* SOLEMNIDAD “

https://i0.wp.com/lh6.ggpht.com/_k3wzgjw5irk/TOBuS6dOJQI/AAAAAAAAACg/vCbtbLi0IHw/s400/LS-07-Greco-BautismoJesus.jpgGreco (1541-1614), Bautismo de Jesús, Museo del Prado, Madrid.

¿Por qué se hizo bautizar Jesús?

En el gesto de Jesús descubrimos su solidaridad redentora. Se hace uno de los nuestros, para compartir hasta el fondo nuestra suerte y así poder transformarla.

Por: P. Guillermo Juan Morado | Fuente: Infocatolica

Jesús no tenía necesidad de ser bautizado. Juan Bautista acertaba plenamente al decir: “Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias” (cf Mc 1,7-11). El bautismo de Juan, que no es todavía el sacramento cristiano del bautismo, era un bautismo de penitencia, que expresaba el deseo de ser purificado de los pecados. Ningún pecado había en Jesús. Él es el Santo, el Inocente, el Hijo de Dios.

¿Por qué, entonces, quiso Jesús ser contado entre los pecadores y, como algunos de ellos, dejarse bautizar por Juan? En el gesto de Jesús descubrimos su solidaridad redentora. Se hace uno de los nuestros, para compartir hasta el fondo nuestra suerte y así poder transformarla. En realidad, no es el agua del Jordán la que purifica a Jesús, sino que es Él, dejándose sumergir en el agua, quien confiere al agua el poder de santificar.

La inmersión de Jesús en el Jordán prefigura su inmersión en la muerte. El Señor no sólo se dejó contar entre los pecadores, sino se apropió de todo el pecado de los hombres y asumió la consecuencia de ese pecado, la muerte. Haciendo suya la muerte la destruyó desde dentro, trasformándola en vida, al igual que convirtió el agua del Jordán en agua de vida.

El Señor, que posee el Espíritu en plenitud, puede comunicarlo a los suyos por medio de un Bautismo que ya no es, como el de Juan, un mero signo de penitencia, sino una participación sacramental en su Pascua. Al recibir el sacramento del Bautismo por el agua y el Espíritu Santo somos verdaderamente regenerados; morimos al hombre viejo, al pecado, y renacemos como hombres nuevos, como hijos adoptivos de Dios por la gracia, como miembros de la Iglesia.

El evangelio dice que apenas salió Jesús del agua se “rasgó el cielo”. Los cielos se abrieron, comenta Santo Tomás de Aquino, para mostrar los elementos que pertenecen a la eficacia de nuestro Bautismo. Una eficacia que proviene, no de las fuerzas humanas, sino de la virtud del cielo. Una eficacia relacionada con la fe del que se bautiza y con la fe de la Iglesia, mediante la cual “contemplamos las cosas del cielo, que superan los sentidos y la razón humanos”. Y, además, “se abrieron los cielos, para manifestar que el camino del cielo queda abierto para los bautizados” (STh III 39 5).

Debemos perseverar en la oración para que este nuevo nacimiento, que ha tenido lugar en nuestro Bautismo, llegue a su plenitud, a su cumplimiento, que no es otro que el cielo; la amistad con Dios, la comunión con Él y con todos los bienaventurados.

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS 1-11-2016

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Para contrarrestar el efecto negativo de halloween, proponemos en estas fechas instruir a los niños con contenido educativo y cristiano. Aquí les proponemos este material cortesía del Secretariado Diocesano de Evangelización y Catequesis – México

EXPERIENCIA DEL NIÑO

Ir acomodando a la vista de los niños dibujos o fotos de los superhéroes que más conocen por la televisión, y también algunos anti-superhéroes, que ellos los vayan reconociendo por sus nombres, preguntarles cuáles más conocen ellos, ir apuntando en un lugar visible los nombres que vayan dando y entrar en un diálogo:

¿Cuál es tu superhéroe favorito?
¿Qué es lo que más te gusta de él?
¿Te gustaría tener sus súper poderes?
¿Qué harías tú si fueras superhéroe?
¿Por qué algunos son buenos y otros son malos?
¿Por qué tienen poderes?
¿Te has topado con alguno de ellos por la calle?
¿Existen de verdad estos superhéroes?

