*ÁNGELUS PAPA FRANCISCO “Sin un corazón purificado, no se pueden tener manos verdaderamente limpias”

https://i1.wp.com/media02.radiovaticana.va/photo/2015/08/23/ANSA852335_Articolo.jpg“El cumplimiento literal de los preceptos es estéril si no cambia el corazón y no se traduce en actos concretos”, afirmó el Papa Francisco en sus palabras, antes del rezo del Ángelus. – ANSA

La primacía de la interioridad del corazón(RV).- “El cumplimiento literal de los preceptos es estéril si no cambia el corazón y no se traduce en actos concretos”, afirmó el Papa Francisco en sus palabras, antes del rezo mariano, del XXII domingo del Tiempo Ordinario. Dirigiéndose a los miles de fieles y peregrinos de tantas partes del mundo, que una vez más se dieron cita en la Plaza de San Pedro, deseosos de escuchar sus palabras.

El Obispo Roma, comentando el Evangelio de San Marcos, que la liturgia presenta este último domingo de agosto, destacó «la discusión entre Jesús y algunos fariseos sobre el valor de la tradición de los ancianos. Jesús definía estas normas como preceptos de los hombres (Cfr. Mc 7,7) y que no deben ocupar jamás el lugar de los mandamientos de Dios». El Pontífice dijo, que la respuesta de Jesús a aquellos que lo cuestionaban sobre la actitud de sus discípulos de trasgredir las normas, en especial, los preceptos de la purificación exterior del cuerpo; tiene la fuerza de un pronunciamiento profético: “Porque dejando el mandamiento de Dios, ustedes se aferran a la tradición de los hombres”. Son palabras que nos llenan de admiración por nuestro Maestro, señalo el Santo Padre, porque en Él sentimos que está la verdad y que su sabiduría nos libera de los prejuicios.

En este sentido, el Sucesor de Pedro invitó a estar atentos a considerar “que el cumplimiento exterior de la ley sea suficiente para ser buenos cristianos”. Existe el peligro dijo el Papa, “de considerarnos mejores de los demás por el sólo hecho de seguir las reglas, las costumbres, incluso sino amamos al prójimo, somos duros de corazón y orgullosos. El cumplimiento literal de los preceptos, añadió Francisco, es algo estéril si no cambia el corazón y no se traduce en actitudes concretas: abrirse al encuentro con Dios y a su Palabra, buscar la justicia y la paz, socorrer a los pobres, los débiles, los oprimidos”.

Prosiguiendo su exhortación, el Pontífice señaló que “Jesús focaliza la atención en un aspecto más profundo y afirma que son las cosas que salen del corazón del hombre lo que lo hace impuro”. Con esto dijo el Papa, se subraya la primacía de la interioridad, del corazón. Las actitudes exteriores son la consecuencia de cuanto hemos decidido en el corazón. La frontera entre el bien y el mal, agregó el Obispo de Roma, no pasa fuera de nosotros, sino dentro de nosotros, en nuestra conciencia. Por lo tanto, dijo el Papa, nuestro corazón debe ser purificado y convertirse. “Sin un corazón purificado, no se pueden tener manos verdaderamente limpias y labios que pronuncien palabras sinceras de amor, de misericordia, de perdón”.

(Renato Martinez – Radio Vaticano)

Texto y audio completo de las palabras del Papa antes del rezo del Ángelus:

Queridos  hermanos  hermanas, buenos dias

El Evangelio de este domingo presenta una disputa entre Jesús y algunos fariseos y escribas. La discusión se refiere al valor de la «tradición de los antepasados» (Mc 7,3) que Jesús, refiriéndose al profeta Isaías, define «preceptos de hombres» (v. 7) y que jamás deben tomar el lugar del «mandamiento de Dios» (v. 8). Las antiguas prescripciones en cuestión comprendían no sólo los preceptos de Dios revelados a Moisés, sino una serie de dictámenes que especificaban las indicaciones de la ley mosaica. Los interlocutores aplicaban tales normas de manera más bien escrupulosa y las presentaban como expresión de auténtica religiosidad. Por lo tanto, recriminan a Jesús y a sus discípulos la transgresión de aquellas, de manera particular las que se referían a la purificación exterior del cuerpo (cfr v. 5).  La respuesta de Jesús tiene la fuerza de un pronunciamento profético: «Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres» (v. 8).  Son palabras que nos colman de admiración por nuestro Maestro: sentimos que en Él está la verdad y que su sabiduría nos libra de los prejuicios.

Pero ¡atención! Con estas palabras, Jesús quiere poner en guardia también a nosotros, hoy, del considerar que la observancia exterior de la ley sea suficiente para ser buenos cristianos. Como en ese entonces para los fariseos, existe también para nosotros el peligro de creernos en lo correcto, o peor, mejores de los otros por el sólo hecho de observar las reglas, las usanzas, también si no amamos al prójimo, somos duros de corazón, somos soberbios y orgullosos. La observancia literal de los preceptos es algo estéril si no cambia el corazón y no se traduce en actitudes concretas: abrirse al encuentro con Dios y a su Palabra, buscar la justicia y  la paz, socorrer a los pobres, a los débiles,  a los oprimidos. Todos sabemos: en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, en nuestros barrios, cuánto daño hacen a la Iglesia y son motivo de escándalo, aquellas personas que se profesan tan católicas y van a menudo a la iglesia, pero después, en su vida cotidiana descuidan a la familia, hablan mal de los demás, etc.  Esto es lo que Jesús condena porque es un antitestimonio cristiano

Continuando con su exortación, Jesús focaliza la atención sobre un aspecto más profundo y afirma: «Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre» (v. 15). De esta manera subraya el primado de la interioridad, el primado del “corazón”:  no son las cosas exteriores las que nos hacen o no santos, sino el corazón que expresa nuestras intenciones, nuestras elecciones y el deseo de hacerlo todo por amor de Dios. Las actitudes exteriores son la consecuencia de lo que hemos decidido en el corazón. No al revés. Con actitudes exteriores. Si el corazón no cambia, no somos buenos cristianos. La frontera entre el bien y el mal no pasa fuera de nosotros sino más bien dentro de nosotros, podemos preguntarnos: ¿dónde está mi corazón?  Jesús decía: “tu tesoro está donde está tu corazón”. ¿Cúal es mi tesoro? ¿Es Jesús y su doctrina?  Entonces el corazón es bueno.  O el tesoro ¿es otra cosa? Por lo tanto, es el corazón el que debe ser purificado y debe convertirse. Sin un corazón purificado, no se pueden tener manos verdaderamente limpias y labios que pronuncian palabras sinceras de amor – todo tiene un doblez, una doble vida-, labios que pronuncian palabras de misericordia, de perdón. Esto lo puede hacer solamente el corazón sincero y purificado.

Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen Santa, darnos un corazón puro, libre de toda hipocresía. Este es el adjetivo que Jesús da a los fariseos:  “hipócritas”, porque dicen una cosa y hacen otra. Un corazón libre de hipocresía,  para que seamos capaces de vivir según el espíritu de la ley y alcanzar su finalidad, que es el amor.

Traducción del italiano: Raúl Cabrera – Radio Vaticano

* DEFENSA DE LA VIDA” Inmigrantes mueren a centenas tocando las puertas de la cristiana Europa”

http://www.aleteia.org/image/es/article/inmigrantes-mueren-a-centenas-tocando-las-puertas-de-la-cristiana-europa-5848681567748096/i-migranti-alle-radici-del-problema_es/topic

Señor, ayúdanos a ser más generosos y a estar más cerca de las familias pobres.

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El Papa Francisco ha dicho que es un atentado contra la vida humana el aborto así como dejar morir a los inmigrantes que escapan de los conflictos y las guerras en África y Oriente Medio (30.05.2015), desesperados que en busca de una mejor vida deciden atravesar el mar en chalupas de fortuna o caminar miles de kilómetros enfrentando varios peligros para llegar a la cristiana Europa.

Al respecto, las últimas noticias evidencian una “crisis europea” en materia de inmigración y asistencia humanitaria sin precedentes.

En Austria, en el último caso aparecido en los medios, la policía encontró en un camión húngaro 71 cadáveres, entre ellos los de 8 mujeres y 4 niños. Los inmigrantes estaban encerrados en un espacio de cinco metros de longitud en un vehículo-nevera. Es probable que murieran de asfixia mientras intentaban atravesar la frontera austriaca para llegar hasta Alemania.

Por otro lado, en el Mediterráneo la emergencia no termina. Dos naves zarpadas desde Libia se hundieron. Cerca de doscientas victimas dejó el naufragio de este jueves. La Guardia costera libia recuperó los cadáveres delante de las costas de Zuwara.

La Comisión Europea ha pedido a la Unión Europea una respuesta inmediata para evitar más víctimas. “No más a muertes absurdas”, dijo la canciller alemana, Angela Merkel, junto al premier italiano, Mateo Renzi, después de una reunión.

La propuesta es abrir puntos de acogida y registro en países de llegada en Grecia e Italia y así trasladar a los refugiados a los países de la Unión Europea.

La canciller alemana ha recordado que ahora hay un número de refugiados en el mundo sin comparación desde la II Guerra Mundial. Merkel declaró que por la “experiencia histórica de Europa”, el continente tiene “el deber” de ofrecer ayuda y protección a los refugiados.

El Papa Francisco desde su cuenta en Twitter ha llamado a los fieles a ser solidarios con las familias pobres.

