Santo Cristo

JESUCRISTO ES DIOS

Contenido de esta página:

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

-La Eucaristía según el Padre Pio de Pietrelcina.

-Junio dedicado al Sagrado Corazón de Jesús.

-Las palabras y obras de Jesús revelan su divinidad.    

-Muchas otras palabras de Jesús manifiestan su divinidad.                        

Jesús se declara “Hijo de Dios”.                                                                                     

La Biblia afirma la divinidad de Jesús.                                                            

-Fiesta de la Ascensión a los cielos.

-Subió a los cielos, está sentado a la derecha de Dios Padre .

-Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo.               

-La Ascensión del Señor aumenta nuestra fe.

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Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

El viernes siguiente al II Domingo después de Pentecostés, la Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Además de la celebración litúrgica, otras muchas expresiones de piedad tienen por objeto el Corazón de Cristo. No hay duda de que la devoción al Corazón del Salvador ha sido, y sigue siendo, una de las expresiones más difundidas y amadas de la piedad eclesial.

La devoción al Corazón de Cristo tiene un sólido fundamento en la Escritura. Jesús, que es Uno con el Padre (cfr. Jn 10,30), invita a sus discípulos a vivir en íntima comunión con Él, a asumir su Persona y su Palabra como norma de conducta, y se presenta a Sí mismo como Maestro “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

El texto de San Juan que narra la ostensión de las manos y del costado de Cristo a los discípulos (cfr. Jn 20,20) y la invitación dirigida por Cristo a Tomás, para que extendiera su mano y la metiera en su costado (cfr. Jn 20,27), han tenido también un influjo notable en el origen y en el desarrollo de la piedad eclesial al Sagrado Corazón.

Estos textos, y otros que presentan a Cristo como Cordero pascual, victorioso, aunque también inmolado (cfr. Ap 5,6), fueron objeto de asidua meditación por parte de los Santos Padres, que desvelaron las riquezas doctrinales y con frecuencia invitaron a los fieles a penetrar en el misterio de Cristo por la puerta abierta de su Costado. Así

San Agustín: “La entrada es accesible: Cristo es la Puerta. También se abrió para ti cuando su Costado fue abierto por la lanza. Recuerda qué salió de allí; así mira por dónde puedes entrar. Del Costado del Señor que colgaba y moría en la Cruz salió Sangre y agua, cuando fue abierto por la lanza. En el agua está tu purificación, en la Sangre tu redención”.

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El 16 de junio de 1675 nuestro Señor Jesucristo se apareció y le mostró su Corazón a Santa Margarita María de Alacoque (religiosa en un Convento de Paray-le-Monial (Francia). Su Corazón estaba rodeado de Llamas de Amor, Coronado de espinas, con una Herida abierta de la cual brotaba Sangre y, del interior de Su Corazón, salía una Cruz.  Santa Margarita  escuchó a Nuestro Señor decir: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este Sacramento de Amor.” 

Con estas palabras nuestro Señor mismo nos dice en qué consiste la devoción a Su Sagrado Corazón. La devoción está dirigida a la Persona de Jesucristo y a Su Amor no correspondido, representado por su Corazón.

Los actos esenciales de esta devoción son: amor, reparación y desagravio.

Amor, por lo mucho que Él nos ama. Reparación y desagravio, por las muchas injurias que recibe sobre todo en la Sagrada Eucaristía.

Las formas de devoción al Sagrado Corazón  son numerosas; algunas han sido explícitamente aprobadas y recomendadas con frecuencia por la Sede Apostólica. Entre éstas hay que recordar:

La consagración personal, que, según Pío XI, “entre todas las prácticas del culto al Sagrado Corazón es sin duda la principal”;

La consagración de la familia, mediante la que el núcleo familiar, partícipe ya por el Sacramento del matrimonio del misterio de unidad y de amor entre Cristo y la Iglesia, se entrega al Señor para que reine en el corazón de cada uno de sus miembros;

Las Letanías del Corazón de Jesús, aprobadas en 1891 para toda la Iglesia, de contenido marcadamente bíblico y a las que se han concedido indulgencias;

El acto de reparación, fórmula de oración con la que los creyentes, conscientes de la infinita bondad de Cristo, imploramos misericordia y deseamos reparar las ofensas cometidas de tantas maneras contra su Corazón;

La práctica de los nueve primeros viernes de mes, que tiene su origen en la “Gran Promesa” (*) hecha por Jesús a Santa Margarita María de Alacoque. En una época en la que la comunión sacramental era muy rara entre los fieles, la práctica de los nueve primeros viernes de mes contribuyó significativamente a restablecer la frecuencia de los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. En nuestros días, la devoción de los primeros viernes de mes, si se practica de un modo correcto, da indudable fruto espiritual.

