*SANTO DEL DIA “San Fabián, papa mártir”

San Fabián, papa y mártir, que, siendo simple laico, fue llamado al pontificado por indicación divina y, después de dar ejemplo de fe y virtud, sufrió el martirio en la persecución bajo el emperador Decio. San Cipriano, al hacer el elogio de su combate, afirma que dejó el testimonio de haber regido la Iglesia de modo irreprochable e ilustre. Su cuerpo fue sepultado en este día en el cementerio de Calixto, en la vía Apia de Roma.
patronazgo: patrono de alfareros y hojalateros.
refieren a este santo: San Cornelio, San Moisés
oración:

Dios todopoderoso, glorificador de tus sacerdotes, concédenos, por intercesión de san Fabián, papa y mártir, progresar cada día en la comunión de su misma fe y en el deseo de servirte cada vez con mayor generosidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

 

 

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fecha: 20 de enero
†: 250país: Italia
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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San Fabián sucedió en el pontificado a San Antero, hacia el año 236. Eusebio relata que con una asamblea del clero y el pueblo para elegir al nuevo papa, una paloma vino volando a posarse sobre la cabeza de san Fabián. Esta señal le ganó los votos del clero y el pueblo, aunque hasta entonces no se había pensado en él, ya que era laico y poco conocido. San Fabián gobernó la Iglesia durante catorce años, hizo trasladar de Cerdeña a Roma el cuerpo de san Ponciano, papa y mártir, y condenó a Privato, autor de una nueva herejía en Africa.

San Fabiano murió martirizado en la persecución de Decio, el año 250, según atestiguan san Cipriano y san Jerónimo. San Cipriano, en una carta a san Cornelio, sucesor de san Fabián, le llama «hombre incomparable», y dice que la gloria de su muerte correspondió a la pureza y santidad de su vida. Todavía se conserva la placa que cubría la sepultura de san Fabián en el cementerio de San Calixto; sus cuatro fragmentos llevan claramente trazada en caracteres griegos la inscripción: «Fabián, Obispo, Mártir».

Ver Duchesne, Liber Pontificalis, vol. I, pp. 148-149; San Cipriano, Epístola IX; H. Leclercq, en Dictionnaire d’Archéologie chrétienne et de Liturgie, vol. v, cc. 1057-1064; Nuovo Bullettino di arch. crist. (1916), pp. 207- 221; Wilpert, La cripta dei Papi (1910), p. 18. El cuerpo de san Fabián fue posteriormente trasladado a la iglesia de San Sebastián: ver Grossi-Gondi, S. Fabiano, papa e martire (1916), y Chéramy, Saint Sebastien hors les murs (1925).

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=252

*“Sólo Jesús es el Mesías”, dijo el Papa a la hora del Ángelus

https://i0.wp.com/media02.radiovaticana.va/photo/2017/01/09/1888569_Articolo.jpg

(RV).- Al rezar el Ángelus con los fieles y peregrinos que se dieron cita en la Plaza de San Pedro el tercer domingo de enero, el Papa Francisco comentó el Evangelio del día que nos presenta la parábola de Juan Bautista cuando al bautizar a Jesús en el río Jordán afirma: “¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”. El Santo Padre invitó a los numerosos presentes a imaginar esta escena evangélica, porque es decisiva. Sí, decisiva para nuestra fe y para la misión de la Iglesia, dijo. Puesto que la Iglesia, en todos los tiempos, está llamada a hacer lo que hizo Juan, es decir, indicar a Jesús a la gente.

El Papa Bergoglio recordó asimismo que el Bautista predicaba que el Reino de los cielos estaba cerca porque sabía que el Mesías estaba a punto de manifestarse, por lo que insistía en la necesidad de prepararse, convertirse y comportarse con justicia. A la vez que añadió que sabía que el Consagrado del Señor traería el verdadero bautismo, es decir, el bautismo en el Espíritu Santo, tal como se lee en la descripción del Bautismo de Jesús.

Después de afirmar que Jesús es el Mesías, el Rey de Israel, que como Cordero de Dios, toma sobre sí y quita el pecado del mundo, tal como lo indica el mismo Juan con las palabras: “¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”; Francisco dijo que se trata de las palabras que todos los sacerdotes repiten diariamente en la Misa. Y explicó que este gesto litúrgico representa toda la misión de la Iglesia, que no se anuncia a sí misma, sino que anuncia a Cristo; puesto que Él es el único salvador de su pueblo. Antes de rezar a la Virgen María, el Obispo de Roma invitó a  pedir a la Madre del Cordero de Dios, que nos ayude a creer en Él y a seguirlo.

(María Fernanda Bernasconi – RV)

Texto y audio de las palabras del Santo Padre Francisco antes de rezar a la Madre de Dios:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el centro del Evangelio de hoy (Jn 1, 29-34) se encuentra esta parábola de Juan Bautista: “¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (v. 29). Una palabra que acompaña con la mirada y el gesto de la mano que lo indican a Él, a Jesús.

Imaginemos la escena. Estamos en la orilla del río Jordán. Juan está bautizando; hay tanta gente, hombres y mujeres de diversas edades, que fueron allí, al río, para recibir el bautismo de las manos de aquel hombre que a muchos recordaba a Elías, el gran profeta que nueve siglos antes había purificado a los israelitas de la idolatría, reconduciéndolos a la verdadera fe en el Dios de la alianza, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob.

Juan predica que el Reino de los cielos está cerca, que el Mesías está a punto de manifestarse y que es necesario prepararse, convertirse y comportarse con justicia; y bautiza en el Jordán para dar al pueblo un medio concreto de penitencia (Cfr. Mt 3, 1-6). Esta gente iba para arrepentirse de sus pecados, para hacer penitencia, para recomenzar la vida. Él sabe, Juan sabe, que el Mesías, el Consagrado del Señor ya está cerca, y el signo para reconocerlo será que sobre Él se posará el Espíritu Santo; en efecto, Él traerá el verdadero bautismo, el bautismo en el Espíritu Santo (Cfr. Jn 1, 33).

Y he aquí que llega el momento: Jesús se presenta en la orilla del río, en medio de la gente, de los pecadores  – como todos nosotros  –. Es su primer acto público, la primera cosa que hace cuando deja la casa de Nazaret, a la edad de treinta años: baja a Judea, va al Jordán y se hace bautizar por Juan. Sabemos qué cosa sucede – lo hemos celebrado el domingo pasado  –: sobre Jesús desciende el Espíritu Santo en forma como de paloma y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (Cfr. Mt 3, 16-17). Es el signo que Juan esperaba. ¡Es Él! Jesús es el Mesías. Juan está desconcertado, porque se ha manifestado de un modo impensable: en medio de los pecadores, bautizado como ellos, es más, por ellos. Pero el Espíritu ilumina a Juan y le hace entender que así se cumple la justicia de Dios, se cumple su designio de salvación: Jesús es el Mesías, el Rey de Israel, pero no con el poder de este mundo, sino como Cordero de Dios, que toma sobre sí y quita el pecado del mundo.