* SANTO DEL DÍA “El martirio de san Juan Bautista” 29 de agosto

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†: s. Ipaís: Israel
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Memoria del martirio de san Juan Bautista, a quien el rey Herodes Antipas retuvo encarcelado en la fortaleza de Maqueronte, en el actual Israel, y al cual mandó decapitar en el día de su cumpleaños, a petición de la hija de Herodías. De esta suerte, el Precursor del Señor, como lámpara encendida y resplandeciente, tanto en la muerte como en la vida dio testimonio de la verdad.
patronazgo: San Juan Bautista es patrono de muchos países, regiones y ciudades, entre ellos Malta y Jordania. También de muchos oficios: tejedores, curtidores, peleteros, talabarteros, trabajadores del alimento, bodegueros, toneleros, carpinteros, arquitectos, albañiles, canteros, deshollinadores, herreros, pastores, agricultores, cantantes, bailarines, músicos, exhibidores de cine, comunicadores de masas; protector también de los corderos, las ovejas, los animales de compañía y las vides; para invocar contra el alcoholismo, los dolores de cabeza, mareos, ansiedad, epilepsia, espasmos, ronquera, enfermedades de la infancia, el miedo.
oración:

Señor, Dios nuestro, tú has querido que san Juan Bautista fuese el precursor del nacimiento y de la muerte de tu Hijo; concédenos, por su intercesión, que, así como él murió mártir de la verdad y la justicia, luchemos nosotros valerosamente por la confesión de nuestra fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

La ardiente predicación del Bautista y su santidad y milagros, atrajeron la atención de los judíos sobre él y algunos empezaron a considerarle como el Mesías prometido. Pero Juan declaró que él no hacía más que bautizar en el agua a los pecadores para confirmarlos en el arrepentimiento y prepararlos a una nueva vida, pero que había Otro, que pronto se manifestaría entre ellos, que los bautizaría en la virtud del Espíritu Santo y cuya dignidad era tan grande, que él no era digno de desatar las correas de sus sandalias (Mc 1,7). No obstante eso, el Bautista había causado tal impresión entre los judíos, que los sacerdotes y levitas de Jerusalén fueron a preguntarle si él era el Mesías esperado. Pero san Juan negó ser el Cristo, Elías, o alguno de los profetas (Jn 1,19ss). Aunque no era Elías, poseía el espíritu de Elías y le superaba en dignidad, pues el profeta había sido figura del Bautista. Juan era un profeta y más que un profeta, puesto que su oficio consistía no en anunciar a Cristo a distancia, sino en señalarle a sus contemporáneos. Así pues, como no era Elías en persona, ni un profeta en el sentido estricto de la palabra, respondió negativamente a las preguntas de los judíos y se proclamó simplemente «la voz del que clama en el desierto», utilizando la figura gozoza de Isaías 40,3, que anuncia el fin próximo del Destierro. En vez de atraer sobre sí las miradas de los hombres, las desviaba hacia las palabras que Dios pronunciaba por su boca. No se predicaba a sí mismo sino a Cristo. Y Cristo declaró que Juan era más grande que todos los santos de la antigua ley y el más grande de los nacidos de mujer (Mt 11,11). Sobre el Bautista da también fe el historiador judío Flavio Josefo, en su obra Antigüedades Judías: «Juan el Bautista era un hombre bueno y animaba a los judíos a cultivar la virtud, a actuar con justicia unos a otros, a buscar la piedad, a Dios y a venir al bautismo. De este modo consideraba aceptable el bautismo, no para los que lo usaban para huir de ciertos pecados, sino para la pureza del cuerpo, puesto que también su alma había estado purificada con la justicia…»

Herodes Antipas, el tetrarca de Galilea, había repudiado a su esposa y vivía con Herodías, quien era juntamente su sobrina y la esposa de su medio hermano Filipo. San Juan Bautista reprendió valientemente al tetrarca y a su cómplice por su conducta escandalosa y dijo a Herodes: «No te es lícito vivir con la mujer de tu hermano». Herodes temía y respetaba a Juan, pues sabía que era un hombre de Dios, pero se sintió muy ofendido por sus palabras. Aunque le respetaba como santo, le odiaba como censor y fue presa de una violenta lucha entre su respeto por la santidad del profeta y su odio por la libertad con que le había reprendido. Finalmente, la cólera del tetrarca, azuzada por Herodías, triunfó sobre el respeto. Para satisfacer a Herodías y tal vez también por temor de la influencia que Juan ejercía sobre el pueblo, Herodes le encarceló en la fortaleza de Maqueronte, cerca del Mar Muerto. Al respecto señala el mismo Flavio Josefo en la obra citada: «La gente iba agrupándose alrededor de Juan (pues se maravillaban al oír sus palabras), y Herodes, temiendo que una tal persuasión sobre los hombres acabara con una revuelta (pues parecía que actuaban en todo siguiendo su consejo), decidió que era mejor anticiparse y hacerlo matar antes de que alguien se alzara sobre él y luego tener que arrepentirse enredado en asunto. Por eso Juan, por causa de la sospecha de Herodes, fue llevado cautivo a Maqueronte…» Pero Herodías no perdía la ocasión de azuzar a Herodes contra Juan y de buscar la oportunidad de perderle. La ocasión se presentó con motivo de una fiesta que dio Herodes el día de su cumpleaños a los principales señores de Galilea. Salomé la hija de Herodías y de Filipo, danzó ante los comensales con tal arte, que Herodes juró concederle cuanto le pidiera, aunque fuese la mitad de sus dominios. Herodías aconsejó a su hija que pidiese la cabeza del Bautista y, para impedir que el tetrarca tuviese tiempo de arrepentirse, sugirió a Salomé que exigiese que la cabeza del santo fuese inmediatamente traída en una fuente. Esa extraña petición sorprendió a Herodes. Alban Butler comenta: «Aun aquel hombre de ferocidad poco común se asustó al oír hablar en esa forma a la damisela en aquella fiesta de alegría y regocijo». Pero no pudo negarse por no faltar a su palabra. Sin embargo, como explica San Agustín, con ello cometió el doble pecado de hacer un juramento precipitado y cumplirlo criminalmente. Sin preocuparse de juzgar al Bautista, el tirano dio inmediatamente la orden de que le decapitasen en la prisión y de que trajesen en una fuente su cabeza a Salomé. La joven no tuvo reparo en tomar el plato en sus manos y ofrecérselo a su madre. Así murió el gran precursor del Salvador, el profeta más grande «de cuantos han nacido de mujer». Todo el episodio está contado con detalles en Marcos 6. El historiador judío ya mencionado añade que los judíos atribuyeron al asesinato del Bautista las desgracias que cayeron sobre Herodes.

La fiesta de la degollación de san Juan Bautista empezó a celebrarse en Roma en fecha relativamente tardía. No así en otras ciudades del occidente, ya que la mencionan el Hieronymianum, los dos sacramentarios Gelasianos y el «Liber Comicus» de Toledo (siglo VII) . Además, dicha fiesta ya se celebraba probablemente desde antes en Monte Cassino. Como esta conmemoración es distinta a la del Nacimiento del Bautista, de la que los Sinaxarios de Constantinopla hacen mención el mismo día (29 de agosto), podemos suponer que se originó en Palestina. En el Hieronymianutn aparece relacionada con la conmemoración del profeta Eliseo. Ello se debe a que en tiempos de san Jerónimo se creía que ambos profetas habían sido sepultados en Sebaste, a una jornada de Jerusalén. El libro de los evangelios de Wurzburgo que data aproximadamente del año 700, conmemora la «Deposición de Elíseo y de San Juan Bautista»; también otros libros de los evangelios conmemoran en la misma fecha a ambos personajes.

Este artículo está basado en el del Butler-Guinea, tomando muchos párrafos literalmente, pero no el conjunto. Las citas de Flavio Josefo se tomaron de la Historia Eclesiástica de Eusebio, I,XI,4-6, quien cita a su vez el L XVIII de las Antigüedades. Sobre este testimonio de Josefo, importantísimo como testigo externo a la fe cristiana, y en su conjunto incuestionado por los historiadores, puede leerse el Cap. 12 y su «excursus» en Meier, Un Judío Marginal, vol II,1, ed. castellana Verbo Divino. Acerca de la fiesta de hoy, cf. Morin, en Revise Bénédictine (1891), p. 487; 1893, p. 120; y 1908, p. 494; F. Cabrol en Dictionnaire d’Archéologie chrétienne et de Liturgie, vol. V, c. 1431; y L. Duchesne, Christian Worship (1931), p. 270. La iconografía sobre el martirio del Bautista es inmensa; se ha seleccionado: El Martirio de Juan Bautista, de Caravaggio, 1608, en el Museo de San Juan, de La Valletta, y la Fiesta de Herodes, de Spinello Aretino, 1385, en el Szépmûvészeti Múzeum, de Budapest.

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fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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*IGLESIA “El Papa: El Sínodo de las Iglesias metodistas y valdenses responde a la petición de perdón del”

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27 de ago de 2015

Aseguran en una carta querer «escribir juntos una nueva historia, diferente de la de la confrontación del pasado»

Los participantes en el Sínodo de las Iglesias metodistas y valdenses, que se está celebrando desde el domingo en la localidad de Torre Pellice, en Turín, han aprobado el lunes pasado por la tarde una carta de respuesta a la petición de perdón formulada por el papa Francisco.

