* SANTOS DEL DIA “San Ezequiel Moreno Díaz, religioso y obispo y San Juan Eudes, presbítero y fundador ” 19 de agosto

            
San Ezequiel Moreno Díaz, religioso y obispo
fecha: 19 de agosto
n.: 1848†: 1906país: España
canonización: B: Pablo VI 1 nov 1975 – C: Juan Pablo II 11 oct 1992
hagiografía: Agustinos Recoletos
Elogio: San Ezequiel Moreno Díaz, obispo de Pasto, en Colombia, de la Orden de Agustinos Recoletos, que dedicó toda su vida a anunciar el Evangelio, tanto en las Islas Filipinas como en América del Sur, y falleció en Monteagudo, lugar de Navarra, en España.
Oración: Oh Dios, que nos ofreces en san Ezequiel, obispo, un modelo de fidelidad al Evangelio y de pastor según el Corazón de tu Hijo; concédenos, por su intercesión, que, viviendo con alegría nuestro testimonio cristiano, estemos plenamente dirigidos a ti y consagrados al servicio de tu Iglesia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

Dios elige a los humildes para hacer cosas grandes. Y humildes fueron los orígenes del que había de ser restaurador de los agustinos recoletos en Colombia, promotor de tres circunscripciones misioneras en esa misma nación, obispo de Pasto y defensor de la Iglesia en su enfrentamiento con el liberalismo en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX.

San Ezequiel Moreno nació el año 1848 en Alfaro (La Rioja). Como hijo del pueblo su niñez y adolescencia carecen de historia. Apenas hay en ellas lances dignos de ser recordados. Sus padres, Félix Moreno y Josefa Díaz, eran de extracción humilde y de religiosidad acendrada. Su padre, un modesto sastre, era conocido por su piedad. Ezequiel, el tercero de sus seis hijos, asistió a la escuela pública, formó parte de la capilla de música del pueblo y sirvió a las monjas dominicas de monaguillo y sacristán. De 1861 a 1864 cursó latinidad con intención de ingresar en el noviciado misionero que los agustinos recoletos tenían en el vecino pueblo de Monteagudo, donde ya se encontraba su hermano Eustaquio. El 21 de septiembre de 1864 tomó el hábito religioso y al año siguiente pronunció los votos y el juramento de pasar a las misiones de Filipinas. Entre 1864 y 1871 completó su formación teológica y espiritual en los seminarios de la orden. El 2 de junio de 1871, a los 23 años de edad, recibió la ordenación sacerdotal en Manila.

Misionero y formador de misioneros, 1870-1888

De 1872 a 1885 ejerció el ministerio sacerdotal en varias islas de Filipinas: Palawan (1872), Mindoro (1873-76) y Luzón (1876-85). Sus ocupaciones fueron las ordinarias de un párroco de la época: misa diaria, catequesis infantil, homilía dominical, atención a los enfermos, dirección de asociaciones católicas, etc. La catequesis, los enfermos y las correrías misionales por los campos de sus parroquias ocupaban su tiempo. En Palawan y Mindoro entró en relación con los infieles que todavía abundaban en amplias zonas de su geografía. Y en todas partes hacía frecuentes visitas a los cristianos diseminados por campos, ríos y sementeras, y desprovistos de servicios civiles y religiosos.

En 1885 volvió a España como prior del noviciado de Monteagudo. En él vivió tres años dedicado a la formación de los futuros misioneros. En sus pláticas a la comunidad torna una y otra vez sobre el culto litúrgico, las devociones populares, el aseo del templo y de los ornamentos sagrados, las ceremonias y el espíritu que debe nutrirlas. Privilegia a la oración mental y al oficio divino, pero de vez en cuando siente la necesidad de asociarse al pueblo y cantar con él las alabanzas del Señor. Saboreaba particularmente la Hora Santa del Jueves Santo, las primeras comuniones, las celebraciones de mayo y junio y otras funciones en honor del Sagrado Corazón y de la Virgen.

Su segunda preocupación fue la observancia regular. A ejemplo de san Pablo, veía en la ley un pedagogo insustituible, que señala al alma el camino que conduce a Cristo, la libra de falsos espejismos y le ahorra multitud de idas y venidas. Las constituciones, el ceremonial, el ritual, cualquier orden o precepto de los superiores suscitaban en su corazón reverencia y acatamiento, y como superior se sentía obligado a trasmitir a sus súbditos esos mismos sentimientos.

En estos años la comunidad era el centro de su vida, pero nunca la quiso aislada del mundo circunstante. Prestaba gustoso sus servicios a los párrocos vecinos, atendía a las comunidades religiosas de la comarca y en momentos de penuria se volcaba en ayuda de los necesitados. Durante la carestía de 1887 llegó a socorrer diariamente a unos 400 menesterosos. De ordinario eran más de trescientos los menesterosos que se acercaban diariamente a la puerta del convento en demanda de una comida regular (Juan Cruz Gómez, 28 enero 1897).

Restaurador de los agustinos recoletos en Colombia y vicario apostólico de Casanare, 1889-1896

A finales de 1888 Ezequiel cruza el océano con rumbo a Colombia, donde residirá hasta principios de 1906, en que la enfermedad le obligó a tornar a su patria. Este viaje divide su vida en dos grandes secciones. La primera, según queda apuntado, se asemeja a la de tantos religiosos y párrocos de la época. En la segunda adquiere relieve público y se convierte en símbolo de una causa. Actúa en ambientes más complejos y desempeña funciones más delicadas.

Hasta 1894 reside en Santafé de Bogotá, ocupado en la restauración de la antigua provincia agustino-recoleta de Colombia, reducida entonces a un minúsculo grupo de religiosos exclaustrados, dispersos por parroquias y capellanías y ayunos de espíritu corporativo. Simultáneamente desarrolla una intensa actividad apostólica y promueve la restauración de las misiones de Casanare, en decadencia desde los días de la Independencia (1810-21) y casi desamparadas durante los últimos cinco lustros. En 1893 la Santa Sede creaba el vicariato apostólico de Casanare y confiaba su administración al padre Ezequiel, a quien elevaba a la dignidad episcopal. Casanare se convertía así en el primer vicariato apostólico de Colombia y abría una nueva época en la historia de sus misiones.

Su permanencia en Casanare no llegó a dos años y durante varios meses se vio entorpecida por la guerra civil y los rumores de su traslado a la sede de Pasto. Sin embargo, recorrió todo su territorio y confeccionó un buen programa pastoral. Distribuyó a sus 16 misioneros en cuatro puntos: Arauca, al norte; Támara, en el centro; Orocué, al sur; y Chámeza, al oeste. Impulsó la catequesis y se interesó por los infieles guahibos y sálivas, para cuyos hijos preparó sendos orfanatos, organizó asociaciones católicas y, sobre todo, se empeñó en que la palabra de Dios volviera a resonar con regularidad en aquellos inmensos parajes.

Obispo de Pasto, 1896-1906

El 2 de diciembre de 1895 fue preconizado obispo de Pasto, pero hasta junio del año siguiente no pudo trasladarse a su destino. Fue un pastor vigilante, consciente de su responsabilidad y atento a las necesidades de sus ovejas, a las que supo alimentar con doctrina segura y abundante. Sus circulares, pastorales y opúsculos doctrinales, transparentes y transidos de fervor, eran buscados dentro y fuera de su diócesis, porque afrontaban los temas más candentes de cada momento y proponían una doctrina inspirada en los valores perennes del Evangelio. Su enfrentamiento con el liberalismo no es más que una simple manifestación de su celo pastoral. Veía en él un cuerpo de ideas y procedimientos contrarios al cristianismo y una voluntad explícita de desterrar a Cristo de la sociedad y de las almas. Sus ideas proceden de las encíclicas de Pío IX y León XIII, que conocía a la perfección, del magisterio de otros obispos y de prestigiosos moralistas, canonistas y tratadistas religiosos de la época. Pero la educación recibida, la tradición antirreligiosa del liberalismo colombiano y la virulencia antieclesiástica del gobierno de Ecuador, contiguo y en estrecha comunicación con su diócesis, le inclinaron a interpretar las orientaciones romanas en sentido restrictivo.

Giró varias visitas pastorales, llegando incluso a las regiones más inhóspitas de su vastísima diócesis (160.000 km2). Promovió la creación de sendas prefecturas apostólicas en el Caquetá y Tumaco. Dio gran impulso a las misiones populares, al culto al Sagrado Corazón y, sobre todo, a la catequesis, a la que dedicó varias circulares y pastorales. En las visitas pastorales le gustaba presenciar la catequesis «sentado en cualquier asiento y a veces en el suelo». Otras veces la dirigía él mismo al aire libre y sentado sobre un tronco de árbol. A los párrocos les recordó la obligación de no omitir la homilía durante la misa del domingo ni la instrucción religiosa después de ella.

Visitaba semanalmente el hospital y el orfanato y, menos a menudo, la cárcel. De vez en cuando se sentaba en el confesionario. Las fiestas más solemnes y los domingos de adviento y cuaresma predicaba en la catedral. Siguió de cerca la formación de sus seminaristas y envió a dos de ellos a ampliar estudios en Roma. Con el clero, tanto secular como regular, estuvo siempre en buenas relaciones. Los ejercicios anuales solía celebrarlos en compañía del clero diocesano. No admitía acusación alguna contra sus sacerdotes que no estuviera sufragada por dos o más testigos.

Última enfermedad y muerte

San Ezequiel no fue mártir en sentido estricto. Pero sufrió penas y dolores de auténtico mártir. Su vida entera rezuma privaciones, sufrimientos, dolores físicos y morales. Y sus últimos meses fueron un martirio prolongado. A finales de junio de 1905 advierte la presencia de unas llagas malignas en la nariz. Se siente débil, con la cabeza cargada y molestias en la boca. Pero durante meses conduce la vida de siempre. Se levanta a la misma hora, despacha los asuntos ordinarios y hasta piensa en la erección de una prefectura apostólica en Tumaco. A finales de octubre recibe con la máxima serenidad la confirmación de que el origen de todos sus males es un cáncer maligno: «Me he puesto en las manos de Dios. Él hará su santa voluntad».

El clero de la diócesis no compartió su indiferencia y le ordenó viajar a Barcelona, donde se esperaba que un célebre cirujano pudiera operarlo con éxito. Él acata la voluntad de su clero y el 18 de diciembre sale rumbo a Barcelona. Iba postrado, sin apetito y con dolores continuos. Sin embargo, no se le escapa un lamento y tiene ánimos para ir a despedirse de la Virgen de Las Lajas, ordenar a un diácono en el camino y celebrar misa todos los días.

