y tez clara. No conocemos con exactitud el año de su nacimiento (debió ser hacia 1225), en el castillo de Rocca Secca, cuyas ruinas dominan todavía, desde un alto acantilado, la llanura de Campania Felice y el pueblecito de Aquino. Tomás era el más joven de los cuatro hijos. Tenía también algunas hermanas, la más joven de las cuales murió fulminada por un rayo en la misma habitación que ocupaba el santo; éste escapó ileso. Se dice que tuvo durante toda su vida mucho miedo a las lempestades y que acostumbraba refugiarse en alguna iglesia cuando caían rayos. De ahí nació la costumbre popular de venerar a santo Tomás como abogado contra las tempestades y la muerte repentina.

A unos cuantos kilómetros al sur de Rocca Secca, se yergue sobre una llanura, la abadía de Monte Cassino, cuna de la vida monástica y uno de los sitios más venerables de Europa. Allí estuvo santo Tomás como oblato, desde los cinco hasta los doce años (cf. cap. LIX de la Regla de San Benito), cuando era abad un pariente suyo, Landulfo Sinbaldo, y allí recibió la primera instrucción. Sus padres le sacaron de la abadía, probablemente debido a la turbulencia del momento, y le enviaron a la Universidad de Nápoles, donde estudió durante cinco años e hizo sus primeros discípulos. En Nápoles se sintió atraído por la Orden de Predicadores, a cuya iglesia iba con frecuencia. Sus amigos, los frailes, le vieron con frecuencia absorto en oración, con el rostro resplandeciente; uno de ellos, el P. de San Julián, exclamó en cierta ocasión: «El Señor te tiene reservado para nuestra orden». Santo Tomás confió al prior que tenía ardientes deseos de ingresar en el convento. Teniendo en cuenta la oposición de su familia, el prior le aconsejó que cultivase su vocación y esperase tres años. El tiempo no hizo más que confirmar la vocación de Tomás, quien tomó el hábito de Santo Domingo hacia los diecinueve años de edad.

La noticia causó gran indignación en Rocca Secca. Su madre no se habría opuesto a que entrase en la Orden de San Benito, pues probablemente le imaginaba ya abad de Monte Cassino, pero no podía aceptar que hubiese abrazado una orden de mendicantes. Así pues, partió hacia Nápoles con la intención de disuadir a su hijo, pero los frailes enviaron rápidamente a Tomás al convento de Santa Sabina de Roma y, cuando Teodora llegó, ya no encontró allí a su hijo. El superior general de la orden decidió que Tomás le acompañase a Bolonia junto con otros religiosos, pero Teodora no estaba dispuesta a verse burlada de ese modo y avisó a sus hijos mayores, que servían en el ejército del emperador en Toscana, para que impidieran la partida de Tomás. Cuando el joven religioso se hallaba descansando a la vera del camino de Aquapendente, cerca de Siena, sus hermanos se presentaron con un pelotón de soldados. En vano intentaron arrancarle el hábito, pero sí lo llevaron prisionero a Rocca Secca y después al castillo de Monte San Giovanni, a cuatro kilómetros de distancia, donde le encerraron, sin permitir más visitas que las de su hermana Marotta, que no era precisamente devota. Al principio, trataron de hacerle cambiar de ideas por todos los medios de convicción posibles; después, empezaron a mitigar poco a poco la severidad de la prisión. Santo Tomás aprovechó el cautiverio para estudiar las «Sentencias» de Pedro Lombardo y aprender de memoria gran parte de la Sagrada Escritura. Se dice que fue entonces cuando escribió un tratado sobre los sofismas de Aristóteles. Al ver fracasados todos sus intentos, los hermanos de Tomás concibieron el infame proyecto de introducir en su habitación a una mujer de mala vida. Pero el santo tomó una tea ardiente para echarla fuera. Se dice que inmediatamente después, se durmió y tuvo un sueño en el que vio a dos ángeles que le ciñeron el pecho con una cuerda que simbolizaba la castidad.