En una rueda de prensa, que ha tenido lugar ayer martes en la ciudad turinesa, se ha presentado el texto y el significado de la misiva, y se han realizado algunas precisaciones sobre el texto, que había permitido un mal entendido en algunos medios de comunicación.

Así, el profesor Fulvio Ferrario, coordinador de la Comisión para el ecumenismo de las Iglesias metodistas y valdenses, ha afirmado que “queremos escribir juntos una nueva historia, diferente de la de la confrontación del pasado, puesta bajo el perdón de Dios”.

El pasado 22 de junio, durante su visita al templo valdense en Turín, el Pontífice pidió “por parte de la Iglesia católica, perdón por las actitudes y los comportamientos no cristianos e incluso inhumanos que a lo largo de la historia, hemos tenido contra vosotros”. “Unas palabras que acogemos con respeto y emoción, convencidos de que todo diálogo entre cristianos es siempre un acontecimiento que ocurre delante de Dios”, ha indicado Ferrario. El perdón es la “voluntad de caminar juntos, de pasar página”, y esto es precisamente lo que la carta del Sínodo expresa: “nuestras Iglesias –dice el documento– están dispuestas a escribir juntas esta historia, nueva también para nosotros”.

“La visita del Papa a la iglesia valdense de Turín ha sido un acontecimiento nuevo, histórico, pero que no obstante se injerta en un camino ecuménico ya comenzado, que ya tiene su propia historia y ha producido algunos frutos significativos”, ha dicho la pastora Maria Bonafede, responsable de las relaciones ecuménicas de la Federación de Iglesias Evangélicas en Italia (FCEI), que ha ampliado el discurso al contexto más amplio de las relaciones ecuménicas entre las Iglesias evangélicas y la católica.

“Quisiera recordar el llamamiento ecuménico contra la violencia hacia las mujeres firmado conjuntamente, el pasado mes de marzo, por los representantes de FCEI, de la Conferencia Episcopal Italiana y de varias Iglesias ortodoxas presentes en nuestro país. Un documento importante, que marca una nueva calidad en las relaciones entre las Iglesias, y les recuerda su responsabilidad educativa hacia lo que puede definirse como una emergencia nacional”, ha apuntado la pastora.

También el ámbito de la acogida a los refugiados supone una colaboración bien encaminada, así como una seña de identidad compartida por todos los cristianos.  En este sentido, ha concluido Bonafede, “el proyecto común de FCEI y la Comunidad de San Egidio, para el establecimiento de corredores humanitarios entre Marruecos e Italia, es otro ejemplo de un camino ecuménico que se realiza en la acción práctica”

fuente: Zenit

* SANTO DEL DÍA “San Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia ” 28 de agosto

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n.: 354†: 430país: África Septentrional
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Memoria de san Agustín, obispo y doctor eximio de la Iglesia, que, convertido a la fe católica después de una adolescencia inquieta por los principios doctrinales y las costumbres, fue bautizado en Milán por san Ambrosio y, vuelto a su patria, llevó con algunos amigos una vida ascética y entregada al estudio de las Sagradas Escrituras. Elegido después obispo de Hipona, en la actual Argelia, durante treinta y cuatro años fue maestro de su grey, a la que instruyó con sermones y numerosos escritos, con los cuales también combatió valientemente los errores de su tiempo y expuso con sabiduría la recta fe.
patronazgo: patrono de los teólogos, los impresores y los fabricantes de cerveza; protector de la vista.
oración:

Renueva, Señor, en tu Iglesia, el espíritu que infundiste en tu obispo san Agustín, para que, penetrados de ese mismo espíritu, tengamos sed de ti, fuente de la sabiduría, y te busquemos como el único amor verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

San Agustín nació el 13 de noviembre del año 354 en Tagaste. Esa pequeña población del norte de África estaba bastante cerca de Numidia, pero relativamente alejada del mar, de suerte que Agustín no lo conoció sino hasta mucho después. Sus padres eran de cierta posición, pero no ricos. El padre de Agustín, Patricio, era un pagano de temperamento violento; pero, gracias al ejemplo y a la prudente conducta de su esposa, Mónica, se bautizó poco antes de morir. Agustín tenía varios hermanos; él mismo habla de Navigio, quien dejó varios hijos al morir y de una hermana que consagró su virginidad al Señor. Aunque Agustín ingresó en el catecumenado desde la infancia, no recibió por entonces el bautismo, de acuerdo con la costumbre de la época. En su juventud se dejó arrastrar por los malos ejemplos y, hasta los treinta y dos años, llevó una vida licenciosa, aferrado a la herejía maniquea. De ello habla largamente en sus «Confesiones», que comprenden la descripción de su conversión y la muerte de Mónica. Dicha obra, que hace las delicias de «las gentes ansiosas de conocer las vidas ajenas, pero poco solícitas de enmendar la propia», no fue escrita para satisfacer esa curiosidad malsana, sino para mostrar la misericordia de que Dios había usado con un pecador y para que los contemporáneos del autor no le estimasen en más de lo que valía. Mónica había enseñado a orar a su hijo desde niño y le había instruido en la fe, de modo que el mismo Agustín, que cayó gravemente enfermo, pidió que le fuese conferido el bautismo y Mónica hizo todos los preparativos para que lo recibiera; pero la salud del joven mejoró y el bautismo fue diferido. El santo condenó más tarde, con mucha razón, la costumbre de diferir el bautismo por miedo de pecar después de haberlo recibido. Pero no es menos lamentable la naturalidad con que, en nuestros días, vemos los pecados cometidos después del bautismo que son una verdadera profanación de ese sacramento.

«Mis padres me pusieron en la escuela para que aprendiese cosas que en la infancia me parecían totalmente inútiles y, si me mostraba yo negligente en los estudios, me azotaban. Tal era el método ordinario de mis padres y, los que antes que nosotros habían andado ese camino nos habían legado esa pesada herencia». Agustín daba gracias a Dios porque, si bien las personas que le obligaban a aprender, sólo pensaban en las «riquezas que pasan» y en la «gloria perecedera», la Divina Providencia se valió de su error para hacerle aprender cosas que le serían muy útiles y provechosas en la vida. El santo se reprochaba por haber estudiado frecuentemente sólo por temor del castigo y por no haber escrito, leído y aprendido las lecciones como debía hacerlo, desobedeciendo así a sus padres y maestros. Algunas veces pedía a Dios con gran fervor que le librase del castigo en la escuela; sus padres y maestros se reían de su miedo. Agustín comenta: «Nos castigaban porque jugábamos; sin embargo, ellos hacían exactamente lo mismo que nosotros, aunque sus juegos recibían el nombre de ‘negocios…’ Reflexionando bien, es imposible justificar los castigos que me imponían por jugar, alegando que el juego me impedía aprender rápidamente las artes que, más tarde, solo me servirían para jugar juegos peores». El santo añade: «Nadie hace bien lo que hace contra su voluntad» y observa que el mismo maestro que le castigaba por una falta sin importancia, «se mostraba en las disputas con los otros profesores menos dueño de sí y más envidioso que un niño al que otro vence en el juego». Agustín estudiaba con gusto el latín, que había aprendido en conversaciones con las sirvientas de su casa y con otras personas; no el latín «que enseñan los profesores de las clases inferiores, sino el que enseñan los gramáticos». Desde niño detestaba el griego y nunca llegó a gustar a Homero, porque jamás logró entenderlo bien. En cambio, muy pronto tomó gusto por los poetas latinos.

Agustín fue a Cartago a fines del año 370, cuando acababa de cumplir diecisiete años. Pronto se distinguió en la escuela de retórica y se entregó ardientemente al estudio, aunque lo hacía sobre todo por vanidad y ambición. Poco a poco se dejó arrastrar a una vida licenciosa, pero aun entonces conservaba cierta decencia de alma, como lo reconocían sus propios compañeros. No tardó en entablar relaciones amorosas con una mujer y, aunque eran relaciones ilegales, supo permanecerle fiel hasta que la mandó a Milán, en 385. Con ella tuvo un hijo, llamado Adeodato, el año 372. El padre de Agustín murió en 371. Agustín prosiguió sus estudios en Cartago. La lectura del «Hortensius» de Cicerón le desvió de la retórica a la filosofía. También leyó las obras de los escritores cristianos, pero la sencillez de su estilo le impidió comprender su humildad y penetrar su espíritu. Por entonces cayó Agustín en el maniqueísmo. Aquello fue, por decirlo así, una enfermedad de un alma noble, angustiada por el «problema del mal», que trataba de resolver por un dualismo metafísico y religioso, afirmando que Dios era el principio de todo bien y la materia el principio de todo mal. La mala vida lleva siempre consigo cierta oscuridad del entendimiento y cierta torpeza de la voluntad; esos males, unidos al del orgullo, hicieron que Agustín profesara el maniqueísmo hasta los veintiocho años. El santo confiesa: «Buscaba yo por el orgullo lo que sólo podía encontrar por la humildad. Henchido de vanidad, abandoné el nido, creyéndome capaz de volar y sólo conseguí caer por tierra».

