* FIESTA “Visitación de la bienaventurada Virgen María” 31 de mayo


Elogio: Fiesta de la Visitación de la Bienaventurada Virgen María, con motivo de su viaje al encuentro de su prima Isabel, que estaba embarazada de un hijo en su ancianidad, y a la que saludó. Al encontrarse gozosas las dos futuras madres, el Redentor que venía al mundo santificó a su precursor, que aún estaba en el seno de Isabel, y al responder María al saludo de su prima, exultante de gozo en el Espíritu Santo, glorificó a Dios con el cántico de alabanza del Magníficat.
Oración: Dios todopoderoso, tú que inspiraste a la Virgen María, cuando llevaba en su seno a tu Hijo, el deseo de visitar a su prima Isabel, concédenos, te rogamos, que, dóciles al soplo del Espíritu, podamos, con María, cantar tus maravillas durante toda nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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Visitación de la bienaventurada Virgen María
fecha:31 de mayo
fecha en el calendario anterior:2 de julio
hagiografía:Abel Della Costa
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Los evangelios son catequesis, la catequesis de la primera Iglesia, fijada y puesta como norma de toda transmisión de la fe para los tiempos futuros, como son los nuestros. Si bien cabe la posibilidad de centrar nuestra atención en los detalles «biográficos» de la vida de Jesús y de los suyos, y para ello no tengamos otro remedio que leer los evangelios como recuerdos histórico-biográficos (ya que son nuestra única fuente primaria, o al menos la más completa en este punto), lo cierto es que leyéndolos así los desnaturalizamos y empequeñecemos. Y no porque la historia, «lo que pasó», no sea importante -¡en definitiva, somos seres históricos, heredamos historia, hacemos historia, y dejamos historia en herencia!-, sino porque en los evangelios, como catequesis que son, «lo que pasó» está al servicio de anunciar lo permanente, algo que no va a caducar ni cambiar (como lo hacen los hechos de la historia): la buena noticia de quién es Jesús.

Tal ocurre con esta escena de la Visitación. podríamos pasarnos horas y días tratando de reconstruir «lo que pasó», incluso podríamos partir de la historia de la Visitación para admirarnos de cómo «movida por la caridad, María no se detuvo ante las dificultades y peligros del viaje desde Nazaret de Galilea hasta el sur de las montañas de Judea…» (Butler) o ditirambos semejantes; pero, ¿le haríamos justicia a lo que san Lucas nos enseña en este pasaje? Y cuando la liturgia nos propone la Visitación como centro de la meditación orante de la Iglesia, ¿le hacemos justicia quedándonos en una vaga evocación biografista de lo singular que fue que la Virgen emprendiera semejante viaje?

A través del «elogio» de la fecha, el Martirologio (y con él la liturgia del día) pone su acento en lo que realmente estamos celebrando, en lo que de verdad evocamos en esta fecha:
Fiesta de la Visitación de la Bienaventurada Virgen María, con motivo de su viaje al encuentro de su prima Isabel, que estaba embarazada de un hijo en su ancianidad, y a la que saludó. Al encontrarse gozosas las dos futuras madres, el Redentor que venía al mundo santificó a su precursor, que aún estaba en el seno de Isabel, y al responder María al saludo de su prima, exultante de gozo en el Espíritu Santo, glorificó a Dios con el cántico de alabanza del Magníficat.

Ese «con motivo de» marca el tono peculiar de esta fiesta: no es el viaje como tal el centro, no es el esfuerzo de la Virgen, no es la lejanía del lugar, no es ni siquiera el encuentro de las dos mujeres el centro, sino que el centro está en que «al encontrarse gozosas … el Redentor santificó a su precursor», y que «al responder María … glorificó a Dios». El centro de toda esta fiesta está puesto en dos focos: el Redentor y Dios, rodeados, evocados, celebrados en María.

Los exégetas bíblicos están en general de acuerdo en que el modo como san Lucas narra esta escena no sólo no tiene ningún punto casual o meramente anecdótico, sino que cada pequeña expresión está al servicio de evocar algún aspecto del Antiguo Testamento, según el modo propio de la catequesis de la primera Iglesia, en la que el Antiguo Testamento mostraba el modelo (el «typos») de la actuación de Dios en la historia, y por lo tanto, comprender cualquier personaje, situación o significado de la Nueva Alianza -incluido al propio Jesús- equivalía a encontrar en el Antiguo Testamento un modelo para ello.