El 10 de febrero llegaba a Madrid, pero tan desmejorado que los religiosos de su orden no le permitieron seguir a Barcelona. El 14 entraba en el quirófano de la clínica del Rosario, donde durante tres horas soportó horribles torturas «con heroísmo de santo y bienaventurado», sin una queja, sin un movimiento de protesta. Le extirparon las tumoraciones de las dos fosas nasales, el vómer y el hueso etmoides, todo lo cual exigió la resección completa de la nariz. Luego le rasparon el velo del paladar, el cielo de la boca y otros tejidos cancerosos. Varios de estos cortes y raspamientos los soportó en estado de plena conciencia, porque «la situación especial de su lesión» aconsejó la suspensión de la anestesia. Las mismas muestras de fortaleza dio en una segunda operación a que fue sometido el día 29 de marzo, así como en las cauterizaciones, raspamientos y amputaciones de los apéndices cárnicos que periódicamente se le reproducían en la boca.

Por desgracia estos tormentos no le devolvieron la salud y ni siquiera aliviaron sus dolores. Consciente de la proximidad de su fin, el 31 de mayo decide abandonar Madrid y viaja a Monteagudo para rendir su alma al Creador al lado de su amada Virgen del Camino: «voy a morirme al lado de mi madre». El 19 de agosto, tras ajustarse él mismo las ropas de la cama y con la mirada fija en el crucifijo, exhalaba su último suspiro.

El halo de santidad que le había rodeado de vivo creció con su muerte. En 1910 la autoridad diocesana abría en Pasto el proceso informativo sobre su vida y virtudes, que, tras más de sesenta años de estudio, habrían de conducir a su beatificación el 1 de noviembre de 1975 y a su canonización el 11 de octubre de 1992. Su cuerpo incorrupto se venera en la iglesia del convento de Monteagudo.

Extractado de «San Ezequiel Moreno, obispo de Pasto – Trayectoria biográfica», por A. Martínez Cuesta
Bibliografía citada por el autor: Cartas pastorales, circulares y otros escritos del ilmo Ezequiel Moreno, ed. de T. Minguella, Madrid 1908; Epistolario del beato Ezequiel Moreno, ed. de A Martínez Cuesta, Roma 1982; Obras completas. Vols. 1-4: Epistolario, Madrid 2006- 2007; T. Minguella, Biografía del Ilmo. fr. Ezequiel Moreno, Barcelona 1909; A. Martínez Cuesta, Beato Ezequiel Moreno. El camino del deber, Roma 1975; IDEM, San Ezequiel Moreno, fraile, obispo y misionero, Madrid 1992.

fuente: Agustinos Recoletos

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San Juan Eudes, presbítero y fundador
fecha: 19 de agosto

San Juan Eudes, presbítero y fundador
fecha: 19 de agosto
n.: 1601†: 1680país: Francia
canonización: B: Pío X 25 abr 1909 – C: Pío XI 31 may 1925
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
Elogio: San Juan Eudes, presbítero, que durante muchos años se dedicó a la predicación en las parroquias y después fundó la Congregación de Jesús y María, para la formación de los sacerdotes en los seminarios, y otra de religiosas de Nuestra Señora de la Caridad, para fortalecer en la vida cristiana a las mujeres arrepentidas. Fomentó de una manera especial la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, hasta que en Caen, de la región de Normandía, en Francia, descansó piadosamente en el Señor.
Oración: Oh Dios, que elegiste a san Juan Eudes para anunciar al mundo las insondables riquezas del misterio de Cristo, concédenos, te rogamos, que, por su palabra y su ejemplo, crezcamos en el conocimiento de tu verdad y vivamos según el Evangelio. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

En la segunda mitad del siglo XVI, vivía en Ri, en Normandía, Francia, un granjero llamado Isaac Eudes, casado con Marta Corbin. Como no tuviesen hijos al cabo de dos años de matrimonio, ambos esposos fueron en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora. Nueve meses después tuvieron un hijo, al que siguieron más tarde otros cinco. El primogénito recibió el nombre de Juan y, desde niño, dio muestras de gran inclinación a la virtud. Se cuenta que, cuando tenía nueve años, un compañero de juegos le abofeteó; en vez de responder en la misma forma, Juan siguió el consejo evangélico y le presentó la otra mejilla. Pero no todos los niños que hacen eso, alcanzan el honor de los altares, de suerte que no hay que dar demasiada importancia a ese género de cosas. A los catorce años, Juan ingresó en el colegio de los jesuitas de Caén. Sus padres deseaban que se casara y siguiera trabajando la granja de la familia, Pero Juan, que había hecho voto de virginidad, recibió las órdenes menores en 1621 y estudió la teología en Caén con la intención de consagrarse a los ministerios parroquiales. Sin embargo, poco después determinó ingresar en la congregación del oratorio, que había sido fundada en 1611 por el futuro cardenal Pedro de Bérulle. Tras de recabar con gran dificultad el permiso paterno, fue recibido en París por el superior general en 1623. Juan había sido hasta entonces un joven ejemplar; su conducta en la congregación no lo fue menos, de suerte que el P. Bérulle le dio permiso de predicar, aunque sólo había recibido las órdenes menores. Al cabo de un año en París, Juan fue enviado a Aubervilliers a estudiar bajo la dirección del P. Carlos de Condren, el cual, según la expresión de santa Juana Francisca de Chantal, «estaba hecho para educar ángeles». El fin de la congregación del oratorio consistía en promover la perfección sacerdotal y Juan Eudes tuvo la suerte de ser introducido en ella por dos hombres de la talla de Condren y Bérulle.

Dos años más tarde, se desató en Normandía una violenta epidemia de peste, y Juan se ofreció para asistir a sus compatriotas. Bérulle le envió al obispo de Séez con una carta de presentación, en la que decía: «La caridad exige que emplee sus grandes dones al servicio de la provincia en la que recibió la vida, la gracia y las órdenes sagradas, y que su diócesis sea la primera en gozar de los frutos que se pueden esperar de su habilidad, bondad, prudencia, energía y vida». El P. Eudes pasó dos meses en la asistencia a los enfermos en lo espiritual y en lo material. Después fue enviado al oratorio de Caén, donde permaneció hasta que una nueva epidemia se desató en esa ciudad, en 1631. Para evitar el peligro de contagiar a sus hermanos, Juan se apartó de ellos y vivió en el campo en un enorme barril, donde recibía diariamente la comida del convento. Pasó los diez años siguientes en la prédica de misiones al pueblo, preparándose así para la tarea a la que Dios le tenía destinado. En aquella época empezaron a organizarse las misiones populares en su forma moderna. San Juan Eudes se distinguió entre todos los misioneros. En cuanto acababa de predicar, se sentaba a oír confesiones, ya que, según él, «el predicador agita las ramas, pero el confesor es el que caza los pájaros». Mons. Le Camus, amigo de san Francisco de Sales, dijo refiriéndose al P. Eudes: «Yo he oído a los mejores predicadores de Italia y Francia y os aseguro que ninguno de ellos mueve tanto a las gentes como este buen padre». San Juan Eudes predicó en su vida ciento diez misiones.

Una de las experiencias que adquirió durante sus años de misionero, fue que las mujeres de mala vida que intentaban convertirse, se encontraban en una situación particularmente difícil. Durante algún tiempo, trató de resolver la dificultad alojándolas provisionalmente en las casas de las familias piadosas, pero cayó en la cuenta de que el remedio no era del todo adecuado. Magdalena Lamy, una mujer de humilde origen, que había dado albergue a varias convertidas, dijo un día al santo: «Ahora os vais tranquilamente a una iglesia a rezar con devoción ante las imágenes y con ello creéis cumplir con vuestro deber. No os engañéis, vuestro deber es alojar decentemente a estas pobres mujeres que se pierden porque nadie les tiende la mano». Estas palabras produjeron profunda impresión en san Juan Eudes, quien alquiló en 1641 una casa para las mujeres arrepentidas, en la que podían albergarse en tanto que encontraban un empleo decente. Viendo que la obra necesitaba la atención de las religiosas, el santo la ofreció a las visitandinas, quienes se apresuraron a aceptarla.

Después de mucho orar, reflexionar y consultar, san Juan Eudes abandonó la congregación del oratorio en 1643. La experiencia le enseñó que el clero necesitaba reformarse antes que los fieles y que la congregación sólo podría conseguir su fin mediante la fundación de seminarios. El P. Condren, que había sido nombrado superior general, estaba de acuerdo con el santo; pero su sucesor, el P. Bourgoing, se negó a aprobar el proyecto de la fundación de un seminario en Caén. Entonces el P. Eudes decidió formar una asociación de sacerdotes diocesanos, cuyo fin principal sería la creación de seminarios con miras a la formación de un clero parroquial celoso. La nueva asociación quedó fundada el día de la Anunciación de 1643, en Caén, con el nombre de “Congregación de Jesús y María”. Sus miembros, como los del oratorio, eran sacerdotes diocesanos y no estaban obligados por ningún voto. San Juan Eudes y sus cinco primeros compañeros se consagraron a “la Santísima Trinidad, que es el primer principio y el último fin de la santidad del sacerdocio”. El distintivo de la congregación era el Corazón de Jesús, en el que estaba incluido místicamente el de María, como símbolo del amor eterno de Jesús por los hombres. La congregación encontró gran oposición, sobre todo por parte de los jansenistas y de los padres del Oratorio. En 1646, el P. Eudes envió a Roma, al P. Manoury, para que recabase la aprobación pontificia para la congregación, pero la oposición era tan fuerte, que la empresa fracasó.

En 1650, el obispo de Coutances pidió a San Juan que fundase un seminario en dicha ciudad. El año siguiente, M. Olier, que consideraba al santo como «la maravilla de su época», le invitó a predicar una misión de diez semanas en la iglesia de San Sulpicio de París. Mientras se hallaba en esa misión, el P. Eudes recibió la noticia de que el obispo de Bayeux acababa de aprobar la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio, formada por las religiosas que atendían a las mujeres arrepentidas de Caen. En 1653, san Juan fundó en Lisieux un seminario, al que siguió otro en Rouen en 1659. En seguida, el santo se dirigió a Roma a tratar de conseguir la aprobación pontificia para su congregación; pero los santos no siempre tienen éxito, y san Juan Eudes fracasó en Roma, en parte, por falta de tacto y de prudencia. Un año después, una bula de Alejandro VII aprobó la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio. Ese fue el coronamiento de la obra que el P. Eudes y Magdalena Lamy habían emprendido treinta años antes en favor de las pecadoras arrepentidas. San Juan siguió predicando misiones con gran éxito; en 1666, fundó un seminario en Evreux y, en 1670, otro en Rennes.