San Agustín dirigió durante nueve años su propia escuela de gramática y retórica en Tagaste y Cartago. Entre tanto, Mónica, confiada en las palabras de un santo obispo que, le había anunciado que «el hijo de tantas lágrimas no podía perderse», no cesaba de tratar de convertirle por la oración y la persuasión. Después de una discusión con Fausto, el jefe de los maniqueos, Agustín empezó a desilusionarse de la secta. El año 383, partió furtivamente a Roma, a impulsos del temor de que su madre tratase de retenerle en África. En la Ciudad Eterna abrió una escuela, pero, descontento por la perversa costumbre de los estudiantes, que cambiaban frecuente de maestro para no pagar sus servicios, decidió emigrar a Milán, donde obtuvo el puesto de profesor de retórica. Ahí fue muy bien acogido y el obispo de la ciudad, san Ambrosio, le dio ciertas muestras de respeto. Por su parte, Agustín tenía curiosidad por conocer a fondo al obispo, no tanto porque predicase la verdad, cuanto porque era un hombre famoso por su erudición. Así pues, asistía frecuentemente a los sermones de san Ambrosio, para satisfacer su curiosidad y deleitarse con su elocuencia. Los sermones del santo obispo eran más inteligentes que los discursos del hereje Fausto y empezaron a producir impresión en la mente y el corazón de Agustín, quien, al mismo tiempo, leía las obras de Platón y Plotino. «Platón me llevó al conocimiento del verdadero Dios y Jesucristo me mostró el camino». Santa Mónica, que le había seguido a Milán, quería que Agustín se casara; por otra parte, la madre de Adeodato retornó al África y dejó al niño con su padre. Pero nada de aquello consiguió mover a Agustín a casarse o a observar la continencia, y la lucha moral, espiritual e intelectual continuó sin cambios.

Agustín comprendía la excelencia de la castidad predicada por la Iglesia católica, pero la dificultad de practicarla le hacía vacilar en abrazar definitivamente el cristianismo. Por otra parte, los sermones de san Ambrosio y la lectura de la Biblia le habían convencido de que la verdad estaba en la Iglesia, pero se resistía todavía a cooperar con la gracia de Dios. El santo lo expresa así: «Deseaba y ansiaba la liberación; sin embargo, seguía atado al suelo, no por cadenas exteriores, sino por los hierros de mi propia voluntad. El Enemigo se había posesionado de mi voluntad y la había convertido en una cadena que me impedía todo movimiento, porque de la perversión de la voluntad había nacido la lujuria y de la lujuria la costumbre y, la costumbre a la que yo no había resistido, había creado en mí una especia de necesidad cuyos eslabones, unidos unos a otros, me mantenían en cruel esclavitud. Y ya no tenía la excusa de dilatar mi entrega a Ti alegando que aún no había descubierto plenamente tu verdad, porque ahora ya la conocía y, sin embargo, seguía encadenado… Nada podía responderte cuando me decías: ‘Levántate del sueño y resucita de los muertos y Cristo te iluminará…’ Nada podía responderte, repito, a pesar de que estaba ya convencido de la verdad de la fe, sino palabras vanas y perezosas. Así pues, te decía: ‘Lo haré pronto, poco a poco; dame más tiempo.’ Pero ese ‘pronto’ no llegaba nunca, las dilaciones se prolongaban, y el ‘poco tiempo’ se convertía en mucho tiempo».

El relato que san Simpliciano le había hecho de la conversión de Victorino, el profesor romano neoplatónico, le impresionó profundamente. Poco después, Agustín y su amigo Alipio recibieron la visita de Ponticiano, un africano. Viendo las epístolas de san Pablo sobre la mesa de Agustín, Ponticiano les habló de la vida de san Antonio, y quedó muy sorprendido al enterarse de que no conocían al santo. Después les refirió la historia de dos hombres que se habían convertido por la lectura de la vida de san Antonio. Las palabras de Ponticiano conmovieron mucho a Agustín, quien vio con perfecta claridad las deformidades y manchas de su alma. En sus precedentes intentos de conversión Agustín había pedido a Dios la gracia de la continencia, pero con cierto temor de que se la concediese demasiado pronto: «En la aurora de mi juventud, te había yo pedido la castidad, pero sólo a medias, porque soy un miserable. Te decía yo, pues: ‘Concédeme la gracia de la castidad, pero todavía no’; porque tenía yo miedo de que me escuchases demasiado pronto y me librases de esa enfermedad y lo que yo quería era que mi lujuria se viese satisfecha y no extinguida.» Avergonzado de haber sido tan débil hasta entonces, Agustín dijo a Alipio en cuanto partió Ponticiano: «¿Qué estamos haciendo? Los ignorantes arrebatan el Reino de los Cielos y nosotros, con toda nuestra ciencia, nos quedamos atrás cobardemente, revolcándonos en el pecado. Tenemos vergüenza de seguir el camino por el que los ignorantes nos han precedido, cuando por el contrario, deberíamos avergonzarnos de no avanzar por él.»

Agustín se levantó y salió al jardín. Alipio le siguió, sorprendido de sus palabras y de su conducta. Ambos se sentaron en el rincón más alejado de la casa. Agustín era presa de un violento conflicto interior, desgarrado entre el llamado del Espíritu Santo a la castidad y el deleitable recuerdo de sus excesos. Levantándose del sitio en que se hallaba sentado, fue a tenderse bajo un árbol, clamando: «¿Hasta cuándo, Señor? ¿Vas a estar siempre airado? ¡Olvida mis antiguos pecados!» Y se repetía con gran aflicción: «¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no voy a poner fin a mis iniquidades en este momento?» En tanto que se repetía esto y lloraba amargamente, oyó la voz de un niño que cantaba en la casa vecina una canción que decía: «Tolle lege, tolle lege» (Toma y lee, toma y lee). Agustín empezó a preguntarse si los niños acostumbraban repetir esas palabras en algún juego, pero no pudo recordar ninguno en el que esto sucediese. Entonces le vino a la memoria que san Antonio se había convertido al oír la lectura de un pasaje del Evangelio. Interpretó pues, las palabras del niño como una señal del cielo, dejó de llorar y se dirigió al sitio en que se hallaba Alipio con el libro de las Epístolas de san Pablo. Inmediatamente lo abrió y leyó en silencio las primeras palabras que cayeron bajo sus ojos: «No en las riñas y en la embriaguez, no en la lujuria y la impureza, no en la ambición y en la envidia: poneos en manos del Señor Jesucristo y abandonad la carne y la concupiscencia.» (Rom 13,13-14) Ese texto hizo desaparecer las últimas dudas de Agustín, que cerró el libro y relató serenamente a Alipio todo lo sucedido. Alipio leyó entonces el siguiente versículo de san Pablo: «Tomad con vosotros a los que son débiles en la fe» (Rom 14,1). Aplicándose el texto a sí mismo, siguió a Agustín en la conversión. Ambos se dirigieron al punto a narrar lo sucedido a santa Mónica, la cual alabó a Dios «que es capaz de colmar nuestros deseos en una forma que supera todo lo imaginable». La escena que acabamos de referir tuvo lugar en septiembre de 386, cuando Agustín tenía treinta y dos años, y se narra en el Libro VIII de las Confesiones (cap. 12).

El santo renunció inmediatamente al profesorado y se trasladó a una casa de campo en Casiciaco, cerca de Milán, que le había prestado su amigo Verecundo. Santa Mónica, su hermano Navigio, su hijo Adeodato, san Alipio y algunos otros amigos, le siguieron a ese retiro, donde vivieron en una especie de comunidad. Agustín se consagró a la oración y el estudio y, aun éste era una forma de oración, por la devoción que ponía en él. Entregado a la penitencia, a la vigilancia diligente de su corazón y sus sentidos, dedicado a orar con gran humildad, el santo se preparó a recibir la gracia del bautismo, que había de convertirle en una nueva criatura, resucitada con Cristo. «Demasiado tarde, demasiado tarde empecé a amarte. ¡Hermosura siempre antigua y siempre nueva, demasiado tarde empecé a amarte! Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo. Yo estaba lejos, corriendo detrás de la hermosura por Ti creada; las cosas que habían recibido de Ti el ser, me mantenían lejos de Ti. Pero tú me llamaste, me llamaste a gritos, y acabaste por vencer mi sordera. Tú me iluminaste y tu luz acabó por penetrar en mis tinieblas. Ahora que he gustado de tu suavidad estoy hambriento de Ti. Me has tocado y mi corazón desea ardientemente tus abrazos.» (Confesiones X,27) Los tres diálogos «Contra los Académicos», «Sobre la vida feliz» y «Sobre el orden», se basan en las conversaciones que Agustín tuvo con sus amigos en esos siete meses.