Y así, por ejemplo, el «Magnificat» es, si se me permite el retruécano, un magnífico cántico, pero lo es más todavía no por su originalidad, sino precisamente porque no es del todo original, sino que quiere ser una evocación de muchos textos del AT, pero principalmente del «Cántico de Ana» de 1Samuel 2,1-10. Es posiblemente difícil para nosotros, ávidos de novedad y que incluso juzgamos que algo tiene más valor precisamente y porque es «nuevo» y «original», vibrar con esta pasión de la Biblia por la «repetición»: ésa es, para la catequesis bíblica, la mejor garantía, el sello de Dios: que lo que ocurre ya ha ocurrido, y se realiza así en nuestra cambiante historia la permanencia de Dios. Por eso es tan difícil partir de la Biblia para conocer la historia, porque cuando nosotros nos preguntamos «qué pasó», en realidad queremos decir: «¿qué tuvo este hecho de diferente a todos los demás hechos de la historia?», mientras que la Biblia se empeña en mostrarnos lo que es, a través de y en el prisma de lo que fue una vez, y otra vez, y otra vez.

Podemos gozar mucho de lo que transmite la historia de la Visitación si la leemos, por ejemplo, a través del prisma de 2 Samuel 6. Posiblemente el versículo 9 de esa historia sea uno de los motores generadores de ésta. Se pregunta David: «¿Como voy a llevar a mi casa el arca de Yahveh?»; se pregunta Isabel: «¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?». No se trata de una mera repetición (incluso están invertidas, llevar-venir) sino de una repetición tipológica: en el arca de la Alianza la primera Iglesia vio anunciado el misterio de cómo Dios se presenta en medio de su pueblo, a la vez patente y oculto: Dios está, pero hay que hacer algo para poder verlo. «¡Bendita tú entre las mujeres!», dice Isabel; y con sólo esa frase, san Lucas abre un espejo en el cual contemplamos la densidad tipológica de María en el Antiguo Testamento; la misma frase la encontramos en Jueces 5,24 y sobre todo la alabanza de Judith (es decir, «la Judía» por antonomasia): «¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra! Y bendito sea Dios, el Señor, Creador del cielo y de la tierra, que te ha guiado para cortar la cabeza del jefe de nuestros enemigos.» (Judit 13,18). «Cortar las cabezas», ¡qué feo suena!, pero de eso trata la Visitación, como nos lo anuncian sus relatos-espejo: en lo oculto de Jesús se ha dado ya el golpe mortal al poder y la soberbia, a la suficiencia que traen las riquezas, se ha inaugurado por fin el auténtico reinado de los pobres de Dios: en Jesús, oculto en María pero visible a los que se dejan inundar por el Espíritu, Dios «derribó a los poderosos de su trono».

Y concluye esta visita, para que no queden dudas de que comprender la Visitación consiste en escudriñar las promesas antiguas, con un festivo «…como había anunciado a nuestros padres, en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.». Y al igual que «El arca de Yahveh estuvo en casa de Obededom de Gat tres meses, y Yahveh bendijo a Obededom y a toda su casa» (2Samuel 6,11), así también María estuvo en casa de Isabel tres meses antes de volver a su tierra.

Bibliografía: lo mejor es sentarse con una buena Biblia que tenga referencias marginales (como Biblia de Jerusalén o cualquier otra similar) e ir siguiendo en el Antiguo Testamento los trazos de la escena. Se puede profundizar en el valor y los límites de la tipología de esta escena a través de, por ejemplo, «El nacimiento del Mesías», de Raymond Brown. Cualquier comentario bíblico a Lucas (el viejo o el nuevo «Comentario Bíblico san Jerónimo», por ejemplo) trata los puntos de contacto del Magnifiocat y de toda la escena con los libros de Samuel.
El cuadro es la «Visitación» de Max Reichlich, de 1511, que se encuentra en la Alte Pinakothek, de Munich.

Abel Della Costa

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_1834

* SOLEMNIDAD “La Ascensión del Señor “

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Luego que el Señor Jesús se apareció a sus discípulos fue elevado al cielo. Este acontecimiento marca la transición entre la gloria de Cristo resucitado y la de Cristo exaltado a la derecha del Padre. Marca también la posibilidad de que la humanidad entre al Reino de Dios como tantas veces lo anunció Jesús. De esta forma, la ascensión del Señor se integra en el Misterio de la Encarnación, que es su momento conclusivo.