El cautiverio duró dos años, hasta 1245, cuando pudo volver al convento. Sus superiores determinaron enviarle a estudiar bajo la dirección de san Alberto Magno. Tomás partió con el superior general, Juan el Teutón, que iba a París y de ahí prosiguió el viaje a Colonia. Las universidades estaban entonces llenas de clérigos jóvenes, ansiosos de aprender y discutir. Ni los profesores, ni los otros estudiantes apreciaron al principio, en su justo valor, al humilde y tímido religioso. Su silencio en las discusiones y su gigantesca estatura, le valieron el apodo de «el buey silencioso». Un compañero bien intencionado, compadecido de la aparente estulticia de Tomás, le ofreció preparar con él las lecciones de cada día, lo que el santo aceptó con humildad y agradecimiento; pero, cuando se toparon con un pasaje difícil que el condiscípulo de Tomás no entendía, éste se lo explicó con una claridad que lo dejó atónito. Poco después, otro condiscípulo de Tomás mostró al maestro una hoja de los apuntes del santo y aquél no pudo menos de admirar su profundidad. Al día siguiente, San Alberto examinó públicamente a Santo Tomás y al fin exclamó: «Hasta ahora hemos llamado al hermano Tomás ‘el buey silencioso’; pues bien, yo os aseguro que sus mugidos se oirán en todo el mundo». Pero todavía más grande que su ciencia era su piedad. La ordenación sacerdotal no hizo sino aumentar su unión con Dios. Su discípulo y biógrafo, Guillermo de Tocco, nos dice que pasaba horas enteras en oración, de día y de noche. «Al llegar en la misa al momento de la consagración, observó que Tomás, absorto en los divinos misterios y alimentado con sus frutos, se deshacía en lágrimas».

Es bastante incierta la cronología de la vida de santo Tomás en esta época. Sólo se sabe positivamente que en 1252, cuando no era todavía más que bachiller, enseñaba en la Universidad de París, a instancias de san Alberto y del cardenal Hugo de Saintcher. Se hace notar que el sistema de los grados académicos no era entonces el mismo que ahora; generalmente se conferían según los méritos alcanzados en la enseñanza. Santo Tomás comentó en París la Sagrada Escritura y el Líber Sententiarum de Pedro Lombardo. A este propósito escribió sus comentarios sobre el «Libro de las Sentencias», sobre Isaías y sobre el Evangelio de San Mateo. Cuatro años más tarde, se le confió la cátedra de doctor, encargado de enseñar, discutir y predicar. Hacia el fin de este período, empezó a escribir la Summa contra Gentiles. De 1259 a 1268, el santo, que era ya el profesor más popular de París, estuvo en Italia, donde se le nombró predicador general y profesor de la escuela de la corte pontifical para alumnos selectos. Santo Tomás recorrió toda Italia y tuvo ocasión de enseñar y predicar en muchas ciudades. Hacia 1266, empezó a escribir la más famosa de sus obras: la «Summa Theologiae» (Suma Teológica).

En 1269 volvió a París. San Luis de Francia le profesaba tanta estima, que le consultaba todos los asuntos de importancia. Pero nada puede darnos una idea más precisa de la fama del santo, que la decisión de la Universidad de atenerse a su opinión, sobre una cuestión muy debatida hasta entonces: si en el Santísimo Sacramento los accidentes permanecían realmente o sólo en apariencia. Santo Tomás, tras una ferviente oración, escribió su respuesta en forma de tratado y lo depositó sobre el altar, antes de darlo a la luz pública. La Universidad aceptó su decisión, que la Iglesia adoptó más tarde, y el tratado se conserva todavía. A lo que sabemos, ésta fue la primera ocasión en que el Señor manifestó sensiblemente a santo Tomás su aprobación por lo que había escrito, diciéndole en una aparición: «Has hablado bien del Sacramento de mi Cuerpo». Al oír esto, el santo entró en un éxtasis tan largo, que los frailes tuvieron tiempo de reunirse para verlo elevado sobre el suelo. Entonces se oyó una voz que venía del crucifijo y repetía: «Has hablado bien de mí, Tomás. ¿Qué quieres en premio de ello?» El santo respondió: «No quiero ningún otro premio fuera de Ti, Señor». Se cuenta también una historia muy diferente acaecida un día en que el santo fue invitado a comer con el rey san Luis. Durante la comida tuvo una inspiración repentina acerca de una cuestión sobre la que estaba escribiendo y, dando un puñetazo sobre la mesa, exclamó en voz alta: «¡Este es el fin de la herejía maniquea!» Al ver al santo absorto, el prior le tiró de la capa y le recordó que estaba comiendo con el rey; Tomás volvió en sí de su distracción y pidió perdón al monarca.