La víspera de la Pascua del año 387, san Agustín recibió el bautismo, junto con Alipio y su querido hijo Adeodato, quien tenía entonces quince años y murió poco después. En el otoño de ese año, Agustín resolvió retornar a África y fue a embarcarse en Ostia con su madre y algunos amigos. Santa Mónica murió ahí en noviembre de 387. Agustín consagra seis conmovedores capítulos de las Confesiones a la vida de su madre. Viajó a Roma unos cuantos meses después y, en septiembre de 388, se embarcó para África. En Tagaste vivió casi tres años con sus amigos, olvidado del mundo y al servicio de Dios con el ayuno, la oración y las buenas obras. Además de meditar sobre la ley de Dios, Agustín instruía a sus prójimos con sus discursos y escritos. El santo y sus amigos habían puesto todas sus propiedades en común y cada uno las utilizaba según sus necesidades. Aunque Agustín no pensaba en el sacerdocio, fue ordenado el año 391 por el obispo de Hipona, Valerio, quien le tomó por asistente. Así pues, el santo se trasladó a dicha ciudad y estableció una especie de monasterio en una casa próxima a la iglesia, como lo había hecho en Tagaste. San Alipio, Evodio, san Posidio y otros, formaban parte de la comunidad y vivían «según la regla de los santos Apóstoles». El obispo, que era griego y tenía además cierto impedimento de la lengua, nombró predicador a Agustín. En el Oriente era muy común la costumbre de que los obispos tuviesen un predicador, a cuyos sermones asistían; pero en el Occidente eso constituía una novedad. Más todavía, Agustín obtuvo permiso de predicar aun en ausencia del obispo, lo cual era inusitado. Desde entonces, el santo no dejó de predicar hasta el fin de su vida. Se conservan casi cuatrocientos sermones del santo, la mayoría de los cuales no fueron escritos directamente por él, sino tomados por sus oyentes. En la primera época de su predicación, Agustín se dedicó a combatir el maniqueísmo y los comienzos del donatismo y consiguió extirpar la costumbre de efectuar festejos en las capillas de los mártires. El santo predicaba siempre en latín, a pesar de que los campesinos de ciertos distritos de la diócesis sólo hablaban el púnico y era difícil encontrar sacerdotes que les predicasen en su lengua.

El año 395, San Agustín fue consagrado obispo coadjutor de Valerio. Poco después murió este último y el santo le sucedió en la sede de Hipona. Procedió inmediatamente a establecer la vida común regular en su propia casa y exigió que todos los sacerdotes, diáconos y subdiáconos que vivían con él renunciasen a sus propiedades y se atuviesen a las reglas. Por otra parte, no admitía a las órdenes sino a aquellos que aceptaban esa forma de vida. San Posidio, su biógrafo, cuenta que los vestidos y los muebles eran modestos pero decentes y limpios. Los únicos objetos de plata que había en la casa eran las cucharas; los platos eran de barro o de madera. El santo era muy hospitalario, pero la comida que ofrecía era frugal; el uso mesurado del vino no estaba prohibido. Durante las comidas, se leía algún libro para evitar las conversaciones ligeras. Todos los clérigos comían en común y se vestían del fondo común. Como lo dijo el papa Pascual II, «San Agustín adoptó con fervor y contribuyó a regularizar la forma de vida común que la primitiva Iglesia había aprobado como instituida por los Apóstoles». El santo fundó también una comunidad femenina. A la muerte de su hermana, que fue la primera «abadesa», escribió una carta sobre los primeros principios ascéticos de la vida religiosa. En esa epístola y en dos sermones se halla comprendida la llamada «Regla de San Agustín», que constituye la base de las constituciones de tantos canónigos y canonesas regulares. El santo obispo empleaba las rentas de su diócesis, como lo había hecho antes con su patrimonio, en el socorro de los pobres. Posidio refiere que, en varias ocasiones, mandó fundir los vasos sagrados para rescatar cautivos, como antes lo había hecho san Ambrosio. San Agustín menciona en varias de sus cartas y sermones la costumbre que había impuesto a sus fieles de vestir una vez al año a los pobres de cada parroquia y, algunas veces, llegaba hasta a contraer deudas para ayudar a los necesitados. Su caridad y celo por el bien espiritual de sus prójimos era ilimitado. Así, decía a su pueblo -como un nuevo Moisés o un nuevo San Pablo-: «No quiero salvarme sin vosotros». «¿Cuál es mi deseo? ¿Para qué soy obispo? ¿Para qué he venido al mundo? Sólo para vivir en Jesucristo, para vivir en Él con vosotros. Ésa es mi pasión, mi honor, mi gloria, mi gozo y mi riqueza».

Pocos hombres han poseído un corazón tan afectuoso y fraternal como el de san Agustín. Se mostraba amable con los infieles y frecuentemente los invitaba a comer con él; en cambio, se rehusaba a comer con los cristianos de conducta públicamente escandalosa y les imponía con severidad las penitencias canónicas y las censuras eclesiásticas. Aunque jamás olvidaba la caridad, la mansedumbre y las buenas maneras, se oponía a todas las injusticias sin acepción de personas. San Agustín se quejaba de que la costumbre había hecho tan comunes ciertos pecados que, en caso de oponerse abiertamente a ellos, haría más mal que bien y seguía fielmente las tres reglas de san Ambrosio: no meterse a hacer matrimonios, no incitar a nadie a entrar en la carrera militar y no aceptar invitaciones en su propia ciudad para no verse obligado a salir demasiado. Generalmente, la correspondencia de los grandes hombres es muy interesante por la luz que arroja sobre su vida y su pensamiento íntimos. Así sucede, particularmente con la correspondencia de san Agustín. En la carta quincuagésima cuarta, dirigida a Januario, alaba la comunión diría, con tal de que se la reciba dignamente, con la humildad con que Zaqueo recibió a Cristo en su casa; pero también alaba la costumbre de los que, siguiendo el ejemplo del humilde centurión, sólo comulgan los sábados, los domingos y los días de fiesta, para hacerlo con mayor devoción. En la carta a Ecdicia explica las obligaciones de la mujer respecto de su esposo, diciéndole que no se vista de negro, puesto que eso desagrada a su marido y que practique la humildad y la alegría cristianas vistiéndose ricamente por complacer a su esposo. También la exhorta a seguir el parecer de su marido en todas las cosas razonables, particularmente en la educación de su hijo, en la que debe dejarle la iniciativa. En otras cartas, el santo habla del respeto, el afecto y la consideración que el marido debe a la mujer. La modestia y humildad de san Agustín se muestran en su discusión con san Jerónimo sobre la interpretación de la epístola a los Gálatas. A consecuencia de la pérdida de una carta, san Jerónimo, que no era muy paciente, se dio por ofendido. San Agustín le escribió: «Os ruego que no dejéis de corregirme con toda confianza siempre que creáis que lo necesito; porque, aunque la dignidad del episcopado supera a la del sacerdocio, Agustín es inferior en muchos aspectos a Jerónimo». El santo obispo lamentaba la acritud de la controversia que sostuvieron san Jerónimo y Rufino, pues temía en esos casos que los adversarios sostuviesen su opinión más por vanidad que por amor de la verdad. Como él mismo escribía, «sostienen su opinión porque es la propia, no porque sea la verdadera; no buscan la verdad, sino el triunfo».

Durante los treinta y cinco años de su episcopado, San Agustín tuvo que defender la fe católica contra muchas herejías. Una de las principales fue la de los donatistas, quienes sostenían que la Iglesia católica había dejado de ser la Iglesia de Cristo por mantener la comunión con los pecadores y que los herejes no podían conferir válidamente ningún sacramento. Los donatistas eran muy numerosos en África, donde no retrocedieron ante el asesinato de los católicos y todas las otras formas de la violencia. Sin embargo, gracias a la ciencia y el infatigable celo de san Agustín y a su santidad de vida, los católicos ganaron terreno paulatinamente. Ello exasperó tanto a los donatistas, que algunos de ellos afirmaban públicamente que quien asesinara al santo prestaría un servicio insigne a la religión y alcanzaría gran mérito ante Dios. El año 405, San Agustín tuvo que recurrir a la autoridad pública para defender a los católicos contra los excesos de los donatistas y, en el mismo año, el emperador Honorio publicó severos decretos contra ellos. El santo desaprobó al principio esas medidas, aunque más tarde cambió de opinión, excepto en cuanto a la pena de muerte, de la que no era partidario. En 411, se llevó a cabo en Cartago una conferencia entre los católicos y los donatistas que fue el principio de la decadencia del donatismo. Pero, por la misma época, empezó la gran controversia pelagiana.

Pelagio era originario de la Gran Bretaña. San Jerónimo le describía como «un hombre alto y gordo, repleto de avena de Escocia». Algunos historiadores afirman que era irlandés. En todo caso, lo cierto es que había rechazado la doctrina del pecado original y. afirmaba que la gracia no era necesaria para salvarse; como consecuencia de su opinión sobre el pecado original, sostenía que el bautismo era un mero título de admisión en el cielo. Pelagio pasó de Roma a África el año 411, junto con su amigo Celestio y aquel mismo año, el sínodo de Cartago condenó por primera vez su doctrina. San Agustín no asistió al concilio, pero desde ese momento empezó a hacer la guerra al pelagianismo en sus cartas y sermones. A fines del mismo año, el tribuno san Marcelino le convenció de que escribiese su primer tratado contra los pelagianos. Sin embargo, el santo no nombró en él a los autores de la herejía, con la esperanza de así ganárselos y aun tributó ciertas alabanzas a Pelagio: «Según he oído decir, es un hombre santo, muy ejercitado en la virtud cristiana, un hombre bueno y digno de alabanza». Desgraciadamente Pelagio se obstinó en sus errores. San Agustín le acosó implacablemente en toda la serie de disputas, subterfugios y condenaciones que siguieron. Después de a Dios, la Iglesia debe a san Agustín el triunfo sobre el pelagianismo. A raíz del saqueo de Roma por Alarico, el año 410, los paganos renovaron sus ataques contra el cristianismo, atribuyéndole todas las calamidades del Imperio. Para responder a esos ataques, san Agustín empezó a escribir su gran obra, «La Ciudad de Dios», en el año de 413 y no la terminó hasta el año 426. «La Ciudad de Dios» es, después de las «Confesiones», la obra más conocida del santo. No se trata simplemente de una respuesta a los paganos, sino de toda una filosofía de la historia providencial del mundo.