Así Juan lo indica a la gente y a sus discípulos. Porque Juan tenía un numeroso grupo de discípulos, que lo habían elegido como guía espiritual, y precisamente algunos de ellos se convertirán en los primeros discípulos de Jesús. Conocemos bien sus nombres: Simón, llamado después Pedro; su hermano Andrés; Santiago y su hermano Juan. Todos pescadores; todos galileos, como Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, ¿por qué nos hemos detenido ampliamente en esta escena? ¡Porque es decisiva! No es una anécdota. ¡Es un hecho histórico decisivo! Esta escena es  decisiva para nuestra fe; y también es decisiva para la misión de la Iglesia. La Iglesia, en todos los tiempos, está llamada a hacer lo que hizo Juan Bautista, indicar a Jesús a la gente diciendo: “¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”. ¡Él es el único Salvador! Él es el Señor, humilde en medio de los pecadores; pero es Él, ¡eh! ¡Él! No hay otro poderoso que viene. ¡No, no! ¡Es Él!

Y éstas son las palabras que nosotros, los sacerdotes, repetimos cada día, durante la Misa, cuando presentamos al pueblo el pan y el vino que se han convertido en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este gesto litúrgico representa toda la misión de la Iglesia, que no se anuncia a sí misma. ¡Ay! ¡Ay! Cuando la Iglesia se anuncia a sí misma pierde la brújula: ¡no sabe adónde va! La Iglesia anuncia a Cristo; no se lleva a sí misma, lleva a Cristo. Porque es Él y sólo Él quien salva a su pueblo del pecado, lo libera y lo guía a la tierra de la verdadera libertad.

Que la Virgen María, Madre del Cordero de Dios, nos ayude a creer en Él y a seguirlo.

 

LOS JOVENES “Carta del Papa Francisco a los jóvenes del mundo”

https://i1.wp.com/media02.radiovaticana.va/photo/2016/07/30/AFP5577414_LancioGrande.jpgFueron presentados conjuntamente la Carta del Papa y el Documento Preparatorio para la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, prevista para octubre de 2018, y cuyo tema es: «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional».

«Queridos jóvenes,

Tengo el agrado de anunciarles que en el mes de octubre del 2018 se celebrará el Sínodo de los Obispos sobre el tema «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». He querido que ustedes ocupen el centro de la atención porque los llevo en el corazón. Precisamente hoy se presenta el Documento Preparatorio, que les ofrezco como una “guía” para este camino.

Me vienen a la memoria las palabras que Dios dirigió a Abrahán: «Vete de tu tierra, de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré» (Gen 12,1). Estas palabras están dirigidas hoy también a ustedes: son las palabras de un Padre que los invita a “salir” para lanzarse hacia un futuro no conocido pero prometedor de seguras realizaciones, a cuyo encuentro Él mismo los acompaña. Los invito a escuchar la voz de Dios que resuena en el corazón de cada uno a través del soplo vital del Espíritu Santo.

Cuando Dios le dice a Abrahán «Vete», ¿qué quería decirle? Ciertamente no le pedía huir de los suyos o del mundo. Su invitación fue una fuerte provocación para que dejase todo y se encaminase hacia una tierra nueva. Dicha tierra, ¿no es acaso para ustedes aquella sociedad más justa y fraterna que desean profundamente y que quieren construir hasta las periferias del mundo?

Sin embargo, hoy, la expresión «Vete» asume un significado diverso: el de la prevaricación, de la injusticia y de la guerra. Muchos jóvenes entre ustedes están sometidos al chantaje de la violencia y se ven obligados a huir de la tierra natal. El grito de ellos sube a Dios, como el de Israel esclavo de la opresión del Faraón (cfr. Ex 2,23).

Deseo también recordarles las palabras que Jesús dijo un día a los discípulos que le preguntaban: «Rabbí […] ¿dónde vives?». Él les respondió: «Venid y lo veréis» (Jn 1,38). También a ustedes Jesús dirige su mirada y los invita a ir hacia Él. ¿Han encontrado esta mirada, queridos jóvenes? ¿Han escuchado esta voz? ¿Han sentido este impulso a ponerse en camino? Estoy seguro que, si bien el ruido y el aturdimiento parecen reinar en el mundo, esta llamada continúa resonando en el corazón da cada uno para abrirlo a la alegría plena. Esto será posible en la medida en que, a través del acompañamiento de guías expertos, sabrán emprender un itinerario de discernimiento para descubrir el proyecto de Dios en la propia vida. Incluso cuando el camino se encuentre marcado por la precariedad y la caída, Dios, que es rico en misericordia, tenderá su mano para levantarlos.

En Cracovia, durante la apertura de la última Jornada Mundial de la Juventud, les pregunté varias veces: «Las cosas, ¿se pueden cambiar?». Y ustedes exclamaron juntos a gran voz «¡sí»”. Esa es una respuesta que nace de un corazón joven que no soporta la injusticia y no puede doblegarse a la cultura del descarte, ni ceder ante la globalización de la indiferencia. ¡Escuchen ese grito que viene de lo más íntimo! También cuando adviertan, como el profeta Jeremías, la inexperiencia propia de la joven edad, Dios los estimula a ir donde Él los envía: «No les tengas miedo, que contigo estoy para salvarte» (Jer 1,8).

Un mundo mejor se construye también gracias a ustedes, que siempre desean cambiar y ser generosos. No tengan miedo de escuchar al Espíritu que les sugiere opciones audaces, no pierdan tiempo cuando la conciencia les pida arriesgar para seguir al Maestro. También la Iglesia desea ponerse a la escucha de la voz, de la sensibilidad, de la fe de cada uno; así como también de las dudas y las críticas. Hagan sentir a todos el grito de ustedes, déjenlo resonar en las comunidades y háganlo llegar a los pastores. San Benito recomendaba a los abades consultar también a los jóvenes antes de cada decisión importante, porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (Regla de San Benito III, 3).

Así, también a través del camino de este Sínodo, yo y mis hermanos Obispos queremos contribuir cada vez más a vuestro gozo (cfr. 2 Cor 1,24). Los proteja María de Nazaret, una joven como ustedes a quien Dios ha dirigido su mirada amorosa, para que los tome de la mano y los guíe a la alegría de un ¡heme aquí! pleno y generoso (cfr. Lc 1,38).