Al año siguiente publicó un libro titulado «La devoción al adorable Corazón de Jesús». Ya antes, el santo había instituido en su congregación una fiesta del Santísimo Corazón de María. En su libro incluyó el propio de una misa y un oficio del Sagrado Corazón de Jesús. El 31 de agosto de 1670, se celebró por primera vez dicha fiesta en la capilla del seminario de Rennes y pronto se extendió a otras diócesis. Así pues, aunque San Juan Eudes no haya sido el primer apóstol de la devoción al Sagrado Corazón en su forma actual, fue sin embargo él «quien introdujo el culto del Sagrado Corazón de Jesús y del Santo Corazón de María», como lo dijo León XIII en 1903. El decreto de beatificación añadía: «Él fue el primero que, por divina inspiración, les tributó un culto litúrgico». Clemente X publicó seis breves por los que concedía indulgencias a las cofradías de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, instituidas en los seminarios de san Juan Eudes. Durante sus últimos años, el santo escribió su tratado sobre «El admirable Corazón de la Santísima Madre de Dios»; trabajó en la obra mucho tiempo y la terminó un mes antes de su muerte. Su última misión fue la que predicó en Saint-Lö, en 1675, en plena plaza pública, con un frío glacial. La misión duró nueve semanas. El esfuerzo enorme acabó con la salud del P. Eudes, quien a partir de entonces se retiró prácticamente de la vida activa. Su muerte ocurrió el 19 de agosto de 1680. Fue canonizado en 1925 y su fiesta fue incluida en el calendario de la Iglesia de occidente en 1928. El dicho más famoso de San Juan Eudes es que harían falta tres eternidades para celebrar dignamente la misa: una eternidad para prepararse, una eternidad para celebrarla y una eternidad para dar gracias. En su obra titulada «La vida y el reinado de Jesús en las almas cristianas», el santo resume así el principio de su propia vida y de su actividad apostólica: «Nuestro deseo, nuestro objetivo y nuestra principal preocupación, debe ser formar a Jesús en nosotros y hacer que en nuestros corazones reine su espíritu, su devoción, sus afectos, sus deseos y sus disposiciones. Toda nuestra vida religiosa debe tender a eso. Tal es la tarea que Dios nos ha confiado para que trabajemos en ella constantemente».

Los biógrafos modernos de san Juan Eudes han aprovechado mucho su correspondencia, en gran parte inédita. La primera biografía propiamente dicha fue escrita por un miembro de la Congregación de Jesús y María, el P. Hérambourg. Aunque el autor no conoció al P. Eudes, pues ingresó en la congregación dos años después de la muerte de éste, tuvo la oportunidad de recoger los testimonios de quienes le habían conocido íntimamente. La mejor obra es sin duda la del P. Boulay (4 vols.), publicada en 1905. La biografía de Émile Georges, Saint Jean Eudes, missionaire apostolique (1925), es menos extensa, pero constituye un buen retrato del santo y de sus actividades.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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* SANTO DEL DÍA”San Esteban de Hungría, rey “16 de agosto

Elogio: San Esteban, rey de Hungría, que, regenerado por el bautismo y recibida la corona real de manos del papa Silvestre II, impulsó la propagación de la fe cristiana entre los húngaros, puso en orden la Iglesia en su reino, la dotó de bienes y monasterios, fue justo y pacífico en el gobierno de sus súbditos y, finalmente, en Alba Real (Székesfehérvár), en Hungría, en el día de la Asunción, su alma partió hacia el cielo.
Patronazgos: patrono de Hungría.
Oración: Dios todopoderoso, te rogamos que tu Iglesia tenga como glorioso intercesor en el cielo a san Esteban de Hungría, que durante su reinado se consagró a propagarla en este mundo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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San Esteban de Hungría, rey
fecha: 16 de agosto
fecha en el calendario anterior: 2 de septiembre
n.: c. 975†: 1038país: Hungría
otras formas del nombre: István, Vajk
canonización: C: Gregorio VII 1083
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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El pueblo al que conocemos con el nombre de magiar, llegó a las comarcas de Hungría en los últimos años del siglo nueve, procedente de varios distritos al oriente del río Danubio, para instalarse en las riberas, bajo la dirección de un jefe único llamudo Arpad. Aquel pueblo estaba constituido por gente brava y guerrera; fue durante una de sus incursiones por Italia, Francia y las regiones del oeste, cuando se encontraron con el cristianismo. San Metodio y otros misioneros habían plantado la fe en puntos tan orientales de Europa como la Panonia; sin embargo, no fue sino al mediar el siglo décimo, cuando los magiares empezaron a tomar en consideración a la Iglesia. Geza, el tercer duque (vaivode), que gobernó al pueblo después de Arpad, vio la necesidad política del cristianismo y, alentado por san Adalberto de Praga, se hizo bautizar y gran número de nobles lo imitaron. Pero. evidentemente, aquélla fue una conversión por conveniencia y la mayoría de los nuevos cristianos lo eran sólo de nombre. Sin embargo, hubo una excepción: Vaik, el hijo de Geza, quien recibió el bautismo al mismo tiempo que su padre. y se llamó Esteban (lstvan). Por entonces no tenía más de diez años y aún no había adquirido las costumbres y modos de pensar de los paganos. En 995, cuando cumplió veinte años, se casó con Gisela, la hermana de Enrique, duque de Baviera, mejor conocido como el emperador san Enrique II, y, dos años más tarde, sucedió a su padre en el gobierno de los magiares.

En seguida, Esteban se vio envuelto en guerras, pero acabó por doblegar a las tribus rivales y, una vez afirmada su posición, designó como primer arzobispo a san Astrik, a quien envió a Roma para obtener del Papa Silvestre II la aprobación para una auténtica organización eclesiástica en su país; al mismo tiempo, encomendó al arzobispo que pidiera al Pontífice que le confirmase el título de rey, el que sus súbditos querían darle desde tiempo atrás y que ahora estaba dispuesto a tomar, con mayor autoridad y majestad, para cumplir sus designios de promover la gloria de Dios y el bienestar de su pueblo. El Papa se mostró bien dispuesto a conceder lo que pedía, e incluso preparó una corona real para enviarla a Esteban, con sus bendiciones, de acuerdo, sin duda, con los deseos del emperador Otto III, quien entonces se encontraba en Roma. Al mismo tiempo, el Papa confirmó las fundaciones religiosas y las elecciones de obispos que Esteban había hecho. El propio Esteban salió de la ciudad al encuentro de sus embajadores y escuchó, de pie y con gran respeto, la lectura de las bulas pontificias. De ahí en adelante, siempre trató con grandes honores y respetos a todos los pastores de la Iglesia a fin de manifestar su propio sentido religioso y para inspirar a sus súbditos la devoción por todo lo que perteneciera al culto divino. El mismo san Astrik, que había traído la corona desde Roma, le consagró rey, con gran solemnidad, en el año de 1001. En realidad, la supuesta bula del papa Silvestre, que otorgaba el título de rey apostólico y legado apostólico a san Esteban, con derecho a portar la cruz de primado, fue falsificada, probablemente en el siglo XVII. La parte superior de la corona mandada por el papa encajaba en la parte inferior de otra corona que le dio el emperador Miguel VII al rey Geza, y ambas se conservan hasta hoy en Budapest. Sin embargo, auqneu la corona es dudosa y la bula falsa, hay pruebas positivas de que se le confirieron poderes especiales a san Esteban, equivalentes a los de «legado ad latere» por parte del Papa, aunque la afirmación de que se le invistió con el título de «rey apostólico» no tiene fundamento alguno.

Con el propósito de arraigar firmemente el cristianismo en su reino y darle las mayores posibilidades para su progreso, el rey Esteban no creó sedes episcopales sino gradualmente, a medida que pudo echar mano de sacerdotes salidos de su propio pueblo. La primera sede episcopal de que se guarda registro fue la de Vesprem, pero no pasaron muchos años sin que se creara la de Esztergom, que llegó a ser la más importante y la sede del primado. El santo monarca mandó construir en Szekesfehervar una iglesia dedicada a Nuestra Señora, en la que posteriormente se consagraba y se sepultaba a los reyes de Hungría. En esa ciudad estableció el rey su residencia y, desde entonces, se llamó Alba Regalis, para distinguirla de la Alba Julia, en Transilvania. También terminó la construcción del gran monasterio de San Martín, iniciada por su padre. Hasta hoy existe ese monasterio, conocido como Martinsberg o Pannonhalma y es la casa matriz de la congregación de benedictinos en Hungría. El mantenimiento de las iglesias y sus pastores, así como el fondo de socorro para los pobres, se obtenían gracias a unos diezmos que había impuesto: cada diez poblaciones vecinas tenían la obligación de construir una iglesia y sostener a un sacerdote; por cuenta del rey corría el mobiliario de la iglesia, el adorno de los altares y los ornamentos del pastor. No sin vencer grandes dificultades, consiguió eliminar muchas de las costumbres y supersticiones bárbaras, derivadas de la antigua religión y, por medio de rigurosos castigos, logró reprimir las blasfemias, el asesinato, el robo, el adulterio y otros crímenes públicos. Recomendaba que todas las personas adultas, excepto los clérigos y religiosos, contrajeran matrimonio, pero prohibió las uniones entre cristianos e idólatras. El monarca era accesible a las gentes de todas las clases sociales y escuchaba atentamente las quejas de todos, pero atendía con especial benevolencia a los pobres y a los oprimidos, por considerar que, al recibirlos con solicitud, se honra a Cristo, quien nos dejó a los pobres en su lugar al abandonar la tierra.

Se afirma que cierto día en que el rey, disfrazado de aldeano, recorría las calles para distribuir limosnas, un grupo de mendigos se aglomeró en torno suyo, lo derribó al suelo, le atropelló y, en el tumulto, le arrebató la bolsa del dinero y se apoderó de lo que estaba destinado a otros muchos. Esteban soportó con paciencia, con humildad y aun con buen humor aquel ultraje, puesto que se alegraba sinceramente por haber sufrido en el servicio de Nuestro Señor. Para seguirle la corriente, los cortesanos parecieron divertidos con el incidente y aun hicieron bromas; pero en realidad estaban muy preocupados por la seguridad del rey y le rogaron que no expusiera su persona a los peligros; sin embargo, el monarca insistió en que, aun a riesgo de su vida, jamás negaría una limosna a cualquier pobre que se la pidiese. El ejemplo de sus virtudes era más efectivo que cualquier sermón para todo el que caía bajo su influencia. Esto se puso de manifiesto palpablemente en su hijo, el beato Emerico, a quien se debe el código de las leyes de san Esteban. El santo hizo que esas leyes, estudiadas para gobernar a un pueblo rudo, rebelde y recién convertido al cristianismo, fueran promulgadas en todos sus dominios. Pero sin duda, que las prudentes medidas no habían sido calculadas para apaciguar el descontento o la alarma entre los que aún se oponían a la nueva religión, y algunas de las guerras que san Esteban debió librar, tuvieron motivos tanto políticos como religiosos. Después de haber rechazado victoriosamente una invasión de los búlgaros, el rey emprendió la organización política de su pueblo. Comenzó por eliminar las divisiones entre las tribus; después, repartió el territorio en condados con un sistema de gobernadores y magistrados. De esta manera, por medio de una moderada aplicación de las ideas feudales que hacían de los nobles vasallos de la corona, consolidó la unidad de los magiares; al retener el dominio sobre la gente común, evitó que se acumulase el poder en manos de unos cuantos señores. A decir verdad, san Esteban fue el fundador y el arquitecto del reino independiente de Hungría. Pero como lo hace notar el padre holandista Paul Grosjean, si observamos a Esteban fuera de su marco histórico, nos dará una impresión tan falsa como si le comparamos con Eduardo el Confesor o Luis IX. Y por cierto que ese marco histórico fue muy rudo, violento y salvaje.