* SANTO DEL DÍA “San Felipe Neri, presbítero y fundador ” 26 de mayo

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Elogio: Memoria de san Felipe Neri, presbítero, que, consagrándose a la labor de salvar a los jóvenes del maligno, fundó el Oratorio en Roma, en el cual se practicaban constantemente las lecturas espirituales, el canto y las obras de caridad. Resplandeció por el amor al prójimo, la sencillez evangélica, su espíritu de alegría, el sumo celo y el servicio ferviente a Dios.
Patronazgos: patrono de Roma, de los humoristas, de las unidades especiales del Ejército de EEUU, protector contra la infertilidad de las mujeres, las dolencias en los miembros y los terremotos.
Oración: Señor Dios, que no cesas de enaltecer a tus siervos con la gloria de la santidad, concédenos que el Espíritu Santo nos encienda con aquel mismo fuego con que abrasó el corazón de san Felipe Neri. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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San Felipe Neri, presbítero y fundador
fecha: 26 de mayo
n.: 1515†: 1595país: Italia
canonización: B: Pablo V 11 may 1615 – C: Gregorio XV 12 mar 1622
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Felipe Neri nació en Florencia, en 1515. Era uno de los cuatro hijos del notario Francisco Neri. Felipe y sus hermanos perdieron a su madre muy pronto; pero la segunda esposa de su padre fue para ellos una verdadera madre. Felipe se distinguió, desde niño, por su docilidad y su bondad, lo cual le mereció el apodo de «Pippo buono» («Felipillo el bueno»). Los primeros maestros de Felipe fueron los dominicos de San Marcos, cuyo ejemplo y enseñanzas se le quedaron grabados para toda la vida. Felipe se convirtió en un joven piadoso, simpático y muy alegre, a quien todos querían. A los dieciocho años, fue enviado a San Germano a casa de un pariente próspero, del que el joven podía llegar a ser el heredero. Pero su estancia ahí no fue muy prolongada, ya que al poco tiempo tuvo Felipe la experiencia mística que él llamaría, más tarde, su «conversión» y, desde ese momento, dejaron de interesarle los negocios. Como no se hallaba a gusto en casa de su pariente, partió a Roma, sin dinero y sin ningún proyecto, confiado únicamente en la Providencia. En la Ciudad Eterna se hospedó en la casa de un aduanero florentino llamado Galeotto Caccia, quien le cedió una buhardilla y lo necesario para comer. Por lo demás, Felipe no necesitaba gran cosa, ya que sólo se alimentaba una vez al día y su dieta se reducía a pan, aceitunas y agua. En su habitación no había más que la cama, una silla, unos cuantos libros y una cuerda para colgar la ropa. Felipe pagaba la comida y la renta de la habitación por medio de clases a los hijos de su huésped, los cuales -según el testimonio de su propia madre y de una tía- se portaban como ángeles bajo la dirección del santo.

Fuera del tiempo que consagraba a la enseñanza, Felipe vivió como un anacoreta, los dos primeros años que pasó en Roma, entregado día y noche a la oración en su buhardilla. Fue ese un período de preparación interior, en el que se fortaleció su vida espiritual y se confirmó en su deseo de servir a Dios. Al cabo de esos dos años, Felipe hizo sus estudios de filosofía y teología en la Sapienza y en Sant’Agostino. Pero, tres años después, cuando el tesón y el éxito con que había trabajado abrían ante él una brillante carrera, abandonó súbitamente los estudios. Movido probablemente por una inspiración divina, vendió la mayor parte de sus libros y se consagró al apostolado. La vida religiosa del pueblo de Roma, que se resentía aún por los efectos del saqueo de 1527, dejaba mucho que desear. Por otra parte, no faltaban motivos para ello. Los más graves abusos abundaban en la Iglesia; todo el mundo lo reconocía, pero nadie hacía nada por remediarlo. En el Colegio cardenalicio gobernaban los Medici, de suerte que casi todos los cardenales eran más bien príncipes seculares que eclesiásticos. El renacimiento de los estudios clásicos había sustituido los ideales cristianos por los paganos, con el consiguiente debilitamiento de la fe y descenso del nivel moral. El clero había caído en la indiferencia, cuando no en la corrupción; la mayoría de los sacerdotes no celebraba la misa sino rara vez, dejaba tranquilamente arruinarse las iglesias y se desentendía del cuidado espiritual de los fieles. Nada tiene, pues, de extraño que el pueblo hubiese caído en una especie de paganismo. La obra de San Felipe habría de consistir en reevangelizar la ciudad de Roma y lo hizo con tal éxito, que un día se le llamaría «el Apóstol de Roma».

