595-Fiesta de san Silvestre I, papa, 31 de diciembre.

San Silvestre I, papa
fecha: 31 de diciembre
†: 335país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
San Silvestre I, papa, que piadosamente rigió la Iglesia durante muchos años, período en el cual el emperador Constantino Augusto construyó basílicas venerables, y el Concilio de Nicea aclamó a Cristo como Hijo de Dios. En este día su cuerpo fue enterrado en Roma, en el cementerio de Priscila.
patronazgo: patrono de los animales e intercesor por un buen año nuevo.
refieren a este santo: San Inocencio de Tortona
oración:
Socorre, Señor, a tu pueblo que se acoge a la intercesión del papa san Silvestre primero, para que, pasando esta vida bajo tu pastoreo, pueda alcanzar en la gloria la vida que no acaba. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

Al papa Silvestre I, lo mismo que a su predecesor san Milcíades, se le recuerda más por los sucesos que tuvieron lugar durante su pontificado que por su vida y sus hechos. Vivió en una época de tan grande trascendencia histórica que, inevitablemente surgieron en torno suyo diversas leyendas y anécdotas sensacionales, como las que figuran en la obra «Vita beati Silvestri», pero sin valor como datos para los registros de la historia. En cambio, el Liber Pontificalis hace constar que era el hijo de un romano llamado Rufino, elegido papa a la muerte de san Milcíades, en 314, casi un año después de que el Edicto de Milán había garantizado la libertad para la Iglesia. En consecuencia, las leyendas más significativas sobre san Silvestre se fabricaron alrededor de sus relaciones con el emperador Constantino. En ellas se representa a Constantino como a un leproso que, al convertirse al cristianismo y al recibir el bautismo de manos del papa Silvestre, quedó curado. Como muestra de gratitud hacia el vicario de Cristo en la tierra, el emperador concedió numerosos derechos y privilegios al Papa y sus sucesores y dejó bajo el dominio de la Iglesia a las provincias de Italia. La historia de los «donativos de Constantino» («Donatio Constantini»), que se compuso y se utilizó para fines políticos y eclesiásticos durante la Edad Media, se ha reconocido desde hace mucho como una falsedad, incluyendo el bautismo de Constantino por san Silvestre, ya que en realidad Constantino era todavía catecúmeno cuando se hallaba en su lecho de muerte y fue entonces, dieciocho meses después de la muerte de San Silvestre, cuando un obispo arriano lo bautizó en Nicomedia.

A los pocos meses de ocupar la silla de San Pedro, el Papa envió una delegación personal al sínodo convocado en Arles para tratar la disputa donatista. Los obispos reunidos en aquella asamblea formularon críticas por la ausencia del Pontífice que, en vez de presentarse en la reunión, permanecía en «el sitio donde los Apóstoles tienen su tribunal permanente». En junio del año 325, se reunió en la ciudad de Nicea, en Bitinia, el primer Concilio Ecuménico o general de la Iglesia, al que concurrieron unos 220 obispos, casi todos orientales. El papa Silvestre envió de Roma, como delegados, a dos sacerdotes. El Concilio presidido por un obispo de occidente, Osio de Córdoba, condenó las herejías de Arrio y con ello dio principio a una larga y devastadora lucha dentro de la Iglesia. No hay noticias precisas de que san Silvestre haya ratificado oficialmente la firma de sus delegados en las actas del Concilio.

Es probable que haya sido a san Silvestre y no a Milcíades a quien Constantino cedió el palacio de Letrán, donde el Papa estableció su cátedra e hizo de la basílica de Letrán la iglesia catedral de Roma. Durante el pontificado de san Silvestre, el emperador (que en el 330 trasladó su capital de Roma a Bizancio) hizo construir las primeras iglesias romanas, como la de San Pedro en el Vaticano, la de la Santa Cruz en el palacio sesoriano y la de San Lorenzo extramuros. El nombre de este Papa, junto con el de San Martín, ha quedado impuesto hasta ahora a la iglesia titular de un cardenal que, por aquel entonces, fue fundada cerca de los baños de Diocleciano, por un sacerdote llamado Equicio. San Silvestre construyó también otra iglesia en el cementerio de Priscila, sobre la Vía Salaria. En aquel mismo lugar fue enterrado en el año 335. Pero en el 761, el papa Pablo I trasladó sus reliquias a la iglesia de San Silvestre in Capite, que es ahora la iglesia nacional de los ingleses católicos en Roma. Desde el siglo XIII, se generalizó la celebración de la fiesta de este santo Pontífice en el Occidente el 31 de diciembre, y también se observa en el Oriente (el 2 de enero), la conmemoración de aquel primer Pontífice de Roma, después de que la Iglesia salió de las catacumbas.

En cuanto a la «Donatio Constantini», parece ser que, con fecha anterior a ese documento, circuló una historia de san Silvestre, inventada para edificación de los lectores piadosos de la segunda mitad del siglo quinto, donde figura, por ejemplo, el relato de una discusión teológica entre san Silvestre y doce doctores judíos. Hay indicios de que el Liber Pontificalis se documentó en el mencionado libro al hablar del Constitutum Silvestri. Pero también había otra versión de esta leyenda que incluía incidentes tales como la lucha contra un dragón y que modificaba radicalmente otros detalles. En el siglo IX, encontramos textos en los que estos elementos están fundidos con otros nuevos. Por otra parte, desde el siglo sexto comenzaron a aparecer las versiones griegas sobre ese mismo tema. Uno de estos textos griegos se ha conservado en cuarenta copias que ahora existen. También hubo traducciones de las actas de san Silvestre al sirio y al armenio, así como una homilía en verso, atribuida a Santiago de Sarug. En algunas de estas versiones orientales se presenta a san Silvestre como compañero de viaje de santa Elena, la madre de Constantino, por Palestina, y se afirma, además, que el Papa tomó parte en el descubrimiento de la verdadera Cruz. San Silvestre ocupó un lugar importantísimo en el movimiento intelectual medieval.

J. P. Kirsch hizo un profundo estudio sobre el espurio documento de la «Donatio Constantini» en la Catholic Encyclopedia (vol. v, pp. 118-121, hay traducción al español, pero atención que en numerosos casos la traducción es de pésima calidad, no he contrastado éste). W. Lewinson tiene también un estudio sobre los diversos elementos que contribuyeron a la fabricación de la fábula: «Konstantinische Schenkung und Silvester Legende», en Miscellanea Francesco Ehrle (vol. II, 1924, pp. 159-247). Ver Liber Pontificalis, edición Duchesne, vol. I, pp. CXXXV y 170-201. El período histórico de san Silvestre se encuentra, como no podía ser menos, ampliamente tratado en cualquier historia de la Iglesia, por ejemplo, H. Jedin, Manual de Historia de la Iglesia, tomo I, pág. 569ss., Herder, 1966. Imagen: San Silvestre es recibido por Constantino, fresco de 1246, en la Capilla de San Silvestre en la iglesia de los Cuatro Coronados, Roma.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
(El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=4662

594- La reforma del aborto explicada al detalle, Ruiz Gallardón.

Los dos grandes periódicos “conservadores” de España, ABC y La Razón,

han coincidido al publicar sendas entrevistas al ministro de Justicia, Alberto Ruíz-Gallardón, en las que explica con más detalle su propuesta de ley de “Protección del Concebido No Nacido” y el contexto constitucional y europeo en el que llega.

Esta es la entrevista con Nati Villanueva en el diario ABC:

¿Se esperaban las críticas a la reforma de la ley del aborto?

Sí, sabemos que hemos hecho algo sin precedentes en las últimas décadas en Europa, que es acabar con el mito de la presunta superioridad moral de la izquierda.

La izquierda está acostumbrada a que cuando pierden las elecciones y gobiernan los partidos populares, éstos gestionen de forma distinta, pero sin modificar aquellas leyes sobre las que la propia izquierda cree que tiene el monopolio de la legitimidad. Entre ellas estaba la ley del aborto.

Hacer una defensa de avance, de progreso, en defensa de la vida, frente al retroceso que dignificó en la defensa de esos derechos la ley de 2010, es algo que la izquierda estaba convencida de que no íbamos a hacer en esta legislatura y le produce, además de una irritación política, un quebranto ideológico, porque saben que tendrá continuidad en otros países. Esta es la ley más avanzada y progresista que hemos hecho desde el Gobierno.

Se les ha acusado de un retroceso respecto a otros países europeos, como Alemania o Francia…

Lo que hemos hecho es un avance sustancial, de acuerdo con nuestra Constitución, que establece el derecho a la vida, y con el Tribunal Constitucional, que hasta en tres sentencias interpretó con rotundidad cómo tenía que gestionarse ese conflicto entre el bien jurídico que es el concebido y los derechos de la mujer.

Dicho eso, quiero recordar que la semana pasada el Parlamento Europeo rechazó la propuesta de una diputada socialista portuguesa que pretendía recuperar ese concepto antiguo y superado de considerar el aborto como un derecho y no como un drama que debe ser regulado por el legislador.

Nosotros hemos hecho la primera legislación que está en consonancia con el pensamiento mayoritario de los ciudadanos europeos, con lo que ha expresado su Parlamento, y estoy convencido de que esta iniciativa tendrá continuidad en otros parlamentos de otras naciones europeas.

El Grupo Parlamentario Popular me ha pedido que en febrero me desplace a Bruselas para explicarles el proyecto, los fundamentos, el trabajo de elaboración del mismo desde una posición de plena y absoluta coincidencia con el mismo.

Desde su partido se insiste en que buscarán puntos de encuentro con otras fuerzas parlamentarias para sacar adelante este proyecto con el mayor consenso posible. ¿Hay margen para el cambio?

Siempre la tramitación parlamentaria busca mejorar los proyectos. Pero digo una cosa con rotundidad: este es un proyecto muy pensado y muy elaborado, y el Gobierno, antes de aprobarlo en el Consejo de Ministros, ha delimitado claramente los principios que informan el mismo, y esos principios no son renunciables, porque sería ir en contra de aquello que nos ha movido a aprobar este proyecto de ley.

Que hay algunos aspectos susceptibles de mejora en la tramitación, ojalá que sea así. Que no se va a renunciar a ninguna de las conquistas en defensa de los de los derechos que ella recoge, se lo garantizo como ministro.

¿Tendría cabida por ejemplo el tercer supuesto que contemplaba la ley del 85, el de malformaciones graves?

No, entre otras cosas porque hay un requerimiento formal de la ONU para que España derogara el artículo que se refiere a la discapacidad en la ley Aído.

Sería absolutamente contrario no sólo al convenio de Naciones Unidas, sino a cualquier principio elemental de defensa de la dignidad de la persona, el establecer niveles de protección en función de la capacidad o discapacidad de las personas, porque si eso se hace con los concebidos, ¿qué impide que en un momento posterior otra legislación lo haga extensible a los que ya han nacido?

No se puede decir que un no nacido, por tener alguna discapacidad, tiene menos derecho a la protección de su vida que la de un concebido sin discapacidad.

Por eso nuestro proyecto de ley centra la despenalización del aborto en el quebranto psicológico que ese u otro hecho puede causar en la mujer, y es un principio fundamental que si todos los seres humanos son iguales, los concebidos tienen que ser iguales también y tener el mismo nivel de protección.