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El Papa emérito Benedicto XVI escribió el 15 de mayo de 2006 una Carta con motivo del 50 aniversario de la Encíclica HAURIETIS AQUAS .

“Las palabras del profeta Isaías, “sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación” (Is 12, 3), con las que comienza la Encíclica con la que Pío XII recordaba el primer centenario de la extensión a toda la Iglesia de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, no han perdido nada de su significado hoy, cincuenta años después. La Encíclica Haurietis aquas, al promover el culto al Corazón de Jesús, exhortaba a los creyentes a abrirse al misterio de Dios y de su Amor, dejándose transformar por Él. Cincuenta años después, sigue siendo siempre actual la tarea de los cristianos de continuar profundizando en su relación con el Corazón de Jesús para reavivar en sí mismos la fe en el Amor salvífico de Dios, acogiéndolo cada vez mejor en su vida.

El costado traspasado del Redentor es la fuente a la que nos invita a acudir la Encíclica Haurietis aquas:  debemos recurrir a esta fuente para alcanzar el verdadero conocimiento de Jesucristo y experimentar más a fondo Su Amor. Así podremos comprender mejor lo que significa conocer en Jesucristo el Amor de Dios, experimentarlo teniendo puesta nuestra mirada en Él, hasta vivir completamente de la experiencia de Su Amor, para poderlo testimoniar después a los demás.

En efecto, como escribió mi venerado predecesor Juan Pablo II, “junto al Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer el sentido verdadero y único de su vida y de su destino, a comprender el valor de una vida auténticamente cristiana, a evitar ciertas perversiones del corazón humano, a unir el amor filial hacia Dios con el amor al prójimo. Así  -y esta es la verdadera reparación pedida por el Corazón del Salvador-  sobre las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, se podrá construir la civilización del  Corazón de Cristo” (Carta del Beato Juan Pablo II al prepósito general de la Compañía de Jesús, 5 de octubre de 1986)…”

«Señor Jesucristo, Hermano, Amigo y Redentor del hombre, mira con amor a los jóvenes aquí reunidos y abre para ellos la fuente eterna de tu Misericordia que mana de tu Corazón abierto en la Cruz. Dóciles a tu llamada, han venido para estar contigo y adorarte.

Con ardiente plegaria los consagro a tu Corazón para que, arraigados y edificados en Ti, sean siempre tuyos, en la vida y en la muerte.¡Que jamás se aparten de Ti!  Otórgales un corazón semejante al Tuyo, manso y humilde, para que escuchen siempre tu Voz y tus mandatos, cumplan tu Voluntad y sean en medio del mundo alabanza de tu gloria, de modo que los hombres, contemplando sus obras, den gloria al Padre con quien vives, feliz para siempre, en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos».(Benedicto XVI.Consagración al Sagrado Corazón en la JMJ – Madrid – 2011)

CORAZÓN DE JESÚS, FUENTE DE TODO CONSUELO

¡Queridos Hermanos y Hermanas!

1.Dios, Creador del Cielo y de la tierra, es también “el Dios de toda consolación” (2 Co 1,3; Rm 15,5). Numerosas páginas del Antiguo Testamento nos muestran a Dios que, en su gran ternura y compasión, consuela a su pueblo en la hora de la aflicción. Para confortar a Jerusalén, destruida y desolada, el Señor envía a sus profetas a llevar un mensaje de consuelo: “Consolad, consolad a mi pueblo… Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia” (Is 40.1-2); y, dirigiéndose a Israel oprimido por el temor de sus enemigos, declara: “Yo soy tu consolador” (Is 51,12); e incluso, comparándose con una madre llena de ternura hacia sus hijos, manifiesta su voluntad de llevar paz, gozo y consuelo a Jerusalén: “Alegraos, Jerusalén, y regocijaos por ella todos los que la amáis… de modo que os hartéis de sus consuelos… Como uno a quien su madre le consuela, así yo os consolaré, y por Jerusalén seréis consolados” (Is 66,10.11.13).