Los comienzos fueron modestos. Felipe iba a la calle o al mercado y empezaba a conversar con las gentes, particularmente con los empleados de los bancos y las tiendas del barrio de Sant’Angelo. Como era muy simpático y tenía un buen sentido del humor, no le costaba trabajo entablar conversación, en el curso de la cual dejaba caer alguna palabra oportuna acerca del amor de Dios o del estado espiritual de sus interlocutores. Así fue logrando, poco a poco, que numerosas personas cambiasen de vida. El santo acostumbraba saludar a sus amigos con estas palabras: «Y bien, hermanos, ¿cuándo vamos a empezar a ser mejores?» Si éstos le preguntaban qué debían hacer para mejorar, el santo los llevaba consigo a cuidar a los enfermos de los hospitales y a visitar las siete iglesias, que era una de su devociones favoritas. Felipe consagraba el día entero al apostolado; pero al atardecer, se retiraba a la soledad y, con frecuencia, pasaba la noche en el pórtico de alguna iglesia, o en las catacumbas de San Sebastián, junto a la Vía Appia. Se hallaba ahí, precisamente, la víspera de Pentecostés de 1544, pidiendo los dones del Espíritu Santo, cuando vio venir del cielo un globo de fuego que penetró en su boca y se dilató en su pecho. El santo se sintió poseído por un amor de Dios tan enorme, que parecía ahogarle; cayó al suelo, como derribado y exclamó con acento de dolor: «¡Basta, Señor, basta! ¡No puedo soportarlo más!» Cuando recuperó plenamente la conciencia, descubrió que tenía en el pecho un tumor grande como un puño; pero jamás-le causó dolor alguno. A partir de entonces, san Felipe experimentaba tales accesos de amor de Dios, que todo su cuerpo se estremecía. A menudo tenía que descubrirse el pecho para aliviar un poco el ardor que lo consumía; y rogaba a Dios que mitigase sus consuelos para no morir de gozo. La autopsia del cadáver del santo reveló que tenía dos costillas rotas y que éstas se habían arqueado para dejar más sitio al corazón.

En 1558, con la ayuda del P. Persiano Rossa, su confesor, que vivía en San Girolamo della Carita, San Felipe fundó una cofradía de pobres, que se reunían para los ejercicios espirituales en la iglesia de San Salvatore in Campo. Dicha cofradía, que se encargaba de socorrer a los peregrinos necesitados, ayudó a San Felipe a difundir la devoción de las cuarenta horas. Dios bendijo el trabajo de la cofradía, que pronto fundó el célebre hospital de Santa Trinita dei Pellegrini; en el año jubilar de 1575, los miembros de la cofradía atendieron ahí a 145.000 peregrinos y se encargaron, más tarde, de cuidar a los pobres durante la convalescencia. Así pues, a los treinta y cuatro años de edad, san Felipe había hecho ya grandes cosas; pero su confesor estaba persuadido de que las haría todavía mayores, si recibía la ordenación sacerdotal. Aunque el santo se resistía a ello, por humildad, acabó por seguir el consejo de su confesor. El 23 de mayo de 1551, recibió las órdenes sagradas y se fue a vivir con el P. Rossa y otros sacerdotes, a San Girolamo della Carita. A partir de ese momento, ejerció el apostolado sobre todo en el confesionario, en el que se sentaba desde la madrugada hasta mediodía, algunas veces hasta las horas de la tarde, para atender a una multitud de penitentes de toda edad y condición social. El santo tenía el poder de leer el pensamiento de sus penitentes y logró numerosas conversiones. Para ayudar a sus penitentes, organizaba conversaciones y discusiones espirituales, que terminaban con una visita al Santísimo Sacramento en alguna iglesia, o con la asistencia a las Vísperas. En dichas reuniones se leían, con frecuencia, las vidas de los mártires y de los misioneros. El ejemplo de la vida y muerte heroicas de san Francisco Javier movió a san Felipe a ofrecerse como voluntario para las misiones; pero un cisterciense, con quien consultó el asunto, le aseguró que Dios le quería de misionero en Roma, y el santo se atuvo a su consejo.

La más documentada y profunda de las biografías de San Felipe es la de los PP. Louis Poncelle y Louis Bourdet, St Philip Neri and the Román Society of his times (traducción inglesa del P. Kerr, 1932). El primer capítulo de dicha obra está consagrado a las fuentes. La primera biografía fue la del P. Gallonio (oratoriano), quien escribió en latín (1600); en Acta Sanctorum, mayo, vol. VI, puede verse dicha biografía. El esbozo biográfico del P. V. J. Matthews (1934) es excelente. Véase también la biografía publicada por A. Baudrillart en la colección les Saints (1939). N.ETF: En 1984 se hizo una película de hagiografía popular sobre el santo llamada «State buoni… se potete» que, aunque no es fácil de conseguir, vale la pena; está muy bien captado el buen humor del santo; pero téngase presente que no es una reconstrucción histórica de la vida de san Felipe Neri. Goethe le dedicó un capítulo entero en su famoso «Viaje por Italia» («Italienische Reise», 1816/7): «Felipe Neri, el santo humorista».
Imágenes: Retrato del santo de 1593, por Federico Zuccari y dibujo a lápiz por Pedro Rubens (1577 – 1640).