Usted ha dicho que no puede establecerse una distinción entre embriones de primera y de segunda. ¿No se establece esta distinción cuando se diferencia entre los concebidos como consecuencia de una violación, casos en los que se permite el aborto, y aquéllos con malformaciones graves, en los que está penado?

En el caso de la violación ha habido un ataque a la libertad sexual de la mujer y, por lo tanto, los poderes públicos no pueden penalizar la decisión de no continuar con ese embarazo.
Aunque se contempla específicamente ese supuesto, la razón ética que lo justifica no es ninguna minusvaloración de ese concebido, sino el que su continuidad genere un quebranto psicológico irrecuperable en la mujer.

Y ese mismo principio es el que informa toda la ley. El aborto no es un derecho, pero tampoco estará penalizado cuando entre en conflicto con derechos fundamentales de la mujer, que tendrá que acreditar ese conflicto.

Lo que sí hace la ley es una presunción de que cuando el embarazo es fruto de un ataque a la libertad sexual de la mujer, ese conflicto psicológico va a existir, pero la justificación a ese conflicto es el daño a la mujer.

¿No teme el Gobierno que, como sucedió con las clínicas abortistas, haya una red de médicos dispuestos a firmar por convicción el informe que les pongan delante?

Todos somos conscientes de que la ley del 85 no se aplicó como quiso el legislador ni el Tribunal Constitucional porque hubo muchos mecanismos de vulneración.

Nosotros hemos introducido mecanismos de control, como la prohibición de la publicidad sobre clínicas abortivas, que tengan que ser dos especialistas los que firmen el mismo dictamen clínico, y que nunca los especialistas que emitan el informe tengan relación laboral con la clínica en la que se vaya a interrumpir el embarazo.

¿Permitirá su partido la libertad de voto cuando se apruebe esta ley? Hemos visto la reacción de la delegada del gobierno en Madrid, manifestándose en contra de la reforma…

La reforma de la ley era un compromiso del PP que tiene su primera construcción intelectual en el recurso que se interpuso ante el Tribunal Constitucional contra la ley de 2010.

Luego se plasmó en el programa electoral del PP, lo que significa que todos los que fuimos candidatos en las últimas elecciones no solo lo leímos, sino que asumimos como propio.

Cualquier miembro del partido que aceptase ocupar un cargo electo o de responsabilidad sustentado en ese contrato que firmamos con los ciudadanos no puede decir ahora que tenía reserva mental sobre alguna de las partes de ese programa, y por tanto creo que todos estamos obligados a cumplir ese contrato que firmamos con los ciudadanos.

Si no quiere no me conteste, pero si usted hubiera sabido que su mujer iba a tener un hijo con graves malformaciones no incompatibles con la vida, ¿habrían seguido adelante?

Sí, sin dudarlo. Y es una opción, una convicción personal. No puedo dejar de recordar a una persona que a lo largo de mi vida más me ayudó a conformar mi pensamiento en relación con relación al tema del aborto: fue Federico Carlos Sainz de Robles, que fue presidente del Tribunal Supremo y que tenía una situación en su familia que corresponde a la pregunta que usted me ha hecho.

Alguna vez le pregunté por esa situación y lo que él me dijo fue que nada en su vida había cohesionado más a su familia y había dado más sentido a su vida que la dedicación que desde el día que nació tuvo hacia aquel hijo suyo con aquellas carencias.

¿Defenderá personalmente Rajoy esta reforma en Europa?

Sin duda. Mire, por muy convencido que esté un ministro de una iniciativa es imposible que la saque adelante sin el apoyo de su presidente.

Este Gobierno, en estos dos años, ha abordado dos materias que son determinantes para acabar con esa limitación de derechos y posibilidades de progreso que la izquierda había impuesto en los últimos años: la ley de educación y la ley del aborto.

Le puedo asegurar que frente a los tormentas mediáticas y exageraciones dialécticas que caracterizan a la izquierda, si ambos ministros hemos sido capaces de sacarlo adelante es porque tenemos el respaldo de nuestro presidente, que, en contra de lo que algunos critican, ha demostrado ser un presidente con convicción, con coraje y con capacidad de decisión.

***

A continuación, reproducimos las preguntas y respuestas de la entrevista concedida a Francisco Marhuenda y Francisco Velasco en La Razón.

Si tuviese que definir en pocas frases el objetivo final de este anteproyecto de Ley, sería…

El objetivo final es cumplir el mandato constitucional de proteger los derechos del concebido, de la mujer, y de resolver el conflicto cuando ambos derechos entren en colisión, pero haciéndolo desde una postura humanista y con unos avances, a mi juicio, trascendentales en la concepción del Derecho como garantía de protección de derechos de los más débiles.

¿Por qué considera el Gobierno que había que derogar la «Ley Aído» sobre el aborto?

Porque es contraria a la interpretación que el Tribunal Constitucional ha hecho del derecho a la vida. Desde el momento en que durante las primeras 14 semanas de embarazo, la ley vigente desprecia absolutamente los derechos del concebido y deja la decisión de interrumpir el embarazo exclusivamente en la voluntad unilateral de la madre gestante, con lo que está ignorando el mandato constitucional de considerar al concebido como un bien jurídico con derecho a protección.

En segundo lugar, porque la «Ley Aído» deshumaniza absolutamente el drama del aborto, lo considera más como un método anticonceptivo que como el terrible concepto que surge no solamente para la mujer, sino para toda la sociedad, cuando entran en colisión dos derechos susceptibles de protección.

En tercer lugar, porque privar a las menores de la compañía de sus padres cuando tienen que abordar una decisión tan extraordinariamente dramática como es enfrentarse a una posible interrupción de embarazo es ir en contra de la necesaria protección de los derechos del menor.

En cuarto lugar, porque es un nítido compromiso electoral que el PP introdujo en su programa, que fue mayoritariamente respaldado por los españoles en las últimas elecciones generales.

Y en quinto lugar, porque es necesario en España y en Europa que los humanistas defiendan con convicción los derechos de las personas frente al frío e insensible materialismo que en esta materia ha acompañado históricamente las propuestas de la izquierda.

¿Considera que este anteproyecto de ley se puede considerar progresista? ¿Por qué?

Sin duda alguna. Una de las cosas que va a suscitar el debate que se ha abierto con este proyecto es acabar con el mito de la pretendida superioridad moral de la izquierda.

La izquierda no es progresista cuando ante una situación de conflicto entre el concebido y los derechos de la mujer opta por despreciar absolutamente la protección del primero.

La izquierda no es progresista cuando considera que una menor de edad no tiene que estar acompañada de sus padres para tomar una decisión que le puede marcar psicológicamente y la evolución psicológica de su personalidad.

Y, sobre todo, la izquierda no es progresista cuando aprueba una ley que penaliza a la mujer, a la que amenaza con privación de libertad, pero que da amplísimas facultades a las clínicas abortistas para realizar las interrupciones del embarazo.

O sea, ¿es progresista?

Sí. Sin duda es el proyecto más progresista que ha hecho el Gobierno desde que asumió su responsabilidad hace dos años, y creo que lo que hemos hecho ahora en España va a abrir un debate en toda la Unión Europea y que veremos durante los próximos meses y años muchas iniciativas sometidas a debate público y político, como la que hoy ha presentado el PP español.

¿El aborto es un derecho de la mujer?

El aborto no es un derecho, el aborto es un drama, una tragedia personal; en primer lugar para el concebido, que se ve afectado por la frustración de su derecho vital, en segundo lugar, para la mujer, y en tercer lugar, para toda la sociedad.

No puede considerarse la privación de un derecho de vida como un derecho; eso es un concepto materialista, deshumanizado, antiguo y rebatido por los grandes pensadores, como se encargó de demostrar en reiteradas ocasiones a lo largo de su vida un hombre nada sospechoso de ideas conservadoras como Julián Marías, que siempre consideró que algún día la izquierda se avergonzaría de su postura deshumanizada de desprotección del concebido, de la misma forma que hoy se avergüenza de no haber apoyado en la Segunda República el derecho a voto de la mujer.

La izquierda tarda mucho en rectificar, pero estoy convencido que esta rectificación se producirá.

El supuesto de peligro para la salud física o psíquica de la madre se convirtió en un «coladero» para la práctica de abortos. ¿Puede ocurrir algo similar con la nueva ley, dado que la mujer puede escoger libremente a los médicos que realicen el informe sobre ese aspecto?

El planteamiento de la ley de 1985 en este aspecto era conforme con la doctrina del TC. La ejecución práctica de la ley, ciertamente, no lo fue.

Lo que introduce el proyecto de ley que ha aprobado el Gobierno son garantías de que aquello que dice la actual ley y que decía la ley de 1985, que es lo que dijo el TC, efectivamente se cumplió, y que la interrupción de embarazo se produzca solamente cuando exista de verdad un conflicto grave con el proyecto vital de la mujer porque afecte a su salud física o a su salud psíquica.

Hemos introducido, de acuerdo con el Derecho comparado, una serie de medidas que van a ayudar de forma determinante a conseguir este objetivo; el informe no podrá ser de un solo médico, sino que tendrá que ser de dos médicos especialistas, pero no dos informes, sino un único informe firmado por dos especialistas, y aquí el matiz es muy importante, porque tendrán que coincidir los dos profesionales en la acreditación de ese peligro para la salud física o psíquica de la mujer.

Pero la mujer tiene libertad de elección.

Es verdad que no se ha establecido ningún tipo de discriminación entre los profesionales de la sanidad pública y de la privada, por un principio de equiparación de condiciones al margen de dónde hayan optado los profesionales por trabajar, pero sí se prohíbe que los profesionales que emitan este informe no solamente no puedan trabajar en la clínica donde se vaya a practicar el aborto, sino que no podrán tener ningún tipo de relación laboral, de dependencia, con la estructura administrativa que gestiona la clínica donde se habrá de practicar el aborto.

Aunque es verdad que con la experiencia de la aplicación de la ley durante los próximos años nos tiene que hacer estar atentos a su seguimiento, pero creo que con estas garantías conseguimos cumplir plenamente el propósito de la sentencia del TC cuando aceptó estas indicaciones como supuestos varios de la interrupción del embarazo

¿Qué tiene que decir frente a los que dicen que ha cedido a las presiones de la Iglesia Católica?

Me sorprende que un debate que afecta a los derechos fundamentales se invoquen motivos o razones de carácter religioso. Es verdad que la Iglesia católica, como la inmensa mayoría de las confesiones monoteístas, defiende el derecho a la vida; pero este derecho no es un patrimonio exclusivo de ninguna confesión religiosa.

Y desde un planteamiento ético y desde un principio moral, aunque esté alejado de cualquier convicción religiosa, hay que defender el derecho a la vida. Por lo tanto, cuando la izquierda intenta situar la autoría intelectual de este proyecto en una confesión religiosa, se está haciendo un flaco favor a sí misma, porque lo que está manifestando es que desde una ética laica ellos no consideran el derecho a la vida como un derecho fundamental de la persona.

¿Y sobre las críticas de influencias de los sectores más conservadores de la sociedad española?