Con paternal afecto,

FRANCISCO

[right]Vaticano, 13 de enero de 2017»

 

 

*SANTO DEL DIA”

https://i0.wp.com/www.eltestigofiel.org/sys_imagenes/santoral/Hilario2.jpg

Elogio: San Hilario, obispo y doctor de la Iglesia, que fue elevado a la sede de Poitiers, en Aquitania, en tiempo del emperador Constancio, el cual había abrazado la herejía arriana. Luchó denodadamente en favor de la fe nicena acerca de la Trinidad y de la divinidad de Cristo, y fue desterrado por esta razón a Frigia durante cuatro años. Compuso los celebérrimos comentarios a los Salmos y al evangelio de san Mateo.
Patronazgos: protector de los niños débiles, y contra la mordedura de serpientes.
Oración: Concédenos, Dios todopoderoso, progresar cada día en el conocimiento de la divinidad de tu Hijo y proclamarla con firmeza, como lo hizo, con celo infatigable, tu obispo y doctor san Hilario. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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San Hilario de Poitiers, obispo y doctor de la Iglesia
fecha: 13 de enero
fecha en el calendario anterior: 14 de enero
n.: c. 315†: 367país: Francia
canonización: pre-congregación
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San Agustín, quien cita frecuentemente contra los pelagianos la autoridad de san Hilario, le llama «el ilustre doctor de las Iglesias». San Jerónimo dice que era «un hombre de gran elocuencia; la trompeta de los latinos contra los arrianos». En otra parte afirma que, «en san Cipriano y san Hilario, Dios transplantó dos cedros del mundo a su Iglesia».

San Hilario nació en Poitiers, de una ilustre familia. El mismo nos dice que fue educado en la idolatría y nos hace una narración detallada de la forma en que Dios le llevó al conocimiento de la fe. La luz de la razón le hizo comprender que, siendo el hombre un ser moral y libre, fue creado para ejercitar la paciencia, la templanza y las demás virtudes que merecen una recompensa después de la muerte. Hilario se consagró ardientemente a reflexionar sobre la esencia de Dios, y pronto descubrió cuan absurdo es el politeísmo, con lo que llegó al convencimiento de que hay un solo Dios eterno, inmutable, todopoderoso, causa primera de todas las cosas. Sus reflexiones se hallaban en este punto, cuando conoció la Sagrada Escritura. La descripción de la existencia de Dios por las palabras «Yo soy el que es», le impresionó profundamente, así como la idea del supremo dominio divino, ilustrado por el inspirado lenguaje de los profetas. La lectura del Nuevo Testamento completó sus investigaciones: San Juan le enseñó desde el primer capítulo de su Evangelio que el Verbo Divino, Dios hijo, es coeterno y consustancial con el Padre. Habiendo llegado así al conocimiento de la fe, recibió el bautismo, a edad un tanto avanzada.

Hilario se había casado antes de su conversión y tenía una hija llamada Apra. Su mujer vivía aún cuando fue elegido obispo de Poitiers, hacia el año 350. El santo hizo cuanto estuvo en su mano para evitar esa dignidad, pero su humildad no logró más que confirmar al pueblo la rectitud de su elección. Las esperanzas puestas en él no quedaron defraudadas, pues sus eminentes cualidades iluminaron con su brillo, no sólo la Galia, sino a la Iglesia entera. Poco después de su elevación al episcopado, compuso, antes de partir al destierro, un comentario sobre el Evangelio de San Mateo, que ha llegado hasta nosotros. El comentario sobre los salmos lo escribió en el destierro. Pero sus principales escritos se refieren al arrianismo. Hilario era un orador y un poeta. Su estilo es elevado y noble, lleno de figuras retóricas y un tanto rebuscado; la longitud de los períodos le hace oscuro por momentos. San Jerónimo se queja de sus largas y tortuosas frases, en las que la retórica sigue viviendo. San Hilario pone a Dios frecuentemente por testigo de que considera como el fin principal de su vida, emplear todas sus facultades en darle a conocer al mundo y hacerle amar de los hombres. Igualmente recomienda empezar todas las acciones y conversaciones por la oración. En sus frases se percibe un ardiente deseo del martirio, propio de un alma que no tiene nada que temer de la muerte. San Hilario amaba la verdad sobre todas las cosas, y no escatimaba ningún esfuerzo, ni rehuía alguno, por defenderla.

En el Concilio de Milán, en 355, el emperador Constancio pidió a los obispos que firmaran la condenación de san Atanasio. Los que se negaron a hacerlo fueron desterrados, y entre ellos se encontraban san Eusebio de Vercelli, san Lucifer de Cagliari y san Dionisio de Milán. En esa ocasión. San Hilario escribió su «Primer Libro a Constancio», exhortándole a restablecer la paz en la Iglesia. Hilario se separó de los tres obispos arrianos del Occidente, Ursacio, Valente y Saturnino, a raíz de lo cual, el emperador envió a Juliano el Apóstata, entonces gobernador de la Galia, la orden de desterrar inmediatamente a Hilario a Frigia. A mediados del año 356, san Hilario partió al destierro, tan alegremente como otros hubieran partido a un viaje de placer, sin arredrarse ante las dificultades y peligros, pues su corazón estaba afincado en Dios, muy por encima de los halagos y amenazas del mundo. El destierro duró tres años, y nuestro santo compuso en él varios eruditos tratados. El principal y más estimado es el «Tratado de la Trinidad». El nombre de san Hilario de Poitiers está asociado a los primeros himnos latinos.

Interviniendo nuevamente en los asuntos de la Iglesia, el emperador reunió un concilio de arrianos en Seleucia de Isauria, a fin de neutralizar los decretos del Concilio de Nicea. San Hilario, que había pasado ya tres años en Frigia, fue invitado al Concilio por los semiarrianos, quienes esperaban valerse de su autoridad para combatir a los arrianos. Pero sus proposiciones no fueron capaces de doblegar el valor de san Hilario, quien defendió ardientemente los decretos del Concilio de Nicea hasta que, cansado de la controversia, se retiró a Constantinopla. Allí presentó al emperador una solicitud, conocida con el nombre de «Segundo Libro a Constancio», en la que le pedía permiso de sostener una discusión pública con Saturnino, el autor de su destierro. Temerosos los arrianos de tal prueba, persuadieron al emperador de que librara al Oriente de un hombre que no había cesado de turbar la paz. A resultas de ello, el emperador restituyó a Hilario a la Galia, el año 360.