EXPERIENCIA DE LOS SANTOS

Los católicos estamos de fiesta porque el 1º de noviembre se celebra a todos los santos. Esa es la verdadera fiesta de estos días, celebrar a los monstruos y a las brujas no es de cristianos. Celebrar el día de muertos es una tradición de nuestra patria, y es bueno que como cristianos hagamos oración por nuestros difuntos. Pero ¿por qué celebrar la fiesta de todos los santos? ¿Quiénes son los santos?

Los santos no son personas diferentes de nosotros, en todos los tiempos ha habido santos, de diferente edad, unos niños, otros jóvenes, adultos, viejitos, hay santos y hay santas, unos flaquitos, otros gorditos, unos muy inteligentes otros muy sencillos, algunos han nacido muy ricos otros fueron muy pobres, unos son blancos otros negros, unos han sido santos desde pequeños, otros llevaron una vida en la que no conocían a Dios, y se portaron muy mal, pero cuando se encontraron con Jesús, cambiaron, y decidieron ser felices siguiéndolo.

Todos, pero todos, estamos llamados a ser santos, Dios nos quiere santos, y para eso nos dio el Don de la Fe, fue su regalo cuando nos bautizaron, y todos los que estamos bautizados tenemos que ser santos, pero también tenemos que querer serlo. El Don de la Fe es más grande que todos los súper poderes de tus héroes favoritos y además es de verdad. Pero la fe no es para tener unos músculos muy fuertes, o para poder volar, o ver a través de las paredes, ni para golpear a nadie.

Ser santos es querer seguir a Jesús, actuar como él, hacer el bien como él, amar como él. SER SANTO ES SER AMIGO DE JESÚS.

¿A qué Santo o santa conoces?, ¿por qué es santo? Hacer una pequeña lista como la de los superhéroes pero de los santos que los niños vayan nombrando. ¿En tu casa hay imágenes de algún santo o santa? ¿Sabes cómo vivió, qué hizo para ser santo? ¿En la tele has visto que pongan a los santos?

Vamos ahora a conocer algunos de ellos.

Hace un tiempo hubo un niño llamado Domingo Savio, que desde muy chiquito entendió que ser amigo de Jesús era lo más importante en la vida. El día que hizo su primera comunión, escribió en un papelito: “Mis amigos serán Jesús y María, me confesaré y comulgaré los domingos y días de fiesta, prefiero morir antes que pecar”. Quería hacer la voluntad de Dios en todo. Un día un maestro preguntó en el recreo a todos los niños: “Si supieran que hoy iban a morir ¿qué harían?, uno contestó “correría con mi mamá”, otro dijo: “yo iría a la Iglesia a rezar y a confesarme”, y Domingo dijo: “seguiría jugando porque en este momento esa es la voluntad de Dios”. Era un niño alegre, feliz, porque amaba a Jesús.

Santa Teresita, también amaba mucho a Jesús y a María Santísima, tenía muchas hermanas y todas ellas quisieron consagrarse al Señor. Ella siempre supo que todas las cosas pequeñas, oraciones, trabajos, servicios hechos con amor eran lo que agradaba a Dios, un día le dijo a Jesús que ella quería ser su “pelotita” para que el niño Jesús jugara con ella. Cuando recibía la Sagrada Comunión era la más feliz del mundo. Era buena con todos y buscaba hacer favores a las personas que no sabían dar las gracias y eso le costaba trabajo pero se lo ofrecía a nuestro Señor. Rezaba como quien platica con el mejor de los amigos porque conocía muy bien quien era Jesús.

San Agustín fue un gran santo, pero él no siempre se portó bien, hacía sufrir a su mamá con su mal comportamiento, pero su mamá que era muy santa, se llamaba Mónica, rezaba mucho para que su hijo conociera a Jesús, y el día que Agustín encontró a Jesús en su vida se llenó de tanta alegría que ya no quiso nunca más pecar, fue con su mamá y juntos rezaron y dieron gracias a Dios. San Agustín llegó a ser Obispo y tenía tanta confianza en el amor de Dios que le decía: “Señor, nos creaste para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. Pensaba y meditaba en las cosas de Dios, escribió muchos libros que ahora en la Iglesia sirven de guía para todos los cristianos. Decía también: “Ama y haz lo que quieras”, porque sabía muy bien, que cuando se ama a Dios sólo harás lo que le agrada.