En las Confesiones san Agustín había expuesto con la más sincera humildad y contrición los excesos de su conducta. A los setenta y dos años, en las Retractaciones, expuso con la misma sinceridad los errores que había cometido en sus juicios. En dicha obra revisó todos sus numerosísimos escritos Y corrigió leal y severamente los errores que había cometido, sin tratar de buscarles excusas. A fin de disponer de más tiempo para terminar ése y otros escritos y para evitar los peligros de la elección de su sucesor después de su muerte, el santo propuso al clero y al pueblo que eligiesen a Heraclio, el más joven de sus diáconos, quien fue efectivamente elegido por aclamación, el año 426. A pesar de esa precaución, los últimos días de san Agustín fueron muy borrascosos. El conde Bonifacio, que había sido general imperial en África, cayó injustamente en desgracia de la regente Placidia, e incitó a Genserico, rey de los vándalos, a invadir África. Agustín escribió una carta maravillosa a Bonifacio para recordarle su deber, y el conde trató de reconciliarse con Placidia. Pero era demasiado tarde para impedir la invasión de los vándalos. San Posidio, por entonces obispo de Calama, describe los horribles excesos que cometieron y la desolación que causaron a su paso. Las ciudades quedaban en ruinas, las casas de campo eran arrasadas y los habitantes que no lograban huir, morían asesinados. Las alabanzas a Dios no se oían ya en las iglesias, muchas de las cuales habían sido destruidas. La misa se celebraba en las casas particulares, cuando llegaba a celebrarse, porque en muchos sitios no había alma viviente a quien dar los sacramentos; por otra parte, los pocos cristianos que sobrevivían no encontraban un solo sacerdote a quien pedírselos. Los obispos y clérigos que sobrevivieron habían perdido todos sus bienes y se veían reducidos a pedir limosna. De las numerosas diócesis de África, las únicas que quedaban en pie eran Cartago, Hipona y Cirta, gracias a que dichas ciudades no habían sucumbido aún.

El conde Bonifacio huyó a Hipona. Ahí se refugiaron también san Posidio y varios obispos de los alrededores. Los vándalos sitiaron la ciudad en mayo de 430. El sitio se prolongó durante catorce meses. Tres meses después de establecido, san Agustín cayó presa de la fiebre y desde el primer momento, comprendió que se acercaba la hora de su muerte. Desde que había abandonado el mundo, la muerte había sido uno de los temas constantes de su meditación. En su última enfermedad, el santo habló de ella con gozo: «¡Dios es inmensamente misericordioso!» Con frecuencia recordaba la alegría con que san Ambrosio recibió la muerte y mencionaba las palabras que Cristo había dicho a un obispo que agonizaba, según cuenta san Cipriano: «Si tienes miedo de sufrir en la tierra y de ir al cielo, no puedo hacer nada por ti». El santo escribió entonces: «Quien ama a Cristo no puede tener miedo de encontrarse con Él. Hermanos míos, si decimos que amamos a Cristo y tenemos miedo de encontrarnos con Él, deberíamos cubrirnos de vergüenza». Durante su última enfermedad, pidió a sus discípulos que escribiesen los salmos penitenciales en las paredes de su habitación y los cantasen en su presencia y no se cansaba de leerlos con lágrimas de gozo. San Agustín conservó todas sus facultades hasta el último momento, en tanto que la vida se iba escapando lentamente de sus miembros. Por fin, el 28 de agosto de 430, exhaló apaciblemente el último suspiro, a los setenta y dos años de edad, de los cuales había pasado casi cuarenta consagrado al servicio de Dios. San Posidio comenta: «Los presentes ofrecimos a Dios el santo sacrificio por su alma y le dimos sepultura». Con palabras muy semejantes había comentado Agustín la muerte de su madre. Durante su enfermedad, el santo había curado a un enfermo, sólo con imponerle las manos. Posidio afirma: «Yo sé de cierto que, tanto como sacerdote que como obispo, Agustín había pedido a Dios que librase a ciertos posesos por quienes se le había encomendado que rogase y los malos espíritus los dejaron libres».

Las principales fuentes sobre la vida y carácter de san Agustín son sus propios escritos, especialmente las Confesiones, el De Civitate Dei, la correspondencia y los sermones. Existen numerosas ediciones y traducciones de dichas obras. Es imposible recorrer aquí toda la bibliografía agustiniana; simplemente la mención de las obras publicadas en los últimos años ocuparía muchas páginas. La edición clásica de las obras de san Agustín en castellano la constituye la monumental de la BAC, bilingüe en 41 volúmenes, permanentemente reeditada; aunque de sus obras más populares, como las Confesiones o La Ciudad de Dios, hay versiones editadas en forma más económica, fragmentarias o completas, de traducciones antiguas o nuevas. Existe una interesante iniciativa del Instituto Agustino que tiene en línea la totalidad de la obra en latín, según las más recientes ediciones críticas, además de la traducción completa al italiano y, por acuerdo con la BAC, la traducción castellana, que también se ha completado el presente año (2014). Con este link se accede al portal castellano, y de allí se puede ir con facilidad al latino, al italiano, y al motor de búsqueda, fundamental en una obra tan vasta.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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ingreso o última modificación relevante: 13-8-2014
Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=3071

* SANTO DEL DÍA “Santa Mónica, madre de familia” 27 de agosto

https://i1.wp.com/www.eltestigofiel.org/sys_imagenes/lectura/santoral/Monica.jpgfecha en el calendario anterior: 4 de mayo
n.: c. 332†: 387país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Memoria de santa Mónica, que, aún jovencísima, fue dada en matrimonio a Patricio, con quien tuvo hijos, entre ellos a Agustín, por cuya conversión derramó abundantes lágrimas y oró mucho a Dios, y, anhelante de la vida celestial, abandonó la terrenal en Ostia Tiberina, en Italia, cuando regresaba de África.
patronazgo: patrona de las esposas y las madres, para pedir por la salvación de los hijos.

oración:

Oh Dios, consuelo de los que lloran, que acogiste piadosamente las lágrimas de santa Mónica impetrando la conversión de su hijo Agustín, concédenos, por intercesión de madre e hijo, la gracia de llorar nuestros pecados y alcanzar tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

La Iglesia venera a santa Mónica, santa esposa y santa viuda, que no sólo dio la vida corporal al famosísimo doctor san Agustín, sino que fue el principal instrumento de que Dios se valió para darle la vida de la gracia. Mónica nació en África del Norte, probablemente en Tagaste, a cien kilómetros de Cartago, el año 332. Sus padres, que eran cristianos, confiaron la educación de la niña a una institutriz que sabía formar a sus pupilas, aunque las trataba con cierta rudeza. Una de las costumbres que les inculcaba, era la de no beber nunca entre comidas. «Ahora queréis agua -les decía-; pero cuando seáis amas de casa y tengáis la bodega a vuestra disposición, querréis vino, de suerte que tenéis que acostumbraros desde ahora». Pero cuando Mónica tenía ya la edad suficiente para que le encargasen que trajera el vino de la bodega, olvidó los excelentes consejos de la institutriz; empezó por beber unos tragitos a escondidas y acabó por beber vasos enteros. Pero cierto día un esclavo que la había visto beber y con quien Mónica tuvo un altercado, la llamó “borracha”. La joven sintió tal vergüenza, que no volvió a ceder jamás a la tentación. A lo que parece, desde el día de su bautismo, que tuvo lugar poco después de aquel incidente, llevó una vida ejemplar en todos sentidos.

Cuando llegó a la edad de contraer matrimonio, sus padres la casaron con un ciudadano de Tagaste, llamado Patricio. Era éste un pagano que no carecía de cualidades, pero era de temperamento muy violento y vida disoluta. Mónica tuvo que perdonarle muchas cosas, pero todo lo soportó con la paciencia de un carácter fuerte y bien disciplinado. Por su parte, Patricio, aunque criticaba la piedad de su esposa y su liberalidad para con los pobres, la respetó siempre mucho y, ni en sus peores explosiones de cólera, levantó la mano contra ella. A la larga, Mónica, con su ejemplo y oraciones, convirtió al cristianismo no sólo a su esposo, sino también a su suegra, mujer de carácter difícil, cuya presencia constante en el hogar de su hijo había dificultado aún más la vida de Mónica. Patricio murió santamente en 371, al año siguiente de su bautismo. Tres de sus hijos habían sobrevivido, dos hombres y una mujer. Las ambiciones de Patricio y Mónica se habían concentrado en el primogénito, Agustín, que era extraordinariamente inteligente, por lo que habían decidido darle la mejor educación posible. Pero el carácter caprichoso, egoísta e indolente del joven había hecho sufrir mucho a su madre. Agustín había sido catecúmeno en la adolescencia y, durante una enfermedad que le había puesto a las puertas de la muerte, estuvo a punto de recibir el bautismo; pero al recuperar rápidamente la salud, pospuso el cumplimiento de sus buenos propósitos. Cuando murió su padre, Agustín tenía diecisiete años y estudiaba retórica en Cartago. Dos años más tarde, Mónica tuvo la enorme pena de saber que su hijo llevaba una vida disoluta y había abrazado la herejía maniquea. Cuando Agustín volvió a Tagaste, Mónica le cerró las puertas de su casa, durante algún tiempo, para no oír las blasfemias del joven. Pero una consoladora visión que tuvo, la hizo tratar menos severamente a su hijo. Soñó, en efecto, que se hallaba en el bosque, llorando la caída de Agustín, cuando se le acercó un personaje resplandeciente y le preguntó la causa de su pena. Después de escucharla, le dijo que secase sus lágrimas y añadió: «Tu hijo está contigo». Mónica volvió los ojos hacia el sitio que le señalaba y vio a Agustín a su lado. Cuando Mónica contó a Agustín sl sueño, el joven respondió con desenvoltura que Mónica no tenía más que renunciar al cristianismo para estar con él; pero la santa respondió al punto: «No se me dijo que yo estaba contigo, sino que tú estabas conmigo».