San Hilario hizo el viaje a través del Ilírico y de Italia para confirmar a los débiles. Los habitantes de Poitiers le recibieron con grandes demostraciones de alegría, y su antiguo discípulo, san Martín, fue pronto a reunirse con él. Un sínodo que tuvo lugar en la Galia, a instancias de Hilario, condenó el Concilio de Rímini, en 359, y excomulgó y depuso a Saturnino, por contumacia. El mismo sínodo acalló los escándalos y restableció la disciplina, la paz y la pureza de la fe. La muerte de Constancio, acaecida en 361, puso fin a la persecución arriana. San Hilario era por temperamento un hombre extremadamente cortés y bondadoso; pero advirtiendo que la bondad no producía los resultados apetecidos, compuso una invectiva contra Constancio, en la que, por razones que probablemente nunca conoceremos, empleó un lenguaje muy violento. El documento no empezó a circular sino hasta después de la muerte del emperador. El año 364, Hilario emprendió un viaje a Milán para refutar a Auxencio, quien había usurpado dicha sede. En una disputa pública le obligó a confesar que Cristo era verdadero Dios y consustancial con el Padre. San Hilario no se dejó engañar por la hipocresía de Auxencio, al contrario del emperador Valentiniano, a cuyos ojos pasaba por ortodoxo. Hilario murió en Poitiers, probablemente en el 368, pero es imposible determinar con absoluta certeza el año y el mes de su muerte. El Martirologio Romano celebra su fiesta el 13 de enero. El Papa Pío IX proclamó a san Hilario doctor de la Iglesia.

En los últimos años se han escrito muchas obras sobre san Hilario, pero ninguna de ellas ha restado nada al valor sustancial de la narración de Alban Butler, de la que nos hemos servido nosotros. El descubrimiento más importante, generalmente aceptado en la actualidad, es el de A. Wilmart (Revue Bénédictine, vol. XXIV (1908), pp. 159 ss., 293 ss. Dicho autor demuestra que el texto del Primer Libro a Constancio está mal titulado y es incompleto. Se trata en realidad, del fragmento de una carta dirigida a los emperadores por el Concilio de Sárdica por una parte, y por la otra de algunos extractos de una obra de san Hilario, escrita en 356, inmediatamente antes del destierro, cuyo título era Primer Libro contra Valente y Ursacio (los obispos arrianos). Parece también cierto que la obra de Hilario Liber o Tractatus Mysteriorum, que se creía perdida, no lo está totalmente. En un manuscrito de Arezzo (1887) se descubrió una parte de esa obra, junto con algunos poemas o himnos del santo. Dicho Tractatus no tiene nada que ver con la liturgia, como se había supuesto, pero en cambio se identifica con el Líber Officiorum que se había atribuido hipotéticamente al santo (ver Wilmart, en Revue Bénédictine, vol. XXVII (1910), pp. 2 ss.). En el artículo de Le Bachélet sobre san Hilario (DTC, vol. VI, cc. 2388 ss.) se encontrará una amplia bibliografía acerca de estos descubrimientos. Ver también A. Feder, en Sitzungsberichte de la Academia de Viena, Phil.-Histor. KI., CLXII, n. 4, y los textos editados por él para el Corpus Strip. Eccles. Lat. Por lo que toca a la vida de san Hilario, poseemos una biografía y una colección de milagros escrita por Venancio Fortunato y publicada en Acta Sanctorum, 13 de enero (cf. BHL., nn. 580-582).

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_164

* Catequesis del Papa “Los ídolos defraudan siempre, la esperanza no defrauda jamás””

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(RV).- “Si ponemos la esperanza en los ídolos, se termina siendo como ellos: imágenes vacías con manos que no tocan, pies que no caminan, bocas que no pueden hablar. No se tiene nada más que decir, se es incapaz de ayudar, cambiar las cosas, incapaces de sonreír, donarse, incapaces de amar”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del segundo miércoles de enero, el significado de la esperanza cristiana en contraposición de los ídolos.

Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza cristiana”, el Obispo de Roma comentando el Salmo 115, dijo que este Salmo es “un Salmo lleno de sabiduría que nos describe de modo muy sugestivo la falsedad de los ídolos que el mundo ofrece a nuestra esperanza y a la cual los hombres de todo tiempo son tentados a encomendarse”.

La verdadera esperanza cristiana señaló el Papa Francisco “nos hace entrar, por así decir, en el rayo de acción de Dios, de su recuerdo, de su memoria que nos bendice y nos salva. Y entonces puede surgir el aleluya, la alabanza al Dios vivo y verdadero, que por nosotros ha nacido de María, ha muerto en la cruz y ha resucitado en la gloria”.

Texto completo y audio de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasado mes de diciembre y en la primera parte de enero hemos celebrado el tiempo de Adviento y luego el de Navidad: un periodo del año litúrgico que despierta en el pueblo de Dios la esperanza. Esperar es una necesidad primaria del hombre: esperar en el futuro, creer en la vida, el llamado “pensamiento positivo”.

Pero es importante que tal esperanza sea colocada en lo que verdaderamente puede ayudar a vivir y a dar sentido a nuestra existencia. Es por esto que la Sagrada Escritura nos pone en guardia contra las falsas esperanzas: estas falsas esperanzas que el mundo nos presenta, encubriendo su inutilidad y mostrando su insensatez. Y lo hace de varios modos, pero sobre todo denunciando la falsedad de los ídolos en el cual el hombre está tentado de poner su confianza, haciéndolo el objeto de su esperanza.

En particular los profetas y los sabios insisten en esto, tocando un punto central del camino de fe del creyente. Porque la fe es confiar en Dios – quien tiene fe, confía en Dios – pero llega el momento en el cual, enfrentándose a las dificultades de la vida, el hombre experimenta la fragilidad de esta confianza y siente la necesidad de certezas distintas, de seguridades tangibles, concretas. Yo confío en Dios, pero la situación es un poco fea y yo necesito una certeza un poco más concreta. ¡Y ahí está el peligro! Y entonces estamos tentados en buscar consolaciones incluso efímeras, que parecen colmar el vacío de la soledad y mitigar el cansancio de creer. Y pensamos de poderlas encontrar en la seguridad que puede dar – por ejemplo – el dinero, o las alianzas con los potentes, o las seguridades de la mundanidad, o las falsas ideologías. A veces las buscamos en un dios que pueda doblegarse a nuestros pedidos y mágicamente intervenir para cambiar la realidad y hacerla como nosotros queremos; un ídolo, precisamente, que en cuanto tal no puede hacer nada, impotente y mentiroso.

