EL PAPA FRANCISCO

CONTENIDO DE LA PÁGINA:

1ª parte:

* ACTIVIDADES DEL SANTO PADRE FRANCISCO: Audiencias, ángelus, homilías, etc, del Papa Francisco.

Papa Francisco. Vive con alegria     Un grande! Papa Francisco 

* SIGUE TODAS LAS ACTIVIDADES DEL SANTO PADRE FRANCISCO PINCHANDO EL SIGUIENTE ENLACE: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/calendar/papa-francesco_calendario_sp.html

2ª parte:

*   Descarga la nueva encíclica del Papa Francisco, Lumen fidei

El papa Francisco en contra de la pena de muerte,  12 de junio 2013.

 * El pensamiento del Cardenal Bergoglio , hoy Papa Francisco.

 * El Corazón de Jesús en el Ángelus del domingo 9 de junio de 2013

* Palabras del papa Francisco en homilías, audiencias, etc

* Biografía.

* Lo que es y lo que debe ser la Piedad Popular según el Papa Francisco, en 20 frases

* Programa del viaje del Papa a Río de Janeiro para la JMJ 2013 Río

* Una joven estuvo a punto de dejarnos sin Papa Francisco

* Homilías, cartas pastorales y otros documentos del cardenal Jorge Mario Bergoglio

* Lo que piensa el Papa del sufrimiento.

1ª parte:

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Viaje Apostólico a Río de Janeiro (Brasil)
con ocasión de la
XXVIII Jornada Mundial de la Juventud
(22-29 julio 2013)
 

JMJ Rio de Janeiro 2013

Transmisiones en directo del CTV
(Centro Televisivo Vaticano) 

Vatican Player

  • Ceremonia de presentación de la Medalla conmemorativa del Viaje Apostólico (23 de julio de 2013)
    [Italiano, Portugués]

  • Encuentro con el Comité de coordinación del Celam en el Centro de Estudios de Sumaré (Río de Janeiro, 28 de julio de 2013)
    [Alemán, Español, Francés, Inglés, Italiano, Polaco, Portugués]

  • Encuentro con los voluntarios de la XXVIII JMJ en el Pabellón 5 de Río Centro (Río de Janeiro, 28 de julio de 2013)  (Vídeo)
    [Alemán, Español, Francés, Inglés, Italiano, Polaco, Portugués]

  • Ceremonia de despedida en el Aeropuerto internacional Galeão/Antonio Carlos Jobim (Río de Janeiro, 28 de julio de 2013) (Vídeo)
    [Alemán, Español, Francés, Inglés, Italiano, Polaco, Portugués]

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* SIGUE TODAS LAS ACTIVIDADES DEL SANTO PADRE FRANCISCO PINCHANDO EL SIGUIENTE ENLACE: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/calendar/papa-francesco_calendario_sp.html

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Imágenes y sonido:

AL TÉRMINO DEL MES  DE MARIA

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

AL FINALIZAR EL REZO DEL SANTO ROSARIO

Plaza de San Pedro

Viernes, 31 de mayo 2013

Queridos hermanos,

Esta tarde hemos rezado juntos el Santo Rosario; hemos recorrido algunos

acontecimientos del camino de Jesús, de nuestra salvación y lo hemos hecho con aquella que es nuestra Madre, María. Aquella que con mano segura nos conduce a su Hijo Jesús.

Hoy celebramos la fiesta de la Visitación de la Beata Virgen María a su pariente Isabel.

Querría meditar con ustedes este misterio que muestra como María afronta el camino de su vida, con gran realismo, humanidad, concreción.

Tres palabras sintetizan la actitud de María: escucha, decisión, acción; palabras que indican un camino también para nosotros frente a lo que nos pide el Señor en la vida.

1.-Escucha. ¿De dónde nace el gesto de María de ir a su pariente Isabel? De una palabra del ángel de Dios: “También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez”…

(Lc. 1,36). María sabe escuchar Dios. Atención: no es un simple “oír” superficial, sino es “la escucha”, acto de atención, de acogida, de disponibilidad hacia Dios. No es el modo distraído con el cual nosotros nos ponemos delante del Señor o ante los otros: oímos las palabras, pero no escuchamos realmente. María está atenta a Dios, escucha a Dios.

Pero María escucha también los hechos, es decir lee los acontecimientos de su vida, está atenta a la realidad concreta y no se para en la superficie, sino que va a lo profundo, para captar el significado. La pariente Isabel, que es ya anciana, espera un hijo: éste es el hecho. Pero María está atenta al significado, lo sabe comprender: “porque no hay nada imposible para Dios”(Lc. 1,37).

Esto también vale en nuestra vida: escucha de Dios que nos habla, y también escucha de la realidad cotidiana, atención a las personas, a los hechos, porque el Señor está en la puerta de nuestra vida y golpea en muchos modos, pone señales en nuestro camino; está en nosotros la capacidad de verlos. María es la madre de la escucha, escucha atenta de Dios y escucha también atenta de los acontecimientos de la vida.

2. Decisión. María no vive “de prisa”, con preocupación, sino, como subraya san Lucas, ” María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (cfr. Lc 2,19.51). Y también en el momento decisivo de la anunciación del ángel, Ella pregunta: “¿Cómo sucederá esto?” (Lc 1,34).

Pero no se detiene ni siquiera en el momento de la reflexión; da un paso adelante: decide. No vive de prisa, sino sólo cuando es necesario “va sin demora”. María no se deja llevar por los acontecimientos, no evita la fatiga de la decisión. Y esto sucede sea en la elección fundamental que cambiará su vida: María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Cfr. Lc 1,38), sea en las decisiones más cotidianas, pero ricas también ellas de sentido.

Me viene en mente el episodio de la bodas de Caná (cfr. Jn 2,1-11): aquí también se ve el realismo, la humanidad, lo concreto de María, que está atenta a los hechos, a los problemas; ve y comprende la dificultad de aquellos dos jóvenes esposos a los que viene a faltar el vino de la fiesta, reflexiona y sabe que Jesús puede hacer algo, y decide dirigirse al Hijo para que intervenga: “Ya no tienen vino” (cfr. v. 3).

En la vida es difícil tomar decisiones, a menudo tendemos a posponerlas, a dejar que otros decidan en nuestro lugar, a menudo preferimos dejarnos arrastrar por los acontecimientos, seguir la moda del momento; a veces sabemos lo que tenemos que hacer, pero no tenemos el coraje o nos parece demasiado difícil porque quiere decir ir contracorriente.

María en la anunciación, en la Visitación, en las bodas de Caná va contracorriente; se pone a la escucha de Dios, reflexiona y busca comprender la realidad, y decide confiarse totalmente en Dios, decide visitar, aun estando embarazada, a la anciana pariente, decide confiarse al Hijo con insistencia, para salvar la alegría de la boda.

3. Acción. María salió de viaje y “fue sin demora”(cfr Lc 1,39). El domingo pasado subrayé este modo de hacer de María: a pesar de las dificultades, las críticas que habrá recibido por su decisión de partir, no se detuvo delante de nada. Y aquí parte “sin demora”. En la oración, delante de Dios que habla, en reflexionar y meditar sobre los hechos de su vida, María no tiene prisa, no se deja tomar por el momento, no se deja arrastrar por los acontecimientos.

Pero cuando tiene claro qué cosa Dios le pide, lo que tiene que hacer, no tarda, no retarda, sino que va “sin demora”. San Ambrosio comenta: “la gracia del Espíritu Santono comporta lentitudes” (Expos. Evang. sec. Lucam, II, 19: PL 15,1560). El actuar de María es una consecuencia de su obediencia a las palabras del ángel, pero unida a la caridad: va a Isabel para hacerse útil; y en este salir de su casa, de sí misma, por amor, lleva cuanto tiene de más precioso: Jesús; lleva a su Hijo.

A veces, también nosotros nos paramos a escuchar, a reflexionar sobre lo que deberíamos hacer, quizás también tenemos clara la decisión que tenemos que tomar, pero no pasamos a la acción. Y sobre todo no nos ponemos en juego a nosotros mismos moviéndonos “sin demora” hacia los otros para llevarles nuestra ayuda, nuestra comprensión, nuestra caridad; para también llevar nosotros como María, lo que tenemos de más precioso y que hemos recibido, Jesús y su Evangelio, con la palabra y sobre todo con el testimonio concreto de nuestro actuar.

Escucha, decisión, acción.

María, mujer de la escucha, abre nuestros oídos; haz que sepamos escuchar la Palabra de tu Hijo Jesús entre las mil palabras de este mundo; haz que sepamos escuchar la realidad en la que vivimos, cada persona que encontramos, especialmente aquella que es pobre, necesitada, en dificultad.

María, mujer de la decisión, ilumina nuestra mente y nuestro corazón, para que sepamos obedecer a la Palabra de tu Hijo Jesús, sin titubeos; dónanos el coraje de la decisión, de no dejarnos arrastrar para que otros orienten nuestra vida. María, mujer de la acción, haz que nuestras manos y nuestros pies se muevan “sin demora” hacia los otros, para llevar la caridad y el amor de tu Hijo Jesús, para llevar, como tú, en el mundo la luz del Evangelio. Amen.

Fuente:

25 Domingo
Plaza de San Pedro, 12.00
Ángelus (Vídeo)
Palabras del Santo Padre
[Alemán, Árabe, Croata, Inglés

-Biografía.

-Lo que es y lo que debe ser la Piedad Popular según el Papa Francisco, en 20 frases.

-Calendario del Papa Francisco  y fotografías.

-Francisco recuerda las palabras de Benedicto XVI: «Somos escépticos ante la Verdad.

-La homilía del Papa Francisco en la misa de Pentecostés, domingo 19 de mayo de 2013.

Homilías, cartas pastorales y otros documentos del cardenal Jorge Mario Bergoglio.

-Programa del viaje del Papa a Río de Janeiro para la JMJ 2013 Río.

-Lo que es y lo que debe ser la Piedad Popular según el Papa Francisco, en 20 frases.

FRANCISCUS

13 de marzo de 2013

Bendición Urbi et Orbi: 

Hermanos y hermanas, buenas tardes.

Sabéis que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos Cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo…, pero aquí estamos. Os agradezco la acogida. La comunidad diocesana de Roma tiene a su Obispo. Gracias. Y ante todo, quisiera rezar por nuestro Obispo emérito, Benedicto XVI. Oremos todos juntos por él, para que el Señor lo bendiga y la Virgen lo proteja.

(Padre nuestro. Ave María. Gloria al Padre).

Y ahora, comenzamos este camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma, que es la que preside en la caridad a todas las Iglesias. Un camino de fraternidad, de amor, de confianza entre nosotros. Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro. Recemos por todo el mundo, para que haya una gran fraternidad. Deseo que este camino de Iglesia, que hoy comenzamos y en el cual me ayudará mi Cardenal Vicario, aquí presente, sea fructífero para la evangelización de esta ciudad tan hermosa. Y ahora quisiera dar la Bendición, pero antes, antes, os pido un favor: antes que el Obispo bendiga al pueblo, os pido que vosotros recéis para el que Señor me bendiga: la oración del pueblo, pidiendo la Bendición para su Obispo. Hagamos en silencio esta oración de vosotros por mí….

Ahora daré la Bendición a vosotros y a todo el mundo, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

(Bendición).

Hermanos y hermanas, os dejo. Muchas gracias por vuestra acogida. Rezad por mí y hasta pronto. Nos veremos pronto. Mañana quisiera ir a rezar a la Virgen, para que proteja a toda Roma. Buenas noches y que descanséis.

 SANTA MISA CON LOS CARDENALES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Capilla Sixtina
Jueves 14 de marzo de 2013

En estas tres lecturas veo que hay algo en común: es el movimiento. En la primera lectura, el movimiento en el camino; en la segunda lectura, el movimiento en la edificación de la Iglesia; en la tercera, en el Evangelio, el movimiento en la confesión. Caminar, edificar, confesar.

Caminar. «Casa de Jacob, venid; caminemos a la luz del Señor» (Is 2,5). Ésta es la primera cosa que Dios ha dicho a Abrahán: Camina en mi presencia y sé irreprochable. Caminar: nuestra vida es un camino y cuando nos paramos, algo no funciona. Caminar siempre, en presencia del Señor, a la luz del Señor, intentando vivir con aquella honradez que Dios pedía a Abrahán, en su promesa.

Edificar. Edificar la Iglesia. Se habla de piedras: las piedras son consistentes; pero piedras vivas, piedras ungidas por el Espíritu Santo. Edificar la Iglesia, la Esposa de Cristo, sobre la piedra angular que es el mismo Señor. He aquí otro movimiento de nuestra vida: edificar.

Tercero, confesar. Podemos caminar cuanto queramos, podemos edificar muchas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, algo no funciona. Acabaremos siendo una ONG asistencial, pero no la Iglesia, Esposa del Señor. Cuando no se camina, se está parado. ¿Qué ocurre cuando no se edifica sobre piedras? Sucede lo que ocurre a los niños en la playa cuando construyen castillos de arena. Todo se viene abajo. No es consistente. Cuando no se confiesa a Jesucristo, me viene a la memoria la frase de Léon Bloy: «Quien no reza al Señor, reza al diablo». Cuando no se confiesa a Jesucristo, se confiesa la mundanidad del diablo, la mundanidad del demonio.

Caminar, edificar, construir, confesar. Pero la cosa no es tan fácil, porque en el caminar, en el construir, en el confesar, a veces hay temblores, existen movimientos que no son precisamente movimientos del camino: son movimientos que nos hacen retroceder.

Este Evangelio prosigue con una situación especial. El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz. Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor.

Quisiera que todos, después de estos días de gracia, tengamos el valor, precisamente el valor, de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, derramada en la cruz; y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará.

Deseo que el Espíritu Santo, por la plegaria de la Virgen, nuestra Madre, nos conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar a Jesucristo crucificado. Que así sea.

 AUDIENCIA A TODOS LOS CARDENALES

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Sala Clementina
Viernes 15 de marzo de 2013

Hermanos Cardenales,

Este periodo dedicado al Cónclave ha estado cargado de significado, no sólo para el Colegio Cardenalicio, sino también para todos los fieles. En estos días hemos sentido casi de manera tangible el afecto y la solidaridad de la Iglesia universal, así como la atención de tantas personas que, aun sin compartir nuestra fe, miran con respeto y admiración a la Iglesia y a la Santa Sede. Desde todos los rincones de la tierra se ha elevado la oración ferviente y unísona del pueblo cristiano por el nuevo Papa; y también ha sido muy emotivo mi primer encuentro con la multitud apiñada en la Plaza de San Pedro. Con la sugestiva imagen del pueblo alegre y en oración todavía grabada en mi mente, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a los obispos, sacerdotes y personas consagradas, a los jóvenes, las familias y los ancianos por su cercanía espiritual, tan efusiva y conmovedora.

Siento la necesidad de expresaros a todos mi más viva y profunda gratitud, venerados y queridos hermanos Cardenales, por la solícita colaboración en la guía de la Iglesia durante la Sede Vacante. Dirijo un cordial saludo a cada uno, empezando por el Decano del Colegio Cardenalicio, el Señor Cardenal Angelo Sodano, a quien agradezco las expresiones de devoción y felicitación que me ha dirigido en nombre de todos. Y, junto a él, agradezco al Señor Cardenal Tarcisio Bertone, Camarlengo de la Santa Iglesia Romana, su trabajo diligente en esta delicada fase de transición; y también al querido Cardenal Giovanni Battista Re, que nos ha hecho de jefe en el Cónclave. Y pienso con particular afecto en los venerados Cardenales que, por razones de edad o enfermedad, han asegurado su participación y su amor a la Iglesia a través del ofrecimiento de las dolencias y la oración. Y quisiera deciros que el Cardenal Mejía ha sufrido anteayer un infarto cardiaco: está hospitalizado en la clínica Pío XI. Pero se cree que su salud es estable, y nos ha enviado sus saludos.

No puede faltar mi agradecimiento a quienes, en sus respectivos cometidos, han trabajado activamente en la preparación y desarrollo del Cónclave, favoreciendo la seguridad y tranquilidad de los Cardenales en estos momentos tan importantes de la vida de la Iglesia.

Y pienso con gran afecto y profunda gratitud en mi venerado Predecesor, el Papa Benedicto XVI, que durante estos años de pontificado ha enriquecido y fortalecido a la Iglesia con su magisterio, su bondad, su dirección, su fe, su humildad y su mansedumbre. Seguirán siendo un patrimonio espiritual para todos. El ministerio petrino, vivido con total dedicación, ha tenido en él un intérprete sabio y humilde, con los ojos siempre fijos en Cristo, Cristo resucitado, presente y vivo en la Eucaristía. Le acompañarán siempre nuestras fervientes plegarias, nuestro recuerdo incesante, nuestro imperecedero y afectuoso reconocimiento. Sentimos que Benedicto XVI ha encendido una llama en el fondo de nuestros corazones: ella continuará ardiendo, porque estará alimentada por su oración, que sustentará todavía a la Iglesia en su camino espiritual y misionero.

Queridos hermanos Cardenales, este encuentro nuestro quiere ser casi una prolongación de la intensa comunión eclesial experimentada en estos días. Animados por un profundo sentido de responsabilidad, y apoyados por un gran amor por Cristo y por la Iglesia, hemos rezado juntos, compartiendo fraternalmente nuestros sentimientos, nuestras experiencias y reflexiones. Así, en este clima de gran cordialidad, ha crecido el conocimiento recíproco y la mutua apertura; y esto es bueno, porque somos hermanos. Alguno me decía: los Cardenales son los presbíteros del Santo Padre. Esta comunidad, esta amistad y esta cercanía nos harán bien a todos. Y este conocimiento y esta apertura nos han facilitado la docilidad a la acción del Espíritu Santo. Él, el Paráclito, es el protagonista supremo de toda iniciativa y manifestación de fe. Es curioso. A mí me hace pensar esto: el Paráclito crea todas las diferencias en la Iglesia, y parece que fuera un apóstol de Babel. Pero, por otro lado, es quien mantiene la unidad de estas diferencias, no en la «igualdad», sino en la armonía. Recuerdo aquel Padre de la Iglesia que lo definía así: «Ipse harmonia est». El Paráclito, que da a cada uno carismas diferentes, nos une en esta comunidad de Iglesia, que adora al Padre, al Hijo y a él, el Espíritu Santo.

A partir precisamente del auténtico afecto colegial que une el Colegio Cardenalicio, expreso mi voluntad de servir al Evangelio con renovado amor, ayudando a la Iglesia a ser cada vez más, en Cristo y con Cristo, la vid fecunda del Señor. Impulsados también por la celebración del Año de la fe, todos juntos, pastores y fieles, nos esforzaremos por responder fielmente a la misión de siempre: llevar a Jesucristo al hombre, y conducir al hombre al encuentro con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, realmente presente en la Iglesia y contemporáneo en cada hombre. Este encuentro lleva a convertirse en hombres nuevos en el misterio de la gracia, suscitando en el alma esa alegría cristiana que es aquel céntuplo que Cristo da a quienes le acogen en su vida.

Como nos ha recordado tantas veces el Papa Benedicto XVI en sus enseñanzas, y al final con ese gesto valeroso y humilde, es Cristo quien guía a la Iglesia por medio de su Espíritu. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, con su fuerza vivificadora y unificadora: de muchos, hace un solo cuerpo, el Cuerpo místico de Cristo. Nunca nos dejemos vencer por el pesimismo, por esa amargura que el

 ENCUENTRO CON LOS REPRESENTANTES DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Sala Pablo VI
Sábado 16 de marzo de 2013

Queridos amigos

Al comienzo de mi ministerio en la Sede de Pedro, me alegra encontrarme con vosotros, que habéis trabajado aquí en Roma en este momento tan intenso, que comenzó con el anuncio sorprendente de mi venerado predecesor, Benedicto XVI, el pasado 11 de febrero. Os saludo cordialmente a todos vosotros.

El papel de los medios de comunicación ha ido creciendo cada vez más en los últimos tiempos, hasta el punto de que se hecho imprescindible para relatar al mundo los acontecimientos de la historia contemporánea. Expreso, pues, un agradecimiento especial a vosotros por vuestro competente servicio durante los días pasados – habéis trabajado ¡eh!, habéis trabajado en los que el mundo católico, y no sólo el católico, ha puesto sus ojos en la Ciudad Eterna, y particularmente en este territorio cuyo «centro de gravedad» es la tumba de San Pedro. En estas semanas, habéis tenido ocasión de hablar de la Santa Sede, de la Iglesia, de sus ritos y tradiciones, de su fe y, sobre todo, del papel del Papa y de su ministerio.

Doy gracias de corazón especialmente a quienes han sabido observar y presentar estos acontecimientos de la historia de la Iglesia, teniendo en cuenta la justa perspectiva desde la que han de ser leídos, la de la fe. Los acontecimientos de la historia requieren casi siempre una lectura compleja, que a veces puede incluir también la dimensión de la fe. Los acontecimientos eclesiales no son ciertamente más complejos de los políticos o económicos. Pero tienen una característica de fondo peculiar: responden a una lógica que no es principalmente la de las categorías, por así decirlo, mundanas; y precisamente por eso, no son fáciles de interpretar y comunicar a un público amplio y diversificado. En efecto, aunque es ciertamente una institución también humana, histórica, con todo lo que ello comporta, la Iglesia no es de naturaleza política, sino esencialmente espiritual: es el Pueblo de Dios. El santo Pueblo de Dios que camina hacia el encuentro con Jesucristo. Únicamente desde esta perspectiva se puede dar plenamente razón de lo que hace la Iglesia Católica.

Cristo es el Pastor de la Iglesia, pero su presencia en la historia pasa a través de la libertad de los hombres: uno de ellos es elegido para servir como su Vicario, Sucesor del apóstol Pedro; pero Cristo es el centro, no el Sucesor de Pedro: Cristo. Cristo es el centro. Cristo es la referencia fundamental, el corazón de la Iglesia. Sin él, ni Pedro ni la Iglesia existirían ni tendrían razón de ser. Como ha repetido tantas veces Benedicto XVI, Cristo está presente y guía a su Iglesia. En todo lo acaecido, el protagonista, en última instancia, es el Espíritu Santo. Él ha inspirado la decisión de Benedicto XVI por el bien de la Iglesia. Él ha orientado en la oración y la elección a los cardenales.

Es importante, queridos amigos, tener debidamente en cuenta este horizonte interpretativo, esta hermenéutica, para enfocar el corazón de los acontecimientos de estos días.

De aquí nace ante todo un renovado y sincero agradecimiento por los esfuerzos de estos días especialmente fatigosos, pero también una invitación a tratar de conocer cada vez mejor la verdadera naturaleza de la Iglesia, y también su caminar por el mundo, con sus virtudes y sus pecados, y conocer las motivaciones espirituales  que la guían, y que son las más auténticas para comprenderla. Tened la seguridad de que la Iglesia, por su parte, dedica una gran atención a vuestro precioso cometido; tenéis la capacidad de recoger y expresar las expectativas y exigencias de nuestro tiempo, de ofrecer los elementos para una lectura de la realidad. Vuestro trabajo requiere estudio, sensibilidad y experiencia, como en tantas otras profesiones, pero implica una atención especial respecto a la verdad, la bondad y la belleza; y esto nos hace particularmente cercanos, porque la Iglesia existe precisamente para comunicar esto: la Verdad, la Bondad y la Belleza «en persona». Debería quedar muy claro que todos estamos llamados, no a mostrarnos a nosotros mismos, sino a comunicar esta tríada existencial que conforman la verdad, la bondad y la belleza.

Algunos no sabían por qué el Obispo de Roma ha querido llamarse Francisco. Algunos pensaban en Francisco Javier, en Francisco de Sales, también en Francisco de Asís. Les contaré la historia. Durante las elecciones, tenía al lado al arzobispo emérito de San Pablo, y también prefecto emérito de la Congregación para el clero, el cardenal Claudio Hummes: un gran amigo, un gran amigo. Cuando la cosa se ponía un poco peligrosa, él me confortaba. Y cuando los votos subieron a los dos tercios, hubo el acostumbrado aplauso, porque había sido elegido. Y él me abrazó, me besó, y me dijo: «No te olvides de los pobres». Y esta palabra ha entrado aquí: los pobres, los pobres. De inmediato, en relación con los pobres, he pensado en Francisco de Asís. Después he pensado en las guerras, mientras proseguía el escrutinio hasta terminar todos los votos. Y Francisco es el hombre de la paz. Y así, el nombre ha entrado en mi corazón: Francisco de Asís. Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación; en este momento, también nosotros mantenemos con la creación una relación no tan buena, ¿no? Es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre… ¡Ah, cómo quisiera una Iglesia pobre y para los pobres! Después, algunos hicieron diversos chistes: «Pero tú deberías llamarte Adriano, porque Adriano VI fue el reformador, y hace falta reformar…». Y otro me decía: «No, no, tu nombre debería ser Clemente». «Y ¿por qué?». «Clemente XV: así te vengas de Clemente XIV, que suprimió la Compañía de Jesús». Son bromas… Os quiero mucho. Os doy las gracias por todo lo que habéis hecho. Y pienso en vuestro trabajo: os deseo que trabajéis con serenidad y con fruto, y que conozcáis cada vez mejor el Evangelio de Jesucristo y la realidad de la Iglesia. Os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María, Estrella de la Evangelización, a la vez que os expreso los mejores deseos para vosotros y vuestras familias, a cada una de vuestras familias, e imparto de corazón a todos mi Bendición.

(Palabras en español)

Les dije que les daba de corazón la bendición. Como muchos de ustedes no pertenecen a la Iglesia católica, otros no son creyentes, de corazón doy esta bendición en silencio a cada uno de ustedes, respetando la conciencia de cada uno, pero sabiendo que cada uno de ustedes es hijo de Dios. Que Dios los bendiga.

SANTA MISA EN LA PARROQUIA DE SANTA ANA, CIUDAD DEL VATICANO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

V Domingo de Cuaresma, 17 de marzo de 2013

Es hermoso esto: Jesús solo en el monte, orando. Oraba solo (cf. Jn 8,1). Después, se presentó de nuevo en el Templo, y todo el pueblo acudía a él (cf. v. 2). Jesús en medio del pueblo. Y luego, al final, lo dejaron solo con la mujer (cf. v. 9). ¡Aquella soledad de Jesús! Pero una soledad fecunda: la de la oración con el Padre y esa, tan bella, que es precisamente el mensaje de hoy de la Iglesia, la de su misericordia con aquella mujer.

También hay una diferencia entre el pueblo. Todo el pueblo acudía a él; él se sentó y comenzó a enseñarles: el pueblo que quería escuchar las palabras de Jesús, la gente de corazón abierto, necesitado de la Palabra de Dios. Había otros que no escuchaban nada, incapaces de escuchar; y estaban los que fueron con aquella mujer: «Mira, Maestro, esta es una tal y una cual… Tenemos que hacer lo que Moisés nos mandó hacer con estas mujeres» (cf. vv. 4-5).

Creo que también nosotros somos este pueblo que, por un lado, quiere oír a Jesús pero que, por otro, a veces nos gusta hacer daño a los otros, condenar a los demás. El mensaje de Jesús es éste: La misericordia. Para mí, lo digo con humildad, es el mensaje más fuerte del Señor: la misericordia. Pero él mismo lo ha dicho: «No he venido para los justos»; los justos se justifican por sí solos. ¡Bah!, Señor bendito, si tú puedes hacerlo, yo no. Pero ellos creen que sí pueden hacerlo… Yo he venido para los pecadores (cf. Mc 2,17).

Pensad en aquella cháchara después de la vocación de Mateo: «¡Pero este va con los pecadores!» (cf. Mc 2,16). Y él ha venido para nosotros, cuando reconocemos que somos pecadores. Pero si somos como aquel fariseo ante el altar – «Te doy gracias, porque no soy como los demás hombres, y tampoco como ese que está a la puerta, como ese publicano» (cf. Lc 18,11-12) –, no conocemos el corazón del Señor, y nunca tendremos la alegría de sentir esta misericordia. No es fácil encomendarse a la misericordia de Dios, porque eso es un abismo incomprensible. Pero hay que hacerlo. «Ay, padre, si usted conociera mi vida, no me hablaría así». «¿Por qué, qué has hecho?». «¡Ay padre!, las he hecho gordas». «¡Mejor!». «Acude a Jesús. A él le gusta que se le cuenten estas cosas». El se olvida, él tiene una capacidad de olvidar, especial. Se olvida, te besa, te abraza y te dice solamente: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8,11). Sólo te da ese consejo. Después de un mes, estamos en las mismas condiciones… Volvamos al Señor. El Señor nunca se cansa de perdonar, ¡jamás! Somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón. Y pidamos la gracia de no cansarnos de pedir perdón, porque él nunca se cansa de perdonar. Pidamos esta gracia.

 PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo 17 de marzo de 2013

Hermanos y hermanas, buenos días.

Tras el primer encuentro del miércoles pasado, hoy puedo dirigirles nuevamente mi saludo a todos. Y me alegra hacerlo en el domingo, en el día del Señor. Para nosotros los cristianos, esto es hermoso e importante: reunirnos el domingo, saludarnos, hablar unos con otros, como ahora aquí, en la plaza. Una plaza que, gracias a los medios de comunicación, tiene las dimensiones del mundo.

En este quinto domingo de Cuaresma, el evangelio nos presenta el episodio de la mujer adúltera (cf. Jn 8,1-11), que Jesús salva de la condena a muerte. Conmueve la actitud de Jesús: no oímos palabras de desprecio, no escuchamos palabras de condena, sino solamente palabras de amor, de misericordia, que invitan a la conversión: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (v. 11). Y, hermanos y hermanas, el rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. ¿Habéis pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? Ésa es su misericordia. Siempre tiene paciencia, paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito. «Grande es la misericordia del Señor», dice el Salmo.

En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien. Pero no creáis que hago publicidad a los libros de mis cardenales. No es eso. Pero me ha hecho mucho bien, mucho bien. El Cardenal Kasper decía que al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia… Recordemos al profeta Isaías, cuando afirma que, aunque nuestros pecados fueran rojo escarlata, el amor de Dios los volverá blancos como la nieve. Es hermoso, esto de la misericordia.

Recuerdo que en 1992, apenas siendo Obispo, llegó a Buenos Aires la Virgen de Fátima y se celebró una gran Misa por los enfermos. Fui a confesar durante esa Misa. Y, casi al final de la Misa, me levanté, porque debía ir a confirmar. Se acercó entonces una señora anciana, humilde, muy humilde, de más de ochenta años. La miré y le dije: “Abuela —porque así llamamos nosotros a las personas ancianas—: Abuela ¿desea confesarse?” Sí, me dijo. “Pero si usted no tiene pecados…” Y ella me respondió: “Todos tenemos pecados”. Pero, quizás el Señor no la perdona… “El Señor perdona todo”, me dijo segura. Pero, ¿cómo lo sabe usted, señora? “Si el Señor no perdonara todo, el mundo no existiría”. Tuve ganas de preguntarle: Dígame, señora, ¿ha estudiado usted en la Gregoriana? Porque ésa es la sabiduría que concede el Espíritu Santo: la sabiduría interior hacia la misericordia de Dios.

No olvidemos esta palabra: Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca. “Y, padre, ¿cuál es el problema?” El problema es que nosotros nos cansamos, no queremos, nos cansamos de pedir perdón. Él jamás se cansa de perdonar, pero nosotros, a veces, nos cansamos de pedir perdón. No nos cansemos nunca, no nos cansemos nunca. Él es Padre amoroso que siempre perdona, que tiene ese corazón misericordioso con todos nosotros. Y aprendamos también nosotros a ser misericordiosos con todos. Invoquemos la intercesión de la Virgen, que tuvo en sus brazos la Misericordia de Dios hecha hombre. Ahora todos juntos recemos el Ángelus:

(Oración del Ángelus).

Saludo cordialmente a todos los peregrinos. Gracias por vuestra acogida y vuestras oraciones. Os pido que recéis por mí. Doy un abrazo nuevamente a los fieles de Roma y lo hago extensivo a todos vosotros; y lo hago extensivo a todos los que habéis venido de diversas partes de Italia y del mundo, así como a los que se han unido a nosotros a través de los medios de comunicación. He escogido el nombre del Patrón de Italia, san Francisco de Asís, y esto refuerza mi vínculo espiritual con esta tierra, donde, como sabéis, están los orígenes de mi familia. Pero Jesús nos ha llamado a formar parte de una nueva familia: su Iglesia, en esta familia de Dios, caminando juntos por los caminos del Evangelio. Que el Señor os bendiga, que la Virgen os cuide. No olvidéis esto: el Señor nunca se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Feliz domingo y buen almuerzo.

 SANTA MISA
IMPOSICIÓN DEL PALIO
Y ENTREGA DEL ANILLO DEL PESCADOR
EN EL SOLEMNE INICIO DEL MINISTERIO PETRINO
DEL OBISPO DE ROMA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
Martes 19 de marzo de 2013
Solemnidad de San José

 Queridos hermanos y hermanas

Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.

Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.

Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).

¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como en los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús.

¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio;  y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José es «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, para salvaguardar la creación.

Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.

Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido. Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer.

Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos. Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.

Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.

Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.

En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza. Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.

Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.

Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Rezad por mí. Amén.

 ENCUENTRO CON LOS REPRESENTANTES DE LAS IGLESIAS
Y COMUNIDADES ECLESIALES, Y DE LAS DIVERSAS RELIGIONES

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Sala Clementina
Miércoles 20 de marzo de 2013

Queridos hermanos y hermanas:

Ante todo, agradezco de corazón lo que me ha dicho mi Hermano Andrés [n. de la r. El Patriarca Ecuménico Bartolomeo I]. Gracias. Muchas gracias.

Me causa una especial alegría encontrarme hoy con vosotros, Delegados de las Iglesias ortodoxas, las Iglesias ortodoxas orientales y las Comunidades eclesiales de Occidente. Agradezco que hayáis querido participar en la celebración que ha marcado el comienzo de mi ministerio como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro.

Ayer por la mañana, durante la misa, he reconocido espiritualmente presentes a través de vosotros a las comunidades que representáis. En esta manifestación de fe me ha parecido vivir de manera aún más apremiante la oración por la unidad de todos los creyentes en Cristo, y ver en ella prefigurada de algún modo esa plena realización, que depende del designio de Dios y de nuestra cooperación leal.

Comienzo mi ministerio apostólico durante este año que mi venerado predecesor, Benedicto XVI, con intuición verdaderamente inspirada, ha proclamado para la Iglesia católica Año de la Fe. Con esta iniciativa, que deseo continuar, y que espero que impulse el camino de fe de todos, quería conmemorar el 50 aniversario del inicio del Concilio Vaticano II, proponiendo una especie de peregrinación a lo que es esencial para todo cristiano: la relación personal y transformadora con Jesucristo, Hijo de Dios, muerto y resucitado por nuestra salvación. En el corazón del mensaje conciliar reside precisamente el deseo de proclamar este tesoro perennemente válido de la fe a los hombres de nuestro tiempo.

Junto con vosotros, no puedo olvidar lo que aquel Concilio ha significado para el camino ecuménico. Deseo recordar las palabras que el Beato Juan XXIII, del que en breve recordaremos el 50 aniversario de su muerte, pronunció en el memorable discurso de inauguración: «La Iglesia católica considera deber suyo el esforzarse diligentemente en realizar el gran misterio de la unidad por la que Jesucristo, poco antes de su sacrificio, oró ardientemente al Padre celestial. Ella goza de esta apacible paz, porque se siente íntimamente unida a esta oración de Cristo» (AAS 54 [1962], 793). Así, el Papa Juan.

Sí, queridos hermanos y hermanas en Cristo, sintámonos todos íntimamente unidos a la oración de nuestro Salvador en la Última Cena, a su invocación: Ut unum sint. Pidamos al Padre misericordioso que vivamos plenamente esa fe que hemos recibido como un don el día de nuestro bautismo, y que demos de ella un testimonio libre, alegre y valiente. Éste será nuestro mejor servicio a la causa de la unidad entre los cristianos, un servicio de esperanza para un mundo todavía marcado por divisiones, contrastes y rivalidades. Cuanto más fieles seamos a su voluntad en pensamientos, palabras y obras, más caminaremos real y substancialmente hacia la unidad.

Por mi parte, deseo asegurar, siguiendo la línea de mis predecesores, la firme voluntad de proseguir el camino del diálogo ecuménico y, ya desde ahora, agradezco al Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos la ayuda que continuará ofreciendo en mi nombre para esta nobilísima causa. Os pido, queridos hermanos y hermanas, que llevéis mi cordial saludo, junto con la seguridad de mi recuerdo ante el Señor, a las Iglesias y Comunidades cristianas que representáis, y os pido a vosotros la caridad de una plegaria especial por mi persona, para que sea un pastor según el corazón de Cristo.

Y ahora me dirijo a vosotros, distinguidos representantes del pueblo judío, al que nos une un vínculo espiritual muy especial, pues, como dice el Concilio Vaticano II, «la Iglesia de Cristo reconoce que, conforme al misterio salvífico de Dios, los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y en los profetas» (Declaración Nostra Aetate, 4). Agradezco vuestra presencia y confío en que, con la ayuda del Altísimo, podamos proseguir con provecho ese diálogo fraterno que deseaba el Concilio (cf. ibíd.), y que efectivamente se ha llevado a cabo, dando no pocos frutos, especialmente a lo largo de las últimas décadas.

También saludo y agradezco cordialmente a todos vosotros, queridos amigos pertenecientes a otras tradiciones religiosas; en primer lugar a los musulmanes, que adoran al Dios único, viviente y misericordioso, y lo invocan en la plegaria, y a todos vosotros. Aprecio mucho vuestra presencia: en ella veo un signo tangible de la voluntad de incrementar el respeto mutuo y la cooperación para el bien común de la humanidad.

La Iglesia católica es consciente de la importancia que tiene la promoción de la amistad y el respeto entre hombres y mujeres de diferentes tradiciones religiosas –esto, lo quiero repetir: promoción de la amistad y del respeto entre hombres y mujeres de diversas tradiciones religiosas–, lo atestigua también el trabajo valioso que desarrolla el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. También es consciente de la responsabilidad que todos tenemos respecto a este mundo nuestro, respecto a toda la creación, a la que debemos amar y custodiar. Y podemos hacer mucho por el bien de quien es más pobre, débil o sufre, para fomentar la justicia, promover la reconciliación y construir la paz. Pero, sobre todo, debemos mantener viva en el mundo la sed de lo absoluto, sin permitir que prevalezca una visión de la persona humana unidimensional, según la cual el hombre se reduce a aquello que produce y a aquello que consume. Ésta es una de las insidias más peligrosas para nuestro tiempo.

Sabemos cuánta violencia ha causado en la historia reciente el intento de eliminar a Dios y lo divino del horizonte de la humanidad, y nos damos cuenta del valor que tiene el dar testimonio en nuestras sociedades de la originaria apertura a la trascendencia, ínsita en el corazón humano. En esto, sentimos cercanos también a todos esos hombres y mujeres que, aun sin reconocerse en ninguna tradición religiosa, se sienten sin embargo en búsqueda de la verdad, la bondad y la belleza, esta verdad, bondad y belleza de Dios, y que son nuestros valiosos aliados en el compromiso de defender la dignidad del hombre, de construir una convivencia pacífica entre los pueblos y de salvaguardar cuidadosamente la creación.

Queridos amigos, gracias de nuevo por vuestra presencia. Un cordial y fraterno saludo a todos.

AUDIENCIA AL CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO ANTE LA SANTA SEDE

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Sala Regia
Viernes 22 de marzo de 2013

Excelencias,
Señoras y señores:

Agradezco sinceramente a vuestro decano, el Embajador Jean-Claude Michel, las amables palabras que me ha dirigido en nombre de todos, y os acojo con gozo en este intercambio de saludos, simple pero intenso al mismo tiempo, que quiere ser idealmente el abrazo del Papa al mundo. En efecto, por vuestro medio encuentro a vuestros pueblos, y así puedo en cierto modo llegar a cada uno de vuestros conciudadanos, con todas sus alegrías, sus dramas, sus esperanzas, sus deseos.

Vuestra numerosa presencia es también un signo de que las relaciones que vuestros países mantienen con la Santa Sede son beneficiosas, son verdaderamente una ocasión de bien para la humanidad. Efectivamente, esto es precisamente lo que preocupa a la Santa Sede: el bien de todo hombre en esta tierra. Y precisamente con esta idea comienza el Obispo de Roma su ministerio, sabiendo que puede contar con la amistad y el afecto de los Países que representáis, y con la certeza de que compartís este propósito. Al mismo tiempo, espero que sea también la ocasión para emprender un camino con los pocos Países que todavía no tienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede, algunos de los cuales –se lo agradezco de corazón– han querido estar presentes en la Misa por el inicio de mi ministerio, o enviado mensajes como gesto de cercanía.

Como sabéis, son varios los motivos por los que elegí mi nombre pensando en Francisco de Asís, una personalidad que es bien conocida más allá de los confines de Italia y de Europa, y también entre quienes no profesan la fe católica. Uno de los primeros es el amor que Francisco tenía por los pobres. ¡Cuántos pobres hay todavía en el mundo! Y ¡cuánto sufrimiento afrontan estas personas! Según el ejemplo de Francisco de Asís, la Iglesia ha tratado siempre de cuidar, proteger en todos los rincones de la Tierra a los que sufren por la indigencia, y creo que en muchos de vuestros Países podéis constatar la generosa obra de aquellos cristianos que se esfuerzan por ayudar a los enfermos, a los huérfanos, a quienes no tienen hogar y a todos los marginados, y que, de este modo, trabajan para construir una sociedad más humana y más justa.

Pero hay otra pobreza. Es la pobreza espiritual de nuestros días, que afecta gravemente también a los Países considerados más ricos. Es lo que mi Predecesor, el querido y venerado Papa Benedicto XVI, llama la «dictadura del relativismo», que deja a cada uno como medida de sí mismo y pone en peligro la convivencia entre los hombres. Llego así a una segunda razón de mi nombre. Francisco de Asís nos dice: Esforzaos en construir la paz. Pero no hay verdadera paz sin verdad. No puede haber verdadera paz si cada uno es la medida de sí mismo, si cada uno puede reclamar siempre y sólo su propio derecho, sin preocuparse al mismo tiempo del bien de los demás, de todos, a partir ya de la naturaleza, que acomuna a todo ser humano en esta tierra.

Uno de los títulos del Obispo de Roma es «Pontífice», es decir, el que construye puentes, con Dios y entre los hombres. Quisiera precisamente que el diálogo entre nosotros ayude a construir puentes entre todos los hombres, de modo que cada uno pueda encontrar en el otro no un enemigo, no un contendiente, sino un hermano para acogerlo y abrazarlo. Además, mis propios orígenes me impulsan a trabajar para construir puentes. En efecto, como sabéis, mi familia es de origen italiano; y por eso está siempre vivo en mí este diálogo entre lugares y culturas distantes entre sí, entre un extremo del mundo y el otro, hoy cada vez más cercanos, interdependientes, necesitados de encontrarse y de crear ámbitos reales de auténtica fraternidad.

En esta tarea es fundamental también el papel de la religión. En efecto, no se pueden construir puentes entre los hombres olvidándose de Dios. Pero también es cierto lo contrario: no se pueden vivir auténticas relaciones con Dios ignorando a los demás. Por eso, es importante intensificar el diálogo entre las distintas religiones, creo que en primer lugar con el Islam, y he apreciado mucho la presencia, durante la Misa de inicio de mi ministerio, de tantas autoridades civiles y religiosas del mundo islámico. Y también es importante intensificar la relación con los no creyentes, para que nunca prevalezcan las diferencias que separan y laceran, sino que, no obstante la diversidad, predomine el deseo de construir lazos verdaderos de amistad entre todos los pueblos.

La lucha contra la pobreza, tanto material como espiritual; edificar la paz y construir puentes. Son como los puntos de referencia de un camino al cual quisiera invitar a participar a cada uno de los Países que representáis. Pero, si no aprendemos a amar cada vez más a nuestra Tierra, es un camino difícil. También en este punto me ayuda pensar en el nombre de Francisco, que enseña un profundo respeto por toda la creación, la salvaguardia de nuestro medio ambiente, que demasiadas veces no lo usamos para el bien, sino que lo explotamos ávidamente, perjudicándonos unos a otros.

Queridos Embajadores, Señoras y Señores, gracias de nuevo por todo el trabajo que desarrolláis, junto con la Secretaría de Estado, para edificar la paz y construir puentes de amistad y hermandad. Por vuestro medio, quisiera reiterar mi agradecimiento a vuestros Gobiernos por su participación en las celebraciones con motivo de mi elección, con la esperanza de un trabajo común fructífero. Que el Señor Todopoderoso colme de sus dones a cada uno vosotros, a vuestras familias y a los Pueblos que representáis. Muchas gracias.

CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS
Y DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

Librito de la Celebración

 HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
XXVIII Jornada Mundial de la Juventud
Domingo 24 de marzo de 2013

1. Jesús entra en Jerusalén. La muchedumbre de los discípulos lo acompaña festivamente, se extienden los mantos ante él, se habla de los prodigios que ha hecho, se eleva un grito de alabanza: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto» (Lc 19,38).

Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios y se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma.

Este es Jesús. Este es su corazón atento a todos nosotros, que ve nuestras debilidades, nuestros pecados. El amor de Jesús es grande. Y, así, entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos nosotros. Es una bella escena, llena de luz – la luz del amor de Jesús, de su corazón –, de alegría, de fiesta.

Al comienzo de la Misa, también nosotros la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas. También nosotros hemos acogido al Señor; también nosotros hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero se ha abajado a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. El que nos ilumina en nuestro camino. Y así lo hemos acogido hoy. Y esta es la primera palabra que quisiera deciros: alegría. No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; que está entre nosotros; nace del saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables, y ¡hay tantos! Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, e insidiosamente nos dice su palabra. No le escuchéis. Sigamos a Jesús. Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y, por favor, no os dejéis robar la esperanza, no dejéis robar la esperanza. Esa que nos da Jesús.

2. Segunda palabra: ¿Por qué Jesús entra en Jerusalén? O, tal vez mejor, ¿cómo entra Jesús en Jerusalén? La multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que tiene el sentido de ver en Jesús algo más; tiene ese sentido de la fe, que dice: Éste es el Salvador. Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera Lectura (cf. Is 50,6); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. Y, entonces, he aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. Pienso en lo que decía Benedicto XVI a los Cardenales: Vosotros sois príncipes, pero de un rey crucificado. Ese es el trono de Jesús. Jesús toma sobre sí… ¿Por qué la cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que nadie puede llevárselo consigo, lo debe dejar. Mi abuela nos decía a los niños: El sudario no tiene bolsillos. Amor al dinero, al poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación. Y también –cada uno lo sabe y lo conoce– nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Y Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos en el trono de la cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito eso que ha hecho él aquel día de su muerte.

3. Hoy están en esta plaza tantos jóvenes: desde hace 28 años, el Domingo de Ramos es la Jornada de la Juventud. Y esta es la tercera palabra: jóvenes. Queridos jóvenes, os he visto en la procesión cuando entrabais; os imagino haciendo fiesta en torno a Jesús, agitando ramos de olivo; os imagino mientras aclamáis su nombre y expresáis la alegría de estar con él. Vosotros tenéis una parte importante en la celebración de la fe. Nos traéis la alegría de la fe y nos decís que tenemos que vivir la fe con un corazón joven, siempre: un corazón joven incluso a los setenta, ochenta años. Corazón joven. Con Cristo el corazón nunca envejece. Pero todos sabemos, y vosotros lo sabéis bien, que el Rey a quien seguimos y nos acompaña es un Rey muy especial: es un Rey que ama hasta la cruz y que nos enseña a servir, a amar. Y vosotros no os avergonzáis de su cruz. Más aún, la abrazáis porque habéis comprendido que la verdadera alegría está en el don de sí mismo, en el don de sí, en salir de uno mismo, y en que él ha triunfado sobre el mal con el amor de Dios. Lleváis la cruz peregrina a través de todos los continentes, por las vías del mundo. La lleváis respondiendo a la invitación de Jesús: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19), que es el tema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año. La lleváis para decir a todos que, en la cruz, Jesús ha derribado el muro de la enemistad, que separa a los hombres y a los pueblos, y ha traído la reconciliación y la paz. Queridos amigos, también yo me pongo en camino con vosotros, desde hoy, sobre las huellas del beato Juan Pablo II y Benedicto XVI. Ahora estamos ya cerca de la próxima etapa de esta gran peregrinación de la cruz de Cristo. Aguardo con alegría el próximo mes de julio, en Río de Janeiro. Os doy cita en aquella gran ciudad de Brasil. Preparaos bien, sobre todo espiritualmente en vuestras comunidades, para que este encuentro sea un signo de fe para el mundo entero. Los jóvenes deben decir al mundo: Es bueno seguir a Jesús; es bueno ir con Jesús; es bueno el mensaje de Jesús; es bueno salir de uno mismo, a las periferias del mundo y de la existencia, para llevar a Jesús. Tres palabras: alegría, cruz, jóvenes.