No solamente en los dos años que llevo en el Ministerio de Justicia, sino en los 30 años que llevo en política, probablemente haya sido la decisión más avanzada y más progresista que he tenido la ocasión de proponer.

¿Piensa que la sociedad española respalda esta nueva ley, los principios fundamentales de la misma?

Creo que hay un profundo sentido humanista en la sociedad española que, además, está muy identificada con las corrientes de pensamiento que han construido históricamente esta nación, que no permanece indiferente ante una agresión a los sectores más débiles de la sociedad y muy especialmente al más vulnerable de todos, que es el concebido y no nacido. Creo que es una corriente que no se identifica con un pensamiento ideológico determinado.

Vuelvo al ejemplo de personas como Julián Marías o Miguel Delibes, que no se caracterizaron por tener una militancia conservadora y que fueron grandes defensores del derecho a la vida y denunciaron valientemente el falso progresismo que para la izquierda significaba la vulneración de ese derecho con una legislación que solamente busca dar satisfacción, presunta, a las necesidades inmediatas de una mujer en el caso de un embarazo no deseado.

Y creo que los ciudadanos, a diferencia de lo que ocurrió en las elecciones generales de 2008, donde el PSOE ocultó su intención de modificar la Ley del Aborto, no introduciendo la propuesta electoral, nosotros hicimos de ese asunto uno de los ejes centrales de nuestra campaña.

Tuve la responsabilidad, por la confianza del presidente, de acudir a varios debates en la última campaña electoral y no hubo uno donde la izquierda no me preguntase estrictamente si íbamos a cumplir el punto que incluía la modificación de la Ley del Aborto, y a todos, con rotundidad, sin ningún tipo de disimulo, contesté que sí.

Esa candidatura y ese programa fue respaldado mayoritariamente por los ciudadanos.

¿Cree que esta nueva ley supondrá una pérdida de votos para el PP?

Estoy convencido de que no va a ser así. Creo que el PSOE está cometiendo un error estratégico importante cuando intenta hacer de las próximas elecciones europeas una evaluación de la conformidad o disconformidad con este proyecto de ley, según el discurso que anunció Rubalcaba recientemente.

Pero, en segundo lugar, tengo que decir, y estoy convencido de que va a ser así, que hay decisiones en la vida política y en la vida en general que no pueden estar sometidas a un interés electoral.

No estamos hablando de una medida que pueda ser aplicada o no en función de sus consecuencias electorales, sino que estamos hablando de la puesta en valor de un principio esencial de los que justifica plenamente un compromiso con la sociedad.

Por lo tanto, al margen de cuáles sean los efectos electorales, estoy convencido de que los ciudadanos valorarán siempre a un Gobierno y a un presidente que antepone los principios esenciales de su compromiso con la sociedad, a través de la política, a cualquier beneficio coyuntural.

¿De verdad que todo el Gobierno apoya esta reforma?

Absolutamente.

¿Disminuirá el número de abortos con esta ley?

A todos nos gustaría que fuese así, pero tengo que decir que ésta es una ley justa, humanista, progresista, sea cual fuera la evolución estadística en el número de abortos que se produzca en España.

Por dejar claro un aspecto de la ley que puede suscitar algún interrogante: ¿Podrá abortar una menor de 16 años con la oposición de los padres?
Única y exclusivamente si el juez, en el supuesto de que se produzca ese conflicto, y que no se preste el consentimiento por parte de sus padres, entendiese que el interés de la menor y su capacidad para tomar esa decisión puede suplir la falta de consentimiento por parte de sus padres. Es un proceso rápido que se resuelve en un plazo máximo de cinco días.

Desde la oposición, principalmente por parte del PSOE, se esgrime que este proyecto de ley, de salir adelante, supondrá un retroceso de varias décadas en lo relativo al aborto.

Es falso. Lo que hace esta ley es situarnos en el espacio de vanguardia del siglo XXI. Estoy convencido de que será el siglo en el que se recuperará valores esenciales, como la defensa del derecho a la vida.

Hay que recordar que la semana pasada el Parlamento europeo rechazó una propuesta de una diputada socialista de Portugal para que el aborto fuera considerado como un derecho, y, por el contrario, se aprobó mayoritariamente, el respeto absoluto a la voluntad de cada uno de los países miembros para legislar esta materia de acuerdo con sus respectivas constituciones.

¿Será entonces uno de los proyectos más avanzados de Europa en defensa de la vida?

Creo que sí, y estoy convencido de que va a abrir un debate en muchos países de la Unión Europea. Puedo decir que en el mes de febrero iré a Bruselas para reunirme con el grupo parlamentario popular europeo para darles cuenta de este proyecto y tengo la convicción de que iniciativas legislativas semejantes las veremos tramitarse en los respectivos parlamentos nacionales de muchos países miembros de la Unión.

¿Cómo valora la reacción del PSOE ante este anteproyecto?

La izquierda en España parte de un principio, y es que las mayorías que cada cuatro años se conforman en las urnas no tienen legitimidad para modificar lo que ellos, desde una soberbia intelectual histórica, califica como superioridad moral de su ideología.

La izquierda entiende que cuando el PP llega al Gobierno no podemos modificar aquellos aspectos que ellos entienden que poseen el monopolio de su regulación, y, desde luego, incluyen el aborto como uno de los asuntos que no puede ser modificado por mayorías alternativas.

Por eso se ha producido una irritación como la que ha manifestado el PSOE, porque desde una actitud escasamente respetuosa con la voluntad de los ciudadanos, considera que ni siquiera con una mayoría electoral podemos rebatir sus postulados, que son profundamente dogmáticos.

Creo que en esta legislatura la izquierda se ha quedado profundamente sorprendida de que el Gobierno presidido por Mariano Rajoy haya aprobado dos reformas de espacios que ellos históricamente han intentado monopolizar, como es la educación y lo relativo a la regulación de la interrupción del embarazo.

¿Le sorprende la postura que han mantenido UPyD y Ciutadans?

No. Hay que recordar que UPyD es una escisión del PSOE y, por lo tanto, hereda sus conceptos ideológicos; y creo que Ciutadans se mueve en torno a una causa que, si no es única, es monopolística y, con sinceridad, tengo dudas de que hayan abierto un debate profundo, interno, sobre otros aspectos de la realidad, distintos de la realidad política al tema soberanista.

¿Qué es lo que ve detrás de esta batalla política contra el Gobierno por esta reforma del aborto?

Hay, como le decía antes, una soberbia intelectual por parte de la izquierda, hay una profunda irritación por que una mayoría social desautorice las medidas que adoptaron mientras estaban gobernando, y yo creo que hay una sorpresa porque ellos pensaban que de la misma forma que durante los ocho años que anteriormente gobernó el PP no modificó la ley de 1985, ahora tampoco íbamos a modificar la ley de 2010 («Ley Aído»).

Pero el PSOE tiene que aprender que cuando son derrotados en las urnas no solamente pierden el poder político, sino que también son desautorizados en sus postulados ideológicos, y eso es lo que ha hecho el Gobierno del PP.

¿Se introducirán modificaciones esenciales en la tramitación parlamentaria?

Siempre la tramitación parlamentaria debe intentar mejorar los textos legislativos, y ojalá se produzcan aportaciones que así lo consigan.

Pero le puedo asegurar que lo esencial del proyecto es fruto de una reflexión intensa, extensa y profunda dentro del Gobierno, y, por lo tanto, el Ejecutivo sostendrá hasta el final de la tramitación parlamentaria su proyecto.

¿Apoyaría que la votación final sobre el proyecto de ley fuese secreta, como pide el PSOE?

Las únicas divisiones en relación con este tema que se han hecho públicas han sido dentro del propio PSOE. Hay que recordar que destacados dirigentes históricos del Partido Socialista, como Alfonso Guerra, calificaron literalmente de «barbaridad» algunos aspectos de la «Ley Aído», como por ejemplo el privar a las menores de la compañía de sus padres a la hora de tomar una decisión sobre la interrupción del embarazo.

¿Se retirará el recurso ante el TC contra la todavía vigente Ley del Aborto?
Jurídicamente, tengo mis dudas de que se pueda retirar, porque no fue este grupo popular, sino uno que ya se extinguió, del que formaba parte de diputados que ya no lo son, quien interpuso ese recurso.

Yo creo que la continuidad o no, más que una decisión del Grupo Parlamentario Popular debería ser una decisión del propio TC si una vez derogada la ley entiende que hay una pérdida de objeto en el recurso interpuesto, pero es una decisión del propio Tribunal Constitucional.

Fuente: Religión en Libertad

593-Papa Francisco en el Ángelus: ”¡Jesús transforma la muerte de cuantos lo aman en aurora de vida nueva!”

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La memoria del primer mártir llega así a disolver una falsa imagen de la Navidad: ¡la imagen dulce y de fábula, que no existe en el Evangelio! La liturgia nos reconduce al sentido auténtico de la encarnación, uniendo Belén al Calvario

Queridos hermanos y hermanas:

En este primer domingo después de Navidad, la Liturgia nos invita a celebrar la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. En efecto, cada pesebre nos muestra a Jesús junto a la Virgen y a San José, en la gruta de Belén. Dios ha querido nacer en una familia humana, ha querido tener una madre y un padre. Como nosotros.

Y hoy el Evangelio nos presenta a la Sagrada Familia en el camino doloroso del exilio, en busca de refugio en Egipto. José, María y Jesús experimentan la condición dramática de los prófugos, marcada por el miedo, la incertidumbre y las estrecheces (Cfr. Mt 2, 13-15.19-23).

Lamentablemente, en nuestros días, millones de familias pueden reconocerse en esta triste realidad. Casi cada día la televisión y los periódicos dan noticias de prófugos que huyen del hambre, de la guerra, de otros peligros graves, en busca de seguridad y de una vida digna para ellos y para sus propias familias.

En tierras lejanas, incluso cuando encuentran trabajo, no siempre, no siempre los prófugos y los inmigrados encuentran acogida verdadera, respeto, aprecio de los valores de los que son portadores. Sus legítimas expectativas chocan con situaciones complejas y dificultades que parecen, a veces, insuperables. Por esta razón, mientras fijamos la mirada en la Sagrada Familia de Nazaret en el momento en que está obligada a hacerse prófuga, pensemos en el drama de aquellos migrantes y refugiados que son víctimas del rechazo y de la explotación. Que son víctimas de la trata de personas y del trabajo esclavo. Pero también pensemos en otros “exiliados”, yo los llamaría “exiliados escondidos”, aquellos “exiliados” que puede haber dentro de las mismas familias: los ancianos, por ejemplo, que a veces son tratados como presencias molestas.

Muchas veces pienso que un signo para saber cómo va una familia es ver cómo se tratan en ella a los niños y a los ancianos.

Jesús ha querido pertenecer a una familia que ha experimentado el exilio, para que nadie se sienta excluido de la cercanía amorosa de Dios. La fuga en Egipto a causa de las amenazas de Herodes nos muestra que Dios está allí donde el hombre está en peligro, allí donde el hombre sufre, allí donde escapa, donde experimenta el rechazo y el abandono; pero Dios también está allí donde el hombre sueña, espera volver a su patria en la libertad, proyecta y elige para la vida y la dignidad suya y de sus familiares.