A medida que pasaban los años, Esteban confiaba una parte cada vez mayor de sus responsabilidades a su único hijo; pero en el año de 1031, Emerico perdió la vida en un accidente de caza y el rey se dejó llevar por un profundo sufrimiento. «¡Dios le amaba y por eso se lo llevó a tan temprana edad!», gemía, atenazado por el dolor. La muerte de Emerico dejó sin heredero al trono y, los últimos años en la vida del monarca se vieron amargados por disputas familiares sobre la sucesión, a las que debió hacer frente mientras soportaba los sufrimientos que le causaban sus enfermedades físicas. Había cuatro o cinco personajes que reclamaban el trono para sí, incluso un tal Pedro, hijo de Gisela, la hermana de san Esteban (que no debe confundirse con la beata Gisela, esposa del rey), mujer cruel y ambiciosa que se había establecido en la corte desde la muerte de su esposo, porque estaba decidida a que su hijo ocupara el trono y, sin el menor escrúpulo, despiadadamente, se aprovechó de la mala salud de Esteban para conseguir sus fines. Por ese entonces, murió el santo, a la edad de sesenta y tres años, en la fiesta de la Asunción del 1038. Fue sepultado en una tumba contigua a la de su hijo, el beato Emerico, en Szekesfehervar. En su sepulcro se realizaron algunos milagros. Cuarenta y cinco años después de su muerte, a pedido del rey san Ladislao de Hungría, el papa San Gregorio VII hizo trasladar sus reliquias a un santuario construido dentro de la gran iglesia de Nuestra Señora, en Buda. Inocencio XI en 1686, fijó su fiesta para el 2 de septiembre, puesto que el emperador Leopoldo recuperó la ciudad de Buda de manos de los turcos en aquella fecha.

Hay dos biografías antiguas sobre san Esteban que datan del siglo once y que se llaman Vita Major et Vita Minor. Estos textos los editó Pertz, en Monumenta Germaniae Historica, Scriptores, vol. XI. A principios del siglo doce, el obispo Hartwig extrajo de esos materiales una biografía que se halla impresa en Acta Sanctorum, septiembre, vol. II. Pueden extraerse otros hechos relacionados con la vida del santo, de Chronica Ungarorum editada en Monumento, vol. I de Endlicher. La imagen proviene de las «Crónicas ilustradas», relato del siglo XII.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_2888

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* ÁNGELUS DEL PAPA FRANCISCO”María nos trae la gracia que es Jesús”

El Papa a la hora del Ángelus de la Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.

(RV).- Puntualmente a mediodía del 15 de agosto, y ante la presencia de miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco explicó en la Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, que el Evangelio nos presenta a la joven de Nazaret que, tras recibir el anuncio del Ángel, parte de prisa para estar cerca de Isabel en los últimos meses de su prodigioso embarazo.

El Santo Padre afirmó que el don más grande que María lleva a su prima, y a todos nosotros, es Jesús, que ya vive en Ella, no sólo por la fe y por la espera, sino porque Cristo tomó la carne humana de la Virgen para su misión de salvación.

Después de aludir al clima de alegría que se vivió en ese entonces en la casa de Isabel y de su marido Zacarías, en espera del niño que llegaría a ser Juan Bautista, el precursor del Mesías; el Obispo de Roma se refirió a la alegría plena que se expresa con la voz de María en la estupenda oración delMagníficat.

El Magníficat – prosiguió el Pontífice – canta a Dios misericordioso y fiel, que realiza su designio de salvación con los pequeños y los pobres, con los que tienen fe en Él y con los que confían en su Palabra, como María.

Por esta razón, al celebrar a María Santísima Asunta en el Cielo, el Papa Bergoglio no dudó en afirmar que todos quisiéramos que Ella, una vez más, trajera a nosotros, a nuestras familias y a nuestras comunidades, ese don inmenso, esa gracia única que siempre debemos pedir en primer lugar y por encima de las demás gracias que también deseamos, a saber: ¡La gracia que es Jesucristo!

Hacia el final de su reflexión el Santo Padre dijo que María, al traer a Jesús, también nos trae una alegría nueva, llena de significado, una nueva capacidad de franquear, con fe, los momentos más dolorosos y difíciles. En una palabra: nos trae la capacidad de misericordia, para que nosperdonemos, comprendamos y sostengamos recíprocamente.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Los pueblos del mundo que sufren, en el corazón del Papa, que los encomendó a María Reina de la paz, asunta en el cielo

Que la Madre de Dios obtenga consolación para todos los que sufren en el mundo por desastres naturales y por conflictos, pidió el Papa Francisco, después de la oración mariana del Ángelus y del responso por los difuntos:

«Queridos hermanos y hermanas

A María Reina de la paz, que contemplamos hoy en la gloria del Paraíso, le quisiera encomendar, una vez más, las angustias y los dolores de las poblaciones que, en tantas partes del mundo, sufren debido a calamidades naturales, tensiones sociales o conflictos.

¡Que nuestra Madre celeste obtenga para todos consolación y un futuro de serenidad y de concordia!

¡Saludo a todos, romanos y peregrinos provenientes de diversos países!

En particular, saludo a los jóvenes de Mira, Venecia, y a la Asociación Don Bosco de Noci

Saludo a todos… veo banderas españolas y polacas…

Les agradezco por haber venido: les deseo una feliz fiesta de la Asunción y, por favor, no se olviden de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta la vista»

(CdM – RV)

 

* SANTO DEL DÍA “San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir “14 de agosto

Elogio: Memoria de san Maximiliano María (Raimundo) Kolbe, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores Conventuales y mártir, que, fundador de la Milicia de María Inmaculada, fue deportado a diversos lugares de cautiverio y finalmente, internado en el campo de exterminio de Auschwitz, cerca de Cracovia, en Polonia, donde se ofreció a los verdugos a cambio de la vida de otro cautivo, ofreciendo su ministerio como un holocausto de caridad y como modelo de fidelidad para con Dios y los hombres.
Oración: Oh Dios, que al mártir san Maximiliano María Kolbe, apóstol de la Inmaculada, le llenaste de celo por las almas y de amor al prójimo, concédenos, por su intercesión, trabajar generosamente por tu gloria en el servicio de los hombres y tener el valor de asemejarnos a tu Hijo, incluso hasta en la muerte. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
—–
San Maximiliano María Kolbe, presbítero y mártir
fecha: 14 de agosto
n.: 1894†: 1941país: Polonia
otras formas del nombre: Maximiliano Kolbe
canonización: B: Pablo VI 17 oct 1971 – C: Juan Pablo II 10 oct 1982
hagiografía: «L`Osservatore Romano»
——

Raimundo Kolbe nace en Zdunska Wola, Lodz (Polonia), el 8 de enero de 1894, de Julio Kolbe y María Dabrowska.

A los 13 años entra en el seminario de los franciscanos conventuales en Leópolis. Terminado el noviciado, hace la profesión religiosa a los 17 años y adopta el nombre de fray Maximiliano María. Al año siguiente viene a Roma. Permanece en Italia 7 años, de 1912 a 1919; son los años de su maduración humana, intelectual, religiosa y espiritual, con las siguientes etapas principales: 1 de noviembre de 1914, profesión solemne; 22 de octubre de 1915, doctorado en filosofía; 16 de octubre de 1917, con seis religiosos, comienza el Movimiento de apostolado mariano Milicia de la Inmaculada; 28 de abril de 1918, ordenación sacerdotal; 22 de julio de 1919, doctorado en teología. Seguidamente vuelve a Cracovia (Polonia).

En enero de 1922 publica el primer número del Rycerz Niepokalanej (Caballero de la Inmaculada), órgano de la Milicia de la Inmaculada (M.I.): dieciséis páginas con una tirada de 5.000 ejemplares. A fin de año, es destinado al convento de Grodno.

Enero de 1923, comienza el trabajo editorial con una máquina tipográfica manual de su propiedad. Imprime de momento sólo el Rycerz Niepokalanej. Noviembre de 1924. Se imprime el primer calendario-almanaque del Rycerz Niepokalanej para el año 1925, con una tirada de 12.000 ejemplares. El 13 de junio de 1927, estudia la posibilidad de conseguir que el Príncipe Juan Ducki Lubecki le dé un terreno a 42 Km. de Varsovia para levantar un convento y un centro editorial. Al cabo de pocos meses se instala con otros veinte frailes en el nuevo centro editorial que llama Niepokalanow (Ciudad de la Inmaculada o Lugar propiedad de la Inmaculada).

A principios de 1930 se prepara a abrir una misión en Extremo Oriente, y a primeros de marzo parte con otros cuatro religiosos, y llega a Nagasaki. Al mes de su llegada sale el Rycerz Niepokalanej en lengua japonesa, con el título Mugenzai no Seibo no Kishi, y tiene una tirada de 10.000 ejemplares. Permanece en Japón hasta 1936, con varios viajes a Europa en estos seis años.

Mientras tanto en Niepokalanow prosigue su obra. Aumenta el número de religiosos de modo que, al estallar la segunda guerra mundial el 1 de septiembre de 1939, los frailes son 700 y hay otros 200 preparándose a profesar. Continúa imprimiéndose en Niepokalanow mensualmente el Rycerz Niepokalanej, con este progreso: en 1930, 343.000 ejemplares; en 1935, 717.000; en 1938, un millón de ejemplares.

En 1933 nace la revista infantil El pequeño Caballero de la Inmaculada y luego El Caballerito, el Miles Inmaculatae en latín para el clero de todo el mundo, el Boletín misionero, y el Eco de Niepokalanow.

Pero lo más extraordinario fue la publicación en 1935 de un diario titulado Mali Dziennik (El pequeño periódico), que al comienzo de la guerra tiene una tirada de 180.000 ejemplares los días corrientes, y 250.000 los domingos, con siete redacciones periféricas en Varsovia, Poznan, Lodz, Gdinia, Vilna, Grodno y Cracovia, y gran número de corresponsales locales; sale diariamente en doce ediciones. Cuando a causa de su poco costo, que los otros periódicos consideraban de «competencia desleal», se prohíbe su venta en los kioscos, el P. Kolbe organiza una cadena de kioscos propios y recluta gran número de vendedores voluntarios.