Pidamos la intercesión de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida. Que así sea.

XXVIII JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo de Ramos, 24 de marzo de 2013

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas

Al terminar esta celebración, invoquemos la intercesión de la Virgen María para que nos acompañe durante la Semana Santa. Que ella, que siguió con fe a su Hijo hasta el Calvario, nos ayude a caminar tras él, llevando con serenidad y amor su cruz, para llegar a la alegría de la Pascua. Que la Virgen Dolorosa ampare especialmente a quien está viviendo situaciones particularmente difíciles, recordando en especial a los afectados por la tuberculosis, pues hoy se celebra el Día mundial contra esta enfermedad. Os encomiendo a María, ante todo a vosotros, queridos jóvenes, y vuestro itinerario hacia Río de Janeiro.

¡En julio, a Río! Preparad espiritualmente el corazón.

¡Buen camino para todos!

Angelus Domini…

 PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 27 de marzo de 2013

[Vídeo]

Hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Me alegra acogeros en mi primera audiencia general. Con gran reconocimiento y veneración tomo el «testigo» de manos de mi amado predecesor Benedicto XVI. Después de la Pascua retomaremos las catequesis del Año de la fe. Hoy quisiera detenerme un poco sobre la Semana Santa. Con el Domingo de Ramos hemos iniciado esta Semana —centro de todo el Año litúrgico— en la que acompañamos a Jesús en su Pasión, Muerte y Resurrección.

¿Qué quiere decir para nosotros vivir la Semana Santa? ¿Qué significa seguir a Jesús en su camino al Calvario hacia la Cruz y la Resurrección? En su misión terrena, Jesús recorrió los caminos de Tierra Santa; llamó a doce personas sencillas para que permanecieran con Él, compartieran su camino y continuaran su misión. Las eligió entre el pueblo lleno de fe en las promesas de Dios. Habló a todos, sin distinción; a los grandes y a los humildes, al joven rico y a la viuda pobre, a los poderosos y a los débiles; trajo la misericordia y el perdón de Dios; curó, consoló, comprendió; dio esperanza; trajo para todos la presencia de Dios que se interesa por cada hombre y por cada mujer, como hace un buen padre y una buena madre hacia cada uno de sus hijos. Dios no esperó que fuéramos a Él, sino que Él se puso en movimiento hacia nosotros, sin cálculos, sin medida. Dios es así: él da siempre el primer paso, Él se mueve hacia nosotros. Jesús vivió las realidades cotidianas de la gente más sencilla: se conmovió ante la multitud que parecía un rebaño sin pastor; lloró ante el sufrimiento de Marta y María por la muerte del hermano Lázaro; llamó a un publicano como discípulo suyo; sufrió también la traición de un amigo. En Él Dios nos dio la certeza de que está con nosotros, en medio de nosotros. «Las zorras —dijo Él, Jesús—, las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8, 20). Jesús no tiene casa porque su casa es la gente, somos nosotros, su misión es abrir a todos las puertas de Dios, ser la presencia de amor de Dios.

En la Semana Santa vivimos el vértice de este camino, de este designio de amor que recorre toda la historia de las relaciones entre Dios y la humanidad. Jesús entra en Jerusalén para dar el último paso, en el que resume toda su existencia: se dona totalmente, no se queda nada, ni siquiera la vida. En la Última Cena, con sus amigos, comparte el pan y distribuye el cáliz «para nosotros». El Hijo de Dios se ofrece a nosotros, entrega en nuestras manos su Cuerpo y su Sangre para estar siempre con nosotros, para habitar en medio de nosotros. En el Huerto de los Olivos, como en el proceso ante Pilato, no opone resistencia, se dona; es el Siervo sufriente anunciado por Isaías que se despoja a sí mismo hasta la muerte (cf. Is 53, 12).

Jesús no vive este amor que conduce al sacrificio de modo pasivo o como un destino fatal; ciertamente no esconde su profunda turbación humana ante la muerte violenta, sino que se entrega con plena confianza al Padre. Jesús se entregó voluntariamente a la muerte para corresponder al amor de Dios Padre, en perfecta unión con su voluntad, para demostrar su amor por nosotros. En la Cruz, Jesús «me amó y se entregó por mí» (Ga 2, 20). Cada uno de nosotros puede decir: Me amó y se entregó por mí. Cada uno puede decir esto: «por mí».

¿Qué significa todo esto para nosotros? Significa que éste es también mi camino, el tuyo, el nuestro. Vivir la Semana Santa siguiendo a Jesús no sólo con la emoción del corazón; vivir la Semana Santa siguiendo a Jesús quiere decir aprender a salir de nosotros mismos —como dije el domingo pasado— para ir al encuentro de los demás, para ir hacia las periferias de la existencia, movernos nosotros en primer lugar hacia nuestros hermanos y nuestras hermanas, sobre todo aquellos más lejanos, aquellos que son olvidados, que tienen más necesidad de comprensión, de consolación, de ayuda. ¡Hay tanta necesidad de llevar la presencia viva de Jesús misericordioso y rico de amor!

Vivir la Semana Santa es entrar cada vez más en la lógica de Dios, en la lógica de la Cruz, que no es ante todo aquella del dolor y de la muerte, sino la del amor y del don de sí que trae vida. Es entrar en la lógica del Evangelio. Seguir, acompañar a Cristo, permanecer con Él exige un «salir», salir. Salir de sí mismos, de un modo de vivir la fe cansado y rutinario, de la tentación de cerrarse en los propios esquemas que terminan por cerrar el horizonte de la acción creativa de Dios. Dios salió de sí mismo para venir en medio de nosotros, puso su tienda entre nosotros para traernos su misericordia que salva y dona esperanza. También nosotros, si queremos seguirle y permanecer con Él, no debemos contentarnos con permanecer en el recinto de las noventa y nueve ovejas, debemos «salir», buscar con Él a la oveja perdida, aquella más alejada. Recordad bien: salir de nosotros, como Jesús, como Dios salió de sí mismo en Jesús y Jesús salió de sí mismo por todos nosotros.

Alguno podría decirme: «Pero, padre, no tengo tiempo», «tengo tantas cosas que hacer», «es difícil», «¿qué puedo hacer yo con mis pocas fuerzas, incluso con mi pecado, con tantas cosas?». A menudo nos contentamos con alguna oración, una misa dominical distraída y no constante, algún gesto de caridad, pero no tenemos esta valentía de «salir» para llevar a Cristo. Somos un poco como san Pedro. En cuanto Jesús habla de pasión, muerte y resurrección, de entrega de sí, de amor hacia todos, el Apóstol le lleva aparte y le reprende. Lo que dice Jesús altera sus planes, parece inaceptable, pone en dificultad las seguridades que se había construido, su idea de Mesías. Y Jesús mira a sus discípulos y dirige a Pedro tal vez una de las palabras más duras de los Evangelios: «¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» (Mc 8, 33). Dios piensa siempre con misericordia: no olvidéis esto. Dios piensa siempre con misericordia: ¡es el Padre misericordioso! Dios piensa como el padre que espera el regreso del hijo y va a su encuentro, lo ve venir cuando todavía está lejos… ¿Qué significa esto? Que todos los días iba a ver si el hijo volvía a casa: éste es nuestro Padre misericordioso. Es el signo de que lo esperaba de corazón en la terraza de su casa. Dios piensa como el samaritano que no pasa cerca del desventurado compadeciéndose o mirando hacia otro lado, sino socorriéndole sin pedir nada a cambio; sin preguntar si era judío, si era pagano, si era samaritano, si era rico, si era pobre: no pregunta nada. No pregunta estas cosas, no pide nada. Va en su ayuda: así es Dios. Dios piensa como el pastor que da su vida para defender y salvar a las ovejas.

La Semana Santa es un tiempo de gracia que el Señor nos dona para abrir las puertas de nuestro corazón, de nuestra vida, de nuestras parroquias —¡qué pena, tantas parroquias cerradas!—, de los movimientos, de las asociaciones, y «salir» al encuentro de los demás, hacernos nosotros cercanos para llevar la luz y la alegría de nuestra fe. ¡Salir siempre! Y esto con amor y con la ternura de Dios, con respeto y paciencia, sabiendo que nosotros ponemos nuestras manos, nuestros pies, nuestro corazón, pero luego es Dios quien los guía y hace fecunda cada una de nuestras acciones.

Deseo a todos vivir bien estos días siguiendo al Señor con valentía, llevando en nosotros mismos un rayo de su amor a cuantos encontremos.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, Argentina, México y los demás países latinoamericanos. Invito a todos a vivir estos días siguiendo al Señor con fortaleza y siendo capaces de irradiar su amor a cuantos encontremos en el camino de la vida. Que Dios los bendiga y les conceda vivir el Triduo Pascual con fe y devoción.


LLAMAMIENTO

Sigo con atención lo que está sucediendo en estas horas en la República Centroafricana y deseo asegurar mi oración por todos los que sufren, en particular por los familiares de las víctimas, los heridos y las personas que han perdido su casa y se han visto obligadas a huir. Hago un llamamiento para que cesen inmediatamente las violencias y los saqueos, y se encuentre cuanto antes una solución política a la crisis que devuelva la paz y la concordia a ese amado país, desde hace demasiado tiempo marcado por conflictos y divisiones.

SANTA MISA CRISMAL

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
Jueves Santo 28 de marzo de 2013

(Vídeo)
Fotogalería

Queridos hermanos y hermanas

Celebro con alegría la primera Misa Crismal como Obispo de Roma. Os saludo a todos con afecto, especialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que hoy recordáis, como yo, el día de la ordenación.

Las Lecturas, también el Salmo, nos hablan de los «Ungidos»: el siervo de Yahvé de Isaías, David y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven; su unción es para los pobres, para los cautivos, para los oprimidos… Una imagen muy bella de este «ser para» del santo crisma es la del Salmo 133: «Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (v. 2). La imagen del óleo que se derrama, que desciende por la barba de Aarón hasta la orla de sus vestidos sagrados, es imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del universo representado mediante las vestiduras.

La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos, es el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cf. Ex 28,6-14). También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (cf. Ex 28,21). Esto significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, que en este tiempo son tantos.

De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos ahora a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se queda perfumando su persona sino que se derrama y alcanza «las periferias». El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite… y amargo el corazón.

Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema…». «Bendígame, padre», y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en súplica, súplica del Pueblo de Dios. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que quiero señalar es que siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales, incluso banales – pero lo son sólo en apariencia – el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos. Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la hemorroisa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús, metido en medio de la gente que lo rodeaba por todos lados, encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece sólo para los ojos llenos de fe de la mujer que padecía derrames de sangre. Los mismos discípulos –futuros sacerdotes– todavía no son capaces de ver, no comprenden: en la «periferia existencial» sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta sofocarlo (cf. Lc 8,42). El Señor en cambio siente la fuerza de la unción divina en los bordes de su manto.

Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada.

El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco – no digo «nada» porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción – se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a oveja» –esto os pido: sed pastores con «olor a oveja», que eso se note–; en vez de ser pastores en medio al propio rebaño, y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada crisis de identidad sacerdotal nos amenaza a todos y se suma a una crisis de civilización; pero si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción – y no la función – y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquél de quien nos hemos fiado: Jesús.

Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido.

Amén.SANTA MISA EN LA CENA DEL SEÑOR

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Centro Penitenciario para Menores “Casal del Marmo”, Roma
Jueves Santo 28 de marzo de 2013

(Vídeo)
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Esto es conmovedor. Jesús que lava a los pies a sus discípulos. Pedro no comprende nada, lo rechaza. Pero Jesús se lo ha explicado. Jesús –Dios– ha hecho esto. Y Él mismo lo explica a los discípulos: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis» (Jn 13,12-15). Es el ejemplo del Señor: Él es el más importante y lava los pies porque, entre nosotros, el que está más en alto debe estar al servicio de los otros. Y esto es un símbolo, es un signo, ¿no? Lavar los pies es: «yo estoy a tu servicio». Y también nosotros, entre nosotros, no es que debamos lavarnos los pies todos los días los unos a los otros, pero entonces, ¿qué significa? Que debemos ayudarnos, los unos a los otros. A veces estoy enfadado con uno, o con una… pero… olvídalo, olvídalo, y si te pide un favor, hazlo. Ayudarse unos a otros: esto es lo que Jesús nos enseña y esto es lo que yo hago, y lo hago de corazón, porque es mi deber. Como sacerdote y como obispo debo estar a vuestro servicio. Pero es un deber que viene del corazón: lo amo. Amo esto y amo hacerlo porque el Señor así me lo ha enseñando. Pero también vosotros, ayudadnos: ayudadnos siempre. Los unos a los otros. Y así, ayudándonos, nos haremos bien. Ahora haremos esta ceremonia de lavarnos los pies y pensemos: que cada uno de nosotros piense: «¿Estoy verdaderamente dispuesta o dispuesto a servir, a ayudar al otro?». Pensemos esto, solamente. Y pensemos que este signo es una caricia de Jesús, que Él hace, porque Jesús ha venido precisamente para esto, para servir, para ayudarnos.


Concluida la celebración de la misa, el encuentro adquirió un aire más familiar, en el gimnasio de la institución. La ministra italiana de Justicia, Paola Severino, saludó al Papa Francisco, quien, dándole las gracias, se mostró reconocido ante las autoridades y los jóvenes por la acogida, y a estos últimos quiso dirigirse brevemente, repitiendo la clave que había dado el Domingo de Ramos a miles de jóvenes en la plaza de San Pedro:

Estoy feliz de hallarme con vosotros. Adelante, ¿eh? y no os dejéis robar la esperanza. No os dejéis robar la esperanza. ¿Entendido? Siempre con la esperanza, adelante.

Después, uno por uno, los jóvenes pasaron a saludar al Papa. Quien les preguntó su nombre, su origen. Y les decía:

Por favor, reza por mí. Necesito tus oraciones. Yo rezaré por ti.

Y cuando un joven, ante todos, le preguntó: «Pero ¿por qué has venido aquí hoy?», simplemente respondió:

Es un sentimiento que ha salido del corazón; he sentido esto. Donde están aquellos que tal vez me ayudarán más a ser humilde, a ser un servidor como debe ser un obispo. Y he pensado, he preguntado: «¿Dónde están aquellos a quienes les gustaría una visita?». Y me han dicho «Casal del Marmo, probablemente». Y cuando me lo han dicho, he venido aquí. Pero sólo ha salido del corazón. Las cosas del corazón no tienen explicación; sólo salen.

 OFICINA PARA LAS CELEBRACIONES LITÚRGICAS
DEL SUMO PONTÍFICE

VÍA CRUCIS
AL COLOSSEO

PRESIDIDO POR EL SANTO PADRE
FRANCISCO

VIERNES SANTO
DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

MEDITACIONES

de un grupo de jóvenes libaneses bajo la dirección
de Su Beatitud Eminentísima
el Señor Cardenal Béchara Boutros Raï

Vía Crucis 2013

VÍA CRUCIS 2013

Introducción

«Se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”» (Mc 10,17).

Jesús respondió a esta pregunta, que arde en lo más íntimo de nuestro ser, recorriendo la vía de la cruz.

Te contemplamos, Señor, en este camino que tú has emprendido antes que nadie y al final del cual «pusiste tu cruz como un puente hacia la muerte, de modo que los hombres puedan pasar del país de la muerte al de la Vida» (San Efrén el Sirio, Homilía).

La llamada a seguirte se dirige a todos, en particular a los jóvenes y a cuantos sufren por las divisiones, las guerras o la injusticia y luchan por ser, en medio de sus hermanos, signos de esperanza y artífices de paz.

Nos ponemos por tanto ante ti con amor, te presentamos nuestros sufrimientos, dirigimos nuestra mirada y nuestro corazón a tu santa Cruz y, apoyándonos en tu promesa, te rogamos: «Bendito sea nuestro Redentor, que nos ha dado la vida con su muerte. Oh Redentor, realiza en nosotros el misterio de tu redención, por tu pasión, muerte y resurrección» (Liturgia maronita).

PRIMERA ESTACIÓN

Jesús es condenado a muerte

Primera Estación: Jesús es condenado a muerte - Vía Crucis 2013

Lectura del Evangelio según san Marcos 15,12-13.15

Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?» Ellos gritaron de nuevo: «Crucifícalo». Y Pilato, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Ante Pilato, que ostenta el poder, Jesús debía de haber obtenido justicia. Pilato tenía en efecto el poder de reconocer la inocencia de Jesús y de liberarlo. Pero el gobernador romano prefiere servir la lógica de sus intereses personales, y se somete a las presiones políticas y sociales. Condenó a un inocente para agradar a la gente, sin secundar la verdad. Entregó a Jesús al suplicio de la cruz, aun sabiendo que era inocente… antes de lavarse las manos.

En nuestro mundo contemporáneo, muchos son los «Pilato» que tienen en las manos los resortes del poder y los usan al servicio de los más fuertes. Son muchos los que, débiles y viles ante estas corrientes de poder, ponen su autoridad al servicio de la injusticia y pisotean la dignidad del hombre y su derecho a la vida.

Señor Jesús, no permitas que seamos contados entre los injustos. No permitas que los fuertes se complazcan en el mal, en la injusticia y en el despotismo. No permitas que la injusticia lleve a los inocentes a la desesperación y a la muerte. Confírmales en la esperanza e ilumina la conciencia de aquellos que tienen autoridad en este mundo, de modo que gobiernen con justicia. Amén.

SEGUNDA ESTACIÓN

Jesús con la cruz a cuestas

Segunda Estación: Jesús con la cruz a cuestas - Vía Crucis 2013

Lectura del Evangelio según San Marcos 15,20

Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo.

Jesucristo se encuentra ante unos soldados que creen tener todo el poder sobre él, mientras que él es aquel por medio del cual «se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho» (Jn 1,3).

En todas las épocas, el hombre ha creído poder sustituir a Dios y determinar por sí mismo el bien y el mal (cf. Gn 3,5), sin hacer referencia a su Creador y Salvador. Se ha creído omnipotente, capaz de excluir a Dios de su propia vida y de la de sus semejantes, en nombre de la razón, el poder o el dinero.

También hoy el mundo se somete a realidades que buscan expulsar a Dios de la vida del mundo, como el laicismo ciego que sofoca los valores de la fe y de la moral en nombre de una presunta defensa del hombre; o el fundamentalismo violento que toma como pretexto la defensa de los valores religiosos (cf. Exhort. ap. Ecclesia in Medio Oriente, 29).

Señor Jesús, tú que has asumido la humillación y te has identificado con los débiles, te confiamos a todos los hombres y a todos los pueblos humillados y que sufren, en especial los del atormentado Oriente. Concédeles que obtengan de ti la fuerza para poder llevar contigo su cruz de esperanza. Nosotros ponemos en tus manos todos aquellos que están extraviados, para que, gracias a ti, encuentren la verdad y el amor. Amén.

TERCERA ESTACIÓN

Jesús cae por primera vez

Tercera Estación: Jesús cae por primera vez - Vía Crucis 2013

Lectura del profeta Isaías 53,5

Pero Él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre Él, sus cicatrices nos curaron.

Aquél que tiene las luminarias del cielo en la palma de su mano divina, y ante el cual tiemblan las potencias celestes, cae por tierra sin protegerse bajo el pesado yugo de la cruz.

Aquél que ha traído la paz al mundo, herido por nuestros pecados, cae bajo el peso de nuestras culpas.

«Mirad, oh fieles, nuestro Salvador que avanza por la vía del Calvario. Oprimido por amargos sufrimientos, las fuerzas le abandonan. Vamos a ver este increíble evento que sobrepasa nuestra comprensión y es difícil de describir. Temblaron los fundamentos de la tierra y un miedo terrible se apoderó de los que estaban allí cuando su Creador y Dios fue aplastado bajo el peso de la cruz y se dejó conducir a la muerte por amor a toda la humanidad» (Liturgia caldea).

Señor Jesús, levántanos de nuestras caídas, reconduce nuestro espíritu extraviado a tu Verdad. No permitas que la razón humana, que tú has creado para ti, se conforme con las verdades parciales de la ciencia y de la tecnología sin intentar siquiera plantearse las preguntas fundamentales sobre el sentido y la existencia (cf. Carta ap. Porta fidei, 12).

Concédenos, Señor, abrirnos a la acción de tu Santo Espíritu, de modo que nos conduzca a la plenitud de la verdad. Amén.

CUARTA ESTACIÓN

Jesús encuentra a su Madre

Cuarta Estación: Jesús encuentra a su Madre - Vía Crucis 2013

Lectura del Evangelio según san Lucas 2,34-35.51b

Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Éste ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción, y a ti misma una espada te traspasará el alma, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

Herido y sufriendo, llevando la cruz de todos los hombres, Jesús encuentra a su madre y, en su rostro, a toda la humanidad.

María, Madre de Dios, ha sido la primera discípula del Maestro. Al acoger la palabra del ángel, ha encontrado por primera vez al Verbo encarnado y se ha convertido en templo del Dios vivo. Lo ha encontrado sin comprender cómo el Creador del cielo y de la tierra ha querido elegir a una joven, una criatura frágil, para encarnarse en este mundo. Lo ha encontrado en una búsqueda constante de su rostro, en el silencio del corazón y en la meditación de la Palabra. Creía ser ella quien lo buscaba, pero, en realidad, era él quien la buscaba a ella.

Ahora, mientras lleva la cruz, la encuentra.

Jesús sufre al ver a su madre afligida, y María viendo sufrir a su Hijo. Pero de este común sufrimiento nace la nueva humanidad. «Paz a ti. Te suplicamos, oh Santa llena de gloria, siempre Virgen, Madre de Dios, Madre de Cristo. Eleva nuestra oración a la presencia de tu amado Hijo para que perdone nuestros pecados» (Theotokion del Orologion copto, Al-Aghbia 37).

Señor Jesús, también nosotros sentimos en nuestras familias los sufrimientos que los padres causan a sus hijos y éstos a sus padres. Señor, haz que en estos tiempos difíciles nuestras familias sean lugar de tu presencia, de modo que nuestros sufrimientos se transformen en alegría. Sé tú la fuerza de nuestras familias y haz que sean oasis de amor, paz y serenidad, a imagen de la Sagrada Familia de Nazaret. Amén.

QUINTA ESTACIÓN

El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Quinta Estación: El Cirineo ayuda a Jesús a llevar la cruz - Vía Crucis 2013

Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 26

Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús.

El encuentro de Jesús con Simón de Cirene es un encuentro silencioso, una lección de vida: Dios no quiere el sufrimiento y no acepta el mal. Lo mismo vale para el ser humano. Pero el sufrimiento, acogido con fe, se trasforma en camino de salvación. Entonces lo aceptamos como Jesús, y ayudamos a llevarlo como Simón de Cirene.

Señor Jesús, tú has hecho que el hombre tomara parte en llevar tu cruz. Nos has invitado a compartir tu sufrimiento. Simón de Cirene es uno de nosotros, y nos enseña a aceptar la cruz que encontramos en el camino de la vida.

Señor, siguiendo tu ejemplo, también nosotros llevamos hoy la cruz del sufrimiento y de la enfermedad, pero la aceptamos porque tú estás con nosotros. Ésta nos puede encadenar a una silla, pero no impedirnos soñar; puede apagar la mirada, pero no herir la conciencia; puede dejar sordos los oídos, pero no impedirnos escuchar; atar la lengua, pero no apagar la sed de verdad. Puede adormecer el alma, pero no robar la libertad.

Señor, queremos ser tus discípulos para llevar tu cruz todos los días; la llevaremos con alegría y con esperanza para que tú la lleves con nosotros, porque tú has alcanzado para nosotros el triunfo sobre la muerte.

Te damos gracias, Señor, por cada persona enferma y que sufre, que sabe ser testigo de tu amor, y por cada «Simón de Cirene» que pones en nuestro camino. Amén.

SEXTA ESTACIÓN

La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Sexta Estación: La Verónica enjuga el rostro de Jesús - Vía Crucis 2013

Lectura del libro de los Salmos 27,8-9

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

La Verónica te ha buscado en medio de la gente. Te ha buscado, y al final te ha encontrado. Mientras tu dolor llegaba al extremo, ha querido aliviarlo enjugándote el rostro con un paño. Un pequeño gesto, que expresaba todo su amor por ti y toda su fe en ti, y que ha quedado impreso en la memoria de nuestra tradición cristiana.

Señor Jesús, buscamos tu rostro. La Verónica nos recuerda que tú estás presente en cada persona que sufre y que se dirige al Gólgota. Señor, haz que te encontremos en los pobres, en tus hermanos pequeños, para enjugar las lágrimas de los que lloran, hacernos cargo de los que sufren y sostener a los débiles.

Señor, tú nos enseñas que una persona herida y olvidada no pierde ni su valor ni su dignidad, y que permanece como signo de tu presencia oculta en el mundo. Ayúdanos a lavar de su rostro las marcas de la pobreza y la injusticia, de modo que tu imagen se revele y resplandezca en ella.

Oremos por todos los que buscan tu rostro y lo encuentran en quienes no tienen hogar, en los pobres, en los niños expuestos a la violencia y a la explotación. Amén.

SÉPTIMA ESTACIÓN

Jesús cae por segunda vez

Séptima Estación: Jesús cae por segunda vez - Vía Crucis 2013

Lectura del libro de los Salmos 22, 8.12

Al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza. Pero tú, Señor, no te quedes lejos, que el peligro está cerca y nadie me socorre.

Jesús está solo bajo el peso interior y exterior de la cruz. En la caída es cuando el peso del mal se hace demasiado grande, y parece que no hay límite para la injusticia y la violencia.

Pero él se levanta de nuevo apoyándose en la confianza que tiene en su Padre. Frente a los hombres que lo han abandonado a su suerte, la fuerza del Espíritu lo levanta; lo une completamente a la voluntad del Padre, la del amor que todo lo puede.

Señor Jesús, en tu segunda caída reconocemos tantas situaciones nuestras que parecen no tener salida. Entre ellas, las causadas por los prejuicios y el odio, que endurece nuestro corazón y lleva a conflictos religiosos.

Ilumina nuestras conciencias para que reconozcamos que, a pesar de «las divergencias humanas y religiosas», «un destello de verdad ilumina a todos los hombres», llamados a caminar juntos – respetando la libertad religiosa – hacia la verdad que sólo está en Dios. Así, las distintas religiones podrán «unir sus esfuerzos para servir al bien común y contribuir al desarrollo de cada persona y a la construcción de la sociedad» (Exhort. ap. Ecclesia in Medio Oriente, 27-28).

Ven, Espíritu Santo, a consolar y fortalecer a los cristianos, en particular a los de Oriente Medio, de modo que unidos a Cristo sean testigos de su amor universal en una tierra lacerada por la injusticia y los conflictos. Amén.

OCTAVA ESTACIÓN

Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén que lloran por él

Octava Estación: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén que lloran por él - Vía Crucis 2013

Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 27-28

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos».

En el camino hacia el Calvario, el Señor encuentra a las mujeres de Jerusalén. Ellas lloran por el sufrimiento del Señor como si se tratase de un sufrimiento sin esperanza. Sólo ven en el madero de la cruz un signo de maldición (cf. Dt 21,23), mientras que el Señor lo ha querido como medio de Redención y de Salvación.

En la Pasión y Crucifixión, Jesús da su vida en rescate por muchos. Así dio alivio a los oprimidos bajo el yugo y consuelo a los afligidos. Enjugó las lágrimas de las mujeres de Jerusalén y abrió sus ojos a la verdad pascual.

Nuestro mundo está lleno de madres afligidas, de mujeres heridas en su dignidad, violentadas por las discriminaciones, la injusticia y el sufrimiento (cf. Exhort. ap. Ecclesia in Medio Oriente, 60). Oh Cristo sufriente, sé su paz y el bálsamo de sus heridas.

Señor Jesús, con tu encarnación en María «bendita entre las mujeres» (Lc 1,42), has elevado la dignidad de toda mujer. Con la Encarnación has unificado el género humano (cf. Ga 3,26-28).

Señor, que el deseo de nuestro corazón sea el de encontrarnos contigo. Que nuestro camino lleno de sufrimiento sea siempre un itinerario de esperanza, contigo y hacia ti, que eres el refugio de nuestra vida y nuestra Salvación. Amén.

NOVENA ESTACIÓN

Jesús cae por tercera vez bajo el peso de la cruz

Novena Estación: Jesús cae por tercera vez bajo el peso de la cruz - Vía Crucis 2013

Lectura del la segunda carta del apóstol San Pablo a los Corintios 5, 14-15

Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos.

Por tercera vez, Jesús cae bajo la cruz cargado con nuestros pecados, y por tercera vez intenta alzarse con todas las fuerzas que le quedan, para proseguir el camino hacia el Gólgota, evitando dejarse aplastar y sucumbir a la tentación.

Desde su encarnación, Jesús lleva la cruz del sufrimiento humano y del pecado. Ha asumido la naturaleza humana de forma plena y para siempre, mostrando a los hombres que la victoria es posible y que el camino de la filiación divina está abierto.

Señor Jesús, la Iglesia, nacida de tu costado abierto, está oprimida bajo la cruz de las divisiones que alejan a los cristianos unos de otros y de la unidad que tú quisiste para ellos; se han desviado de tu deseo de «que todos sean uno» (Jn 17,21), como tú y el Padre. Esta cruz grava con todo su peso sobre sus vidas y su testimonio común. Frente a las divisiones a las que nos enfrentamos, concédenos, Señor, la sabiduría y la humildad, para levantarnos y avanzar por el camino de la unidad, en la verdad y el amor, sin sucumbir a la tentación de recurrir sólo a los criterios que nacen de intereses personales o sectarios (cf. Exhort. ap. Ecclesia in Medio Oriente, 11).

Concédenos renunciar a la mentalidad de división «para no hacer ineficaz la cruz de Cristo» (1Co 1,17b). Amén.

DÉCIMA ESTACIÓN

Jesús es despojado de sus vestiduras

Décima Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras - Vía Crucis 2013

Lectura del libro de los Salmos 22, 19

Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica.

En la plenitud de los tiempos, Señor Jesús, has revestido nuestra humanidad; tú, de quien se dice: «La orla de su manto llenaba el templo» (Is 6,1); ahora, caminas entre nosotros, y los que tocan la orla de tus vestidos quedan curados. Pero has sido despojado también de este vestido, Señor. Te hemos robado el manto, y tú nos has dado también la túnica (cf. Mt 5,40). Has permitido que el velo de tu carne se rasgase para que fuésemos admitidos de nuevo a la presencia del Padre (cf. Hb 10,19-20).

Creíamos poder realizarnos nosotros mismos, independientemente de ti (cf. Gn 3,4-7). Nos hemos encontrado desnudos, pero tu amor infinito nos ha revestido de la dignidad de hijos e hijas de Dios y de tu gracia santificante.

Concede, Señor, a los hijos de las Iglesias orientales – despojados por diversas dificultades, a veces incluso por la persecución, y debilitados por la emigración – el valor de permanecer en sus países para anunciar la Buena Noticia.

Oh Jesús, Hijo del hombre, que te has despojado para revelarnos la nueva criatura resucitada de entre los muertos, arranca en nosotros el velo que nos separa de Dios, y entreteje en nosotros tu presencia divina.

Concédenos vencer el miedo frente a los sucesos de la vida que nos despojan y nos dejan desnudos, y revestirnos del hombre nuevo de nuestro bautismo, para anunciar la Buena Noticia, proclamando que eres el único Dios verdadero, que guía la historia. Amén.

UNDÉCIMA ESTACIÓN

Jesús es clavado en la cruz

Undécima Estación: Jesús es clavado en la cruz - Vía Crucis 2013

Lectura del Evangelio según San Juan 19, 16a.19

Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».

He aquí el Mesías esperado, colgado en el madero de la cruz entre dos malhechores. Las manos que han bendecido a la humanidad están traspasadas. Los pies que han pisado nuestra tierra para anunciar la Buena Noticia cuelgan entre el cielo y la tierra. Los ojos llenos de amor que, con una mirada, han sanado a los enfermos y perdonado nuestros pecados ahora sólo miran al cielo.

Señor Jesús, tú has sido crucificado por nuestras culpas. Tú suplicas al Padre e intercedes por la humanidad. Cada golpe del martillo resuena como un latido de tu corazón inmolado.

Qué hermosos en el monte Calvario los pies de quien anuncia la Buena Noticia de la Salvación. Tu amor, Jesús, ha llenado el universo. Tus manos atravesadas son nuestro refugio en la angustia. Nos acogen cada vez que el abismo del pecado nos amenaza y encontramos en tus llagas la salud y el perdón.

Oh Jesús, te pedimos por todos los jóvenes que están oprimidos por la desesperación, por los jóvenes víctimas de la droga, las sectas y las perversiones.

Líbralos de su esclavitud. Que levanten los ojos y acojan el Amor. Que descubran la felicidad en ti, y sálvalos tú, Salvador nuestro. Amén.

DUODÉCIMA ESTACIÓN

Jesús muere en la cruz

Duodécima Estación: Jesús muere en la cruz - Vía Crucis 2013

Lectura del Evangelio según San Lucas 23,46

Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró.

Desde lo alto de la cruz, un grito: grito de abandono en el momento de la muerte, grito de confianza en medio del sufrimiento, grito del alumbramiento de una vida nueva. Colgado del Árbol de la Vida, entregas el espíritu en manos del Padre, haciendo brotar la vida en abundancia y modelando la nueva criatura. También nosotros afrontamos hoy los desafíos de este mundo: sentimos que las olas de las preocupaciones nos sumergen y hacen vacilar nuestra confianza. Concédenos, Señor, la fuerza de saber en nuestro interior que ninguna muerte nos vencerá, hasta que reposemos entre tus manos que nos han formado y nos acompañan.

Y que cada uno de nosotros pueda exclamar:
«Ayer, estaba crucificado con Cristo,
hoy, soy glorificado con él.
Ayer, estaba muerto con él,
hoy, estoy vivo con él.
Ayer, fui sepultado con él,
hoy, he resucitado con él». (Gregorio Nacianceno).

En las tinieblas de nuestras noches, nosotros te contemplamos. Enséñanos a dirigirnos hacia el Altísimo, tu Padre celestial.

Hoy oramos para que todos aquellos que promueven el aborto tomen conciencia de que el amor sólo puede ser fuente de vida. También por los defensores de la eutanasia y por aquellos que promueven técnicas y procedimientos que ponen en peligro la vida humana. Abre sus corazones, para que te conozcan en la verdad, para que se comprometan en la edificación de la civilización de la vida y del amor. Amén.

DECIMOTERCERA ESTACIÓN

Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre

Decimotercera Estación: Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre - Vía Crucis 2013

Lectura del Evangelio según San Juan 19,26-27a.

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».

Señor Jesús, aquellos que te aman permanecen junto a ti y conservan la fe. Su fe no decae en la hora de la agonía y de la muerte, cuando el mundo cree que el mal triunfa y que la voz de la verdad y del amor, de la justicia y de la paz calla.

Oh María, entre tus manos nosotros ponemos nuestra tierra. «Qué triste es ver a esta tierra bendita sufrir en sus hijos, que se desgarran con saña y mueren» (Exhort. ap. Ecclesia in Medio Oriente, 8). Parece como si nada pudiera suprimir el mal, el terrorismo, el homicidio y el odio. «Ante la cruz sobre la que tu hijo extendió sus manos inmaculadas por nuestra salvación, oh Virgen, nos postramos en este día: concédenos la paz» (Liturgia bizantina).

Oremos por las víctimas de las guerras y la violencia que devastan en nuestro tiempo varios países de Oriente Medio, así como otras partes del mundo. Oremos para que los refugiados y los emigrantes forzosos puedan volver lo antes posible a sus casas y sus tierras. Haz, Señor, que la sangre de las víctimas inocentes sea semilla de un nuevo Oriente más fraterno, pacífico y justo, y que este Oriente recupere el esplendor de su vocación de ser cuna de la civilización y de los valores espirituales y humanos.

Estrella de Oriente, indícanos la venida del Alba. Amén.

DECIMOCUARTA ESTACIÓN

Jesús es colocado en el sepulcro

Decimocuarta Estación: Jesús es colocado en el sepulcro - Vía Crucis 2013

Lectura del Evangelio según San Juan 19,39-40.

Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos.

Nicodemo recibe el cuerpo de Cristo, se hace cargo de él y lo pone en el sepulcro, en un jardín que recuerda el de la creación. Jesús se deja enterrar como se dejó crucificar, con el mismo abandono, completamente «entregado» en las manos de los hombres y «perfectamente unido» a ellos «hasta el sueño bajo la lápida de la tumba» (S. Gregorio de Narek).

Aceptar las dificultades, los sucesos dolorosos, la muerte, exige una esperanza firme, una fe viva.

La piedra puesta a la entrada de la tumba será removida y una nueva vida surgirá.

En efecto, «por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,4).

Hemos recibido la libertad de los hijos de Dios para no volver a la esclavitud; se nos ha dado la vida en abundancia, no podemos conformarnos ya con una vida carente de belleza y significado.

Señor Jesús, haz de nosotros hijos de la luz que no temen las tinieblas. Te pedimos hoy por todos los que buscan el sentido de la vida y por los que han perdido la esperanza, para que crean en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Amén.

Ilustraciones:

Vía Crucis
siglo XIX

Artesano franciscano palestino desconocido
Belén

 

SANTA MESSA NELLA SOLENNITÀ DEL CORPUS DOMINI

OMELIA DEL SANTO PADRE FRANCESCO

Basilica di San Giovanni in Laterano
Giovedì,
30 maggio 2013

[Video]

Cari fratelli e sorelle,

nel Vangelo che abbiamo ascoltato, c’è un’espressione di Gesù che mi colpisce sempre: «Voi stessi date loro da mangiare» (Lc 9,13). Partendo da questa frase, mi lascio guidare da tre parole: sequela, comunione, condivisione.

1. Anzitutto: chi sono coloro a cui dare da mangiare? La risposta la troviamo all’inizio del brano evangelico: è la folla, la moltitudine. Gesù sta in mezzo alla gente, l’accoglie, le parla, la cura, le mostra la misericordia di Dio; in mezzo ad essa sceglie i Dodici Apostoli per stare con Lui e immergersi come Lui nelle situazioni concrete del mondo. E la gente lo segue, lo ascolta, perché Gesù parla e agisce in un modo nuovo, con l’autorità di chi è autentico e coerente, di chi parla e agisce con verità, di chi dona la speranza che viene da Dio, di chi è rivelazione del Volto di un Dio che è amore. E la gente, con gioia, benedice Dio.

Questa sera noi siamo la folla del Vangelo, anche noi cerchiamo di seguire Gesù per ascoltarlo, per entrare in comunione con Lui nell’Eucaristia, per accompagnarlo e perché ci accompagni. Chiediamoci: come seguo io Gesù? Gesù parla in silenzio nel Mistero dell’Eucaristia e ogni volta ci ricorda che seguirlo vuol dire uscire da noi stessi e fare della nostra vita non un nostro possesso, ma un dono a Lui e agli altri.

2. Facciamo un passo avanti: da dove nasce l’invito che Gesù fa ai discepoli di sfamare essi stessi la moltitudine? Nasce da due elementi: anzitutto dalla folla che, seguendo Gesù, si trova all’aperto, lontano dai luoghi abitati, mentre si fa sera, e poi dalla preoccupazione dei discepoli che chiedono a Gesù di congedare la folla perché vada nei paesi vicini a trovare cibo e alloggio (cfr Lc 9,12). Di fronte alla necessità della folla, ecco la soluzione dei discepoli: ognuno pensi a se stesso; congedare la folla! Ognuno pensi a se stesso; congedare la folla! Quante volte noi cristiani abbiamo questa tentazione! Non ci facciamo carico delle necessità degli altri, congedandoli con un pietoso: “Che Dio ti aiuti”, o con un non tanto pietoso: “Felice sorte”, e se non ti vedo più… Ma la soluzione di Gesù va in un’altra direzione, una direzione che sorprende i discepoli: «Voi stessi date loro da mangiare». Ma come è possibile che siamo noi a dare da mangiare ad una moltitudine? «Non abbiamo che cinque pani e due pesci, a meno che non andiamo noi a comprare viveri per tutta questa gente» (Lc 9,13). Ma Gesù non si scoraggia: chiede ai discepoli di far sedere la gente in comunità di cinquanta persone, alza gli occhi al cielo, recita la benedizione, spezza i pani e li dà ai discepoli perché li distribuiscano (cfr Lc 9,16). E’ un momento di profonda comunione: la folla dissetata dalla parola del Signore, è ora nutrita dal suo pane di vita. E tutti ne furono saziati, annota l’Evangelista (cfr Lc 9,17).

Questa sera, anche noi siamo attorno alla mensa del Signore, alla mensa del Sacrificio eucaristico, in cui Egli ci dona ancora una volta il suo Corpo, rende presente l’unico sacrificio della Croce. E’ nell’ascoltare la sua Parola, nel nutrirci del suo Corpo e del suo Sangue, che Egli ci fa passare dall’essere moltitudine all’essere comunità, dall’anonimato alla comunione. L’Eucaristia è il Sacramento della comunione, che ci fa uscire dall’individualismo per vivere insieme la sequela, la fede in Lui. Allora dovremmo chiederci tutti davanti al Signore: come vivo io l’Eucaristia? La vivo in modo anonimo o come momento di vera comunione con il Signore, ma anche con tutti i fratelli e le sorelle che condividono questa stessa mensa? Come sono le nostre celebrazioni eucaristiche?

3. Un ultimo elemento: da dove nasce la moltiplicazione dei pani? La risposta sta nell’invito di Gesù ai discepoli «Voi stessi date…», “dare”, condividere. Che cosa condividono i discepoli? Quel poco che hanno: cinque pani e due pesci. Ma sono proprio quei pani e quei pesci che nelle mani del Signore sfamano tutta la folla. E sono proprio i discepoli smarriti di fronte all’incapacità dei loro mezzi, alla povertà di quello che possono mettere a disposizione, a far accomodare la gente e a distribuire – fidandosi della parola di Gesù – i pani e pesci che sfamano la folla. E questo ci dice che nella Chiesa, ma anche nella società, una parola chiave di cui non dobbiamo avere paura è “solidarietà”, saper mettere, cioè, a disposizione di Dio quello che abbiamo, le nostre umili capacità, perché solo nella condivisione, nel dono, la nostra vita sarà feconda, porterà frutto. Solidarietà: una parola malvista dallo spirito mondano!

Questa sera, ancora una volta, il Signore distribuisce per noi il pane che è il suo Corpo, Lui si fa dono. E anche noi sperimentiamo la “solidarietà di Dio” con l’uomo, una solidarietà che mai si esaurisce, una solidarietà che non finisce di stupirci: Dio si fa vicino a noi, nel sacrificio della Croce si abbassa entrando nel buio della morte per darci la sua vita, che vince il male, l’egoismo e la morte. Gesù anche questa sera si dona a noi nell’Eucaristia, condivide il nostro stesso cammino, anzi si fa cibo, il vero cibo che sostiene la nostra vita anche nei momenti in cui la strada si fa dura, gli ostacoli rallentano i nostri passi. E nell’Eucaristia il Signore ci fa percorrere la sua strada, quella del servizio, della condivisione, del dono, e quel poco che abbiamo, quel poco che siamo, se condiviso, diventa ricchezza, perché la potenza di Dio, che è quella dell’amore, scende nella nostra povertà per trasformarla.

Chiediamoci allora questa sera, adorando il Cristo presente realmente nell’Eucaristia: mi lascio trasformare da Lui? Lascio che il Signore che si dona a me, mi guidi a uscire sempre di più dal mio piccolo recinto, a uscire e non aver paura di donare, di condividere, di amare Lui e gli altri?

Fratelli e sorelle: sequela, comunione, condivisione. Preghiamo perché la partecipazione all’Eucaristia ci provochi sempre: a seguire il Signore ogni giorno, ad essere strumenti di comunione, a condividere con Lui e con il nostro prossimo quello che siamo. Allora la nostra esistenza sarà veramente feconda. Amen.

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 22 de mayo de 2013

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Credo, inmediatamente después de profesar la fe en el Espíritu Santo, decimos: «Creo en la Iglesia una, santa, católica y apostólica». Existe un vínculo profundo entre estas dos realidades de fe: es el Espíritu Santo, en efecto, quien da la vida a la Iglesia, quien guía sus pasos. Sin la presencia y la acción incesante del Espíritu Santo, la Iglesia no podría vivir y no podría realizar la tarea que Jesús resucitado le confió de ir y hacer discípulos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 19). Evangelizar es la misión de la Iglesia, no sólo de algunos, sino la mía, la tuya, nuestra misión. El apóstol Pablo exclamaba: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Co 9, 16). Cada uno debe ser evangelizador, sobre todo con la vida. Pablo VI subrayaba que «evangelizar… es la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar» (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 14).

¿Quién es el verdadero motor de la evangelización en nuestra vida y en la Iglesia? Pablo VI escribía con claridad: «Él es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por Él, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado» (ibid., 75). Para evangelizar, entonces, es necesario una vez más abrirse al horizonte del Espíritu de Dios, sin tener miedo de lo que nos pida y dónde nos guíe. ¡Encomendémonos a Él! Él nos hará capaces de vivir y testimoniar nuestra fe, e iluminará el corazón de quien encontremos. Esta fue la experiencia de Pentecostés: los Apóstoles, reunidos con María en el Cenáculo, «vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse» (Hch 2, 3-4). El Espíritu Santo, descendiendo sobre los Apóstoles, les hace salir de la sala en la que estaban encerrados por miedo, los hace salir de sí mismos, y les transforma en anunciadores y testigos de las «grandezas de Dios» (v. 11). Y esta transformación obrada por el Espíritu Santo se refleja en la multitud que acudió al lugar venida «de todos los pueblos que hay bajo el cielo» (v. 5), porque cada uno escuchaba las palabras de los Apóstoles como si fueran pronunciadas en la propia lengua (cf. v. 6).

Aquí tenemos un primer efecto importante de la acción del Espíritu Santo que guía y anima el anuncio del Evangelio: la unidad, la comunión. En Babel, según el relato bíblico, se inició la dispersión de los pueblos y la confusión de las lenguas, fruto del gesto de soberbia y de orgullo del hombre que quería construir, sólo con las propias fuerzas, sin Dios, «una ciudad y una torre que alcance el cielo» (Gn 11, 4). En Pentecostés se superan estas divisiones. Ya no hay más orgullo hacia Dios, ni la cerrazón de unos con otros, sino que está la apertura a Dios, está el salir para anunciar su Palabra: una lengua nueva, la del amor que el Espíritu Santo derrama en los corazones (cf. Rm 5, 5); una lengua que todos pueden comprender y que, acogida, se puede expresar en toda existencia y en toda cultura. La lengua del Espíritu, la lengua del Evangelio es la lengua de la comunión, que invita a superar cerrazones e indiferencias, divisiones y contraposiciones. Deberíamos preguntarnos todos: ¿cómo me dejo guiar por el Espíritu Santo de modo que mi vida y mi testimonio de fe sea de unidad y comunión? ¿Llevo la palabra de reconciliación y de amor que es el Evangelio a los ambientes en los que vivo? A veces parece que se repite hoy lo que sucedió en Babel: divisiones, incapacidad de comprensión, rivalidad, envidias, egoísmo. ¿Qué hago con mi vida? ¿Creo unidad en mi entorno? ¿O divido, con las habladurías, las críticas, las envidias? ¿Qué hago? Pensemos en esto. Llevar el Evangelio es anunciar y vivir nosotros en primer lugar la reconciliación, el perdón, la paz, la unidad y el amor que el Espíritu Santo nos dona. Recordemos las palabras de Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13, 35).

Un segundo elemento: el día de Pentecostés, Pedro, lleno de Espíritu Santo, poniéndose en pie «con los Once» y «levantando la voz» (Hch 2, 14), anuncia «con franqueza» (v. 29) la buena noticia de Jesús, que dio su vida por nuestra salvación y que Dios resucitó de los muertos. He aquí otro efecto de la acción del Espíritu Santo: la valentía, de anunciar la novedad del Evangelio de Jesús a todos, con franqueza (parresia), en voz alta, en todo tiempo y lugar. Y esto sucede también hoy para la Iglesia y para cada uno de nosotros: del fuego de Pentecostés, de la acción del Espíritu Santo, se irradian siempre nuevas energías de misión, nuevos caminos por los cuales anunciar el mensaje de salvación, nueva valentía para evangelizar. ¡No nos cerremos nunca a esta acción! ¡Vivamos con humildad y valentía el Evangelio! Testimoniemos la novedad, la esperanza, la alegría que el Señor trae a la vida. Sintamos en nosotros «la dulce y confortadora alegría de evangelizar» (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 80). Porque evangelizar, anunciar a Jesús, nos da alegría; en cambio, el egoísmo nos trae amargura, tristeza, tira tira de nosotros hacia abajo; evangelizar nos lleva arriba.