2.En Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestro hermano, el “Dios-que-consuela” se hizo presente entre nosotros. Así lo indicó primeramente el justo Simeón, que tuvo la dicha de acoger entre sus brazos al Niño Jesús y de ver en Él realizada la consolación de Israel (Lc 2,25). Y, en toda la vida de Cristo, la predicación del Reino fue un ministerio de consolación: anuncio de un alegre mensaje a los pobres, proclamación de libertad a los oprimidos, de curación a los enfermos, de gracia y de salvación a todos (Lc 4,16-211: Is 61,1-2).

Del Corazón de Cristo brotó esta tranquilizadora bienaventuranza: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados” (Mt 5,5), así como la tranquilizadora invitación: “Venid a Mi todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y Yo os daré descanso” (Mt 11,28).

La consolación que provenía del Corazón de Cristo era participación en el sufrimiento humano, voluntad de mitigar el ansia y aliviar la tristeza, y signo concreto de amistad. En Sus palabras y en Sus gestos de consolación se unían admirablemente la riqueza del sentimiento y la eficacia de la acción. Cuando, cerca de la puerta de la ciudad de Naím, vio a una viuda que acompañaba al sepulcro a su hijo único. Jesús compartió su dolor: “Tuvo compasión de ella” (Lc 7,13), tocó el féretro, ordenó al joven que se levantara y lo restituyó a su madre (Lc. 7,14-15).

3.El Corazón del Salvador es también, más aún, principalmente “Fuente de consuelo” porque Cristo, juntamente con el Padre, dona el Espíritu Consolador: “Yo pediré al Padre y os dará otro Consolador para que esté con vosotros para siempre” (Jn 14,16: 14,25; 16,12): Espíritu de verdad y de paz, de concordia y de suavidad de alivio y de consuelo: Espíritu que brota de la Pascua de Cristo (Jn 19,28-34) y del evento de Pentecostés (Hch 2,1-13).

4.Toda la vida de Cristo fue por ello un continuo ministerio de misericordia y de consolación. La Iglesia, contemplando el Corazón de Cristo y las fuentes de gracia y de consolación que de Él manan, ha expresado esta realidad estupenda con la invocación: “Corazón de Cristo, fuente de todo consuelo, ten misericordia de nosotros”

Esta invocación es recuerdo de la fuente de la que, a lo largo de los siglos, la Iglesia ha recibido consolación y esperanza en la hora de la prueba y de la persecución; es invitación a buscar en el Corazón de Cristo la consolación verdadera, duradera y eficaz; es advertencia para que, tras haber experimentado la consolación del Señor, nos convirtamos también nosotros en convencidos y conmovidos portadores de dicha consolación, haciendo nuestra la experiencia espiritual que hizo decir al Apóstol Pablo: el Señor “nos consuela en toda tribulación nuestra para poder consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios” (2 Co 1,4).

Pidamos a María, Consoladora de los afligidos, que, en los momentos oscuros de tristeza y angustia, nos guíe a Jesús, su Hijo amado, “Fuente de todo consuelo”.

(*) LA GRAN PROMESA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

A Santa Margarita María de Alacoque

1.Les daré todas las gracias necesarias para su estado.
2.Pondré paz en sus familias.
3.Los consolaré en todas sus penas.
4.Seré su refugio seguro durante la vida y sobre todo en la hora de la muerte.
5.Derramaré abundantes bendiciones sobre todas sus empresas.
6.Los pecadores encontrarán en Mi Corazón la fuente y el océano infinito de la Misericordia.
7.Las almas tibias se volverán fervorosas.
8.Las almas fervorosas se elevarán a gran perfección.
9.Bendeciré las casas en que la imagen de Mi Sagrado Corazón sea expuesta y honrada.
10.Daré a los sacerdotes el don de tocar los corazones más endurecidos.
11.Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en Mi Corazón, y jamás será borrado de Él.
12.Yo prometo, en una efusión misericordiosa de Mi Corazón, que el omnipotente Amor de Mi Corazón concederá el beneficio de la perseverancia final a los que por nueve meses seguidos, se acerquen a la Sagrada Mesa los primeros viernes de cada mes. No morirán sin recibir los Santos Sacramentos; y, en aquellos últimos momentos, Mi Corazón les será asilo seguro.  