Con la segunda guerra mundial, todo se para. El 19 de septiembre es arrestado el P. Maximiliano Kolbe por las tropas alemanas, junto con otros 37 franciscanos, y se les interna en un campo de concentración. El 8 de diciembre siguiente los frailes quedan en libertad. El P. Kolbe pide permiso reiteradamente para imprimir el Rycerz Niepokalanej; por fin lo obtiene, pero para un sólo número, el de diciembre de 1940 – enero de 1941. Sale con una tirada de 120.000 ejemplares. En el artículo editorial figura esta frase elocuente: «Nadie puede cambiar la verdad…».

El 17 de febrero de 1941, el futuro mártir es arrestado nuevamente y encerrado en la prisión de Pawiak de Varsovia. A fines de mayo se le interna en el campo de concentración de Oswiecim (Auschwitz). Y allí muere el 14 de agosto del mismo año, en las circunstancias de todos bien conocidas, sustituyendo voluntariamente a un padre de familia condenado a la muerte por hambre.

El día 10 de octubre de 1982, el Papa Juan Pablo II proclamó santo al beato Maximiliano Kolbe.

Nota: aunque la fuente es L’Osservatore Romano (edición de la semana de la canonización), nosotros lo tomamos de http://www.franciscanos.org, que lo reproduce de: Selecciones de Franciscanismo, vol. XI, n. 33 (1982) 377-378

fuente: «L`Osservatore Romano»

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Estas biografías de santo son propiedad de El Testigo Fiel. Incluso cuando figura una fuente, esta ha sido tratada sólo como fuente, es decir que el sitio no copia completa y servilmente nada, sino que siempre se corrige y adapta. Por favor, al citar esta hagiografía, referirla con el nombre del sitio (El Testigo Fiel) y el siguiente enlace: http://www.eltestigofiel.orgindex.php?idu=sn_2855

* 7 Hechos Sorprendentes sobre las Apariciones de Fátima [que se conocen poco

Entre mayo y octubre de 1917 la Virgen María se apareció en Fátima a 3 niños pastores.     

Los 13 del mes se apareció haciendo una catequesis a los niños

También los llevó a visitar el infierno y les pidió que oraran diariamente el Rosario por la paz.

En la última aparición – el 13 de octubre – se produjo el Milagro del Sol, que fue testimoniado por más de 70.000 personas.

Pero hay una serie de temas importantes que se han comentado poco y queremos hacerlo aquí, tomando algunos hechos que han narrado Joseph Pronechen.

Puede leerse la historia general aquí.

 

1 – LA VIRGEN LE PIDE A LUCÍA QUE APRENDA A LEER PORQUE SU MISIÓN SERÁ DIFUNDIR EL MENSAJE DE FÁTIMA

Durante la segunda aparición, el 13 de junio de 1917, la Virgen le dijo a Lucía – quien posteriormente se convirtió en monja y llevó el peso de explicar constantemente el mensaje de Fátima a través de las décadas.

“Quiero que vengas el día 13 del mes que viene, reza el Rosario todos los días y aprende a leer. 

Más tarde, te diré lo que quiero”.

La petición no era inusual porque las chicas en su situación no aprendían a leer por esas épocas. 

En su libro Fatima for Today, el padre Andrew Apostoli, explicó la importancia de este pedido, ya que la misión de Lucia – entonces de 10 años – sería difundir el mensaje de Fátima a todo el mundo. 

“Fue muy importante, entonces, que Lucia aprendiera a leer y escribir.”

En años posteriores incluso usó el procesador de textos.

No era necesario que sus primos – Francisco Marto de 8 años, y Jacinta Marto de 7 años – aprendieran a leer porque durante la misma aparición del 13 de junio, Lucía le pidió a la Santísima Madre que los llevara al cielo.

“Sí, llevaré a Jacinta y a Francisco pronto, pero tu seguirás un poco más, ya que Jesús desea que me hagas conocer y amar en la tierra”, le dijo María a Lucia

“El también desea que ustedes establezcan devoción en el mundo a mi Inmaculado Corazón“.

Francisco murió en 1919 a los 10 años como consecuencia de la epidemia de gripe de 1918.

Y el día justo antes de morir recibió la Primera Comunión en la Sagrada Eucaristía como era su deseo.

Luego le siguió al cielo su hermana Jacinta, dos años después.

Así que mientras sus primos murieron antes de cumplir 10 años, Nuestra Señora le dijo a Lucía que se quedaría para difundir el mensaje de Fátima. 

Primero se convirtió en hermana de Dorotea, y luego el 25 de marzo de 1948, entró en las Carmelitas.

No fue sólo fue la fecha de la Fiesta de la Anunciación, sino que ese año cayó Jueves Santo – el mismo día litúrgico en el que nació.

 A su entrada en el Carmelo, se le dio oficialmente el nombre de la Hermana María del Corazón Inmaculado, y la celda que recibió fue dedicada al Inmaculado Corazón de María como se indica en un marco por encima de la puerta.

Llevaba la frase adicional: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio”.

En el Carmelo vivió los siguientes 57 años.

Otro hecho interesante es que en sus últimos años la Hermana Lucía tenía en su celda una estatua de Nuestra Señora de Fátima que ella apreciaba mucho y que fuera un regalo de Juan Pablo II en el 2003.

 

2 – Jacinta se sacrificó por la conversión de los pecadores

Jacinta – hoy Santa Jacinta Marto – también sufrió la misma devastadora gripe española que su hermano Francisco. 

A pesar de ser una niña de 9 años, aceptó gustosamente sufrir mucho.

Lucía cuenta en su “Primera Memoria” que mientras Jacinta sufría, la Virgen se le apareció.

Jacinta le contó que

“Ella me preguntó si todavía quería convertir más pecadores. 

Dije que sí. 

Me dijo que iría a un hospital donde sufriría mucho.

Y que debo sufrir por la conversión de los pecadores, en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María y por el amor de Jesús”.

Mientras Jacinta estaba internada en el hospital de Ourem la Santísima Virgen la visitó de nuevo para contarle los sufrimientos que la aguardaban también en el hospital de Lisboa, donde pronto iría y allí moriría.

Jacinta recibió otras visitas de Nuestra Señora quien le mostró las cosas por venir.

Murió unas pocas semanas antes de cumplir 10 años el 20 de febrero de 1910.

Fue enterrada en una capilla privada en Ourem.

Su cuerpo había sido rociado con cal viva porque en el momento la ley era que el cuerpo de cualquier persona que muriera de la epidemia de gripe española tenía que ser tratado de esa manera.

Sin embargo, cuando su tumba fue abierta el 13 de septiembre de 1935, la gente se asombró al ver que sus rasgos estaban incorruptibles. 

Preservada de esta manera, fue enterrada junto a su hermano Francisco en el cementerio de Fátima.

En un diálogo con Lucía, Jacinta le dijo que iría al cielo en un corto tiempo y le explicó,

“Tu permanecerás aquí para dar a conocer lo que Dios quiere establecer en el mundo: la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Diles a todos que Dios nos concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María.

Y que el Corazón de Jesús quiere que el Inmaculado Corazón de María se venere a su lado.

Diles también que oren al Inmaculado Corazón de María por la paz, ya que Dios ha confiado a ella.

¡Si tan sólo pudiera poner en el corazón de todos, el fuego que arde dentro de mi propio corazón, y que me hace amar a los Corazones de Jesús y María mucho!”

Increíble instrucción de una niña de 9 años.

 

3 – Francisco tuvo la misión de consolar a Jesús por las ofensas que recibe

Francisco – San Francisco Marto – no vio a la Virgen en un primer momento durante la aparición inicial el 13 de mayo de 1917.

Él sabía que su prima Lucía y su hermana Jacinta estaban viendo algo extraordinario.

¿Cómo podía ver lo que vieron?

“Nuestra Señora le dijo a Lucía que le contara Francisco, que recitara el Rosario y que iba a ver la hermosa Señora del cielo”, relató experto en Fátima el Padre Robert J. Fox en “La espiritualidad de Francisco Marto.”

Francisco escuchó. Rezó el rosario y después que dijo que cinco o seis avemarías, pudo ver

“A la divina Señora hermosa bañada en luz brillante, más brillante que el sol”.

Lucía preguntó a Nuestra Señora si Francisco iría al cielo prontamente también.

Nuestra Señora respondió:

“Sí, pero primero debe decir muchos rosarios.”

Debido a que sólo veía a la Virgen y no la oía, Lucía le dio la respuesta.

Y con emoción él dijo,

“Oh, Nuestra Señora, diré todos los rosarios que desee”

El Padre Fox preguntó al hermano de Francisco, Juan Marto, si pensaba que Francisco era un santo en ese momento.

Juan le dijo:

“No. No hasta que me di cuenta de que siempre estaba diciendo el Rosario.

Yo me escondía de él para que no tuviera que verlo siempre rezando el Rosario”.

Para alguien tan joven, Francisco se convirtió en todo un contemplativo.

Lucía dice que Francisco prefería rezar por él mismo para que pudiera “pensar y consolar a Nuestro Señor”.

Ella le preguntó lo que más le gustaba: consolar a Nuestro Señor o convertir a los pecadores para evitar que más almas vayan al infierno.

Francisco no tenía que dudar en responder a esta pregunta.

“Prefiero consolar a Nuestro Señor”, dijo.

“¿No te acuerdas el mes pasado cómo la Virgen estaba tan triste cuando nos pidió no ofender a Nuestro Señor porque ya estaba muy ofendido?

Quiero consolar a Nuestro Señor, y luego convertir a los pecadores para que no le ofendan más”.

 

4 – La Segunda Guerra Mundial fue un castigo porque los hombres no cesaron de ofender a Nuestro Señor

Durante la tercera aparición de la Virgen, el 13 de julio, Ella dio a los niños una visión del infierno.

Y luego Nuestra Señora les avisó

“La guerra va a terminar [la Primera Guerra Mundial].
.
Pero si la gente no cesa de ofender a Dios, empeorará durante el pontificado de Pío XI”.

La profecía de que “la guerra va a terminar” se cumplió prontamente a pesar de los pronósticos. El 11 de noviembre de 1918.

El término “empeorará” debe leer con el término condicional “si”.

El empeoramiento dependía de la respuesta de la gente a su solicitud e instrucción; y fue así que se produjo la Segunda Guerra Mundial.

En la misma frase dijo que la guerra comenzaría cuando Pío XI fuera papa. 

Esto lo dijo en 1917 cuando Benedicto XV era el Santo Padre. 

No apareció Pío XI hasta cinco años después; 6 de febrero de 1922.

Pío XI fue papa hasta que murió el 10 de febrero de 1939.