Hoy nuestra mirada sobre la Sagrada Familia nos deja atraer también por la sencillez de la vida que ella conduce en Nazaret. Es un ejemplo que hace tanto bien a nuestras familias, las ayuda a convertirse cada vez más en comunidad de amor y de reconciliación, en la que se experimenta la ternura, la ayuda recíproca, el perdón recíproco.

Recordemos las tres palabras clave para vivir en paz y alegría en la familia: “permiso”, “gracias”, “perdón”. Cuando en una familia no se es entrometido, cuando en una familia no se es entrometido y se pide permiso, cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir gracias, gracias, y cuando en una familia uno se da cuenta de que ha hecho algo malo y sabe pedir perdón, ¡en esa familia hay paz y hay alegría!

Recordemos estas tres palabras. Pero podemos repetirlas todos juntos.¡He! Permiso, gracias, perdón. Todos: Permiso, gracias, perdón.

Pero también quisiera animar a las familias a tomar conciencia de la importancia que tienen en la Iglesia y en la sociedad. En efecto, el anuncio del Evangelio pasa ante todo, a través de las familias, para alcanzar después los diversos ámbitos de la vida cotidiana.

Invoquemos con fervor a María Santísima, la Madre de Jesús y Madre nuestra, y a San José, su esposo. Pidamos a ellos que iluminen, consuelen, guíen a toda familia del mundo, para que se pueda cumplir con dignidad y serenidad la misión que Dios le ha encomendado.

Fuente: http://www.aleteia.org/es/religion/en-directo/live-el-papa-francisco-reza-el-angelus-en-la-plaza-de-san-pedro-5779826745016320

592-REFLEXION-HOMILIA para el dia de la Sagrada Familia.

La Sagrada Familia con Santa Ana. Obra de El Greco

Homilía de José-Román Flecha para el Día de la Sagrada Familia  (29-12-2013)

 

Homilía del sacerdote y teólogo José-Román Flecha Andrés para el Día de la Sagrada Familia  (29-12-2013),  titulada Una familia en peligro

 

El día 26 de octubre de este año 2013 el Papa Francisco recibía a las familias del mundo con ocasión de su peregrinación a Roma en el Año de la Fe. En un tono familiar, les decía que los esposos cristianos están llamados a ponerse en marcha como Abrahán: “¡Y esto es el matrimonio! Ponerse en marcha, caminar juntos, mano con mano, confiando en la gran mano del Señor. ¡Mano con mano, siempre y para toda la vida! Y sin dejarse llevar por esta cultura de la provisionalidad, que nos hace trizas la vida”.

 

Poco después les decía que “para sacar adelante una familia es necesario usar tres palabras: permiso, gracias y perdón. Pedimos permiso para ser respetuosos en la familia. Damos gracias por el amor. Y pedimos perdón porque todos nos equivocamos, a veces nos ofendemos y la paz ha de renovarse cada día en la familia.

 

Al día siguiente, el Papa proponía a los peregrinos el triple ideal de una familia que ora, que conserva la fe y que vive en la alegría. Ideales que no están muy lejos de lo que sugiere el libro del Eclesiástico (Eclo 3, 1-6. 12-14) y la carta a los Colosenses (Col 3, 12-21) que hoy se leen en la celebración de la Eucaristía.

 

LOS PROPÓSITOS  DEL TIRANO

Por otra parte, el evangelio que hoy se proclama (Mt 2, 13-15.19-23) nos recuerda que la familia de Jesús tuvo que afrontar una tremenda amenaza. Herodes buscaba al niño para matarlo. El texto no se anda con rodeos. Ante los propósitos del tirano no quedaba otra alternativa que la de huir. La familia de Jesús estaba en peligro.

 

Y también están en peligro las familias de hoy. Algunas dificultades parecen ocasionadas por las ideas que se han difundido en la sociedad en los últimos años.

 

• Hay amenazas que vienen del exterior. En muchos países se promulgan leyes que ponen en peligro la identidad y la misión de la familia. Se olvida lo que la familia es y se ponen dificultades y obstáculos a las finalidades que le han sido encomendadas por el Señor del amor y de la vida.

 

• En otras muchas ocasiones, los peligros de la familia vienen del interior, es decir de sus mismos  componentes. Se trata de ignorar que los cónyuges han de ser diversos para ser complementarios. Se olvida que el amor verdadero ha de ser único y definitivo. Se desprecia la fecundidad, como si los hijos fueran un obstáculo para la libertad.

 

LOS MENSAJES DEL ÁNGEL

 

Pero hay otras dificultades que nacen de la pobreza de nuestra fe. No escuchamos la voz de Dios. En el evangelio de hoy se dice que el ángel del Señor se dirige dos veces a José. Sus mensajes valen para él y para todos nosotros.

 

• “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto”. Dios vela por su Hijo. Y vela por toda la familia. José es el custodio de su familia. Pero todos nosotros estamos llamados a custodiar la vida que nos ha sido confiada, como nos ha recordado el Papa Francisco en la fiesta de San José.

 

• “Levántate, toma al niño y a su madre y vuélvete a Israel”. Dios quiere que la familia de su Hijo viva en paz y en armonía. Pero todos nosotros hemos de pensar qué hemos hecho para que las familias de los inmigrantes y los refugiados recobren la paz, como recordó el Papa Francisco en la isla de Lampedusa.

 

* Padre de los cielos, que nuestras familias escuchen tu voz, vivan en paz y fomenten un clima de fe y de oración. Y que todos luchemos para que las estructuras sociales ayuden a las familias a conseguir sus derechos. Amén.

 

José-Román Flecha Andrés

Fuente: Revista Ecclesia

591-FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA-ultimo domingo del año.

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En medio de una fuerte crisis en torno a la integridad de la familia, Dios Amor nos brinda nuevamente el modelo pleno de amor familiar al presentarnos a Jesús, María y José. La Sagrada Familia nos habla de todo aquello que cada familia anhela auténtica y profundamente, puesto que desde la intensa comunión hay una total entrega amorosa por parte de cada miembro de la familia santa elevando cada acto generoso hacia Dios, como el aroma del incienso, para darle gloria. Por ello, a la luz de la Sagrada Escritura, veamos algunos rasgos importantes de San José, Santa María y el Niño Jesús. San José Es el jefe de la familia y actúa siempre como Dios le manda, muchas veces sin comprender el por qué de lo que Dios le pide, pero teniendo fe y confianza en Él. “Al despertarse, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa”. (Mt 1, 24-25) Cuando se entera que María estaba embarazada piensa en abandonarla porque la quería mucho y no deseaba denunciarla públicamente (como era la costumbre de la época), pero el Ángel de Dios se le apareció en sueños y le dijo que lo que había sido engendrado en el vientre de María era obra del Espíritu Santo y que no temiera en recibirla. “Ella dió a luz un hijo,y él le puso el nombre de Jesús” (Mt 1, 25) Cuando nace el niño, él le pone el nombre de Jesús, como el Ángel le había dicho. Luego, cuando Herodes tenía intenciones de matar al Niño Jesús y ante otro aviso del Ángel del Señor, José toma a su familia y marcha hacia Egipto. Por último, con la muerte de Herodes y ante un nuevo aviso del Ángel de Dios, lleva a su familia a instalarse en Nazaret. San José, Casto Esposo de Santa María, acoge a Jesús en su corazón paternal, educándolo, cuidándolo, amándolo como si fuere hijo suyo. El Niño Jesús aprende de su “santo padre adoptivo” muchas cosas, entre estas, el oficio de carpintero. La Santísima Virgen María Desde el momento de la Anunciación, María es el modelo de entrega a Dios. “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38) En la Anunciación, María responde con un Sí rotundo desde una libertad poseída, poniéndose en las manos de Dios. En Santa María vemos una continua vivencia de la dinámica de la alegría-dolor: criando, educando, siguiendo de cerca a su Hijo Jesús mostrándole en todo momento un auténtico amor maternal. “Su madre conservaba estas cosas en su corazón” (Lc 2, 52) Ella fue vislumbrando lentamente el misterio trascendente de la vida de Jesús, manteniéndose fielmente unida a Él. El niño Jesús Desde chico, Jesús demuestra que es el Hijo de Dios y que cumple fielmente lo que su Padre le manda. “Vivía sujeto a ellos” (Lc 2, 51) Como niño, Él obedecía a su madre y a su padre adoptivo, y permanecía siempre junto a ellos. María y José fueron sus primeros educadores. “El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la Gracia de Dios estaba con Él” (Lc 2, 40) Jesús aprende el oficio de carpintero de su padre adoptivo José. “¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 49) Cuando Jesús se queda en el Templo, a los doce años, se puede pensar que desobedece a sus padres y que eso está mal. No es así, Jesús demuestra en este hecho su plena independencia con respecto a todo vínculo humano cuando está de por medio el Plan de su Padre y la Misión que Él le ha encomendado. Oración por la Familia Dios, de quien proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra: Padre, que eres amor y vida, haz que cada familia humana que habita en nuestro suelo, sea, por medio de tu Hijo Jesucristo,”nacido de mujer” y mediante el Espíritu Santo, fuente de Caridad Divina, un verdadero santuario de vida y amor para las nuevas generaciones. Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los cónyuges, para bien propio y de todas las familias del mundo. Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte sostén humano, para que crezcan en la verdad y el amor. Haz que el amor, reforzado por la gracia del Sacramento del Matrimonio, se manifieste más fuerte que cualquier debilidad o crisis que puedan padecer nuestras familias. Te pedimos por intermedio de la Familia de Nazaret, que la Iglesia pueda cumplir una misión fecunda en nuestra familia, en medio de todas las naciones de la tierra. Por Cristo, nuestro Señor, Camino, Verdad y Vida, por los siglos de los siglos. Amén. S.S. Juan Pablo II La Sagrada familia, modelo de fe y de fidelidad Queridos hermanos y hermanas: En este primer domingo después de la Navidad, la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Como en el belén, la mirada de fe nos permite abrazar al mismo tiempo al Niño divino y a las personas que están con él: su Madre santísima, y José, su padre putativo. ¡Qué luz irradia este icono de grupo de la santa Navidad! Luz de misericordia y salvación para el mundo entero, luz de verdad para todo hombre para la familia humana y para cada familia. ¡Cuán hermoso es para los esposos reflejarse en la Virgen María y en su esposo José! ¡Cómo consuela a los padres especialmente si tienen un hijo pequeño! ¡Cómo ilumina a los novios que piensan en sus proyectos de vida! El hecho de reunirnos ante la cueva de Belén para contemplar en ella a la Sagrada Familia, nos permite gustar de modo especial el don de la intimidad familiar y nos impulsa a brindar calor humano y solidaridad concreta en las situaciones por desgracia numerosas en las que por varios motivos falta la paz, falta la armonía, en una palabra, falta la “familia”. El mensaje que viene de la Sagrada Familia es ante todo un mensaje de fe: la casa de Nazaret es una casa en la que Dios ocupa verdaderamente un lugar central. Para María y José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios que se le confió, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad. María y José enseñan con su vida que el matrimonio es una alianza entre el hombre y la mujer, alianza que los compromete a la fidelidad recíproca, y que se apoya en la confianza común en Dios. Se trata de una alianza tan noble, profunda y definitiva, que constituye para los creyentes el sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia. La fidelidad de los cónyuges es, a su vez, como una roca sólida en la que se apoya la confianza de los hijos. Cuando padres e hijos respiran juntos esa atmósfera de fe, tienen una energía que les permite afrontar incluso pruebas difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia. Es necesario alimentar esa atmósfera de fe. En esta perspectiva se va preparando el segundo Encuentro mundial con las familias, que tendrá lugar en Río de Janeiro los días 4 y 5 de octubre de 1997. Se tratará de una gran fiesta de las familias de América Latina y de todo el mundo que renovará el mensaje del primer Encuentro, celebrado aquí, en Roma, con ocasión del Año internacional de la familia. Encomiendo a María, “Reina de la familia”, a todas las familias del mundo especialmente a las que atraviesan grandes dificultades, e invoco sobre ellas su protección materna. La Sagrada familia, modelo de fe y de fidelidad