Esta hábil respuesta impresionó mucho a Agustín, quien más tarde la consideraba como una inspiración del cielo. La escena que acabamos de narrar, tuvo lugar hacia fines del año 337, es decir, casi nueve años antes de la conversión de Agustín. En todo ese tiempo, Mónica no dejó de orar y llorar por su hijo, de ayunar y velar, de rogar a los miembros del clero que discutiesen con él, por más que éstos le aseguraban que era inútil hacerlo, dadas las disposiciones de Agustín. Un obispo, que había sido maniqueo, respondió sabiamente a las súplicas de Mónica: «Vuestro hijo está actualmente obstinado en el error, pero ya vendrá la hora de Dios». Como Mónica siguiese insistiendo, el obispo pronunció las famosas palabras: «Estad tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas». La respuesta del obispo y el recuerdo de la visión eran el único consuelo de Mónica, pues Agustín no daba la menor señal de arrepentimiento. Cuando tenía veintinueve años, el joven decidió ir a Roma a enseñar la retórica. Aunque Mónica se opuso al plan, pues temía que no hiciese sino retardar la conversión de su hijo, estaba dispuesta a acompañarle si era necesario. Fue con él al puerto en que iba a embarcarse; pero Agustín, que estaba determinado a partir solo, recurrió a una vil estratagema. Fingiendo que iba simplemente a despedir a un amigo, dejó a su madre orando en la iglesia de San Cipriano y se embarcó sin ella. Más tarde, escribió en las «Confesiones»: «Me atreví a engañarla, precisamente cuando ella lloraba y oraba por mí». Muy afligida por la conducta de su hijo, Mónica no dejó por ello de embarcarse para Roma; pero al llegar a esa ciudad, se enteró de que Agustín había partido ya para Milán. En Milán conoció Agustín al gran obispo san Ambrosio. Cuando Mónica llegó a Milán, tuvo el indecible consuelo de oír de boca de su hijo que había renunciado al maniqueísmo, aunque todavía no abrazaba el cristianismo. La santa, llena de confianza, pensó que lo haría, sin duda, antes de que ella muriese.

En san Ambrosio, por quien sentía la gratitud que se puede imaginar, Mónica encontró a un verdadero padre. Siguió fielmente sus consejos, abandonó algunas prácticas a las que estaba acostumbrada, como la de llevar vino, legumbres y pan a las tumbas de los mártires; había empezado a hacerlo así, en Milán, como lo hacía antes en Africa; pero en cuanto supo que san Ambrosio lo había prohibido porque daba lugar a algunos excesos y recordaba las «parentalia» paganas, renunció a la costumbre. San Agustín hace notar que tal vez no hubiese cedido tan fácilmente de no haberse tratado de san Ambrosio. En Tagaste Mónica observaba el ayuno del sábado, como se acostumbraba en África y en Roma. Viendo que la práctica de Milán era diferente, pidió a Agustín que preguntase a san Ambrosio lo que debía hacer. La respuesta del santo ha sido incorporada al derecho canónico: «Cuando estoy aquí no ayuno los sábados; en cambio, ayuno los sábados cuando estoy en Roma. Haz lo mismo y atente siempre a la costumbre de la Iglesia del sitio en que te halles». Por su parte, san Ambrosio tenía a Mónica en gran estima y no se cansaba de alabarla ante su hijo. Lo mismo en Milán que en Tagaste, Mónica se contaba entre las más devotas cristianas; cuando la reina madre, Justina, empezó a perseguir a san Ambrosio, Mónica fue una de las que hicieron largas vigilias por la paz del obispo y se mostró pronta a morir por él.

Finalmente, en agosto del año 386, llegó el ansiado momento en que Agustín anunció su completa conversión al catolicismo. Desde algún tiempo antes, Mónica había tratado de arreglarle un matrimonio conveniente, pero Agustín declaró que pensaba permanecer célibe toda su vida. Durante las vacaciones de la época de la cosecha, se retiró con su madre y algunos amigos a la casa de veraneo de uno de ellos, que se llamaba Verecundo, en Casiciaco. El santo ha dejado escritas en sus «Confesiones» algunas de las conversaciones espirituales y filosóficas en que pasó el tiempo de su preparación para el bautismo. Mónica tomaba parte en esas conversaciones, en las que demostraba extraordinaria penetración y buen juicio y un conocimiento poco común de la Sagrada Escritura. En la Pascua del año 387, san Ambrosio bautizó a san Agustín y a varios de sus amigos. El grupo decidió partir al África, y con ese propósito los catecúmenos se trasladaron a Ostia, a esperar un barco. Pero ahí se quedaron, porque la vida de Mónica tocaba a su fin, aunque sólo ella lo sabía. Poco antes de su última enfermedad, había dicho a Agustín: «Hijo, ya nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y te has consagrado a su servicio».

Mónica había querido que la enterrasen junto a su esposo. Por eso, un día en que hablaba con entusiasmo de la felicidad de acercarse a la muerte, alguien le preguntó si no le daba pena pensar que sería sepultada tan lejos de su patria. La santa replicó: «No hay sitio que esté lejos de Dios, de suerte que no tengo por qué temer que Dios no encuentre mi cuerpo para resucitarlo». Cinco días más tarde, cayó gravemente enferma. Al cabo de nueve días de sufrimientos, fue a recibir el premio celestial, a los cincuenta y cinco años de edad. Agustín le cerró los ojos y contuvo sus lágrimas y las de su hijo Adeodato, pues consideraba como una ofensa llorar por quien había muerto tan santamente. Pero, en cuanto se halló solo y se puso a reflexionar sobre el cariño de su madre, lloró amargamente. El santo escribió: «Si alguien me critica por haber llorado menos de una hora a la madre que lloró muchos años para obtener que yo me consagre a Ti, Señor, no permitas que se burle de mí; y, si es un hombre caritativo, haz que me ayude a llorar mis pecados en Tu presencia». En las «Confesiones», Agustín pide a los lectores que rueguen por Mónica y Patricio. Pero en realidad, son los fieles los que se han encomendado, desde hace muchos siglos, a las oraciones de Mónica, patrona de las mujeres casadas y modelo de las madres cristianas.

Apenas sabemos nada de santa Mónica, fuera de lo que sobre ella cuenta san Agustín en sus escritos, particularmente en el lib. IX de las «Confesiones». Ciertamente no es auténtica la carta en que se dice que san Agustín describió a su hermana Perpetua los últimos momentos de su madre. El texto de dicha carta puede verse en Acta Sanctorum, mayo, vol. I. En su artículo «Mónica» en Dictionnaire d’Archéologie chrétienne et de Liturgie, , vol. XI, cc. 2332-2356, Dom H. Leclercq da muchos datos sobre Tagaste (actualmente Suk Arrhas) y los restos de la basílica de Cartago, descubiertos en el siglo XX. Sin embargo, hay que confesar que todo ello tiene poco que ver con santa Mónica, a no ser porque en los tiempos modernos se ha consagrado a la santa una capilla de la ciudad. Hay que hacer notar también que no existen, prácticamente, huellas del culto a santa Mónica antes del traslado de sus restos, de Ostia a Roma, en 1430, según se dice. Se cree que las reliquias de la santa se conservan en la iglesia de S. Agostino.
Cuadros:
-Santa Mónica, de Luis Tristán, 1616, Museo del Prado, Madrid.
-El joven Agustín presentado al maestro por su madre y su padre, Benozzo Gozzoli, 1464/65, en la iglesia de Sant’Agostino in San Gimignano.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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* AUDIENCIA GENERAL “El espíritu de la oración devuelve el tiempo a Dios, dijo el Papa”

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Ni siquiera la muerte puede separarnos de la caricia de Dios

(RV).- Tras haber reflexionado acerca de cómo vive la familia los tiempos de la fiesta y del trabajo, en su catequesis del último miércoles de agosto, y en el ámbito de la 100ª audiencia general desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco se detuvo a considerar, con los numerosos fieles y peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro, el tiempo de la oración.

Hablando en italiano el Santo Padre destacó que los cristianos lamentan con sinceridad la falta de tiempo para rezar más porque el corazón humano siembre busca la oración, incluso sin saberlo. Y afirmó que está bien creer en Dios con todo el corazón y esperar que Él nos ayude en las dificultades, al igual que sentirse en el deber de darle gracias. Sin embargo, Francisco invitó a preguntarnos si queremos al Señor, y si el pensamiento de Dios nos conmueve, nos sorprende y nos mueve a la ternura.

Lenguaje intensivo del amor

De ahí su invitación a pensar en el gran mandamiento que sostiene a todos los demás con su fórmula: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”, que utiliza “el lenguaje intensivo del amor”. Por esta razón el Papa Bergoglio también formuló la pregunta de si logramos pensar en Dios como la caricia que nos mantiene en vida, antes de la cual no hay nada. Una caricia que ni siquiera la muerte interrumpe. O si pensamos en Él sólo como en el Omnipotente creador de todas las cosas, el Juez que controla todas la acciones, lo que también es verdad. Pero como dijo el Pontífice, sólo cuando Dios es el afecto de todos nuestros afectos, llega a ser pleno el significado de estas palabras. Entonces – añadió  el Papa – nos sentimos felices, y también un poco desconcertados, porque Él piensa en nosotros y, sobre todo – exclamó – ¡nos ama!