Indico solamente un tercer elemento, que, sin embargo, es particularmente importante: una nueva evangelización, una Iglesia que evangeliza debe partir siempre de la oración, de pedir, como los Apóstoles en el Cenáculo, el fuego del Espíritu Santo. Sólo la relación fiel e intensa con Dios permite salir de las propias cerrazones y anunciar con parresia el Evangelio. Sin la oración nuestro obrar se vuelve vacío y nuestro anuncio no tiene alma, ni está animado por el Espíritu.

Queridos amigos, como afirmó Benedicto XVI, hoy la Iglesia «siente sobre todo el viento del Espíritu Santo que nos ayuda, nos muestra el camino justo; y así, con nuevo entusiasmo, me parece, estamos en camino y damos gracias al Señor» (Discurso en la Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, 27 de octubre de 2012: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 4 de noviembre de 2012, p. 2). Renovemos cada día la confianza en la acción del Espíritu Santo, la confianza en que Él actúa en nosotros, Él está dentro de nosotros, nos da el fervor apostólico, nos da la paz, nos da la alegría. Dejémonos guiar por Él, seamos hombres y mujeres de oración, que testimonian con valentía el Evangelio, siendo en nuestro mundo instrumentos de la unidad y de la comunión con Dios. Gracias.


Saludos

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España, Argentina, Chile, Ecuador, Guatemala, México, Perú y otros países latinoamericanos. Que todos nos dejemos guiar por el Espíritu Santo, para ser verdaderos discípulos y misioneros de Cristo en la Iglesia. Muchas gracias.

Os invito a orar conmigo por las víctimas, especialmente los niños, del desastre en Oklahoma. Que el Señor consuele a todos, en particular a los padres que han perdido tan trágicamente a un hijo.

* * *

LLAMAMIENTO

El viernes 24 de mayo es el día dedicado a la memoria litúrgica de la Santísima Virgen María, Auxilio de los cristianos, venerada con gran devoción en el Santuario de Sheshan en Shanghai. Invito a todos los católicos del mundo a unirse en oración con los hermanos y las hermanas que están en China, a fin de implorar de Dios la gracia de anunciar con humildad y con alegría a Cristo muerto y resucitado, de ser fieles a su Iglesia y al Sucesor de Pedro y de vivir la cotidianidad en el servicio a su país y a sus conciudadanos de manera coherente con la fe que profesan. Haciendo nuestras algunas palabras de la oración de la Virgen de Sheshan, desearía junto a vosotros invocar a María así: “Nuestra Señora de Sheshan, sostén el compromiso de cuantos en China, entre las fatigas diarias, siguen creyendo, esperando, amando, para que nunca teman hablar de Jesús al mundo y del mundo a Jesús”. Que María, Virgen fiel, sostenga a los católicos chinos, haga sus no fáciles compromisos cada vez más preciosos a los ojos del Señor, y haga crecer el afecto y la participación de la Iglesia que está en China en el camino de la Iglesia universal.

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SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

PAPA FRANCISCO

REGINA COELI

Plaza de San Pedro
Domingo 19 de mayo de 2013

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Queridos hermanos y hermanas:

Está a punto de concluir esta fiesta de la fe, que comenzó ayer con la Vigilia y concluye esta mañana con la Eucaristía. Un renovado Pentecostés que transformó la plaza de San Pedro en un Cenáculo a cielo abierto. Hemos revivido la experiencia de la Iglesia naciente, unida en oración con María, la Madre de Jesús (cf. Hch 1, 14). También nosotros, en la variedad de los carismas, experimentamos la belleza de la unidad, de ser una cosa sola. Y esto es obra del Espíritu Santo, que crea siempre de nuevo la unidad en la Iglesia.

Quisiera agradecer a todos los Movimientos, Asociaciones, Comunidades y Agregaciones eclesiales. ¡Sois un don y una riqueza en la Iglesia! ¡Esto sois vosotros! Agradezco, de modo particular, a todos vosotros que habéis venido de Roma y de tantas partes del mundo. ¡Llevad siempre la fuerza del Evangelio! ¡No tengáis miedo! Tened siempre la alegría y la pasión por la comunión en la Iglesia. Que el Señor resucitado esté siempre con vosotros y la Virgen os proteja.

Recordamos en la oración a las poblaciones de Emilia Romaña que el 20 de mayo del año pasado fueron golpeadas por el terremoto. Rezo también por la Federación italiana de las Asociaciones de voluntariado en oncología.

Después de la oración mariana el Papa concluyó así:

Hermanos y hermanas, ¡muchas gracias por vuestro amor a la Iglesia! ¡Feliz domingo, feliz fiesta y buen almuerzo!

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VIGILIA DE PENTECOSTÉS CON LOS MOVIMIENTOS ECLESIALES

PALABRAS DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
Sábado 18 de mayo de 2013

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Pregunta 1:

«La verdad cristiana es atrayente y persuasiva porque responde a la necesidad profunda de la existencia humana, al anunciar de manera convincente que Cristo es el único Salvador de todo el hombre y de todos los hombres». Santo Padre, estas palabras suyas nos han impresionado profundamente: expresan de manera directa y radical la experiencia que cada uno de nosotros desea vivir sobre todo en el Año de la fe y en esta peregrinación que esta tarde nos ha traído aquí. Estamos ante usted para renovar nuestra fe, para confirmarla, para reforzarla. Sabemos que la fe no puede ser de una vez por todas. Como decía Benedicto XVI en Porta fidei: «La fe no es un presupuesto obvio». Esta afirmación no se refiere sólo al mundo, a los demás, a la tradición de la que venimos: esta afirmación se refiere ante todo a cada uno de nosotros. Demasiadas veces nos damos cuenta de cómo la fe es un germen de novedad, un inicio de cambio, pero a duras penas abarca la totalidad de la vida. No se convierte en el origen de todo nuestro conocer y hacer. Santidad, usted ¿cómo pudo en su vida llegar a la certeza de la fe? Y ¿qué camino nos indica para que cada uno de nosotros venza la fragilidad de la fe?

Pregunta 2:

Padre Santo, la mía es una experiencia de vida cotidiana, como tantas. Busco vivir la fe en el ambiente de trabajo, en contacto con los demás, como testimonio sincero del bien recibido en el encuentro con el Señor. Soy, somos «pensamientos de Dios», colmados por un Amor misterioso que nos ha dado la vida. Enseño en una escuela y esta conciencia me da el motivo para apasionar a mis chavales y también a los colegas. Compruebo a menudo que muchos buscan la felicidad en muchos caminos individuales en los que la vida y sus grandes interrogantes frecuentemente se reducen al materialismo de quien quiere tener todo y se queda perennemente insatisfecho, o al nihilismo según el cual nada tiene sentido. Me pregunto cómo puede llegar la propuesta de la fe —que es la de un encuentro personal, la de una comunidad, un pueblo— al corazón del hombre y de la mujer de nuestro tiempo. Estamos hechos para el infinito —«¡Apostad la vida por las cosas grandes!», nos dijo usted recientemente—, pero todo en torno a nosotros y a nuestros jóvenes parece decir que hay que conformarse con respuestas mediocres, inmediatas, y que el hombre debe entregarse a lo finito sin buscar otra cosa. A veces nos sentimos amedrentados, como los discípulos en la vigilia de Pentecostés. La Iglesia nos invita a la Nueva Evangelización. Creo que todos los aquí presentes sentimos fuertemente este desafío, que está en el corazón de nuestras experiencias. Por esto desearía pedirle, Padre Santo, que nos ayude, a mí y a todos, a entender cómo vivir este desafío en nuestro tiempo. ¿Para usted qué es lo más importante que todos nosotros, movimientos, asociaciones y comunidades, debemos contemplar para llevar a cabo la tarea a la que estamos llamados? ¿Cómo podemos comunicar de modo eficaz la fe hoy?

Pregunta 3:

Padre Santo, he oído con emoción las palabras que dijo en la audiencia a los periodistas tras su elección: «Cómo querría una Iglesia pobre y para los pobres». Muchos de nosotros estamos comprometidos con obras de caridad y justicia: somos parte activa de la arraigada presencia de la Iglesia allí donde el hombre sufre. Soy una empleada, tengo familia, y en la medida en que puedo me comprometo personalmente con la cercanía y la ayuda a los pobres. Pero no por esto me siento satisfecha. Desearía poder decir con la Madre Teresa: Todo es por Cristo. La gran ayuda para vivir esta experiencia son los hermanos y las hermanas de mi comunidad, que se comprometen por un mismo objetivo. Y en este compromiso nos sostiene la fe y la oración. La necesidad es grande. Nos lo ha recordado usted: «¡Cuántos pobres hay todavía en el mundo! Y ¡cuánto sufrimiento afrontan estas personas!». Y la crisis lo ha agravado todo. Pienso en la pobreza que aflige a tantos países y que se asoma también al mundo del bienestar, en la falta de trabajo, en los movimientos de emigración masiva, en las nuevas esclavitudes, en el abandono y en la soledad de muchas familias, de muchos ancianos y de tantas personas que carecen de casa o de trabajo. Desearía preguntarle, Padre Santo, ¿cómo podemos vivir, todos nosotros, una Iglesia pobre y para los pobres? ¿De qué forma el hombre que sufre es un interrogante para nuestra fe? Todos nosotros, como movimientos y asociaciones laicales, ¿qué contribución concreta y eficaz podemos dar a la Iglesia y a la sociedad para afrontar esta grave crisis que toca la ética pública, el modelo de desarrollo, la política, en resumen, un nuevo modo de ser hombres y mujeres?

Pregunta 4:

Caminar, construir, confesar. Este «programa» suyo para una Iglesia-movimiento, así al menos lo he entendido al oír una de sus homilías al comienzo del Pontificado, nos ha confortado y estimulado. Confortado, porque nos hemos encontrado en una unidad profunda con los amigos de la comunidad cristiana y con toda la Iglesia universal. Estimulado, porque en cierto sentido usted nos ha obligado a sacudir el polvo del tiempo y de la superficialidad de nuestra adhesión a Cristo. Pero debo decir que no consigo superar la sensación de turbación que me produce una de estas palabras: confesar. Confesar, esto es, testimoniar la fe. Pensemos en tantos hermanos nuestros que sufren a causa de ella, como oímos hace poco tiempo. A quien el domingo por la mañana tiene que decidir si ir a Misa porque sabe que, al hacerlo, peligra su vida. A quien se siente cercado y discriminado por la fe cristiana en tantas, demasiadas, partes de este mundo nuestro. Frente a estas situaciones parece que mi confesar, nuestro testimonio, es tímido y amedrentado. Desearíamos hacer más, pero ¿qué? Y ¿cómo aliviar su sufrimiento al no poder hacer nada, o muy poco, para cambiar su contexto político y social?

Respuestas del Santo Padre Francisco

¡Buenas tardes a todos!

Estoy contento de encontraros y de que todos nosotros nos encontremos en esta plaza para orar, para estar unidos y para esperar el don del Espíritu. Conocía vuestras preguntas y he pensado en ellas —¡así que esto no es sin conocimiento! Ante todo, ¡la verdad! Las tengo aquí, escritas.

La primera —«Usted ¿cómo pudo en su vida llegar a la certeza de la fe? Y ¿qué camino nos indica para que cada uno de nosotros venza la fragilidad de la fe?»— es una pregunta histórica, porque se refiere a mi historia, ¡la historia de mi vida!

Tuve la gracia de crecer en una familia en la que la fe se vivía de modo sencillo y concreto; pero fue sobre todo mi abuela, la mamá de mi padre, quien marcó mi camino de fe. Era una mujer que nos explicaba, nos hablaba de Jesús, nos enseñaba el Catecismo. Recuerdo siempre que el Viernes Santo nos llevaba, por la tarde, a la procesión de las antorchas, y al final de esta procesión llegaba el «Cristo yacente», y la abuela nos hacía —a nosotros, niños— arrodillarnos y nos decía: «Mirad, está muerto, pero mañana resucita». Recibí el primer anuncio cristiano precisamente de esta mujer, ¡de mi abuela! ¡Esto es bellísimo! El primer anuncio en casa, ¡con la familia! Y esto me hace pensar en el amor de tantas mamás y de tantas abuelas en la transmisión de la fe. Son quienes transmiten la fe. Esto sucedía también en los primeros tiempos, porque san Pablo decía a Timoteo: «Evoco el recuerdo de la fe de tu abuela y de tu madre» (cf. 2 Tm 1,5). Todas las mamás que están aquí, todas las abuelas, ¡pensad en esto! Transmitir la fe. Porque Dios nos pone al lado personas que ayudan nuestro camino de fe. Nosotros no encontramos la fe en lo abstracto, ¡no! Es siempre una persona que predica, que nos dice quién es Jesús, que nos transmite la fe, nos da el primer anuncio. Y así fue la primera experiencia de fe que tuve.

Pero hay un día muy importante para mí: el 21 de septiembre del ‘53. Tenía casi 17 años. Era el «Día del estudiante», para nosotros el día de  primavera —para vosotros aquí es el día de otoño. Antes de acudir a la fiesta, pasé por la parroquia a la que iba, encontré a un sacerdote a quien no conocía, y sentí la necesidad de confesarme. Ésta fue para mí una experiencia de encuentro: encontré a alguien que me esperaba. Pero no sé qué pasó, no lo recuerdo, no sé por qué estaba aquel sacerdote allí, a quien no conocía, por qué había sentido ese deseo de confesarme, pero la verdad es que alguien me esperaba. Me estaba esperando desde hacía tiempo. Después de la confesión sentí que algo había cambiado. Yo no era el mismo. Había oído justamente como una voz, una llamada: estaba convencido de que tenía que ser sacerdote. Esta experiencia en la fe es importante. Nosotros decimos que debemos buscar a Dios, ir a Él a pedir perdón, pero cuando vamos Él nos espera, ¡Él está primero! Nosotros, en español, tenemos una palabra que expresa bien esto: «El Señor siempre nos primerea», está primero, ¡nos está esperando! Y ésta es precisamente una gracia grande: encontrar a alguien que te está esperando. Tú vas pecador, pero Él te está esperando para perdonarte. Ésta es la experiencia que los profetas de Israel describían diciendo que el Señor es como la flor del almendro, la primera flor de primavera (cf. Jer 1, 11-12). Antes de que salgan las demás flores, está él: él que espera. El Señor nos espera. Y cuando le buscamos, hallamos esta realidad: que es Él quien nos espera para acogernos, para darnos su amor. Y esto te lleva al corazón un estupor tal que no lo crees, y así va creciendo la fe. Con el encuentro con una persona, con el encuentro con el Señor. Alguno dirá: «No; yo prefiero estudiar la fe en los libros». Es importante estudiarla, pero mira: esto solo no basta. Lo importante es el encuentro con Jesús, el encuentro con Él; y esto te da la fe, porque es precisamente Él quien te la da. Hablabais también de la fragilidad de la fe, cómo se hace para vencerla. El mayor enemigo de la fragilidad —curioso, ¿eh?— es el miedo. ¡Pero no tengáis miedo! Somos frágiles, y lo sabemos. Pero Él es más fuerte. Si tú estás con Él, no hay problema. Un niño es fragilísimo —he visto muchos hoy—, pero estaba con su papá, con su mamá: está seguro. Con el Señor estamos seguros. La fe crece con el Señor, precisamente de la mano del Señor; esto nos hace crecer y nos hace fuertes Pero si pensamos que podemos arreglárnoslas solos… Pensemos en qué le sucedió a Pedro: «Señor, nunca te negaré» (cf. Mt 26, 33-35); y después cantó el gallo y le había negado tres veces (cf. vv. 69-75). Pensemos: cuando nos fiamos demasiado de nosotros mismos, somos más frágiles, más frágiles. ¡Siempre con el Señor! Y decir «con el Señor» significa decir con la Eucaristía, con la Biblia, con la oración… pero también en familia, también con mamá, también con ella, porque ella es quien nos lleva al Señor; es la madre, es quien sabe todo. Así rezar también a la Virgen y pedirle, como mamá, que me fortalezca. Esto es lo que pienso sobre la fragilidad; al menos es mi experiencia. Algo que me hace fuerte todos los días es rezar el Rosario a la Virgen. Siento una fuerza muy grande porque acudo a Ella y me siento fuerte.

Pasemos a la segunda pregunta.

«Creo que todos los aquí presentes sentimos fuertemente este desafío, el desafío de la evangelización, que está en el corazón de nuestras experiencias. Por esto desearía pedirle, Padre Santo, que nos ayude, a mí y a todos, a entender cómo vivir este desafío en nuestro tiempo. ¿Para usted qué es lo más importante que todos nosotros, movimientos, asociaciones y comunidades, debemos contemplar para llevar a cabo la tarea a la que estamos llamados? ¿Cómo podemos comunicar de modo eficaz la fe hoy?»

Diré sólo tres palabras.

La primera: Jesús. ¿Qué es lo más importante? Jesús. Si vamos adelante con la organización, con otras cosas, con cosas bellas, pero sin Jesús, no vamos adelante; la cosa no marcha. Jesús es más importante. Ahora desearía hacer un pequeño reproche, pero fraternalmente, entre nosotros. Todos habéis gritado en la plaza: «Francisco, Francisco, Papa Francisco». Pero, ¿qué era de Jesús? Habría querido que gritarais: «Jesús, Jesús es el Señor, ¡y está en medio de nosotros!». De ahora en adelante nada de «Francisco», ¡sino Jesús!

La segunda palabra es: la oración. Mirar el rostro de Dios, pero sobre todo —y esto está unido a lo que he dicho antes— sentirse mirado. El Señor nos mira: nos mira antes. Mi vivencia es lo que experimento ante el sagrario cuando voy a orar, por la tarde, ante el Señor. Algunas veces me duermo un poquito; esto es verdad, porque un poco el cansancio del día te adormece. Pero Él me entiende. Y siento tanto consuelo cuando pienso que Él me mira. Nosotros pensamos que debemos rezar, hablar, hablar, hablar… ¡no! Déjate mirar por el Señor. Cuando Él nos mira, nos da la fuerza y nos ayuda a testimoniarle —porque la pregunta era sobre el testimonio de la fe, ¿no?—. Primero «Jesús»; después «oración» —sentimos que Dios nos lleva de la mano—. Así que subrayo la importancia de dejarse guiar por Él. Esto es más importante que cualquier cálculo. Somos verdaderos evangelizadores dejándonos guiar por Él. Pensemos en Pedro; tal vez estaba echándose la siesta y tuvo una visión, la visión del lienzo con todos los animales, y oyó que Jesús le decía algo, pero él no entendía. En ese momento llegaron algunos no-judíos a llamarle para ir a una casa, y vio cómo el Espíritu Santo estaba allí. Pedro se dejó guiar por Jesús para llevar  aquella primera evangelización a los gentiles, quienes no eran judíos: algo inimaginable en aquel tiempo (cf. Hch 10, 9-33). Y así, toda la historia, ¡toda la historia! Dejarse guiar por Jesús. Es precisamente el leader, nuestro leader es Jesús.

Y la tercera: el testimonio. Jesús, oración —la oración, ese dejarse guiar por Él— y después el testimonio. Pero desearía añadir algo. Este dejarse guiar por Jesús te lleva a las sorpresas de Jesús. Se puede pensar que la evangelización debemos programarla teóricamente, pensando en las estrategias, haciendo planes. Pero estos son instrumentos, pequeños instrumentos. Lo importante es Jesús y dejarse guiar por Él. Después podemos trazar las estrategias, pero esto es secundario.

Finalmente, el testimonio: la comunicación de la fe se puede hacer sólo con el testimonio, y esto es el amor. No con nuestras ideas, sino con el Evangelio vivido en la propia existencia y que el Espíritu Santo hace vivir dentro de nosotros. Es como una sinergia entre nosotros y el Espíritu Santo, y esto conduce al testimonio. A la Iglesia la llevan adelante los santos, que son precisamente quienes dan este testimonio. Como dijo Juan Pablo II y también Benedicto XVI, el mundo de hoy tiene mucha necesidad de testigos. No tanto de maestros, sino de testigos. No hablar tanto, sino hablar con toda la vida: la coherencia de vida, ¡precisamente la coherencia de vida! Una coherencia de vida que es vivir el cristianismo como un encuentro con Jesús que me lleva a los demás y no como un hecho social. Socialmente somos así, somos cristianos, cerrados en nosotros. No, ¡esto no! ¡El testimonio!

La tercera pregunta: «Desearía preguntarle, Padre Santo, ¿cómo podemos vivir, todos nosotros, una Iglesia pobre y para los pobres? ¿De qué forma el hombre que sufre es un interrogante para nuestra fe? Todos nosotros, como movimientos y asociaciones laicales, ¿qué contribución concreta y eficaz podemos dar a la Iglesia y a la sociedad para afrontar esta grave crisis que toca la ética pública» —¡esto es importante!—, «el modelo de desarrollo, la política, en resumen, un nuevo modo de ser hombres y mujeres?».

Retomo desde el testimonio. Ante todo, vivir el Evangelio es la principal contribución que podemos dar. La Iglesia no es un movimiento político, ni una estructura bien organizada: no es esto. No somos una ONG, y cuando la Iglesia se convierte en una ONG pierde la sal, no tiene sabor, es sólo una organización vacía. Y en esto sed listos, porque el diablo nos engaña, porque existe el peligro del eficientismo. Una cosa es predicar a Jesús, otra cosa es la eficacia, ser eficaces. No; aquello es otro valor. El valor de la Iglesia, fundamentalmente, es vivir el Evangelio y dar testimonio de nuestra fe. La Iglesia es la sal de la tierra, es luz del mundo, está llamada a hacer presente en la sociedad la levadura del Reino de Dios y lo hace ante todo con su testimonio, el testimonio del amor fraterno, de la solidaridad, del compartir. Cuando se oye a algunos decir que la solidaridad no es un valor, sino una «actitud primaria» que debe desaparecer… ¡esto no funciona! Se está pensando en una eficacia sólo mundana. Los momentos de crisis, como los que estamos viviendo —pero tú dijiste antes que «estamos en un mundo de mentiras»—, este momento de crisis, prestemos atención, no consiste en una crisis sólo económica; no es una crisis cultural. Es una crisis del hombre: ¡lo que está en crisis es el hombre! ¡Y lo que puede resultar destruido es el hombre! ¡Pero el hombre es imagen de Dios! ¡Por esto es una crisis profunda! En este momento de crisis no podemos preocuparnos sólo de nosotros mismos, encerrarnos en la soledad, en el desaliento, en el sentimiento de impotencia ante los problemas. No os encerréis, por favor. Esto es un peligro: nos encerramos en la parroquia, con los amigos, en el movimiento, con quienes pensamos las mismas cosas… pero ¿sabéis qué ocurre? Cuando la Iglesia se cierra, se enferma, se enferma. Pensad en una habitación cerrada durante un año; cuando vas huele a humedad, muchas cosas no marchan. Una Iglesia cerrada es lo mismo: es una Iglesia enferma. La Iglesia debe salir de sí misma. ¿Adónde? Hacia las periferias existenciales, cualesquiera que sean. Pero salir. Jesús nos dice: «Id por todo el mundo. Id. Predicad. Dad testimonio del Evangelio» (cf. Mc 16, 15). Pero ¿qué ocurre si uno sale de sí mismo? Puede suceder lo que le puede pasar a cualquiera que salga de casa y vaya por la calle: un accidente. Pero yo os digo: prefiero mil veces una Iglesia accidentada, que haya tenido un accidente, que una Iglesia enferma por encerrarse. Salid fuera, ¡salid! Pensad en lo que dice el Apocalipsis. Dice algo bello: que Jesús está a la puerta y llama, llama para entrar a nuestro corazón (cf. Ap 3, 20). Este es el sentido del Apocalipsis. Pero haceos esta pregunta: ¿cuántas veces Jesús está dentro y llama a la puerta para salir, para salir fuera, y no le dejamos salir sólo por nuestras seguridades, porque muchas veces estamos encerrados en estructuras caducas, que sirven sólo para hacernos esclavos y no hijos de Dios libres? En esta «salida» es importante ir al encuentro; esta palabra para mí es muy importante: el encuentro con los demás. ¿Por qué? Porque la fe es un encuentro con Jesús, y nosotros debemos hacer lo mismo que hace Jesús: encontrar a los demás. Vivimos una cultura del desencuentro, una cultura de la fragmentación, una cultura en la que lo que no me sirve lo tiro, la cultura del descarte. Pero sobre este punto os invito a pensar —y es parte de la crisis— en los ancianos, que son la sabiduría de un pueblo, en los niños… ¡la cultura del descarte! Pero nosotros debemos ir al encuentro y debemos crear con nuestra fe una «cultura del encuentro», una cultura de la amistad, una cultura donde hallamos hermanos, donde podemos hablar también con quienes no piensan como nosotros, también con quienes tienen otra fe, que no tienen la misma fe. Todos tienen algo en común con nosotros: son imágenes de Dios, son hijos de Dios. Ir al encuentro con todos, sin negociar nuestra pertenencia. Y otro punto es importante: con los pobres. Si salimos de nosotros mismos, hallamos la pobreza. Hoy —duele el corazón al decirlo—, hoy, hallar a un vagabundo muerto de frío no es noticia. Hoy es noticia, tal vez, un escándalo. Un escándalo: ¡ah! Esto es noticia. Hoy, pensar en que muchos niños no tienen qué comer no es noticia. Esto es grave, ¡esto es grave! No podemos quedarnos tranquilos. En fin… las cosas son así. No podemos volvernos cristianos almidonados, esos cristianos demasiado educados, que hablan de cosas teológicas mientras se toman el té, tranquilos. ¡No! Nosotros debemos ser cristianos valientes e ir a buscar a quienes son precisamente la carne de Cristo, ¡los que son la carne de Cristo! Cuando voy a confesar —ahora no puedo, porque salir a confesar… De aquí no se puede salir, pero este es otro problema—, cuando yo iba confesar en la diócesis precedente, venían algunos y siempre hacía esta pregunta: «Pero ¿usted da limosna?». —«Sí, padre». «Ah, bien, bien». Y hacía dos más: «Dígame, cuando usted da limosna, ¿mira a los ojos de aquél a quien da limosna?».  —«Ah, no sé, no me he dado cuenta». Segunda pregunta: «Y cuando usted da la limosna, ¿toca la mano de aquel a quien le da la limosna, o le echa la moneda?». Este es el problema: la carne de Cristo, tocar la carne de Cristo, tomar sobre nosotros este dolor por los pobres. La pobreza, para nosotros cristianos, no es una categoría sociológica o filosófica y cultural: no; es una categoría teologal. Diría, tal vez la primera categoría, porque aquel Dios, el Hijo de Dios, se abajó, se hizo pobre para caminar con nosotros por el camino. Y esta es nuestra pobreza: la pobreza de la carne de Cristo, la pobreza que nos ha traído el Hijo de Dios con su Encarnación. Una Iglesia pobre para los pobres empieza con ir hacia la carne de Cristo. Si vamos hacia la carne de Cristo, comenzamos a entender algo, a entender qué es esta pobreza, la pobreza del Señor. Y esto no es fácil. Pero existe un problema que no hace bien a los cristianos: el espíritu del mundo, el espíritu mundano, la mundanidad espiritual. Esto nos lleva a una suficiencia, a vivir el espíritu del mundo y no el de Jesús. La pregunta que hacíais vosotros: cómo se debe vivir para afrontar esta crisis que toca la ética pública, el modelo de desarrollo, la política. Como ésta es una crisis del hombre, una crisis que destruye al hombre, es una crisis que despoja al hombre de la ética. En la vida pública, en la política, si no existe ética, una ética de referencia, todo es posible y todo se puede hacer. Y vemos, cuando leemos el periódico, cómo la falta de ética en la vida pública hace mucho mal a toda la humanidad.

Desearía contaros una historia. Ya lo he hecho dos veces esta semana, pero lo haré una tercera vez con vosotros. Es la historia que cuenta un midrash bíblico de un rabino del siglo XII. Él narra la historia de la construcción de la Torre de Babel y dice que, para construir la Torre de Babel, era necesario hacer los ladrillos. ¿Qué significa esto? Ir, amasar el barro, llevar la paja, hacer todo… después, al horno. Y cuando el ladrillo estaba hecho había que llevarlo a lo alto, para la construcción  de la Torre de Babel. Un ladrillo era un tesoro, por todo el trabajo que se necesitaba para hacerlo. Cuando caía un ladrillo, era una tragedia nacional y el obrero culpable era castigado; era tan precioso un ladrillo que si caía era un drama. Pero si caía un obrero no ocurría nada, era otra cosa. Esto pasa hoy: si las inversiones en las bancas caen un poco… tragedia… ¿qué hacer? Pero si mueren de hambre las personas, si no tienen qué comer, si no tienen salud, ¡no pasa nada! ¡Ésta es nuestra crisis de hoy! Y el testimonio de una Iglesia pobre para los pobres va contra esta mentalidad.

La cuarta pregunta: «Frente a estas situaciones parece que mi confesar, mi testimonio, es tímido y amedrentado. Desearía hacer más, pero ¿qué? Y ¿cómo ayudar a nuestros hermanos, cómo aliviar su sufrimiento al no poder hacer nada, o muy poco, para cambiar su contexto político-social?». Para anunciar el Evangelio son necesarias dos virtudes: la valentía y la paciencia. Ellos [los cristianos que sufren] están en la Iglesia de la paciencia. Ellos sufren y hay más mártires hoy que en los primeros siglos de la Iglesia; ¡más mártires! Hermanos y hermanas nuestros. ¡Sufren! Llevan la fe hasta el martirio. Pero el martirio jamás es una derrota; el martirio es el grado más alto del testimonio que debemos dar. Nosotros estamos en camino hacia el martirio, los pequeños martirios: renunciar a esto, hacer esto… pero estamos en camino. Y ellos, pobrecillos, dan la vida, pero la dan —como hemos oído de la situación en Pakistán— por amor a Jesús, testimoniando a Jesús. Un cristiano debe tener siempre esta actitud de mansedumbre, de humildad, precisamente la actitud que tienen ellos, confiando en Jesús, encomendándose a Jesús. Hay que precisar que muchas veces estos conflictos no tienen un origen religioso; a menudo existen otras causas, de tipo social y político, y desgraciadamente las pertenencias religiosas se utilizan como gasolina sobre el fuego. Un cristiano debe saber siempre responder al mal con el bien, aunque a menudo es difícil. Nosotros buscamos hacerles sentir, a estos hermanos y hermanas, que estamos profundamente unidos —¡profundamente unidos!— a su situación, que sabemos que son cristianos «entrados en la paciencia». Cuando Jesús va al encuentro de la Pasión, entra en la paciencia. Ellos han entrado en la paciencia: hacérselo saber, pero también hacerlo saber al Señor. Os hago una pregunta: ¿oráis por estos hermanos y estas hermanas? ¿Oráis por ellos? ¿En la oración de todos los días? No pediré ahora que levante la mano quien reza: no. No lo pediré, ahora. Pero pensadlo bien. En la oración de todos los días decimos a Jesús: «Señor, mira a este hermano, mira a esta hermana que sufre tanto, ¡que sufre tanto!». Ellos hacen la experiencia del límite, precisamente del límite entre la vida y la muerte. Y también para nosotros: esta experiencia debe llevarnos a promover la libertad religiosa para todos, ¡para todos! Cada hombre y cada mujer deben ser libres en la propia confesión religiosa, cualquiera que ésta sea. ¿Por qué? Porque ese hombre y esa mujer son hijos de Dios.

Y así creo haber dicho algo acerca de vuestras preguntas; me disculpo si he sido demasiado largo. ¡Muchas gracias! Gracias a vosotros, y no olvidéis: nada de una Iglesia cerrada, sino una Iglesia que va fuera, que va a las periferias de la existencia. Que el Señor nos guíe por ahí. Gracias.

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 15 de mayo de 2013

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!:

Hoy quisiera reflexionar sobre la acción que realiza el Espíritu Santo al guiar a la Iglesia y a cada uno de nosotros a la Verdad. Jesús mismo dice a los discípulos: el Espíritu Santo «os guiará hasta la verdad» (Jn 16, 13), siendo Él mismo «el Espíritu de la Verdad» (cf. Jn 14, 17; 15, 26; 16, 13).

Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico respecto a la verdad. Benedicto XVI habló muchas veces de relativismo, es decir, de la tendencia a considerar que no existe nada definitivo y a pensar que la verdad deriva del consenso o de lo que nosotros queremos. Surge la pregunta: ¿existe realmente «la» verdad? ¿Qué es «la» verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la mente la pregunta del Procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38). Pilato no logra entender que «la» Verdad está ante él, no logra ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios. Sin embargo, Jesús es precisamente esto: la Verdad, que, en la plenitud de los tiempos, «se hizo carne» (Jn 1, 1.14), vino en medio de nosotros para que la conociéramos. La verdad no se aferra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona.

Pero, ¿quién nos hace reconocer que Jesús es «la» Palabra de verdad, el Hijo unigénito de Dios Padre? San Pablo enseña que «nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!”, sino por el Espíritu Santo» (1 Co 12, 3). Es precisamente el Espíritu Santo, el don de Cristo Resucitado, quien nos hace reconocer la Verdad. Jesús lo define el «Paráclito», es decir, «aquel que viene a ayudar», que está a nuestro lado para sostenernos en este camino de conocimiento; y, durante la última Cena, Jesús asegura a los discípulos que el Espíritu Santo enseñará todo, recordándoles sus palabras (cf. Jn 14, 26).

¿Cuál es, entonces, la acción del Espíritu Santo en nuestra vida y en la vida de la Iglesia para guiarnos a la verdad? Ante todo, recuerda e imprime en el corazón de los creyentes las palabras que dijo Jesús, y, precisamente a través de tales palabras, la ley de Dios —como habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento— se inscribe en nuestro corazón y se convierte en nosotros en principio de valoración en las opciones y de guía en las acciones cotidianas; se convierte en principio de vida. Se realiza así la gran profecía de Ezequiel: «os purificaré de todas vuestras inmundicias e idolatrías, y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo… Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos» (36, 25-27). En efecto, es del interior de nosotros mismos de donde nacen nuestras acciones: es precisamente el corazón lo que debe convertirse a Dios, y el Espíritu Santo lo transforma si nosotros nos abrimos a Él.

El Espíritu Santo, luego, como promete Jesús, nos guía «hasta la verdad plena» (Jn 16, 13); nos guía no sólo al encuentro con Jesús, plenitud de la Verdad, sino que nos guía incluso «dentro» de la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión cada vez más profunda con Jesús, donándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y esto no lo podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial. La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la Verdad actúa en nuestro corazón suscitando el «sentido de la fe» (sensus fidei) a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, se adhiere indefectiblemente a la fe transmitida, la profundiza con recto juicio y la aplica más plenamente en la vida (cf. Const. dogm. Lumen gentium, 12). Preguntémonos: ¿estoy abierto a la acción del Espíritu Santo, le pido que me dé luz, me haga más sensible a las cosas de Dios? Esta es una oración que debemos hacer todos los días: «Espíritu Santo haz que mi corazón se abra a la Palabra de Dios, que mi corazón se abra al bien, que mi corazón se abra a la belleza de Dios todos los días». Quisiera hacer una pregunta a todos: ¿cuántos de vosotros rezan todos los días al Espíritu Santo? Serán pocos, pero nosotros debemos satisfacer este deseo de Jesús y rezar todos los días al Espíritu Santo, para que nos abra el corazón hacia Jesús.

Pensemos en María, que «conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19.51). La acogida de las palabras y de las verdades de la fe, para que se conviertan en vida, se realiza y crece bajo la acción del Espíritu Santo. En este sentido es necesario aprender de María, revivir su «sí», su disponibilidad total a recibir al Hijo de Dios en su vida, que quedó transformada desde ese momento. A través del Espíritu Santo, el Padre y el Hijo habitan junto a nosotros: nosotros vivimos en Dios y de Dios. Pero, nuestra vida ¿está verdaderamente animada por Dios? ¿Cuántas cosas antepongo a Dios?

Queridos hermanos y hermanas, necesitamos dejarnos inundar por la luz del Espíritu Santo, para que Él nos introduzca en la Verdad de Dios, que es el único Señor de nuestra vida. En este Año de la fe preguntémonos si hemos dado concretamente algún paso para conocer más a Cristo y las verdades de la fe, leyendo y meditando la Sagrada Escritura, estudiando el Catecismo, acercándonos con constancia a los Sacramentos. Preguntémonos al mismo tiempo qué pasos estamos dando para que la fe oriente toda nuestra existencia. No se es cristiano a «tiempo parcial», sólo en algunos momentos, en algunas circunstancias, en algunas opciones. No se puede ser cristianos de este modo, se es cristiano en todo momento. ¡Totalmente! La verdad de Cristo, que el Espíritu Santo nos enseña y nos dona, atañe para siempre y totalmente nuestra vida cotidiana. Invoquémosle con más frecuencia para que nos guíe por el camino de los discípulos de Cristo. Invoquémosle todos los días. Os hago esta propuesta: invoquemos todos los días al Espíritu Santo, así el Espíritu Santo nos acercará a Jesucristo.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, México, Honduras, Paraguay, Chile, Argentina y los demás países latinoamericanos. Pidamos a la Virgen María que nos haga dóciles a la acción del Espíritu Santo, para que como Ella, con disponibilidad total, digamos “sí” a los designios de Dios en nuestra vida. Muchas gracias.

* * *

Un pensamiento especial dirijo a los obispos, a los sacerdotes y a los fieles procedentes de Cerdeña; queridos amigos, os doy las gracias por vuestra presencia y de corazón os encomiendo a vosotros y a vuestras comunidades a la materna intercesión de la Virgen Santa, a quien veneráis con el título de «Madonna di Bonaria». Al respecto os quiero anunciar que deseo visitar el Santuario de Cágliari —prácticamente con seguridad en el mes de septiembre— porque entre la ciudad de Buenos Aires y Cágliari existe una fraternidad por una historia antigua. Precisamente en el momento de la fundación de la ciudad de Buenos Aires, su fundador quería llamarla «Ciudad de la Santísima Trinidad», pero los marineros que le habían llevado allí eran sardos y querían que se llamara «Ciudad de la Virgen de Bonaria». Disputaron entre sí y al final llegaron a un acuerdo, de forma que el nombre de la ciudad resultó largo: «Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Nuestra Señora de Buen Aire». Al ser tan largo, sólo permanecieron las dos últimas palabras, Buen Aire, Buenos Aires, en recuerdo de vuestra imagen de la Madonna di Bonaria.

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REGINA COELI

Plaza de San Pedro
VII Domingo de Pascua, 12 de mayo de 2013

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Queridos hermanos y hermanas:

Al término de esta celebración, deseo saludar a todos vosotros que habéis venido a rendir homenaje a los nuevos santos, de modo particular a las delegaciones oficiales de Italia, Colombia y México.

Que los mártires de Otranto ayuden al querido pueblo italiano a mirar con esperanza al futuro, confiando en la cercanía de Dios que nunca abandona, incluso en los momentos difíciles.

Que por intercesión de Madre Laura Montoya, el Señor conceda un nuevo impulso misionero y evangelizador a la Iglesia, y que, inspirados en el ejemplo de concordia y reconciliación de esta nueva santa, los amados hijos de Colombia continúen trabajando por la paz y el justo desarrollo de su patria.

En las manos de santa Guadalupe García Zavala ponemos a todos los pobres, los enfermos y a cuantos los asisten, y encomendamos a su intercesión la noble nación mexicana, para que, desterrada toda violencia e inseguridad, avance cada vez más por el camino de la solidaridad y la convivencia fraterna.

Me complace además recordar que ayer, en Roma, fue proclamado beato el sacerdote Luigi Novarese, fundador del Centro Voluntarios del Sufrimiento y de los Silenciosos Operarios de la Cruz. Me uno a la acción de gracias por este sacerdote ejemplar, que supo renovar la pastoral de los enfermos haciendo de ellos sujetos activos en la Iglesia.

Saludo a los participantes en la «Marcha por la vida» que tuvo lugar esta mañana en Roma e invito a mantener viva la atención de todos sobre el tema tan importante del respeto por la vida humana desde el momento de su concepción. Al respecto, me complace recordar también la recogida de firmas que se realiza hoy en muchas parroquias italianas con el fin de sostener la iniciativa europea «Uno de nosotros», para garantizar protección jurídica al embrión, tutelando a todo ser humano desde el primer instante de su existencia. Un momento especial para quienes prestan especial atención a la defensa de la sacralidad de la vida humana será la «Jornada de la Evangelium vitae», que tendrá lugar aquí, en el Vaticano, en el contexto del Año de la fe, el 15 y 16 de junio próximo.

Saludo con afecto a todos los grupos parroquiales, a las familias, las escuelas, los jóvenes presentes. Con amor filial nos dirigimos a la Virgen María, madre y modelo de todos los cristianos.

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SANTA MISA Y CANONIZACIONES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
VII Domingo de Pascua 12 de mayo de 2013

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Fotogalería

Queridos hermanos y hermanas:

En este séptimo domingo del Tiempo Pascual, nos reunimos con alegría para celebrar una fiesta de la santidad. Damos gracias a Dios que ha hecho resplandecer su gloria, la gloria del Amor, en los Mártires de Otranto, la Madre Laura Montoya y la Madre María Guadalupe García Zavala. Saludo a todos los que habéis venido a esta fiesta —de Italia, Colombia, México y otros países— y os lo agradezco. Miremos a los nuevos santos a la luz de la Palabra de Dios que ha sido proclamada. Una palabra que nos invita a la fidelidad a Cristo, incluso hasta el martirio; nos ha llamado a la urgencia y la hermosura de llevar a Cristo y su Evangelio a todos; y nos ha hablado del testimonio de la caridad, sin la cual, incluso el martirio y la misión pierden su sabor cristiano.

1. Los Hechos de los Apóstoles, cuando hablan del diácono Esteban, el protomártir, insisten en decir que él era un hombre «lleno del Espíritu Santo» (6,5; 7,55). ¿Qué significa esto? Significa que estaba lleno del amor de Dios, que toda su persona, su vida, estaba animada por el Espíritu de Cristo resucitado hasta el punto de seguir a Jesús con fidelidad total, hasta hasta la entrega de sí mismo.

Hoy la Iglesia propone a nuestra veneración una multitud de mártires, que en 1480 fueron llamados juntos al supremo testimonio del Evangelio. Casi 800 personas, supervivientes del asedio y la invasión de Otranto, fueron decapitadas en las afueras de la ciudad. No quisieron renegar de la propia fe y murieron confesando a Cristo resucitado. ¿Dónde encontraron la fuerza para permanecer fieles? Precisamente en la fe, que nos hace ver más allá de los límites de nuestra mirada humana, más allá de la vida terrena; hace que contemplemos «los cielos abiertos» –como dice san Esteban – y a Cristo vivo a la derecha del Padre. Queridos amigos, conservemos la fe que hemos recibido y que es nuestro verdadero tesoro, renovemos nuestra fidelidad al Señor, incluso en medio de los obstáculos y las incomprensiones. Dios no dejará que nos falten las fuerzas ni la serenidad. Mientras veneramos a los Mártires de Otranto, pidamos a Dios que sostenga a tantos cristianos que, precisamente en estos tiempos, ahora, y en tantas partes del mundo, todavía sufren violencia, y les dé el valor de ser fieles y de responder al mal con el bien.

2. La segunda idea la podemos extraer de las palabras de Jesús que hemos escuchado en el Evangelio: «Ruego por los que creerán en mí por la palabra de ellos, para que sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros» (Jn 17,20). Santa Laura Montoya fue instrumento de evangelización primero como maestra y después como madre espiritual de los indígenas, a los que infundió esperanza, acogiéndolos con ese amor aprendido de Dios, y llevándolos a Él con una eficaz pedagogía que respetaba su cultura y no se contraponía a ella. En su obra de evangelización Madre Laura se hizo verdaderamente toda a todos, según la expresión de san Pablo (cf. 1 Co 9,22). También hoy sus hijas espirituales viven y llevan el Evangelio a los lugares más recónditos y necesitados, como una especie de vanguardia de la Iglesia.

Esta primera santa nacida en la hermosa tierra colombiana nos enseña a ser generosos con Dios, a no vivir la fe solitariamente como si fuera posible vivir la fe aisladamente, sino a comunicarla, a irradiar la alegría del Evangelio con la palabra y el testimonio de vida allá donde nos encontremos. En cualquier lugar donde estemos, irradiar esa vida del Evangelio. Nos enseña a ver el rostro de Jesús reflejado en el otro, a vencer la indiferencia y el individualismo, que corroe las comunidades cristianas y corroe nuestro propio corazón, y nos enseña a acoger a todos sin prejuicios, sin discriminación, sin reticencia, con auténtico amor, dándoles lo mejor de nosotros mismos y, sobre todo, compartiendo con ellos lo más valioso que tenemos, que no son nuestras obras o nuestras organizaciones, no. Lo más valioso que tenemos es Cristo y su Evangelio.

3. Por último, una tercera idea. En el Evangelio de hoy, Jesús reza al Padre con estas palabras: «Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre, para que el amor que me tenías esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26). La fidelidad hasta la muerte de los mártires, la proclamación del Evangelio a todos se enraízan, tienen su raíz, en el amor de Dios, que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5), y en el testimonio que hemos de dar de este amor en nuestra vida diaria. Santa Guadalupe García Zavala lo sabía bien. Renunciando a una vida cómoda cuánto daño hace la vida cómoda, el bienestar; el aburguesamiento del corazón nos paraliza y, renunciando a una vida cómoda para seguir la llamada de Jesús, enseñaba a amar la pobreza, para poder amar más a los pobres y los enfermos. Madre Lupita se arrodillaba en el suelo del hospital ante los enfermos y ante los abandonados para servirles con ternura y compasión. Y esto se llama «tocar la carne de Cristo». Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo. Y Madre Lupita tocaba la carne de Cristo y nos enseñaba esta conducta: no avergonzarnos, no tener miedo, no tener repugnancia a tocar la carne de Cristo. Madre Lupita había entendido qué significa eso de «tocar la carne de Cristo». También hoy sus hijas espirituales buscan reflejar el amor de Dios en las obras de caridad, sin ahorrar sacrificios y afrontando con mansedumbre, con constancia apostólica (hypomonē), soportando con valentía cualquier obstáculo.

Esta nueva santa mexicana nos invita a amar como Jesús nos ha amado, y esto conlleva no encerrarse en uno mismo, en los propios problemas, en las propias ideas, en los propios intereses, en ese pequeño mundito que nos hace tanto daño, sino salir e ir al encuentro de quien tiene necesidad de atención, compresión y ayuda, para llevarle la cálida cercanía del amor de Dios, a través de gestos concretos de delicadeza, de afecto sincero y de amor.

Fidelidad a Jesucristo y a su Evangelio, para anunciarlo con la palabra y con la vida, dando testimonio del amor de Dios con nuestro amor, con nuestra caridad hacia todos: los santos que hemos proclamado hoy son ejemplos luminosos de esto, y esto nos ofrecen sus enseñanzas, pero también cuestionan nuestra vida de cristianos: ¿Cómo es mi fidelidad al Señor? Llevemos con nosotros esta pregunta para pensarla durante la jornada: ¿Cómo es mi fidelidad a Cristo? ¿Soy capaz de «hacer ver» mi fe con respeto, pero también con valentía? ¿Estoy atento a los otros? ¿Me percato del que padece necesidad? ¿Veo a los demás como hermanos y hermanas a los que debo amar? Por intercesión de la Santísima Virgen María y de los nuevos santos, pidamos que el Señor colme nuestra vida con la alegría de su amor. Así sea.

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 8 de mayo de 2013

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El tiempo pascual que estamos viviendo con alegría, guiados por la liturgia de la Iglesia, es por excelencia el tiempo del Espíritu Santo donado «sin medida» (cf. Jn 3, 34) por Jesús crucificado y resucitado. Este tiempo de gracia se concluye con la fiesta de Pentecostés, en la que la Iglesia revive la efusión del Espíritu sobre María y los Apóstoles reunidos en oración en el Cenáculo.

Pero, ¿quién es el Espíritu Santo? En el Credo profesamos con fe: «Creo en el Espíritu Santo que es Señor y da la vida». La primera verdad a la que nos adherimos en el Credo es que el Espíritu Santo es «Kyrios», Señor. Esto significa que Él es verdaderamente Dios como lo es el Padre y el Hijo, objeto, por nuestra parte, del mismo acto de adoración y glorificación que dirigimos al Padre y al Hijo. El Espíritu Santo, en efecto, es la tercera Persona de la Santísima Trinidad; es el gran don de Cristo Resucitado que abre nuestra mente y nuestro corazón a la fe en Jesús como Hijo enviado por el Padre y que nos guía a la amistad, a la comunión con Dios.