La Madre Teresa de Calcuta, quiso agradar a Jesús sirviendo a los más pobres, a los que nada tenían, a los que no podían pagar con nada, cuidaba con mucho amor a los enfermos porque decía que en los enfermos más pobres encontraba a Jesucristo. Todas las mañanas asistía a Misa, y comulgaba, para que todo lo que hiciera en el día fuera obra de Jesús. Cuando ya estaba muy viejita, seguía trabajando, hablaba a mucha gente, a los presidentes de los países, a los sacerdotes a personas de todo el mundo y los invitaba a que cuidaran la vida de todas las personas, sobre todo la de los niños. Ella rezaba siempre el Santo Rosario porque así siempre tenía la ayuda de la Virgen María.

Otros santos, han ido a lugares muy lejanos donde no se conoce a Jesús y les enseñan a amar a nuestro Señor, a ellos se les llaman Misioneros, algunos han muerto dando su vida por la fe, estos son los Mártires. Otros se han dedicado a cuidar a los enfermos, a los pobres, algunos fundaron colegios para que los niños se educaran y conocieran a Jesús.  Otros se han quedado en su ciudad y en su casa pero han hecho la voluntad de Dios y se han mantenido en su amistad. Algunos santos son muy conocidos por todos, pero hay otros que nadie conoce, más que Dios. Otros que han estado enfermos le entregan a Jesús todos sus sufrimientos, y así, nos encontramos que aunque los santos no salen mucho en la televisión ni los periódicos nos platican de ellos, están haciendo que en el mundo brille la gloria de Dios.

Los nombres que tenemos muchas veces son los nombres de algún santo o santa, son nuestros patronos, por ejemplo San Carlos, Santa Teresa, Santa Cecilia, San Pedro, San Juan, San Alberto etc.

Los santos, o sea los que ya están en el cielo porque vivieron su bautismo, a ellos se les veneran porque son:

Modelo: Porque viendo lo que ellos hicieron para ser amigos de Dios nosotros los podemos imitar.

Estímulo: Porque ellos, lucharon como ahora nosotros y ya gozan de la herencia a la que también nosotros estamos llamados.

Intercesores: Son amigos y hermanos nuestros y grandes bienhechores a quienes podemos recurrir suplicándoles que hagan valer su influencia ante Dios en ayuda de nuestras necesidades.

EXPERIENCIA CRISTIANA

Ya nos dimos cuenta que los superhéroes son algunos personajes de la televisión, que nos divertimos y jugamos a que somos ellos, pero que en realidad no podemos tener súper poderes porque ellos sólo existen en las caricaturas y las películas, en cambio los santos son aquellos que han sido fieles a su bautismo, que el don de la fe que recibieron lo usaron muy bien.  El Papa Juan Pablo II nos ha invitado a vivir la santidad muchas veces, él ha llevado una vida de santidad y ha llevado al altar a muchos santos, y nos dice que para ser santos hay que:

Orar: Hacer oración, no sólo rezar oraciones de memoria sino poner en ellas el corazón, orar es platicar con Dios.

Ir a Misa y comulgar. La Misa (La Eucaristía), es el lugar más hermoso del mundo, es como estar en el cielo porque ahí está presente Jesús que se nos da en la comunión.

La Confesión. Acercaros seguido al perdón que Dios siempre nos da cuando hemos pecado. Así recuperamos su amistad y volvemos a ser felices.

La Gracia. Confiar en Dios, saber que sólo porque Jesús nos acompaña siempre, podemos ser buenos.

Escuchar la Palabra de Dios. Conocer lo que Dios nos dice en la Biblia, aprender el catecismo, para hacer lo que le agrada a Dios.

Anunciar la Palabra de Dios. Ser misioneros, llevar a otros la alegría de encontrarse con Jesús, lo podemos hacer con palabras, con nuestro comportamiento, con nuestra compañía, ayudando a los demás con amor.