Meditación dominical de S.S. Juan Pablo II diciembre de 1997

590- Santo Tomas Becket, obispo y mártir, 29 de diciembre

santo Tomas Becket, obispo y mártir

fecha: 29 de diciembre
n.: c. 1118†: 1170país: Reino Unido (UK)
otras formas del nombre: Thomas Beckett
canonización: C: Alejandro III 21 feb 1173
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Santo Tomas Becket, obispo y mártir, que, por defender la justicia y la Iglesia, fue obligado a desterrarse de la sede de Canterbury y de su misma patria, Inglaterra, a la que volvió al cabo de seis años y donde padeció mucho hasta que emigró hacia Cristo, al ser asesinado en la catedral por los esbirros del rey Enrique II.
refieren a este santo: San Avertino, Santo Tomás Moro
oración:
Señor, tú que has dado a santo Tomás Becket grandeza de alma para entregar su vida en pro de la justicia, concédenos, por su intercesión, sacrificar por Cristo nuestra vida terrena para recuperarla de nuevo en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

Hay una tradición muy conocida en la que se relata que la madre de Santo Tomás Becket era una princesa sarracena que, perdidamente enamorada de un peregrino o un cruzado inglés apellidado Becket, lo siguió desde Tierra Santa y a través de Europa, sin pronunciar ante las gentes que encontraba a su paso más que las dos únicas palabras que conocía en inglés y que le interesaban: «London» y «Becket». Así fue como encontró por fin a su amado, se convirtió al cristianismo y se casó con él. En realidad, no hay ningún fundamento para esta leyenda. Varios contemporáneos nos han hablado de los parientes del santo. Un tal Fitz Stephen, un clérigo al servicio de la familia, dice: «Su padre era Gilbert, alguacil de Londres, y el nombre de su madre era el de Matilda. Los dos eran ciudadanos de estirpe burguesa que no hicieron dinero con la usura ni ejercieron el comercio, pero vivían respetablemente con lo que tuviesen». Otros dicen que el nombre de la madre era Rohesia y que fue normanda como su marido. De todas maneras, se sabe que el hijo de la pareja nació el día de santo Tomás del año 1118, en Londres, y que fue enviado a educarse con los canónigos regulares en Merton, localidad del Surrey. Al cumplir los veintiún años, perdió a su madre y, poco después, a su padre. Ya para entonces, los bienes de Gilbert habían menguado bastante y Tomás tuvo que trabajar como empleado de un pariente, llamado Osbert Eightpence, en Londres. También trabajó para Richer de l’Aigle, quien gustaba de hacerse acompañar por el chico en sus cacerías, sobre todo cuando las hacía con halcones y, así despertó en Tomás la afición por las correrías a campo abierto, que siempre cultivó. Cierto día en que perseguía a una presa, el halcón que llevaba sobre el hombro, se lanzó al río para atrapar a un pato. Tomás, temeroso de perder a su halcón, se lanzó también al agua con la intención de rescatarlo, pero la rápida corriente lo arrastró hasta un molino y sólo salvó la vida gracias a que la rueda del molino se detuvo, milagrosamente según se dijo, cuando estaba a punto de triturar el cuerpo del joven. Aquel incidente fue característico de la impetuosidad de Tomás y no uno de los motivos que «le hicieron tomar la vida más en serio». Al cumplir los veinticuatro años, obtuvo un puesto en la servidumbre de Teobaldo, el arzobispo de Canterbury.

No pasó mucho tiempo sin que recibiese las órdenes menores y muchos favores por parte de Teobaldo, quien se preocupó de que Tomás obtuviese numerosos beneficios en toda la zona comprendida desde Beverley hasta Shoreham. En 1154 fue ordenado diácono, y el arzobispo le nombró archidiácono de Canterbury, un puesto que era, por entonces, el primero en dignidad eclesiástica en Inglaterra, después de los obispos y los abades. Teobaldo le encomendó el manejo de asuntos muy delicados, rara vez hacía algo sin consultarle, en varias ocasiones le envió a Roma con misiones importantes. Por otra parte, el arzobispo jamás tuvo motivos para arrepentirse de haber depositado su entera confianza en Tomás de Londres, como se le llamaba generalmente. En el «Thomas Saga Erkibyskupus», de Norse, se describe al joven y brillante clérigo de esta manera: «Era delgado de cuerpo y de tez pálida, con cabello oscuro, nariz larga y facciones duras. Su carácter alegre le hacía atractivo y amable en la conversación; hablaba siempre con sinceridad y, no obstante cierto leve tartamudeo, era tan claro su discernimiento y tan ágil su mente, que siempre hacía de las cuestiones más difíciles y complicadas el asunto más simple, por su diestra manera de tratarlo». Los monarcas gustan tener a la mano a hombres de esta calidad. Además, gracias a la diplomacia de Tomás de Londres, se había conseguido que el Papa, beato Eugenio III, dejase de apoyar la sucesión al trono de Eustacio, el hijo de Esteban, y de esta manera, la corona quedó firme en la cabeza de Enrique de Anjou. En consecuencia, hacia 1155, nos encontramos a santo Tomás Becket, a la edad de treinta y seis años, nombrado canciller del rey Enrique II.

Su secretario, Herbert de Bosham, escribió al respecto que «Tomás dejó de lado su dignidad de archidiácono y se hizo cargo de sus deberes de canciller, que desempeñó con entusiasmo y habilidad». Por cierto que su talento tuvo un amplio campo de acción, puesto que el cargo de canciller era uno de los más destacados del reino. Así como otro canciller y mártir posterior, santo Tomás Moro, fue amigo personal y fiel servidor de su soberano Enrique VIII, Tomás Becket era amigo de Enrique II y en mayor grado de intimidad. Se ha comentado que el monarca y su canciller no tenían más que un solo corazón y una sola cabeza; si acaso era así, es indudable que la influencia de Becket tuvo muchísimo que ver en aquellas reformas por las que tanto se alaba a Enrique II, como por ejemplo, las medidas para administrar mejor la justicia y la igualdad de trato, por medio de un sistema de leyes más uniforme. Pero su amistad no se limitaba al común interés en los asuntos de Estado y, en los momentos de descanso y de holgura, sus relaciones personales eran de un «compañerismo retozón», como las describen algunos escritores. Una de las más destacadas virtudes de Tomás como canciller, fue incuestionablemente la magnificencia, aunque es necesario decir que cayó en algunos excesos. Su residencia y su servidumbre se podían comparar con las de un rey. Cuando se le envió a Francia para negociar un matrimonio real, su séquito personal estaba formado por doscientos hombres y aún había varios cientos más, entre caballeros y nobles, clérigos y criados, músicos y trovadores, que escoltaban la caravana de ocho carros cargados de presentes, caballos, halcones y perros de caza, micos y mastines. Los franceses se quedaron con la boca abierta al ver tanto esplendor y comentaron entre sí: «¡Si este es el canciller del Estado, cómo será la magnificencia del rey!» La forma en que trataba a sus invitados y recibía a sus huéspedes, estaba a la altura correspondiente, y su generosidad hacia los pobres estaba en proporción con todo lo demás.

En el año de 1159, el rey Enrique formó en Francia un ejército de mercenarios, con el propósito de recuperar el condado de Toulouse, que pertenecía, por herencia, a su esposa. En las contiendas que resultaron, tomó parte Becket con un ejército de setecientos de sus caballeros y no sólo dio muestras de ser un buen general, sino también un valiente luchador. Cubierto con su armadura, encabezó los ataques y, no obstante su condición de clérigo, participó en encuentros con el enemigo, cuerpo a cuerpo. Por lo tanto, no es sorprendente que el prior de Leicester, al encontrarse con él en Rouen, exclamase lleno de asombro: «¿Qué hacéis vestido de esa manera? ¡Más parecéis un guerrero que un clérigo! Sin embargo, sois un clérigo en vuestra persona y mucho más lo sois en vuestras dignidades: archidiácono de Canterbury, decano de Hastings, preboste de Beverley, canónigo de ésta y de aquella iglesia, procurador del arzobispado y, según corren los rumores, con muchas posibilidades de llegar a arzobispo». Becket recibió los reproches con toda serenidad y respeto, pero repuso que él conocía a tres pobres sacerdotes ingleses a quienes vería complacido como arzobispos antes que verse él elevado a tan alta dignidad, porque en ese caso, tendría que elegir, inevitablemente, entre el favor del rey y el favor de Dios.

No obstante que la participación continua en los asuntos públicos, la magnificencia espectacular y la actividad secular eran los aspectos predominantes en la vida de Becket como canciller, no eran los únicos. Durante toda su vida fue orgulloso, irascible y violento, pero también sabemos de sus «retiros» en Merton, de las disciplinas a que se sometía y de sus plegarias en las largas noches de vigilia. Asimismo, conocemos el testimonio de su confesor sobre la intachable vida privada del canciller bajo condiciones de extremo peligro y grandes tentaciones de toda especie. Y, si a veces iba demasiado lejos al colaborar en los planes y proyectos de su real señor, que a veces infringían los derechos de la Iglesia, no tuvo reparos en marcarle el alto en otros asuntos peores, como el caso del matrimonio de María de Boulogne, que siendo abadesa de Romsey contrajo matrimonio contra el parecer de la Iglesia por asumir los títulos nobiliarios.

Teobaldo, el arzobispo de Canterbury, murió en el año de 1161. En aquellos momentos, el rey Enrique se hallaba en Normandía con su canciller, a quien ya tenía pensado entregar el arzobispado. En cuanto le hizo la propuesta, Becket repuso con firmeza: «Si Dios permite que yo ascienda a la dignidad de arzobispo de Canterbury, no pasará mucho tiempo sin que pierda los favores de Vuestra Majestad, y todo el afecto con que vos me honráis se transformará en odio. Puesto que Vuestra Majestad proyectará hacer ciertas cosas que vayan en perjuicio de los derechos de la Iglesia, mucho me temo que Vuestra Majestad requiera de mí una ayuda o una aprobación que no podré darle. No faltarán personas envidiosas que aprovechen esas ocasiones para alentar una amarga e interminable desavenencia entre vos y yo». El rey hizo caso omiso de los escrúpulos de Tomás, y éste se negó a aceptar la dignidad obstinadamente, hasta que el cardenal Enrique de Pisa acalló sus recelos. La elección se llevó a cabo en mayo de 1162. El príncipe Enrique, que se encontraba en Londres, dio su aprobación en nombre de su padre, y Becket partió inmediatamente de Londres a Canterbury. En el camino distribuyó algunos cargos privados entre diversos miembros de su clero y a todos les recomendó encarecidamente que le observaran y le advirtieran de la menor falta en su conducta, «porque en esas cuestiones, cuatro ojos ajenos ven mejor y más claramente que los dos propios». El sábado de la semana de Pentecostés, fue ordenado sacerdote por Walter, el obispo de Rochester, y en la octava de Pentecostés, recibió la consagración de manos de Enrique de Blois, obispo de Winchester (santo Tomás decretó que el aniversario de su consagración se observase en toda su provincia con una fiesta en honor de la Santísima Trinidad, ciento cincuenta años antes de que esa conmemoración se adoptase en la Iglesia de Occidente). Poco tiempo después, recibió el palio que le enviaba el Papa Alejandro III.