Durante los dos períodos de su enseñanza en París, la Universidad estuvo sacudida por diversas agitaciones. En 1272, estalló una especie de «huelga general» en las facultades. Justamente en ese momento, santo Tomás fue llamado a Italia y nombrado rector de la casa de estudios de Nápoles. Ese fue el último cargo que ocupó. Al año siguiente, cuando celebraba la misa de la fiesta de san Nicolás, tuvo una visión que le afectó tan profundamente, que cesó de escribir y enseñar, sin acabar siquiera la Summa Theologiae. A los ruegos del hermano Reginaldo, replicó el santo: «Ya no es tiempo de escribir. Todo lo que he escrito me parece que no es sino paja, en comparación de lo que se me ha revelado». Se hallaba ya enfermo cuando el papa Gregorio X le pidió que asistiese al Concilio ecuménico de Lyon para la reunión de las Iglesias griega y latina y que llevase consigo su tratado «Contra los errores de los griegos». Su enfermedad se agravó tanto durante el viaje, que sus acompañantes le transladaron a la abadía cisterciense de Fossa Nuova, cerca de Terracina, donde el abad le cedió su propia celda y los monjes se pusieron a su servicio. Cediendo a los ruegos de los religiosos, el santo empezó a explicarles el «Cantar de los Cantares», pero la muerte le sorprendió antes de terminar. Hizo la última confesión con el P. Reginaldo de Priverno y, al recibir de manos del abad el Santo Viático, pronunció las famosas palabras: «Ahora voy a recibirte a Ti, que eres el precio de la redención de mi alma. Todos mis estudios, vigilias y trabajos han sido por tu amor. He enseñado y escrito mucho sobre el Sagrado Cuerpo de Jesucristo. Todas las enseñanzas que escribí manifiestan mi fe en Jesucristo y en la Santa Iglesia Católica, a cuyo juicio las ofrezco y someto todas». Dos días después entregó el alma a Dios, en la madrugada del 7 de marzo de 1274, cuando no tenía más de cincuenta y cinco años de edad. A san Alberto, que se hallaba en Colonia en ese momento, se le saltaron las lágrimas ante toda la comunidad y dijo: «El hermano Tomás de Aquino, mi hijo en Cristo, la lumbrera de la Iglesia, ha muerto. Dios me lo ha revelado».

Santo Tomás fue canonizado en 1323, pero su cuerpo no volvió a poder de los frailes de Santo Domingo, sino hasta 1368. Fue trasladado con gran pompa a la catedral de Toulouse, donde descansa hasta hoy, aunque hubo un nuevo traslado de reliquias, dentro mismo de Toulouse, el 22 de octubre de 1974. San Pío V confirió a santo Tomás el título de Doctor de la Iglesia en 1567, y en 1880 León XIII le declaró patrono de las universidades, colegios y escuelas. No podemos hablar aquí, en detalle, de los escritos filosóficos y teológicos del santo, que comprenden veinte gruesos volúmenes. Gran parte de su obra está formada por los comentarios de Aristóteles, de cuyos escritos se valió para construir una síntesis cristiana de la filosofía. Se ha dicho que su método consistía en aplicar la geometría a la teología, ya que primero expone el problema o teorema y después las dificultades. Abundan en sus escritos las citas de pasajes de la Sagrada Escritura, de la Tradición de la Iglesia, de las principales obras teológicas y la conclusión consiste siempre en una respuesta categórica a cada una de las objeciones enunciadas al principio. Santo Tomás escribió también disertaciones sobre el Padrenuestro, el Ave María y el Símbolo de los Apóstoles, además de los comentarios sobre numerosos libros de la Sagrada Escritura y de los tratados sobre las cuestiones que se le consultaban. La más importante de sus obras es la Summa Theologiae, que es una exposición muy completa de la doctrina teológica de su tiempo. Se trata indudablemente de uno de los monumentos teológicos más grandes de su época. De las tres obras que había sobre la mesa en el Concilio de Trento, una era la «Summa» de santo Tomás y las otras dos, la Biblia y los Decretos de los Papas. El tiempo que ha pasado hace muy difícil comprender la influencia que santo Tomás ejerció sobre la mentalidad teológica de sus contemporáneos y sus sucesores inmediatos. Por lo demás, los trabajos del santo no se limitaron solamente al dogma, la apologética y la filosofía. Cuando el papa Urbano IV decidió establecer la fiesta de Corpus Christi, movido por las visiones de la beata Juliana de Lieja, pidió a Santo Tomás que compusiera el oficio litúrgico y la misa del día. En ellos muestra el santo su extraordinario dominio de la lengua, no menos que su exactitud doctrinal y su ternura de sentimientos. Casi todos los católicos conocen los himnos «Verbum Supernum» y «Pange lingua» con sus estrofas finales, «0 Salutaris» y «Tantum ergo», que se cantan durante la bendición con el Santísimo Sacramento. También otros himnos del santo, particularmente el «Lauda Sion» y el «Adoro te devote», son muy conocidos.