La Segunda Guerra Mundial oficialmente comenzó el 1 de septiembre de 1939, pero la mayoría de los historiadores dan como su inicio la firma del acuerdo de Munich (29 se septiembre de 1938), por el que Alemania se anexionó los Sudetes.

Pio XI habló sin temor en contra el fascismo y el Reich nazi en la encíclica Mit brennender Sorge.

Nuestra Señora dio detalles más específicos en la tercera aparición sobre la señal del comienzo de la guerra.

“Cuando veas una noche iluminada por una luz extraña desconocida, sabrás que es la señal que Dios te da que Él está a punto de castigar al mundo con la guerra, con hambre y con la persecución de la Iglesia y del Santo Padre”

Esto ocurrió con la aurora boreal el 25-26 de enero de 1938.

Menos de dos meses más tarde, la Segunda Guerra Mundial comenzó porque, como el experto internacional de Fátima, el Padre Apostoli, deja claro

“La Hermana Lucía insistió en que la Segunda Guerra Mundial comenzó realmente con la anexión alemana de Austria en 1938“. Eso fue el 12 de marzo.

Otro hecho interesante y relacionado es la consagración de Rusia.

En el libro del Padre Andrew Apostoli, Fátima para Hoy, dice que Sor Lucía escribió a su confesor en 1936 diciéndole que le preguntó al Señor por qué Él Sólo no convertía a Rusia sin que el Santo Padre hiciera la consagración.

Nuestro Señor respondió:

“Porque quiero que toda mi Iglesia reconozca esta Consagración como un Triunfo del Inmaculado Corazón de María, para luego se extienda su culto y crezca la devoción a Su Corazón Inmaculado junto con la devoción a mi Sagrado Corazón”.

 

5 – Las apariciones de Fátima fueron también un lugar de curaciones

Las curaciones no fueron infrecuentes durante las apariciones.

Sor Lucía describe en sus memorias que comenzaron cuando una joven, de unos 20 años, se reunió con los videntes cuando se dirigían a rezar un Rosario con la gente.

“Se arrodilló y nos rogó entrar en su casa y nos pidió decir al menos un Ave María por la recuperación de su padre, que durante tres años había sido incapaz de tomar cualquier descanso a causa de hipo continuo.

En tales circunstancias, era imposible de resistir”.

Lucia recuerda:

“Como ya era tarde en la noche, y el camino sólo se podía encontrar o por la luz de las lámparas, le dije a Jacinta a permanecer allí, mientras que fui por delante a rezar el Rosario con el pueblo, con la promesa de ir por ella en mi regreso. Ella estuvo de acuerdo”.

Cuando Lucía volvió a la casa, encontró a Jacinta en una silla frente al padre de la chica sentado frente a ella.

Aunque no es muy viejo, se veía demacrado y lloró de emoción. Los familiares se reunieron alrededor de él.

Al ver a Lucía, Jacinta se levantó, ofreció sus despedidas, y prometió que no olvidaría al hombre en sus oraciones.

A la mañana siguiente los niños se dirigieron a una visita que planearon la casa de un Senhora Emilia.

Poco después de llegar a la casa

“Encontramos la niña feliz en compañía de su padre”, contó Lucía.

Ahora se veía mucho mejor, y había perdido todo rastro de tensión nerviosa y debilidad extrema.

Llegaron a darnos las gracias por y dijeron que él ya no estaba preocupado por los hipos molestos“.

También muchas curaciones más después de esta.

Pero también Lucía salvó a dos niños de ahogarse, pero eso fue después. 

A principios de los años treinta, estaba en el convento.

Debido a que sufría de problemas de salud, el médico le ordenó que pasara un mes en los veranos en el mar para recuperar su salud.

Como otras hermanas también necesitaban el aire del mar para sus males, la Madre Provincial alquiló una casa para ellas.

Una mañana en la playa, algunas mujeres estaban recogiendo algas marinas que las olas estaban sacando mientras sus dos hijos jugaban en la arena.

Normalmente tranquilo, el mar era bastante fuerte ese día.

Lucía había trepado a algunas rocas y estaba cosechando mariscos cuando oyó gritos de angustia de las mujeres.

Una fuerte ola había tocado a los niños y los estaba sacando de la playa. 

Lucía saltó inmediatamente al agua.

Me las arreglé para agarrar a uno de los niños y sacarlo“, escribía Lucía.

“Al principio no vi a la otra, pero pronto la descubrí apoyada en una roca donde, afortunadamente, estaba atrapada. 

La saqué con la ayuda de Nuestra Señora a quien llamé y logré salvar esas dos vidas. 

Después de unos momentos agonizantes durante los cuales los niños vomitaron el agua de mar que habían tragado, las pobres mujeres no sabían cómo agradecerme”. 

‘Tienes que dar gracias a la Virgen que estaba aquí y no a mí’, les dije, para inculcar en ellos la devoción a Nuestra Señora. 

De hecho, yo creía que era ella quien me había ayudado, porque aunque la natación era fácil para mí, la aflicción fue suficiente para detenerme”.

 

6 – Los masones atacan pero se equivocan

Incluso después de que el milagro del sol el 13 de octubre, los enemigos de la religión y anticlericales tenían posiciones de poder en Portugal, y no dejaron sus ataques.

En La verdadera historia de Fátima el Padre Juan de Marchi describe cómo había una fuerte Logia Masónica en la cercana ciudad de Santarem.

Y planearon burlarse de lo que había estado sucediendo en la Cova da Iria.

Un papel importante de Lisboa, Diario de Noticias, informó lo que estos hombres y sus seguidores hicieron en la noche del 23 de octubre de 1917, en la Cova da Iria.

Ellos cortaron el árbol que identificaron como en el que los niños experimentaron las apariciones de la Virgen el 13 del mes.

Para su sorpresa incluso los críticos de la Iglesia vieron sus acciones como una vergüenza.

Por la mañana, la noticia de lo que había pasado se extendió como un reguero de pólvora.

Entonces Sor Lucía narra en sus Memorias

“Corrí hacia el lugar para ver si era verdad. Pero para mi delicia encontré que los pobres habían cometido un error, y que en lugar cortar la encina verdadera habían cortado una de los otras que crecen cerca”.

Lucía entonces hizo algo más.

Entonces le pedí a la Virgen que perdonara estos pobres hombres y recé por su conversión.”

 

7 – La Virgen se apareció en Fátima una séptima vez que pocos conocen

Nuestra Madre Bendita prometió volver una séptima vez cuando habló durante su primera aparición el 13 de mayo.

Ella dijo

“Quiero que regresen aquí el 13 de cada mes durante los próximos seis meses, y a la misma hora. 

Después les diré quién soy, y qué es lo que deseo. 

Y volveré aquí una séptima vez”.

No hubo consenso cuando esa séptima vez podría ser.

Algunos pensaron que podría ser con otro milagro.

Luego vino una biografía de Sor Lucia escrita por las monjas del Carmelo de Coimbra que vivieron con ella durante muchos años.

Era el 15 de junio de 1921, y Lucía estaba a punto de abandonar Fátima para siempre, a donde el obispo quería enviarla.

Sabiendo que probablemente nunca más volvería a ver el lugar o a su familia, se sintió muy triste.

Lucía describe cómo fue a la encina donde la Santísima Madre apareció en 1917, se arrodilló y oró con terrible angustia.

Como ella detalló en sus memorias,

“Otra vez has venido a la Tierra.

Y entonces sentí tu mano amiga y tu toque maternal en mi hombro, levanté la vista y te vi, fuiste tú, Santísima Madre, sosteniendo mi mano y mostrándome el sendero.

Y tus labios desvelaron el dulce timbre de tu voz y la luz y la paz fue restaurada a mi alma. 

‘Aquí estoy por séptima vez.
.
Ve, sigue el camino que el obispo quiere que tomes, esta es la voluntad de Dios’”.

Fuentes:

* AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA ““El perdón de Dios nos ofrece la esperanza de una vida nueva”

Alt=El Papa en la Audiencia General del 9 de agosto de 2017

(RV).- “El Hijo de Dios va a la cruz sobre todo porque perdona: perdona los pecados, porque quiere la liberación total, definitiva del corazón del hombre. Porque no acepta que el ser humano consuma toda su existencia con este ‘tatuaje’ imborrable, con el pensamiento de no poder ser acogido por el corazón misericordioso de Dios”, con estas palabras el Papa Francisco reflexionó en la Audiencia General del segundo miércoles de agosto, sobre el perdón como motor de nuestra esperanza.

Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma dijo que, con estos sentimientos Jesús va al encuentro: de los pecadores, de los cuales todos nosotros somos los primeros. De este modo, señaló el Pontífice, los pecadores son perdonados. No solamente somos consolados a nivel psicológico, ya que el perdón nos consuela mucho, porque somos liberados del sentimiento de culpa. “Jesús hace mucho más – afirma el Papa – ofrece a las personas que se han equivocado la esperanza de una vida nueva. Y esta es la esperanza que nos da Jesús. Una vida marcada por el amor”.

Texto y audio ompleto de la catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado la reacción de los comensales de Simón el fariseo: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?» (Lc 7,49). Jesús ha apenas realizado un gesto escandaloso. Una mujer de la ciudad, conocida por todos como una pecadora, ha entrado en la casa de Simón, se ha inclinado a los pies de Jesús y ha derramado sobre sus pies óleo perfumado. Todos los que estaban ahí en la mesa murmuraban: si Jesús es un profeta, no debería aceptar gestos de este género de una mujer como esta. Desprecio. Aquellas mujeres, pobrecitas, que sólo servían para ser visitadas a escondidas, incluso por los jefes, o para ser lapidadas. Según la mentalidad de ese tiempo, entre el santo y el pecador, entre lo puro y lo impuro, la separación tenía que ser neta.

Pero la actitud de Jesús es diversa. Desde el inicio de su ministerio en Galilea, Él se acerca a los leprosos, a los endemoniados, a todos los enfermos y los marginados. Un comportamiento de este tipo no era para nada habitual, tanto es así que esta simpatía de Jesús por los excluidos, los “intocables”, será una de las cosas que más desconcertaran a sus contemporáneos. Ahí donde hay una persona que sufre, Jesús se hace cargo, y ese sufrimiento se hace suyo. Jesús no predica que la condición de pena debe ser soportada con heroísmo, a la manera de los filósofos estoicos. Jesús comparte el dolor humano, y cuando lo encuentra, de su interior emerge esa actitud que caracteriza el cristianismo: la misericordia. Jesús, ante el dolor humano siente misericordia; el corazón de Jesús es misericordioso. Jesús siente compasión. Literalmente: Jesús siente estremecer sus vísceras. Cuantas veces en los evangelios encontramos reacciones de este tipo. El corazón de Cristo encarna y revela el corazón de Dios, y ahí donde existe un hombre o una mujer que sufre, quiere su sanación, su liberación, su vida plena.