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_1769

* SANTOS DEL DÍA ” San Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia , San Gregorio VII, papa y Santa María Magdalena de Pazzi, virgen” 24 de mayo

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San Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia, el cual, servidor de Cristo desde la edad de ocho años, transcurrió toda su vida en el monasterio de Wearmouth, en el territorio de Northum-bría, en Inglaterra, dedicado a la meditación y a la exposición de las Escrituras. Entre la observancia de la disciplina monástica y el ejercicio cotidiano del canto en la iglesia, sus delicias fueron siempre estudiar, enseñar o escribir.
  San Gregorio VII, papa – Memoria litúrgica  
San Gregorio VII, papa, anteriormente llamado Hildebrando, que primero llevó vida monástica y colaboró en la reforma de la Iglesia en numerosas legaciones pontificias de su tiempo. Una vez elevado a la cátedra de Pedro, reivindicó con gran autoridad y fuerte ánimo la libertad de la Iglesia respecto al poder de los príncipes, defendiendo valientemente la santidad del sacerdocio. Al ser obligado a abandonar Roma por este motivo, murió en el exilio en Salerno, en la Campania.
Santa María Magdalena de Pazzi, virgen de la Orden de Carmelitas, que en la ciudad de Florencia, en la Toscana, llevó una vida de oración abnegadamente escondida en Cristo, rezando con empeño por la reforma de la Iglesia. Distinguida por Dios con muchos dones, dirigió de un modo excelente a sus hermanas hacia la perfección.

* AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA ” “Jesús camina siempre junto a nosotros para darnos esperanza” 24/05/2017 10:54

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(RV).- “En el fondo somos todos un poco como estos dos discípulos. Cuántas veces en la vida hemos esperado, cuántas veces nos hemos sentido a un paso de la felicidad, y luego nos hemos encontrado por los suelos decepcionados. Pero Jesús camina: Jesús camina con todas las personas desconsoladas que proceden con la cabeza agachada. Y caminando con ellos, de manera discreta, logra dar esperanza”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del cuarto miércoles de mayo, en que consiste la “terapia de la esperanza”.

Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma comentando el pasaje bíblico de la narración de los discípulos de Emaús y su encuentro con Jesús, dijo que estos “dos hombres caminaban decepcionados, tristes, convencidos de dejar atrás la amargura de un acontecimiento terminado mal. Antes de esa Pascua estaban llenos de entusiasmo: convencidos de que esos días habrían sido decisivos para sus expectativas y para la esperanza de todo el pueblo”. Pero no fue así. “Los dos peregrinos – afirma el Papa – cultivaban sólo una esperanza humana, que ahora se hacía pedazos. Esa cruz izada en el Calvario era el signo más elocuente de una derrota que no habían pronosticado”.

En este contexto, el encuentro de Jesús con esos dos discípulos parece ser del todo casual: se parece a uno de los tantos cruces que suceden en la vida. Los dos discípulos caminan pensativos y un desconocido se les une. Es Jesús; pero sus ojos no están en grado de reconocerlo. Y entonces Jesús comienza su “terapia de la esperanza”. Y esto que sucede en este camino es una terapia de la esperanza. ¿Quién lo hace? Jesús.

Texto y Audio completo de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera detenerme en la experiencia de los dos discípulos de Emaús, del cual habla el Evangelio de Lucas (Cfr. 24,13-35). Imaginemos la escena: dos hombres caminaban decepcionados, tristes, convencidos de dejar atrás la amargura de un acontecimiento terminado mal. Antes de esa Pascua estaban llenos de entusiasmo: convencidos de que esos días habrían sido decisivos para sus expectativas y para la esperanza de todo el pueblo. Jesús, a quien habían confiado sus vidas, parecía finalmente haber llegado a la batalla decisiva: ahora habría manifestado su poder, después de un largo periodo de preparación y de ocultamiento. Esto era aquello que ellos esperaban, y no fue así.

Los dos peregrinos cultivaban sólo una esperanza humana, que ahora se hacía pedazos. Esa cruz izada en el Calvario era el signo más elocuente de una derrota que no habían pronosticado. Si de verdad ese Jesús era según el corazón de Dios, deberían concluir que Dios era inerme, indefenso en las manos de los violentos, incapaz de oponer resistencia al mal.

Así, esa mañana de ese domingo, estos dos huyen de Jerusalén. En sus ojos todavía están los sucesos de la pasión, la muerte de Jesús; y en el ánimo el penoso desvelarse de esos acontecimientos, durante el obligado descanso del sábado. Esa fiesta de la Pascua, que debía entonar el canto de la liberación, en cambio se había convertido en el día más doloroso de sus vidas. Dejan Jerusalén para ir a otra parte, a un poblado tranquilo. Tienen todo el aspecto de personas intencionadas a quitar un recuerdo que duele. Entonces están por la calle y caminan. Tristes. Este escenario – la calle – había sido importante en las narraciones de los evangelios; ahora se convertirá aún más, desde el momento en el cual se comienza a narrar la historia de la Iglesia.