Fuente: http://www.mariamediadora.com/Oracion/Newsletter762.htm

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La Eucaristía según el Padre Pio de Pietrelcina.

Padre Pio

Testimonio del P. Derobert, hijo espiritual del Padre Pío.

El Padre Derobert, hijo espiritual del Padre Pío, explica el sentido que tenía la Misa para el Santo de Pietrelcina: “El me había explicado poco antes de mi ordenación sacerdotal que celebrando la misa había que poner el paralelo su cronología y la cronología de la Pasión de Cristo. Se trataba de comprender y de darse cuenta, en primer lugar, de que el sacerdote en el altar es Jesucristo. Y desde ese momento Jesús en su sacerdote revive indefinidamente su Pasión”.

Y este es el itinerario de la cronología y orden en paralelo de la Misa y de la Pasión:

1.- Desde la señal de la Cruz hasta el Ofertorio: Es el tiempo de encuentro con Jesús en Getsemaní, sufriendo con Él ante la marea negra del pecado. Unirse a Él en el dolor de ver que la Palabra del Padre, que Él había venido a traernos, no sería recibida o sería recibida muy mal por los hombres. Y desde esta óptica hay que escuchar las lecturas de la Misa que están dirigidas personalmente a mí y a nosotros.

2.- El Ofertorio: Evoca el arresto de Jesús. La Hora ha llegado…

3.- El Prefacio: Es el canto de alabanza, entrega y agradecimiento que Jesús dirige al Padre que le ha permitido llegar a esta Hora.

4.- Desde el comienzo de la plegaria eucarística hasta la consagración: Empezamos encontrándonos con Jesús en prisión para después hacer memoria y celebración de su atroz flagelación y coronación de espinas. Seguimos con su Vía Crucis, el camino de la cruz por las callejuelas de Jerusalén –imagen de todo el mundo y de toda la humanidad-, teniendo presentes en el “memento” a los que están allí, en la Misa, y a todos.

5.- La consagración: Se nos da el cuerpo de Cristo, entregado de nuevo ahora. Es místicamente la crucifixión del Señor, y por eso el Padre Pío sufría atrozmente en este momento de la Misa, durante la consagración.

6.- Las plegarias inmediatamente posteriores a la consagración: Nos unimos enseguida con Jesús en la Cruz y ofrecemos desde este instante al Padre el sacrificio redentor. Es el sentido de la oración litúrgica inmediatamente después de la consagración.

7.- La doxología final, “Por Cristo, con Él y en Él…”: Corresponde al grito de Jesús “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu…”. Desde este momento, el sacrificio es consumado y aceptado por el Padre. Los hombres desde ahora ya no están separados de Dios, se vuelven a encontrar unidos. Y esa la razón por la que a continuación de la doxología se reza el Padre Nuestro.

8.- La fracción del Pan: Marca la muerte de Jesucristo.

9.- La intinción y posterior comunión: La intinción es el momento en que el sacerdote, habiendo quebrado la sagrada hostia, símbolo de la muerte, deja caer una partícula del Cuerpo de Cristo en el cáliz de su preciosa sangre. Marca el momento de la resurrección, pues el Cuerpo y la Sangre se reúnen de nuevo y a Cristo crucificado y resucitado a quien vamos a recibir en la comunión.

10.- La bendición final de la Misa: Con ella el sacerdote marca a los fieles con la cruz de Cristo como signo distintivo y, a su vez, escudo protector contra las astucias del Maligno. Es también signo de envío y de misión como Jesucristo, tras su Pasión y ya resucitado, envío a sus apóstoles a hacer discípulos de todos los pueblos.

Fuente: Catholic.net

http://es.catholic.net/sectasapologeticayconversos/574/1443/articulo.php?id=56427

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Junio dedicado al Sagrado Corazón de Jesús.

SAGRADO CORAZON DE JESUS

Adoramos el Corazón de Cristo porque es el corazón del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre

Explicación de la fiesta

La imagen del Sagrado Corazón de Jesús nos recuerda el núcleo central de nuestra fe: todo lo que Dios nos ama con su Corazón y todo lo que nosotros, por tanto, le debemos amar. Jesús tiene un Corazón que ama sin medida.
Y tanto nos ama, que sufre cuando su inmenso amor no es correspondido.