¡Pero a nosotros nos gustan los ídolos, nos gustan mucho! Una vez, en Buenos Aires, debía ir de una iglesia a otra, a mil metros, más o menos. Y lo hice, caminando. Y había un parque por ahí, y en el parque habían pequeñas mesas, muchas, donde estaban sentados los videntes. Y estaba lleno de gente, incluso hacían colas, había mucha gente; y tú le dabas la mano y él comenzaba… Pero, el discurso era siempre el mismo: hay una mujer en tu vida, hay una sombra que viene, pero todo saldrá bien… y luego, pagabas. Y ¿esto te da seguridad? Es la seguridad de una – permítanme la palabra – de una estupidez. Y este es un ídolo: he ido al vidente, a la vidente y me han leído las cartas – yo sé que ninguno de ustedes hace esto – y he salido mejor. Me recuerda a esa película, “Milagro en Milán”, “que cara, que nariz… 100 liras”. Te hacen pagar para que te alaben y ten una falsa esperanza. Este es un ídolo, y nosotros estamos tan atentos: compramos falsas esperanzas. Y aquello que es la esperanza de la gratuidad, aquella que nos ha traído Jesucristo, gratuitamente, ha dado su vida por nosotros, en aquella no confiamos tanto…

Un Salmo lleno de sabiduría nos describe de modo muy sugestivo la falsedad de estos ídolos que el mundo ofrece a nuestra esperanza y a la cual los hombres de todo tiempo son tentados a encomendarse. Es el Salmo 115, que recita así: «Los ídolos, en cambio, son plata y oro, obra de las manos de los hombres. Tienen boca, pero no hablan, tienen ojos, pero no ven; tienen orejas, pero no oyen, tienen nariz, pero no huelen. Tienen manos, pero no palpan, tienen pies, pero no caminan; ni un solo sonido sale de su garganta. Como ellos serán los que los fabrican, los que ponen en ellos su confianza» (vv. 4-8).

El salmista nos presenta, incluso de modo un poco irónico, la realidad absolutamente efímera de estos ídolos. Y debemos entender que no se trata solo de representaciones hechas de metal o de otro material, sino también de aquellas construidas con nuestra mente, cuando confiamos en realidades limitadas que transformamos en absolutas, o cuando reducimos a Dios a nuestros esquemas y a nuestras ideas de divinidad; un dios que se nos asemeja, comprensible, predecible, justamente como los ídolos del cual habla el Salmo. El hombre, imagen de Dios, se fabrica un dios a su propia imagen, y es incluso una imagen mal hecha: no escucha, no actúa, y sobre todo no puede hablar. Pero, nosotros estamos más contentos de ir en los ídolos que ir al Señor. Estamos muchas veces más contentos de las efímeras esperanzas que te da esto que es falso, este ídolo, que la gran esperanza segura que nos da el Señor.

A la esperanza en un Señor de la vida que con su Palabra ha creado el mundo y conduce nuestras existencias, se contrapone la confianza en imágenes mudas. Las ideologías con sus pretensiones de absoluto, las riquezas – y este es un gran ídolo –, el poder y el suceso, la vanidad, con sus ilusiones de eternidad y de omnipotencia, los valores como la belleza física y la salud, cuando se convierten en ídolos a los cuales sacrificar cada cosa, son todas realidades que confunden la mente y el corazón, y en vez de favorecer la vida la conducen a la muerte. Y feo escuchar y hace tanto mal al alma aquello que una vez, hace años, he escuchado, en otra diócesis: una mujer, una buena mujer, muy bella, era muy bonita y se vanagloriaba de su belleza, comentaba, como si fuera natural: “He debido abortar para que mi figura es muy importante”. Estos son los ídolos, y te llevan por el camino equivocado y no te dan la felicidad.

El mensaje del Salmo es muy claro: si se pone la esperanza en los ídolos, se termina siendo como ellos: imágenes vacías con manos que no tocan, pies que no caminan, bocas que no pueden hablar. No se tiene nada más que decir, se es incapaz de ayudar, cambiar las cosas, incapaces de sonreír, donarse, incapaces de amar. Y también nosotros, hombres de Iglesia, corremos este riesgo cuando nos “mundanizamos”. Es necesario permanecer en el mundo pero defenderse de las ilusiones del mundo, que son estos ídolos que yo he mencionado.

Como prosigue el Salmo, se necesita confiar y esperar en Dios, y Dios donará bendición: «Pueblo de Israel, confía en el Señor […] Familia de Aarón, confía en el Señor […] Confíen en el Señor todos los que lo temen […] Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga» (vv. 9.10.11.12). Siempre el Señor se recuerda, también en los momentos difíciles; pero Él se recuerda de nosotros. Y esta es nuestra esperanza. Y la esperanza no defrauda. Jamás. Jamás. Los ídolos defraudan siempre: son fantasías, no son realidades.

Esta es la estupenda realidad de la esperanza: confiando en el Señor nos hacemos como Él, su bendición nos transforma, nos transforma en sus hijos, que comparten su vida. La esperanza en Dios nos hace entrar, por así decir, en el rayo de acción de su recuerdo, de su memoria que nos bendice y nos salva. Y entonces puede surgir el aleluya, la alabanza al Dios vivo y verdadero, que por nosotros ha nacido de María, ha muerto en la cruz y ha resucitado en la gloria. Y en este Dios nosotros tenemos esperanza, y este Dios – que no es un ídolo – no defrauda jamás. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

 

* SANTO DEL DIA”San Eulogio de Córdoba, presbítero y mártir ” 9 de enero

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Elogio: San Eulogio, presbítero y mártir, que en Córdoba, de Andalucía, fue decapitado por su preclara confesión de Cristo, el día 11 de marzo.
Patronazgos: patrono de caldereros y carpinteros.
Oración: Señor y Dios nuestro: tú que, en la difícil situación de la Iglesia mozárabe, suscitaste en san Eulogio un espíritu heroico para la confesión intrépida de la fe, concédenos superar con gozo y energía, fortalecidos por ese mismo espíritu, todas nuestras situaciones adversas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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San Eulogio de Córdoba, presbítero y mártir
fecha: 9 de enero
†: 859país: España
canonización: pre-congregación
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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Se ha dicho que san Eulogio fue la mayor gloria de España en el siglo IX. Era descendiente de una familia que había tenido posesiones en Córdoba desde la época de los romanos. El santo tenía tres hermanos y dos hermanas. Córdoba se hallaba entonces ocupada por los moros, quienes la habían convertido en su capital. Los moros toleraban a los cristianos, aunque les imponían condiciones vejatorias. El culto público se les permitía mediante el pago de un impuesto mensual; pero el proselitismo se castigaba con la pena de muerte. Sin embargo, muchos cristianos ocupaban puestos de importancia; por ejemplo, José, hermano menor de san Eulogio, desempeñaba un alto cargo en la corte de Abderramán II.

Eulogio se educó con los sacerdotes de San Zoilo. Una vez que hubo aprendido todo lo que podían enseñarle, se puso bajo la dirección del ilustre escritor Esperandeo, abad de un monasterio. Allí conoció a Pablo Álvarez, de quien se hizo muy amigo y quien escribió más tarde la biografía del santo. Al terminar sus estudios, san Eulogio recibió la ordenación sacerdotal, en tanto que Álvarez se casó y abrazó la carrera de escritor. Los dos amigos sostuvieron una nutrida correspondencia, pero destruyeron por mutuo acuerdo las cartas, que eran demasiado íntimas y no suficientemente trabajadas. En su «Vida de San Eulogio», Álvarez le describe como muy piadoso y mortificado, versado en todas las ramas del saber, especialmente en la Sagrada Escritura; de rostro agradable; tan humilde, que con frecuencia se atenía a las opiniones de otros, mucho menos sabios que él, y tan amable, que se ganó el cariño de cuantos le trataron. Su gran descanso consistía en visitar los monasterios y los hospitales. Los monjes le tenían en tal estima que, con frecuencia, le pedían que redactase sus reglas. En esa forma, el santo estuvo en muchas casas religiosas de España y visitó los monasterios de Navarra y Pamplona para revisar sus constituciones y escoger las mejores reglas.