La Santísima Virgen, san José, los apóstoles, mártires y santos todos esperan nuestro triunfo, están atentos a nuestra lucha, no nos olvidan.

¿Qué crees que puedes hacer tú para ser santo?

De los santos que platicamos hoy ¿a quién te gustaría parecerte?

Fuente:https://www.aciprensa.com/recursos/que-se-celebra-en-la-fiesta-de-todos-los-santos-1700/

* SANTO DEL DÍA: SAN NARCISO DE JERUSALÉN. PATRONO CONTRA LAS HABLADURÍAS 29-10-2016

https://uncatolicodenava.files.wordpress.com/2016/10/f7779-images.jpg?w=645Obispo de Jerusalén. Presidió un consejo en donde se decidió que la fiesta de celebración de la Pascua debía ser siempre en Domingo.

Martirologio romano: 
Conmemoración de San Narciso, obispo de Jerusalén, con una santidad ejemplar, paciencia y fe de que, en total acuerdo con el Papa San Víctor en la fecha de la celebración de la Pascua, dijo que el misterio de la Resurrección del Señor sólo podía celebrarse el día Domingo y en la madurez de su vida, a los ciento dieciséis años, pasó felizmente a la Gloria del Señor.

Biografía

San Narciso desde su juventud se dedicó con gran cuidado al estudio de las disciplinas religiosas y humanas. Él luego, decidió ingresar a la vida eclesiástica, y en él se vieron todas las virtudes sacerdotales en su perfección; fue llamado el santo sacerdocio.
Estuvo rodeado de gran estima en su pueblo, pero fue consagrado obispo de Jerusalén alrededor del año 180, cuando ya era un octogenario.
Gobernó la Iglesia con un vigor que era como el de un hombre joven, y su vida austera y penitente estuvo totalmente dedicada al bienestar de la iglesia.
En el año 195, con Teófilo de Cesarea, presidió un consejo sobre la fecha de la celebración de la Pascua; se decidió entonces que esta gran fiesta siempre se debería celebrar el día domingo y no en el día de la antigua Pascua.
Los milagros en su vida
Dios le hizo testigo de sus méritos con muchos milagros, los cuales, los cristianos de Jerusalén, celebraron en su memoria por largo tiempo.
Un sábado Santo los fieles fueron puestos en apuro, porque no se podía encontrar aceite para las lámparas de la iglesia que iban a ser utilizados en la vigilia pascual. San Narciso ordenó que extrajeran agua de un buen vecino y después de que él la bendijera, la pusieran en las lámparas. Inmediatamente el agua se transformó en aceite. Mucho tiempo después, algunos de estos aceites aún se conservan en Jerusalén en memoria de este milagro.
El momento de la prueba
La virtud de este Santo, con el tiempo le trajo enemigos. Tres hombres miserables, afanados por el poder, lo acusaron de un crimen atroz. Alimentaron su falso testimonio con imprecaciones terribles. Los tres de ellos juraron ante Dios que lo que decían era cierto y cada uno se impuso un castigo si las acusaciones contra el obispo eran encontrada falsas. 
El primero rogó a Dios que lo dejase morir por el fuego, el segundo juró que se muriera infestado por la lepra y el tercero dijo que quedase ciego. El santo obispo, quien desde hacía tiempo había deseado una vida de soledad, tomó esta prueba con humildad y decidió que lo mejor era retirarse al desierto y dejar a la Iglesia en paz.
Poco tiempo después, Dios intervino en nombre de Su amado siervo, cuando los tres acusadores del obispo sufrieron las penalidades que ellos mismos habían invocado.
Desde ese entonces, Narciso no pudo resistir las peticiones de su pueblo; quienes lo llamaban con gran vehemencia para que regresara a Jerusalén y volviera a tomar las riendas de la Iglesia. Y así lo hizo por muchos años, hasta que, ya entrado en años, murió en la vejez extrema
Oración
Dios, Tú hizo San Narciso un ejemplo sobresaliente de amor divino y la fe que vence al mundo, y lo agrega al papel de pastores santos. Concesión por su intercesión para que podamos perseverar en la fe y el amor y ser partícipes de su gloria. Amén
Fuente: PíldorasdeFe

*Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación

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Usemos misericordia con nuestra casa común

En unión con los hermanos y hermanas ortodoxos, y con la adhesión de otras Iglesias y Comunidades cristianas, la Iglesia católica celebra hoy la anual «Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación». La jornada pretende ofrecer «a cada creyente y a las comunidades una valiosa oportunidad de renovar la adhesión personal a la propia vocación de custodios de la creación, elevando a Dios una acción de gracias por la maravillosa obra que él ha confiado a nuestro cuidado, invocando su ayuda para la protección de la creación y su misericordia por los pecados cometidos contra el mundo en el que vivimos»[1].

Es muy alentador que la preocupación por el futuro de nuestro planeta sea compartida por las Iglesias y las Comunidades cristianas junto a otras religiones. En efecto, en los últimos años, muchas iniciativas han sido emprendidas por las autoridades religiosas y otras organizaciones para sensibilizar en mayor medida a la opinión pública sobre los peligros del uso irresponsable del planeta. Quisiera aquí mencionar al Patriarca Bartolomé y a su predecesor Demetrio, que durante muchos años se han pronunciado constantemente contra el pecado de causar daños a la creación, poniendo la atención sobre la crisis moral y espiritual que está en la base de los problemas ambientales y de la degradación. Respondiendo a la creciente atención por la integridad de la creación, la Tercera Asamblea Ecuménica Europea (Sibiu 2007) proponía celebrar un «Tiempo para la creación», con una duración de cinco semanas entre el 1 de septiembre (memoria ortodoxa de la divina creación) y el 4 de octubre (memoria de Francisco de Asís en la Iglesia católica y en algunas otras tradiciones occidentales). Desde aquel momento dicha iniciativa, con el apoyo del Consejo Mundial de las Iglesias, ha inspirado muchas actividades ecuménicas en diversos lugares.

Debe ser también un motivo de alegría que, en todo el mundo, iniciativas parecidas que promueven la justicia ambiental, la solicitud hacia los pobres y el compromiso responsable con la sociedad, están fomentando el encuentro entre personas, sobre todo jóvenes, de diversos contextos religiosos. Los Cristianos y los no cristianos, las personas de fe y de buena voluntad, hemos de estar unidos en el demostrar misericordia con nuestra casa común ―la tierra― y valorizar plenamente el mundo en el cual vivimos como lugar del compartir y de comunión.

1. La tierra grita…

Con este Mensaje, renuevo el diálogo con «toda persona que vive en este planeta» respecto a los sufrimientos que afligen a los pobres y la devastación del medio ambiente. Dios nos hizo el don de un jardín exuberante, pero lo estamos convirtiendo en una superficie contaminada de «escombros, desiertos y suciedad» (Laudato si’, 161). No podemos rendirnos o ser indiferentes a la pérdida de la biodiversidad y a la destrucción de los ecosistemas, a menudo provocados por nuestros comportamientos irresponsables y egoístas. «Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho» (ibíd., 33).

El planeta continúa a calentarse, en parte a causa de la actividad humana: el 2015 ha sido el año más caluroso jamás registrado y probablemente el 2016 lo será aún más. Esto provoca sequía, inundaciones, incendios y fenómenos meteorológicos extremos cada vez más graves. Los cambios climáticos contribuyen también a la dolorosa crisis de los emigrantes forzosos. Los pobres del mundo, que son los menos responsables de los cambios climáticos, son los más vulnerables y sufren ya los efectos.

Como subraya la ecología integral, los seres humanos están profundamente unidos unos a otros y a la creación en su totalidad. Cuando maltratamos la naturaleza, maltratamos también a los seres humanos. Al mismo tiempo, cada criatura tiene su propio valor intrínseco que debe ser respetado. Escuchemos «tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (ibíd., 49), y busquemos comprender atentamente cómo poder asegurar una respuesta adecuada y oportuna.

2. …porque hemos pecado

Dios nos ha dado la tierra para cultivarla y guardarla (cf. Gn. 2,15) con respeto y equilibrio. Cultivarla «demasiado» ‒esto es abusando de ella de modo miope y egoísta‒, y guardarla poco es pecado.