La Iglesia dedica todo el mes de junio al Sagrado Corazón de Jesús, con la finalidad de que los católicos lo veneremos, lo honremos y lo imitemos especialmente en estos 30 días.

Esto significa que debemos vivir este mes demostrandole a Jesús con nuestras obras que lo amamos, que correspondemos al gran amor que Él nos tiene y que nos ha demostrado entregándose a la muerte por nosotros, quedándose en la Eucaristía y enseñándonos el camino a la vida eterna.
Todos los días podemos acercarnos a Jesús o alejarnos de Él. De nosotros depende, ya que Él siempre nos está esperando y amando.

Debemos vivir recordandolo y pensar cada vez que actuamos: ¿Qué haría Jesús en esta situación, qué le dictaría su Corazón? Y eso es lo que debemos hacer (ante un problema en la familia, en el trabajo, en nuestra comunidad, con nuestras amistades, etc.).
Debemos, por tanto, pensan si las obras o acciones que vamos a hacer nos alejan o acercan a Dios.

Tener en casa o en el trabajo una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, nos ayuda a recordar su gran amor y a imitarlo en este mes de junio y durante todo el año.

Origen de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Santa Margarita María de Alacoque era una religiosa de la Orden de la Visitación. Tenía un gran amor por Jesús. Y Jesús tuvo un amor especial por ella.

Se le apareció en varias ocasiones para decirle lo mucho que la amaba a ella y a todos los hombres y lo mucho que le dolía a su Corazón que los hombres se alejaran de Él por el pecado.
Durante estas visitas a su alma, Jesús le pidió que nos enseñara a quererlo más, a tenerle devoción, a rezar y, sobre todo, a tener un buen comportamiento para que su Corazón no sufra más con nuestros pecados.

El pecado nos aleja de Jesús y esto lo entristece porque Él quiere que todos lleguemos al Cielo con Él. Nosotros podemos demostrar nuestro amor al Sagrado Corazón de Jesús con nuestras obras: en esto precisamente consiste la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

Las promesas del Sagrado Corazón de Jesús:

Jesús le prometió a Santa Margarita de Alacoque, que si una persona comulga los primeros viernes de mes, durante nueve meses seguidos, le concederá lo siguiente:

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado (casado(a), soltero(a), viudo(a) o consagrado(a) a Dios).
2. Pondré paz en sus familias.
3. Los consolaré en todas las aflicciones.
4. Seré su refugio durante la vida y, sobre todo, a la hora de la muerte.
5. Bendeciré abundantemente sus empresas.
6. Los pecadores hallarán misericordia.
7. Los tibios se harán fervorosos.
8. Los fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfección.
9. Bendeciré los lugares donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.
10. Les daré la gracia de mover los corazones más endurecidos.
11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de Él.
12. La gracia de la penitencia final: es decir, no morirán en desgracia y sin haber recibido los Sacramentos.

Oración de Consagración al Sagrado Corazón de Jesús

Podemos conseguir una estampa o una figura en donde se vea el Sagrado Corazón de Jesús y, ante ella, llevar a cabo la consagración familiar a su Sagrado Corazón, de la siguiente manera:

Señor Jesucristo, arrodillados a tus pies,
renovamos alegremente la Consagración
de nuestra familia a tu Divino Corazón.

Sé, hoy y siempre, nuestro Guía,
el Jefe protector de nuestro hogar,
el Rey y Centro de nuestros corazones.

Bendice a nuestra familia, nuestra casa,
a nuestros vecinos, parientes y amigos.

Ayúdanos a cumplir fielmente nuestros deberes, y participa de nuestras alegrías y angustias, de nuestras esperanzas y dudas, de nuestro trabajo y de nuestras diversiones.

Danos fuerza, Señor, para que carguemos nuestra cruz de cada día y sepamos ofrecer todos nuestros actos, junto con tu sacrificio, al Padre.

Que la justicia, la fraternidad, el perdón y la misericordia estén presentes en nuestro hogar y en nuestras comunidades.
Queremos ser instrumentos de paz y de vida.

Que nuestro amor a tu Corazón compense,
de alguna manera, la frialdad y la indiferencia, la ingratitud y la falta de amor de quienes no te conocen, te desprecian o rechazan.