El año 850, estalló una súbita persecución contra los cristianos de Córdoba, ya sea porque éstos hubiesen combatido abiertamente a los mahometanos, ya porque trataran de convertir a algunos de ellos. La situación de los cristianos se complicó, pues un obispo andaluz, llamado Recaredo, en vez de defender a su grey, abrió a los lobos la puerta del redil. No sabemos por qué procedió en esa forma; tal vez se trataba de un «moderado» que prefería la paz y la tolerancia, al celo misionero y la persecución. En todo caso, dicho prelado fue el responsable de la aprehensión del obispo de Córdoba y de algunos miembros de su clero. En la prisión, Eulogio se ocupó en leer la Biblia a sus compañeros y en exhortarles a permanecer fieles a la fe. También escribió entonces su «Exhortación al Martirio», dedicada a las vírgenes Flora y María. En ella decía: «Sé que estáis amenazadas de ser vendidas como esclavas y de perder la virginidad; pero podéis estar seguras de que no es posible manchar la virginidad de vuestras almas, por mucho que atormenten vuestros cuerpos. Algunos cristianos cobardes os dirán, para desanimaros, que las iglesias están silenciosas, vacías y sin culto, a causa de vuestra obstinación, y que si cedéis durante algún tiempo, os dejarán practicar libremente vuestra religión. Os ruego que no olvidéis que el sacrificio que agrada verdaderamente a Dios es la contrición del corazón y que no tenéis derecho a volver atrás y renunciar a la fe que habéis confesado». Las doncellas no perdieron la virginidad y, antes de ser decapitadas, declararon que, en cuanto llegasen a la presencia de Jesucristo, le pedirían que sus hermanos alcanzasen la libertad. Seis días después de su muerte, los prisioneros quedaron libres. San Eulogio compuso entonces una narración en verso del martirio de las dos vírgenes, para animar a los cristianos a seguir su ejemplo. Su hermano José fue despedido de la corte y san Eulogio fue obligado a vivir con el traidor Recaredo, pero no por ello dejó de seguir instruyendo y alentando a los fieles con la predicación y con la pluma.

El año 852, otros cristianos fueron martirizados. En el mismo año, el Concilio de Córdoba prohibió entregarse espontáneamente a los perseguidores. El sucesor de Abderramán llevó adelante la persecución con mayor violencia que su padre; ello no hizo sino acrecentar el celo de san Eulogio, quien evitó que apostatasen muchos cristianos débiles y alentó a muchos otros al martirio. En los tres volúmenes de su obra titulada «Memorial de los Santos» describió los sufrimientos y la muerte de los mártires de la persecución. También escribió una «Apología» contra los que negaban que las víctimas de aquella persecución eran verdaderos mártires, alegando que no habían obrado milagros, que se habían entregado espontáneamente, que no habían sido torturados sino tan sólo decapitados y que los perseguidores no eran idólatras, sino que creían en el verdadero Dios. San Eulogio se defendía también a sí mismo, ya que él había aprobado y alentado a los mártires.

Cuando murió el arzobispo de Toledo, el clero y el pueblo eligieron a san Eulogio para sucederle; pero el santo fue ejecutado antes de su consagración.

Había en Córdoba una joven llamada Leocricia, convertida y bautizada por un pariente, aunque sus padres eran mahometanos. Esto constituía un crimen que se castigaba con la pena de muerte. Cuando los padres de la joven se enteraron de lo sucedido, la golpearon y maltrataron cruelmente para hacerla apostatar. La joven narró sus cuitas a san Eulogio, quien con la ayuda de su hermana Anulona, la ayudó a escapar y la escondió en casa de unos amigos suyos. Las autoridades descubrieron el sitio en que se hallaba la joven y llevaron ante el kadí a todos los que la habían ayudado a escapar. Sin amedrentarse por ello, Eulogio dijo al juez que estaba dispuesto a mostrarle el verdadero camino del cielo y declaró que Mahoma era un impostor. El kadí le amenazó con hacerle perecer a latigazos. El santo respondió que nada le haría renegar de su religión. Entonces, uno de los presentes habló en privado a san Eulogio, diciéndole: «Está bien que los ignorantes se precipiten a la muerte; pero un hombre de tu ciencia y de tu posición no debería alentarles con su ejemplo. Hazme caso; pliégate a las circunstancias y di una sola palabra. Después podrás practicar libremente tu religión y te prometo que no te molestaremos más». Eulogio replicó sonriendo: «Si sospecharas siquiera el premio que espera a quienes perseveran hasta el fin en la fe, cambiarías en el acto todas tus dignidades por él». En seguida empezó a predicar osadamente el Evangelio a los presentes. Para evitarlo, el juez le condenó inmediatamente a muerte. Uno de los guardias que le condujeron al sitio de la ejecución le abofeteó por haber hablado contra Mahoma; el santo presentó con gran mansedumbre la otra mejilla y recibió otro golpe. Al llegar al lugar del martirio, san Eulogio presentó el cuello al verdugo. Santa Leocricia sufrió el martirio cuatro días después.

Como lo hicimos notar en el artículo, casi la única fuente que poseemos sobre san Eulogio es la corta biografía latina escrita por su amigo Álvarez o Álvaro. Puede leerse dicha biografía en Acta Sanctorum, marzo, vol. II, y también en Migne, PL., vol. CXV, cc. 705-720 y en otras colecciones. Ver igualmente Gams, Kirchengeschichte von Spanien, vol. II, pp. 299-338, y el artículo Eulogius en el Kirchenlexikon. Cf. Dozy, Histoire des Musulmans d´Espagne, vol. II, pp. 1-174; y W. von Baudissin, Eulogius und Alvar (1872); J. Pérez de Urbel, Un Santo de la dominación Musulmana (1937).

N.ETF: El obispo Recaredo (o Recafredo) que menciona el escrito no era obispo de Córdoba sino -deduce Flórez en España Sagrada- Metropolitano con jurisdicción sobre Córdoba, ya que el obispo de Córdoba era Saulo, partidario de la causa de los mártires y confesor él mismo; encarcelado, aunque no muerto, por la fe. Ver sobre esto Flórez, España Sagrada, volumen X, pág. 272ss.
Imagen: mural en la Iglesia del Juramento, en Córdoba, España.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_4792

* SOLEMNIDAD “

https://i0.wp.com/lh6.ggpht.com/_k3wzgjw5irk/TOBuS6dOJQI/AAAAAAAAACg/vCbtbLi0IHw/s400/LS-07-Greco-BautismoJesus.jpgGreco (1541-1614), Bautismo de Jesús, Museo del Prado, Madrid.