El encuentro de Jesús con esos dos discípulos parece ser del todo casual: se parece a uno de los tantos cruces que suceden en la vida. Los dos discípulos caminan pensativos y un desconocido se les une. Es Jesús; pero sus ojos no están en grado de reconocerlo. Y entonces Jesús comienza su “terapia de la esperanza”. Y esto que sucede en este camino es una terapia de la esperanza. ¿Quién lo hace? Jesús.

Sobre todo pregunta y escucha: nuestro Dios no es un Dios entrometido. Aunque si conoce ya el motivo de la desilusión de estos dos, les deja a ellos el tiempo para poder examinar en profundidad la amargura que los ha envuelto. El resultado es una confesión que es un estribillo de la existencia humana: «Nosotros esperábamos, pero Nosotros esperábamos, pero …» (v. 21). ¡Cuántas tristezas, cuántas derrotas, cuántos fracasos existen en la vida de cada persona! En el fondo somos todos un poco como estos dos discípulos. Cuántas veces en la vida hemos esperado, cuántas veces nos hemos sentido a un paso de la felicidad, y luego nos hemos encontrado por los suelos decepcionados. Pero Jesús camina: Jesús camina con todas las personas desconsoladas que proceden con la cabeza agachada. Y caminando con ellos, de manera discreta, logra dar esperanza.

Jesús les habla sobre todo a través de las Escrituras. Quien toma en la mano el libro de Dios no encontrará historias de heroísmo fácil, tempestivas campañas de conquista. La verdadera esperanza no es jamás a poco precio: pasa siempre a través de la derrota. La esperanza de quien no sufre, tal vez no es ni siquiera eso. A Dios no le gusta ser amado como se amaría a un líder que conduce a la victoria a su pueblo aplastando en la sangre a sus adversarios. Nuestro Dios es una farol suave que arde en un día frío y con viento, y por cuanto parezca frágil su presencia en este mundo, Él ha escogido el lugar que todos despreciamos.

Luego Jesús repite para los dos discípulos el gesto-cardinal de toda Eucaristía: toma el pan, lo bendice, lo parte y lo da. ¿En esta serie de gestos, no está quizás toda la historia de Jesús? ¿Y no está, en cada Eucaristía, también el signo de qué cosa debe ser la Iglesia? Jesús nos toma, nos bendice, “parte” nuestra vida – porque no hay amor sin sacrificio – y la ofrece a los demás, la ofrece a todos.

Es un encuentro rápido, el de Jesús con los discípulos de Emaús. Pero en ello está todo el destino de la Iglesia. Nos narra que la comunidad cristiana no está encerrada en una ciudad fortificada, sino camina en su ambiente más vital, es decir la calle. Y ahí encuentra a las personas, con sus esperanzas y sus desilusiones, a veces enormes. La Iglesia escucha las historias de todos, como emergen del cofre de la conciencia personal; para luego ofrecer la Palabra de vida, el testimonio del amor, amor fiel hasta el final. Y entonces el corazón de las personas vuelve a arder de esperanza. Todos nosotros, en nuestra vida, hemos tenido momentos difíciles, oscuros; momentos en los cuales caminábamos tristes, pensativos, sin horizonte, sólo con un muro delante. Y Jesús siempre está junto a nosotros para darnos esperanza, para encender nuestro corazón y decir: “Ve adelante, yo estoy contigo. Ve adelante”

El secreto del camino que conduce a Emaús es todo esto: también a través de las apariencias contrarias, nosotros continuamos a ser amados, y Dios no dejará jamás de querernos mucho. Dios caminará con nosotros siempre, siempre, incluso en los momentos más dolorosos, también en los momentos más feos, también en los momentos de la derrota: ahí está el Señor. Y esta es nuestra esperanza: vayamos adelante con esta esperanza, porque Él está junto a nosotros caminando con nosotros. Siempre.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

 

* FIESTA DE LA VIRGEN MARIA en la advocación de “Nuestra Señora, Auxilio de los Cristianos” 24 de mayo.

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El Papa Francisco el domingo 21-05-2017 nos recordaba para el día 24 -05-2017: Nos uniremos espiritualmente a los fieles católicos en China, en la conmemoración de la Bienaventurada Virgen María “Ayuda de los Cristianos”, venerada en el santuario de Sheshan, en Shangai. A los católicos chinos les digo: levantemos la mirada hacia María nuestra Madre, para que nos ayude a discernir la voluntad de Dios acerca del camino concreto de la Iglesia en China y nos apoye en el acoger su proyecto de amor con generosidad. María nos alienta a ofrecer nuestra contribución personal para la comunión entre los creyentes y por la armonía de la entera sociedad. No nos olvidemos de testimoniar la fe con la oración y con el amor, manteniéndonos siempre abiertos al encuentro y al diálogo.