Sagrado Corazón de Jesús, tenemos confianza en Ti.
Confianza profunda, ilimitada.

Sugerencias para vivir la fiesta:

  • Poner una estampa del Sagrado Corazón de Jesús, algún pensamiento y la oración para la Consagración al Sagrado Corazón de Jesús.
  • Hacer una oración en la que todos pidamos por tener un corazón como el de Cristo.
  • Leer en el Evangelio pasajes en los que se podamos observar la actitud de Jesús como fruto de su Corazón.Consulta también El Sagrado Corazón de Jesús, una devoción permanente y actual.Un corazón Traspasado ¿Quieres ser Ápostol del Sagrado Corazón? visita la página web http://apostolesdelsagradocorazon.org/Visita el Especial de Junio: Ideas para vivir la fe en familia del portal Familia Católica
  • Fuente:Catholic.net                                                                                                                   http://www.es.catholic.net/religiosas/805/2407/articulo.php?id=1272

 

The Divine Mercy        Santisima Trinidad      Cristo en la cruz. Goya

Las palabras y obras de Jesús revelan su divinidad.
Algunas religiones reconocen a Jesús solo como un “gran hombre”
o “profeta” y no como Dios. Eso sería imposible si tomamos en cuenta que Jesús habló y actuó como Dios. Si no fuera Dios, entonces sería un loco o mentiroso y blasfemo, tal como decían sus enemigos.

Jesús dice:

Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 30)

Dios reveló su nombre como: “Yo soy“. “Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.» (Exodo 3,14; Cf. Os 1,9).  Jesús muchas veces declaró sobre si mismo: “Yo Soy”. Sus palabras no dejan duda de que se trata del mismo “Yo Soy” absoluto que solo le pertenece a Dios. 

Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba. Vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo” (Jn 8,23, cf Jn 17,14)

porque si no creéis que Yo Soy, moriréis en vuestros pecados” (Jn 8,24)

Antes de que Abraham existiera, Yo Soy” (Jn 9,58)

Soy luz del mundo” (Jn 9,5)

Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy“. Jn 13,19

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Muchas otras palabras de Jesús manifiestan su divinidad:

Ahora, Padre, dame junto a Tí la misma Gloria que tenía a tu lado antes que comenzara el mundo” (Jn 17,5)

Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy” (Juan 8,28)

¿No crees que estoy en el Padre y que el Padre está en Mí?” (Jn 14,10)

Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25)
Solo Dios puede decir esto

Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto;
porque separados de mí no podéis hacer nada
“. (Jn 15,5)
Solo Dios puede decir esto

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Jesús se declara “Hijo de Dios”

¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: “Yo soy Hijo de Dios”?” (Jn 10,36)
(Los judíos acusaban de blasfemo a uno que decía que Jesús es “Hijo de Dios”. Ellos saben que ese título solo puede designar a quien es divino. Jesús, sin embargo lo defiende.)

Pero Jesús seguía callado. El Sumo Sacerdote le dijo: «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios.»  Dícele Jesús: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo.»  Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. (Mateo 26,63)

Relato del juicio final: Cf. Mt 25

Tomás le dice a Jesús resucitado: «Señor mío y Dios mío.»  Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.» (Jn 20,28-29)
Tomás explícitamente reconoce que Jesús es Dios. Jesús responde afirmando su divinidad: “Porque me has visto has creído”.


La Biblia afirma la divinidad de Jesús
Aquellos que dicen creer en la Biblia y niegan la divinidad de Jesús se contradicen.

En el principio era la Palabra … y la Palabra era Dios” (Jn 1,1, Cf. Jn 14)

En El reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9)

Cristo… está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos” (Rom 9, 5)

Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gálatas 4,4)

Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero.
Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la Vida eterna
“ (1 Jn 5, 20)

Jesús = Dios y salvador.-II Pedro 1,1.

Imagen visible del Dios invisible.-Col 1, 15-17.

Dios se hizo hombre.-Flp 2,6-7.

El gran Dios y Salvador.-Tito 2,13.

Su trono es eterno. -Hb. 1, 8.