Hacia fines de aquel año, se produjo un cambio notabilísimo en su manera de vivir. Sobre sus carnes llevaba una camisa de cerdas, y su vestimenta ordinaria era una casaca negra, una sobrepelliz de lino y la estola sacerdotal al cuello. De acuerdo con la regla de vida que estableció para sí, se levantaba muy de mañana para leer las Sagradas Escrituras, siempre en compañía de Herbert de Bosham, a fin de discutir o aclarar con él algunos de los pasajes. A las nueve de la mañana, cantaba la misa, o bien asistía a ella cuando no era él quien la celebraba. Una hora más tarde, y a diario, distribuía personalmente las limosnas, las que elevó al doble de lo que daban sus antecesores. Dormía o descansaba un poco después del mediodía y, a las tres de la tarde, comía con sus invitados y familiares en el gran salón. En vez de música, durante la comida se leía un libro piadoso. Siempre se sirvieron en su mesa los alimentos más escogidos y los manjares suculentos, pero eso era para los huéspedes e invitados, porque el arzobispo conservaba invariablemente una templanza y una moderación notables. Casi todos los días visitaba la enfermería y el vecino claustro de los monjes. Entre sus propios familiares y servidores, estableció cierta regularidad monástica. Tomaba especial cuidado en la selección de candidatos a las sagradas órdenes, los examinaba personalmente y, de acuerdo con su capacidad judicial, ejercía la justicia rigurosamente. «Ni siquiera las cartas y las solicitudes del rey tenían poder alguno para inclinarle en favor de un hombre que no tuviese el derecho justo de su parte», dicen sus biógrafos.

No obstante que el arzobispo había renunciado a su cancillería, en contra de los deseos del rey, las relaciones entre ambos se conservaban tan amistosas como antes. A pesar de ciertas diferencias, el rey Enrique le manifestaba todavía sus favores, le daba grandes muestras de afecto y parecía conservar aún el cariño que le había profesado desde un principio. El primer descontento serio se produjo en Woodstock donde residía temporalmente el monarca con su corte. Era costumbre pagar dos chelines anuales a los alguaciles de los condados, por cada una de las parcelas de tierra arrendadas o de propiedad de los colonos, a fin de que los alguaciles protegieran a éstos contra la rapacidad de los cobradores de impuestos (parece que en estos cobros se hacían los chanchullos de la peor especie). En aquella ocasión, el rey ordenó que las sumas le fueran pagadas a su tesorero. El arzobispo le hizo ver que se trataba de un pago voluntario que no podía ser cobrado, ni mucho menos exigido como un haber de la corona. «Si los alguaciles, sus sargentos y oficiales», replicó Becket, «cumplen con defender y proteger al pueblo, pagaremos; de otra manera, nada se pagará». A esto repuso el rey con un juramento profano: «¡Por Dios, que sí pagaréis!», exclamó altivo y con tono airado. «Con todo el respeto que se debe a ese santo nombre, mi rey y señor», dijo Becket, «debo advertiros que no se pagará ni un penique en las tierras bajo mi jurisdicción». El monarca no dijo nada más en aquel momento, pero ya estaba resentido. Después se produjo el caso de Felipe de Brois, un canónigo que fue acusado de asesinato. Según las leyes de aquellos tiempos, el canónigo fue juzgado por un tribunal eclesiástico, y el obispo de Lincoln lo declaró inocente. Pero uno de los jueces que el rey envió como observadores, Simón Fitzpeter, citó al acusado ante su propio tribunal civil. El canónigo Felipe se negó a aceptar aquel proceso y se dirigió a Fitzpeter con altanería y en términos insultantes. Entonces, el rey ordenó que el reo fuese juzgado por el delito original, y además por desacato a la autoridad. Pero intervino Tomás Becket para exigir que el proceso se siguiese en su propio tribunal, a lo que el monarca tuvo que acceder contra toda su voluntad. La sentencia previa fue aceptada como válida, pero, a causa del desacato al juez Fitzpeter, se le condenó a ser azotado y a la suspensión temporal de sus beneficios. Al rey Enrique le pareció demasiado benigna aquella sentencia y convocó a los asesores para demandarles: «¿Me juraréis en nombre de Dios que no salvasteis al acusado por ser un miembro del clero?» Todos se manifestaron prontos a jurar, pero Enrique no quedó satisfecho y su resentimiento aumentó.

Se acumularon incidentes y conflictos semejantes, hasta que, en el mes de octubre de 1163, el rey convocó a los obispos a un concilio en Westminster, para exigirles que se hiciera entrega a los poderes civiles de los clérigos delincuentes y criminales a fin de aplicarles el merecido castigo. Los obispos se mostraron un tanto vacilantes y atemorizados, pero Tomás los alentó a mantenerse firmes. Entonces el rey les pidió una solemne promesa de atenerse a sus reales costumbres, las cuales no especificó. Santo Tomás y los otros miembros del concilio accedieron, pero con la salvedad de que, «si las costumbres del rey afectaban a la Iglesia», no podrían tolerarlas. De acuerdo con los objetivos del monarca, aquella salvedad equivalía a una rotunda negativa y, en consecuencia, al día siguiente despojó a Tomás de algunos títulos, beneficios y castillos que el arzobispo conservaba desde sus tiempos de canciller. En el curso de una tempestuosa entrevista realizada en Northampton, el rey trató en vano de obligar a su antiguo amigo a modificar su actitud, y el conflicto estalló por fin en el consejo de Clarendon, cerca de Salisbury, a principios de 1164. Como Tomás no había recibido más que un apoyo muy débil por parte del papa Alejandro III, al comienzo de las sesiones se mostró conciliatorio y aun prometió hacer «todo lo posible por aceptar las ‘costumbres’ del rey», pero en cuanto leyó las constituciones en las que se exponían detalladamente esas costumbres reales que él debía aprobar, exclamó: «¡No permita Dios que yo ponga mi Sello en esto!» Las constituciones establecían, entre otras cosas, que ningún prelado podía abandonar el territorio del reino sin el permiso del monarca, ni apelar a Roma sin el consentimiento del mismo; ningún funcionario con algún alto puesto civil o cortesano podría ser excomulgado en contra de la voluntad del rey (esto se había reclamado desde los tiempos de Guillermo I, pero nunca se concedió porque era una evidente infracción a la jurisdicción espiritual de la Iglesia); los beneficios de las sedes u otros puestos eclesiásticos vacantes y las ganancias que produjeran, quedarían bajo la custodia del rey (aquel abuso ya había sido reconocido durante el reinado de Enrique I); y -lo que llegó a ser la cláusula crítica- los clérigos convictos y sentenciados en los tribunales eclesiásticos deberían quedar a disposición de los funcionarios del rey (con la posibilidad de recibir el castigo por partida doble).

El arzobispo estaba ya profundamente arrepentido de haberse mostrado débil al principio, en su oposición a las pretensiones del rey, y se mostraba muy dispuesto a poner un ejemplo que los otros obispos habrían de seguir sin vacilaciones. «¡Soy un hombre orgulloso y vano!», exclamó entonces, lleno de amargura, «No soy nada más que un criador de aves de presa y perros de caza ¡Y es a mí a quien han hecho pastor de un rebaño! No merezco otra cosa sino que me expulsen de la sede que ocupo». Desde aquel momento y durante más de cuarenta días, en tanto que aguardaba la absolución y la autorización del Papa, no volvió a celebrar la misa. Hizo repetidos intentos de allanar las cosas y llegar a la concordia, pero ya el rey Enrique le consideraba como su enemigo y le había sometido a una persecución sistemática que culminó con una denuncia judicial contra Tomás para que pagase 30.000 marcos que supuestamente le debía de los tiempos en que fue canciller del reino (no obstante que, al ser consagrado arzobispo, obtuvo un documento de descargo, perfectamente claro y preciso). El rey Enrique se negó a recibirlo cuando fue a solicitarle audiencia en Woodstock. y en dos ocasiones se le impidió cruzar el canal para trasladarse al continente a fin de presentar su caso ante el Pontífice. Después, el rey Enrique convocó a un nuevo concilio en Northampton.

De aquella reunión resultó un ataque concreto y directo en contra del arzobispo, en el que los prelados se plegaron a los deseos de los señores. En primer lugar, se le condenó a pagar una crecida multa por no haberse presentado ante el tribunal del rey luego de haber recibido una cita para hacerlo en un proceso en su contra; en segundo lugar, se pronunciaron varias causas por mal uso del dinero del reino y, por fin, se le exigió qué presentase ciertas cuentas de la cancillería. Enrique, el obispo de Winchester, abogó por el descargo del canciller, pero no se le autorizó a tomar su defensa. Entonces, se ofreció a hacer un pago ex gratia de 2.000 marcos de su propio peculio. El martes 13 de octubre de 1164, Santo Tomás celebró la misa votiva de san Esteban Protomártir y, al término de la misma, sin mitra ni palio, con la cruz del arzobispo metropolitano en la mano, se dirigió a la sala del concilio. El rey y los barones deliberaban en una habitación aparte. Tras una larga espera, el conde de Leicester salió para hablar con el arzobispo: «El rey manda que le entreguéis las cuentas», le dijo, «en caso contrario, seréis sometido a un juicio». «¿Un juicio?», preguntó extrañado santo Tomás, «la iglesia de Canterbury me fue entregada libre de toda obligación temporal. Por lo tanto, en lo que se refiere a obligaciones temporales, no tengo nada de que responder ni puedo ser sometido a proceso». Luego de una fría reverencia, el de Leicester dio media vuelta para informar al rey sobre la contestación, pero Becket le detuvo. «Señor conde e hijo mío, escuchad», dijo en tanto que tendía una mano hacia él, «estáis obligado a obedecer a Dios y a mí antes que a vuestro rey terrenal. No hay ley ni razón que permita a los hijos juzgar a sus padres ni condenarlos. Por eso rechazo el juicio del rey y el vuestro y el de todos. Tan sólo por el Papa puedo ser juzgado, después de Dios y ante Él». Ya para entonces, los barones habían salido de la habitación privada y escuchaban a Becket en la sala de concilios. Este se dirigió concretamente a los prelados: «A vosotros, obispos, compañeros míos, que habéis servido al hombre antes que a Dios, a vosotros os convoco ante el Pontífice. De esta manera, protegido por la autoridad de la Iglesia católica y de la Santa Sede, salgo de aquí». Un vocerío en el que se destacaba la palabra «¡Traidor, traidor!», siguió al arzobispo, que abandonó la sala pausadamente. Aquella misma noche, Tomás Becket huyó desde el puerto de Northampton, bajo una lluvia torrencial y, tres semanas más tarde, dentro del mayor secreto, abordó una nave en Sandwich.