Es por esto que Jesús abre los brazos a los pecadores. Cuanta gente perdura también hoy en una vida equivocada porque no encuentra a nadie disponible a mirarlo o verlo de modo diverso, con los ojos, mejor dicho, con el corazón de Dios, es decir, mirarlos con esperanza. Jesús en cambio, ve una posibilidad de resurrección incluso en quien ha acumulado tantas elecciones equivocadas. Jesús siempre está ahí, con el corazón abierto; donando esa misericordia que tiene en el corazón; perdona, abraza, entiende, se acerca… ¡Eh, así es Jesús!

A veces olvidamos que para Jesús no se ha tratado de un amor fácil, de poco precio. Los evangelios registran las primeras reacciones negativas en relación a Jesús justamente cuando Él perdonó los pecados de un hombre (Cfr. Mc 2,1-12). Era un hombre que sufría doblemente: porque no podía caminar y porque se sentía “equivocado”. Y Jesús entiende que el segundo dolor es más grande que el primero, tanto que lo acoge enseguida con un anuncio de liberación: «Hijo, tus pecados te son perdonados» (v. 5). Libera de aquel sentimiento de opresión de sentirse equivocado. Es entonces que algunos escribas – aquellos que se creen perfectos: yo pienso en tantos católicos que se creen perfectos y desprecian a los demás… es triste esto – algunos escribas allí presentes se escandalizan por las palabras de Jesús, que suenan como una blasfemia, porque sólo Dios puede perdonar los pecados.

Nosotros que estamos acostumbrados a experimentar el perdón de los pecados, quizás demasiado a “buen precio”, deberíamos algunas veces recordarnos cuanto le hemos costado al amor de Dios. Cada uno de nosotros ha costado bastante: ¡la vida de Jesús! Él lo habría dado por cada uno de nosotros. Jesús no va a la cruz porque cura a los enfermos, porque predica la caridad, porque proclama las bienaventuranzas. El Hijo de Dios va a la cruz sobre todo porque perdona: perdona los pecados, porque quiere la liberación total, definitiva del corazón del hombre. Porque no acepta que el ser humano consuma toda su existencia con este “tatuaje” imborrable, con el pensamiento de no poder ser acogido por el corazón misericordioso de Dios. Y con estos sentimientos Jesús va al encuentro: de los pecadores, de los cuales todos nosotros somos los primeros.

Así los pecadores son perdonados. No solamente son consolados a nivel psicológico: el perdón nos consuela mucho, porque son liberados del sentimiento de culpa. Jesús hace mucho más: ofrece a las personas que se han equivocado la esperanza de una vida nueva. “Pero, Señor, yo soy un trapo” – “Pero, mira adelante y te hago un corazón nuevo”. Esta es la esperanza que nos da Jesús. Una vida marcada por el amor. Mateo el publicano se convierte en apóstol de Cristo: Mateo, que era un traidor de la patria, un explotador de la gente. Zaqueo, rico corrupto: este seguramente tenía un título en coimas, ¿eh?, Zaqueo, rico corrupto de Jericó, se transforma en un benefactor de los pobres. La mujer de Samaria, que tenía cinco maridos y ahora convive con otro, recibe la promesa del “agua viva” que podrá brotar por siempre dentro de ella. (Cfr. Jn 4,14). Y así, cambia el corazón, Jesús; hace así con todos.

Nos hace bien pensar que Dios no ha elegido como primera amalgama para formar su Iglesia a las personas que no se equivocan jamás. La Iglesia es un pueblo de pecadores que experimentan la misericordia y el perdón de Dios. Pedro ha entendido más la verdad de sí mismo al canto del gallo, en vez que de sus impulsos de generosidad, que le henchían el pecho, haciéndolo sentir superior a los demás.

Hermanos y hermanas, somos todos pobres pecadores, necesitados de la misericordia de Dios que tiene la fuerza de transformarnos y devolvernos la esperanza, y esto cada día. ¡Y lo hace! Y a la gente que ha entendido esta verdad fundamental, Dios regala la misión más bella del mundo, es decir, el amor por los hermanos y las hermanas, y el anuncio de una misericordia que Él no niega a ninguno. Y esta es nuestra esperanza. Vayamos adelante con esta confianza en el perdón, en el amor misericordioso de Jesús. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

* SANTO DEL DÍA Santa Juana Francisca Frémiot de Chantal, viuda y fundadora “12 de agosto

Elogio: Santa Juana Francisca Frémiot de Chantal, religiosa, que, primero madre de familia, educó piadosamente a los seis hijos que tuvo como fruto de su cristiano matrimonio y, muerto su esposo, bajo la dirección de san Francisco de Sales abrazó con decisión el camino de la perfección, dedicándose a las obras de caridad, en especial para con los pobres y enfermos, y dio inicio a la Orden de la Visitación, que dirigió también prudentemente. Su muerte tuvo lugar en Moulins, junto al río Aller, cercano a Nevers, en Francia, el día trece de diciembre.
Patronazgos: para pedir un buen parto.
Oración: Señor, Dios nuestro, que adornaste con excelsas virtudes a santa Juana Francisca de Chantal en los distintos estados de su vida, concédenos, por su intercesión, caminar fielmente según nuestra vocación, para dar siempre testimonio de la luz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).
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Santa Juana Francisca Frémiot de Chantal, viuda y fundadora
fecha: 12 de agosto
fecha en el calendario anterior: 21 de agosto
n.: 1572†: 1641país: Francia
canonización: B: Benedicto XIV 1751 – C: Clemente XIII 1767
hagiografía: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI
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El padre de santa Juana de Chantal era Benigno Frémiot, presidente del parlamento de Borgoña. El señor Frémiot había quedado viudo cuando sus hijos eran todavía pequeños, pero no ahorró ningún esfuerzo para educarlos en la práctica de la virtud y prepararlos para la vida. Juana, que recibió en la confirmación el nombre de Francisca, fue sin duda la que mejor supo aprovechar esa magnífica educación. Cuando la joven tenía veinte años, su padre, que la amaba tiernamente, la concedió en matrimonio al barón de Chantal, Cristóbal de Rabutin. El barón tenía veintisiete años, era oficial del ejército francés y contaba con un largo historial de victoriosos duelos; su madre descendía de la beata Humbelina. El matrimonio tuvo lugar en Dijon y Juana Francisca partió con su marido a Bourbilly. Desde la muerte de su madre, el barón no había llevado una vida muy ordenada, de suerte que la servidumbre de su casa se había acostumbrado a cierta falta de disciplina; en consecuencia, el primer cuidado de la flamante baronesa fue establecer el orden en su casa. Los tres primeros hijos del matrimonio murieron poco después de nacer; pero los jóvenes esposos tuvieron después un niño y tres niñas que vivieron. Por otra parte, poseían cuanto puede constituir la felicidad a los ojos del mundo y procuraban corresponder a tantas bendiciones del cielo. Cuando su marido se hallaba ausente, la baronesa se vestía en forma muy modesta y, si alguien le preguntase por qué, ella respondía: «Los ojos de aquél a quien quiero agradar están a cien leguas de aquí». Las palabras que san Francisco de Sales dijo más tarde sobre santa Juana Francisca podían aplicársele ya desde entonces: «La señora de Chantal es la mujer fuerte que Salomón no podía encontrar en Jerusalén».

Pero la felicidad de la familia sólo duró nueve años. En 1601, el barón de Chantal salió de cacería con su amigo, el señor D’Aulézy, quien accidentalmente le hirió en la parte superior del muslo. El barón sobrevivió nueve días, durante los cuales sufrió un verdadero martirio a manos de un cirujano muy torpe y recibió los últimos sacramentos con ejemplar resignación. La baronesa había vivido exclusivamente para su esposo, de modo que el lector puede suponer fácilmente su dolor al verse viuda a los veintiocho años. Durante cuatro meses estuvo sumida en el más profundo dolor, hasta que una carta de su padre le recordó sus obligaciones para con sus hijos. Para demostrar que había perdonado de corazón al señor D’Aulézy, la baronesa le prestó cuantos servicios pudo y fue madrina de uno de sus hijos. Por otra parte, redobló sus limosnas a los pobres y consagró su tiempo a la educación e instrucción de sus hijos. Juana pedía constantemente a Dios que le diese un guía verdaderamente santo, capaz de ayudarla a cumplir perfectamente su voluntad. Una vez, mientras repetía esta oración, vio súbitamente a un hombre cuyas facciones y modo de vestir reconocería más tarde, al encontrar en Dijon a san Francisco de Sales. En otra ocasión, se vio a sí misma en un bosquecillo, tratando en vano de encontrar una iglesia. Por aquel medio, Dios le dio a entender que el amor divino tenía que consumir la imperfección del amor propio que había en su corazón y que se vería obligada a enfrentarse con numerosas dificultades.

La futura santa fue a pasar el año del luto en Dijon, en casa de su padre. Más tarde, se transladó con sus hijos a Monthelon, cerca de Autun, donde habitaba su suegro, que tenía ya setenta y cinco años. Desde entonces, cambió su hermosa y querida casa de Bourbilly por un viejo castillo. A pesar de que su suegro era un anciano vanidoso, orgulloso y extravagante, dominado por una ama de llaves insolente y de mala reputación, la noble dama no pronunció jamás una sola palabra de queja y se esforzó por mostrarse alegre y amable. En 1604, san Francisco de Sales fue a predicar la cuaresma a Dijon y Juana se transladó ahí con su suegro para oír al famoso predicador. Al punto reconoció en él al hombre que había vislumbrado en su visión y comprendió que era el director espiritual que tanto había pedido a Dios. San Francisco cenaba frecuentemente en casa del padre de Juana Francisca y ahí se ganó, poco a poco, la confianza de ésta. Ella deseaba abrirle su corazón, pero la retenía un voto que había hecho por consejo de un director espiritual indiscreto, de no abrir su conciencia a ningún otro sacerdote. Pero no por ello dejó de sacar gran provecho de la presencia del santo obispo, quien a su vez se sintió profundamente impresionado por la piedad de Juana Francisca. En cierta ocasión en que se había vestido más elegantemente que de ordinario, san Francisco de Sales le dijo: «¿Pensáis casaros de nuevo?» «De ninguna manera, Excelencia», replicó ella. «Entonces os aconsejo que no tentéis al diablo», le dijo el santo. Juana Francisca siguió el consejo.