Jesús es:

Eterno (cf. Jn 1, 1-2; 8, 58; 17, 5 – Col 1. 17)

Inmutable (cf. Hb 13, 8)

Omnisciente (Conoce todo) (cf. Jn 1, 48; 2, 25; 6, 64; 14, 10)

Todopoderoso (cf. Mt 28, 18; Mc 4, 39; Hb 1, 3)

www.corazones.org

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FIESTA DE LA ASCENSIÓN A LOS CIELOS (meditaciones )

-Catecismo de la Iglesia católica.

De los Sermones de San León Magno, Papa.

-San Agustín.

Ascension

“Subió a los cielos, está sentado a la derecha de Dios Padre”

“El Señor Jesús, después de haber hablado con ellos, fue levantado a los Cielos y está sentado a la diestra de Dios” (Mc 16, 19); “al día cuadragésimo de su resurrección subió a los Cielos con la carne en que resucitó y con el alma”. Ascendió “por su propio poder”, poder que tenía co­mo Dios y también poder de su alma glorificada so­bre su Cuerpo glorioso. “El que lo creó todo, subió por encima de todo y por su propio poder”.

“Estar sentado” es una manera de decir que ha lle­gado al reposo que merece como guerrero vencedor. Es la postura del Rey y del Juez, lleno de poder y majestad.

La Ascensión de Cristo al Cielo, entre otras cosas, nos mueve a buscar siempre las cosas esenciales, que son invisibles a los ojos del cuerpo, y que son aquellas cosas que no pasan y que no mueren: “Aspirad a las cosas de arriba donde está Cristo… gustad las cosas de arriba, no las de la tierra”, decía el apóstol San Pablo a los primeros cristianos (Col 3, 1-2).

Asimismo, la Ascensión del Señor debe llenarnos de inconmovible esperanza, ya que nos aseguró: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas… Voy a prepararos el lugar… De nuevo volveré y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros” (Jn 14, 2-3). ¡Somos ciudadanos del Cielo! (Flp 3, 20). Y como los apóstoles, que tras la Ascensión quedaron “mirando al cielo”, debemos tener “fija la vista en Él…” (He 1,10).
A la diestra del Padre

“Se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Heb 1, 3), según San Juan Damasceno se refiere a “la gloria y el honor de la divinidad”, o sea, significa que Cristo reina junto con el Padre y, además, tiene el poder judicial sobre vivos y muertos. El saber que el Señor está junto al Padre debe hacernos crecer, de manera inconmensurable, nuestra confianza en Él: “Todo lo puedo en aquél que me conforta” (Flp 4,13), debe decir un joven junto con San Pablo y con él también aquella otra magnífica expresión de confianza total: “¡Sé a quién me he confiado!” (2 Tim 1,12).

Catecismo de la Iglesia Católica


La Ascensión del Señor aumenta nuestra fe
Jueves VI de Pascua

Cristo, en su humanidad santísima, ya ha llegado a la gloria, esa gloria que, por el momento, es aurora para el resto de la humanidad. Todavía no la podemos experimentar, pero creemos firmemente en ella. De hecho, la esperanza en ese reino ha inducido a tantos hombres, después de Cristo, a entregar su vida, sin temer la muerte; hombres que conforman una constelación casi infinita de joyas en la historia de la Iglesia: son los mártires. Pero no sólo los mártires; en realidad, todos estamos llamados a una única santidad y todos debemos vivir con los ojos de nuestro corazón vueltos al cielo porque “pasa la figura de este mundo” y pronto seremos “recibidos en la paz y en la suma bienaventuranza, en la patria que brillará con la gloria del Señor”. (Gaudium et spes, 93).

Así como en la solemnidad de Pascua la resurrección del Señor fue para nosotros causa de alegría, así también ahora su ascensión al cielo nos es un nuevo motivo de gozo, al recordar y celebrar litúrgicamente el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza fue elevada, en Cristo, por encima de todos los ejércitos celestiales, de todas las categorías de ángeles, de toda la sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre. Hemos sido establecidos y edificados por este modo de obrar divino, para que la gracia de Dios se manifestara más admirablemente, y así, a pesar de haber sido apartada de la vista de los hombres la presencia visible del Señor, por la cual se alimentaba el respeto de ellos hacia él, la fe se mantuviera firme, la esperanza inconmovible y el amor encendido.