Pero quisiera detenerme sobre todo en el hecho de que el Espíritu Santo es el manantial inagotable de la vida de Dios en nosotros. El hombre de todos los tiempos y de todos los lugares desea una vida plena y bella, justa y buena, una vida que no esté amenazada por la muerte, sino que madure y crezca hasta su plenitud. El hombre es como un peregrino que, atravesando los desiertos de la vida, tiene sed de un agua viva fluyente y fresca, capaz de saciar en profundidad su deseo profundo de luz, amor, belleza y paz. Todos sentimos este deseo. Y Jesús nos dona esta agua viva: esa agua es el Espíritu Santo, que procede del Padre y que Jesús derrama en nuestros corazones. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante», nos dice Jesús (Jn 10, 10).

Jesús promete a la Samaritana dar un «agua viva», superabundante y para siempre, a todos aquellos que le reconozcan como el Hijo enviado del Padre para salvarnos (cf. Jn 4, 5-26; 3, 17). Jesús vino para donarnos esta «agua viva» que es el Espíritu Santo, para que nuestra vida sea guiada por Dios, animada por Dios, nutrida por Dios. Cuando decimos que el cristiano es un hombre espiritual entendemos precisamente esto: el cristiano es una persona que piensa y obra según Dios, según el Espíritu Santo. Pero me pregunto: y nosotros, ¿pensamos según Dios? ¿Actuamos según Dios? ¿O nos dejamos guiar por otras muchas cosas que no son precisamente Dios? Cada uno de nosotros debe responder a esto en lo profundo de su corazón.

A este punto podemos preguntarnos: ¿por qué esta agua puede saciarnos plenamente? Nosotros sabemos que el agua es esencial para la vida; sin agua se muere; ella sacia la sed, lava, hace fecunda la tierra. En la Carta a los Romanos encontramos esta expresión: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (5, 5). El «agua viva», el Espíritu Santo, Don del Resucitado que habita en nosotros, nos purifica, nos ilumina, nos renueva, nos transforma porque nos hace partícipes de la vida misma de Dios que es Amor. Por ello, el Apóstol Pablo afirma que la vida del cristiano está animada por el Espíritu y por sus frutos, que son «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí» (Ga 5, 22-23). El Espíritu Santo nos introduce en la vida divina como «hijos en el Hijo Unigénito». En otro pasaje de la Carta a los Romanos, que hemos recordado en otras ocasiones, san Pablo lo sintetiza con estas palabras: «Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues… habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos “Abba, Padre”. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con Él, seremos también glorificados con Él» (8, 14-17). Este es el don precioso que el Espíritu Santo trae a nuestro corazón: la vida misma de Dios, vida de auténticos hijos, una relación de confidencia, de libertad y de confianza en el amor y en la misericordia de Dios, que tiene como efecto también una mirada nueva hacia los demás, cercanos y lejanos, contemplados como hermanos y hermanas en Jesús a quienes hemos de respetar y amar. El Espíritu Santo nos enseña a mirar con los ojos de Cristo, a vivir la vida como la vivió Cristo, a comprender la vida como la comprendió Cristo. He aquí por qué el agua viva que es el Espíritu sacia la sed de nuestra vida, porque nos dice que somos amados por Dios como hijos, que podemos amar a Dios como sus hijos y que con su gracia podemos vivir como hijos de Dios, como Jesús. Y nosotros, ¿escuchamos al Espíritu Santo? ¿Qué nos dice el Espíritu Santo? Dice: Dios te ama. Nos dice esto. Dios te ama, Dios te quiere. Nosotros, ¿amamos de verdad a Dios y a los demás, como Jesús? Dejémonos guiar por el Espíritu Santo, dejemos que Él nos hable al corazón y nos diga esto: Dios es amor, Dios nos espera, Dios es el Padre, nos ama como verdadero papá, nos ama de verdad y esto lo dice sólo el Espíritu Santo al corazón, escuchemos al Espíritu Santo y sigamos adelante por este camino del amor, de la misericordia y del perdón. Gracias.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en especial a la Delegación del Estado de México, así como a los grupos venidos de España, Colombia, Venezuela y otros países latinoamericanos.

En este día en el que se celebra Nuestra Señora de Luján, celestial Patrona de Argentina, un aplauso a la Virgen de Luján,… más fuerte, no siento, más fuerte. En este día de la Virgen de Luján deseo hacer llegar a todos los hijos de esas queridas tierras argentinas mi sincero afecto, a la vez que pongo en manos de la Santísima Virgen todas sus alegrías y preocupaciones. Muchas gracias.


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PAPA FRANCISCO

REGINA COELI

Plaza de San Pedro
VI Domingo de Pascua, 5 de mayo de 2013

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En este momento de profunda comunión en Cristo, sentimos viva también en medio de nosotros la presencia espiritual de la Virgen María. Una presencia maternal, familiar, especialmente para vosotros que formáis parte de las Hermandades. El amor a la Virgen es una de las características de la piedad popular, que pide ser valorada y bien orientada. Por ello, os invito a meditar el último capítulo de la constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia, la Lumen gentium, que habla precisamente de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Allí se dice que María «avanzó en la peregrinación de la fe» (n. 58). Queridos amigos, en el Año de la fe os dejo este icono de María peregrina, que sigue al Hijo Jesús y nos precede a todos nosotros en el camino de la fe.

Hoy, las Iglesias de Oriente que siguen el calendario Juliano celebran la fiesta de Pascua. Deseo enviar a estos hermanos y hermanas un saludo especial, uniéndome de todo corazón a ellos al proclamar el gozoso anuncio: ¡Cristo ha resucitado! Reunidos en oración en torno a María, invoquemos de Dios el don del Espíritu Santo, el Paráclito, para que consuele y conforte a todos los cristianos, especialmente a quienes celebran la Pascua en medio de pruebas y sufrimientos, y los guíe por el camino de la reconciliación y de la paz.

Ayer en Brasil fue proclamada beata Francisca de Paula De Jesus, llamada «Nhá Chica». Su vida sencilla la dedicó totalmente a Dios y a la caridad, de tal modo que fue llamada «madre de los pobres». Me uno a la alegría de la Iglesia en Brasil por esta luminosa discípula del Señor.

Saludo con afecto a todas las Hermandades presentes, llegadas de tantos países. ¡Gracias por vuestro testimonio de fe! Saludo también a los grupos parroquiales y a las familias, así como a las diversas bandas musicales y asociaciones de los Schützen procedentes de Alemania.

Un saludo especial dirijo hoy a la Asociación «Meter», en la Jornada de los niños víctimas de la violencia. Y esto me brinda la ocasión para dirigir mi pensamiento a cuantos han sufrido y sufren por causa de abusos. Quiero asegurarles que están presentes en mi oración, pero quisiera decir también con fuerza que todos debemos comprometernos con claridad y valentía a fin de que toda persona humana, especialmente los niños, que se cuentan entre las categorías más vulnerables, sea siempre defendida y tutelada.

Aliento también a los enfermos de hipertensión pulmonar y a sus familiares.

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SANTA MISA CON OCASIÓN DE LA JORNADA DE LAS COFRADÍAS
Y DE LA PIEDAD POPULAR

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
VI Domingo de Pascua, 5 de mayo de 2013

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Queridos hermanos y hermanas, habéis tenido valor para venir con esta lluvia… El Señor os lo pague.

En el camino del Año de la Fe, me alegra celebrar esta Eucaristía dedicada de manera especial a las Hermandades, una realidad tradicional en la Iglesia que ha vivido en los últimos tiempos una renovación y un redescubrimiento. Os saludo a todos con afecto, en especial a las Hermandades que han venido de diversas partes del mundo. Gracias por vuestra presencia y vuestro testimonio.

1. Hemos escuchado en el Evangelio un pasaje de los sermones de despedida de Jesús, que el evangelista Juan nos ha dejado en el contexto de la Última Cena. Jesús confía a los Apóstoles sus últimas recomendaciones antes de dejarles, como un testamento espiritual. El texto de hoy insiste en que la fe cristiana está toda ella centrada en la relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Quien ama al Señor Jesús, acoge en sí a Él y al Padre, y gracias al Espíritu Santo acoge en su corazón y en su propia vida el Evangelio. Aquí se indica el centro del que todo debe iniciar, y al que todo debe conducir: amar a Dios, ser discípulos de Cristo viviendo el Evangelio. Dirigiéndose a vosotros, Benedicto XVI ha usado esta palabra: «evangelicidad». Queridas Hermandades, la piedad popular, de la que sois una manifestación importante, es un tesoro que tiene la Iglesia, y que los obispos latinoamericanos han definido de manera significativa como una espiritualidad, una mística, que es un «espacio de encuentro con Jesucristo». Acudid siempre a Cristo, fuente inagotable, reforzad vuestra fe, cuidando la formación espiritual, la oración personal y comunitaria, la liturgia. A lo largo de los siglos, las Hermandades han sido fragua de santidad de muchos que han vivido con sencillez una relación intensa con el Señor. Caminad con decisión hacia la santidad; no os conforméis con una vida cristiana mediocre, sino que vuestra pertenencia sea un estímulo, ante todo para vosotros, para amar más a Jesucristo.

2. También el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado nos habla de lo que es esencial. En la Iglesia naciente fue necesario inmediatamente discernir lo que era esencial para ser cristianos, para seguir a Cristo, y lo que no lo era. Los Apóstoles y los ancianos tuvieron una reunión importante en Jerusalén, un primer «concilio» sobre este tema, a causa de los problemas que habían surgido después de que el Evangelio hubiera sido predicado a los gentiles, a los no judíos. Fue una ocasión providencial para comprender mejor qué es lo esencial, es decir, creer en Jesucristo, muerto y resucitado por nuestros pecados, y amarse unos a otros como Él nos ha amado. Pero notad cómo las dificultades no se superaron fuera, sino dentro de la Iglesia. Y aquí entra un segundo elemento que quisiera recordaros, como hizo Benedicto XVI: la «eclesialidad». La piedad popular es una senda que lleva a lo esencial si se vive en la Iglesia, en comunión profunda con vuestros Pastores. Queridos hermanos y hermanas, la Iglesia os quiere. Sed una presencia activa en la comunidad, como células vivas, piedras vivas. Los obispos latinoamericanos han dicho que la piedad popular, de la que sois una expresión es «una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia» (Documento de Aparecida, 264). ¡Esto es hermoso! Una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia. Amad a la Iglesia. Dejaos guiar por ella. En las parroquias, en las diócesis, sed un verdadero pulmón de fe y de vida cristiana, aire fresco. Veo en esta plaza una gran variedad antes de paraguas y ahora de colores y de signos. Así es la Iglesia: una gran riqueza y variedad de expresiones en las que todo se reconduce a la unidad, la variedad reconducida a la unidad y la unidad es encuentro con Cristo.

3. Quisiera añadir una tercera palabra que os debe caracterizar: «misionariedad». Tenéis una misión específica e importante, que es mantener viva la relación entre la fe y las culturas de los pueblos a los que pertenecéis, y lo hacéis a través de la piedad popular. Cuando, por ejemplo, lleváis en procesión el crucifijo con tanta veneración y tanto amor al Señor, no hacéis únicamente un gesto externo; indicáis la centralidad del Misterio Pascual del Señor, de su Pasión, Muerte y Resurrección, que nos ha redimido; e indicáis, primero a vosotros mismos y también a la comunidad, que es necesario seguir a Cristo en el camino concreto de la vida para que nos transforme. Del mismo modo, cuando manifestáis la profunda devoción a la Virgen María, señaláis al más alto logro de la existencia cristiana, a Aquella que por su fe y su obediencia a la voluntad de Dios, así como por la meditación de las palabras y las obras de Jesús, es la perfecta discípula del Señor (cf. Lumen gentium, 53). Esta fe, que nace de la escucha de la Palabra de Dios, vosotros la manifestáis en formas que incluyen los sentidos, los afectos, los símbolos de las diferentes culturas… Y, haciéndolo así, ayudáis a transmitirla a la gente, y especialmente a los sencillos, a los que Jesús llama en el Evangelio «los pequeños». En efecto, «el caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador» (Documento de Aparecida, 264). Cuando vais a los santuarios, cuando lleváis a la familia, a vuestros hijos, hacéis una verdadera obra evangelizadora. Es necesario seguir por este camino. Sed también vosotros auténticos evangelizadores. Que vuestras iniciativas sean «puentes», senderos para llevar a Cristo, para caminar con Él. Y, con este espíritu, estad siempre atentos a la caridad. Cada cristiano y cada comunidad es misionera en la medida en que lleva y vive el Evangelio, y da testimonio del amor de Dios por todos, especialmente por quien se encuentra en dificultad. Sed misioneros del amor y de la ternura de Dios. Sed misioneros de la misericordia de Dios, que siempre nos perdona, nos espera siempre y nos ama tanto.

Autenticidad evangélica, eclesialidad, ardor misionero. Tres palabras, no las olvidéis: Autenticidad evangélica, eclesialidad, ardor misionero. Pidamos al Señor que oriente siempre nuestra mente y nuestro corazón hacia Él, como piedras vivas de la Iglesia, para que todas nuestras actividades, toda nuestra vida cristiana, sea un testimonio luminoso de su misericordia y de su amor. Así caminaremos hacia la meta de nuestra peregrinación terrena, hacia ese santuario tan hermoso, hacia la Jerusalén del cielo. Allí ya no hay ningún templo: Dios mismo y el Cordero son su templo; y la luz del sol y la luna ceden su puesto a la gloria del Altísimo. Que así sea.

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REZO DEL SANTO ROSARIO

PALABRAS DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Papal de Santa María la Mayor
Sábado 4 de mayo de 2013

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Agradezco al Eminentísimo Señor Arcipreste de esta Basílica las palabras que ha dicho antes. Le agradezco, hermano y amigo, una amistad que nació en aquel país en el fin del mundo. Muchas gracias. Agradezco la presencia del Señor Cardenal Vicario, de los Señores Cardenales, los Obispos, los Sacerdotes. Y os agradezco a vosotros, hermanos y hermanas, que hoy hayáis venido a rezar a la Virgen María, la madre, la «Salus Populi Romani». Porque esta tarde nos encontramos aquí ante María. Hemos rezado bajo su guía maternal para que nos acerque cada vez más a su Hijo Jesús; le hemos traído nuestras alegrías y nuestras angustias, nuestras esperanzas y dificultades; la hemos invocado con la hermosa advocación “Salus Populi Romani”, pidiendo para todos nosotros, para Roma, para todo el mundo, que nos conceda la salud. Sí, porque María nos da la salud, es nuestra salud.

Jesucristo, con su Pasión, Muerte y Resurrección, nos ha traído la salvación, nos ha dado la gracia y el gozo de ser hijos de Dios, de invocarlo verdaderamente con el nombre de Padre. María es madre, y una madre se preocupa sobre todo de la salud de sus hijos, la preserva siempre con amor grande y tierno. La Virgen María protege nuestra salud. ¿Qué quiere decir esto, que la Virgen María protege nuestra salud? Pienso sobre todo en tres aspectos: nos ayuda a crecer, a afrontar la vida, a ser libres; nos ayuda a crecer, nos ayuda a afrontar la vida, nos ayuda a ser libres.

1. Una mamá ayuda a sus hijos a crecer y quiere que crezcan bien; por eso los educa para que no se dejen llevar por la pereza –a veces fruto de un cierto bienestar–, para que no cedan a una vida cómoda que se conforma sólo con tener cosas. La mamá se preocupa de que sus hijos sigan creciendo más, crezcan fuertes, capaces de asumir responsabilidades y compromisos en la vida, de proponerse grandes ideales. El Evangelio de San Lucas dice que, en la familia de Nazaret, Jesús “iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2,40). La Virgen María hace esto mismo en nosotros, nos ayuda a crecer humanamente y en la fe, a ser fuertes y a no ceder a la tentación de ser superficiales, como hombres y como cristianos, sino a vivir con responsabilidad, a ir siempre más allá.

2. Una mamá además se ocupa de la salud de los hijos educándolos para que afronten las dificultades de la vida. No se educa, no se cuida la salud evitando los problemas, como si la vida fuese un camino sin obstáculos. La mamá ayuda a sus hijos a ver con realismo los problemas de la vida y a no venirse abajo, sino a afrontarlos con valentía, a no ser flojos, a superarlos, conjugando adecuadamente la seguridad y el riesgo, que una madre sabe “intuir”. Y esto una mamá sabe hacerlo. Non lleva al hijo sólo por el camino seguro, porque de esa manera el hijo no puede crecer, pero tampoco lo abandona siempre en el camino peligroso, porqué es arriesgado. Una mamá sabe sopesar las cosas. Una vida sin desafíos no existe y un chico o una joven que no sabe afrontarlos poniendo en juego su propia vida, es un chico o una joven sin consistencia. Recordemos la parábola del buen samaritano: Jesús no propone como modelo el comportamiento del sacerdote y del levita, que evitan socorrer a quien había caído en manos de los ladrones, sino el del samaritano que ve la situación de aquel hombre y la afronta concretamente, asumiendo los riesgos. María ha pasado muchos momentos no fáciles en su vida, desde el nacimiento de Jesús, cuando “no había sitio para ellos en la posada” (Lc 2,7), hasta el Calvario (cf. Jn 19,25). Como una buena madre está a nuestro lado, para que no perdamos jamás el arrojo frente a las adversidades de la vida, frente a nuestra debilidad, frente a nuestros pecados: nos fortalece, nos señala el camino de su Hijo. Jesús, desde la cruz, dice a María indicando a Juan: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo”, y a Juan: “Ahí tienes a tu madre” (cf. Jn 19,26-27). En aquel discípulo estamos representados todos nosotros: el Señor nos encomienda en las manos llenas de amor y de ternura de la Madre, de modo que podamos contar con su ayuda para afrontar y vencer las dificultades de nuestro camino humano y cristiano; no temer las dificultades, afrontarlas con la ayuda de mamá.

3. Un último aspecto: una buena mamá no sólo sigue de cerca el crecimiento de sus hijos sin evitar los problemas, los retos de la vida; una buena mamá ayuda también a tomar decisiones definitivas con libertad. Esto no es fácil, pero una mamá sabe hacerlo. Pero, ¿qué quiere decir ‘libertad’? No se trata ciertamente de hacer siempre lo que uno quiere, dejarse dominar por las pasiones, pasar de una cosa a otra sin discernimiento, seguir la moda del momento;  libertad no significa prescindir sin más de lo que a uno no le gusta. No, ¡eso no es libertad! ¡La libertad es un don para que sepamos elegir bien en la vida! María, como buena madre que es, nos enseña a ser, como Ella, capaces de tomar decisiones definitivas; decisiones definitivas, en este momento en el que reina, por decirlo así, la filosofía de lo pasajero. Es tan difícil comprometerse en la vida definitivamente. Y ella nos ayuda a tomar decisiones definitivas con aquella libertad plena con la que respondió “sí” al designio de Dios en su vida (cf. Lc 1,38).

Queridos hermanos y hermanas, ¡qué difícil es tomar decisiones definitivas en nuestros días! Nos seduce lo pasajero. Somos víctimas de una tendencia que nos lleva a la provisionalidad… como si quisiésemos seguir siendo adolescentes. Es de alguna manera la fascinación del permanecer adolescentes, y esto: ¡para toda la vida! ¡No tengamos miedo a los compromisos definitivos, a los compromisos que implican y exigen toda la vida! ¡Así la vida será fecunda! Y esto es libertad: tener el valor de tomar estas decisiones con magnanimidad.

Toda la existencia de María es un canto a la vida, un canto al amor a la vida: ha engendrado a Jesús según la carne y ha acompañado el nacimiento de la Iglesia en el Calvario y en el Cenáculo. La Salus Populi Romani es la mamá que nos concede la salud en el crecimiento, nos concede la salud para afrontar y superar los problemas, haciéndonos libres para tomar decisiones definitivas; la mamá que nos enseña a ser fecundos, a estar abiertos a la vida y a dar siempre frutos de bondad, frutos de alegría, frutos de esperanza, a no perder nunca la esperanza, a dar vida a los otros, vida física y espiritual.

Esto te pedimos esta tarde, oh María, Salus Populi Romani, para el pueblo de Roma, para todos nosotros: danos la salud que sólo tú nos puedes dar, para que seamos siempre signos e instrumentos de vida. Amén.

* * *

A la salida de la Basílica, por el atrio, el Santo Padre ha dirigido las siguientes palabras a los numerosos fieles reunidos en la plaza:

Hermanos y hermanas:

Buenas tardes. Muchas gracias por vuestra presencia en la casa de la mamá de Roma, de nuestra Madre. Viva la Salus Populi Romani. Viva la Virgen María. Es nuestra Madre. Encomendémonos a ella, porque ella nos protege como una buena mamá. Yo rezo por vosotros, pero os pido rezar por mí, porque lo necesito. Tres “Avemarías” por mí. Os deseo un buen domingo, mañana. Hasta pronto. Ahora os doy la bendición, a vosotros y a todas vuestras familias. La bendición de Dios todopoderoso, Padre… Feliz domingo.

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 1 de mayo de 2013

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, 1 de mayo, celebramos a san José obrero y comenzamos el mes tradicionalmente dedicado a la Virgen. En este encuentro nuestro, quisiera detenerme, con dos breves pensamientos, en estas dos figuras tan importantes en la vida de Jesús, de la Iglesia y en nuestra vida: el primero sobre el trabajo, el segundo sobre la contemplación de Jesús.

1. En el evangelio de san Mateo, en uno de los momentos que Jesús regresa a su pueblo, a Nazaret, y habla en la sinagoga, se pone de relieve el estupor de sus conciudadanos por su sabiduría, y la pregunta que se plantean: «¿No es el hijo del carpintero?» (13, 55). Jesús entra en nuestra historia, viene en medio de nosotros, naciendo de María por obra de Dios, pero con la presencia de san José, el padre legal que lo protege y le enseña también su trabajo. Jesús nace y vive en una familia, en la Sagrada Familia, aprendiendo de san José el oficio de carpintero, en el taller de Nazaret, compartiendo con él el trabajo, la fatiga, la satisfacción y también las dificultades de cada día.

Esto nos remite a la dignidad y a la importancia del trabajo. El libro del Génesis narra que Dios creó al hombre y a la mujer confiándoles la tarea de llenar la tierra y dominarla, lo que no significa explotarla, sino cultivarla y protegerla, cuidar de ella con el propio trabajo (cf. Gn 1, 28; 2, 15). El trabajo forma parte del plan de amor de Dios; nosotros estamos llamados a cultivar y custodiar todos los bienes de la creación, y de este modo participamos en la obra de la creación. El trabajo es un elemento fundamental para la dignidad de una persona. El trabajo, por usar una imagen, nos «unge» de dignidad, nos colma de dignidad; nos hace semejantes a Dios, que trabajó y trabaja, actúa siempre (cf. Jn 5, 17); da la capacidad de mantenerse a sí mismo, a la propia familia, y contribuir al crecimiento de la propia nación. Aquí pienso en las dificultades que, en varios países, encuentra el mundo del trabajo y de la empresa; pienso en cuantos, y no sólo los jóvenes, están desempleados, muchas veces por causa de una concepción economicista de la sociedad, que busca el beneficio egoísta, al margen de los parámetros de la justicia social.

Deseo dirigir a todos la invitación a la solidaridad, y a los responsables de la cuestión pública el aliento a esforzarse por dar nuevo empuje a la ocupación; esto significa preocuparse por la dignidad de la persona; pero sobre todo quiero decir que no se pierda la esperanza. También san José tuvo momentos difíciles, pero nunca perdió la confianza y supo superarlos, en la certeza de que Dios no nos abandona. Y luego quisiera dirigirme en especial a vosotros muchachos y muchachas, a vosotros jóvenes: comprometeos en vuestro deber cotidiano, en el estudio, en el trabajo, en la relaciones de amistad, en la ayuda hacia los demás. Vuestro futuro depende también del modo en el que sepáis vivir estos preciosos años de la vida. No tengáis miedo al compromiso, al sacrificio, y no miréis con miedo el futuro; mantened viva la esperanza: siempre hay una luz en el horizonte.

Agrego una palabra sobre otra particular situación de trabajo que me preocupa: me refiero a lo que podríamos definir como el «trabajo esclavo», el trabajo que esclaviza. Cuántas personas, en todo el mundo, son víctimas de este tipo de esclavitud, en la que es la persona quien sirve al trabajo, mientras que debe ser el trabajo quien ofrezca un servicio a las personas para que tengan dignidad. Pido a los hermanos y hermanas en la fe y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad una decidida opción contra la trata de personas, en el seno de la cual se cuenta el «trabajo esclavo».

2. Me refiero al segundo pensamiento: en el silencio del obrar cotidiano, san José, juntamente con María, tienen un solo centro común de atención: Jesús. Ellos acompañan y custodian, con dedicación y ternura, el crecimiento del Hijo de Dios hecho hombre por nosotros, reflexionando acerca de todo lo que sucedía. En los evangelios, san Lucas destaca dos veces la actitud de María, que es también la actitud de san José: «Conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (2, 19.51). Para escuchar al Señor, es necesario aprender a contemplarlo, a percibir su presencia constante en nuestra vida; es necesario detenerse a dialogar con Él, dejarle espacio en la oración. Cada uno de nosotros, también vosotros muchachos, muchachas, jóvenes, tan numerosos esta mañana, debería preguntarse: ¿qué espacio dejo al Señor? ¿Me detengo a dialogar con Él? Desde que éramos pequeños, nuestros padres nos acostumbraron a iniciar y a terminar el día con una oración, para educarnos a sentir que la amistad y el amor de Dios nos acompañan. Recordemos más al Señor en nuestras jornadas.

Y en este mes de mayo, desearía recordar la importancia y la belleza de la oración del santo Rosario. Recitando el Avemaría, se nos conduce a contemplar los misterios de Jesús, a reflexionar sobre los momentos centrales de su vida, para que, como para María y san José, Él sea el centro de nuestros pensamientos, de nuestras atenciones y acciones. Sería hermoso si, sobre todo en este mes de mayo, se recitara el santo rosario o alguna oración a la Virgen María juntos en familia, con los amigos, en la parroquia. La oración que se hace juntos es un momento precioso para hacer aún más sólida la vida familiar, la amistad. Aprendamos a rezar más en familia y como familia.

Queridos hermanos y hermanas, pidamos a san José y a la Virgen María que nos enseñen a ser fieles a nuestros compromisos cotidianos, a vivir nuestra fe en las acciones de cada día y a dejar más espacio al Señor en nuestra vida, a detenernos para contemplar su rostro. Gracias.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, Argentina, Costa Rica, Perú, Chile, México y los demás países latinoamericanos. Pidamos a san José y a la Virgen María que nos enseñen a ser fieles en nuestro trabajo cotidiano y a afrontar con fe las vicisitudes de cada día. Muchas gracias.

(A los peregrinos polacos)

Hoy, en el segundo aniversario de la beatificación de Juan Pablo II, doy mi bienvenida a los peregrinos polacos. Saludo a la numerosa peregrinación llegada de la diócesis de Kalisz y al grupo del Santuario de Pólko. Saludo a los seminaristas y a los formadores de los seminarios de Pelplin y Białystok. Que vuestra vida esté llena de la fe, caridad y valentía apostólica de Juan Pablo II. Para todos vosotros y para toda Polonia invoco la protección de la Madre de Dios y todo don de la Providencia Divina. Os bendigo de corazón.


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PAPA FRANCISCO

REGINA COELI

Plaza de San Pedro
V Domingo de Pascua, 28 de abril de 2013

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Antes de concluir esta celebración, quisiera confiar a la Virgen a los confirmados y a todos vosotros. La Virgen María nos enseña el significado de vivir en el Espíritu Santo y qué significa acoger la novedad de Dios en nuestra vida. Ella concibió a Jesús por obra del Espíritu, y cada cristiano, cada uno de nosotros, está llamado a acoger la Palabra de Dios, a acoger a Jesús dentro de sí y llevarlo luego a todos. María invocó al Espíritu con los Apóstoles en el Cenáculo: también nosotros, cada vez que nos reunimos en oración estamos sostenidos por la presencia espiritual de la Madre de Jesús, para recibir el don del Espíritu y tener la fuerza de testimoniar a Jesús resucitado. Esto lo digo de manera especial a vosotros, que habéis recibido la Confirmación: Que María os ayude a estar atentos a lo que el Señor os pide, y a vivir y caminar siempre según el Espíritu Santo.

Quisiera extender mi saludo afectuoso a todos los peregrinos presentes, venidos de tantos países. Saludo en particular a los muchachos que se preparan para la Confirmación, al numeroso grupo guiado por las Hermanas de la Caridad, a los fieles de algunas parroquias polacas y a los de Bisignano, así como a la Katholische akademische Verbindung Capitolina.

En este momento, un momento especial, deseo elevar una oración por las numerosas víctimas que causó el trágico derrumbe de una fábrica en Bangladesh. Expreso mi solidaridad y profunda cercanía a las familias que lloran a sus seres queridos y dirijo desde lo profundo del corazón un fuerte llamamiento a fin de que se tutele siempre la dignidad y la seguridad del trabajador.

Ahora, en la luz pascual, fruto del Espíritu, nos dirigimos juntos a la Madre del Señor.

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SANTA MISA Y CONFIRMACIÓN

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza San Pedro
V Domingo de Pascua, 28 de abril de 2013

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Queridos hermanos y hermanas,
Queridos hermanos que vais a recibir el sacramento de la confirmación,
Bienvenidos:

Quisiera proponeros tres simples y breves pensamientos sobre los que reflexionar.

1. En la segunda lectura hemos escuchado la hermosa visión de san Juan: un cielo nuevo y una tierra nueva y después la Ciudad Santa que desciende de Dios. Todo es nuevo, transformado en bien, en belleza, en verdad; no hay ya lamento, luto… Ésta es la acción del Espíritu Santo: nos trae la novedad de Dios; viene a nosotros y hace nuevas todas las cosas, nos cambia. ¡El Espíritu nos cambia! Y la visión de san Juan nos recuerda que estamos todos en camino hacia la Jerusalén del cielo, la novedad definitiva para nosotros, y para toda la realidad, el día feliz en el que podremos ver el rostro del Señor, ese rostro maravilloso, tan bello del Señor Jesús. Podremos estar con Él para siempre, en su amor.

Veis, la novedad de Dios no se asemeja a las novedades mundanas, que son todas provisionales, pasan y siempre se busca algo más. La novedad que Dios ofrece a nuestra vida es definitiva, y no sólo en el futuro, cuando estaremos con Él, sino también ahora: Dios está haciendo todo nuevo, el Espíritu Santo nos transforma verdaderamente y quiere transformar, contando con nosotros, el mundo en que vivimos. Abramos la puerta al Espíritu, dejemos que Él nos guíe, dejemos que la acción continua de Dios nos haga hombres y mujeres nuevos, animados por el amor de Dios, que el Espíritu Santo nos concede. Qué hermoso si cada noche, pudiésemos decir: hoy en la escuela, en casa, en el trabajo, guiado por Dios, he realizado un gesto de amor hacia un compañero, mis padres, un anciano. ¡Qué hermoso!

2. Un segundo pensamiento: en la primera lectura Pablo y Bernabé afirman que «hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios» (Hch 14,22). El camino de la Iglesia, también nuestro camino cristiano personal, no es siempre fácil, encontramos dificultades, tribulación. Seguir al Señor, dejar que su Espíritu transforme nuestras zonas de sombra, nuestros comportamientos que no son según Dios, y lave nuestros pecados, es un camino que encuentra muchos obstáculos, fuera de nosotros, en el mundo, y también dentro de nosotros, en el corazón. Pero las dificultades, las tribulaciones, forman parte del camino para llegar a la gloria de Dios, como para Jesús, que ha sido glorificado en la Cruz; las encontraremos siempre en la vida. No desanimarse. Tenemos la fuerza del Espíritu Santo para vencer estas tribulaciones.

3. Y así llego al último punto. Es una invitación que dirijo a los que se van a confirmar y a todos: permaneced estables en el camino de la fe con una firme esperanza en el Señor. Aquí está el secreto de nuestro camino. Él nos da el valor para caminar contra corriente. Lo estáis oyendo, jóvenes: caminar contra corriente. Esto hace bien al corazón, pero hay que ser valientes para ir contra corriente y Él nos da esta fuerza. No habrá dificultades, tribulaciones, incomprensiones que nos hagan temer si permanecemos unidos a Dios como los sarmientos están unidos a la vid, si no perdemos la amistad con Él, si le abrimos cada vez más nuestra vida. Esto también y sobre todo si nos sentimos pobres, débiles, pecadores, porque Dios fortalece nuestra debilidad, enriquece nuestra pobreza, convierte y perdona nuestro pecado. ¡Es tan misericordioso el Señor! Si acudimos a Él, siempre nos perdona. Confiemos en la acción de Dios. Con Él podemos hacer cosas grandes y sentiremos el gozo de ser sus discípulos, sus testigos. Apostad por los grandes ideales, por las cosas grandes. Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Hemos de ir siempre más allá, hacia las cosas grandes. Jóvenes, poned en juego vuestra vida por grandes ideales.

Novedad de Dios, tribulaciones en la vida, firmes en el Señor. Queridos amigos, abramos de par en par la puerta de nuestra vida a la novedad de Dios que nos concede el Espíritu Santo, para que nos transforme, nos fortalezca en la tribulación, refuerce nuestra unión con el Señor, nuestro permanecer firmes en Él: ésta es una alegría auténtica. Que así sea.

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 24 de abril de 2013

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Credo profesamos que Jesús «de nuevo vendrá en la gloria para juzgar a vivos y muertos». La historia humana comienza con la creación del hombre y la mujer a imagen y semejanza de Dios y concluye con el juicio final de Cristo. A menudo se olvidan estos dos polos de la historia, y sobre todo la fe en el retorno de Cristo y en el juicio final a veces no es tan clara y firme en el corazón de los cristianos. Jesús, durante la vida pública, se detuvo frecuentemente en la realidad de su última venida. Hoy desearía reflexionar sobre tres textos evangélicos que nos ayudan a entrar en este misterio: el de las diez vírgenes, el de los talentos y el del juicio final. Los tres forman parte del discurso de Jesús sobre el final de los tiempos, en el Evangelio de san Mateo.

Ante todo recordemos que, con la Ascensión, el Hijo de Dios llevó junto al Padre nuestra humanidad que Él asumió y quiere atraer a todos hacia sí, llamar a todo el mundo para que sea acogido entre los brazos abiertos de Dios, para que, al final de la historia, toda la realidad sea entregada al Padre. Pero existe este «tiempo inmediato» entre la primera venida de Cristo y la última, que es precisamente el tiempo que estamos viviendo. En este contexto del «tiempo inmediato» se sitúa la parábola de las diez vírgenes (cf. Mt 25, 1-13). Se trata de diez jóvenes que esperan la llegada del Esposo, pero él tarda y ellas se duermen. Ante el anuncio improviso de que el Esposo está llegando todas se preparan a recibirle, pero mientras cinco de ellas, prudentes, tienen aceite para alimentar sus lámparas; las otras, necias, se quedan con las lámparas apagadas porque no tienen aceite; y mientras lo buscan, llega el Esposo y las vírgenes necias encuentran cerrada la puerta que introduce en la fiesta nupcial. Llaman con insistencia, pero ya es demasiado tarde; el Esposo responde: no os conozco. El Esposo es el Señor y el tiempo de espera de su llegada es el tiempo que Él nos da, a todos nosotros, con misericordia y paciencia, antes de su venida final; es un tiempo de vigilancia; tiempo en el que debemos tener encendidas las lámparas de la fe, de la esperanza y de la caridad; tiempo de tener abierto el corazón al bien, a la belleza y a la verdad; tiempo para vivir según Dios, pues no sabemos ni el día ni la hora del retorno de Cristo. Lo que se nos pide es que estemos preparados al encuentro —preparados para un encuentro, un encuentro bello, el encuentro con Jesús—, que significa saber ver los signos de su presencia, tener viva nuestra fe, con la oración, con los Sacramentos, estar vigilantes para no adormecernos, para no olvidarnos de Dios. La vida de los cristianos dormidos es una vida triste, no es una vida feliz. El cristiano debe ser feliz, la alegría de Jesús. ¡No nos durmamos!

La segunda parábola, la de los talentos, nos hace reflexionar sobre la relación entre cómo empleamos los dones recibidos de Dios y su retorno, cuando nos preguntará cómo los hemos utilizado (cf. Mt 25, 14-30). Conocemos bien la parábola: antes de su partida, el señor entrega a cada uno de sus siervos algunos talentos para que se empleen bien durante su ausencia. Al primero le da cinco, al segundo dos y al tercero uno. En el período de ausencia, los primeros dos siervos multiplican sus talentos —son monedas antiguas—, mientras que el tercero prefiere enterrar el suyo y devolverlo intacto al señor. A su regreso, el señor juzga su obra: alaba a los dos primeros, y el tercero es expulsado a las tinieblas, porque escondió por temor el talento, encerrándose en sí mismo. Un cristiano que se cierra en sí mismo, que oculta todo lo que el Señor le ha dado, es un cristiano… ¡no es cristiano! ¡Es un cristiano que no agradece a Dios todo lo que le ha dado! Esto nos dice que la espera del retorno del Señor es el tiempo de la acción —nosotros estamos en el tiempo de la acción—, el tiempo de hacer rendir los dones de Dios no para nosotros mismos, sino para Él, para la Iglesia, para los demás; el tiempo en el cual buscar siempre hacer que crezca el bien en el mundo. Y en particular hoy, en este período de crisis, es importante no cerrarse en uno mismo, enterrando el propio talento, las propias riquezas espirituales, intelectuales, materiales, todo lo que el Señor nos ha dado, sino abrirse, ser solidarios, estar atentos al otro. En la plaza he visto que hay muchos jóvenes: ¿es verdad esto? ¿Hay muchos jóvenes? ¿Dónde están? A vosotros, que estáis en el comienzo del camino de la vida, os pregunto: ¿habéis pensado en los talentos que Dios os ha dado? ¿Habéis pensado en cómo podéis ponerlos al servicio de los demás? ¡No enterréis los talentos! Apostad por ideales grandes, esos ideales que ensanchan el corazón, los ideales de servicio que harán fecundos vuestros talentos. La vida no se nos da para que la conservemos celosamente para nosotros mismos, sino que se nos da para que la donemos. Queridos jóvenes, ¡tened un ánimo grande! ¡No tengáis miedo de soñar cosas grandes!

Finalmente, una palabra sobre el pasaje del juicio final, en el que se describe la segunda venida del Señor, cuando Él juzgará a todos los seres humanos, vivos y muertos (cf. Mt 25, 31-46). La imagen utilizada por el evangelista es la del pastor que separa las ovejas de las cabras. A la derecha se coloca a quienes actuaron según la voluntad de Dios, socorriendo al prójimo hambriento, sediento, extranjero, desnudo, enfermo, encarcelado —he dicho «extranjero»: pienso en muchos extranjeros que están aquí, en la diócesis de Roma: ¿qué hacemos por ellos?—; mientras que a la izquierda van los que no ayudaron al prójimo. Esto nos dice que seremos juzgados por Dios según la caridad, según como lo hayamos amado en nuestros hermanos, especialmente los más débiles y necesitados. Cierto: debemos tener siempre bien presente que nosotros estamos justificados, estamos salvados por gracia, por un acto de amor gratuito de Dios que siempre nos precede; solos no podemos hacer nada. La fe es ante todo un don que hemos recibido. Pero para dar fruto, la gracia de Dios pide siempre nuestra apertura a Él, nuestra respuesta libre y concreta. Cristo viene a traernos la misericordia de Dios que salva. A nosotros se nos pide que nos confiemos a Él, que correspondamos al don de su amor con una vida buena, hecha de acciones animadas por la fe y por el amor.

Queridos hermanos y hermanas, que contemplar el juicio final jamás nos dé temor, sino que más bien nos impulse a vivir mejor el presente. Dios nos ofrece con misericordia y paciencia este tiempo para que aprendamos cada día a reconocerle en los pobres y en los pequeños; para que nos empleemos en el bien y estemos vigilantes en la oración y en el amor. Que el Señor, al final de nuestra existencia y de la historia, nos reconozca como siervos buenos y fieles. Gracias.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular al grupo de la Arquidiócesis de Córdoba, Argentina, así como a los provenientes de España, Colombia, México y los demás países latinoamericanos. Invito a todos a vivir este tiempo presente que Dios nos ofrece con misericordia y paciencia, para que aprendamos cada día a reconocerlo en los pobres. Muchas gracias.

LLAMAMIENTO

El secuestro de los metropolitas greco-ortodoxo y siro-ortodoxo de Aleppo, sobre cuya liberación hay noticias contradictorias, es una señal ulterior de la trágica situación que está atravesando la querida nación siria, donde la violencia y las armas siguen sembrando muerte y sufrimiento. Mientras recuerdo en la oración a los dos obispos, para que regresen pronto a sus comunidades, pido a Dios que ilumine los corazones y renuevo la apremiante invitación que dirigí el día de Pascua a fin de que cese el derramamiento de sangre, se brinde la asistencia humanitaria necesaria a la población y se encuentre cuanto antes una solución política a la crisis.


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CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
CON LOS SEÑORES CARDENALES RESIDENTES EN ROMA
CON OCASIÓN DE LA FIESTA DE SAN JORGE

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Capilla Paulina
Martes, 23 de abril de 2013

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Agradezco a Su Eminencia, el Señor Cardenal Decano, sus palabras: muchas gracias, Eminencia, gracias.

Les doy las gracias también a ustedes, que han querido venir hoy. Gracias. Porque me siento muy bien acogido por ustedes. Gracias. Me siento bien con ustedes, y eso me gusta.

La primera lectura de hoy me hace pensar que, precisamente en el momento en que se desencadena la persecución, prorrumpe la pujanza misionera de la Iglesia. Y estos cristianos habían llegado hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, y proclamaban la Palabra (cf. Hch 11,19). Tenían este fervor apostólico en sus adentros, y la fe se transmite así. Algunos, de Chipre y de Cirene —no éstos, sino otros que se habían hecho cristianos—, una vez llegados a Antioquía, comenzaron a hablar también a los griegos (cf. Hch 11,20). Es un paso más. Y la Iglesia sigue adelante así. ¿De quién es esta iniciativa de hablar a los griegos, algo que no se entendía, porque se predicaba sólo a los judíos? Es del Espíritu Santo, Aquel que empujaba más y más, siempre más.

Pero en Jerusalén, al oír esto, alguno se puso un poco nervioso y enviaron una Visita Apostólica, enviaron a Bernabé (cf. Hch 11,22). Tal vez podemos decir, con un poco de sentido del humor, que esto es el comienzo teológico de la Congregación para la Doctrina de la Fe: esta Visita Apostólica de Bernabé. Él observó y vio que las cosas iban bien (cf. Hch 11,23). Y así la Iglesia es más Madre, Madre de más hijos, de muchos hijos: se convierte en Madre, Madre, cada vez más Madre, Madre que nos da la fe, la Madre que nos da una identidad. Pero la identidad cristiana no es un carnet de identidad. La identidad cristiana es una pertenencia a la Iglesia, porque todos ellos pertenecían a la Iglesia, a la Iglesia Madre, porque no es posible encontrar a Jesús fuera de la Iglesia. El gran Pablo VI decía: Es una dicotomía absurda querer vivir con Jesús sin la Iglesia, seguir a Jesús fuera de la Iglesia, amar a Jesús sin la Iglesia (cf. Exort. Ap. Evangelii nuntiandi, 16). Y esa Iglesia Madre que nos da a Jesús nos da la identidad, que no es sólo un sello: es una pertenencia. Identidad significa pertenencia. La pertenencia a la Iglesia: ¡qué bello es esto!

La tercera idea que me viene a la mente —la primera: prorrumpió la pujanza misionera; la segunda: la Iglesia Madre— es que cuando Bernabé vio aquella multitud —el texto dice: «Y una multitud considerable se adhirió al Señor» (Hch 11,24)—, cuando vio aquella multitud, se alegró. «Al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró» (Hch 11,23). Es la alegría propia del evangelizador. Es, como decía Pablo VI, «la dulce y consoladora alegría de evangelizar» (cf. Exort. Ap. Evangelii nuntiandi, 80). Y esta alegría comienza con una persecución, con una gran tristeza, y termina con alegría. Y así, la Iglesia va adelante, como dice un santo, entre las persecuciones del mundo y los consuelos del Señor (cf. San Agustín, De civitate Dei, 18,51,2: PL 41,614). Así es la vida de la Iglesia. Si queremos ir por la senda de la mundanidad, negociando con el mundo —como se quiso hacer con los Macabeos, tentados en aquel tiempo—, nunca tendremos el consuelo del Señor. Y si buscamos únicamente el consuelo, será un consuelo superficial, no el del Señor, será un consuelo humano. La Iglesia está siempre entre la Cruz y la Resurrección, entre las persecuciones y los consuelos del Señor. Y este es el camino: quien va por él no se equivoca.

Pensemos hoy en la pujanza misionera de la Iglesia: en estos discípulos que salieron de sí mismos para ponerse en camino, y también en los que tuvieron la valentía de anunciar a Jesús a los griegos, algo casi escandaloso por entonces (cf. Hch 11,19-20). Pensemos en la Iglesia Madre que crece, que crece con nuevos hijos, a los que da la identidad de la fe, porque no se puede creer en Jesús sin la Iglesia. Lo dice el mismo Jesús en el Evangelio: «Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas» (cf. Jn 10,26). Si no somos «ovejas de Jesús», la fe no llega; es una fe de agua de rosas, una fe sin sustancia. Y pensemos en la consolación que tuvo Bernabé, que es precisamente «la dulce y consoladora alegría de evangelizar». Y pidamos al Señor esa parresia, ese fervor apostólico que nos impulse a seguir adelante, como hermanos, todos nosotros: ¡adelante! Adelante, llevando el nombre de Jesús en el seno de la Santa Madre Iglesia, como decía San Ignacio, jerarquía y católica. Que así sea.

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PAPA FRANCISCO

REGINA COELI

Plaza de San Pedro
IV Domingo de Pascua, 21 de abril de 2013

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El cuarto domingo del tiempo de Pascua se caracteriza por el Evangelio del Buen Pastor, que se lee cada año. El pasaje de hoy refiere estas palabras de Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, lo que me ha dado, es mayor que todo, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno» (Jn 10, 27-30). En estos cuatro versículos está todo el mensaje de Jesús, está el núcleo central de su Evangelio: Él nos llama a participar en su relación con el Padre, y ésta es la vida eterna.

Jesús quiere entablar con sus amigos una relación que sea el reflejo de la relación que Él mismo tiene con el Padre: una relación de pertenencia recíproca en la confianza plena, en la íntima comunión. Para expresar este entendimiento profundo, esta relación de amistad, Jesús usa la imagen del pastor con sus ovejas: Él las llama y ellas reconocen su voz, responden a su llamada y le siguen. Es bellísima esta parábola. El misterio de la voz es sugestivo: pensemos que desde el seno de nuestra madre aprendemos a reconocer su voz y la del papá; por el tono de una voz percibimos el amor o el desprecio, el afecto o la frialdad. La voz de Jesús es única. Si aprendemos a distinguirla, Él nos guía por el camino de la vida, un camino que supera también el abismo de la muerte.

Pero, en un momento determinado, Jesús dijo, refiriéndose a sus ovejas: «Mi Padre, que me las ha dado…» (cf. 10, 29). Esto es muy importante, es un misterio profundo, no fácil de comprender: si yo me siento atraído por Jesús, si su voz templa mi corazón, es gracias a Dios Padre, que ha puesto dentro de mí el deseo del amor, de la verdad, de la vida, de la belleza… y Jesús es todo esto en plenitud. Esto nos ayuda a comprender el misterio de la vocación, especialmente las llamadas a una especial consagración. A veces Jesús nos llama, nos invita a seguirle, pero tal vez sucede que no nos damos cuenta de que es Él, precisamente como le sucedió al joven Samuel. Hay muchos jóvenes hoy, aquí en la plaza. Sois muchos vosotros, ¿no? Se ve… Eso. Sois muchos jóvenes hoy aquí en la plaza. Quisiera preguntaros: ¿habéis sentido alguna vez la voz del Señor que, a través de un deseo, una inquietud, os invitaba a seguirle más de cerca? ¿Le habéis oído? No os oigo. Eso… ¿Habéis tenido el deseo de ser apóstoles de Jesús? Es necesario jugarse la juventud por los grandes ideales. Vosotros, ¿pensáis en esto? ¿Estáis de acuerdo? Pregunta a Jesús qué quiere de ti y sé valiente. ¡Pregúntaselo! Detrás y antes de toda vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, está siempre la oración fuerte e intensa de alguien: de una abuela, de un abuelo, de una madre, de un padre, de una comunidad… He aquí porqué Jesús dijo: «Rogad, pues, al Señor de la mies —es decir, a Dios Padre— para que mande trabajadores a su mies» (Mt 9, 38). Las vocaciones nacen en la oración y de la oración; y sólo en la oración pueden perseverar y dar fruto. Me complace ponerlo de relieve hoy, que es la «Jornada mundial de oración por las vocaciones». Recemos en especial por los nuevos sacerdotes de la diócesis de Roma que tuve la alegría de ordenar esta mañana. E invoquemos la intercesión de María. Hoy hubo diez jóvenes que dijeron «sí» a Jesús y fueron ordenados sacerdotes esta mañana… Es bonito esto. Invoquemos la intercesión de María que es la Mujer del «sí». María dijo «sí», toda su vida. Ella aprendió a reconocer la voz de Jesús desde que le llevaba en su seno. Que María, nuestra Madre, nos ayude a reconocer cada vez mejor la voz de Jesús y a seguirla, para caminar por el camino de la vida. Gracias.