Después de vencer sus escrúpulos sobre su voto indiscreto, la santa consiguió que Francisco de Sales aceptara dirigirla. Por consejo suyo, moderó un tanto sus devociones y ejercicios de piedad para poder cumplir con sus obligaciones mundanas én tanto que vivía con su padre o con su suegro. Lo hizo con tanto éxito, que alguien dijo de ella: «Esta dama es capaz de orar todo el día sin molestar a nadie». De acuerdo con una estricta regla de vida, consagrada la mayor parte de su tiempo a sus hijos, visitaba a los enfermos pobres de los alrededores y pasaba en vela noches enteras junto a los agonizantes. La bondad y mansedumbre de su carácter mostraban hasta qué punto había secundado las exigencias de la gracia, porque en su naturaleza firme y fuerte había cierta dureza y rigidez que sólo consiguió vencer del todo al cabo de largos años de oración, sufrimiento y paciente sumisión a la dirección espiritual. Tal fue la obra de san Francisco de Sales, a quien Juana Francisca iba a ver, de cuando en cuando, a Annecy, en Saboya, y con quien sostenía una nutrida correspondencia. El santo la moderó mucho en materia de mortificaciones corporales, recordándole que san Carlos Borromeo, «cuya libertad de espíritu tenía por base la verdadera caridad», no vacilaba en brindar con sus vecinos, y que san Ignacio de Loyola había comido tranquilamente carne los viernes por consejo de un médico, «en tanto que un hombre de espíritu estrecho hubiese discutido esa orden cuando menos durante tres días». San Francisco de Sales no permitía que su dirigida olvidase que estaba todavía en el mundo, que tenía un padre anciano y, sobre todo, que era madre; con frecuencia le hablaba de la educación de sus hijos y moderaba su tendencia a ser demasiado estricta con ellos. En esta forma, los hijos de Juana Francisca se beneficiaron de la dirección de san Francisco de Sales tanto como su madre.

Durante algún tiempo, la señora de Chantal se sintió inclinada a la vida conventual por varios motivos, entre los que se contaba la presencia de las carmelitas en Dijon. San Francisco de Sales, después de algún tiempo de consultar el asunto con Dios, le habló en 1607 de su proyecto de fundar la nueva Congregación de la Visitación. Santa Juana acogió gozosamente el proyecto; pero la edad de su padre, sus propias obligaciones de familia y la situación de los asuntos de su casa constituían, por el momento, obstáculos que la hacían sufrir. Juana Francisca respondió a su director que la educación de sus hijos exigía su presencia en el mundo, pero el santo le respondió que sus hijos ya no eran niños y que desde el claustro podría velar por ellos tal vez con más fruto, sobre todo si tomaba en cuenta que los dos mayores estaban ya en edad de «entrar en el mundo». En esa forma, lógica y serena, resolvió san Francisco de Sales todas las dificultades de la señora de Chantal. Antes de abandonar el mundo, Juana Francisca casó a su hija mayor con el barón de Thorens, hermano de san Francisco de Sales, y se llevó consigo al convento a sus dos hijas menores; la primera murió al poco tiempo, y la segunda se caso más tarde con el señor de Toulonjon. Celso Benigno, el hijo mayor, quedó al cuidado de su abuelo y de varios tutores. Después de despedirse de sus amistades, Juana fue a decir adiós a Celso Benigno. El joven, que había tratado en vano de apartarla de su resolución, se tendió por tierra ante el dintel de la puerta de la habitación para cerrarle la salida, pero la santa no se dejó vencer por la tentación de escoger la solución más fácil y pasó sobre el cuerpo de su hijo. Frente a la casa la esperaba su anciano padre. Juana Francisca se postró de rodillas y, llorando, le pidió su bendición. El anciano le impuso las manos y le dijo: «No puedo reprocharte lo que haces. Ve con mi bendición. Te ofrezco a Dios como Abraham le ofreció a Isaac, a quien amaba tanto como yo a ti. Ve a donde Dios te llama y sé feliz en Su casa. Ruega por mí». La santa inauguró el nuevo convento el domingo de la Santísima Trinidad de 1610, en una casa que san Francisco de Sales le había proporcionado, a orillas del lago de Annecy. Las primeras compañeras de Juana Francisca fueron María Favre, Carlota de Bréchard y una sirvienta llamada Ana Coste. Pronto ingresaron en el convento otras diez religiosas. Hasta ese momento, la congregación no tenía todavía nombre y la única idea clara que san Francisco de Sales poseía sobre su finalidad, era que debía servir de puerto de refugio a quienes no podían ingresar en otras congregaciones y que las religiosas no debían vivir en clausura para poder consagrarse con mayor facilidad a las obras de apostolado y caridad.

Naturalmente, la idea provocó fuerte oposición por parte de los espíritus estrechos e incapaces de aceptar algo nuevo. San Francisco de Sales acabó por modificar sus planes y aceptar la clausura para sus religiosas. A las reglas de San Agustín añadió unas constituciones admirables por su sabiduría y moderación, «no demasiado duras para los débiles y no demasiado suaves para los fuertes». Lo único que se negó a cambiar fue el nombre de “Congregación de la Visitación de Nuestra Señora”, y santa Juana Francisca le exhortó a no hacer concesiones en ese punto. El santo quería que la humildad y la mansedumbre fuesen la base de la observancia. «Pero en la práctica -decía a sus religiosas- la humildad es la fuente de todas las otras virtudes; no pongáis límites a la humildad y haced de ella el principio de todas vuestras acciones». Para bien de santa Juana y de las hermanas más experimentadas, el santo obispo escribió el «Tratado del amor de Dios». Santa Juana progresó tanto en la virtud bajo la dirección de san Francisco de Sales, que éste le permitió que hiciese el voto de que, en todas las ocasiones, realizaría lo que juzgase más perfecto a los ojos de Dios. Inútil decir que la santa gobernó prudentemente su comunidad, inspirándose en el espíritu de su director.

La madre de Chantal tuvo que salir frecuentemente de Annecy, tanto para fundar nuevos conventos como para cumplir con sus obligaciones de familia. Un año después de la toma de hábito, se vio obligada a pasar tres meses en Dijon, con motivo de la muerte de su padre, para poner en orden sus asuntos. Sus parientes aprovecharon la ocasión para intentar hacerla volver al mundo. Una mujer imaginativa exclamó al verla: «¿Cómo podéis sepultaron en dos metros de tela basta? Deberíais hacer pedazos ese velo». San Francisco de Sales le escribió entonces las palabras decisivas: «Si os hubiéseis casado de nuevo con algún señor de Gascuña o de Bretaña, habríais tenido que abandonar a vuestra familia y nadie habría opuesto en ese caso la menor objeción …» Después de la fundación de los conventos de Lyon, Moulins, Grénoble y Bourges, san Francisco de Sales, que estaba entonces en París, mandó llamar a la madre de Chantal para que fundase un convento en dicha ciudad. A pesar de las intrigas y la oposición, santa Juana Francisca consiguió fundarlo en 1619. Dios la sostuvo, le dio valor y la santa se ganó la admiración de sus más acerbos opositores con su paciencia y mansedumbre. Ella misma gobernó durante tres años el convento de París, bajo la dirección de san Vicente de Paul y ahí conoció a Angélica Arnauld, la abadesa de Port-Royal, quien no consiguió permiso de renunciar a su cargo e ingresar en la Congregación de la Visitación. En 1622, murió san Francisco de Sales y su muerte constituyó un rudo golpe para la madre de Chantal; pero su conformidad con la voluntad divina le ayudó a soportarlo con invencible paciencia. El santo fue sepultado en el convento de la Visitación de Annecy. En 1627, murió Celso Benigno en la isla de Ré, durante las batallas contra los ingleses y los hugonotes; el hijo de la santa, que no tenía sino treinta y un años, dejaba a su esposa viuda y con una hijita de un año, la que con el tiempo sería la célebre Madame de Sévigné. Santa Juana Francisca recibió la noticia con heroica fortaleza y ofreció su corazón a Dios, diciendo: «Destruye, corta y quema cuanto se oponga a tu santa voluntad».

El año siguiente, se desató una terrible peste, que asoló Francia, Saboya y el Piamonte, y diezmó varios conventos de la Visitación. Cuando la peste llegó a Annecy, la santa se negó a abandonar la ciudad, puso a la disposición del pueblo todos los recursos de su convento y espoleó a las autoridades a tomar medidas más eficaces para asistir a los enfermos. En 1632, murieron la viuda de Celso Benigno, Antonio de Toulonjon (el yerno de la santa, a quien ésta quería mucho) y el P. Miguel Favre, quien había sido el confesor de san Francisco y era muy amigo de las visitandinas. A estas pruebas se añadieron la angustia, la oscuridad y la sequedad espiritual, que en ciertos momentos eran casi insoportables, como lo prueban algunas cartas de Santa Juana Francisca. Dios permite con frecuencia que las almas que le son más queridas atraviesen por largos períodos de bruma, oscuridad y angustia; pero a través de ellos las lleva con mano segura a las fuentes de la felicidad y al centro de la luz. En los años de 1635 y 1636, la santa visitó todos los conventos de la Visitación, que eran ya sesenta y cinco, pues muchos de ellos no habían tenido aún el consuelo de conocerla. En 1641, fue a Francia para ver a Madame de Montmorency en una misión de caridad. Ese fue su último viaje. La reina Ana de Austria la convidó a París, donde la colmó de honores y distinciones, con gran confusión por parte de la homenajeada. Al regreso, cayó enferma en el convento de Moulins, donde murió el 13 de diciembre de 1641, a los sesenta y nueve años de edad. Su cuerpo fue transladado a Annecy y sepultado cerca del de san Francisco de Sales. La canonización de santa Juana Francisca tuvo lugar en 1767. San Vicente de Paul dijo de ella: «Era una mujer de gran fe y, sin embargo, tuvo tentaciones contra la fe toda su vida. Aunque aparentemente había alcanzado la paz y tranquilidad de espíritu de las almas virtuosas, sufría terribles pruebas interiores, de las que me habló varias veces. Se veía tan asediada de tentaciones abominables, que tenía que apartar los ojos de sí misma para no contemplar ese espectáculo insoportable. La vista de su propia alma la horrorizaba como si se tratase de una imagen del infierno. Pero en medio de tan grandes sufrimientos jamás perdió la serenidad ni cejó en la plena fidelidad que Dios le exigía. Por ello, la considero como una de las almas más santas que me haya sido dado encontrar sobre la tierra».

Aparte de los escritos y la correspondencia de la santa y de las cartas de san Francisco de Sales, las fuentes biográficas más importantes son las Mémoires de la Madre de Chaugy. Dicha obra constituye el primer volumen de la colección Sainte Chantal, sa vie et ses oeuvres (1874-1879, 8 vols.). Las cartas de san Francisco se hallan en la imponente edición de sus obras (20 vols.), publicada por las religiosas de la Visitación de Annecy; naturalmente, las cartas de san Francisco son muy importantes por la luz que arrojan sobre los orígenes de la Congregación de la Visitación. Además, la fundadora tuvo la suerte de encontrar en los tiempos modernos, un biógrafo ideal: la Histoire de Sainte Chantal et des origines de la Visitation de Mons. Bougaud resulta ser una de las obras maestras de la hagiografía.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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