Con valentía, el querido Patriarca Bartolomé, repetidamente y proféticamente, ha puesto de manifiesto nuestros pecados contra la creación: «Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todo esto es pecado». Porque «un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios»[2].

Ante lo que está sucediendo en nuestra casa, que el Jubileo de la Misericordia pueda llamar de nuevo a los fieles cristianos «a una profunda conversión interior» (Laudato si’, 217), sostenida particularmente por el sacramento de la Penitencia. En este Año Jubilar, aprendamos a buscar la misericordia de Dios por los pecados cometidos contra la creación, que hasta ahora no hemos sabido reconocer ni confesar; y comprometámonos a realizar pasos concretos en el camino de la conversión ecológica, que pide una clara toma de conciencia de nuestra responsabilidad con nosotros mismos, con el prójimo, con la creación y con el creador (cf. ibíd., 10;229).

3. Examen de conciencia y arrepentimiento

El primer paso en este camino es siempre un examen de conciencia, que «implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y gestos generosos […] También implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal. Para el creyente, el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres» (ibíd., 220).

A este Padre lleno de misericordia y de bondad, que espera el regreso de cada uno de sus hijos, podemos dirigirnos reconociendo nuestros pecados contra la creación, los pobres y las futuras generaciones. «En la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos», estamos llamados a reconocer «nuestra contribución –pequeña o grande– a la desfiguración y destrucción de la creación»[3]. Este es el primer paso en el camino de la conversión.

En el 2000, también un Año Jubilar, mi predecesor san Juan Pablo II invitó a los católicos a arrepentirse por la intolerancia religiosa pasada y presente, así como por las injusticias cometidas contra los hebreos, las mujeres, los pueblos indígenas, los inmigrantes, los pobres y los no nacidos. En este Jubileo Extraordinario de la Misericordia, invito a cada uno a hacer lo mismo. Como personas acostumbradas a estilos de vida inducidos por una malentendida cultura del bienestar o por un «deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita» (ibíd., 123), y como partícipes de un sistema que «ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza»[4], arrepintámonos del mal que estamos haciendo a nuestra casa común.

Después de un serio examen de conciencia y llenos de arrepentimiento, podemos confesar nuestros pecados contra el Creador, contra la creación, contra nuestros hermanos y hermanas. «El Catecismo de la Iglesia Católica nos hace ver el confesionario como un lugar en el que la verdad nos hace libres para un encuentro»[5]. Sabemos que «Dios es más grande que nuestro pecado»[6], de todos los pecados, incluidos aquellos contra la creación. Allí confesamos porque estamos arrepentidos y queremos cambiar. Y la gracia misericordiosa de Dios que recibimos en el sacramento nos ayudará a hacerlo.

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4. Cambiar de ruta

El examen de conciencia, el arrepentimiento y la confesión al Padre rico de misericordia, nos conducen a un firme propósito de cambio de vida. Y esto debe traducirse en actitudes y comportamientos concretos más respetuosos con la creación, como, por ejemplo, hacer un uso prudente del plástico y del papel, no desperdiciar el agua, la comida y la energía eléctrica, diferenciar los residuos, tratar con cuidado a los otros seres vivos, utilizar el transporte público y compartir el mismo vehículo entre varias personas, entre otras cosas (cf. Laudado si’, 211). No debemos pensar que estos esfuerzos sean demasiado pequeños para mejorar el mundo. Estas acciones «provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente» (ibíd., 212) y refuerzan «un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo» (ibíd., 222).

Igualmente, el propósito de cambiar de vida debe atravesar el modo en el que contribuimos a construir la cultura y la sociedad de la cual formamos parte: «El cuidado de la naturaleza es parte de un estilo de vida que implica capacidad de convivencia y de comunión» (ibíd., 228). La economía y la política, la sociedad y la cultura, no pueden estar dominadas por una mentalidad del corto plazo y de la búsqueda de un inmediato provecho financiero o electoral. Por el contrario, estas deben ser urgentemente reorientadas hacia el bien común, que incluye la sostenibilidad y el cuidado de la creación.