Entre las cualidades sobresalientes de santo Tomás hay que mencionar el espíritu de oración y la humildad. Como él lo afirmaba constantemente, había aprendido más al pie del crucifijo que estudiando en los libros. El hermano Reginaldo escribe: «Su maravillosa ciencia provenía menos de su genio que de la eficacia de sus oraciones. Tomás oraba con muchas lágrimas para obtener de Dios la luz sobre Sus misterios y el Señor se la daba a raudales». La modestia con que santo Tomás consideraba su genio era extraordinaria. En cierta ocasión en que le preguntaron si tenía tentaciones de orgullo y vanagloria, replicó: «no». En seguida añadió que, las raras veces en que le venían tales pensamientos, el sentido común le demostraba inmediatamente cuán vanos eran. Por lo demás, tenía tendencia a considerar que los otros eran mejores que él. Exponía sus opiniones con increíble modestia; jamás se dejó llevar por la cólera en las discusiones, por mucho que le provocasen y nunca se le oyó decir alguna cosa que hubiese podido herir a un tercero.

No poseemos sobre la vida de santo Tomás una información tan completa como seria de desear, sobre todo acerca de sus primeros años. Sin embargo, existe una buena cantidad de documentos contemporáneos. Guillermo da Tocco, el autor de la biografía que se halla en Acta Sanctorum, fue discípulo suyo; también lo fue Ptolomeo de Lucca, quien le consagró muchas páginas de su Historia Eclesiástica. Se conservan y han sido publicados por los bolandistas, muchos de los testimonios recogidos con miras a la canonización. En las cartas y crónicas de la época, así como en la gran obra de Denifle, Chartularium Universitatis Parisiensis, se encuentran muchas informaciones complementarias. Ver G. K. Chesterton, Saint Thomas Aquinas (1933); A. Sertillanges, St. Thomas Aquinas and his Work (1933). La obra más equilibrada, en la que la unción se une con la erudición crítica, es la de Angelo Walz, St. Thomas Aquinas (1945). Otro relato de la vida del santo, junto con artículos a él referidos, y algunas de sus obras, en Mercabá. También la Catholic Encyclopedia tiene un extenso e interesante artículo (aquí la versión castellana, pero no parece completa). En la Biblioteca de ETF hay también material de y sobre el Aquinate, basta poner «Aquino» en el buscador interno. Una breve pero excelente introducción a su obra está incluida en «La Filosofía en la Edad Media», de E. Gilson (en la Biblioteca de ETF hay versión en portugués, en la cual ocupa las páginas 652 a 671). Hay muchas ediciones en línea de la obra de santo Tomás, la que parece mejor de la Suma Teológica en castellano es la de el sitio de Hernán.
Cuadros:
-Stefano di Giovanni Sassetta: Tomás ante la cruz, 1423, Museos Vaticanos, Roma.
-Vittore Carpaccio: Santo Tomás en el cielo, entre san Marcos y Luis de Toulouse, 1507, Galería Estatal, Stuttgart, Alemania.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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* MENSAJE DE NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ EN MEGJUGORJE 25 de enero 2015

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“Queridos hijos! También hoy los invito a vivir en oración su vocación. Ahora más que nunca, Satanás quiere sofocar, con su viento contagioso de odio y de inquietud, al hombre y su alma. En muchos corazones no hay alegría porque no está Dios ni la oración. El odio y la guerra crecen día a día. Los invito, hijitos, a empezar de nuevo con entusiasmo el camino de la santidad y del amor, porque por eso yo he venido entre ustedes. Juntos, seamos amor y perdón para todos aquellos que solo saben y quieren amar con el amor humano, y no con el inmenso amor de Dios al cual Él los invita. Hijitos, que la esperanza en un mañana mejor esté siempre en su corazón. Gracias por haber respondido a mi llamado. ”

Fuente: http://www.medjugorje.ws/es/messages/

* SANTO DEL DÍA “Santa Ángela de mereci” 27 de enero.