Muchas gracias por el saludo, pero saludad también a Jesús. Gritad «Jesús», fuerte… Recemos todos juntos a la Virgen.


Después del Regina Coeli

Sigo con atención los hechos que están sucediendo en Venezuela. Los acompaño con viva preocupación, con intensa oración y con la esperanza de que se busquen y se encuentren caminos justos y pacíficos para superar el momento de grave dificultad que está atravesando el país. Invito al querido pueblo venezolano, de modo particular a los responsables institucionales y políticos, a rechazar con firmeza todo tipo de violencia y a entablar un diálogo basado en la verdad, en el mutuo reconocimiento, en la búsqueda del bien común y en el amor por la nación. Pido a los creyentes que recen y trabajen por la reconciliación y la paz. Unámonos en oración llena de esperanza por Venezuela, poniéndola en manos de Nuestra Señora de Coromoto.

* * *

Un pensamiento se dirige también a cuantos han sido golpeados por el terremoto que ha afectado una zona del suroeste de China continental. Rezamos por las víctimas y por quienes sufren a causa del violento seísmo.

* * *

Hoy por la tarde, en Sondrio, se proclamará beato a don Nicolò Rusca, sacerdote valtellinese que vivió entre los siglos XVI y XVII. Durante mucho tiempo fue párroco ejemplar en Sondrio y le asesinaron en las luchas político-religiosas que atormentaron Europa en aquella época. Alabemos al Señor por su testimonio.

Saludo con afecto a todos los peregrinos, llegados de diversos países: las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones, los confirmandos, las escuelas. Saludo en particular a los numerosos muchachos de la diócesis de Venecia, acompañados por el patriarca; y recordad vosotros, muchachos y muchachas: la vida es necesario ponerla en juego por los grandes ideales. Saludo a los catequistas de la diócesis de Gubbio encabezados por su obispo; la comunidad del seminario de Lecce con los monaguillos de la diócesis; la representación del Club de Leones de Italia. En esta «Jornada mundial de oración por las vocaciones», que nació hace cincuenta años por una feliz intuición del Papa Pablo VI, invito a todos a una especial oración a fin de que el Señor envíe numerosos obreros a su mies. San Aníbal María Di Francia, apóstol de la oración por las vocaciones, nos recuerda este importante compromiso. A todos deseo un feliz domingo.

¡Feliz domingo y buen almuerzo!

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HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
IV Domingo de Pascua, 21 de abril de 2013

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La homilía pronunciada por el Santo Padre corresponde sustancialmente a la «Homilía ritual» prevista en el Pontifical Romano para la ordenación de presbíteros, a la cual el Papa ha aportado algunas modificaciones personales.

Queridos hermanos y hermanas

Ahora que estos hermanos e hijos nuestros van a ser ordenados presbíteros, conviene considerar a qué ministerio acceden en la Iglesia.

Aunque, en verdad, todo el pueblo santo de Dios es sacerdocio real en Cristo, sin embargo, nuestro sumo Sacerdote, Jesucristo, eligió algunos discípulos que en la Iglesia desempeñaran, en nombre suyo, el oficio sacerdotal para el bien de los hombres. No obstante, el Señor Jesús quiso elegir entre sus discípulos a algunos en particular, para que, ejerciendo públicamente en la Iglesia en su nombre el oficio sacerdotal en favor de todos los hombres, continuaran su misión personal de maestro, sacerdote y pastor. Él mismo, enviado por el Padre, envió a su vez a los Apóstoles por el mundo, para continuar sin interrupción su obra de Maestro, Sacerdote y Pastor por medio de ellos y de los Obispos, sus sucesores. Y los presbíteros son colaboradores de los Obispos, con quienes en unidad de sacerdocio, son llamados al servicio del Pueblo de Dios.

Después de una profunda reflexión y oración, ahora estos estos hermanos van a ser ordenados para el sacerdocio en el Orden de los presbíteros, a fin de hacer las veces de Cristo, Maestro, Sacerdote y Pastor, por quien la Iglesia, su Cuerpo, se edifica y crece como Pueblo de Dios y templo del Espíritu Santo.

Al configurarlos con Cristo, sumo y eterno Sacerdote, y unirlos al sacerdocio de los Obispos, la Ordenación los convertirá en verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento para anunciar el Evangelio, apacentar al Pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente en el sacrificio del Señor.

A vosotros, queridos hermanos e hijos, que vais a ser ordenados presbíteros, os incumbe, en la parte que os corresponde, la función de enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Transmitid a todos la palabra de Dios que habéis recibido con alegría. Recordad a vuestras madres, a vuestras abuelas, a vuestros catequistas, que os han dado la Palabra de Dios, la fe… ¡el don de la fe! Os han trasmitido este don de la fe. Y al leer y meditar asiduamente la Ley del Señor, procurad creer lo que leéis, enseñar lo que creéis y practicar lo que enseñáis. Recordad también que la Palabra de Dios no es de vuestra propiedad, es Palabra de Dios. Y la Iglesia es la que custodia la Palabra de Dios.

Que vuestra enseñanza sea alimento para el Pueblo de Dios; que vuestra vida sea un estímulo para los discípulos de Cristo, a fin de que, con vuestra palabra y vuestro ejemplo, se vaya edificando la casa de Dios, que es la Iglesia.

Os corresponde también la función de santificar en nombre de Cristo. Por medio de vuestro ministerio alcanzará su plenitud el sacrificio espiritual de los fieles, que por vuestras manos, junto con ellos, será ofrecido sobre el altar, unido al sacrificio de Cristo, en celebración incruenta. Daos cuenta de lo que hacéis e imitad lo que conmemoráis, de tal manera que, al celebrar el misterio de la muerte y resurrección del Señor, os esforcéis por hacer morir en vosotros el mal y procuréis caminar con él en una vida nueva.

Introduciréis a los hombres en el Pueblo de Dios por el Bautismo. Perdonaréis los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia por el sacramento de la Penitencia. Y hoy os pido en nombre de Cristo y de la Iglesia: Por favor, no os canséis de ser misericordiosos. A los enfermos les daréis el alivio del óleo santo, y también a los ancianos: no sintáis vergüenza de mostrar ternura con los ancianos. Al celebrar los ritos sagrados, al ofrecer durante el día la oración de alabanza y de súplica, os haréis voz del Pueblo de Dios y de toda la humanidad.

Conscientes de haber sido escogidos entre los hombres y puestos al servicio de ellos en las cosas de Dios, ejerced con alegría perenne, llenos de verdadera caridad, el ministerio de Cristo Sacerdote, no buscando el propio interés, sino el de Jesucristo. Sois Pastores, no funcionarios. Sois mediadores, no intermediarios.

Finalmente, al participar en la misión de Cristo, Cabeza y Pastor, permaneciendo unidos a vuestro Obispo, esforzaos por reunir a los fieles en una sola familia para conducirlos a Dios Padre, por medio de Cristo en el Espíritu Santo. Tened siempre presente el ejemplo del Buen Pastor, que no vino para ser servido, sino para servir, y buscar y salvar lo que estaba perdido.

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 17 de abril de 2013

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Subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En el Credo encontramos afirmado que Jesús «subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre». La vida terrena de Jesús culmina con el acontecimiento de la Ascensión, es decir, cuando Él pasa de este mundo al Padre y es elevado a su derecha. ¿Cuál es el significado de este acontecimiento? ¿Cuáles son las consecuencias para nuestra vida? ¿Qué significa contemplar a Jesús sentado a la derecha del Padre? En esto, dejémonos guiar por el evangelista Lucas.

Partamos del momento en el que Jesús decide emprender su última peregrinación a Jerusalén. San Lucas señala: «Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de caminar a Jerusalén» (Lc 9, 51). Mientras «sube» a la Ciudad santa, donde tendrá lugar su «éxodo» de esta vida, Jesús ve ya la meta, el Cielo, pero sabe bien que el camino que le vuelve a llevar a la gloria del Padre pasa por la Cruz, a través de la obediencia al designio divino de amor por la humanidad. El Catecismo de la Iglesia católica afirma que «la elevación en la Cruz significa y anuncia la elevación en la Ascensión al cielo» (n. 662). También nosotros debemos tener claro, en nuestra vida cristiana, que entrar en la gloria de Dios exige la fidelidad cotidiana a su voluntad, también cuando requiere sacrificio, requiere a veces cambiar nuestros programas. La Ascensión de Jesús tiene lugar concretamente en el Monte de los Olivos, cerca del lugar donde se había retirado en oración antes de la Pasión para permanecer en profunda unión con el Padre: una vez más vemos que la oración nos dona la gracia de vivir fieles al proyecto de Dios.

Al final de su Evangelio, san Lucas narra el acontecimiento de la Ascensión de modo muy sintético. Jesús llevó a los discípulos «hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios» (24, 50-53). Así dice san Lucas. Quisiera destacar dos elementos del relato. Ante todo, durante la Ascensión Jesús realiza el gesto sacerdotal de la bendición y con seguridad los discípulos expresan su fe con la postración, se arrodillan inclinando la cabeza. Este es un primer punto importante: Jesús es el único y eterno Sacerdote que, con su Pasión, atravesó la muerte y el sepulcro y resucitó y ascendió al Cielo; está junto a Dios Padre, donde intercede para siempre en nuestro favor (cf. Hb 9, 24). Como afirma san Juan en su Primera Carta, Él es nuestro abogado: ¡qué bello es oír esto! Cuando uno es llamado por el juez o tiene un proceso, lo primero que hace es buscar a un abogado para que le defienda. Nosotros tenemos uno, que nos defiende siempre, nos defiende de las asechanzas del diablo, nos defiende de nosotros mismos, de nuestros pecados. Queridísimos hermanos y hermanas, contamos con este abogado: no tengamos miedo de ir a Él a pedir perdón, bendición, misericordia. Él nos perdona siempre, es nuestro abogado: nos defiende siempre. No olvidéis esto. La Ascensión de Jesús al Cielo nos hace conocer esta realidad tan consoladora para nuestro camino: en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestra humanidad ha sido llevada junto a Dios; Él nos abrió el camino; Él es como un jefe de cordada cuando se escala una montaña, que ha llegado a la cima y nos atrae hacia sí conduciéndonos a Dios. Si confiamos a Él nuestra vida, si nos dejamos guiar por Él, estamos ciertos de hallarnos en manos seguras, en manos de nuestro salvador, de nuestro abogado.

Un segundo elemento: san Lucas refiere que los Apóstoles, después de haber visto a Jesús subir al cielo, regresaron a Jerusalén «con gran alegría». Esto nos parece un poco extraño. Generalmente cuando nos separamos de nuestros familiares, de nuestros amigos, por un viaje definitivo y sobre todo con motivo de la muerte, hay en nosotros una tristeza natural, porque no veremos más su rostro, no escucharemos más su voz, ya no podremos gozar de su afecto, de su presencia. En cambio el evangelista subraya la profunda alegría de los Apóstoles. ¿Cómo es esto? Precisamente porque, con la mirada de la fe, ellos comprenden que, si bien sustraído a su mirada, Jesús permanece para siempre con ellos, no los abandona y, en la gloria del Padre, los sostiene, los guía e intercede por ellos.

San Lucas narra el hecho de la Ascensión también al inicio de los Hechos de los Apóstoles, para poner de relieve que este acontecimiento es como el eslabón que engancha y une la vida terrena de Jesús a la vida de la Iglesia. Aquí san Lucas hace referencia también a la nube que aparta a Jesús de la vista de los discípulos, quienes siguen contemplando al Cristo que asciende hacia Dios (cf. Hch 1, 9-10). Intervienen entonces dos hombres vestidos de blanco que les invitan a no permanecer inmóviles mirando al cielo, sino a nutrir su vida y su testimonio con la certeza de que Jesús volverá del mismo modo que le han visto subir al cielo (cf. Hch 1, 10-11). Es precisamente la invitación a partir de la contemplación del señorío de Cristo, para obtener de Él la fuerza para llevar y testimoniar el Evangelio en la vida de cada día: contemplar y actuar ora et labora —enseña san Benito—; ambas son necesarias en nuestra vida cristiana.

Queridos hermanos y hermanas, la Ascensión no indica la ausencia de Jesús, sino que nos dice que Él vive en medio de nosotros de un modo nuevo; ya no está en un sitio preciso del mundo como lo estaba antes de la Ascensión; ahora está en el señorío de Dios, presente en todo espacio y tiempo, cerca de cada uno de nosotros. En nuestra vida nunca estamos solos: contamos con este abogado que nos espera, que nos defiende. Nunca estamos solos: el Señor crucificado y resucitado nos guía; con nosotros se encuentran numerosos hermanos y hermanas que, en el silencio y en el escondimiento, en su vida de familia y de trabajo, en sus problemas y dificultades, en sus alegrías y esperanzas, viven cotidianamente la fe y llevan al mundo, junto a nosotros, el señorío del amor de Dios, en Cristo Jesús resucitado, que subió al Cielo, abogado para nosotros. Gracias.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular al grupo de la Arquidiócesis de Mérida, con su Pastor, Mons. Baltasar Enrique Porras Cardozo, así como a los venidos de España, Argentina, Panamá, Venezuela, México y otros países latinoamericanos. Contemplemos a Cristo, sentado a la derecha de Dios Padre, para que nuestra fe se fortalezca y recorramos alegres y confiados los caminos de la santidad. Muchas gracias.

* * *

He tenido conocimiento con tristeza del violento seísmo que ha golpeado a las poblaciones de Irán y de Pakistán, acarreando muerte, sufrimiento, destrucción. Elevo una oración a Dios por las víctimas y por cuantos atraviesan dolor, y deseo manifestar al pueblo iraní y al pakistaní mi cercanía.


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HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica de San Pablo Extramuros
III Domingo de Pascua, 14 de abril de 2013

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Queridos Hermanos y Hermanas:

Me alegra celebrar la Eucaristía con ustedes en esta Basílica. Saludo al Arcipreste, el Cardenal James Harvey, y le agradezco las palabras que me ha dirigido; junto a él, saludo y doy las gracias a las diversas instituciones que forman parte de esta Basílica, y a todos vosotros. Estamos sobre la tumba de san Pablo, un humilde y gran Apóstol del Señor, que lo ha anunciado con la palabra, ha dado testimonio de él con el martirio y lo ha adorado con todo el corazón. Estos son precisamente los tres verbos sobre los que quisiera reflexionar a la luz de la Palabra de Dios que hemos escuchado: anunciar, dar testimonio, adorar.

1. En la Primera Lectura llama la atención la fuerza de Pedro y los demás Apóstoles. Al mandato de permanecer en silencio, de no seguir enseñando en el nombre de Jesús, de no anunciar más su mensaje, ellos responden claramente: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». Y no los detiene ni siquiera el ser azotados, ultrajados y encarcelados. Pedro y los Apóstoles anuncian con audacia, con parresia, aquello que han recibido, el Evangelio de Jesús. Y nosotros, ¿somos capaces de llevar la Palabra de Dios a nuestros ambientes de vida? ¿Sabemos hablar de Cristo, de lo que representa para nosotros, en familia, con los que forman parte de nuestra vida cotidiana? La fe nace de la escucha, y se refuerza con el anuncio.

2. Pero demos un paso más: el anuncio de Pedro y de los Apóstoles no consiste sólo en palabras, sino que la fidelidad a Cristo entra en su vida, que queda transformada, recibe una nueva dirección, y es precisamente con su vida con la que dan testimonio de la fe y del anuncio de Cristo. En el Evangelio, Jesús pide a Pedro por tres veces que apaciente su grey, y que la apaciente con su amor, y le anuncia: «Cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Jn 21,18). Esta es una palabra dirigida a nosotros, los Pastores: no se puede apacentar el rebaño de Dios si no se acepta ser llevados por la voluntad de Dios incluso donde no queremos, si no hay disponibilidad para dar testimonio de Cristo con la entrega de nosotros mismos, sin reservas, sin cálculos, a veces a costa incluso de nuestra vida. Pero esto vale para todos: el Evangelio ha de ser anunciado y testimoniado. Cada uno debería preguntarse: ¿Cómo doy yo testimonio de Cristo con mi fe? ¿Tengo el valor de Pedro y los otros Apóstoles de pensar, decidir y vivir como cristiano, obedeciendo a Dios? Es verdad que el testimonio de la fe tiene muchas formas, como en un gran mural hay variedad de colores y de matices; pero todos son importantes, incluso los que no destacan. En el gran designio de Dios, cada detalle es importante, también el pequeño y humilde testimonio tuyo y mío, también ese escondido de quien vive con sencillez su fe en lo cotidiano de las relaciones de familia, de trabajo, de amistad. Hay santos del cada día, los santos «ocultos», una especie de «clase media de la santidad», como decía un escritor francés, esa «clase media de la santidad» de la que todos podemos formar parte. Pero en diversas partes del mundo hay también quien sufre, como Pedro y los Apóstoles, a causa del Evangelio; hay quien entrega la propia vida por permanecer fiel a Cristo, con un testimonio marcado con el precio de su sangre. Recordémoslo bien todos: no se puede anunciar el Evangelio de Jesús sin el testimonio concreto de la vida. Quien nos escucha y nos ve, debe poder leer en nuestros actos eso mismo que oye en nuestros labios, y dar gloria a Dios. Me viene ahora a la memoria un consejo que San Francisco de Asís daba a sus hermanos: predicad el Evangelio y, si fuese necesario, también con las palabras. Predicar con la vida: el testimonio. La incoherencia de los fieles y los Pastores entre lo que dicen y lo que hacen, entre la palabra y el modo de vivir, mina la credibilidad de la Iglesia.

3. Pero todo esto solamente es posible si reconocemos a Jesucristo, porque es él quien nos ha llamado, nos ha invitado a recorrer su camino, nos ha elegido. Anunciar y dar testimonio es posible únicamente si estamos junto a él, justamente como Pedro, Juan y los otros discípulos estaban en torno a Jesús resucitado, como dice el pasaje del Evangelio de hoy; hay una cercanía cotidiana con él, y ellos saben muy bien quién es, lo conocen. El Evangelista subraya que «ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor» (Jn 21,12). Y esto es un punto importante para nosotros: vivir una relación intensa con Jesús, una intimidad de diálogo y de vida, de tal manera que lo reconozcamos como «el Señor». ¡Adorarlo! El pasaje del Apocalipsis que hemos escuchado nos habla de la adoración: miríadas de ángeles, todas las creaturas, los vivientes, los ancianos, se postran en adoración ante el Trono de Dios y el Cordero inmolado, que es Cristo, a quien se debe alabanza, honor y gloria (cf. Ap 5,11-14). Quisiera que nos hiciéramos todos una pregunta: Tú, yo, ¿adoramos al Señor? ¿Acudimos a Dios sólo para pedir, para agradecer, o nos dirigimos a él también para adorarlo? Pero, entonces, ¿qué quiere decir adorar a Dios? Significa aprender a estar con él, a pararse a dialogar con él, sintiendo que su presencia es la más verdadera, la más buena, la más importante de todas. Cada uno de nosotros, en la propia vida, de manera consciente y tal vez a veces sin darse cuenta, tiene un orden muy preciso de las cosas consideradas más o menos importantes. Adorar al Señor quiere decir darle a él el lugar que le corresponde; adorar al Señor quiere decir afirmar, creer – pero no simplemente de palabra – que únicamente él guía verdaderamente nuestra vida; adorar al Señor quiere decir que estamos convencidos ante él de que es el único Dios, el Dios de nuestra vida, el Dios de nuestra historia.

Esto tiene una consecuencia en nuestra vida: despojarnos de tantos ídolos, pequeños o grandes, que tenemos, y en los cuales nos refugiamos, en los cuales buscamos y tantas veces ponemos nuestra seguridad. Son ídolos que a menudo mantenemos bien escondidos; pueden ser la ambición, el carrerismo, el gusto del éxito, el poner en el centro a uno mismo, la tendencia a estar por encima de los otros, la pretensión de ser los únicos amos de nuestra vida, algún pecado al que estamos apegados, y muchos otros. Esta tarde quisiera que resonase una pregunta en el corazón de cada uno, y que respondiéramos a ella con sinceridad: ¿He pensado en qué ídolo oculto tengo en mi vida que me impide adorar al Señor? Adorar es despojarse de nuestros ídolos, también de esos más recónditos, y escoger al Señor como centro, como vía maestra de nuestra vida.

Queridos hermanos y hermanas, el Señor nos llama cada día a seguirlo con valentía y fidelidad; nos ha concedido el gran don de elegirnos como discípulos suyos; nos invita a proclamarlo con gozo como el Resucitado, pero nos pide que lo hagamos con la palabra y el testimonio de nuestra vida en lo cotidiano. El Señor es el único, el único Dios de nuestra vida, y nos invita a despojarnos de tantos ídolos y a adorarle sólo a él. Anunciar, dar testimonio, adorar. Que la Santísima Virgen María y el Apóstol Pablo nos ayuden en este camino, e intercedan por nosotros.

Así sea.

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PAPA FRANCISCO

REGINA COELI

Plaza de San Pedro
III Domingo de Pascua, 14 de abril de 2013

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Quisiera detenerme brevemente en la página de los Hechos de los Apóstoles que se lee en la Liturgia de este tercer Domingo de Pascua. Este texto relata que la primera predicación de los Apóstoles en Jerusalén llenó la ciudad de la noticia de que Jesús había verdaderamente resucitado, según las Escrituras, y era el Mesías anunciado por los Profetas. Los sumos sacerdotes y los jefes de la ciudad intentaron reprimir el nacimiento de la comunidad de los creyentes en Cristo e hicieron encarcelar a los Apóstoles, ordenándoles que no enseñaran más en su nombre. Pero Pedro y los otros Once respondieron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús… lo ha exaltado con su diestra, haciéndole jefe y salvador… Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo» (Hch 5, 29-32). Entonces hicieron flagelar a los Apóstoles y les ordenaron nuevamente que no hablaran más en el nombre de Jesús. Y ellos se marcharon, así dice la Escritura, «contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús» (v. 41).

Me pregunto: ¿dónde encontraban los primeros discípulos la fuerza para dar este testimonio? No sólo: ¿de dónde les venía la alegría y la valentía del anuncio, a pesar de los obstáculos y las violencias? No olvidemos que los Apóstoles eran personas sencillas, no eran escribas, doctores de la Ley, ni pertenecían a la clase sacerdotal. ¿Cómo pudieron, con sus limitaciones y combatidos por las autoridades, llenar Jerusalén con su enseñanza? (cf. Hch 5, 28). Está claro que sólo pueden explicar este hecho la presencia del Señor Resucitado con ellos y la acción del Espíritu Santo. El Señor que estaba con ellos y el Espíritu que les impulsaba a la predicación explica este hecho extraordinario. Su fe se basaba en una experiencia tan fuerte y personal de Cristo muerto y resucitado, que no tenían miedo de nada ni de nadie, e incluso veían las persecuciones como un motivo de honor que les permitía seguir las huellas de Jesús y asemejarse a Él, dando testimonio con la vida.

Esta historia de la primera comunidad cristiana nos dice algo muy importante, válida para la Iglesia de todos los tiempos, también para nosotros: cuando una persona conoce verdaderamente a Jesucristo y cree en Él, experimenta su presencia en la vida y la fuerza de su Resurrección, y no puede dejar de comunicar esta experiencia. Y si esta persona encuentra incomprensiones o adversidades, se comporta como Jesús en su Pasión: responde con el amor y la fuerza de la verdad.

Rezando juntos el Regina Caeli, pidamos la ayuda de María santísima a fin de que la Iglesia en todo el mundo anuncie con franqueza y valentía la Resurrección del Señor y dé de ella un testimonio válido con gestos de amor fraterno. El amor fraterno es el testimonio más cercano que podemos dar de que Jesús vive entre nosotros, que Jesús ha resucitado. Oremos de modo particular por los cristianos que sufren persecución; en este tiempo son muchos los cristianos que sufren persecución, muchos, muchos, en tantos países: recemos por ellos, con amor, desde nuestro corazón. Que sientan la presencia viva y confortante del Señor Resucitado.


Después del Regina Coeli

Ayer, en Venecia, ha sido proclamado beato don Luca Passi, sacerdote bergamasco del siglo XIX, fundador de la Obra laical Santa Dorotea y del instituto de las Hermanas Maestras de Santa Dorotea. ¡Damos gracias a Dios por el testimonio de este beato!

Hoy en Italia se celebra la Jornada para la Universidad católica del Sacro Cuore, sobre el tema «Las nuevas generaciones más allá de la crisis». Este Ateneo, nacido de la mente y del corazón del padre Agostino Gemelli y con un gran apoyo popular, ha preparado a miles y miles de jóvenes para ser ciudadanos competentes y responsables, constructores del bien común. Invito a sostener siempre este Ateneo, para que siga ofreciendo a las nuevas generaciones una óptima formación, para afrontar los desafíos del tiempo presente.

Saludo con afecto a todos los peregrinos presentes, provenientes de tantos países. A las familias, los grupos parroquiales, los movimientos, los jóvenes. Saludo en particular a la peregrinación de la diócesis de Siena-Colle Val d’Elsa-Montalcino, con el arzobispo monseñor Buoncristiani. Un pensamiento especial también para los muchachos y las muchachas que se están preparando para la Confirmación.

A todos vosotros, feliz domingo y buen almuerzo.

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 10 de abril de 2013

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la catequesis pasada nos detuvimos en el acontecimiento de la Resurrección de Jesús, donde las mujeres tuvieron un papel especial. Hoy quisiera reflexionar sobre su alcance salvífico. ¿Qué significa la Resurrección para nuestra vida? Y, ¿por qué sin ella es vana nuestra fe? Nuestra fe se funda en la muerte y resurrección de Cristo, igual que una casa se asienta sobre los cimientos: si ceden, se derrumba toda la casa. En la cruz, Jesús se ofreció a sí mismo cargando sobre sí nuestros pecados y bajando al abismo de la muerte, y en la Resurrección los vence, los elimina y nos abre el camino para renacer a una vida nueva. San Pedro lo expresa sintéticamente al inicio de su Primera Carta, como hemos escuchado: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible» (1, 3-4).

El Apóstol nos dice que, con la resurrección de Jesús, acontece algo absolutamente nuevo: somos liberados de la esclavitud del pecado y nos convertimos en hijos de Dios, es decir, somos generados a una vida nueva. ¿Cuándo se realiza esto por nosotros? En el Sacramento del Bautismo. Antiguamente, el Bautismo se recibía normalmente por inmersión. Quien iba a ser bautizado bajaba a la gran pila del Baptisterio, dejando sus vestidos, y el obispo o el presbítero derramaba tres veces el agua sobre la cabeza, bautizándole en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Luego, el bautizado salía de la pila y se ponía la vestidura nueva, blanca: es decir, nacía a una vida nueva, sumergiéndose en la muerte y resurrección de Cristo. Se convertía en hijo de Dios. San Pablo en la Carta a los Romanos escribe: vosotros «habéis recibido un espíritu de hijos de Dios, en el que clamamos: “¡Abba, Padre!”» (Rm 8, 15). Es precisamente el Espíritu que hemos recibido en el Bautismo que nos enseña, nos impulsa, a decir a Dios: «Padre», o mejor, «Abba!» que significa «papá». Así es nuestro Dios: es un papá para nosotros. El Espíritu Santo realiza en nosotros esta nueva condición de hijos de Dios. Este es el más grande don que recibimos del Misterio pascual de Jesús. Y Dios nos trata como a hijos, nos comprende, nos perdona, nos abraza, nos ama incluso cuando nos equivocamos. Ya en el Antiguo Testamento, el profeta Isaías afirmaba que si una madre se olvidara del hijo, Dios no se olvida nunca de nosotros, en ningún momento (cf. 49, 15). ¡Y esto es hermoso!

Sin embargo, esta relación filial con Dios no es como un tesoro que conservamos en un rincón de nuestra vida, sino que debe crecer, debe ser alimentada cada día con la escucha de la Palabra de Dios, la oración, la participación en los Sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía, y la caridad. Nosotros podemos vivir como hijos. Y esta es nuestra dignidad —nosotros tenemos la dignidad de hijos—, comportarnos como verdaderos hijos. Esto quiere decir que cada día debemos dejar que Cristo nos transforme y nos haga como Él; quiere decir tratar de vivir como cristianos, tratar de seguirle, incluso si vemos nuestras limitaciones y nuestras debilidades. La tentación de dejar a Dios a un lado para ponernos a nosotros mismos en el centro está siempre a la puerta, y la experiencia del pecado hiere nuestra vida cristiana, nuestro ser hijos de Dios. Por esto debemos tener la valentía de la fe y no dejarnos guiar por la mentalidad que nos dice: «Dios no sirve, no es importante para ti», y así sucesivamente. Es precisamente lo contrario: sólo comportándonos como hijos de Dios, sin desalentarnos por nuestras caídas, por nuestros pecados, sintiéndonos amados por Él, nuestra vida será nueva, animada por la serenidad y por la alegría. ¡Dios es nuestra fuerza! ¡Dios es nuestra esperanza!

Queridos hermanos y hermanas, debemos tener nosotros, en primer lugar, bien firme esta esperanza y debemos ser de ella un signo visible, claro, luminoso para todos. El Señor resucitado es la esperanza que nunca decae, que no defrauda (cf. Rm 5, 5). La esperanza no defrauda. ¡La esperanza del Señor! Cuántas veces en nuestra vida las esperanzas se desvanecen, cuántas veces las expectativas que llevamos en el corazón no se realizan. Nuestra esperanza de cristianos es fuerte, segura, sólida en esta tierra, donde Dios nos ha llamado a caminar, y está abierta a la eternidad, porque está fundada en Dios, que es siempre fiel. No debemos olvidar: Dios es siempre fiel; Dios es siempre fiel con nosotros. Que haber resucitado con Cristo mediante el Bautismo, con el don de la fe, para una herencia que no se corrompe, nos lleve a buscar mayormente las cosas de Dios, a pensar más en Él, a orarle más. Ser cristianos no se reduce a seguir los mandamientos, sino que quiere decir ser en Cristo, pensar como Él, actuar como Él, amar como Él; es dejar que Él tome posesión de nuestra vida y la cambie, la transforme, la libere de las tinieblas del mal y del pecado.

Queridos hermanos y hermanas, a quien nos pida razón de la esperanza que está en nosotros (cf. 1 P 3, 15), indiquemos al Cristo resucitado. Indiquémoslo con el anuncio de la Palabra, pero sobre todo con nuestra vida de resucitados. Mostremos la alegría de ser hijos de Dios, la libertad que nos da el vivir en Cristo, que es la verdadera libertad, la que nos salva de la esclavitud del mal, del pecado, de la muerte. Miremos a la Patria celestial: tendremos una nueva luz también en nuestro compromiso y en nuestras fatigas cotidianas. Es un valioso servicio que debemos dar a este mundo nuestro, que a menudo no logra ya elevar la mirada hacia lo alto, no logra ya elevar la mirada hacia Dios.


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, provenientes de España, Argentina, México y los demás países latinoamericanos. En particular, al grupo de las diócesis de Galicia, con sus Obispos, así como a los sacerdotes del curso de actualización del Pontificio Colegio Español, y al grupo del Club Atlético San Lorenzo de Almagro, de Buenos Aires: esto es muy importante. Invito a todos a dar testimonio del gozo de ser hijos de Dios, de la libertad que da el vivir en Cristo, que es la verdadera libertad. Muchas gracias.

* * *

LLAMAMIENTO

He tenido noticia del fuerte terremoto que ha golpeado el sur de Irán y que ha causado muertos, numerosos heridos y graves daños. Rezo por las víctimas y expreso mi cercanía a las poblaciones afectadas por esta calamidad. Recemos por todos estos hermanos y hermanas de Irán.


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CAPILLA PAPAL PARA LA TOMA DE POSESIÓN
DE LA  CÁTEDRA DEL OBISPO DE ROMA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica de San Juan de Letrán
II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, 7 de abril de 2013

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Con gran alegría celebro por primera vez la Eucaristía en esta Basílica Lateranense, catedral del Obispo de Roma. Saludo con sumo afecto al querido Cardenal Vicario, a los Obispos auxiliares, al Presbiterio diocesano, a los Diáconos, a las Religiosas y Religiosos y a todos los fieles laicos. Saludo asimismo al señor Alcalde, a su esposa y a todas las Autoridades. Caminemos juntos a la luz del Señor Resucitado.

1. Celebramos hoy el segundo domingo de Pascua, también llamado «de la Divina Misericordia». Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía.

2. En el Evangelio de hoy, el apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado. Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: «Hemos visto el Señor»; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado. ¿Cuál es la reacción de Jesús? La paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera. Y Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: «Señor mío y Dios mío»: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente.

Y recordemos también a Pedro: que tres veces reniega de Jesús precisamente cuando debía estar más cerca de él; y cuando toca el fondo encuentra la mirada de Jesús que, con paciencia, sin palabras, le dice: «Pedro, no tengas miedo de tu debilidad, confía en mí»; y Pedro comprende, siente la mirada de amor de Jesús y llora. Qué hermosa es esta mirada de Jesús – cuánta ternura –. Hermanos y hermanas, no perdamos nunca la confianza en la paciente misericordia de Dios.

Pensemos en los dos discípulos de Emaús: el rostro triste, un caminar errante, sin esperanza. Pero Jesús no les abandona: recorre a su lado el camino, y no sólo. Con paciencia explica las Escrituras que se referían a Él y se detiene a compartir con ellos la comida. Éste es el estilo de Dios: no es impaciente como nosotros, que frecuentemente queremos todo y enseguida, también con las personas. Dios es paciente con nosotros porque nos ama, y quien ama comprende, espera, da confianza, no abandona, no corta los puentes, sabe perdonar. Recordémoslo en nuestra vida de cristianos: Dios nos espera siempre, aun cuando nos hayamos alejado. Él no está nunca lejos, y si volvemos a Él, está preparado para abrazarnos.

A mí me produce siempre una gran impresión releer la parábola del Padre misericordioso, me impresiona porque me infunde siempre una gran esperanza. Pensad en aquel hijo menor que estaba en la casa del Padre, era amado; y aun así quiere su parte de la herencia; y se va, lo gasta todo, llega al nivel más bajo, muy lejos del Padre; y cuando ha tocado fondo, siente la nostalgia del calor de la casa paterna y vuelve. ¿Y el Padre? ¿Había olvidado al Hijo? No, nunca. Está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento: ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, incluso cuando había dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad; el Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Y esta es la alegría del padre. En ese abrazo al hijo está toda esta alegría: ¡Ha vuelto!. Dios siempre nos espera, no se cansa. Jesús nos muestra esta paciencia misericordiosa de Dios para que recobremos la confianza, la esperanza, siempre. Un gran teólogo alemán, Romano Guardini, decía que Dios responde a nuestra debilidad con su paciencia y éste es el motivo de nuestra confianza, de nuestra esperanza (cf. Glaubenserkenntnis, Würzburg 1949, 28). Es como un diálogo entre nuestra debilidad y la paciencia de Dios, es un diálogo que si lo hacemos, nos da esperanza.

3. Quisiera subrayar otro elemento: la paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida. Jesús invita a Tomás a meter su mano en las llagas de sus manos y de sus pies y en la herida de su costado. También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos. San Bernardo, en una bella homilía, dice: «A través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal (cf. Dt 32,13), es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor» (Sermón 61, 4. Sobre el libro del Cantar de los cantares). Es precisamente en las heridas de Jesús que nosotros estamos seguros, ahí se manifiesta el amor inmenso de su corazón. Tomás lo había entendido. San Bernardo se pregunta: ¿En qué puedo poner mi confianza? ¿En mis méritos? Pero «mi único mérito es la misericordia de Dios. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos» (ibid, 5). Esto es importante: la valentía de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor. San Bernardo llega a afirmar: «Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia (Rm 5,20)» (ibid.).Tal vez alguno de nosotros puede pensar: mi pecado es tan grande, mi lejanía de Dios es como la del hijo menor de la parábola, mi incredulidad es como la de Tomás; no tengo las agallas para volver, para pensar que Dios pueda acogerme y que me esté esperando precisamente a mí. Pero Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el valor de regresar a Él. Cuántas veces en mi ministerio pastoral me han repetido: «Padre, tengo muchos pecados»; y la invitación que he hecho siempre es: «No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo». Cuántas propuestas mundanas sentimos a nuestro alrededor. Dejémonos sin embargo aferrar por la propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor. Para Dios no somos números, somos importantes, es más somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa.

Adán después del pecado sintió vergüenza, se ve desnudo, siente el peso de lo que ha hecho; y sin embargo Dios no lo abandona: si en ese momento, con el pecado, inicia nuestro exilio de Dios, hay ya una promesa de vuelta, la posibilidad de volver a Él. Dios pregunta enseguida: «Adán, ¿dónde estás?», lo busca. Jesús quedó desnudo por nosotros, cargó con la vergüenza de Adán, con la desnudez de su pecado para lavar nuestro pecado: sus llagas nos han curado. Acordaos de lo de san Pablo: ¿De qué me puedo enorgullecer sino de mis debilidades, de mi pobreza? Precisamente sintiendo mi pecado, mirando mi pecado, yo puedo ver y encontrar la misericordia de Dios, su amor, e ir hacia Él para recibir su perdón.

En mi vida personal, he visto muchas veces el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; he visto también en muchas personas la determinación de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre. Y he visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos envolver por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, tan hermosa, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor.


Al final de la misa el Pontífice se asomó al balcón de las bendiciones de la basílica de San Juan de Letrán y saludó a los fieles en la plaza con estas palabras:

Hermanos y hermanas, ¡buenas tardes! Os doy las gracias por vuestra compañía en la misa de hoy. ¡Muchas gracias! Os pido que recéis por mí, lo necesito. No os olvidéis de esto. ¡Gracias a todos vosotros! Y sigamos adelante todos juntos, el pueblo y el Obispo, todos juntos; adelante siempre con la alegría de la Resurrección de Jesús; Él siempre está a nuestro lado. Que el Señor os bendiga.

Después de la bendición, el Papa concluyó:

¡Muchas gracias! ¡Hasta pronto!

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PAPA FRANCISCO

REGINA COELI

Plaza de San Pedro
II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, 7 de abril de 2013

[Vídeo]

¡Queridos hermanos y hermanas! ¡Buenos días!

En este domingo que concluye la Octava de Pascua renuevo a todos la felicitación pascual con las palabras mismas de Jesús Resucitado: «¡Paz a vosotros!» (Jn 20, 19.21.26). No es un saludo ni una sencilla felicitación: es un don; más aún, el don precioso que Cristo ofrece a sus discípulos después de haber pasado a través de la muerte y los infiernos. Da la paz, como había prometido: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo» (Jn 14, 27). Esta paz es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es justamente así: la verdadera paz, la paz profunda, viene de tener experiencia de la misericordia de Dios. Hoy es el domingo de la Divina Misericordia, por voluntad del beato Juan Pablo II, que cerró los ojos a este mundo precisamente en las vísperas de esta celebración.

El Evangelio de Juan nos refiere que Jesús se apareció dos veces a los Apóstoles, encerrados en el Cenáculo: la primera, la tarde misma de la Resurrección, y en aquella ocasión no estaba Tomás, quien dijo: si no veo y no toco, no creo. La segunda vez, ocho días después, estaba también Tomás. Y Jesús se dirigió precisamente a él, le invitó a mirar las heridas, a tocarlas; y Tomás exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 28). Entonces Jesús dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto» (v. 29). ¿Y quiénes eran los que habían creído sin ver? Otros discípulos, otros hombres y mujeres de Jerusalén que, aún no habiendo encontrado a Jesús Resucitado, creyeron por el testimonio de los Apóstoles y de las mujeres. Esta es una palabra muy importante sobre la fe; podemos llamarla la bienaventuranza de la fe. Bienaventurados los que no han visto y han creído: ¡ésta es la bienaventuranza de la fe! En todo tiempo y en todo lugar son bienaventurados aquellos que, a través de la Palabra de Dios, proclamada en la Iglesia y testimoniada por los cristianos, creen que Jesucristo es el amor de Dios encarnado, la Misericordia encarnada. ¡Y esto vale para cada uno de nosotros!

A los Apóstoles Jesús dio, junto a su paz, el Espíritu Santo para que pudieran difundir en el mundo el perdón de los pecados, ese perdón que sólo Dios puede dar y que costó la Sangre del Hijo (cf. Jn 20, 21-23). La Iglesia ha sido enviada por Cristo Resucitado a trasmitir a los hombres la remisión de los pecados, y así hacer crecer el Reino del amor, sembrar la paz en los corazones, a fin de que se afirme también en las relaciones, en las sociedades, en las instituciones. Y el Espíritu de Cristo Resucitado expulsa el temor del corazón de los Apóstoles y les impulsa a salir del Cenáculo para llevar el Evangelio. ¡Tengamos también nosotros más valor para testimoniar la fe en el Cristo Resucitado! ¡No debemos temer ser cristianos y vivir como cristianos! Debemos tener esta valentía de ir y anunciar a Cristo Resucitado, porque Él es nuestra paz, Él ha hecho la paz con su amor, con su perdón, con su sangre, con su misericordia.

Queridos amigos, esta tarde celebraré la Eucaristía en la basílica de San Juan de Letrán, que es la Catedral del Obispo de Roma. Roguemos juntos a la Virgen María para que nos ayude, a obispo y pueblo, a caminar en la fe y en la caridad, confiados siempre en la misericordia del Señor: Él siempre nos espera, nos ama, nos ha perdonado con su sangre y nos perdona cada vez que acudimos a Él a pedir el perdón. ¡Confiemos en su misericordia!


Después del Regina Coeli

Dirijo un cordial saludo a los peregrinos que han participado en la santa misa presidida por el cardenal vicario de Roma en la iglesia de Santo Spirito in Sassia, centro de devoción a la Divina Misericordia. Queridos hermanos y hermanas, ¡sed mensajeros y testigos de la misericordia de Dios!

Me alegra también saludar a los numerosos miembros de movimientos y asociaciones presentes en este momento de oración, en particular a las comunidades neocatecumenales de Roma, que inician hoy una misión especial en las plazas de la Ciudad. Invito a todos a llevar la Buena Nueva en todo ambiente de vida, «con dulzura y respeto» (1 P 3, 16). Id a las plazas y anunciad a Jesucristo, Nuestro Salvador.

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 3 de abril de 2013

[Vídeo]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy retomamos las catequesis del Año de la fe. En el Credo repetimos esta expresión: «Resucitó al tercer día, según las Escrituras». Es precisamente el acontecimiento que estamos celebrando: la Resurrección de Jesús, centro del mensaje cristiano, que resuena desde los comienzos y se ha transmitido para que llegue hasta nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: «Yo os transmití en primer lugar lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce» (1 Co 15, 3-5). Esta breve confesión de fe anuncia precisamente el Misterio Pascual, con las primeras apariciones del Resucitado a Pedro y a los Doce: la Muerte y la Resurrección de Jesús son precisamente el corazón de nuestra esperanza. Sin esta fe en la muerte y resurrección de Jesús, nuestra esperanza será débil, pero no será tampoco esperanza, y justamente la muerte y la resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. El Apóstol afirma: «Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados» (v. 17). Lamentablemente, a menudo se ha tratado de oscurecer la fe en la Resurrección de Jesús, y también entre los creyentes mismos se han insinuado dudas. En cierto modo una fe «al agua de rosas», como decimos nosotros; no es la fe fuerte. Y esto por superficialidad, a veces por indiferencia, ocupados en mil cosas que se consideran más importantes que la fe, o bien por una visión sólo horizontal de la vida. Pero es precisamente la Resurrección la que nos abre a la esperanza más grande, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado, la muerte pueden ser vencidos. Y esto conduce a vivir con más confianza las realidades cotidianas, afrontarlas con valentía y empeño. La Resurrección de Cristo ilumina con una luz nueva estas realidades cotidianas. ¡La Resurrección de Cristo es nuestra fuerza!

Pero, ¿cómo se nos transmitió la verdad de fe de la Resurrección de Cristo? Hay dos tipos de testimonio en el Nuevo Testamento: algunos en forma de profesión de fe, es decir, de fórmulas sintéticas que indican el centro de la fe; otros, en cambio, con forma de relato del acontecimiento de la Resurrección y de los hechos vinculados a ella. El primero: la forma de la profesión de fe, por ejemplo, es la que acabamos de escuchar, o bien la de la Carta a los Romanos donde san Pablo escribe: «Si profesas con tus labios que Jesús es Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (10, 9). Desde los primeros pasos de la Iglesia es bien firme y clara la fe en el Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús. Hoy, sin embargo, quisiera detenerme en la segunda, en los testimonios en forma de relato, que encontramos en los Evangelios. Ante todo notamos que las primeras testigos de este acontecimiento fueron las mujeres. Al amanecer, ellas fueron al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús, y encuentran el primer signo: la tumba vacía (cf. Mc 16, 1). Sigue luego el encuentro con un Mensajero de Dios que anuncia: Jesús de Nazaret, el Crucificado, no está aquí, ha resucitado (cf. vv. 5-6). Las mujeres fueron impulsadas por el amor y saben acoger este anuncio con fe: creen, e inmediatamente lo transmiten, no se lo guardan para sí mismas, lo comunican. La alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena el corazón, no se pueden contener. Esto debería suceder también en nuestra vida. ¡Sintamos la alegría de ser cristianos! Nosotros creemos en un Resucitado que ha vencido el mal y la muerte. Tengamos la valentía de «salir» para llevar esta alegría y esta luz a todos los sitios de nuestra vida. La Resurrección de Cristo es nuestra más grande certeza, es el tesoro más valioso. ¿Cómo no compartir con los demás este tesoro, esta certeza? No es sólo para nosotros; es para transmitirla, para darla a los demás, compartirla con los demás. Es precisamente nuestro testimonio.

Otro elemento. En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, como testigos de la Resurrección se recuerda solamente a hombres, a los Apóstoles, pero no a las mujeres. Esto porque, según la Ley judía de ese tiempo, las mujeres y los niños no podían dar un testimonio fiable, creíble. En los Evangelios, en cambio, las mujeres tienen un papel primario, fundamental. Aquí podemos identificar un elemento a favor de la historicidad de la Resurrección: si hubiera sido un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo no habría estado vinculado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas en cambio narran sencillamente lo sucedido: las mujeres son las primeras testigos. Esto dice que Dios no elige según los criterios humanos: los primeros testigos del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde; las primeras testigos de la Resurrección son las mujeres. Y esto es bello. Y esto es en cierto sentido la misión de las mujeres: de las madres, de las mujeres. Dar testimonio a los hijos, a los nietos, de que Jesús está vivo, es el viviente, ha resucitado. Madres y mujeres, ¡adelante con este testimonio! Para Dios cuenta el corazón, lo abiertos que estamos a Él, si somos como niños que confían. Pero esto nos hace reflexionar también sobre cómo las mujeres, en la Iglesia y en el camino de fe, han tenido y tienen también hoy un papel especial en abrir las puertas al Señor, seguirle y comunicar su Rostro, porque la mirada de fe siempre necesita de la mirada sencilla y profunda del amor. Los Apóstoles y los discípulos encuentran mayor dificultad para creer. La mujeres, no. Pedro corre al sepulcro, pero se detiene ante la tumba vacía; Tomás debe tocar con sus manos las heridas del cuerpo de Jesús. También en nuestro camino de fe es importante saber y sentir que Dios nos ama, no tener miedo de amarle: la fe se profesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor.