Se trata de algo impresionante, dijo Francisco, puesto que Dios podía  hacerse reconocer sencillamente como el Ser Supremo, impartir sus mandamientos y esperar los resultados. Y, en cambio, Dios ha hecho y hace infinitamente más que esto. Y, de hecho – prosiguió – un corazón en el que habita el afecto por Dios hace que también se vuelva oración un pensamiento sin palabras o una invocación ante una imagen sagrada o un beso hacia la Iglesia. Por eso es bello cuando las mamás enseñan a sus hijos pequeños a enviar un beso a Jesús o a la Virgen, porque en ese  momento – explicó el Santo Padre – el corazón de los niños se transforma en lugar de oración, que es un don del Espíritu Santo.

Por esta razón el Papa pidió que jamás olvidemos pedir este don para cada uno de nosotros, a fin de que el tiempo de la entera vida familiar esté envuelto en el amor de Dios con la búsqueda espontánea del tiempo de la oración.

Hacia el final de su catequesis el Pontífice afirmó que el espíritu de la oración devuelve el tiempo a Dios, y después de recordar el episodio evangélico de las hermanas de Lázaro, Marta y María, en que la primera aprendió que escuchar al Señor era verdaderamente lo esencial, la “parte mejor” del tiempo; Francisco sugirió leer en casa el Evangelio, meditándolo, en la familia, mientras se reza el Rosario, para que llegue a ser como un pan bueno que alimenta el corazón de todos.

Francisco concluyó invitando a descubrir la belleza de la oración en la familia para que rezando unos por otros seamos protegidos por el amor de Dios.

Después de su catequesis el Papa Bergoglio invitó a los presentes a participar, el próximo martes 1º de septiembre, en la Primera Jornada Mundial de Oración dedicada al cuidado de la creación, que el mismo Pontífice instituyó el pasado 6 de agosto, y que tendrá lugar en la Basílica Vaticana, a las 17.00, donde el Santo Padre presidirá la Liturgia de la Palabra.

Estas fueron sus palabras:

“El próximo martes, 1º de septiembre, se celebrará la Jornada Mundial de Oración por el cuidado de la creación. En comunión de oración con nuestros hermanos ortodoxos y con todas las personas de buena voluntad, queremos ofrecer nuestra contribución a la superación de la crisis ecológica que está viviendo la humanidad.

En todo el mundo, las diversas realidades eclesiales locales han programado oportunas iniciativas de oración y de reflexión, para hacer que esa Jornada sea un momento fuerte también con vistas a la asunción de estilos de vida coherentes.

Con los obispos, sacerdotes, personas consagradas y fieles laicos de la Curia romana, nos encontraremos en la Basílica de San Pedro a las 17.00 para la Liturgia de la Palabra, a la que desde ahora invito a participar a los romanos, a los peregrinos y a cuantos lo deseen”.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto y audio completo de la catequesis del Papa en italiano traducido al español

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Después de haber reflexionado sobre cómo la familia vive los tiempos de la fiesta y del trabajo, consideramos ahora el tiempo de la oración. La queja más frecuente de los cristianos consiste precisamente en el tiempo: “Debería rezar más…: quisiera hacerlo, pero a menudo me falta el tiempo”. Lo escuchamos continuamente.

La pena es sincera, ciertamente, porque el corazón humano busca siempre la oración, incluso sin saberlo; y si no la encuentra, no tiene paz. Pero para que se encuentren, es necesario cultivar en el corazón un amor ‘cálido’ por Dios, un amor afectivo.

Podemos hacernos una pregunta muy sencilla. Está bien creer en Dios con todo el corazón, está bien esperar que nos ayude en las dificultades, está bien sentir el deber de agradecerle. Todo bien. Pero ¿Queremos también un poco al Señor? ¿El pensamiento de Dios nos conmueve, nos asombra, nos enternece?

Pensamos a la formulación del gran mandamiento, que sostiene todos los otros: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu» (Dt 6,5; cfr Mt 22, 37). La fórmula usa el lenguaje intenso del amor, reversándolo en Dios. Aquí, el espíritu de oración vive principalmente aquí. Y si vive aquí, vive todo el tiempo y no se va nunca. ¿Conseguimos pensar en Dios como la caricia que nos tiene en vida, antes de la cual no hay nada? ¿Una caricia de la cual nada, ni siguiera la muerte, nos puede despegar? ¿O lo pensamos solamente como el gran Ser, el Todopoderoso que ha hecho cada cosa, el Juez que controla cada acción? Todo es verdad, naturalmente. Pero sólo cuando Dios es el afecto de todos nuestros afectos, el significado de estas palabras se hace pleno. Entonces nos sentimos felices, y también un poco confundidos, porque Él piensa en nosotros. Pero sobre todo ¡nos ama! ¿No es impresionante esto? ¿No es impresionante que Dios nos acaricie con amor de padre? Es muy bello, muy bello.

Podía simplemente darse a conocer como el Ser supremo, dar sus mandamientos y esperar los resultados. En cambio Dios ha hecho y hace infinitamente más que eso. Nos acompaña en el camino de la vida, nos protege, nos ama.

Si el afecto por Dios no enciende el fuego, el espíritu de la oración no calienta el tiempo. Podemos también multiplicar nuestras palabras, “como hacen los paganos” decía Jesús; o también mostrar nuestros ritos, “como hacen los fariseos” (cfr Mt 6,5.7). Un corazón habitado por el afecto por Dios convierte en oración incluso un pensamiento sin palabras, o una invocación delante de una imagen sagrada, o un beso enviado hacia la iglesia. Es bello cuando las madres enseñan a los hijos pequeños a mandar un beso a Jesús o a la Virgen. ¡Cuánta ternura hay en eso!

En aquel momento el corazón de los niños se transforma en lugar de oración. Y es un don del Espíritu Santo. ¡No olvidemos nunca pedir este don para cada uno de nosotros! Porque el Espíritu de Dios tiene su modo especial de decir en nuestros corazones “Abbà”, es decir, “Padre”, nos enseña a decir padre, propio como lo decía Jesús, un modo que no podremos nunca encontrar solos (cfr Gal 4, 6). Este don del Espíritu es en familia donde se aprende a pedirlo y a apreciarlo. Si lo aprendes con la misma espontaneidad con la cual aprendes a decir “papá” y “mamá”, lo has aprendido para siempre. Cuando esto sucede, el tiempo de la entera vida familiar viene envuelto en el vientre del amor de Dios, y busca espontáneamente el tiempo de la oración.

El tiempo de la familia, lo sabemos bien, es un tiempo complicado y lleno de gente, ocupado o preocupado. Siempre es poco, nunca basta, hay tantas cosas por hacer. Quien tiene una familia aprende pronto a resolver una ecuación que ni siquiera los grandes matemáticos saben resolver: ¡dentro de las veinticuatro horas hace entrar el doble! Es así eh. ¡Existen mamás y papás que podrían vencer el Nobel por esto! ¿eh? ¡En 24 horas hacen 48! No sé cómo hacen pero se mueven y hacen, hay tanto trabajo en familia.

El espíritu de la oración restituye el tiempo a Dios, sale de la obsesión de una vida a la cual le falta siempre el tiempo, reencuentra la paz de las cosas necesarias y descubre la alegría de los dones inesperados. Buenas guías para esto son las dos hermanas Marta y María, de quienes habla el Evangelio que hemos escuchado; ellas aprendieron de Dios la armonía de los ritmos familiares: la belleza de la fiesta, la serenidad del trabajo, el espíritu de oración (cfr Lc 10, 38-42). La visita de Jesús, a quien querían bien, era su fiesta. Un día, pero, Marta aprendió que el trabajo de la hospitalidad, si bien es importante, no es todo, pero que escuchar al Señor, como hacía María, era la cosa verdaderamente esencial, la “parte mejor” del tiempo. Que la oración brote de la escucha de Jesús, de la lectura del Evangelio, no olviden, cada día leer un pasaje del Evangelio. La oración brote de la confianza con la Palabra de Dios. ¿Hay esta confianza en nuestra familia? ¿Tenemos en casa el Evangelio? ¿Lo abrimos alguna vez para leerlo juntos? ¿Lo meditamos rezando el Rosario? El Evangelio leído y meditado en familia es como un pan bueno que nutre el corazón de todos. Y en la mañana y en la noche, y cuando nos sentamos en la mesa, aprendemos a decir juntos una oración, con mucha sencillez: es Jesús que viene entre nosotros, como iba en la familia de Marta, María y Lázaro. Una cosa que tengo en el corazón, que he visto en las ciudades: ¡hay niños que no han aprendido a hacer la señal de la Cruz! Tú mamá, papá, enseña al niño a rezar, a hacer la señal de la Cruz, esta es una tarea bella de las mamás y de los papás.

En la oración de la familia, en sus momentos fuertes y en sus pasajes difíciles, somos confiados los unos a los otros, para que cada uno de nosotros en familia sea cuidado por el amor de Dios. Gracias.

(Traducción del italiano – Mercedes De La Torre – RV).