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La fundadora de las ursulinas, primera congregación femenina dedicada a la enseñanza, nació el 21 de marzo de 1470 en el Desenzano, en Lombardía. Los padres de la santa, más piadosos que ricos, la educaron cristianamente. Ambos murieron cuando Angela tenía 10 años, quien junto con sus dos hermanos se mudaron a la casa de un tío suyo.

A la edad de 25 años regresó a su pubelo natal. Quedó muy sorprendida de la ignorancia de los niños, a quienes sus padres no podían o no querían enseñar ni siquiera los más elemental del catecismo. Sintiéndose llamada a resolver este problema, decidió hablar con algunas amigas quienes de inmediato decidieron seguir generosamente a la santa. Las buenas mujeres con Angela a la cabeza, emepezaron a reunir a las niñas de la ciudad y educarlas sistemáticamente. Pronto, la obra empezó a tener sus frutos, y Santa Angela fue invitada a fundar otra escuela en Brescia.

Hacia el año 1533, la santa empezó a formar a varias jóvenes selectas en una especie de noviciado informal. Doce de esas jóvenes se fueron a vivir con ella en una casa de las cecanías de la Igleisa de Santa Afra. Dos años después, 20 jóvenes se consagraron al servicio de Dios y la santa las puso al servicio de Santa Ursula, la patrona de las universidades medievales. Por ellos, las hijas de Santa Angela han conservado el nombre de ursulinas. El 25 de noviembre de 1535 fue la fecha de la fundación de la Orden de las Ursulinas. Las ursulinas se reunían para la enseñanaza y la oración, ejecutaban trabajos que se les encomendaban y procuraban llevar vida de perfección en la casa paterna.

Sin embargo, pese a los cambios, las ursulinas conservan hasta el día de hoy la finalidad para la que fueron creadas: la educación de las niñas, sobre todo de las niñas pobres. En las primeras elecciones, la santa fue nombrada superiora y ejerció ese cargo durante los últimos cinco años de su vida. A principios de enero de 1540, cayó enferma y murió el 27 del mismo mes. En 1544, una bula de Paulo III confirmó la Compañía de Santa Ursula, y la reconoció como congregación. Fue canonizada en 1807.

Fuente: https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=32

* VIDAS DE SANTOS “Santos Timoteo y Tito, obispos” 26 de enero.

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fecha: 26 de enero
canonización: bíblico
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Memoria de san Timoteo y san Tito, obispos, que, discípulos del apóstol san Pablo y colaboradores suyos en el ministerio, presidieron las Iglesias de Efeso, el primero, y de Creta, el segundo. Su maestro les dirigió cartas con sabias advertencias para la formación de los pastores y de los fieles.
patronazgo: (Timoteo): protector contra los dolores de estómago (seguramente por 1Tim 5,23)

oración:

Oh Dios, que hiciste brillar con virtudes apostólicas a los santos Timoteo y Tito, concédenos, por su intercesión, que, después de vivir en este mundo en justicia y santidad, merezcamos llegar al reino de los cielos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