¿Por qué se hizo bautizar Jesús?

En el gesto de Jesús descubrimos su solidaridad redentora. Se hace uno de los nuestros, para compartir hasta el fondo nuestra suerte y así poder transformarla.

Por: P. Guillermo Juan Morado | Fuente: Infocatolica

Jesús no tenía necesidad de ser bautizado. Juan Bautista acertaba plenamente al decir: “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias” (cf Mc 1,7-11). El bautismo de Juan, que no es todavía el sacramento cristiano del bautismo, era un bautismo de penitencia, que expresaba el deseo de ser purificado de los pecados. Ningún pecado había en Jesús. Él es el Santo, el Inocente, el Hijo de Dios.

¿Por qué, entonces, quiso Jesús ser contado entre los pecadores y, como algunos de ellos, dejarse bautizar por Juan? En el gesto de Jesús descubrimos su solidaridad redentora. Se hace uno de los nuestros, para compartir hasta el fondo nuestra suerte y así poder transformarla. En realidad, no es el agua del Jordán la que purifica a Jesús, sino que es Él, dejándose sumergir en el agua, quien confiere al agua el poder de santificar.

La inmersión de Jesús en el Jordán prefigura su inmersión en la muerte. El Señor no sólo se dejó contar entre los pecadores, sino se apropió de todo el pecado de los hombres y asumió la consecuencia de ese pecado, la muerte. Haciendo suya la muerte la destruyó desde dentro, trasformándola en vida, al igual que convirtió el agua del Jordán en agua de vida.

El Señor, que posee el Espíritu en plenitud, puede comunicarlo a los suyos por medio de un Bautismo que ya no es, como el de Juan, un mero signo de penitencia, sino una participación sacramental en su Pascua. Al recibir el sacramento del Bautismo por el agua y el Espíritu Santo somos verdaderamente regenerados; morimos al hombre viejo, al pecado, y renacemos como hombres nuevos, como hijos adoptivos de Dios por la gracia, como miembros de la Iglesia.

El evangelio dice que apenas salió Jesús del agua se “rasgó el cielo”. Los cielos se abrieron, comenta Santo Tomás de Aquino, para mostrar los elementos que pertenecen a la eficacia de nuestro Bautismo. Una eficacia que proviene, no de las fuerzas humanas, sino de la virtud del cielo. Una eficacia relacionada con la fe del que se bautiza y con la fe de la Iglesia, mediante la cual “contemplamos las cosas del cielo, que superan los sentidos y la razón humanos”. Y, además, “se abrieron los cielos, para manifestar que el camino del cielo queda abierto para los bautizados” (STh III 39 5).

Debemos perseverar en la oración para que este nuevo nacimiento, que ha tenido lugar en nuestro Bautismo, llegue a su plenitud, a su cumplimiento, que no es otro que el cielo; la amistad con Dios, la comunión con Él y con todos los bienaventurados.

* SANTO DEL DIA “San Raimundo de Peñafort, religioso presbítero” 7 de enero

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Elogio: San Raimundo de Peñafort, presbítero de la Orden de Predicadores, eximio maestro en derecho canónico, que escribió de modo muy acertado sobre el sacramento de la Penitencia. Elegido maestro general de la Orden, preparó la redacción de las nuevas Constituciones, y tras llegar a edad muy avanzada, se durmió en el Señor en la ciudad de Barcelona, en España.
Patronazgos: patrono de estudiosos, fiscales y especialistas en Derecho Canónico.
refieren a este santo: San Pedro Nolasco
Oración: Oh Dios, que diste a san Raimundo de Peñafort una entrañable misericordia para con los cautivos y los pecadores, concédenos por su intercesión que, rotas las cadenas del pecado, nos sintamos libres para cumplir tu divina voluntad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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San Raimundo de Peñafort, religioso presbítero
fecha: 7 de enero
fecha en el calendario anterior: 23 de enero
n.: c. 1175†: 1275país: España
canonización: C: Clemente VIII 1601
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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La familia de Peñafort pretendía descender de los condes de Barcelona y era aliada de los reyes de Aragón. Raimundo nació en 1175, en Peñafort, de Cataluña. Sus progresos en los estudios fueron tan rápidos, que a los veinte años era ya profesor de filosofía en Barcelona. Su enseñanza era gratuita y le valió gran fama. Hacia los treinta años, Raimundo fue a Bolonia a perfeccionarse en derecho civil y canónico. Allí se doctoró y se entregó a la enseñanza con el mismo desinterés y caridad que en su país. En 1219, Berengario, obispo de Barcelona, nombró a Raimundo archidiácono y «oficial» suyo. Por su celo, devoción y generosidad con los pobres, Raimundo era un ejemplo para el clero. En 1222, a los cuarenta y siete años de edad, tomó el hábito de Santo Domingo, ocho meses después de la muerte del santo fundador. Ninguno de los jóvenes novicios se mostraba más humilde, obediente y fervoroso que él. Raimundo rogó a sus superiores que le impusieran severas penitencias para expiar la complacencia con que había enseñado. Sus superiores le señalaron, en efecto, una pena, pero no la que él esperaba, sino la de escribir una colección de casos de conciencia para uso de los confesores y moralistas. Tal fue el origen de la «Summa de casibus paenitentialibus», la primera obra del género.

A la vida de retiro, Raimundo añadió las labores del apostolado, trabajando incesantemente en la predicación, la instrucción, las confesiones y la conversión de los herejes, de los judíos y de los moros. Además, se le confió la predicación de la cruzada de los españoles contra los moros. Desempeñó este cargo con gran prudencia, celo y caridad, y en esta forma indirecta, ayudó a arrojar de España a los últimos infieles. No menos éxito tuvo en sus esfuerzos por reformar las costumbres de los cristianos esclavizados por los moros, quienes se habían contaminado por el largo trato con los infieles. Raimundo les hacía comprender que para triunfar de sus enemigos políticos, necesitaban antes vencer a sus enemigos espirituales y dominar al pecado. Así viajó Raimundo por Cataluña, Aragón, Castilla y otras regiones, inculcando estas lecciones espirituales, con las que logró una tan radical transformación del pueblo, que parecía increíble a quienes no la habían presenciado.