Después de las apariciones a las mujeres, siguen otras: Jesús se hace presente de un modo nuevo: es el Crucificado, pero su cuerpo es glorioso; no ha vuelto a la vida terrena, sino en una nueva condición. Al comienzo no le reconocen, y sólo a través de sus palabras y sus gestos los ojos se abren: el encuentro con el Resucitado transforma, da una nueva fuerza a la fe, un fundamento inquebrantable. También para nosotros hay numerosos signos en los que el Resucitado se hace reconocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los demás Sacramentos, la caridad, aquellos gestos de amor portadores de un rayo del Resucitado. Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que también a través de nosotros los signos de muerte dejen espacio a los signos de vida en el mundo. He visto que hay muchos jóvenes en la plaza. ¡Ahí están! A vosotros os digo: llevad adelante esta certeza: el Señor está vivo y camina junto a nosotros en la vida. ¡Esta es vuestra misión! Llevad adelante esta esperanza. Anclad en esta esperanza: este ancla que está en el cielo; sujetad fuertemente la cuerda, anclad y llevad adelante la esperanza. Vosotros, testigos de Jesús, llevad adelante el testimonio que Jesús está vivo, y esto nos dará esperanza, dará esperanza a este mundo un poco envejecido por las guerras, el mal, el pecado. ¡Adelante jóvenes!


Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, Argentina, México y los demás países latinoamericanos. Invito a todos a acoger la alegría que nos trae el Resucitado, para que el encuentro con Jesús abra nuestro corazón a la fe y a la esperanza, haciéndonos valientes testigos de su amor.


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PAPA FRANCISCO

REGINA CÆLI

Plaza de San Pedro
Lunes del Ángel, 1 de abril de 2013

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Queridos hermanos y hermanas:

¡Buenos días y feliz Pascua a todos vosotros! Os agradezco por haber venido también hoy tan numerosos, para compartir la alegría de la Pascua, misterio central de nuestra fe. Que la fuerza de la Resurrección de Cristo llegue a cada persona —especialmente a quien sufre— y a todas las situaciones más necesitadas de confianza y de esperanza.

Cristo ha vencido el mal de modo pleno y definitivo, pero nos corresponde a nosotros, a los hombres de cada época, acoger esta victoria en nuestra vida y en las realidades concretas de la historia y de la sociedad. Por ello me parece importante poner de relieve lo que hoy pedimos a Dios en la liturgia: «Señor Dios, que por medio del bautismo haces crecer a tu Iglesia, dándole siempre nuevos hijos, concede a cuantos han renacido en la fuente bautismal vivir siempre de acuerdo con la fe que profesaron» (Oración Colecta del Lunes de la Octava de Pascua).

Es verdad. Sí; el Bautismo que nos hace hijos de Dios, la Eucaristía que nos une a Cristo, tienen que llegar a ser vida, es decir, traducirse en actitudes, comportamientos, gestos, opciones. La gracia contenida en los Sacramentos pascuales es un potencial de renovación enorme para la existencia personal, para la vida de las familias, para las relaciones sociales. Pero todo esto pasa a través del corazón humano: si yo me dejo alcanzar por la gracia de Cristo resucitado, si le permito cambiarme en ese aspecto mío que no es bueno, que puede hacerme mal a mí y a los demás, permito que la victoria de Cristo se afirme en mi vida, que se ensanche su acción benéfica. ¡Este es el poder de la gracia! Sin la gracia no podemos hacer nada. ¡Sin la gracia no podemos hacer nada! Y con la gracia del Bautismo y de la Comunión eucarística puedo llegar a ser instrumento de la misericordia de Dios, de la bella misericordia de Dios.

Expresar en la vida el sacramento que hemos recibido: he aquí, queridos hermanos y hermanas, nuestro compromiso cotidiano, pero diría también nuestra alegría cotidiana. La alegría de sentirse instrumentos de la gracia de Cristo, como sarmientos de la vid que es Él mismo, animados por la savia de su Espíritu.

Recemos juntos, en el nombre del Señor muerto y resucitado, y por intercesión de María santísima, para que el Misterio pascual actúe profundamente en nosotros y en este tiempo nuestro, para que el odio deje espacio al amor, la mentira a la verdad, la venganza al perdón, la tristeza a la alegría.


Después del Regina Caeli

Saludo con gran afecto a todos vosotros, queridos peregrinos provenientes de los diversos continentes para participar en este encuentro de oración.

A cada uno os deseo que paséis con serenidad este Lunes del Ángel, en el cual resuena con fuerza el anuncio gozoso de la Pascua: ¡Cristo ha resucitado! ¡Feliz Pascua a todos!

¡Feliz Pascua a todos y buen almuerzo!

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MENSAJE URBI ET ORBI
DEL SANTO PADRE FRANCISCO

PASCUA 2013

Domingo 31 de marzo de 2013

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Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo: ¡Feliz Pascua! ¡Feliz Pascua!

Es una gran alegría para mí poderos dar este anuncio: ¡Cristo ha resucitado! Quisiera que llegara a todas las casas, a todas las familias, especialmente allí donde hay más sufrimiento, en los hospitales, en las cárceles…

Quisiera que llegara sobre todo al corazón de cada uno, porque es allí donde Dios quiere sembrar esta Buena Nueva: Jesús ha resucitado, hay la esperanza para ti, ya no estás bajo el dominio del pecado, del mal. Ha vencido el amor, ha triunfado la misericordia. La misericordia de Dios siempre vence.

También nosotros, como las mujeres discípulas de Jesús que fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, podemos preguntarnos qué sentido tiene este evento (cf. Lc 24,4). ¿Qué significa que Jesús ha resucitado? Significa que el amor de Dios es más fuerte que el mal y la muerte misma, significa que el amor de Dios puede transformar nuestras vidas y hacer florecer esas zonas de desierto que hay en nuestro corazón. Y esto lo puede hacer el amor de Dios.

Este mismo amor por el que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, y ha ido hasta el fondo por la senda de la humildad y de la entrega de sí, hasta descender a los infiernos, al abismo de la separación de Dios, este mismo amor misericordioso ha inundado de luz el cuerpo muerto de Jesús, y lo ha transfigurado, lo ha hecho pasar a la vida eterna. Jesús no ha vuelto a su vida anterior, a la vida terrenal, sino que ha entrado en la vida gloriosa de Dios y ha entrado en ella con nuestra humanidad, nos ha abierto a un futuro de esperanza.

He aquí lo que es la Pascua: el éxodo, el paso del hombre de la esclavitud del pecado, del mal, a la libertad del amor y la bondad. Porque Dios es vida, sólo vida, y su gloria somos nosotros: es el hombre vivo (cf. san Ireneo, Adv. haereses, 4,20,5-7).

Queridos hermanos y hermanas, Cristo murió y resucitó una vez para siempre y por todos, pero el poder de la resurrección, este paso de la esclavitud del mal a la libertad del bien, debe ponerse en práctica en todos los tiempos, en los momentos concretos de nuestra vida, en nuestra vida cotidiana. Cuántos desiertos debe atravesar el ser humano también hoy. Sobre todo el desierto que está dentro de él, cuando falta el amor de Dios y del prójimo, cuando no se es consciente de ser custodio de todo lo que el Creador nos ha dado y nos da. Pero la misericordia de Dios puede hacer florecer hasta la tierra más árida, puede hacer revivir incluso a los huesos secos (cf. Ez 37,1-14).

He aquí, pues, la invitación que hago a todos: Acojamos la gracia de la Resurrección de Cristo. Dejémonos renovar por la misericordia de Dios, dejémonos amar por Jesús, dejemos que la fuerza de su amor transforme también nuestras vidas; y hagámonos instrumentos de esta misericordia, cauces a través de los cuales Dios pueda regar la tierra, custodiar toda la creación y hacer florecer la justicia y la paz.

Así, pues, pidamos a Jesús resucitado, que transforma la muerte en vida, que cambie el odio en amor, la venganza en perdón, la guerra en paz. Sí, Cristo es nuestra paz, e imploremos por medio de él la paz para el mundo entero.

Paz para Oriente Medio, en particular entre israelíes y palestinos, que tienen dificultades para encontrar el camino de la concordia, para que reanuden las negociaciones con determinación y disponibilidad, con el fin de poner fin a un conflicto que dura ya demasiado tiempo. Paz para Irak, y que cese definitivamente toda violencia, y, sobre todo, para la amada Siria, para su población afectada por el conflicto y los tantos refugiados que están esperando ayuda y consuelo. ¡Cuánta sangre derramada! Y ¿cuánto dolor se ha de causar todavía, antes de que se consiga encontrar una solución política a la crisis?

Paz para África, escenario aún de conflictos sangrientos. Para Malí, para que vuelva a encontrar unidad y estabilidad; y para Nigeria, donde lamentablemente no cesan los atentados, que amenazan gravemente la vida de tantos inocentes, y donde muchas personas, incluso niños, están siendo rehenes de grupos terroristas. Paz para el Este la República Democrática del Congo y la República Centroafricana, donde muchos se ven obligados a abandonar sus hogares y viven todavía con miedo.

Paz en Asia, sobre todo en la península coreana, para que se superen las divergencias y madure un renovado espíritu de reconciliación.

Paz a todo el mundo, aún tan dividido por la codicia de quienes buscan fáciles ganancias, herido por el egoísmo que amenaza la vida humana y la familia; egoísmo que continúa en la trata de personas, la esclavitud más extendida en este siglo veintiuno: la trata de personas es precisamente la esclavitud más extendida en este siglo ventiuno. Paz a todo el mundo, desgarrado por la violencia ligada al tráfico de drogas y la explotación inicua de los recursos naturales. Paz a esta Tierra nuestra. Que Jesús Resucitado traiga consuelo a quienes son víctimas de calamidades naturales y nos haga custodios responsables de la creación.

Queridos hermanos y hermanas, a todos los que me escuchan en Roma y en todo el mundo, les dirijo la invitación del Salmo: «Dad gracias al Señor porque es bueno, / porque es eterna su misericordia. / Diga la casa de Israel: / “Eterna es su misericordia”» (Sal 117,1-2).


SALUDO

Queridos hermanos y hermanas venidos de todas las partes del mundo y reunidos en esta plaza, corazón de la cristiandad, y todos los que estáis conectados a través de los medios de comunicación, os renuevo mi felicitación: ¡Buena Pascua!

Llevad a vuestras familias y vuestros Países el mensaje de alegría, de esperanza y de paz que cada año, en este día, se renueva con vigor.

Que el Señor resucitado, vencedor del pecado y de la muerte, reconforte a todos, especialmente a los más débiles y necesitados. Gracias por vuestra presencia y el testimonio de vuestra fe. Un pensamiento y un agradecimiento particular por el don de las hermosas flores, que provienen de los Países Bajos. Repito a todos con afecto: Cristo resucitado guíe a todos vosotros y a la humanidad entera por sendas de justicia, de amor y de paz.

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  Librito de la Celebración
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VIDEOMENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
CON MOTIVO DE LA OSTENSIÓN DE LA SÁBANA SANTA

Sábado Santo, 30 de marzo de 2013

Queridos hermanos y hermanas:

También yo me pongo con vosotros ante la Sábana Santa, y doy gracias al Señor que nos da, con los instrumentos de hoy, esta posibilidad.

Pero aunque se haga de esta forma, no se trata simplemente de observar, sino de venerar; es una mirada de oración. Y diría aún más: es un dejarse mirar. Este rostro tiene los ojos cerrados, es el rostro de un difunto y, sin embargo, misteriosamente nos mira y, en el silencio, nos habla. ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo es posible que el pueblo fiel, como vosotros, quiera detenerse ante este icono de un hombre flagelado y crucificado? Porque el hombre de la Sábana Santa nos invita a contemplar a Jesús de Nazaret. Esta imagen –grabada en el lienzo– habla a nuestro corazón y nos lleva a subir al monte del Calvario, a mirar el madero de la cruz, a sumergirnos en el silencio elocuente del amor.

Así pues, dejémonos alcanzar por esta mirada, que no va en busca de nuestros ojos, sino de nuestro corazón. Escuchemos lo que nos quiere decir, en el silencio, sobrepasando la muerte misma. A través de la Sábana Santa nos llega la Palabra única y última de Dios: el Amor hecho hombre, encarnado en nuestra historia; el Amor misericordioso de Dios, que ha tomado sobre sí todo el mal del mundo para liberarnos de su dominio. Este rostro desfigurado se asemeja a tantos rostros de hombres y mujeres heridos por una vida que no respeta su dignidad, por guerras y violencias que afligen a los más vulnerables… Sin embargo, el rostro de la Sábana Santa transmite una gran paz; este cuerpo torturado expresa una majestad soberana. Es como si dejara trasparentar una energía condensada pero potente; es como si nos dijera: ten confianza, no pierdas la esperanza; la fuerza del amor de Dios, la fuerza del Resucitado, todo lo vence.

Por eso, contemplando al hombre de la Sábana Santa, hago mía la oración que san Francisco de Asís pronunció ante el Crucifijo:

Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta,
esperanza cierta
y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla
tu santo y verdadero mandamiento. Amén.

 

VIGILIA PASCUAL

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
Sábado Santo 30 de marzo de 2013

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Queridos hermanos y hermanas

1. En el Evangelio de esta noche luminosa de la Vigilia Pascual, encontramos primero a las mujeres que van al sepulcro de Jesús, con aromas para ungir su cuerpo (cf. Lc 24,1-3). Van para hacer un gesto de compasión, de afecto, de amor; un gesto tradicional hacia un ser querido difunto, como hacemos también nosotros. Habían seguido a Jesús. Lo habían escuchado, se habían sentido comprendidas en su dignidad, y lo habían acompañado hasta el final, en el Calvario y en el momento en que fue bajado de la cruz. Podemos imaginar sus sentimientos cuando van a la tumba: una cierta tristeza, la pena porque Jesús les había dejado, había muerto, su historia había terminado. Ahora se volvía a la vida de antes. Pero en las mujeres permanecía el amor, y es el amor a Jesús lo que les impulsa a ir al sepulcro. Pero, a este punto, sucede algo totalmente inesperado, una vez más, que perturba sus corazones, trastorna sus programas y alterará su vida: ven corrida la piedra del sepulcro, se acercan, y no encuentran el cuerpo del Señor. Esto las deja perplejas, dudosas, llenas de preguntas: «¿Qué es lo que ocurre?», «¿qué sentido tiene todo esto?» (cf. Lc 24,4). ¿Acaso no nos pasa así también a nosotros cuando ocurre algo verdaderamente nuevo respecto a lo de todos los días? Nos quedamos parados, no lo entendemos, no sabemos cómo afrontarlo. A menudo, la novedad nos da miedo, también la novedad que Dios nos trae, la novedad que Dios nos pide. Somos como los apóstoles del Evangelio: muchas veces preferimos mantener nuestras seguridades, pararnos ante una tumba, pensando en el difunto, que en definitiva sólo vive en el recuerdo de la historia, como los grandes personajes del pasado. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Queridos hermanos y hermanas, en nuestra vida, tenemos miedo de las sorpresas de Dios. Él nos sorprende siempre. Dios es así.

Hermanos y hermanas, no nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. ¿Estamos acaso con frecuencia cansados, decepcionados, tristes; sentimos el peso de nuestros pecados, pensamos no lo podemos conseguir? No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.

2. Pero volvamos al Evangelio, a las mujeres, y demos un paso hacia adelante. Encuentran la tumba vacía, el cuerpo de Jesús no está allí, algo nuevo ha sucedido, pero todo esto todavía no queda nada claro: suscita interrogantes, causa perplejidad, pero sin ofrecer una respuesta. Y he aquí dos hombres con vestidos resplandecientes, que dicen: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5-6). Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor – el ir al sepulcro –, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia verdaderamente la vida. Ya nada es como antes, no sólo en la vida de aquellas mujeres, sino también en nuestra vida y en nuestra historia de la humanidad. Jesús no está muerto, ha resucitado, es el Viviente. No es simplemente que haya vuelto a vivir, sino que es la vida misma, porque es el Hijo de Dios, que es el que vive (cf. Nm 14,21-28; Dt 5,26, Jos 3,10). Jesús ya no es del pasado, sino que vive en el presente y está proyectado hacia el futuro, Jesús es el «hoy» eterno de Dios. Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano. Y este es un mensaje para mí, para ti, querida hermana y querido hermano. Cuántas veces tenemos necesidad de que el Amor nos diga: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura…, y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive. Acepta entonces que Jesús Resucitado entre en tu vida, acógelo como amigo, con confianza: ¡Él es la vida! Si hasta ahora has estado lejos de él, da un pequeño paso: te acogerá con los brazos abiertos. Si eres indiferente, acepta arriesgar: no quedarás decepcionado. Si te parece difícil seguirlo, no tengas miedo, confía en él, ten la seguridad de que él está cerca de ti, está contigo, y te dará la paz que buscas y la fuerza para vivir como él quiere.

3. Hay un último y simple elemento que quisiera subrayar en el Evangelio de esta luminosa Vigilia Pascual. Las mujeres se encuentran con la novedad de Dios: Jesús ha resucitado, es el Viviente. Pero ante la tumba vacía y los dos hombres con vestidos resplandecientes, su primera reacción es de temor: estaban «con las caras mirando al suelo» – observa san Lucas –, no tenían ni siquiera valor para mirar. Pero al escuchar el anuncio de la Resurrección, la reciben con fe. Y los dos hombres con vestidos resplandecientes introducen un verbo fundamental: Recordad. «Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea… Y recordaron sus palabras» (Lc 24,6.8). Esto es la invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro, es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros (cf. Lc 24,9). Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas.

En esta Noche de luz, invocando la intercesión de la Virgen María, que guardaba todos estas cosas en su corazón (cf. Lc 2,19.51), pidamos al Señor que nos haga partícipes de su resurrección: nos abra a su novedad que trasforma, a las sorpresas de Dios, tan bellas; que nos haga hombres y mujeres capaces de hacer memoria de lo que él hace en nuestra historia personal y la del mundo; que nos haga capaces de sentirlo como el Viviente, vivo y actuando en medio de nosotros; que nos enseñe cada día, queridos hermanos y hermanas, a no buscar entre los muertos a Aquel que vive. Amén.

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PALABRAS DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Palatino
Viernes Santo 29 de marzo de 2013

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Queridos hermanos y hermanas

Os doy las gracias por haber participado tan numerosos en este momento de intensa oración. Y doy las gracias también a todos los que se han unido a nosotros a través de los medios de comunicación social, especialmente a las personas enfermas o ancianas.

No quiero añadir muchas palabras. En esta noche debe permanecer sólo una palabra, que es la Cruz misma. La Cruz de Jesús es la Palabra con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A veces nos parece que Dios no responde al mal, que permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha respondido, y su respuesta es la Cruz de Cristo: una palabra que es amor, misericordia, perdón. Y también juicio: Dios nos juzga amándonos. Recordemos esto: Dios nos juzga amándonos. Si acojo su amor estoy salvado, si lo rechazo me condeno, no por él, sino por mí mismo, porque Dios no condena, Él sólo ama y salva.

Queridos hermanos, la palabra de la Cruz es también la respuesta de los cristianos al mal que sigue actuando en nosotros y a nuestro alrededor. Los cristianos deben responder al mal con el bien, tomando sobre sí la Cruz, como Jesús. Esta noche hemos escuchado el testimonio de nuestros hermanos del Líbano: son ellos que han compuesto estas hermosas meditaciones y oraciones. Les agradecemos de corazón este servicio y sobre todo el testimonio que nos dan. Lo hemos visto cuando el Papa Benedicto fue al Líbano: hemos visto la belleza y la fuerza de la comunión de los cristianos de aquella Tierra y de la mistad de tantos hermanos musulmanes y muchos otros. Ha sido un signo para Oriente Medio y para el mundo entero: un signo de esperanza.

Continuemos este Vía Crucis en la vida de cada día. Caminemos juntos por la vía de la Cruz, caminemos llevando en el corazón esta palabra de amor y de perdón. Caminemos esperando la resurrección de Jesús, que nos ama tanto. Es todo amor.

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«El problema no es ser pecadores, sino no arrepentirse»

17 de may de 2013

Lo dijo el Pontífice durante la homilía en Santa Marta. «Pedro era pecador, no corrupto: se dejó moldear por Jesús»

«El problema no es ser pecadores: el problema es no arrepentirse del pecado, no tener vergüenza de lo que hemos hecho». Es lo que afirmó el Papa Bergoglio en la homilía de la Misa en la capilla de la Casa Santa Marta. El Pontífice recorrió la historia de los encuentros entre Pedro y Jesús, subrayando que este último «entrega su rebaño a un pecador». «Pero Pedro era pecador, no corrupto, ¿eh? Pecadores, sí, todos: corruptos, no», exclamó Bergoglio.

En la celebración de hoy estaban presentes algunos empleados de los Museos Vaticanos. La parte central de la homilía, el pasaje del Evangelio según el cual Jesús le pregunta a Pedro si lo ama. «Es un diálogo de amor, entre el Señor y su discípulo», explicó Francisco, según lo que dio a conocer la Radio Vaticana.

«Jesús, en estos encuentros va como madurando el alma de Pedro, el corazón de Pedro», lo madura en el amor. Así Pedro, cuando escucha la pregunta de Jesús repetida tres veces, se avergüenza porque se acuerda de las tres veces que negó conocerlo.

«Un hombre grande, Pedro… pecador, pecador –dijo el Papa. Pero el Señor le hace entender, a él y también a nosotros, que todos somos pecadores. El problema no es ser pecadores: el problema es no arrepentirse del pecado, no tener vergüenza de lo que hemos hecho. Este es el problema».

El testigo fiel:

http://www.eltestigofiel.org/informacion/noticias.php?idu=929

Francisco recuerda las palabras de Benedicto XVI: «Somos escépticos ante la Verdad

16 de may de 2013

Espíritu Santo que mi corazón esté abierto a la Palabra de Dios, que mi corazón esté abierto al bien, que mi corazón esté abierto a la belleza de Dios, todo todos los días.

Papa Francisco en San Pedro

Queridos hermanos y hermanas, buenos días, hoy me quiero centrar en la acción que el Espíritu Santo realiza en la guía de la Iglesia y de cada uno de nosotros a la Verdad. Jesús mismo dice a sus discípulos: el Espíritu Santo “les guiará en toda la verdad” (Jn 16:13), él mismo es “el Espíritu de la Verdad” (cf. Jn 14:17, 15:26, 16:13).

Vivimos en una época en la que se es más bien escéptico con respecto a la verdad. Benedicto XVI ha hablado muchas veces de relativismo, es decir, la tendencia a creer que no hay nada definitivo, y a pensar que la verdad está dada por el consenso general o por lo que nosotros queremos. Se plantean estas preguntas: ¿existe realmente “la” verdad? ¿Qué es “la” verdad? ¿Podemos conocerla? ¿Podemos encontrarla? Aquí me viene a la memoria la pregunta del procurador romano Poncio Pilato cuando Jesús le revela el sentido profundo de su misión: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18,37.38). Pilato no entiende que “la” Verdad está frente a él, no es capaz de ver en Jesús el rostro de la verdad, que es el rostro de Dios.

Y sin embargo, Jesús es esto: la Verdad, la cual, en la plenitud del tiempo, “se hizo carne” (Jn 1,1.14), que vino entre nosotros para que la conociéramos. La verdad no te agarra como una cosa, la verdad se encuentra. No es una posesión, es un encuentro con una Persona.

Pero, ¿quién nos hace reconocer que Jesús es “la” Palabra de la verdad, el Hijo unigénito de Dios Padre? San Pablo enseña que “nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, si no está impulsado por el Espíritu Santo” (1 Cor 12:03). Es sólo el Espíritu Santo, el don de Cristo Resucitado, quien nos hace reconocer la verdad. Jesús lo define el “Paráclito”, que significa “el que viene en nuestra ayuda”, el que está a nuestro lado para sostenernos en este camino de conocimiento; y, en la Última Cena, Jesús asegura a sus discípulos que el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas, recordándoles sus palabras (cf. Jn 14,26).

¿Cuál es entonces la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas y en la vida de la Iglesia para guiarnos a la verdad? En primer lugar, recuerda e imprime en los corazones de los creyentes las palabras que Jesús dijo, y precisamente a través de estas palabras, la ley de Dios – como lo habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento – se inscribe en nuestros corazones y en nosotros se convierte en un principio de valoración de las decisiones y de orientación de las acciones cotidianas, se convierte en un principio de vida. Se realiza la gran profecía de Ezequiel: “Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo… infundiré mi espíritu en ustedes y haré que signa mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes”. (36:25-27). De hecho, de lo profundo de nosotros mismos nacen nuestras acciones: es el corazón el que debe convertirse a Dios, y el Espíritu Santo lo transforma si nosotros nos abrimos a Él.

El Espíritu Santo, entonces, como promete Jesús, nos guía “en toda la verdad” (Jn 16,13); nos lleva no sólo para encontrar a Jesús, la plenitud de la Verdad, sino que nos guía “en” la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión siempre más profunda con Jesús, dándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y ésta no la podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial. La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la verdad actúa en nuestros corazones, suscitando aquel “sentido de la fe” (sensus fidei), el sentido de la fe a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, indefectiblemente se adhiere a la fe transmitida, la profundiza con un juicio recto y la aplica más plenamente en la vida (cf. Constitución dogmática Lumen Gentium, 12). Probemos a preguntarnos: ¿estoy abierto al Espíritu Santo, le pido para que me ilumine, y me haga más sensible a las cosas de Dios?

Y ésta es una oración que tenemos que rezar todos los días, todos los días: Espíritu Santo que mi corazón esté abierto a la Palabra de Dios, que mi corazón esté abierto al bien, que mi corazón esté abierto a la belleza de Dios, todo todos los días.

Pero me gustaría hacer una pregunta a todos ustedes: ¿Cuántos de ustedes rezan cada día al Espíritu Santo, eh? ¡Serán pocos, eh! pocos, unos pocos, pero nosotros tenemos que cumplir este deseo de Jesús: orar cada día al Espíritu Santo para que abra nuestros corazones a Jesús.

Pensemos en María que «conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón ” (Lc 2,19.51). La recepción de las palabras y las verdades de fe, para que se conviertan en vida, se necesita que se realicen y crezcan bajo la acción del Espíritu Santo. En este sentido, debemos aprender de María, reviviendo su “sí”, su total disponibilidad para recibir al Hijo de Dios en su vida, que desde ese momento la transformó. A través del Espíritu Santo, el Padre y el Hijo establecen su morada en nosotros: nosotros vivimos en Dios y para Dios. ¿Pero nuestra vida está verdaderamente animada por Dios? ¿Cuántas cosas interpongo antes que Dios?

Queridos hermanos y hermanas, tenemos que dejarnos impregnar con la luz del Espíritu Santo, porque Él nos introduzca en la Verdad de Dios, que es el único Señor de nuestra vida. En este Año de la Fe preguntémonos si en realidad hemos dado algunos pasos para conocer mejor a Cristo y las verdades de la fe, con la lectura y la meditación de las Escrituras, en el estudio del Catecismo, acercándonos con asiduidad a los Sacramentos.

Pero preguntémonos al mismo tiempo cuántos pasos estamos dando para que la fe dirija toda nuestra existencia. ¿No se es cristiano “según el momento”, sólo algunas veces, en algunas circunstancias, en algunas ocasiones; ¡no, no se puede ser cristiano así! ¡Se es cristiano en todo momento! Totalmente.

La verdad de Cristo, que el Espíritu Santo nos enseña y forma parte para siempre y totalmente de nuestra vida cotidiana. Invoquémosle con más frecuencia, para que nos guíe en el camino de los discípulos de Cristo. Invoquémosle todos los días, hagamos esta propuesta: cada día invoquemos al Espíritu Santo. ¿Lo harán? No oigo, eh, todos los días, eh! Y así el Espíritu nos llevará más cerca de Jesucristo. Gracias.

(Traducción de Eduardo Rubió para RadioVaticana)

Calendario

Fotografías

Franciscus - miserando atque eligendo

Franciscus
Jorge Mario Bergoglio
13.III.2013

 Elección 13 de marzo de 2013

Fuente: El Vaticano

http://www.vatican.va/holy_father/francesco/index_sp.htm

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POPE FRANCIS "PAPA FRANCISCO"               El papa Francisco I impone, por primera vez como Sumo Pontífice, la bendición ’urbi et orbi’ a los presentes en la plaza de San Pedro del Vaticano.

Su santidad el papa Francisco  (Jorge Mario Bergoglio)  elegido papa el día 13-03-2013

2ª parte:

Descarga la nueva encíclica del Papa Francisco, Lumen fidei

A cuatro meses escasos de ser elegido Papa, la Santa Sede ha presentado la primera encíclica del Papa Francisco, titulada Lumen fidei (La luz de la fe).

La encíclica Lumen fidei ha sido presentada por el cardenal Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los Obispos, y los arzobispos Gerhard Ludwig Muller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y Rino Fisichella, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización.

Fuente: Ecclesia.

Descarga en este enlace: http://www.revistaecclesia.com/descarga-la-nueva-enciclica-del-papa-francisco-lumen-fidei/

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El papa Francisco en contra de la pena de muerte.

MADRID, 14 Jun. 13 / 02:48 pm (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Francisco dirigió un mensaje a los participantes del 5º Congreso Mundial contra la Pena de Muerte que se realiza en Madrid (España), en el que reiteró el empeño de la Santa Sede por “la abolición de la pena capital” como parte de su defensa de la dignidad de la vida humana, y como “una valerosa reafirmación de la convicción que la humanidad puede enfrentarse con éxito a la criminalidad” sin necesidad de recurrir a la supresión de la vida.

En el texto, firmado por el Secretario de Estado, Cardenal Tarcisio Bertone, el Santo Padre recordó que similares llamados hicieron sus predecesores Benedicto XVI y el Beato Juan Pablo II, y pidió que “las sentencias capitales sean conmutadas por un castigo menor, que ofreciera tiempo e incentivos para la reforma del culpable”.

“Es imperioso, hoy más que nunca, recordar y afirmar la necesidad de un reconocimiento y un respeto universal de la dignidad inalienable de la vida humana, en su inconmensurable valor”, se expresa en el mensaje, y se subraya el trabajo que la Santa Sede ha realizado en la abolición de la pena capital.

En ese sentido, el Papa deseó a los participantes del congreso que se realiza hasta el 15 de junio, “un fecundo desarrollo de los trabajos”.

Por su parte, el director de la Organización “Juntos contra la pena de muerte”, Raphael Chenuil Hazan, en declaraciones a ACI Prensa manifestó la importancia del gesto del Papa. “Agradecemos el apoyo de su Santidad. Es importante para nosotros recibir tan importante mensaje de un hombre de paz”, afirmó.

Este Congreso Mundial ha sido organizado por la organización Ensemble contre la peine de mort (ECPM, juntos contra la pena de muerte) y cuenta con el patrocinio del Gobierno español.

El evento se inició el 12 de junio y contó con la participación de los ministros de Asuntos Exteriores de España, Francia, Noruega y Suiza; así como defensores de la pena capital.

Actualmente hay 57 países en el mundo que mantienen la pena de muerte. Chenuil Hazan, director general de ECPM, señaló que el objetivo de estos congresos es “propiciar un ambiente de diálogo entre representantes de países que mantienen la pena de muerte, para abrir el camino hacia la abolición”.

En el congreso de Madrid han participado, entre otros, Joaquín José Martínez, español que fue condenado a la pena capital en 1997 por asesinato en Estados Unidos y que en 2001 salió del corredor de la muerte tras demostrarse su inocencia, y familiares de Pablo Ibar, el único español que en estos momentos se encuentra en una cárcel estadounidense a la espera de su ejecución.

El mensaje del Papa Francisco es el siguiente:

Ciudad del Vaticano, 12 de junio de 2013

Señor Presidente,

Su Santidad Francisco, habiendo sido informado de la realización en Madrid del Quinto Congreso Contra la Pena de Muerte, hace votos de un fecundo desarrollo de los trabajos y envía a todos los presentes sus cordiales saludos.

La Santa Sede ha promovido constantemente la abolición de la pena de muerte, en conformidad con su enseñanza fundamental sobre el reconocimiento de la dignidad de la persona y la protección de la vida humana. El Papa Francisco desea reiterar, en esta importante ocasión, los llamamientos del beato Juan Pablo II y de Benedicto XVI, para que las sentencias capitales fueran conmutadas por un castigo menor, que ofreciera tiempo e incentivos para la reforma del culpable.

Eso daría, además, esperanzas al inocente y garantizaría el bienestar moral de aquellas personas que, de un modo u otro, se han visto involucradas en el destino de los condenados a muerte, así como de toda la sociedad civil.

La Santa Sede pide con fuerza y convicción que se alcance una moratoria mundial, ya que el conjunto de las naciones posee en la actualidad los medios para defenderse sin ninguna necesidad de recurrir a castigos crueles e innecesarios. Más aun, la conciencia creciente de que ha llegado el tiempo de «desterrar la pena de muerte» (Juan Pablo II, Mensaje Urbi et Orbi, Navidad 1998) constituye un estímulo para aquella moratoria.

Es imperioso, hoy más que nunca, recordar y afirmar la necesidad de un reconocimiento y un respeto universal de la dignidad inalienable de la vida humana, en su inconmensurable valor. La Santa Sede se ha empeñado en la abolición de la pena capital, como parte integral de su defensa de la vida de todos los hombres y mujeres, en cualquier fase de su desarrollo, desde concepción hasta a la muerte natural, contra la afirmación de una cultura de la muerte.

La abolición universal de la pena capital supondría una valerosa reafirmación de la convicción que la humanidad puede enfrentarse con éxito a la criminalidad. Así, rechazando tanto el espíritu de venganza como la tentación de sucumbir a la desesperación ante los delitos y las fuerzas del mal, se suscitaría una nueva fuerza de esperanza en nuestra humanidad. Su Santidad, por tanto, anima a todos los participantes en este Congreso a continuar con esta gran iniciativa y les asegura su oración,

Tarsicio Card. Bertone

 

Secretario de Estado de Su Santidad

Fuente: Ecclesia

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El pensamiento del Cardenal Bergoglio , hoy Papa Francisco.

http://www.youtube.com/watch?v=t5x7Wgh8hak&list=WL7B700B2A309DA75C Un vídeo que recoge el pensamiento del Cardenal Bergoglio , hoy Papa Francisco. Una selección de sus homilías.Recogen algunas frases de sus homilías:«Sucumbimos víctimas de actitudes que no nos permiten dialogar: la prepotencia, no saber escuchar, la crispación del lenguaje comunicativo, la descalificación previa y tantas otras. El diálogo nace de una actitud de respeto hacia otra persona, de un convencimiento de que el otro tiene algo bueno que decir, supone hacer lugar en nuestro corazón a su punto de vista, a su opinión y a su propuesta. Dialogar entraña una acogida cordial y no una condena previa. Para dialogar hay que saber bajar las defensas, abrir las puertas de casa y ofrecer calidez humana. Son muchas las barreras que en lo cotidiano impide el diálogo: la desinformación, el chisme, el prejuicio, la difamación, la calumnia. Todas estas realidades conforman cierto amarillismo cultural que ahoga cierta apertura hacia los demás. Y así traban el diálogo y el encuentro.»”los derechos humanos se violan no sólo por el terrorismo, la represión y los asesinatos, sino también por estructuras económicas injustas que originan grandes desigualdades”.”No solo no pagamos la deuda del amor, sino que de alguna manera los que no hacemos nada, entre comillas,somos cómplices de este delito tan, tan nefasto como es la explotación, la esclavitud, y la trata en nuestra ciudad. Somos cómplices por nuestro silencio, por nuestro no hacer nada, por nuestro no reclamo a quienes el pueblo ha ungido como responsable para solucionar. Por nuestra apatía. “[…]”Hoy venimos a pedir por las victimas de trata de personas, la trata del trabajo esclavo, la trata de la prostitución; en esta plaza del barrio de Maria Cash venimos a pedirle a Jesús que, él que es Dios y tomó nuestra carne, nos haga llorar por la carne de tantos hermanas y hermanos nuestros que son sometidos. Le venimos a pedir a Jesús que aprendamos a cuidar a estos hermanos nuestros sometidos a la esclavitud con la ternura que merecen y que no gastemos nuestra ternura en cuidar y en atender mascotas dejando de lado el hambre de nuestros chicos…”[…]”Alguno podrá preguntar: “Padre, como puede ser esto?” Lo dije las dos últimas veces: Hay una anestesia cotidiana que esta ciudad sabe usar muy bien y se llama coima y con esta anestesia se adormecen las conciencias. Buenos Aires es una ciudad coimera! Jesús esta acá con nosotros! Jesús: enseñanos a pensar en tantos hermanos y hermanas nuestros que son esclavos, enseñanos a meternos en su carne, enseñanos a llorar por esta esclavitud de Buenos Aires, enseñanos a ser más solidarios, y a luchar para que esta ciudad no tenga más esclavos.”Y a la Virgen, Madre de todos nosotros, le pedimos que nos contagies ternura materna para sentir que esos hombres y mujeres, chicos y chicas, sometidos a la esclavitud en esta ciudad, sean hijos de ella e hijos nuestros. Que Dios bendiga a todos los que en este momentos están sufriendo, siendo explotados; que Jesús los acaricie. Hoy Jesús está en Plaza Constitución, no para hacer política ni para dar una conferencia sino para llorar con su Pueblo.””Mientras algunos por ahí estaban reunidos a ver como podían hacer para poder tener más dinero, más poder, o más influencias, ustedes estaban diciendo que el Amor es Servicio; y que lo único que vale en la vida es vivir para los demás. Yo soy un hombre, una mujer, que vivo para los demás!!!. Lo que ustedes estaban gritando con su modo de ser, es que el que no vive para servir no sirve para vivir. Estamos cansados de gente que no sirva para vivir!!! Nosotros queremos vivir para servir!!! Y eso lo han dicho ustedes… Y eso es romper los esquemas. Y entonces, si ustedes ahora van a seguir a Jesús, quieren seguirlo al Amor, sepan que su vida va a ser siempre eso. Romper los esquemas artificiales que nos quieren imponer, romper los esquemas artificiales de un mundo fácil que nos vende la “fácil”: “hacela fácil”, “no te rompas”, “hacé la que te gusta”…

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=t5x7Wgh8hak#!

Fuente: Ecclisia

Enlace: http://www.revistaecclesia.com/el-pensamiento-del-papa-francisco/

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El Corazón de Jesús en el Ángelus del domingo 9 de junio de 2013

El mes de junio está tradicionalmente dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, máxima expresión humana del amor divino. El pasado viernes hemos celebrado precisamente la solemnidad del Corazón de Cristo, y esta fiesta da la pauta a todo el mes. La piedad popular valoriza mucho los símbolos, y el Corazón de Jesús es el símbolo por excelencia de la misericordia de Dios; pero no es un símbolo imaginario, es un símbolo real, que representa el centro, la fuente de la que ha brotado la salvación para la entera humanidad.

En los Evangelios encontramos diversas referencias al Corazón de Jesús, por ejemplo en el pasaje en el que el mismo Cristo dice: «Venid a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad mi yugo y aprended de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontraréis vuestro alivio» (Mt 11,28-29). El relato de la muerte de Cristo según Juan es fundamental. Este evangelista testimonia de hecho aquello que vio en el Calvario, o sea que un soldado, cuando Jesús ya estaba muerto, le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua (cfr Jn 19,33-34). Juan reconoció en aquel signo, aparentemente casual, el cumplimiento de las profecías: del corazón de Jesús, Cordero inmolado sobre la cruz, brota el perdón y la vida para todos los hombres.

Pero la misericordia de Jesús no es sólo sentimiento, es más, es una fuerza que da vida, ¡que resucita al hombre! Nos lo dice también el Evangelio de hoy, en el episodio de la viuda de Naím (Lc 7,11-17). Jesús acompañado de sus discípulos está llegando justamente a una ciudad llamada Naím, un pueblo de Galilea, en el momento en el que llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda. La mirada de Jesús se fijó inmediatamente en la mujer en lágrimas. Dice el evangelista Lucas: «Al verla, el Señor se conmovió» (v. 13). Esta «compasión» es el amor de Dios por el hombre, es la misericordia, o sea la actitud de Dios en contacto con la miseria humana, con nuestra indigencia, nuestro sufrimiento, nuestra angustia. El término bíblico «compasión» evoca las entrañas maternas: de hecho, la madre experimenta una reacción exclusivamente suya frente al dolor de los hijos. Así nos ama Dios, dice la Escritura.

Y ¿cuál es el fruto de este amor? ¡Es la vida! Jesús dice a la viuda de Naím:«¡No llores!», luego llamó al muchacho muerto y lo despertó como de un sueño (cfr vv. 13-15). Pensemos en esto. Es bello. La misericordia de Dios da vida al hombre, lo resucita de la muerte. El Señor nos mira siempre con misericordia, nos espera con misericordia. ¡No tengamos miedo de acercarnos a Él! ¡Tiene un corazón misericordioso! Si le mostramos nuestras heridas interiores, nuestros pecados, Él nos perdona siempre. ¡Es pura misericordia! No olvidemos esto: es pura misericordia. ¡Vayamos a Jesús!

Dirijámonos a la Virgen María: su corazón inmaculado, corazón de madre, ha compartido al máximo la «compasión» de Dios, especialmente a la hora de la pasión y de la muerte de Jesús. Que María nos ayude a ser mansos, humildes y misericordiosos con nuestros hermanos.

(Traducción del italiano: Raúl Cabrera-Radio Vaticano)

Fuente: Ecclisia

Biografía:  

http://www.youtube.com/watch?v=JBXZaIY1XNw

El cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.I., arzobispo de Buenos Aires (Argentina), Ordinario para la Fe de Rito Oriental de los residentes en Argentina y desprovisto de Ordinario del mismo rito, nació en Buenos Aires el 17 de diciembre de 1936. Estudió y se diplomó como Técnico Químico, para después escoger el camino del sacerdocio y entrar en el seminario de Villa Devoto.

El 11 de marzo de 1958 ha ingresado en el noviciado de la Compañía de Jesús, ha realizado estudios humanísticos en Chile, y en 1963, de regreso a Buenos Aires, se ha licenciado en Filosofía en la Facultad de Filosofía del Colegio «San José» de San Miguel.

De 1964 a 1965 fue profesor de Literatura y Psicología en el Colegio de la Inmaculada de Santa Fe, y en 1966 enseñó la misma materia en el colegio de El Salvador de Buenos Aires.

De 1967 a 1970 estudió Teología en la Facultad de Teología del Colegio «San José», en San Miguel, donde se licenció.

El 13 de diciembre de 1969 fue ordenado sacerdote.

En el curso 1970-71, superó la tercera probación en Alcalá de Henares (España) y el 22 de abril hizo la profesión perpetua.

Fue maestro de novicios en Villa Barilari, en San Miguel (1972-1973), profesor de la Facultad de Teología, Consultor de la Provincia y Rector del Colegio Massimo. El 31 de julio de 1973 fue elegido Provincial de Argentina, cargo que ejerció durante seis años.

Entre 1980 y 1986, fue rector del Colegio Massimo y de la Facultad de Filosofía y Teología de la misma casa y párroco de la parroquia del Patriarca San José, en la diócesis de San Miguel.

En marzo de 1986, se trasladó a Alemania para concluir su tesis doctoral, y sus superiores lo destinaron al colegio de El Salvador, y después a la iglesia de la Compañía de Jesús, en la ciudad de Cordoba, como director espiritual y confesor.

El 20 de mayo de 1992, Juan Pablo II lo nombró obispo titular de Auca y auxiliar de Buenos Aires. El 27 de junio del mismo año recibió en la catedral de Buenos Aires la ordenación episcopal de manos del cardenal Antonio Quarracino, del Nuncio Apostólico Monseñor Ubaldo Calabresi y del obispo de Mercedes-Luján, monseñor Emilio Ogñénovich.

El 13 de junio de 1997 fue nombrado arzobispo coauditor de Buenos Aires, y el 28 de febrero de 1998, arzobispo de Buenos Aires por sucesión, a la muerte del cardinal Quarracino.

El Vaticano:

http://www.vatican.va/phome_sp.htm

Lo que es y lo que debe ser la Piedad Popular según el Papa Francisco, en 20 frases

Autenticidad evangélica, eclesialidad, ardor misionero

De la homilía del Papa Francisco en la celebración del Año de la Fe en la plaza de San Pedro de Roma de las Cofradías y Hermandades, domingo 5 de mayo de 2013

1.- Las Cofradías y las Hermandades son una realidad tradicional en la Iglesia que ha vivido en los últimos tiempos una renovación y un redescubrimiento.

2.- La piedad popular es un tesoro que tiene la Iglesia, espacio de encuentro con Jesucristo.

3.- Para conservar, cultivar y acrecentar este tesoro, es preciso acudir siempre a Cristo, fuente inagotable.

4.- Los miembros de las cofradías y hermandades han de esforzarse en reforzar su fe, cuidando la formación espiritual, la oración personal y comunitaria, la liturgia.

5.- A lo largo de los siglos, las Hermandades han sido fragua de santidad de muchos que han vivido con sencillez una relación intensa con el Señor. Es necesario, pues, seguir caminando con decisión hacia la santidad, no conformándose con una vida cristiana mediocre.

6.- La pertenencia a cofradías y hermandades ha de ser un estímulo para amar más a Jesucristo.

7.- Pertenecer a una cofradía o hermandad es, ha de ser, una ocasión providencial para comprender mejor qué es lo esencial, es decir, creer en Jesucristo, muerto y resucitado por nuestros pecados, y amarse unos a otros como Él nos ha amado.

8.- Y las dificultades de la vida humana y cristiana no se superaron fuera, sino dentro de la Iglesia.

9.- La piedad popular es una senda que lleva a lo esencial si se vive en la Iglesia, en comunión profunda con sus Pastores.

10.- La Iglesia quiere a las cofradías y hermandades y les llama a ser presencia activa en la comunidad, como células vivas, piedras vivas.

11.- Pertenecer a una cofradía o hermandad es una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, de modo que sus miembros han de aman a la Iglesia y dejarse guiar por ella.

12.-En las parroquias, en las diócesis, las cofradías y hermandades han de ser un verdadero pulmón de fe y de vida cristiana, que, con variedad de colores y de signos, expresión misma de la Iglesia, han de confluir, se han de reconducir a la unidad, al encuentro con Cristo.

13.-Misión específica de las cofradías y hermandades, misión importante, es mantener viva la relación entre la fe y las culturas de los pueblos a los que pertenecen. Cuando, por ejemplo, llevan en procesión el crucifijo con tanta veneración y tanto amor al Señor, no hacen únicamente un gesto externo; indican la centralidad del Misterio Pascual del Señor, de su Pasión, Muerte y Resurrección, que nos ha redimido; e indican, primero a los cofrades y también a la comunidad, que es necesario seguir a Cristo en el camino concreto de la vida para que nos transforme. Del mismo modo, cuando manifiestan la profunda devoción a la Virgen María, señalan al más alto logro de la existencia cristiana, a Aquella que por su fe y su obediencia a la voluntad de Dios, así como por la meditación de las palabras y las obras de Jesús, es la perfecta discípula del Señor (cf. Lumen gentium, 53).

14.- Esta fe, que nace de la escucha de la Palabra de Dios,  las cofradías y hermandades la manifiestan en formas que incluyen los sentidos, los afectos, los símbolos de las diferentes culturas… Y, haciéndolo así, ayudan a transmitirla a la gente, especialmente a los sencillos, a los que Jesús llama en el Evangelio «los pequeños».

15.- El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador.

16.- Los miembros de las cofradías y hermandades han de ser, pues, auténticos evangelizadores. Que sus iniciativas sean «puentes», senderos para llevar a Cristo, para caminar con Él.

17.- Y, con este espíritu, estén siempre atentos a la caridad.

18.- Cada cristiano y cada comunidad es misionera en la medida en que lleva y vive el Evangelio, y da testimonio del amor de Dios por todos, especialmente por quien se encuentra en dificultad.

19.- Los miembros de las cofradías y hermandades han ser misioneros del amor y de la ternura de Dios.

20- Y así caminaremos hacia la meta de nuestra peregrinación terrena, hacia la Jerusalén del cielo. Allí ya no hay ningún templo: Dios mismo y el Cordero son su templo; y la luz del sol y la luna ceden su puesto a la gloria del Altísimo. Que así sea.

http://www.revistaecclesia.com

 

Programa del viaje del Papa a Río de Janeiro para la JMJ 2013 Río

Programa del viaje del Papa a Río de Janeiro para la jornada mundial de la juventud

El Papa Francisco efectuará un viaje apostólico a Río de Janeiro (Brasil) del 22 al 29 de julio de 2013 con motivo de la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud.

El Papa saldrá del aeropuerto romano de Ciampino a las 8,45 del 22 de julio y llegará a Río de Janeiro a las 16,00 (hora local). La ceremonia de bienvenida tendrá lugar una hora más tarde en los jardines del Palacio Guanabara de Río de Janeiro donde será recibido por el presidente de la República.