La nueva edición del Martirologio Romano celebra conjuntamente a estos dos obispos de los primeros tiempos de la Iglesia, y destinatarios de tres epístolas canónicas, dos a Timoteo y una a Tito, enviadas bajo el nombre del Apóstol de los Gentiles. En la edición anterior del Martirologio la memoria de san Timoteo estaba inscripta el 24 de enero, y se le consideraba mártir, caracterización que no surge de ninguna fuente confiable y que se ha retirado del Martirologio actual; la memoria de san Tito era tradicionalmente el 6 de febrero. Al rememorarlos conjuntamente, el nuevo Martirologio posiblemente quiere hacer más hincapié en lo que ellos representan como modelos del episcopado, que en las cuestiones estrictamente biográficas, de las que carecemos en muchos casos de datos contrastables. En cuanto a las epístolas, la crítica bíblica contemporánea es casi unánime de que se trata de escritos «pseudoepigráficos» es decir que no son propiamente escritos por san Pablo sino por alguien de su escuela, que firma con su nombre para dejar señalado que lo que escribe reviste la misma autoridad que la del iniciador de la escuela, procedimiento harto habitual entre los escritores antiguos. Se consideran en general escritos del fin del siglo I o inicios del II, y por lo tanto un precioso testimonio de la vida de la Iglesia cuando ya iba finalizando la «época apostólica» y la Iglesia había adquirido institucionalmente gran parte de los rasgos que luego desplegará en el resto de la historia. Naturalmente la pseudoepigrafía (que es una cuestión estrictamente histórica y literaria) no afecta a que las epístolas sean canónicas (es decir, a que sean recibidas por la Iglesia como Palabra de Dios), que lo han sido desde el principio.

Transcribimos las dos noticias hagiográficas del Butler (como siempre, en la edición castellana del P. Guinea, 1964), que, aunque dan por supuesto la identidad entre san Pablo y el autor de las cartas, resumen muy bien lo que puede considerarse el saber tradicional en torno a estos dos personajes. Para la cuestión crítica en torno a las «Cartas pastorales» conviene leer alguna introducción moderna, como Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo, Verbo Divino, pág. 450ss. (artículo de Robert Wild, SJ).

San Timoteo

San Timoteo, el discípulo amado de san Pablo, era probablemente originario de Listria de Licaonia. Su padre era gentil; su madre, que se llamaba Eunice, era judía y abrazó el cristianismo junto con la abuela de Timoteo. San Pablo alaba la fe de esas dos mujeres.

Desde su juventud, nuestro santo se había entregado al estudio de la Sagrada Escritura y, cuando san Pablo se hallaba predicando en Licaonia, los cristianos de Iconio y Listria le hicieron tales alabanzas del buen natural de Timoteo, que el Apóstol le tomó por compañero para sustituir a Bernabé. Aquella adopción dio motivo para que el «Apóstol de las Gentes» pusiera de manifiesto su celo y su prudencia, porque si bien poco antes se había negado a hacer circuncidar a un tal Tito, cuyos padres eran gentiles, con el propósito de demostrar la libertad del Evangelio y refutar a quienes sostenían que el rito de la circuncisión seguía siendo un precepto en la Nueva Ley, hizo que se circuncidara, en cambio, Timoteo, hijo de una judía, estimando que con ello le haría más aceptable a los ojos de los judíos y, al mismo tiempo demostraba que no era enemigo de la ley. San Crisóstomo alaba la prudencia que mostró en esto san Pablo. A ello añadiremos nosotros la alabanza a la obediencia de su discípulo. San Pablo impuso las manos a Timoteo y le confió el ministerio de la predicación. A partir de ese momento, vio en él no sólo a un discípulo e hijo muy querido, sino a un hermano y compañero en el trabajo. San Pablo le llamaba «hombre de Dios», y en su epístola a los Filipenses dijo que nadie le estaba más unido en espíritu que Timoteo.

San Pablo visitó después de Listra todo el resto de Asia Menor. Embarcó con rumbo a Macedonia y predicó en Filipos, Tesalónica y Berea. Acosado por el furor de los judíos, tuvo que abandonar esta última ciudad, dejando ahí a Timoteo para que confirmara en la fe a los neófitos. Al llegar a Atenas mandó a buscarle; pero, al saber que los cristianos de Tesalónica sufrían una cruel persecución, les envió a Timoteo, como su representante, para animarles. Timoteo se reunió con san Pablo en Corinto para darle cuenta de sus triunfos. El Apóstol escribió entonces su primera epístola a los tesalonicenses. Después continuó sus viajes: de Corinto fue a Jerusalén y luego a Efeso, donde permaneció dos años. El año 58 proyectaba volver a Grecia y decidió enviar por delante a Timoteo y a Erasto con instrucciones para que atravesaran Macedonia, anunciando a los fieles su próxima visita, y recogiendo las limosnas que se proponía mandar a los cristianos de Jerusalén.