La tradición afirma que Raimundo de Peñafort colaboró con san Pedro Nolasco en la fundación de la orden de los Mercedarios, quienes se dedicaban principalmente a rescatar a los cristianos cautivos de los moros. Dicha tradición ha sido muy discutida. El P. Gazulla y otros mercedarios sostienen en varias obras que la orden fue fundada en 1218, antes de que Raimundo entrase con los dominicos. Pretenden además que san Pedro Nolasco, san Raimundo de Peñafort y el rey Jaime de Aragón tuvieron al mismo tiempo una visión de Nuestra Señora, y que el instituto religioso que resultó de la triple aparición fue una orden militante, sin ninguna influencia de la orden de Santo Domingo, todos estos puntos han sido contestados, particularmente por el P. Vacas Galindo, O.P. Este escritor arguye que los mercedarios formaban originalmente una cofradía y no una congregación religiosa propiamente dicha; que san Raimundo había fundado dicha cofradía en 1222, basándose en las constituciones y el oficio de Santo Domingo, y que la supuesta visión de Nuestra Señora es el fruto de una tradición que se originó doscientos o trescientos años más tarde.

El papa Gregorio IX llamó a san Raimundo a Roma, en 1230, y le confió varios cargos, entre otros, el de confesor suyo. En ese puesto Raimundo impuso al Papa la penitencia de oír y despachar inmediatamente todas las peticiones de los pobres. El Papa ordenó al santo que reuniese todos los documentos dispersos de los papas y de los concilios que no se encontrasen ya en la colección que Graciano había hecho en 1150. Raimundo empleó tres años en esta tarea, y el mismo Papa confirmó en 1234 sus cinco libros de «Decretales». Hasta lu publicación del primer Codex Juris Canonici (Código de Derecho Canónico), en 1917, la compilación de san Raimundo era considerada como la mejor colección de derecho canónico, y los canonistas la usaban ordinariamente como texto de sus comentarios. En 1235, el Papa nombró a san Raimundo obispo de Tarragona. Las súplicas y lágrimas del santo no consiguieron que el Papa le evitara este golpe, según la expresión de Raimundo; pero el santo contrajo una grave enfermedad, y el Papa consintió finalmente en librarle del cargo, a condición de que Raimundo propusiera un candidato apto.

Para rehacerse de su enfermedad, san Raimundo volvió a su tierra natal, donde fue recibido con un gozo tan grande, como si la seguridad del reino dependiese de su presencia. En su amado retiro de Barcelona, Raimundo se entregó de nuevo a la contemplación, a la predicación, y a oír confesiones. El número de conversiones que obtuvo sólo es conocido de Aquél por cuya gracia las alcanzó. Tanto la Santa Sede como el rey confiaron frecuentemente a Raimundo importantes trabajos. En 1238, llegaron a Barcelona los diputados del Capítulo General de la orden de Santo Domingo, que había tenido lugar en Bolonia, para anunciar a Raimundo que había sido elegido superior general, como sucesor de Jordán de Sajonia. Raimundo lloró y suplicó, pero al fin, tuvo que aceptar el cargo por obediencia. Visitó a pie todas las casas de su orden, sin disminuir un punto sus austeridades y sus prácticas religiosas. Inculcó a sus hijos el amor de la regularidad, de la soledad, de los estudios y de los ministerios espirituales, e hizo una clara síntesis de las constituciones de su orden, anotando los pasajes dudosos. Tres capítulos generales aprobaron el nuevo código. En uno de dichos capítulos, tenido en París en 1239, Raimundo obtuvo que se aprobara la medida de aceptar la dimisión voluntaria de un superior, cuando ésta se fundara en razones justas. Al año siguiente, aprovechó esta medida en su favor, renunciando al cargo de superior general que sólo había ejercido durante dos años. La razón que dio fue que tenía ya sesenta y cinco años de edad. Pero la vida de san Raimundo debía durar todavía treinta y cuatro años más. El santo los empleó en oponerse a la herejía y en trabajar por la conversión de los moros. Con este objeto, consiguió que santo Tomás de Aquino escribiera su «Summa contra Gentes», y obtuvo que se enseñara el árabe y el hebreo en varios conventos de su orden. También fundó un convento en Túnez y otro en Murcia, entre los moros. En 1256 escribió a su superior general informándole que diez mil sarracenos habían recibido el bautismo. El santo se esforzó igualmente por introducir la inquisición en Barcelona. En cierta ocasión fue acusado -no sin razón según parece- de haber comprometido fraudulentamente a un rabino judío.

Uno de los incidentes más famosos en la vida de san Raimundo parece haber tenido lugar durante un viaje a Mallorca, a donde fue acompañando al rey Jaime. El soberano, que era muy libre en asuntos de mujeres, había prometido enmendarse, pero no había cumplido su promesa. En vista de ello, Raimundo le pidió licencia para partir a Barcelona; el rey no sólo se la negó, sino que amenazó de muerte a quien se atreviera a sacar al santo de la isla. Lleno de confianza en Dios, Raimundo dijo a su compañero: «Los reyes de la tierra pueden impedirnos la huida, pero el Rey del cielo nos dará los medios para ello». Acto seguido se dirigió al mar, extendió su túnica sobre las olas, ató un extremo de ella a un palo para que sirviera de vela y, haciendo la señal de la cruz, montó sin temor en la barca improvisada, dejando a su compañero temblando en la playa. La milagrosa barca hizo en seis horas el trayecto hasta Barcelona, que dista sesenta leguas de Mallorca. Las gentes que vieron llegar al santo en esa extraña embarcación, le recibieron con aclamaciones. Sin inmutarse por ello, Raimundo recogió su túnica, que estaba perfectamente seca, se la echó sobre los hombros y se dirigió a su monasterio. Una capilla y una torre construidas en el sitio en que desembarcó san Raimundo conservan la memoria del milagro. Los reyes Alfonso de Castilla y Jaime de Aragón visitaron a san Raimundo durante su última enfermedad y recibieron su bendición. El santo entregó su alma a Dios el 6 de enero de 1275, a los cien años de edad. Los dos reyes con sus familias asistieron a sus funerales, y Dios honró su tumba con milagros. La bula de canonización, publicada en 1601, cita algunos de esos milagros, entre los que se cuenta el que acabamos de narrar.

Los PP. Balme y Pabán publicaron los principales materiales de la biografía de san Raimundo, bajo el título de Raymundiana en «Monumenta Historica Ordinis Predicatorum», vols, IV y VI. Se encontrará un excelente resumen en Mortier, «Histoire des maîtres généraux O.P.», especialmente vol. I, pp. 225-272 y 400. La mejor biografía parece ser la de Valls Taberner, San Ramón de Peñafort (1936). Por lo que toca a la relación del santo con la orden de los Mercedarios, no hay duda que la tesis de éstos se apoya sobre una serie de documentos espurios, misteriosamente descubiertos en el momento en que hacían falta, en el siglo XVII. Las pruebas de muchos puntos son tan poco satisfactorias, que resulta muy difícil dar entero crédito a incidentes como el del milagroso viaje del santo de Mallorca a Barcelona. Ver Analecta Bollandiana, vol. XXXIX (1921), pp. 209 ss., y vol. XL (1922), pp. 442 ss.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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