Hasta el miércoles, 24 de julio, el Santo Padre estará en la Residencia Sumaré de Río de Janeiro. Ese mismo día por la mañana se trasladará en helicóptero al santuario de Nuestra Señora de la Concepción de Aparecida donde celebrará la Santa Misa. Más tarde almorzará con los obispos y los seminaristas de la provincia en el Seminario del Buen Jesús de Aparecida. Por la tarde regresará a Río de Janeiro para visitar el hospital de San Francisco de Asís de la Providencia.

El jueves, 25, el Papa recibirá las llaves de la ciudad de Río de Janeiro y bendecirá las banderas olímpicas en el Palacio de la Ciudad. Esa misma mañana visitará la comunidad de Varginha (Manguinhos). Por la tarde, a las 18,00, en el paseo marítimo de Copacabana tendrá lugar la fiesta de acogida de los jóvenes al Santo Padre.

El 26 de julio, a las 10,00, el Papa confesará a varios jóvenes de la XXVIII JMJ en el parque de la Quinta de Boa Vista. A las 11,30 encontrará a algunos jóvenes reclusos en el palacio arzobispal de san Joaquín desde cuyo balcón rezará el ángelus a mediodía. A las 12,15 saludará al Comité organizador de la XXVIII JMJ y a sus benefactores y a las 13,00 almorzará, siempre en el palacio arzobispal con un grupo de jóvenes. A las 18,00 tendrá lugar el Via Crucis con los jóvenes en el paseo marítimo de Copacabana.

El sábado, 27 de julio, se abrirá con la Santa Misa celebrada con los obispos de la XXVIII JMJ, con los sacerdotes, religiosos y seminaristas en la catedral de San Sebastián de Río de Janeiro. A continuación el Papa encontrará a la clase dirigente del país en el Teatro Municipal. Finalizado el encuentro, almorzará con los cardenales de Brasil, la presidencia de la Conferencia nacional de los Obispos de Brasil, los obispos de la región y el séquito papal en el refectorio del Centro de Estudios de Sumaré. A las 19,30, tendrá lugar la vigilia de oración con los jóvenes en el Campus fidei de Guaratiba.

El domingo, 28, a las 9,00, el Papa celebrará la Santa Misa para la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en el Campus fidei de Guaratiba. Esa tarde se encontrará con el Comité de coordinación del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) en el Centro de Estudios de Sumaré. El Santo Padre se despedirá de Sumaré poco antes de las 17,00 para encontrarse con los voluntarios de la XXVIII JMJ y a las 18,30 tendrá lugar la ceremonia de despedida del pontífice en el aeropuerto Galeao/Antonio Carlos Jobim. El Papa saldrá de Río de Janeiro a las 19,00 y su avión aterrizará en Roma el lunes 29 de julio a las 11,30.

Ciudad del Vaticano, 7 mayo 2013 (VIS).-

Una joven estuvo a punto de dejarnos sin Papa Francisco

El Papa Francisco sorprende por su sinceridad.  No hay tapujos en su alma para disimular cualquier detalle de su vida. Cuando se va con la verdad por delante lo que se busca es el bien aportando  la experiencia propia. En su diálogo con el Rabino Skorka nos quiere advertir que el corazón humano no es ajeno a la belleza y al amor.  Pero tampoco es indiferente ante el compromiso.

Siendo el Papa Francisco seminarista nos cuenta la impresión que le produjo la belleza de una joven, inteligente y bien plantada, que se encontró en una boda. Aquella experiencia le hizo tambalear por dentro. Estuvo a punto de dar un vuelco en su vida, pero hay que tener la valentía y la honradez que el tuvo para decidirse por la vocación que había recibido  de Dios para el sacerdocio. Estos son los hechos que él mismo nos narra:

El joven Jorge Mario Bergoglio

( El laico) … Está metido en el mundo hasta la coronilla, pero sin dejarse llevar por el espíritu del mundo. Y eso cuesta muchísimo. Ahora, ¿qué sucede con nosotros, los consagrados? Somos tan débiles que siempre está la tentación de la incoherencia. Uno quiere el pan y la torta, quiere lo bueno de la consagración y lo bueno de la vida laical. Antes de entrar en el seminario, yo iba por ese camino. Pero después, cuando uno cultiva esa elección religiosa, encuentra fuerza en ese camino. Al menos yo lo vivo así, lo cual no quita que por ahí uno conozca una chica. Cuando era seminarista me deslumbró una piba que conocí en un casamiento de un tío. Me sorprendió su belleza, su luz intelectual… y, bueno, anduve boleado un buen tiem­po, me daba vueltas en la cabeza. Cuando volví al seminario después del casamiento, no pude rezar a lo largo de toda una semana porque cuando me predisponía a hacerlo aparecía la chica en mi cabeza. Tuve que volver a pensar qué hacía. Todavía era libre porque era seminarista, podía volverme a casa y chau. Tuve que pensar la opción otra vez. Volví a elegir —o a dejarme elegir— el camino religioso. Sería anor­mal que no pasara este tipo de cosas. Cuando esto sucede, uno se tiene que resituar. Tiene que ver si vuelve a elegir o dice:

“No, eso que estoy sintiendo es muy hermoso, tengo miedo a que después no sea fiel a mi compromiso, dejo el seminario”. Cuando a algún seminarista le pasa algo así, lo ayudo a irse en paz, a que sea un buen cristiano y no un mal cura. En la Iglesia occidental, a la que pertenezco, los curas no pueden casarse como en las iglesias católicas bizantina, ucraniana, rusa o griega. En ellas, los sacerdotes pueden casarse; los obispos no, tienen que ser célibes. Ellos son muy buenos curas. A veces los cargo, les digo que tienen mujer en su casa pero que no se dieron cuenta de que también se compraron una suegra (Fuente: Sobre el cielo y la tierra, Ed. Debate, pág. 56)

Pienso que no hace falta más comentarios. Hoy disfrutamos al Papa Francisco porque un día, con toda valentía, supo  decir que no a lo que el corazón le proponía, y decir que sí a lo que su voluntad le dictaba, que no era ni más ni menos que hacer la Voluntad de Dios.

Juan García Inza

http://www.religionenlibertad.com/articulo_imprimir.asp?idarticulo=29083

Homilías, cartas pastorales y otros documentos del cardenal Jorge Mario Bergoglio

El magisterio del nuevo papa Francisco está claramente expuesto en las numerosas homilías, cartas pastorales y otros documentos del cardenal Jorge Mario Bergoglio, que escribió a lo largo de los quince años que ejerció como arzobispo de Buenos Aires, primado de la Argentina y dos veces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina.

Presentamos un compendio de algunos de los más significativos:

  • Carta pastoral del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, con ocasión de la próxima Semana Santa (25 de febrero de 2013)
    Semana Santa 2013. Pascua es Cristo vivo
  • Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de buenos Aires al inicio de la Cuaresma 2013. A los sacerdotes, consagrados y laicos de la Arquidiócesis.
    Cuaresma 2013
  • Desgrabación de la homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, con motivo de la 38ª Peregrinación Juvenil a Luján.
    “Madre enséñanos a trabajar por la Justicia”
  • Dios regala a la Iglesia un pastor con un corazón semejante al suyo, que se conmueve y lucha por la situación del más indefenso
    El Papa Francisco y la dignidad de la persona humana
  • Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires por el Año de la Fe (1 de octubre de 2012)
    Cruzar el umbral de la fe
  • Comunicado del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires sobre la resolución para los Abortos no punibles en la Ciudad de Buenos Aires (10 de septiembre de 2012)
    Sobre la resolución para abortos no punibles en la Ciudad de Buenos Aires
  • Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, a los Catequistas de la Arquidiócesis (21 de agosto de 2012)
    A los catequistas
  • Homilía del cardenal Jorge M. Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en la misa celebrada en la catedral metropolitana, tras la cual se rezó un rosario por la vida (25 de marzo de 2012)
    Defensa de la vida
  • Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio en defensa del matrimonio
    Defensa del matrimonio
  • Desgrabación de la Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, pronunciada en la Catedral Metropolitana con motivo de la Misa por la Educación (18 de abril de 2012)
    Misa por la educación
  • Homilía del cardinal Jorge. M. Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires en el Encuentro Arquidiocesano de Catequesis (10 de marzo de 2012)
    Encuentro Arquidiocesano de Catequesis
  • Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, en la misa de clausura del Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia (Rosario, 8 de mayo de 2011)
    Congreso Nacional de Doctrina Social de la Iglesia
  • Palabras iniciales del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en el Primer Congreso Regional de Pastoral Urbana (Buenos Aires, 25 de agosto de 2011)
    Dios Vive en la Ciudad
  • Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, con motivo de la 37ª Peregrinación Juvenil a Pie a Luján (2 de octubre de 2011)
    37 Peregrinación Juvenil a Luján
  • Artículo del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires, publicado en el diario La Nación el 23 de diciembre de 2011
    El Espíritu de la Navidad
  • Estamos en un tiempo marcado por la misión, no como gesto extraordinario sino como un modo de ser Iglesia
    El ayuno que Dios quiereLibros y escritos

Entre sus escritos figuran Meditaciones para religiosos (1982), Reflexiones sobre la vida apostólica (1986), Reflexiones de esperanza (1992).

  • fuente: Catholic.net
  • http://es.catholic.net/escritoresactuales/798/2228/articulo.php?id=57510
  • LO QUE  PIENSA EL PAPA SOBRE EL SUFRIMIENTO
  • Lo que dice gusta… lo que hace sorprende… y esto es lo que piensa el Papa en un libro revelador.¿Qué opina el Papa Francisco sobre el sufrimiento, la pobreza o la esclavitud? ¿Cómo reza y qué le pide a Dios? ¿Qué es la fe para el Pontífice? ¿Cuál es la Nueva Evangelización de la que constantemente habla en sus homilías? ¿Qué ha escrito el sucesor de san Pedro sobre la esperanza y la misericordia de Dios? ¿Qué consejos ofrece a los jóvenes para que aprendan a soñar? Todas estas cuestiones y muchas más se responden en este libro de la mano de las reflexiones y escritos del propio Pontífice.Papa Francisco (LibrosLibres), que ya está a la venta en España, es un libro revelador, casi definitivo, para poder comprender sus pensamientos e inquietudes más profundas.La mejor forma de conocer al nuevo Papa. Su abuela le marcó su fe católica
    El nuevo Papa cuenta como “mi abuela paterna, Rosa, me enseñó a rezar. Me contaba historias de santos; me marcó mucho en la fe”.Aficionado al fútbol y poco amigo de los árbitros
    Entre los recuerdos futbolísticos que se le grabaron en la memoria de juventud destaca la brillante campaña que realizó el equipo de sus amores, el San Lorenzo de Almagro, en 1946. “Aquel gol de Pontoni que casi se merecería un premio Nobel. Eran otros tiempos. Lo máximo que se le decía al árbitro era sinvergüenza, vendido… O sea, nada en comparación con los epítetos de ahora”.El tango le sale del alma
    Dice de los tangos que “es algo que me sale de dentro… y creo conocer bastante sus dos etapas”. Destaca de la primera a la orquesta de D’Arienzo y como cantantes a Carlos Gardel, Julio Sosa y Azucena Maizani.Beethoven…
    Beethoven es su compositor preferido y entre sus obras “la que más admiro está la obertura Leonera, número tres, de la ópera Fidelio, en la versión de Furtwängler”.La llamada de Dios para ser sacerdote
    Tenía 17 años y cuenta cómo fue la llamada de Dios para que acogiera la vocación del sacerdocio: “Iba con mis compañeros a un gran parque a celebrar como es costumbre un picnic y pasar el día cantando y bailando (celebraba el Día de la Primavera), pasamos por delante de la iglesia de San José de Flores, mi parroquia y sentí la necesidad de entrar en ella. Vi acercarse a un sacerdote que no conocía y que iba a un confesonario. Arrastrado por una fuerza que no sé explicar me acerqué a él y me confesé. Cuando terminamos le pregunté quién y de dónde era. Me dijo que correntino; estaba enfermo de cáncer; murió al año siguiente. Dios me primereó, me estaba esperando en aquel confesonario. Cuando me levanté supe que iba a ser sacerdote”.Médico de almas
    Terminada su carrera secundaria en la escuela profesional, empezó a trabajar en un laboratorio. Sus padres deseaban que fuera médico. “Yo les contesté que sí, que sería médico de almas. Mi madre lloró; mi padre se alegró”.Con 36 años es elegido Provincial de los jesuitas en Argentina
    El 31 de julio de 1973 fue elegido Provincial de la Compañia de Jesús en Argentina, es decir que con sólo 36 años quedó a cargo de 15 casas, 106 sacerdotes, 32 hermanos y 20 estudiantes. Desempeñó ese cargo durante seis años. Fueron años tormentosos para Argentina, para la Iglesia, para la Compañía y para él como su autoridad máxima en el país.Pero, ¿quién es el Papa Francisco?
    Él dice que es “casalingo”, una palabra italiana que significa hogareño y que ama Buenos Aires. Duerme cinco horas. “Me acuesto temprano y me despierto sin despertador a las cuatro de la mañana. Eso sí, duermo 40 minutos de siesta”. Al levantarse reza durante tres horas antes de recibir las primeras visitas.

Al ser nombrado Arzobispo de Buenos Aires rechazó vivir en la residencia arzobispal de Olivos, próximo al palacio presidencial de Casa Rosada, y en su lugar habilitó un pequeño piso cercano a las oficinas de la curia. Él se cocina su comida y se lava su ropa. Tiene costumbre de no aceptar las invitaciones para almorzar en restaurantes de la ciudad.

Habla cinco idiomas
Habla el italiano, la lengua de sus padres, el francés y el alemán. “El que más me costó fue el inglés, es sobre todo la fonética, porque tengo mal oído. Y, por supuesto, entiendo el piamontés, el sonido de mi infancia”.

Textos iluminadores
En el libro Papa Francisco (LibrosLibres) se muestra el pensamiento del nuevo Pontífice… Las preguntas comunes de cualquier cristiasno encuentran una respuesta sencilla y directa, desde lo más espiritual (su recordatorio de que Dios sale a buscarnos, la importancia de la Eucaristía diaria o los consejos de unción y mansedumbre a sus sacerdotes) a lo más implicado en la actualidad.

La “cultura del descarte”
En efecto, el nuevo Papa es conocido por sus posiciones contra la pobreza y contra la que denomina «cultura del descarte», tanto de niños y ancianos como de personas que aparentemente no han tenido «éxito» en la vida. Para superarla propone una «cultura del vínculo» que descansa sobre la solidaridad social.

Con este libro sabremos además la forma en que se comunica con sus sacerdotes o su afición al cine, así como hechos poco conocidos de su biografía.