Después de este viaje, Timoteo se dirigió a Corinto, donde su presencia era necesaria para reavivar entre los fieles las enseñanzas de su maestro. Es indudable que la recomendación que hace san Pablo de su discípulo (en I Cor. 16:10), está relacionada con este viaje. El apóstol esperó en Asia Menor a Timoteo, y, al reunirse, partieron juntos a Macedonia y Acaya. Timoteo se separó de él en Filipos y volvió a reunírsele en Troya. San Pablo fue arrestado a su regreso a Palestina y enviado a Roma, después de dos años de prisión en Cesárea. Timoteo parece haber estado con él casi todo el tiempo, y san Pablo le nombra en el encabezado de sus epístolas a Filemón y a los Filipenses. Timoteo fue también hecho prisionero por Cristo y confesó Su nombre en presencia de muchos testigos, pero se le dejó en libertad. Fue elegido obispo, según parece, por especial inspiración del Espíritu Santo. Cuando san Pablo regresó de Roma, dejó a Timoteo al frente de la Iglesia de Efeso para acabar con los falsos maestros y ordenar sacerdotes, diáconos y aun obispos. San Juan Crisóstomo y otros padres suponen que el apóstol confió a Timoteo todas las iglesias de Asia. Todos hablan de Timoteo como del primer obispo de Efeso.

San Pablo escribió su primera carta a Timoteo desde Macedonia; la segunda desde Roma, donde estaba prisionero, pidiéndole que fuera a verle a la capital del Imperio antes de su muerte. Esta segunda carta es una explosión de ternura de san Pablo por su discípulo: le alienta en sus dificultades, procura reavivar en él la intrepidez y el fuego del Espíritu Santo que la ordenación le había dado, le da instrucciones sobre los falsos hermanos de aquella época y predice nuevos desórdenes y dificultades en la iglesia.

San Timoteo sólo bebía agua; pero, como su salud se resintiera por las grandes austeridades, san Pablo le aconsejó que tomara un poco de vino. San Juan Crisóstomo comenta: «No le dijo simplemente: “Toma vino,” sino “Toma un poco de vino”; y esto no porque Timoteo necesitara tal consejo, sino porque nosotros lo necesitamos». San Timoteo era todavía joven por entonces; tenía alrededor de cuarenta años, según parece. No es por lo tanto difícil que haya ido a Roma a ver a su maestro. Debemos suponer que Timoteo fue nombrado obispo de Efeso por san Pablo, antes de la llegada de san Juan a esa ciudad. Una firme tradición afirma que san Juan ejerció también el apostolado en Efeso y que supervisaba todas las iglesias de Asia. Los antiguos martirologios ponen a san Timoteo entre los mártires.

Las «Actas de Timoteo», atribuidas en parte al famoso Polícrates, obispo de Efeso, pero que parecen haber sido escritas en dicha ciudad en el siglo IV o V y resumidas por Focio, relatan que san Timoteo fue apedreado y apaleado por los paganos al manifestar su oposición a sus ceremonias. En efecto, el 22 de enero se celebraba la fiesta llamada Katagogia, y ese día los paganos recorrían en grupos la ciudad, llevando en una mano un ídolo y en la otra un palo. Existen pruebas de que las supuestas reliquias de san Timoteo fueron trasladadas a Constantinopla, durante el reinado de Constancio. San Juan Crisóstomo y san Jerónimo hacen alusión a los portentos sobrenaturales que tuvieron lugar en el santuario de Constantinopla, como a una cosa de todos conocida.

Ver Acta Sanctorun, 24 de enero. El texto griego de las llamadas Actas de san Timoteo fue editado por H. Esener, el cual, en vista de la sobriedad de dicho texto por lo que se refiere a elementos milagrosos, se inclina a pensar que tiene una base histórica y que se deriva tal vez de una crónica efesina. La ausencia de toda referencia a la traslación de las reliquias de san Timoteo a Constantinopla en 356 le induce a creer que las Actas de san Timoteo fueron compuestas antes de esa fecha. Cf. R. Lipsius, Die apokryphen Apostelgeschichten, vol. II, pt. 2, pp. 372 ss.; y Biblioteca Hagiográfica Latina, n. 1200; Biblioteca Hagiográfica Griega, n. 135.