Santo Tomás y los pocos fieles que le siguieron, desembarcaron en Flandes y se refugiaron en la abadía de Saint Omer, gobernada por san Bertino. Desde allí, el arzobispo envió delegados a Luis VII, rey de Francia, quien los recibió amablemente y formuló la invitación para que Tomás Becket se amparase en sus dominios. En aquellos momentos, el papa Alejandro III se encontraba en la ciudad de Sens. Antes de que santo Tomás pudiese llegar allí, los obispos y caballeros del bando del rey Enrique se le adelantaron para formular gravísimas acusaciones contra el arzobispo ante el Pontífice, pero ya habían partido cuando llegó el acusado. Tomás mostró al Papa las dieciséis Constituciones de Clarendon, muchas de las cuales fueron calificadas de «intolerables» por el Pontífice, quien incluso reconvino al arzobispo por haber pensado en aceptarlas. Entre los clérigos, su principal enemigo era Gilbert Foliot, obispo de Londres. Este comenzó su arenga con mucha vehemencia y el Papa le interrumpió: «¡Por gracia, hermano!», le dijo. «¿Debo tener gracia para él, mi señor?», preguntó Gilbert, a lo que el Papa respondió: «No imploro la gracia para él, hermano, sino para ti mismo».

Al día siguiente, en la segunda entrevista, confesó Becket haber recibido la sede de Canterbury, aunque en contra de su voluntad, pero sí por medio de una elección que posiblemente se llevó a cabo fuera de los cánones y en la que él no había participado de ninguna manera. Después de esta admisión, renunció a su dignidad en manos del Sumo Pontífice, le entregó el anillo que sacó de su dedo y se retiró. En seguida, le llamó de nuevo el Papa y le devolvió todas sus dignidades y le mandó que no abandonase su puesto, ya que eso equivaldría, evidentemente, a abandonar la causa de Dios. El Papa recomendó al exilado arzobispo al abad del Pontigny para que le hospedara y protegiera. Santo Tomás ingresó a aquel monasterio de la orden del Cister, como a un retiro religioso, un lugar de penitencia para expiación de sus pecados; se sometió a las reglas del convento y no permitió que se hiciera ninguna distinción en su favor. Dedicó el tiempo al estudio y a escribir cartas, tanto a sus partidarios como a sus contrincantes, aunque de nada sirvieron para alcanzar un acuerdo pacífico. Mientras tanto, el rey Enrique confiscaba los bienes de todos los amigos, parientes y servidores de Tomás, dictaba órdenes de destierro contra ellos y a muchos los obligaba a viajar hasta Pontigny para que se presentaran, miserables y despojados como estaban, ante el arzobispo y le mostraran que, por culpa suya habían caído en tan grande desgracia. Gran número de exilados comenzaron a llegar a Pontigny para conmover a Becket. Al reunirse el capítulo general de la orden del Cister en Citeaux, recibió una intimación del rey de Inglaterra en el sentido de que si los monjes persistían en asilar a su enemigo, procedería a confiscar las casas de la orden en todos sus dominios. No le quedaba al abad del Cister otra alternativa que la de insinuar a santo Tomás la necesidad de abandonar su refugio de Pontigny. Así lo hizo el santo prontamente y fue a refugiarse en la abadía de San Columbano, cerca de Sens, como huésped del rey Luis de Francia. A lo largo de casi seis años, hubo negociaciones entre el Papa, el arzobispo y el monarca inglés. A santo Tomás se le nombró legado a latere para toda Inglaterra, a excepción de York, y, desde su alto cargo, excomulgó a muchos de sus adversarios, se mostró amenazante y también conciliador, pero el papa Alejandro creyó conveniente anular algunas de sus sentencias. El rey Luis de Francia se vio arrastrado a la lucha. En enero de 1169, el monarca francés y el inglés mantuvieron una conferencia con el arzobispo en Montmirail, donde Tomás se resistió a ceder en dos puntos de los que se le propusieron. Una conferencia similar, que se llevó a cabo en Montmartre durante el otoño, fracasó también, a causa de la intransigencia de Enrique. Becket redactó una serie de cartas a los obispos para ordenarles la publicación de una sentencia de entredicho sobre el reino de Inglaterra.

Entonces, sin que nadie lo esperase, en julio de 1170, el rey y el arzobispo se reunieron de nuevo en Normandía y, por fin, se llegó a una reconciliación sin que se hicieran, al parecer, referencias a los asuntos en disputa. El 19 de diciembre, santo Tomás desembarcó en Sandwich y, no obstante que el alguacil de Kent trató de detenerlo, el corto trayecto desde ahí a Canterbury fue una marcha triunfal. Las gentes alineadas a lo largo del camino le aclamaban, y las campanas de todas las iglesias se echaron a vuelo. Sin embargo, aquella no era la paz (en marzo de aquel mismo año, es decir ocho meses antes, san Godrico había enviado un mensaje a santo Tomás para vaticinarle que regresaría a Inglaterra y moriría poco después. Cuando Tomás se despidió del obispo de París le dijo: «Vuelvo a Inglaterra para morir»). Los que retenían el poder estaban de plácemes, puesto que tenían la presa a su merced, y Tomás se vio obligado a hacer frente a la desagradable tarea de tratar con Roger du Pont-l’Evéque, arzobispo de York, y los otros obispos que habían colaborado con éste en el acto de coronación del hijo del rey Enrique, en abierto desafío a los derechos de Canterbury y, quizá, en contra de las instrucciones del Papa. Ya había enviado santo Tomás las cartas de suspensión para el arzobispo Roger y otros, así como la excomunión de los obispos de Londres y de Salisbury. Los tres prelados partieron juntos a Francia, donde estaba el rey Enrique, para apelar a su justicia.

Mientras tanto, Tomás Becket permanecía en Kent, sujeto a la constante persecución y a los insultos del señor Ranulfo de Broc, a quien el arzobispo había exigido (inoportunamente, dadas las circunstancias) la devolución del castillo de Saltwood, un edificio que pertenecía a su sede. Luego de pasar una semana en Canterbury, el arzobispo hizo una visita a Londres, donde fue recibido con regocijo por todos, menos por el hijo de Enrique, «el joven rey», quien se negó a verlo. Luego de saludar a varios de sus amigos, el arzobispo regresó a Canterbury, donde celebró su quincuagésimo segundo cumpleaños. Al mismo tiempo, los tres obispos sancionados por el de Canterbury, habían presentado sus quejas ante el rey. La conferencia tuvo lugar en Bur, cerca de Bayeux y, en el curso de la misma, alguien declaró en voz alta que no podría haber paz en el reino mientras viviera Becket. Fue entonces cuando el rey Enrique, en uno de sus accesos de furor, pronunció las palabras fatales que algunos de sus oyentes interpretaron como una réplica por la que autorizaba a suprimir a aquel «clérigo infernal que le hacía la vida imposible». Al momento, cuatro caballeros emprendieron el viaje a Inglaterra y desembarcaron en las costas de Saltwood. Sus nombres eran: Reinaldo Fitzurse, Guillermo de Tracy, Hugo de Morville y Richard le Breton.

El día de San Juan, el arzobispo recibió una carta donde se le advertía sobre el peligro a que estaba expuesto. En toda la región sudeste de Kent, la población estaba a la expectativa y vivía en un estado de constante tensión. Por la tarde del 29 de diciembre, los caballeros procedentes de Francia se entrevistaron con él. Durante la conferencia se le hicieron al arzobispo varias exigencias, entre ellas, la de que levantase las censuras impuestas a los tres obispos que habían pedido clemencia al rey. La entrevista empezó serenamente y terminó en una tempestad de voces, gritos y amenazas. Los caballeros, al partir, proferían juramentos y maldiciones. Apenas habían trascurrido unos minutos, cuando se escuchó afuera una gritería descomunal, golpes en las puertas y el chocar de las armas. Dentro, los familiares y servidores de santo Tomás le rodearon y se lo llevaron pausadamente en dirección a la iglesia. Uno de los servidores portaba la cruz delante de él. En la catedral comenzaban a cantarse las vísperas, y un grupo de monjes aterrorizados se acercó a la puerta del crucero norte por donde entró el arzobispo. «¡Retiraos al coro!» les ordenó Becket, «mientras permanezcáis agolpados frente a la puerta, no podré entrar». Los monjes se apartaron, sin retirarse y, cuando el arzobispo avanzaba entre ellos, serenamente hacia el interior de la iglesia, pudieron ver las sombras de hombres armados en la penumbra del claustro (ya casi era de noche). Tan pronto como entró el arzobispo, los monjes cerraron y atrancaron la puerta con tanta precipitación, que dejaron fuera a algunos de sus hermanos. Estos comenzaron a dar fuertes golpes en los maderos. Becket se detuvo y se volvió. «¡Apartaos, cobardes!», exclamó: «Una iglesia no es una fortaleza», Y él mismo quitó las trancas a la puerta y la abrió. Después prosiguió su camino y ascendió la escalera hacia el coro. Sólo tres hombres subían con él: Roberto, el prior de Merton, Guillermo Fitz Stephen y Eduardo Grim (es decir, respectivamnte, el anciano confesor y consejero del arzobispo, un clérigo de su servidumbre y un monje inglés). El resto de sus acompañantes se habían refugiado en la cripta o en algún rincón apartado de la catedral. Una vez en el coro, sólo Grim se quedó con él. Los caballeros, a quienes se había unido un subdiácono llamado Hugo de Horsea, entraron a su vez, en forma atropellada y entre gritos de «¿Dónde está Tomás, el traidor?», «¿Dónde está el arzobispo?» Becket respondió «Aquí me tenéis», «Aquí tenéis no a un traidor, sino al arzobispo y al sacerdote de Dios». Al decir esto, bajó las escaleras para ir al encuentro de sus atacantes, hasta que se detuvo, de pie, entre los altares de Nuestra Señora y de San Benito.