Nuestra Señora, Auxilio de los Cristianos. 24 de mayo.

Este día celebran la familia salesiana y algunas iglesias locales, la memoria de María Auxiliadora de los Cristianos. Es esta una enseñanza católica antigua, aunque no como título propio o advocación. Ya San Juan Crisóstomo (27 de enero, traslación de las reliquias a Constantinopla; 30 de enero, Synaxis de los Tres patriarcas: Juan, Gregorio y Basilio; 13 de septiembre, muerte; 13 de noviembre, Iglesia oriental; 15 de diciembre consagración episcopal), en el siglo IV, dirá “Tú, María, eres Auxilio poderoso de Dios“. San Juan Damasceno (4 de diciembre), amante de María dice: “Auxilium promptum et paratum christianorum erípiens nos a periculis“. Se dice que es este santo quien acuña la jaculatoria “María Auxiliadora, ruega por nosotros“.

Pero la primera institución del título y festividad litúrgica, la hallamos en Ucrania, en el siglo XI, luego de la victoria contra los paganos invasores. El príncipe Metislao y la Iglesia celebraron a María Auxiliadora de los Cristianos, y así hasta hoy, cada 1 de octubre. Pero la oficialización para toda la Iglesia llegaría en 1542, luego de la batalla de Lepanto, en que comenzó a decidirse la expulsión de los musulmanes de Europa, y que sería definitiva en la batalla de Viena. San Pío V (30 de abril), que había pedido a la cristiandad orase por el triunfo, mandó añadir en la Letanía Lauretana, la súplica “Auxilium Christianorum, ora pro nobis“. Y así aparece en una edición de 1558, atribuida a San Pedro Canisio (21 de diciembre) de esta Letanía, por primera vez como título o alabanza mariana. En 1624, con el recuerdo de Lepanto y del auxilio potente de María, los católicos de Baviera se alzan contra los protestantes invasores y la imagen de Lucas Cranah se convierte en estandarte de lucha. Tanto es así, que luego de esto, muchas imágenes del autor, o parecidas, se comienzan a llamar así: María Auxiliadora y no por gusto es Alemania el país con más templos y altares dedicados a María, Auxilium Christianorum, en diversas imágenes. Curiosamente, a 24 de mayo se celebran tres advocaciones marianas relacionadas con auxilios en momentos difíciles: Nuestra Señora la Blanca, en Plontevoy (contra tormentas) y Nuestra Señora de la Strada (contra epidemias) y Nuestra Señora de Wollfahrtshofen, Alsacia (conversión de protestantes).

Otro hito definitivo en la advocación es la liberación de Pío VII de manos de Napoleón, en 1814. El papa, agradecido a María, declara que el 24 de mayo, día de su entrada a Roma, será la festividad de María, Auxilio de los Cristianos 1, aunque nunca fue inscrita como festividad mariana en el calendario oficial de la Iglesia. Es este espíritu de devoción y agradecimiento lo que recogerá San Juan Bosco (31 de enero) para nombrarla Madre y Patrona de su obra a favor de los niños y jóvenes pobres. El santo vive estas experiencias de los destierros de Pío VII y Pío IX, como verdaderos peligros de la Iglesia y la sociedad, la repetición de los tiempos aciagos de Lepanto o Viena. Dirá el santo que la protección mariana concierne a “las naciones, los ejércitos y príncipes católicos, cada uno de los fieles y de los infieles, en lo que atañe al alma y a los bienes sobrenaturales, y también al cuerpo y a los bienes materiales“. Es decir, de la Iglesia y las naciones representadas en sus individuos y sus asociaciones, intereses y necesidades particulares. La advocación no solo recuerda la protección mariana sobre la Iglesia Universal y la cristiandad (en cuanto esta hoy ha de ser asumida no ya como conjunto de países confesionalmente católicos, sino en cuanto a la humanidad en la que aún subyacen valores cristianos), sino de las personas por separado, y sobre la individualidad de cada cristiano. Lo cual hay que agradecérselo, pues María Auxiliadora deja de ser una belicosa advocación ligada a guerras y peleas, para aparecer como Madre bondadosa de todos. Don Bosco le edifica un bello santuario en Turín, diseñando el mismo la imagen harto conocida y que no siempre es reproducida con acierto estético.