http://www.Somostuiglesia.com

FRANCISCO I
(Selección de documentos del
Cardenal Bergoglio)
Ofrecemos aquí una selección de homilías, escritos pastorales y conferencias del
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, elegido Sumo Pontífice el miércoles 13 de marzo de
2013. En estos textos se puede conocer mejor su persona, su profundidad espiritual, su
amor a la oración, su devoción mariana, su preocupación por la justicia social y su
compromiso con la defensa de la Ley Natural, del verdadero matrimonio y de la vida
humana en todas sus fases. Están tomados del lugar donde se pueden encontrar sus
escritos desde el año 2005: http://www.aicaold.com.ar//index2.php?pag=docbergoglio
HAY QUE CUIDAR LA VIDA DEL PRINCIPIO AL FINAL
Desgrabación de la homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos
Aires y Primado de la Argentina, en la misa en honor del santo protector de las
embarazadas, San Ramón Nonato (31 de agosto de 2005)
Cuando uno escucha lo que dice Jesús: Miren, “yo a ustedes los mando, los
envío como ovejas en medio de lobos”, dan ganas de preguntarle: “Señor ¿estás
bromeando, o no tenés otro lugar mejor donde mandarnos? Porque es un poco
escalofriante lo que dice Jesús: “si ustedes llevan mi mensaje adelante, los van a
perseguir, los van a calumniar, les van a meter trampas para entregarlos a los tribunales
y que los maten. Pero ustedes sigan adelante, por eso cuídense nos dice Jesús, y sean
astutos, sean vivos como la serpiente pero muy sencillos como las palomas”, juntar las
dos cosas.
El cristiano no se puede dar el lujo de ser salame, está claro, de ser tonto, no nos
podemos dar ese lujo, porque llevamos un mensaje muy lindo de vida y no nos es
permitido ser tontos, por eso Jesús dice: “Sean astutos, cuídense”. ¿En qué consiste la
astucia del cristiano? En saber distinguir quién es lobo y quién es oveja. Y cuando en
este carnaval de la vida se nos disfraza un lobo de oveja, también saber olfatearlo,
“mirá, vos tendrás piel de oveja pero el olor que tenés es de lobo” y esto, este envío que
nos da Jesús es para algo muy importante, es para algo muy grande. Jesús nos dice una
cosa que nos llama la atención, cuando alguien le pregunta: “bueno ¿a qué viniste vos al
mundo?“. “Mire, yo vine a traer vida y que la vida sea en abundancia, yo los envío a
ustedes para que lleven adelante esa vida, y que sea abundante”.
Jesús no vino a traer muerte, más aún, la muerte del odio, la muerte de las
peleas, la muerte de la calumnia, ese matar con la lengua. Jesús no vino a traer muerte,
la muerte la sufrió Él por defender la vida, Jesús vino a traer vida y esa vida abundante,
y nos envía llevando esa vida pero nos dice: “¡Cuidado!”, que hay gente que tiene lo
que hoy escuchamos, no está en el Evangelio, la cultura de la muerte. Es decir que la
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vida le interesa tanto cuanto sirva, tanto cuanto le puede dar una utilidad y si no, no
interesa. Y en todo el mundo, prendido está este yuyo de la cultura de la muerte.
Estaba leyendo un libro hace un tiempo, donde estaba esta frase que a uno lo
conmociona: “En el mundo de hoy, lo más barato es la vida, lo que menos cuesta es
la vida”. Por lo tanto, lo más dejado de lado, lo más descartable.
Este viejo, esta vieja, no sirven; descartados, los colgamos en el geriátrico como
colgamos el sobretodo en el verano, con tres bolitas de naftalina en el bolsillo y lo
colgamos en el geriátrico porque ya están descartables, no sirven.
Este chico que está en camino molesta a la familia, “¡Uy! para qué, qué sé yo,
descartémoslo y mandémoslo al remitente”.
Eso es lo que nos predica la cultura de la muerte.
Este chico que tengo en casa, y bueno, no tengo tiempo para educarlo, que
crezca solo como si fuera un yuyo del campo, y este otro chico que no tiene qué comer,
ni zapatillas para ir al colegio, y bueno, lo siento mucho, pero yo no soy redentor de
todo el mundo.
Así predica la cultura de la muerte, no le interesa la vida, ¿qué es lo que
interesa?, el egoísmo, interesa sobrevivir uno, pero no dar vida, cuidar vida, ofrecer
vida.
Hoy en este Santuario de la Vida, en este día del Patrono de la Vida, Jesús nos
vuelve a decir: ¡Cuidado!, yo vine a traer vida y vida en abundancia, pero ¡cuidado!, van
a estar rodeados de lobos, van a estar ustedes para defender la vida, para cuidar la vida.
¡Cuidar la vida!, qué cosa linda cuando uno ve, ¡qué sé yo! que un abuelo, una
abuela, que quizás ya no puede hablar, que está paralítico, y va el nieto o el hijo y le
agarra la mano, y en silencio lo acaricia nada más. Eso es cuidar la vida. Cuando uno
ve gente que se preocupa para que este chico pueda ir al colegio, para que el otro no le
falte la comida, eso es cuidar la vida.
¡Abrir el corazón a la vida!, porque el egoísmo de la muerte, la cultura de la
muerte egoísta, es como el yuyo del campo, ese yuyo, la gramilla o la casia negra, o la
cicuta, va creciendo, va invadiendo y mata los árboles, mata los frutos, mata las flores,
mata la vida. La maleza. Acuérdense que una vez Jesús hablé de eso, dijo: “Cuando la
semilla que es vida, cae en medio de las malezas, las espinas la ahogan”, las espinas del
egoísmo, de las pasiones, del querer todo para uno. La vida es siempre dar, darse, y
cuesta cuidar la vida ¡vaya si cuesta!, cuesta lágrimas.
Qué lindo es cuidar la vida, dejar crecer la vida, dar vida como Jesús, y darla
abundantemente, no permitir que ni uno de los más pequeños se pierda. Eso lo pidió
Jesús al Padre: “que ninguno de los que Vos me diste se pierda, que toda la vida que
Vos me diste para cuidar, sea cuidada, que no se pierda”, y nosotros cuidamos la vida,
porque Él cuida nuestra vida ya desde el seno materno. Lo tenemos en el lema de este
año: “Desde el seno materno fuiste nuestro protector”. Él nos cuida y nos enseña
eso.
Nosotros no cuidamos la vida. Porque hay una orden ética de cuidar la vida,
cuidamos simplemente la vida. Jesús nos enseña a cuidar la vida porque es la imagen de
Dios que es todo vida. No podemos anunciar otra cosa que vida, y desde el principio
hasta el final. Todos debemos cuidar la vida, acariciar la vida, ternura, calidez. Eso es a
lo que hoy se nos llama y qué lindo.
Pero es un camino que está lleno de lobos, y quizás por esto nos lleven a los
tribunales, quizás por esto, por cuidar la vida nos maten. Pensemos en los mártires
cristianos. Los mataban por predicar este Evangelio de vida, este Evangelio que trajo
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Jesús. Pero Jesús nos da la fuerza. ¡Adelante! no sean tontos, acuérdense, un cristiano
no puede darse el lujo de ser tonto, no voy a repetir salame, tonto, no puede darse el
lujo, tiene que ser vivo tiene que ser astuto, llevar la cosa adelante.
Cuando uno habla de esas cosas de la cultura de la vida, a la que estamos
llamados, se siente la pena de que en tantos corazones, y aun desde chicos, se le siembre
la cultura de la muerte. Se le siembre el egoísmo, se le siembre el “bueno y a mí que me
importa lo que le pasa al otro”, quién soy yo para cuidar al otro. Esa frase, ¿se acuerdan
quién la dijo primero? Caín. “¿Acaso soy yo el que tiene que cuidar a mi hermano?”, Es
frase de crimen, es frase de muerte, es una pena que a veces ya de chicos crezcan en esta
concepción, que se les inculque esta concepción egoísta y se configure el hombre y la
mujer, lo dije acá una vez y lo repito, que le podemos poner como sobrenombre yo, me,
mí, conmigo, para mí, todo para uno, nada dar a otro, porque dar la vida es abrir el
corazón, cuidar la vida es des-hilvanarse en la ternura y la calidez hacia los otros,
preocupar mi corazón por los otros.
Hoy vamos a bendecir a los “Mensajeros de la Vida”. Son los que van a llevar
las imágenes de San Ramón Nonato por las casas. Van a ir por las casas, y cada vez que
llega la imagen a una casa, no es para exclamar ¡ay qué lindo!, la tengo para mí. Si no
que es para recordarme que tengo que luchar por la vida, cuidar la vida, que no tiene
que haber un solo chico que no tenga derecho a nacer, que no tiene que haber un solo
chico que no tenga derecho a estar bien alimentado, que no tiene que haber un solo
chico que no tenga derecho de ir a la escuela. Cuántos chicos están trabajando de
cartoneros, los veo yo en el centro de Buenos Aires, no van a la escuela, es que los
explotan los padres. Y ¿quién provoca que los padres exploten a los chicos?, la cultura
de la muerte. Que no tiene que haber un solo chico que no crezca, que no viva su
adolescencia abierto a la vida, que no tiene que haber ninguna persona adulta que no se
preocupe por qué le falta al otro, qué necesita otro para que tenga más vida, y que no
haya un solo anciano guardado, solo, tirado.
Cuidar la vida del principio al final, qué cosa tan sencilla, qué cosa tan linda.
Padre ¿y para eso hay tantos lobos que nos quieren comer?, para eso, díganme ¿Jesús a
quien mató?, a nadie, hizo el bien y ¿cómo terminó? Si nosotros vamos por el camino
de la vida nos pueden pasar cosas feas, pero no importa, vale la pena, El abrió el camino
primero.
Así que, ¡adelante y no se desanimen, cuiden la vida, que vale la pena! Que así
sea.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J., arzobispo de Buenos Aires
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CARTA POR LA NIÑEZ
Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires y Primado
de la Argentina, leída a los jóvenes en la en la 31ª Peregrinación Juvenil a Luján
(2 de octubre de 2005)
A los sacerdotes, consagrados y consagradas, y fieles de la arquidiócesis
Queridos hermanos y hermanas:
La XXXI peregrinación juvenil al Santuario de Luján tiene como lema “Madre,
ayúdanos a cuidar la vida”. Le pedimos a nuestra Madre esta gracia: que nos ayude a
cuidar toda vida y toda la vida. Lo hacemos con el grito filial de la oración y la
confianza que nos da la Virgen. Ella le dijo a San Juan Diego: “¿ No estoy yo aquí que
soy tu madre?” Saber que está cerca con su ternura maternal nos da fortaleza para seguir
pidiéndole, con corazón de niños, “Madre ayúdanos a cuidar la vida”. Y, a la luz de esta
oración filial, quiero proponer a la reflexión de Ustedes un problema de vida que afecta
a nuestra ciudad.
En los últimos años se han incorporado al paisaje ciudadano nuevas realidades:
cortes de calles, piquetes, gente viviendo en las veredas… Una realidad, a mi parecer la
más dolorosa, que se ha impuesto en este paisaje, tiene como protagonistas a los niños.
La presencia de situaciones injustas y riesgosas de las que son víctimas nuestros niños,
niñas y adolescentes nos golpean y conmueven.
Niños y jóvenes en situación de calle, mendigando, durmiendo en estaciones de
subtes y ferrocarriles, en zaguanes y recovas; en ocasiones “aspirando” solos o
grupalmente, son realidades habituales en el cotidiano paisaje ciudadano.
Niños y adolescentes cartoneando y hurgando en la basura en búsqueda quizá de su
única comida diaria, aun en horas entradas de la noche.
Niños y jóvenes, muchas veces bajo la mirada de mayores que los regentean,
ocupados en diversos trabajos formales e informales, vendiendo, haciendo
malabarismos, limpiando vidrios, abriendo puertas de automóviles o repartiendo
estampitas en los subtes.
En la Ciudad de Buenos Aires está prohibida la “tracción a sangre”. Si aparece un
carrito de cartoneros tirado por un caballo puede ser decomisado… Pero hay cientos de
carritos de cartoneros que andan por todas partes (los veo diariamente en el
microcentro) y como no se puede un caballo, entonces muchas veces los empujan los
chicos. ¿Es que estos chicos no son “tracción a sangre”?
El pasado 13 de agosto, por los diarios, nos enteramos que una red de pedofilia
funcionaba en los barrios de Chacarita, Floresta, Congreso, Recoleta, San Telmo,
Montserrat, Núñez, Palermo y Caballito. Chicos y chicas entre 5 y 15 años,
manteniendo relaciones con mayores. Hace unos años nos rasgábamos las vestiduras
cuando sabíamos que los Sex-Tours organizados en Europa hacia ciertos lugares de
Asia incluían sexo con niños… y ahora lo tenemos instalado aquí, incluso en los menús
de algunos alojamientos lujosos.
Es una realidad dolorosa la creciente utilización de niños y adolescentes en el
tráfico de drogas. Resulta también aberrante el consumo masivo de alcohol, por parte de
niños y jóvenes, con la complicidad de comerciantes inescrupulosos. Incluso a veces se
observa como práctica la ingesta de bebidas alcohólicas en niños de corta edad.
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Por otra parte, los datos de la realidad nos señalan que la mayoría de nuestros niños
son pobres y que alrededor del 50% de los pobres son niños. Los niveles de indigencia
se expresan dramáticamente en la actualidad y en nuestro futuro próximo, con
consecuencias ciertas a partir de carencias nutritivas, ambientales, insalubridad,
violencia y promiscuidad naturalizadas, que condicionan su crecimiento, problematizan
su relación personal y tornan dificultosa su inserción social y comunitaria. Resulta
escalofriante que algunas empresas de turismo, como parte de tours que organizan en
nuestra ciudad, incorporen a las Villas de Emergencia, donde viven niños en estado de
indigencia o pobreza, como lugares de observación y visita para los visitantes
extranjeros.
La producción cultural, en especial la oferta televisiva, pone a disposición de
nuestros niños y jóvenes, como ya lo vienen señalando prestigiosas instituciones y
personalidades de nuestra sociedad, programas donde la degradación y frivolidad de la
sexualidad, la desvalorización de la familia, la promoción de desvalores maquillados
artificialmente como valores y la exaltación de la violencia, junto con una libertad
irresponsable y “gánica”, son constantes, aportando componentes de conductas que
devienen paradigmáticos para nuestra juventud, frente a la pasividad de organismos de
control y el financiamiento cómplice de empresas e instituciones.
Esta realidad nos habla de una degradación moral cada vez más extendida y
profunda que nos lleva a preguntarnos cómo recuperar el respeto por la vida y por la
dignidad de nuestros niños. A tantos de ellos les estamos robado su niñez y les estamos
hipotecado su futuro y el nuestro: una responsabilidad que, como sociedad,
compartimos y que pesa más sobre los de mayor poder, educación y riqueza.
Y si miramos la realidad religiosa, ¡cuántos niños no saben rezar!, ¡a cuántos no se
les ha enseñado a buscar y contemplar el rostro del Padre del Cielo, que los quiere y los
prefiere! Grave carencia en el ser mismo de una persona.
Todas estas realidades nos sacuden y confrontan con nuestra responsabilidad de
cristianos, con nuestra obligación de ciudadanos, con nuestra solidaridad como
partícipes de una comunidad que queremos cada día más humana, más digna y más
acorde a la dignidad humana y de la sociedad.
Frente a esta realidad de nuestros niños y adolescentes aparecen reacciones
diversas que se orientan a un acostumbramiento progresivo de creciente pasividad e
indiferencia, una suerte de normalidad de la injusticia; o, por otra parte, una actitud
falsamente normativa y de supuesto bien común que reclama represión y creciente
control que va, desde la baja de la edad de imputabilidad penal hasta su forzada
separación familiar, en ocasiones sometiendo injustamente al sistema judicial
situaciones de pobreza familiar o bien promoviendo una discrecional y abusiva
institucionalización.
Y así podríamos continuar con esta descripción, la cual entraña un grito a tomar
conciencia. Debemos tomar conciencia de la situación de emergencia de nuestra niñez y
juventud. Debemos afrontar nuestras propias responsabilidades personales y sociales
ante la emergencia. Debemos asumir como propios los mandatos constitucionales en la
materia.
Debemos tomar conciencia de que cada chico marginado, abandonado o en
situación de calle, con deficiente acceso a los beneficios de la educación y la salud, es la
expresión cabal no sólo de una injusticia sino de un fracaso institucional que incluye
tanto a la familia como también a sus vecinos, a las instituciones barriales, a su
parroquia y a los distintos estamentos del Estado en sus diversas expresiones. Muchas
de estas situaciones reclaman una respuesta inmediata, pero no con la inmediatez de las
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luces de bengala. La búsqueda e implementación de respuestas no emparchadoras no
pueden hacernos olvidar que necesitamos un cambio de corazón y de mentalidad que
nos lleve a valorar y dignificar la vida de estos chicos desde el seno de su madre hasta
que descansen en el seno del Padre Dios, y a obrar cada día en consecuencia.
Debemos adentrarnos en el Corazón de Dios y comenzar a escuchar la voz de los
más débiles, estos niños y adolescentes, y recordar las palabras del Señor “El que recibe
a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo” (Mt. 18, 5); y,
“Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus
ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial” (Mt. 18,
10). Tanto esas voces como la palabra del Señor deberían conmovernos en nuestro
compromiso y en nuestra acción:
*Nunca la niñez abandonada en nuestra ciudad;
*nunca la adolescencia y la juventud marginada en nuestra ciudad;
*ningún cristiano, ninguna parroquia, ninguna autoridad indolente o indiferente
frente al vía crucis de nuestras familias y de nuestros niños;
*ningún egoísmo o interés personal o sectorial menguando el esfuerzo y el
compromiso que dilate la necesaria unidad y coordinación para el esfuerzo
impostergable e inmediato.
Estoy preocupado y dolorido por esta situación. Por ello quise escribirles esta carta.
He tratado el tema con algunos especialistas, con la Vicaría Episcopal de Niños, con la
Comisión de Niñez y Adolescencia en riesgo, con algunos jueces y legisladores. En
base a lo reflexionado con ellos hago un resumen sintético que añado en ANEXO. Esto
nos ayudará sobremanera a reflexionar sobre esta realidad y sé que será útil en el
camino de la Asamblea Arquidiocesana. Pero, sobre todo, quisiera que nuestros ojos no
se acostumbraran a este nuevo paisaje ciudadano que tiene como protagonistas a los
niños. Les pido, por favor, que abramos nuestro corazón a esta realidad dolorosa… los
Herodes de hoy tienen muchos rostros diversos, pero la realidad es la misma: se mata a
los niños, se mata su sonrisa, se mata la esperanza… son carne de cañón. Miremos con
ojos renovados a estos niños de nuestra ciudad y animémonos a llorar. Miremos a la
Virgen y digámosle desde el llanto de nuestro corazón: “Madre, ayúdanos a cuidar la
vida”.
Con paternal y fraternal cariño
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J., arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 1º de octubre de 2005, Fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús, Patrona
de los Niños de la Arquidiócesis.
ANEXO
La conflictiva existencia de un sistema estatal de atención y protección de la
niñez y adolescencia que podemos calificar como “sistema en crisis” pone en evidencia
una realidad donde las carencias sistemáticas, los quiebres o conflictos institucionales
son habituales, abonando un imaginario social sobre el tema y desnudando nuestra
conducta como sociedad.
Esta situación se plantea en un escenario donde, a pesar de la recuperación del
crecimiento económico, en nuestra realidad cotidiana se mantiene la distribución injusta
de la riqueza, que tan fieramente golpeó a las familias argentinas en el pasado reciente,
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continuando su tendencia a concentrarse en los niveles de mayor poder y riqueza, sin
que los esfuerzos planteados desde las medidas oficiales logren cambiar este sentido que
como sociedad nos humilla y nos mortifica.
Las políticas de Estado deben tender al crecimiento económico y a una justa
distribución de la renta tal que el desarrollo de los países se comparezca con la calidad
de vida de sus habitantes.
“La verdadera y plena protección de los niños significa que éstos puedan
disfrutar ampliamente de todos sus derechos, entre ellos los económicos, sociales y
culturales, que les asignan diversos instrumentos internacionales. Los Estados Partes
en los tratados internacionales de derechos humanos tienen la obligación de adoptar
medidas positivas para asegurar la protección de todos los derechos del niño” (Corte
Interamericana de Derechos Humanos mediante la Opinión Consultiva OC-17/2002
“Condición Jurídica y Derechos Humanos del Niño”, 28 de agosto de 2002, punto 8 de
la parte dispositiva).
Por ello, la actividad estatal no puede reducirse a lograr una reforma de
legislación en materia de niñez, que se adapte a la Convención sobre los Derechos del
Niño, sino que debería hacer hincapié en la efectivización de dicha Convención a través
de la gestión monitoreo de las políticas públicas destinadas a restablecer los derechos
vulnerados (necesidades insatisfechas). No se trata solamente de dictar leyes sino de
cumplirlas adecuadamente mediante una gestión efectiva, en un marco de redistribución
de la riqueza y de creación de empleo.
Recordemos finalmente la conclusión principal de la Comisión de Trabajo Nro.
8 “Niñez y Jóvenes en Situación de Riesgo” de la VIII Jornadas de Pastoral Social (25
de junio de 2005): “Las políticas de niñez y familia deben ser políticas de Estado,
debiéndose crear, monitorear y transformar los programas sociales a tal fin, que a su
vez deben tener en cuenta el fortalecimiento y desarrollo de la vida familiar,
articulando y cogestionando recursos públicos con la sociedad civil, y reforzando la
capacidad de los integrantes de la familia para enfrentar la adversidad y salir
fortalecidos”.
Se deben realizar esfuerzos tendientes a revalorizar la cultura del trabajo que
conlleva las notas típicas de esfuerzo, sacrificio, conducta y disciplina.
El trabajo es una obligación pero también es un derecho que sirve de ejemplo
para los niños: los niños al ver a sus padres laborando visualizan su posible desarrollo,
crecimiento y maduración.
Si bien en épocas de crisis económica, donde el desempleo crece, los Estados
tienden a subsidiar al empleo o destinar planes para ayudar a la subsistencia de los
hombres, estas políticas deben ser herramientas transitorias y no deben constituirse en
política de Estado.
Si los Estados no tienen una fuerte política destinada al crecimiento industrial,
no crecerá el empleo, una de las formas de asegurar a los habitantes de una Nación la
justicia conmutativa.
De allí se mide el nivel de educación, la salud, la justicia, la cultura, el deporte,
el fortalecimiento de las familias, el crecimiento y desarrollo de los niños, el cuidado de
las personas mayores.
Es necesario proteger el trabajo del hombre. ¿Cómo se lo protege? Instruyendo
al hombre, culturalizándolo, entrenándolo, dándole la digna protección legal, dándole
descanso, lugar para la recreación, asegurándole condiciones dignas para su vejez,
proporcionándole un sistema de salud que lo proteja adecuadamente de sus infortunios
laborales.
8
Los trabajadores no son “instrumentos bípedos, sin libertad, sin moral, que sólo
poseen manos que ganan poco y un alma absorta”, como sostuviera el abate Sieyes,
quien fuera uno de los inspiradores de la Declaración de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano.
Con la promoción y el fortalecimiento del trabajo de los adultos lograremos
evitar el trabajo de los chicos. Es muy difícil que un chico salga a buscar trabajo si sus
padres cuentan con un empleo digno que le proporcione la satisfacción de las
necesidades de la familia.
Por otra parte el niño y el adolescente tenderán a concurrir y permanecer en los
centros educativos, cumpliendo con su obligación y su derecho que es esencialmente el
de estudiar.
Es necesario desarrollar programas orientados a favorecer el acceso, y la
permanencia en la escuela, donde deben estar comprometidos los maestros, las familias
y los propios niños.
La escuela es el principal mecanismo de inclusión. Quienes se van de la escuela
pierden toda esperanza ya que la escuela es el lugar donde los chicos pueden elaborar un
proyecto de vida y empezar a formar su identidad. En la actualidad, la deserción escolar
no suele dar lugar al ingreso a un trabajo sino que lleva al joven al terreno de la
exclusión social: la deserción escolar parece significar el reclutamiento, especialmente
de los adolescentes, a un mundo en el que aumenta su vulnerabilidad en relación a la
violencia urbana, al abuso y a la adicción a las drogas o al alcohol. Si bien la escuela
puede no lograr evitar estos problemas, la misma parece constituir la última frontera en
que el Estado, las familias y los adultos se hacen cargo de los jóvenes, en el que
funcionan, a veces a duras penas, valores y normas vinculados a la humanidad y la
ciudadanía y en el que el futuro todavía no ha muerto.
La función esencial de la escuela es formar ciudadanos libres y con capacidad
para defender sus derechos y cumplir con sus obligaciones. Sin embargo, no por
mantener al niño o al adolescente en la escuela debemos vaciarla de su contenido. El
derecho constitucional que se garantiza es el derecho a la educación, no el derecho a la
escolaridad. No es sólo inaugurando escuelas, repartiendo libros o útiles la manera en la
cual se logrará cumplir con este derecho. Esto demandará un esfuerzo conjunto de toda
la comunidad educativa. Este esfuerzo por un lado debe tener como eje la motivación
del joven, no sólo para quedarse en la escuela sino para capacitarse y aprender, y por
otro lado debe buscar fortalecer y revalorizar el rol del docente para que éste pueda
enfrentarse a las nuevas realidades que se le presentan en el aula.
Para entender las causas de la deserción y el fracaso escolar debemos tener en
cuenta una variable importante que es la desnutrición infantil. La infancia es el período
caracterizado por el crecimiento corporal, que requiere una cantidad determinada de
nutrientes para sintetizar nuevos tejidos o culminar etapas importantes como el
desarrollo neurológico.
La deficiente alimentación, desde su concepción en el vientre de la madre hasta
los tres años en que se desarrolla el sistema nervioso, produce lesiones físicas o
psíquicas que lo afectan de por vida. Es imprescindible realizar un seguimiento de los
niños desde el momento en que la mamá embarazada empieza a controlarse en los
hospitales para reducir el riesgo de que nazcan criaturas con bajo peso y reducir los
índices de mortalidad infantil.
El problema de la desnutrición infantil en nuestra ciudad no se soluciona
entregando cajas con alimentos, eso reduce el fenómeno de la desnutrición a un plano
biológico y no tiene en cuenta factores sociales, económicos, antropológicos y
9
culturales. Debemos educar y crear buenos hábitos alimentarios para prevenir
problemas de desarrollo en nuestros niños.
Por otra parte, el mejoramiento de la situación de los niños, en lo que respecta a
la pobreza, no puede estar alejado de políticas públicas generales destinadas a toda la
sociedad. Justamente, las políticas distribucionistas plasmadas en la década del ´50 en
países de Latinoamérica, permitieron reducir la “institucionalización” de niños, cuando
aún no existía una legislación que conceptualizara al niño como sujeto de derecho.
Resulta disvalioso para la sociedad en su conjunto, y fundamentalmente para
educadores y educandos, que la escuela resulte ser en los hechos prioritariamente un
lugar donde se asiste para alimentarse, desnaturalizandose el concepto esencial de la
enseñanza.
Las escuelas deben ser contenedoras de alumnos en estado de aprendizaje, de
formación y de ninguna manera están llamadas a sustituir a las familias en una de las
funciones primordiales la cual es dar alimento a sus hijos.
Los problemas más significativos referidos a la población infanto juvenil, como
hemos analizado, son la desnutrición, la deserción escolar y el ingreso temprano al
mundo del trabajo. Estos problemas se ven profundizados cuando hablamos de
embarazo adolescente.
Es necesario trabajar con la adolescencia acompañándolos en este proceso,
fortaleciendo su autoestima, el sentido de la responsabilidad, el cuidado de la salud y
posibilitando el diseño de proyectos alternativos para sus vidas.
Creemos fundamental reforzar los vínculos familiares para evitar que los niños
lleguen a la situación de calle o terminen institucionalizados.
Si bien existe una demanda social muy fuerte a favor de la institucionalización,
los tratamientos con larga privación de libertad no han logrado buenos resultados. Esto
queda demostrado ya que ocho de cada diez presos adultos pasaron por Institutos de
Menores. Es preocupante además que mientras cuatro de cada diez chicos ingresan por
causas penales, el resto ingresa por causas asistenciales, porque su familia no puede
hacerse cargo de ellos o porque son víctimas de violencia.
Estos hechos están íntimamente ligados a la falta de actualización de la
legislación sobre el tema, donde la persistencia de la ley, conocida como Ley Agote,
progresista en su tiempo, ya no refleja los cambios de nuestra sociedad ni las miradas
basadas en el niño y el joven como sujeto de derecho. Esta nueva mirada está expresada
cabalmente por la Convención de los Derechos del Niño que, aprobada con reservas por
nuestro país por ley 23849, forma parte del plexo constitucional a partir de la reforma
constitucional de1994.
La Convención es el tratado de Derechos Humanos que mayor ratificación ha
tenido entre los estados miembros del sistema de Naciones Unidas, incluido el Estado
Vaticano y constituye, no sólo un compromiso de los firmantes desde el punto de vista
internacional, sino que fundamentalmente redefine las obligaciones insalvables de las
políticas públicas respecto a la niñez, la adolescencia, la juventud y las familias.
En su preámbulo destaca, como elementos sostenedores de la necesidad y
vigencia de la Convención, entre otras afirmaciones : “…Convencidos de que la familia,
como grupo fundamental de la sociedad y medio natural para crecimiento y el bienestar
de todos sus miembros, y en particular de los niños, debe recibir la protección y
asistencia necesarias para poder asumir plenamente sus responsabilidades dentro de la
comunidad” y agrega “reconociendo que el niño para el pleno y armonioso desarrollo de
su personalidad, debe crecer en el seno de una familia, en un ambiente de amor,
felicidad y comprensión”.
10
El mejoramiento de las condiciones socioeconómicas de la infancia no está
desvinculado de lo que suceda a cada familia, que representa el sostén psicosocial y
cultural en el crecimiento de cualquier niño. Se han advertido últimamente programas
destinados solamente a niños, como si se pudiera mejorar la situación de los niños sin
sus familias. A propósito recordaremos que: “La familia constituye el ámbito
primordial para el desarrollo del niño y el ejercicio de sus derechos. Por ello, el Estado
debe apoyar y fortalecer a la familia, a través de las diversas medidas que ésta
requiera para el mejor cumplimiento de su función natural en este campo” (Corte
Interamericana de Derechos Humanos mediante la Opinión Consultiva OC-17/2002
“Condición Jurídica y Derechos Humanos del Niño”, 28 de agosto de 2002, punto 4. de
la parte dispositiva).
Asumir la Convención implica establecer una relación del Estado con los
ciudadanos y ciudadanas, con los chicos y jóvenes que define una cosmovisión entre el
estado y los miembros de la comunidad. No debe limitarse a generar una nueva retórica,
ni constituirse solamente en un marco ético. Asumir la Convención implica superar una
tradicional perspectiva de satisfacer determinadas necesidades para proponer, un
enfoque de derechos donde universalidad, integralidad y exigibilidad constituyen el
trípode que define la relación del Estado con la niñez y adolescencia.
Para esta finalidad el Estado debe orientar todos los recursos disponibles, a
través de planes, programas y acciones desde una perspectiva generada por esta nueva
legalidad.
Frente a esta realidad, los cristianos y los hombres de buena voluntad no
podemos permanecer inactivos o desorganizados en acciones individuales o grupales
que, aunque valiosas y ejemplares, carecen de la eficacia y el impacto necesario para
transformar la realidad.
No debemos olvidar la multitud de ejemplos de abnegación, solidaridad,
responsabilidad y testimonio que día a día nos brindan familias, instituciones y jóvenes
en el diario esfuerzo de sobrevivir, resistir y en la tarea de construir una sociedad mas
justa.
El camino es arduo pero el mandato indelegable. Es hora de asumir nuestras
propias responsabilidades frente a los niños y los jóvenes, como cristianos, como
ciudadanos, como hombres y mujeres de buena voluntad. Es hora que las instituciones
preocupadas por la niñez y la juventud sean escuchadas y tenidas en cuenta. Es hora que
el Estado, como Garante del Bien Común asuma su responsabilidad y su obligación, en
la defensa de la vida, en la protección de su crecimiento y desarrollo; en la promoción
humana y social de personas, familias e instituciones.
Implementar rápidamente políticas de Estado destinadas al desarrollo de las
familias de escasos recursos.
El presupuesto de la Ciudad debe contemplar prioritariamente la adjudicación de
partidas especiales destinadas al fomento del empleo y al crecimiento económico de
manera tal que sus habitantes obtengan trabajo y que el mismo resulte digno para los
mismos.
Los dirigentes, tanto los que conducen los destinos del Gobierno de la Ciudad
como los de la oposición, deben confeccionar un plan destinado a abolir todas las
prácticas de trabajo infantil y toda otra forma de explotación de la niñez.
Al mismo tiempo dichos dirigentes deben consensuar e implementar
rápidamente políticas aplicadas a la educación pública, de forma tal que los docentes,
percibiendo un salario acorde a sus necesidades, puedan dedicarse de pleno a la
instrucción, educación y motivación de los menores a efectos que éstos descubran los
11
valores esenciales de la vida. De esa forma la docencia volverá a encontrar los
principios esenciales de su existencia.
Esos mismos dirigentes deben acordar y aplicar rápidamente un plan
sistematizado tendiente a proteger sanitariamente a las familias de menores recursos, de
manera tal que los niños desde su concepción en el seno materno sean atendidos
médicamente y se continué su evolución y crecimiento.
Una sociedad que se precie de tal, no puede ignorar los valores que llevan a la
realización plena del hombre en todo su desarrollo. Y, entre esos valores, cabe destacar
la dimensión religiosa. El hombre es imagen de Dios y llamado a la comunión con Él.
Las políticas implementadas hasta la fecha han producido graves daños a los dos
extremos de la vida, precisamente el de las personas más indefensas de esta sociedad:
los niños y los ancianos.
No posterguemos para el futuro el cumplimiento de estas deudas, el día y la hora
es hoy o nunca.
MISA EN EL BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA
DE LOS PAÍSES HISPANOAMERICANOS:
LA VIRGEN DE GUADALUPE, MADRE DE AMÉRICA
Desgrabación de la homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos
Aires, con motivo de la misa celebrada con motivo del bicentenario de la independencia
de los países hispanoamericanos (Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, 12 de
diciembre de 2011)
María, apenas recibido el anuncio de su maternidad, dice el Evangelio que “partió
y fue sin demora” a prestar un servicio, a encontrarse con su prima; me gusta esta
imagen de la Virgen, de la Virgen que no pierde tiempo con tal de acercarse a sus hijos,
de encontrarse con ellos. Y Éste es el primer encuentro de Jesús: encuentro de Jesús en
el vientre de María, encuentro de María con su prima y el niño que salta de alegría por
el encuentro; la Virgen apurada por salir al encuentro de quien necesita, la Virgen
apurada por llevar su maternidad más allá todavía, llevarla a otros. Apurada porque es
Madre, apurada porque a ese Hijo no lo toma para gloria suya sino para servicio de la
humanidad y porque creyó, es feliz. Por eso la llamamos feliz.
Y así como fue apurada en aquel momento a prestar servicio, ese primer
encuentro lo siguió repitiendo a lo largo de la historia y hoy conmemoramos su
encuentro con América. Mestiza quiso aparecer. Quiso mostrarse mestiza como nuestro
pueblo; quiso mostrarse embarazada como se mostró a su prima santa Isabel; quiso
mostrarse piadosa con esas manos juntas pero a la vez abiertas en forma de patena que
recibe a todo pueblo; quiso mostrarse no a un docto, obispo cura o monja sino a un
indio que iba para su trabajo, para dar de comer a su mujer y sus hijos. Y con sencillez
12
quiso decirnos a todos nosotros, desde ese rostro mestizo y desde ese vientre que está
gestando, con esas manos juntas y abiertas que están rezando, que ella está con nuestros
pueblos de América. Y hoy te damos gracias: gracias Madre por este encuentro, gracias
por venir apurada a esta América que nacía como mestiza, gracias por traernos a Jesús
de la misma manera que lo llevaste a tu prima en tu vientre.
Juan Diego era sencillo. Sabía el catecismo y las oraciones. Nada más. Sabía lo
que era importante: cuando al tercer día tenía que ir a buscar un cura para confesar a su
tío que se estaba muriendo, dio la vuelta al cerro para no perder tiempo conversando con
la “Señora”… Sabía que más que una aparición, más que un mensaje, lo importante era
la salvación del alma de su tío: no negoció su fe por tener un signo extraordinario. Fue
digno hijo de esta sencilla mestiza embarazada de manos juntas y abiertas a la vez en el
cumplimiento de su deber. Y así es nuestro pueblo de América en sus raíces más
fecundas: no se deja marear por alguna cosa que parezca extraordinaria aunque en el
momento se desoriente o no sepa qué hacer. En sus raíces no se deja marear. El
bautismo caló hondo en América; la Trinidad presente el corazón de cada bautizado está
allí, no se mueve. Aun cuando sea despreciado, ignorado, vituperado o perseguido,
nuestro pueblo americano tiene la impronta de Juan Diego.
Pidámosle hoy a la Madre que también lo visite así. Hoy que conmemoramos los
200 años de la independencia de tantos pueblos nuestros. Que lo visite con esa impronta
de la fe que no se negocia y no con la ilusión de las novedades de los mensajes que son
más propios de una oficina de correos que de la Madre de Dios. Hoy miramos a
Guadalupe, a la Señora de Guadalupe, “mi niña” como decía Juan Diego, y la miramos
con todas las preocupaciones que tenemos (personales, las de la Patria y las de toda
América) y las miramos con todos nuestros miedos (porque todos tenemos miedos en
nuestras vidas) y escuchemos su voz como aquel en 1531: “Que no se inquiete tu
corazón, que no se turbe ¿acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre?”
Qué lindo, ¿no? Se lo repetimos tres veces todos juntos para hacérselo recordar:
“¿acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre?”
“¿acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre?”
“¿acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre?”
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 12 de diciembre de 2011
13
CARTA A LOS SACERDOTES
(Sobre la necesidad de la oración)
Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, a los
sacerdotes, consagrados y consagradas de la arquidiócesis, sobre la oración (29 de
julio de 2007)
Queridos hermanos y hermanas:
La meditación de las lecturas de este domingo me movió a escribirles esta carta. No
sé bien el por qué pero sentí un fuerte impulso a hacerlo. Al comienzo fue una pregunta:
¿rezo? que se extendió luego: los sacerdotes, los consagrados y las consagradas de la
Arquidiócesis ¿rezamos?, ¿rezamos lo suficiente, lo necesario? Tuve que darme la
respuesta sobre mí mismo. Al ofrecerles ahora la pregunta mi deseo es que cada uno de
Ustedes también pueda responderse desde el fondo del corazón.
La cantidad y calidad de los problemas con que nos enfrentamos cada día nos
llevan a la acción: aportar soluciones, idear caminos, construir… Esto nos colma gran
parte del día. Somos trabajadores, operarios del Reino y llegamos a la noche cansados
por la actividad desplegada. Creo que, con objetividad, podemos afirmar que no somos
vagos. En la Arquidiócesis se trabaja mucho. La sucesión de reclamos, la urgencia de
los servicios que debemos prestar, nos desgastan y así vamos desovillando nuestra vida
en el servicio al Señor en la Iglesia. Por otra parte también sentimos el peso, cuando no
la angustia, de una civilización pagana que pregona sus principios y sus sedicentes
“valores” con tal desfachatez y seguridad de sí misma que nos hace tambalear en
nuestras convicciones, en la constancia apostólica y hasta en nuestra real y concreta fe
en el Señor viviente y actuante en medio de la historia de los hombres, en medio de la
Iglesia. Al final de día algunas veces solemos llegar maltrechos y, sin darnos cuenta, se
nos filtra en el corazón un cierto pesimismo difuso que nos abroquela en “cuarteles de
retirada” y nos unge con una psicología de derrotados que nos reduce a un repliegue
defensivo. Allí se nos arruga el alma y asoma la pusilanimidad.
Y así, entre el intenso y desgastante trabajo apostólico por un lado y la cultura
agresivamente pagana por otro, nuestro corazón se encoge en esa impotencia práctica
que nos conduce a una actitud minimalista de sobrevivir en el intento de conservar la fe.
Sin embargo no somos tontos y nos damos cuenta de que algo falta en este planteo, que
el horizonte se acercó demasiado hasta convertirse en cerco, que algo hace que nuestra
agresividad apostólica en la proclamación del Reino quede acotada. ¿No será que
pretendemos hacer nosotros solos todas las cosas y nos sentimos desenfocadamente
responsables de las soluciones a aportar? Sabemos que solos no podemos. Aquí cabe la
pregunta: ¿le damos espacio al Señor? ¿le dejo tiempo en mi jornada para que Él actúe?,
¿o estoy tan ocupado en hacer yo las cosas que no me acuerdo de dejarlo entrar?
Me imagino que el pobre Abraham se asustó mucho cuando Dios le dijo que iba a
destruir a Sodoma. Pensó en sus parientes de allí por cierto, pero fue más allá: ¿no
cabría la posibilidad de salvar a esa pobre gente? Y comienza el regateo. Pese al santo
temor religioso que le producía estar en presencia de Dios, a Abraham se le impuso la
responsabilidad. Se sintió responsable. No se queda tranquilo con un pedido, siente que
debe interceder para salvar la situación, percibe que ha de luchar con Dios, entrar en una
pulseada palmo a palmo. Ya no le interesan sólo sus parientes sino todo ese pueblo… y
se juega en la intercesión. Se involucra en ese mano a mano con Dios. Podría haberse
quedado tranquilo con su conciencia después del primer intento gozando de la promesa
14
del hijo que se le acababa de hacer (Gen. 18, 9) pero sigue y sigue. Quizás
inconscientemente ya sienta a ese pueblo pecador como hijo suyo, no sé, pero decide
jugarse por él. Su intercesión es corajuda aun a riesgo de irritar al Señor. Es el coraje de
la verdadera intercesión.
Varias veces hablé de la parresía, del coraje y fervor en nuestra acción apostólica.
La misma actitud ha de darse en la oración: orar con parresía. No quedarnos tranquilos
con haber pedido una vez; la intercesión cristiana carga con toda nuestra insistencia
hasta el límite. Así oraba David cuando pedía por el hijo moribundo (2 Sam. 12, 15-18),
así oró Moisés por el pueblo rebelde (Ex. 32,11-14; Num. 4, 10-19; Deut. 9, 18-20)
dejando de lado su comodidad y provecho personal y la posibilidad de convertirse en
líder de una gran nación (Ex. 32, 10): no cambió de “partido”, no negoció a su pueblo
sino que la peleó hasta el final. Nuestra conciencia de ser elegidos por el Señor para la
consagración o el ministerio nos debe alejar de toda indiferencia, de cualquier
comodidad o interés personal en la lucha en favor de ese pueblo del que nos sacaron y al
que somos enviados a servir. Como Abraham hemos de regatearle a Dios su salvación
con verdadero coraje… y esto cansa como se cansaban los brazos de Moisés cuando
oraba en medio de la batalla (cfr. Ex. 17, 11-13). La intercesión no es para flojos. No
rezamos para “cumplir” y quedar bien con nuestra conciencia o para gozar de una
armonía interior meramente estética. Cuando oramos estamos luchando por nuestro
pueblo. ¿Así oro yo? ¿O me canso, me aburro y procuro no meterme en ese lío y que
mis cosas anden tranquilas? ¿Soy como Abraham en el coraje de la intercesión o
termino en aquella mezquindad de Jonás lamentándome de una gotera en el techo y no
de esos hombres y mujeres “que no saben distinguir el bien del mal” (Jon. 4, 11),
víctimas de una cultura pagana?
En el Evangelio Jesús es claro: “pidan y se les dará”, busquen y encontrarán,
llamen y se les abrirá” y, para que entendamos bien, nos pone el ejemplo de ese hombre
pegado al timbre del vecino a medianoche para que le dé tres panes, sin importarle pasar
por maleducado: sólo le interesaba conseguir la comida para su huésped. Y si de
inoportunidad se trata miremos a aquella cananea (Mt. 15, 21-28) que se arriesga a que
la saquen corriendo los discípulos (v.23) y a que le digan “perra” (v.27) con tal de lograr
lo que quiere: la curación de su hija. Esa mujer sí que sabía pelear corajudamente en la
oración.
A esta constancia e insistencia en la oración el Señor promete la certeza del éxito:
“Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”; y nos
explica el porqué del éxito: Dios es Padre. “¿Hay entre Ustedes algún padre que da a su
hijo una serpiente cuando le pide un pescado? ¿Y si le pide un huevo, le dará un
escorpión? Si Ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos ¿cuánto más el
Padre del Cielo dará al Espíritu Santo a aquéllos que se lo pidan!” La promesa del Señor
a la confianza y constancia en nuestra oración va mucho más allá de lo que imaginamos:
además de lo que pedimos nos dará al Espíritu Santo. Cuando Jesús nos exhorta a orar
con insistencia nos lanza al seno mismo de la Trinidad y, a través de su santa
humanidad, nos conduce al Padre y promete el Espíritu Santo.
Vuelvo a la imagen de Abraham y a la ciudad que quería salvar. Todos somos
conscientes de la dimensión pagana de la cultura que vivimos, una cosmovisión que
debilita nuestras certezas y nuestra fe. Diariamente somos testigos del intento de los
poderes de este mundo para desterrar al Dios Vivo y suplirlo con los ídolos de moda.
Vemos cómo la abundancia de vida que nos ofrece el Padre en la creación y Jesucristo
en la redención (cfr. 2ª lectura) es suplida por la justamente llamada “cultura de la
muerte”. Constatamos también cómo se deforma y manipula la imagen de la Iglesia por
la desinformación, la difamación y la calumnia y cómo a los pecados y falencias de sus
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hijos se los ventila con preferencia en los medios de comunicación como prueba de que
Ella nada bueno tiene que ofrecer. Para los medios de comunicación la santidad no es
noticia, sí –en cambio- el escándalo y el pecado. ¿Quién puede pelear de igual a igual
con esto? ¿Alguno de nosotros puede ilusionarse que con medios meramente humanos,
con la armadura de Saúl, podrá hacer algo? (cfr. 1Sam. 17, 38-39).
Cuidado: nuestra lucha no es contra poderes humanos sino contra el poder de las
tinieblas (cfr. Ef. 6, 12). Como pasó con Jesús (cfr. Mt. 4, 1-11) Satanás buscará
seducirnos, desorientarnos, ofrecer “alternativas viables” No podemos darnos el lujo de
ser confiados o suficientes. Es verdad, debemos dialogar con todas las personas, pero
con la tentación no se dialoga. Allí sólo nos queda refugiarnos en la fuerza de la Palabra
de Dios como el Señor en el desierto y recurrir a la mendicidad de la oración: la oración
del niño, del pobre y del sencillo; de quien sabiéndose hijo pide auxilio al Padre; la
oración del humilde, del pobre sin recursos. Los humildes no tienen nada que perder;
más aún, a ellos se le revela el camino (Mt. 11, 25-26). Nos hará bien decirnos que no
es tiempo de censo, de triunfo y de cosecha, que en nuestra cultura el enemigo sembró
cizaña junto al trigo del Señor y que ambos crecen juntos. Es hora no de
acostumbrarnos a esto sino de agacharse y recoger las cinco piedras para la honda de
David (cfr. 1Sam. 17, 40). Es hora de oración.
A alguno se le podrá ocurrir que este obispo se volvió apocalíptico o le agarró un
ataque de maniqueísmo. Lo del Apocalipsis lo aceptaría porque es el libro de la vida
cotidiana de la Iglesia y en cada actitud nuestra se va plasmando la escatología. Lo de
maniqueo no lo veo porque estoy convencido de que no es tarea nuestra andar
separando el trigo de la cizaña (eso lo harán los ángeles el día de la cosecha), sí
discernirlos para que no nos confundamos y poder así defender el trigo. Pienso en María
¿cómo viviría las contradicciones cotidianas y como oraría sobre ellas? ¿Qué pasaba por
su corazón cuando regresaba de Ain Karim y ya eran evidentes los signos de su
maternidad? ¿Qué le iba a decir a José? O ¿cómo hablaría con Dios en el viaje de
Nazareth a Belén o en la huida a Egipto, o cuando Simeón y Ana espontáneamente
armaron esa liturgia de alabanza, o aquel día en que su Hijo se quedó en el Templo, o al
pie de la Cruz? Ante estas contradicciones y tantas otras ella oraba y su corazón se
fatigaba en la presencia del Padre pidiendo poder leer y entender los signos de los
tiempos y poder cuidar el trigo. Hablando de esta actitud Juan Pablo II dice que a María
le sobrevenía cierta “peculiar fatiga del corazón” (Redemptoris Mater, n. 17). Esta
fatiga de la oración nada tiene que ver con el cansancio y aburrimiento al que me referí
más arriba.
Así también podemos decir que la oración, si bien nos da paz y confianza, también
nos fatiga el corazón. Se trata de la fatiga de quien no se engaña a sí mismo, de quien
maduramente se hace cargo de su responsabilidad pastoral, de quien se sabe minoría en
“esta generación perversa y adúltera”, de quien acepta luchar día a día con Dios para
que salve a su pueblo. Cabe aquí la pregunta: ¿tengo yo el corazón fatigado en el coraje
de la intercesión y –a la vez- siento en medio de tanta lucha la serena paz de alma de
quien se mueve en la familiaridad con Dios? Fatiga y paz van juntas en el corazón que
ora. ¿Pude experimentar lo que significa tomar en serio y hacerme cargo de tantas
situaciones del quehacer pastoral y –mientras hago todo lo humanamente posible para
ayudar– intercedo por ellas en la oración? ¿He podido saborear la sencilla experiencia
de poder arrojar las preocupaciones en el Señor (cfr. Salmo 54, 23) en la oración? Qué
bueno sería si lográramos entender y seguir el consejo de San Pablo: “No se angustien
por nada, y en cualquier circunstancia recurran a la oración y a la súplica, acompañadas
de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios. Entonces la paz de Dios, que
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supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los
pensamientos de ustedes en Cristo Jesús” (Filip. 4, 6-7).
Estas son más o menos las cosas que sentí al meditar las tres lecturas de este
domingo y también siento que debo compartirlas con Ustedes, con quienes trabajo en el
cuidado del pueblo fiel de Dios. Pido al Señor que nos haga más orantes como lo era Él
cuando vivía entre nosotros; que nos haga insistentemente pedigüeños ante el Padre.
Pido al Espíritu Santo que nos introduzca en el Misterio del Dios Vivo y que ore en
nuestros corazones. Tenemos ya el triunfo, como nos lo proclama la segunda lectura.
Bien parados allí, afirmados en esta victoria, les pido que sigamos adelante (cfr. Hebr.
10, 39) en nuestro trabajo apostólico adentrándonos más y más en esa familiaridad con
Dios que vivimos en la oración. Les pido que hagamos crecer la parresía tanto en la
acción como en la oración. Hombres y mujeres adultos en Cristo y niños en nuestro
abandono. Hombres y mujeres trabajadores hasta el límite y, a la vez, con el corazón
fatigado en la oración. Así nos quiere Jesús que nos llamó. Que Él nos conceda la gracia
de comprender que nuestro trabajo apostólico, nuestras dificultades, nuestras luchas no
son cosas meramente humanas que comienzan y terminan en nosotros. No se trata de
una pelea nuestra sino que es “guerra de Dios” (2Cron. 20, 15); y esto nos mueva a dar
diariamente más tiempo a la oración.
Y, por favor, no dejen de rezar por mí pues lo necesito. Que Jesús los bendiga y la
Virgen Santa los cuide. Afectuosa y fraternalmente,
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
MENSAJE DE VIDA
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, en el
Santuario de San Ramón Nonato
(31 de agosto de 2009)
En esta misa se reúnen los Mensajeros de la Vida, ustedes, que desde el
santuario salen a llevar el mensaje de la vida. Que Dios quiere la vida. La hizo Él. La
hizo linda. Dice la Biblia que cuando nos hizo a nosotros, nos hizo a imagen y
semejanza de Él. Somos de la familia de Él, tenemos el rostro de Él, somos como Él. Y
esa vida que nos dio, que nos sopló, es la que nosotros anunciamos, la que ustedes con
esta imagen de San Ramón van llevando a las casas, van anunciando a la gente de la
vida, el camino de la vida.
Y así vamos, a través del mensaje de ustedes, ayudando a que crezca eso que se
llama la “Cultura de la Vida”, que es lo más importante de la humanidad contra lo que
Juan Pablo II y Benedicto XVI denunciaron como la “Cultura de la Muerte”. Ustedes
son los que salen a este mundo, donde hay tantos casos de la cultura de la muerte, a
decir: “Miren, esto es mejor, esto es lo que hace feliz, esto es lo que a uno lo plenifica:
la cultura de la vida, el mensaje de la vida”.
17
¿Qué es el mensaje de la vida? Son cosas muy sencillas, son cosas prácticas.
Decir que la vida vale la pena es decir que desde el primer momento en que un chico o
una chica es concebido tiene vida y está el soplo de Dios ahí. Que los 9 meses que está
en la sala de espera en la panza de la madre, hay que cuidar a la mamá y al chico porque
ahí está la vida… Y cuando nace no hay que terminarla en la primera semana cuando
vamos a saludar a la mamá y que después Dios te ayude, sino que hay que acompañar el
crecimiento de ese chico para que crezca sano, para que tenga buena educación, que no
falte comida, que tenga principios, valores morales y después acompañarlo durante toda
su existencia. Y cuando se enferme, acompañarlo en su dolor y enfermedad. Que haya
hospitales limpios, lindos donde no falte nada. Donde se lo atienda bien. Eso es vida.
Eso es mensaje de vida.
Cuando esté viejito, cuidarlo con mucho amor. Los abuelos son la sabiduría de la
vida. A veces, lamentablemente, se los aleja del mundo, sea por exigencias de trabajo o
algo pero en cuanto se pueda, conviene tenerlos cerca; si los tengo que alejar, ir a verlos
lo más posible. ¡Eso es cultura de la vida! ¡Al cerrarles los ojos y entregarlos a la Vida!
Esto es lo que hacen ustedes: meter todas estas cosas en la cabeza y en el corazón de la
gente. ¿Se animan a hacerlo? ¡Pongan la cara! ¡Esto es la cultura de la vida!
Todo lo contrario es la cultura de la muerte. Si ustedes ven que alguien falla en
alguna de estas cosas, díganle que por ese camino no se va a ninguna parte; por ese
camino se fracasa siempre. Hubo un escritor inglés que decía… no usaba la palabra
“cultura de la muerte” porque en aquella no se había acuñado pero decía que en algunas
familias o en algunos países o en algunos pueblos se practicaba la “filosofía del
verdugo”: cabeza que sobra, cabeza que molesta, cabeza que vuela… Y claro, cuando
uno piensa que la vida molesta…
La vida es linda pero la vida molesta. Siempre. El otro día me decía un papá que
tiene su primera hija que tanto él como su mujer duermen dos horas por noche porque la
criatura les salió gritona… la vida es bella pero molesta porque exige de mí un
sacrificio. Cuando uno ve esas mujeres y hombres que tienen sus padres moribundos y
se pasan sentados las noches tomándoles la mano para que sientan el cariño, y al día
siguiente van a trabajar y así de nuevo… molesta pero eso es vida. No se puede transitar
por el anuncio de la vida, por la cultura de la vida si no es como dijimos en el Salmo: si
no es en la presencia del Señor.
¡No se puede llevar la cultura de la vida si no estamos entroncados con Jesús!
Como los ramos de la uva, de la vid al tronco, en la fuerza de Jesús, que es el maestro
de la vida. Él se definió así: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida… ¡Soy la vida! Él
nos tiene que contagiar este calor, este entusiasmo por anunciar la Verdad. ¡Piensen
ustedes que van a ser mensajeros de la vida! Cuánta felicidad están sembrando en
aquellos corazones que aceptan el mensaje. Pero piensen también que eso no lo hacen
ustedes solos sino que lo hace Él porque caminan agarrados a Jesús. Si yo voy a
anunciar la vida y estoy toda la mañana anunciándola con una persona y a la salida me
encuentro con la vecina y me pongo a sacarle el cuero a otra vecina, ya estoy
anunciando la muerte… Entonces cuidado con las contradicciones. Si anunciamos la
vida, vivamos como Jesús quiere: coherentemente, que todo sea vida.
Yo les agradezco todo lo que hacen: Sigan así y contagien vida. Ese es el
mensaje que necesitamos. Es el mensaje de Dios. Defender la Cultura de la Vida
18
LAS DEUDAS SOCIALES
Conferencia inaugural del cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos
Aires y presidente del Episcopado, en el Seminario sobre “Las Deudas Sociales”,
organizado por EPOCA.
(30 de septiembre de 2009)
En esta exposición procuraré dar una visión de conjunto sobre la doctrina de la
iglesia acerca de la “Deuda Social”.
Los obispos argentinos, en noviembre de 2008, afirmaban que la “deuda social” es
la gran deuda de los argentinos. Nos interpela y saldarla no admite postergación [1].
De ahí la necesidad de cultivar la conciencia de la deuda que tenemos con la sociedad
en la que estamos insertos. Y por ello hacernos cargo de la insistencia de la Doctrina
Social de la Iglesia sobre el tema de la deuda social.
No se trata solamente de un problema económico o estadístico. Es primariamente
un problema moral que nos afecta en nuestra dignidad más esencial. [2]
“La deuda social se compone de privaciones que ponen en grave riesgo el
sostenimiento de la vida, la dignidad de las personas y las oportunidades de
florecimiento humano”.[3]
La “deuda social” es también una deuda existencial de crisis del sentido de la
vida. La conformación de un sentido de vida pleno va de la mano con el sentido de
pertenencia que tenga el individuo con las actividades que realice en su día a día y con
los grupos sociales en los cuales la realiza y comparta la vida con ellos; de ahí que el
origen del vacío existencial remite, tal como el mismo Durkheim comentó [4] , a una
desvinculación del individuo del medio social; es decir a una carencia de sentido de
pertenencia, lo cual desfigura la identidad. “Tener identidad” entraña fundamentalmente
el “pertenecer”.
Por eso para superar esta deuda social es necesario reconstruir el tejido social y los
vínculos sociales.
El barómetro de la UCA define la “deuda social” como una acumulación de
privaciones y carencias en distintas dimensiones que hacen a las necesidades del ser
personal y social. En otros términos, como una violación al derecho a desarrollar una
vida plena, activa y digna en un contexto de libertad, igualdad de oportunidades y
progreso social.
El fundamento ético a partir del cual se ha de juzgar la deuda social como inmoral,
injusta e ilegítima radica en el reconocimiento social que se tiene acerca del grave daño
que sus consecuencias generan sobre la vida, el valor de la vida y –por tanto- sobre la
dignidad humana.
“Su mayor inmoralidad, dicen los obispos argentinos, reside en el hecho de que
ello ocurre en una nación que tiene condiciones objetivas para evitar o corregir tales
daños, pero que lamentablemente pareciera optar por agravar aún más las
desigualdades”.[5]
Esta deuda queda entablada entre quienes tienen la responsabilidad moral o política
de tutelar y promover la dignidad de las personas y sus derechos, y aquellas partes de la
sociedad que ven vulnerados sus derechos.
19
Los derechos humanos, como dice el Documento de Santo Domingo: “se violan no
sólo por el terrorismo, la represión, los asesinatos, sino también por la existencia de
condiciones de extrema pobreza y de estructuras económicas injustas que originan
grandes desigualdades”.[6]
La Deuda Social como Cuestión Antropológica
El principio fundamental que la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) nos ofrece
para reconocer esta deuda social es la inviolable dignidad de la persona y sus derechos.
Dignidad de la que todos participamos y que reconocemos en los pobres y excluidos.[7]
De él deriva este otro principio que orienta la actividad humana: el hombre es el
sujeto, principio y fin de toda la actividad política, económica, social[8]; cada hombre,
todo el hombre y todos los hombres como nos dicen Pablo VI y Juan Pablo II
Por esto, no podemos responder con verdad al desafío de erradicar la exclusión y la
pobreza, si los pobres siguen siendo objetos, destinatarios de la acción del Estado y de
otras organizaciones en un sentido paternalista y asistencialista, y no sujetos, donde el
Estado y la sociedad generan las condiciones sociales que promuevan y tutelen sus
derechos y les permitan ser constructores de su propio destino.
En la encíclica Centesimus Annus, Juan Pablo II advirtió sobre la necesidad de
“abandonar una mentalidad que considera a los pobres –personas y pueblos- como un
fardo, o como molestos e inoportunos, ávidos de consumir lo que los otros han
producido”. “Los pobres –escribe- exigen el derecho de participar y gozar de los bienes
materiales y de hacer fructificar su capacidad de trabajo. Creando así un mundo más
justo y más próspero para todos”[9].
Siguiendo esta línea, hoy es preciso afirmar que la cuestión social –deuda social- se
ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica.[10]
Porque, por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de
sus formas justas en que se mueve el mercado, existe algo que es debido al hombre
porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad. Este algo debido conlleva
inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien
común de la humanidad [11]
En este sentido, “es un deber de justicia y de verdad impedir que queden sin
satisfacer las necesidades humanas fundamentales y que perezcan los hombres
oprimidos por ellas. Además, es preciso que se ayude a estos hombres necesitados a
conseguir los conocimientos, a entrar en el círculo de las interrelaciones, a desarrollar
sus aptitudes para poder valorar mejor sus capacidades y recursos”.[12]
Causas del crecimiento de la pobreza y la exclusión
Con la exclusión social queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la
sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia, o sin poder, sino que
se está afuera. Los excluidos –con quienes tenemos la deuda- no son solamente
“explotados” sino “sobrantes” y “desechables” [13]
La cultura actual [14]tiende a proponer estilos de ser y de vivir contrarios a la
naturaleza y dignidad del ser humano. El impacto dominante de los ídolos de poder, la
riqueza y el placer efímero se ha transformado, por encima del valor de la persona, en la
norma máxima de funcionamiento y el criterio decisivo en la organización social.
La crisis económico-social y el consiguiente aumento de la pobreza tiene sus
causas en políticas inspiradas en formas de neoliberalismo que consideran las ganancias
20
y las leyes de mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad de las
personas y de los pueblos. En este contexto, reiteramos la convicción de que la pérdida
del sentido de la justicia y la falta de respeto hacia los demás se han agudizado y nos
han llevado a una situación de inequidad. [15]
La consecuencia de todo esto es la concentración de las riquezas físicas, monetarias
y de información en manos de unos pocos, lo cual lleva al aumento de la desigualdad y
a la exclusión. [16]
Al analizar más a fondo tal situación, descubrimos que esta pobreza no es una
etapa casual, sino el producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y
políticas, aunque haya otras causas de la miseria [17]
Esta pobreza, nos decía Juan Pablo II, en nuestros países encuentra en muchos
casos su origen y causas en mecanismos que, por encontrarse impregnadas no de un
auténtico humanismo, sino de materialismo, producen, a nivel internacional, ricos más
ricos a costa de pobres cada vez más pobres [18]
Esta realidad exige conversión personal y cambios profundos de las estructuras,
que responden a las legítimas aspiraciones del pueblo hacia una verdadera justicia
social [19]
Deuda Social y Justicia Social
El Concilio Vaticano II nos decía que “las excesivas desigualdades económicas y
sociales que se dan entre miembros de nuestra sociedad, en nuestro pueblo, son
contrarias a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y a la paz
social e internacional”[20]
Desde la primera mitad del siglo XX, la noción de justicia social se fue instalando
en la reflexión del Magisterio Social de la Iglesia. Afirma que ella (la justicia social)
constituye un verdadero y propio desarrollo de la justicia general, en estrecha
vinculación con la cuestión social y que concierne a los aspectos sociales, políticos,
económicos y, sobre todo, a la dimensión estructural de los problemas y las soluciones
correspondientes (cfr. CDSI, 201). Benedicto XVI, en Deus Caritas Est, afirma que “la
justicia es el objeto y la medida intrínseca de toda política” [21]
La justicia social prohíbe que una clase excluya a la otra en la participación de los
beneficios. Exige que las riquezas, que se van aumentando constantemente merced al
desarrollo económico social, se distribuyan entre cada una de las personas y clases de
hombres, de modo que quede a salvo esa común utilidad de todos, tan alabada por León
XIII o, con otras palabras, que se conserve inmune al bien común de toda la
sociedad [22]
La justicia social apunta al bien común el cual, en la actualidad, consiste
principalmente en la defensa de los derechos humanos los cuales, según el CDSI, (388-
398), constituyen una norma objetiva, fundamento del derecho positivo, y deben ser
reconocidos, respetados y promovidos por la autoridad por cuanto son anteriores al
Estado, son innatos a la persona humana. Y esto –teniendo como referencia al problema
de la deuda social- apunta a la dimensión comunitaria: “La visión cristiana de la
sociedad política otorga la máxima importancia al valor de la comunidad, ya sea como
modelo organizativo de la convivencia, ya sea como estilo de vida
cotidiana”(CDSI,392).
21
Actividad político- económica, desarrollo integral y deuda social
La pobreza nos exige tomar conciencia de su “dimensión social y
económica” [23] . Porque ante todo es un problema humano. Tiene nombres y
apellidos, espíritus y rostros. Acostumbrarnos a vivir con excluidos y sin equidad social,
es una grave falta moral que deteriora la dignidad del hombre y compromete la armonía
y la paz social [24]
Existe una relación inversa entre desarrollo humano y deuda social. No se trata de
una noción de desarrollo limitada a los aspectos económicos, sino de desarrollo integral
que implica la expansión de todas las capacidades de la persona. A menos desarrollo
más deuda social. Por tanto desarrollo y equidad deben encararse conjunta y no
separadamente, y cuando la inequidad se convierte en lugar común o en atmósfera de
vida política cotidiana entonces se aleja del campo político la lucha de igualdad de
oportunidades, nivelando hacia abajo, hacia la mera lucha por la supervivencia.
La actividad económica no puede resolver todos los problemas sociales ampliando
sin más la lógica mercantil. Debe estar ordenada a la consecución del bien
común, que es responsabilidad sobre todo de la comunidad política. Por tanto, se debe
tener presente que separar la gestión económica, a la que correspondería únicamente
producir riqueza, de la acción política, que tendría el papel de conseguir la justicia
mediante la redistribución, es causa de graves desequilibrios.
La Doctrina Social de la Iglesia sostiene que se pueden vivir relaciones
auténticamente humanas, de amistad y de sociabilidad, de solidaridad y reciprocidad,
también dentro de la actividad económica y no solamente fuera o «después» de ella. El
sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano ni antisocial por naturaleza.
Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e
institucionalizada éticamente[25]
El Papa Pablo VI refiriéndose al uso del capital invitaba a valorar seriamente el
daño que la transferencia de capitales al extranjero, por puro provecho personal, puede
ocasionar a la propia nación [26] Juan Pablo II advertía que dadas ciertas condiciones
económicas y de estabilidad política absolutamente imprescindibles, la decisión de
invertir, esto es, de ofrecer a un pueblo la ocasión de dar valor al propio trabajo, está
asimismo determinada por una actitud de querer ayudar y por la confianza en la
Providencia, lo cual muestra las cualidades humanas de quien decide.
El Papa Benedicto XVI en su Carta Social Caritas in Veritate reiteraba que todo
esto mantiene su validez en nuestros días a pesar de que el mercado de capitales haya
sido fuertemente liberalizado y la moderna mentalidad tecnológica pueda inducir a
pensar que invertir es sólo un hecho técnico y no humano ni ético. No se puede negar
que un cierto capital puede hacer el bien cuando se invierte en el extranjero en vez de en
la propia patria. Pero deben quedar a salvo los vínculos de justicia, teniendo en cuenta
también cómo se ha formado ese capital y los perjuicios que comporta para las personas
el que no se emplee en los lugares donde se ha generado.
Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros esté motivado por la
especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio inmediato, en vez
de la sostenibilidad de la empresa a largo plazo, su propio servicio a la economía real y
la promoción, en modo adecuado y oportuno, de iniciativas económicas también en los
países necesitados de desarrollo.
Sin embargo, no es lícito deslocalizar únicamente para aprovechar particulares
condiciones favorables, o peor aún, para explotar sin aportar a la sociedad local una
verdadera contribución para el nacimiento de un sólido sistema productivo y social,
22
factor imprescindible para un desarrollo estable[27]. El capital también tiene patria,
podríamos decir.
“En este sentido, la necesidad de un Estado activo, transparente, eficaz y eficiente
que promueva políticas públicas es una nueva forma de opción por nuestros hermanos
más pobres y excluidos.
Ratificar y potenciar la opción del amor preferencial por los pobres (DA, 396) que
brota de nuestra fe en Jesucristo (Cf. DI, 3; DA, 393-394),«requiere que socorramos las
necesidades urgentes y al mismo tiempo que colaboremos con otros organismos e
instituciones para organizar estructuras más justas. Igualmente se requieren nuevas
estructuras que promuevan una auténtica convivencia” [28]
Conclusión
La “deuda social” exige la realización de la justicia social. Juntas, nos interpelan
a todos los actores sociales, en particular al Estado, a la dirigencia política, al capital
financiero, los empresarios, agropecuarios e industriales, sindicatos, las Iglesias y demás
organizaciones sociales.
Pensemos que, según distintas fuentes, hay aproximadamente ciento cincuenta mil
millones de dólares de argentinos en el exterior, sin contar los que están en el país fuera
del circuito financiero, y que además los medios de comunicación nos informan que se
van del país aproximadamente dos mil millones de dólares más por mes.
Me pregunto, les pregunto: ¿qué podemos hacer para que estos recursos sean
puestos al servicio del país en orden a saldar la “deuda social” y generar las
condiciones para un desarrollo integral para todos?
En nuestro caso, la “deuda social” son millones de argentinas y argentinos, la
mayoría niños y jóvenes, que exigen de nosotros una respuesta ética, cultural y
solidaria. Esto nos obliga a trabajar para cambiar las causas estructurales y las actitudes
personales o corporativas que generan esta situación; y a través del diálogo lograr los
acuerdos que nos permitan transformar esta realidad dolorosa a la que nos referimos al
hablar de la “deuda social”.
La Iglesia al reconocer y hablar de la “deuda social”, pone de manifiesto una vez
más su amor y opción preferencial por los pobres y marginados [29] con quienes
Jesucristo se identificó especialmente (Mt. 25, 40). Lo hace a la luz del primado de la
caridad, atestiguado por la tradición cristiana, comenzando por la Iglesia peregrina”
(Cfr. Hech 4,32; 1 Co. 16,1; 2 Co. 8-9; Ga. 2,10) [30], y siguiendo la tradición profética
(Is. 1, 11-17, Jer 7, 4-7; Am 5, 21-25).
Para la Iglesia es esencial tratar el problema de la deuda social porque el hombre, y
en particular los pobres, son precisamente el camino de la Iglesia porque fue el camino
de Jesucristo.
Card. Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires
Notas
[1] Cf. Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016) 5.Documento de los
obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina,
Pilar, 14/11/2008.
[2] H acia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016) 5.Documento de los
23
obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina ,
Pilar, 14/11/2008.
[3] Cf. Para profundizar la pastoral social 4. Carta del Episcopado en el marco de la
88ª Asamblea Plenaria, San Miguel, 11/11/2004.
[4] “[cuando el individuo] se individualiza más allá de cierto punto, si se separa
demasiado radicalmente de los demás seres, hombres o cosas, se encuentra
incomunicada con las fuentes mismas de las que normalmente debería alimentarse, ya
no tiene nada a que poder aplicarse. Al hacer el vacío a su alrededor, ha hecho el vacío
dentro de sí misma y no le queda nada más para reflexionar más que su propia miseria.
Ya no tiene como objeto de meditación otra cosa que la nada que está en ella y la
tristeza que es su consecuencia”.[4] Una vida sin sentido implica una vida sin arraigo
social. DURKHEIM, Emil, El Suicidio, Shapire Editor, Buenos Aires 1971, p 225
[5] Cf. Para profundizar la pastoral social 4. Carta del Episcopado en el marco de la
88ª Asamblea Plenaria, San Miguel, 11/11/2004.
[6] DSD 167. IV Conferencia general del Episcopado Latinoamericano.Documento de
Santo Domingo. 12-28 de Octubre del 1992
[7] Cfr. CDSI 153 Pontificio Consejo «Justicia y Paz» Compendio de la Doctrina
Social de la Iglesia. 2005
[8] MM 219. SS. Juan XXIII: Mater et Magistra. Carta encíclica sobre los recientes
desarrollos de la cuestión social a la luz de la doctrina cristiana. 14/05/1961
[9] CA 28 SS. JUAN PABLO II : “Centesimus Annus” Carta Encíclica en el centenario
de la Rerum Novarum. 05/01/1991
[10] CV 75 SS. Benedicto XVI, Caritas in Veritate, Carta encíclica sobre el desarrollo
humano integral en la caridad y en la verdad. 29/06/09
[11] CA 34 SS. JUAN PABLO II: “Centesimus Annus” Carta Encíclica en el centenario
de la Rerum Novarum. 05/01/1991
[12] Ib.
[13] DA 65. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.
DOCUMENTO CONCLUSIVO, Aparecida, 13 1l 31 de Mayo de 2007.
[14] (JP II, 16 nov. 1980)
[15] NMA,34. Navega mar Adentro . Documento de los obispos al término la 85ª
Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina, San Miguel, 31/5/2003)
[16] DA 22. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe.
DOCUMENTO CONCLUSIVO, Aparecida, 13 al 31 de Mayo de 2007.
[17] DP29. III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. DOCUMENTO
CONCLUSIVO, Puebla, 1979.
[18] DI III 4. SS. Juan Pablo II, Discurso Inaugural en el Seminario Palafoxiano de
Puebla de los Ángeles, México. 28/01/1979
[19] DP29 Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. DOCUMENTO
CONCLUSIVO, Puebla, 1979
[20] GS 29. Concilio Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes.Sobre La
Iglesia en el mundo actual. 07/12/1965.
[21] DCE 28. SS BENEDICTO XVI, Deus caritas est, Carta encíclica sobre el amor
cristiano . 25/12/2005.
[22] QA57. SS. PÍO XI, Quadragesimo anno, Carta encíclica sobre la restauración del
orden social en perfecta conformidad con la ley evangélica al celebrarse el 40º
aniversario de la encíclica “Rerum novarum” de León XIII. 15/03/31
[23] Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016) 5.Documento de los
obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina,
Pilar, 14/11/ 2008.
24
[24] Afrontar con grandeza la situación actual 6b. Los Obispos de la Argentina, San
Miguel, 11/11/2000.
[25] CV 36, a y c . SS. Benedicto XVI, Caritas in Veritate, Carta encíclica sobre el
desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad. 29/06/09
[26] PP 24. SS. Pablo VI, Populorum Progressio Carta encíclica sobre la necesidad de
promover el desarrollo de los pueblos. 26/03/1967
[27] Cf CV 40b
[28] Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad (2010-2016)18b. Documento de
los obispos al término la 96ª Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina,
Pilar, 14 /11/2008.
[29] SS. Benedicto XVI, Combatir la pobreza, construir la paz. Mensaje para la
celebración de la Jornada Mundial de la paz. 01/01/2009.
[30] Ib.
CARTA A LAS MONJAS CARMELITAS
(Con motivo de la propuesta de ley sobre el “matrimonio
homosexual”)
Carta del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires a las Monjas
Carmelitas de la arquidiócesis de Buenos Aires (22 de junio de 2010).
Queridas hermanas:
Les escribo estas líneas a cada una de Ustedes que están en los cuatro Monasterios de
Buenos Aires. El pueblo argentino deberá afrontar, en las próximas semanas, una
situación cuyo resultado puede herir gravemente a la familia. Se trata del proyecto de
ley sobre matrimonio de personas del mismo sexo.
Aquí está en juego la identidad, y la supervivencia de la familia: papa, mamá e hijos.
Está en juego la vida de tantos niños que serán discriminados de antemano privándolos
de la maduración humana que Dios quiso se diera con un padre y una madre. Está en
juego un rechazo frontal a la ley de Dios, grabada además en nuestros corazones.
Recuerdo una frase de Santa Teresita cuando habla de su enfermedad de infancia. Dice
que la envidia del Demonio quiso cobrarse en su familia la entrada al Carmelo de su
hermana mayor. Aquí también está la envida del Demonio, por la que entró el pecado en
el mundo, que arteramente pretende destruir la imagen de Dios: hombre y mujer que
reciben el mandato de crecer, multiplicarse y dominar la tierra. No seamos ingenuos: no
se trata de una simple lucha política; es la pretensión destructiva al plan de Dios. No se
trata de un mero proyecto legislativo (éste es sólo el instrumento) sino de una “movida”
del padre de la mentira que pretende confundir y engañar a los hijos de Dios.
Jesús nos dice que, para defendernos de este acusador mentiroso, nos enviará el Espíritu
de Verdad. Hoy la Patria, ante esta situación, necesita de la asistencia especial del
25
Espíritu Santo que ponga la luz de la Verdad en medio de las tinieblas del error; necesita
de este Abogado que nos defienda del encantamiento de tantos sofismas con que se
busca justificar este proyecto de ley, y que confunden y engañan incluso a personas de
buena voluntad.
Por esto recurro a Ustedes y les pido oración y sacrificio, las dos armas invencibles que
confesaba tener Santa Teresita. Clamen al Señor para que envíe su Espíritu a los
Senadores que han de dar su voto. Que no lo hagan movidos por el error o por
situaciones de coyuntura sino según lo que la ley natural y la ley de Dios les señala.
Pidan por ellos, por sus familias; que el Señor los visite, los fortalezca y consuele. Pidan
para que ellos hagan un gran bien a la Patria.
El proyecto de ley se tratará en el Senado después del 13 de julio. Miremos a San José,
A María y al Niño y pidamos con fervor que ellos defiendan a la familia argentina en
este momento. Recordémosle lo que Dios mismo dijo a su pueblo en un momento de
mucha angustia: “esta guerra no es vuestra sino de Dios”. Que ellos nos socorran,
defiendan y acompañen en esta guerra de Dios.
Gracias por lo que harán en esta lucha por la Patria. Y, por favor, les pido también que
recen por mí. Que Jesús las bendiga y la Virgen Santa las cuide.
Afectuosamente,
Card. Jorge Mario Bergoglio s.j., arzobispo de Buenos Aires
DÍA DEL NIÑO POR NACER
Desgrabación de la homilía del cardenal Jorge M. Bergoglio, arzobispo de Buenos
Aires, en la misa celebrada en la catedral metropolitana, tras la cual se rezó un
rosario por la vida (25 de marzo de 2012)
… la gracia de participar generosamente de ese amor que llevó a su Hijo Jesús a
entregarse a la muerte para darnos la vida a nosotros.
La gracia de hacer nuestro este mensaje del Evangelio, de hacer nuestro el camino
que Jesús siguió. Dar su vida para que nosotros tuviéramos vida, negarse a sí mismo en
favor de nosotros.
Un camino nada fácil, que los llevó por tortuosos senderos de
incomprensión, persecución, incluso con angustias. En este pasaje que acabamos de
escuchar, Jesús dice: Mi alma ahora está turbada, pero he llegado para esto. Y acá se
proyecta esa turbación, esa tristeza, esa angustia del Corazón de Jesús, esa soledad
enorme en el huerto de los Olivos, que lo hace sudar sangre. Y eso por nosotros, para
que tengamos vida… y vida en abundancia. Y para que no tengamos dudas de que éste
es el camino y no otro, nos habla del grano de trigo: Si el grano de trigo no muere,
permanece solo, no da fruto.
Y nos dice que va a atraer todo cuando vaya a ser levantado en alto, es decir, 26
cuando esté pagando con su vida nuestro rescate. Obviamente, estamos frente al
misterio más grande. Dios que se hace hombre, que toma nuestra condición humana,
para pagar nuestras deudas, para defender nuestra vida, para darnos vida.
Y éste es el camino para cuidar la vida, entregar la propia. El que tiene apego a su
vida la perderá. El que no está apegado a su vida en el este mundo la conservará para la
vida eterna.
El egoísmo nos lleva a apegarnos a nuestra propia vida, hasta tal punto de
disimular la situación de peligro o de injusticia de otras vidas, vidas que están en
camino, están por nacer, vidas que están creciendo y que corren el riesgo de caer en
manos que les deformen en corazón. La vida de nuestros chicos, las vidas de nuestros
jóvenes, vidas que empiezan a trabajar y tienen que aprender a sortear las dificultades
sin vender su conciencia, vidas a las que hay que acompañar y enseñarles a no venderse.
Siempre hay un sobrecito tentador que se da a cambio de aceptar una idea o de hacerse
el distraído mirando hacia otro lado. Vidas que tiene que engendrar y dar como herencia
valores, valores humanos y valores divinos. Vidas que se van añejando en esa sabiduría
de los ancianos que nos piden por favor que los cuidemos, que no los abandonemos, que
no los despachemos para sacárnoslos de encima.
Cuidar la vida, y solamente se la cuida como la cuidó Jesús. Y cuidar la vida
entraña el cuidarnos entre nosotros, el más pequeñito, que apenas se ve en una
ecografía, el más anciano, añejo de sabiduría por haber caminado y trabajado con
dignidad.
Y también cuidar la vida de aquel que se desvió, no condenar, rezar por él, hacer
penitencia por él, pedir la misericordia de Dios por él.
Tantos Herodes que no sólo no se ocupan de la vida de los demás sino que la
limitan, la acotan o la matan. Pedir, orar, todo eso es morir a uno mismo, para que la
vida crezca en los demás, todo eso es morir como Jesús para que la vida sea cuidada.
Escuchemos la voz de Jesús en el Evangelio, el que tiene apego a su vida la va a
perder. Cuidar la vida de mi hermano, cuidar la vida de cualquier ser humano
supone sacrificio, supone cruz, supone no cuidarme yo. Supone que nos sea concedida
esa gracia. Le pedimos al comenzar la misa: “Padre, danos la gracia de participar
generosamente de este amor que llevó a tu Hijo a entregarse por nosotros.
En esta misa pidamos la gracia de cuidarnos mutuamente, de cuidar toda la vida,
de trabajar para que tantos Herodes que se dan a lo largo del transcurso de una vida, no
logren su cometido: facilitemos huidas a Egipto para cuidar a los hermanos, desde los
más chiquitos hasta los más grandes.
La que nos da un ejemplo de cómo se cuida la vida es Ella, que cuidó a Dios
chiquitito y cuidó a Dios clavado en una Cruz, de pie y de pie, con fortaleza y
generosidad.
Madre, enséñanos a cuidar la vida.
Card. Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires

 

Angelus – Regina Coeli 2013

Viaje Apostólico a Río de Janeiro (Brasil)
con ocasión de la
XXVIII Jornada Mundial de la Juventud
(22-29 julio 2013)
 

JMJ Rio de Janeiro 2013

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