Los caballeros le intimaron a que absolviese a los tres obispos. «No puedo deshacer lo que ya está hecho», repuso serenamente, pero un instante después levantó la voz y alzó su manó: «¡Reinaldo!», gritó, «tú has recibido de mí muchos servicios, ¿por qué vienes armado a mi iglesia?» Por toda respuesta, Reinaldo Fitzurse levantó su hacha. «Yo estoy pronto a morir», dijo santo Tomás, «pero la maldición de Dios caerá sobre ti si haces daño a mi gente». Fitzurse le tomó por la casaca y tiró de él hacia la puerta. Becket se desasió de un manotazo. Entonces, le prendieron entre todos para llevarlo en vilo hasta la puerta. Se produjo la lucha y el arzobispo derribó a uno de sus atacantes. En ese instante, Fitzurse arrojó violentamente su hacha al suelo y desenvainó la espada. «¡Rufián!», le gritó el arzobispo, «Tú me debes respeto y sumisión». «No te debo ninguna sumisión antes que al rey», vociferó Fitzurse, y luego gritó una orden: «¡Golpead!» Su espada hendió los aires e hizo volar el gorro del arzobispo. Santo Tomás se cubrió el rostro con las manos e imploró a Dios y a sus santos. Tracy lanzó un golpe, pero Grim lo detuvo con su propio brazo. Sin embargo, la espada de Tracy abrió una herida en la cabeza de Becket y comenzó a caer la sangre hacia sus ojos. El se llevó las manos a la cara y las retiró después; al verlas tintas en sangre, exclamó: «¡Oh, Señor! ¡En tus manos encomiendo mi espíritu!» Otro mandoble que le asestó Tracy le hizo caer de rodillas al tiempo que murmuraba estas palabras: «En nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia, estóy dispuesto a morir». Se dejó caer de bruces al suelo. Le Breton levantó muy alto su espada, como si fuese a decapitar al arzobispo, y el tremendo golpe que descargó le cortó de un tajo la parte superior del cráneo. El golpe fue tan fuerte, que la espada de Le Breton se rompió en pedazos. Hugo de Horsea metió la punta de su espada en el casco roto del cráneo del obispo, le sacó los sesos y los diseminó sobre las losas. Tan sólo Hugo de Morville se abstuvo de asestar golpe alguno contra el arzobispo. Los asesinos emprendieron de prisa la retirada dando voces: «¡Los hombres del rey, los hombres del rey!», y huyeron a través de los claustros por donde habían penetrado apenas diez minutos antes. En ese preciso instante, las grandes naves de la catedral se llenaban de gente y en el cielo estallaba una furiosa tormenta. El cadáver del arzobispo yacía boca abajo sobre un charco de sangre, en la mitad del crucero y, durante largo tiempo, nadie se atrevió a tocarlo, o siquiera a acercársele.

Aun después de tomar completamente en cuenta el horror universal que pudo haber causado en el siglo doce el sacrilegio de asesinar a un arzobispo metropolitano en su propia catedral, debemos considerar la indignación y el repudio que, en un instante, se extendió por toda Europa, así como el movimiento espontáneo del pueblo en general para lograr la canonización de Tomás Becket, para llegar a comprender el significado intrínseco que tuvo su trágica y heroica muerte en todos los círculos sociales. El martirio del arzobispo hizo entender a todos que se había cumplido una reivindicación necesaria de los derechos de la Iglesia contra un estado agresor y que el arzobispo de Canterbury, que en muchos aspectos era de una personalidad poco atractiva (precisamente cuando le estaban matando, Grim oyó murmurar a uno de los monjes en el sentido de que aquél era el castigo que merecía el arzobispo, por su obstinación; también en la Universidad de París y en otras partes se podían encontrar personas que sostenían abiertamente que el asesinato no había sido más que la ejecución justa de «un hombre que procuraba colocarse por encima del rey»), había sido sin embargo un mártir digno de ser venerado como un santo. El descubrimiento de la camisa de cerdas en su cadáver y otras pruebas de que practicaba la austeridad y la penitencia en su vida privada, así como los milagros que comenzaron a obrarse en su tumba desde un principio, según numerosos testimonios, atizaron el fuego de su devoción. No se puede decir positivamente hasta qué grado fue deliberado y directamente responsable del crimen el rey Enrique II, pero de todas maneras, la conciencia pública no habría de quedar satisfecha hasta que el soberano más poderoso de Europa hizo una penitencia pública en la forma más humillante. Así lo hizo el rey Enrique en el mes de julio del año 1174 (hasta hoy, existe un pilar que señala el lugar donde el rey hizo penitencia, en el sitio donde estaba la antigua catedral). Habían transcurrido apenas dieciocho meses desde que el Papa Alejandro III proclamara en Segni la canonización del mártir Tomás Becket, cuando el rey Enrique hizo, ahí mismo, su gran penitencia pública.

El 7 de julio de 1220, el cuerpo de Santo Tomás fue solemnemente trasladado desde su tumba en la cripta de Canterbury, a la parte posterior del altar mayor, por iniciativa del arzobispo, cardenal Esteban Langton, y en presencia del rey Enrique III. El cardenal Pandolfo, legado pontificio, el arzobispo de Reims y muchas otras personalidades, asistieron también a la traslación. Desde aquel día, hasta septiembre de 1538, el santuario de la tumba de santo Tomás fue uno de los sitios de peregrinación más favorecidos por los cristianos y muy famoso por su belleza y su riqueza material y espiritual. No se tienen datos concretos sobre la forma y la fecha en que se procedió a la destrucción y saqueo de aquel santuario durante el reinado de Enrique VIII. Incluso el destino de las reliquias del santo es incierto. Casi seguramente fueron destruidas por aquella época en que la memoria del santo arzobispo era particularmente execrada, sobre todo por el rey Enrique VIII. Sin embargo, debe hacerse notar que el registro de las crónicas donde se dice que «el rey hizo una especie de auto de fe en el que los restos corporales de Tomás, el que fuera alguna vez arzobispo de Canterbury y culpable de traición, se quemaron públicamente», es apócrifo. La festividad de santo Tomás de Canterbury se celebra en toda la Iglesia de Occidente, y en Inglaterra se le venera como patrono del clero secular. La ciudad de Portsmouth tiene también el privilegio de conmemorar el aniversario de la traslación de sus reliquias.

Es posible que no exista ningún otro santo medieval sobre quien hayan escrito tantas biografías sus contemporáneos. Se conocen a los autores de algunas de estas biografías, como por ejemplo la de Guillermo Fitz Stephen y la de Juan de Salisbury, pero hay muchas otras en las que la identificación del escritor no ha sido fácil. Las discusiones sobre este problema no estarían aquí en su lugar. «The Life of St. Thomas Becket» de John Morris (1885) conserva todavía su valor y, la que escribió L’Huillier, Saint Thomas de Canterbury (2 vols. 1891), también es muy completa y digna de confianza. Para la historia del conflicto entre santo Tomás y el rey Enrique, véase The Episcopal Colleagues of Becket (1951), de D. Knowles y otra obra del mismo autor, Archishop Thomas Becket (1949). La suposición que apoya el canónigo A. J. Mason (en su libro What becante of the bones of St. Thomas?, 1920), en el sentido de que un esqueleto hallado en la cripta de la catedral de Canterbury en 1888, pertenecía al mártir, ha sido profundamente estudiada por los sacerdotes Morris y Pollen (ver The Month de marzo de 1888, de enero de 1908 y de mayo de 1920) y, la conclusión negativa a la que llegaron esos investigadores, fue apoyada por una autoridad tan reconocida como la de los investigadores anglicanos, deán Hutton y el profesor Tout. Uno de los rasgos más sorprendentes sobre este santo mártir, es la rapidez con que su culto se extendió por todas partes del mundo. Apenas trascurridos diez años desde su muerte, se plasmaron imágenes de santo Tomás en los mosaicos de la catedral de Monreale en Sicilia y, apenas había trascurrido un siglo, cuando su nombre quedó inscrito en un sinaxario armenio. Respecto a las representaciones pictóricas de santo Tomás, véase particularmente la monografía de Tancredo Borenio, Santo Tomaso Becket e l’arte (1932).

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
(El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?ids=4636

589-Y en medio de la tragedia apareció María, nacida sietemesina de madre en coma, víctima de un tiroteo, envuelta en oración de su padre, el párroco, los frailes…

 

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27 de diciembre de 2013.- (Benedetta Frigerio / Tempi.it  / Religión en Libertad  Camino Católico«En la tragedia en la que han perdido la vida también el abuelo y la bisabuela hemos implorado la gracia. Nadie lo creía, pero en cambio la gracia ha llegado», explica don Luigi Vitale.

María ha nacido, aunque parecía imposible hace cuatro meses. En el seno de su madre Carolina, en coma desde el 25 de agosto pasado, los médicos le habían dado una semana de vida. Pero Giampiero, el padre, no había hecho caso de los pronósticos clínicos: «Carolina y María saldrán adelante», había declarado el joven.

Víctimas de un tiroteo

Una fuerza increíble, si se piensa que su mujer había sido víctima de un tiroteo en el que habían perdido la vida su padre y su abuela, cerca de su vivienda en Lauro, provincia de Avellino (ver NOTA al final del artículo).

«Las familias estaban destrozadas, tanto la del asesino como la de las víctimas», explica a Tempi.itdon Luigi Vitale, párroco de la iglesia de los Santos Margarita y Potito, en Lauro, que desde el principio ha acompañado a ambas familias. 

Empezó a pedir oración

Pero Giampiero, sin ningún resentimiento, ha luchado desde el principio: «Siempre le he visto determinado, enseguida empezó a pedir a todo el mundo que rezara: a la comunidad, los amigos, los frailes que los casaron». El muchacho encomendó a su mujer y a su hija a la Virgen: «Me escuchará – ha escrito Giampiero en Facebook – porque no puede no llegarle mi voz». 

Y sigue: «Le pondré a mi hija el nombre de María en homenaje a la Virgen. El nacimiento de mi pequeña será un bellísimo regalo de Navidad, aunque para hacer una verdadera fiesta tendremos que esperar a Carolina».

“Como un bálsamo en una herida profunda”

Muchos eran escépticos, lo miraban con pena; en cambio, María ha nacido el 19 de diciembre, precisamente el día del cumpleaños de su bisabuela muerta en el tiroteo: «La familia ha sentido un gran consuelo. Como un bálsamo en una herida profunda», continua don Luigi.

Ante la noticia de que María, nacida sietemesina, estaba bien, – aunque por ahora está asistida por aparatos para respirar -, «he pensado que nada es imposible para Dios, que dentro de un dolor puede mandar a alguien a salvarnos, como Jesús, que no ha venido a quitarnos el drama de nuestra vida, sino a dar calor a nuestros corazones con su cercanía».

La homilía del Papa Francisco

No solo: precisamente el 19 por la mañana, el Papa Francisco había dicho que de la esterilidad, del desierto, de la sequía, el Señor tenía el poder de hacer nacer la vida: «¿Cómo no pensar en Carolina y en este aparente desierto?».

Un nacimiento que ha sorprendido también a los médicos: «Es un resultado increíble, extraordinario», han declarado, dado que «se trata de la primera mujer en coma con tan pocas semanas de gestación».

Todo esto le da esperanza a don Luigi: «La tragedia se podría haber evitado si quien disparó hubiera entendido antes que no se puede estar alejado de Dios y de los hombres, que para vivir somos necesarios los unos para los otros. Pero ahora esto es evidente para todos, también para los amigos, los familiares y cuantos han seguido esta historia en estos meses».

Un signo de gran esperanza

María es, por tanto, un signo de gran esperanza, «una gracia que también en la situación peor viene a nuestro favor. Es pequeña, poco visible, no hace ruido, pero es todo. Quiero acogerla, mirarla, como ahora la mira Giampiero».

NOTA: Avellino es una ciudad de la región de Campania, sur de Italia. Carolina, su padre y su abuela fueron víctimas de un vecino de casa, que les disparó porque quería “vengarse” después de una pelea (fuente: Tempi.it, 17 de septiembre de 2013) (NdT).

(Traducción de Helena Faccia Serrano)

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