En esto consiste, en efecto, el vigor de los espíritus verdaderamente grandes, esto es lo que realiza la luz de la fe en las almas verdaderamente fieles: creer sin vacilación lo que no ven nuestros ojos, tener fijo el deseo en lo que no puede alcanzar nuestra mirada. ¿Cómo podría nacer esta piedad en nuestros corazones, o cómo podríamos ser justificados por la fe, si nuestra salvación consistiera tan sólo en lo que nos es dado ver?

Así, todas las cosas referentes a nuestro Redentor, que antes eran visibles, han pasado a ser ritos sacramentales; y, para que nuestra fe fuese más firme y valiosa, la visión ha sido sustituida por la instrucción, de modo que, en adelante, nuestros corazones, iluminados por la luz celestial, deben apoyarse en esta instrucción.

Esta fe, aumentada por la ascensión del Señor y fortalecida con el don del Espíritu Santo, ya no se amilana por las cadenas, la cárcel, el destierro, el hambre, el fuego, las fieras ni los refinados tormentos de los crueles perseguidores. Hombres y mujeres, niños y frágiles doncellas han luchado en todo el mundo por esta fe, hasta derramar su sangre. Esta fe ahuyenta a los demonios, aleja las enfermedades, resucita a los muertos.

Por esto los mismos apóstoles, que, a pesar de los milagros que habían contemplado y de las enseñanzas que habían recibido, se acobardaron ante las atrocidades de la pasión del Señor y se mostraron reacios en admitir el hecho de su resurrección, recibieron un progreso espiritual tan grande de la ascensión del Señor, que todo lo que antes les era motivo de temor se les convirtió en motivo de gozo. Es que su espíritu estaba ahora totalmente elevado por la contemplación de la divinidad, del que está sentado a la derecha del Padre; y al no ver el cuerpo del Señor podían comprender con mayor claridad que aquél no había dejado al Padre, al bajar a la tierra, ni había abandonado a sus discípulos, al subir al cielo.

Entonces, amadísimos hermanos, el Hijo del hombre se mostró, de un modo más excelente y sagrado, como Hijo de Dios, al ser recibido en la gloria de la majestad del Padre, y, al alejarse de nosotros por su humanidad, comenzó a estar presente entre nosotros de un modo nuevo e inefable por su divinidad.

Entonces nuestra fe comenzó a adquirir un mayor y progresivo conocimiento de la igualdad del Hijo con el Padre, y a no necesitar de la presencia palpable de la substancia corpórea de Cristo, según la cual es inferior al Padre; pues, subsistiendo la naturaleza del cuerpo glorificado de Cristo, la fe de los creyentes es llamada allí donde podrá tocar al Hijo único, igual al Padre, no ya con la mano, sino mediante el conocimiento espiritual.

De los Sermones de San León Magno, Papa


Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo

“Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con él nuestro corazón. Oigamos lo que nos dice el Apóstol: Si habéis sido resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios. Poned vuestro corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra. Pues, del mismo modo que él subió sin alejarse por ello de nosotros, así también nosotros estamos ya con él allí, aunque todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que se nos promete.

Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros. Así lo atestiguó con aquella voz bajada del cielo: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Y también: Tuve hambre y me disteis de comer. ¿Por qué no trabajamos nosotros también aquí en la tierra, de manera que, por la fe, la esperanza y la caridad que nos unen a él, descansemos ya con él en los cielos? Él está allí, pero continúa estando con nosotros; asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él. Él está con nosotros por su divinidad, por su poder, por su amor; nosotros, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él.

Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo. Él mismo asegura que no dejó el cielo mientras estaba con nosotros, pues que afirma: Nadie ha subido al cielo sino aquel que ha bajado del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo. Esto lo dice en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y nadie, excepto él, podría decirlo, ya que nosotros estamos identificados con él, en virtud de que él, por nuestra causa, se hizo Hijo del hombre, y nosotros, por él, hemos sido hechos hijos de Dios.

En este sentido dice el Apóstol: Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. No dice: “Así es Cristo”, sino: Así es también Cristo. Por tanto, Cristo es un solo cuerpo formado por muchos miembros. Bajó, pues, del cielo, por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también en él por la gracia. Así, pues, Cristo descendió él solo, pero ya no ascendió él solo; no es que queramos confundir la divinidad de la cabeza con la del cuerpo, pero sí afirmamos que la unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza.”


De los Sermones de San Agustín, obispo
(Sermón Mai 98, Sobre la Ascensión del Señor,
1-2; PLS 2, 494-495)

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