San Tito

San Tito nació gentil y parece que fue convertido por san Pablo, quien lo llama su hijo en Cristo. Su virtud y méritos le ganaron el afecto del apóstol, pues encontramos que lo empleaba como secretario. Pablo lo trata como a su hermano y socio en sus labores, ensalza su celo por sus hermanos y expresa el consuelo que en él encontraba. En una ocasión declaró que no estaba tranquilo, porque no había encontrado a Tito en Troas. Fueron juntos al concilio celebrado en Jerusalén para debatir la cuestión de los ritos mosaicos; y aunque el apóstol había consentido en la circuncisión de Timoteo para que su ministerio fuera aceptable entre los judíos, no quiso permitir lo mismo con Tito, por el temor de que así se justificara el error de ciertos hermanos, que sostenían que las ceremonias prescritas en la ley mosaica no quedaban abolidas por la ley de la gracia. San Pablo envió a Tito de Efeso a Corinto para poner fin a varias ocasiones de escándalo, y también para apaciguar las discordias en aquella Iglesia. Lo recibieron allí con gran respeto, y quedó satisfecho por lo que se refería a la penitencia y sumisión de los transgresores; pero no consiguieron que aceptara de ellos ningún regalo, ni siquiera su propio sustento. Amaba en singular forma a esa Iglesia; ahí le suplicaron intercediera con san Pablo para obtener el perdón del hombre incestuoso. Por segunda vez el apóstol lo envió a Corinto a reunir limosnas para los cristianos pobres de Jerusalén. Todos estos detalles los sabemos por las dos cartas de san Pablo a los corintios.

San Pablo se detuvo algún tiempo en la isla de Creta para predicar la fe de Jesucristo; pero como las necesidades de otras Iglesias requerían su presencia en otras partes, consagró obispo a Tito para aquella isla, y lo dejó para que terminara el trabajo que él había comenzado; «podemos juzgar por la importancia del cargo, la gran estima que san Pablo tenía por su discípulo». Pero más tarde, a su regreso a Europa, el apóstol le ordenó a Tito que lo encontrara en Nicopolis de Epiro, y que se pusiera en camino tan pronto como Tiquio o Artemas, a quien había enviado para ocupar su lugar, llegara a Creta. San Pablo envió estas instrucciones a Tito en una epístola canónica dirigida a él. Le mandaba que designara presbíteros para todas las ciudades de la isla, resumía las principales cualidades de un obispo, y le daba consejos respecto a su propia conducta para con su rebaño, exhortándole a que mantuviese una estricta disciplina entre los cretenses, de los que Pablo tenía una pobre opinión. Esta carta contiene la regla para la vida episcopal, y podemos considerarla fielmente copiada en la vida de este discípulo. Después de una visita a Dalmacia, Tito retornó a Creta, y todo lo más que podemos afirmar de él es que terminó su vida laboriosa y santa con una muerte tranquila, a edad muy avanzada. En Creta siempre se ha considerado a san Tito como el primer arzobispo de la sede, pero solamente hasta la época del Papa Pío IX fue cuando se le señaló en la Iglesia occidental una fiesta especial en su honor el día 6 de febrero.

Prácticamente no sabemos nada acerca de san Tito, fuera de su relación con san Pablo. Detalles como los que se encuentran en las Actas de santa Tecla que dicen que Tito nació en Iconio, o en la de san Crisóstomo en que parece que nació en Corinto, no son dignos de confianza. Para una cronología y una discusión más completa, el lector debe consultar libros especialmente dedicados a san Pablo. Ciertas Actas de Tito que han sido escritas por «Zenas el abogado», que se menciona en la Epístola a Tito (3:13), sólo pueden considerarse como literatura novelesca; sin embargo, parece que estuvieron algún tiempo en boga. De la misma fuente proviene el relato de Tito que se menciona en el Synaxarium de Constantinopla con fecha 25 de agosto, día de su fiesta en la Iglesia bizantina (véase la edición de Delehaye en el Acta Sanctorum, p. 921). Aquí se representa a Tito como de descendencia real y nacido en Creta, de donde, a la edad de veinte años, fue llamado a Judea por una voz del cielo, un año antes de la Ascensión de Nuestro Señor. También se dice que vivió en Creta hasta que fue nonagenario. Véase Die apokr. Apostelgesch, de R. Lipsius, vol. II, 2. pp. 401-406.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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