La maternidad espiritual de María sobre la Iglesia, su mediación universal, y figura de la nueva Eva, hacen que su misión en la Iglesia sea esa precisamente: Ser auxilio constante de sus hijos. Pío XII dirá: “No sólo la doctrina encerrada en el título, sino el mismo título ‘Auxilium Christianorum’ se encuentra con frecuencia en los labios y en los escritos del supremo Pastor, como si fuera entre los títulos marianos tradicionales el más apto y apropiado para expresar la verdad de la mediación social de María hacia la Iglesia católica“. En 1965, con el Concilio Vaticano II, el papa San Juan XXIII (11 de octubre) llama a María “Auxiliadora, Medianera, Socorro y Abogada“. Si alguna advocación mariana pudiera resumir todas las apariciones de la Virgen a lo largo de la historia, siempre alentando, protegiendo y comunicándose a los pueblos sería esta: Auxilio de los Cristianos. Y termino, como no, con una cita de Don Bosco: “María (…) llegando a ser madre en el Calvario, no sólo obtuvo el título de Ayuda de los Cristianos, sino también el oficio, el magisterio y el deber de tal. Nosotros tenemos, pues, un sagrado derecho de acudir a la ayuda de María. Este derecho está consagrado por la palabra de Jesús y garantizado por la ternura maternal de María“.

EL PAPA FRANCISCO” ¡Que callen las armas y prevalezca la buena voluntad de dialogar! La República Centroafricana en el corazón del Papa “

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(RV).- Los fieles romanos y peregrinos de Italia y todo el mundo presentes en la Plaza de san Pedro recibieron el saludo del Papa al final de la oración mariana. Luego del rezo del Regina Coeli Francisco mencionó de manera especial la dramática situación que se vive en la República Centroafricana, donde enfrentamientos armados siguen causando numerosas víctimas, desplazados e ingentes daños materiales, amenazando el proceso de paz. El Pontífice manifestó rezar por los difuntos y heridos, mientras renovó su llamamiento para que “callen las armas y prevalezca la buena voluntad de dialogar” para dar a ese país africano “paz y desarrollo”.

El Obispo de Roma recordó que próximo 24 de mayo los fieles católicos en China conmemoran a la Virgen María “Auxilio de los Cristianos”, venerada en el santuario de Sheshan. Invitando a todos a unirse a esta efeméride junto a los católicos chinos, Francisco se dirigió a ellos invitándoles a “levantar la mirada hacia María nuestra Madre, para que nos ayude a discernir la voluntad de Dios acerca del camino concreto de la Iglesia en China y nos apoye en el acoger su proyecto de amor con generosidad”.

Voz y texto completo de las palabras del Papa

Queridos hermanos y hermanas,

lamentablemente llegan noticias dolorosas de la República Centroafricana, país que llevo en el corazón, especialmente después de mi visita en noviembre de 2015. Enfrentamientos armados han provocado numerosas víctimas y desplazados, y amenazan el proceso de paz. Estoy cercano a la población y a los obispos y a todos aquellos que se prodigan por el bien de la gente y por la pacífica convivencia. Rezo por los difuntos y los heridos y renuevo mi llamamiento: que callen las armas y prevalezca la buena voluntad de dialogar para dar al país paz y desarrollo.

El próximo 24 de mayo todos nos uniremos espiritualmente a los fieles católicos en China, en la conmemoración de la Bienaventurada Virgen María “Ayuda de los Cristianos”, venerada en el santuario de Sheshan, en Shangai. A los católicos chinos les digo: levantemos la mirada hacia María nuestra Madre, para que nos ayude a discernir la voluntad de Dios acerca del camino concreto de la Iglesia en China y nos apoye en el acoger su proyecto de amor con generosidad. María nos alienta a ofrecer nuestra contribución personal para la comunión entre los creyentes y por la armonía de la entera sociedad. No nos olvidemos de testimoniar la fe con la oración y con el amor, manteniéndonos siempre abiertos al encuentro y al diálogo.

Dirijo mi saludo cordial a ustedes, fieles de Roma y peregrinos.  De manera particular a la Capilla de Música de la Catedral de Pamplona; al grupo del Colégio São Tomás, de Lisboa; a los fieles de la Capilla Saint-Charles del Hospital de la Croix Saint-Simon, de Paris; a aquellos de Torrent (Valencia, España), del Canadá y de los Estados Unidos de América, entre los que se encuentran algunos de la isla de Guam.

Envío un saludo especial a los chicos confirmados y confirmandos de la diócesis de Génova: Dios mediante iré a visitar vuestra ciudad el próximo sábado.  Saludo también a las “Coccinelle” de Frosinone y a los fieles de la Parroquia Santa María Goretti en Roma.

A todos les deseo un buen domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

(RC-RV)