Un caso concreto es el de la «deuda ecológica» entre el norte y el sur del mundo (cf. ibíd., 5152). Su restitución haría necesario que se tomase cuidado de la naturaleza de los países más pobres, proporcionándoles recursos financiaros y asistencia técnica que les ayuden a gestionar las consecuencias de los cambios climáticos y a promover el desarrollo sostenible.

La protección de la casa común necesita un creciente consenso político. En este sentido, es motivo de satisfacción que en septiembre de 2015 los países del mundo hayan adoptado los Objetivos del Desarrollo Sostenible, y que, en diciembre de 2015, hayan aprobado el Acuerdo de París sobre los cambios climáticos, que marca el costoso, pero fundamental objetivo de frenar el aumento de la temperatura global. Ahora los Gobiernos tienen el deber de respetar los compromisos que han asumido, mientras las empresas deben hacer responsablemente su parte, y corresponde a los ciudadanos exigir que esto se realice, es más, que se mire a objetivos cada vez más ambiciosos.

Cambiar de ruta significa, por lo tanto, «respetar escrupulosamente el mandamiento originario de preservar la creación de todo mal, ya sea por nuestro bien o por el bien de los demás seres humanos»[7]. Una pregunta puede ayudarnos a no perder de vista el objetivo: «¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» (Laudato si’, 160).

5. Una nueva obra de misericordia

«Nada une más con Dios que un acto de misericordia, bien sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, o bien de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre»[8].

Parafraseando a Santiago, «la misericordia sin las obras está muerta en sí misma. […] A causa de los cambios de nuestro mundo globalizado, algunas pobrezas materiales y espirituales se han multiplicado: por lo tanto, dejemos espacio a la fantasía de la caridad para encontrar nuevas modalidades de acción. De este modo la vía de la misericordia se hará cada vez más concreta»[9].

La vida cristiana incluye la práctica de las tradicionales obras de misericordia corporales y espirituales[10]. «Solemos pensar en las obras de misericordia de una en una, y en cuanto ligadas a una obra: hospitales para los enfermos, comedores para los que tienen hambre, hospederías para los que están en situación de calle, escuelas para los que tienen que educarse, el confesionario y la dirección espiritual para el que necesita consejo y perdón… Pero, si las miramos en conjunto, el mensaje es que el objeto de la misericordia es la vida humana misma y en su totalidad»[11].

Obviamente «la misma vida humana en su totalidad» incluye el cuidado de la casa común. Por lo tanto, me permito proponer un complemento a las dos listas tradicionales de siete obras de misericordia, añadiendo a cada una el cuidado de la casa común.

Como obra de misericordia espiritual, el cuidado de la casa común precisa de «la contemplación agradecida del mundo» (Laudato si’, 214) que «nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir» (ibíd., 85). Como obra de misericordia corporal, el cuidado de la casa común, necesita «simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo […] y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor» (ibíd., 230231).

6. En conclusión, oremos

A pesar de nuestros pecados y los tremendos desafíos que tenemos delante, no perdamos la esperanza: «El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado […] porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos» (ibíd., 13; 245). El 1 de septiembre en particular, y después durante el resto del año, recemos:

«Oh Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar a los abandonados
y a los olvidados de esta tierra
que son tan valiosos a tus ojos. […]

Dios de amor,
muéstranos nuestro lugar en este mundo
como instrumentos de tu cariño
por todos los seres de esta tierra (ibíd., 246).

Dios de Misericordia, concédenos recibir tu perdón
y de transmitir tu misericordia en toda nuestra casa común.
Alabado seas.

Amen.


[1] Carta para la Institución de la «Jornada mundial de oración para el cuidado de la creación» (6 agosto 2015).

[2] Discurso en Santa Bárbara, California (8 noviembre 1997).

[3] Bartolomé I, Mensaje para el día de oración por la protección de la creación (1 septiembre 2012).

[4] Discurso, II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, (9 julio 2015).

[5] Tercera meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de san Pablo extramuros (2 junio 2016).

[6] Audiencia General (30 marzo 2016).

[7] Bartolomé I, Mensaje para la Jornada de oración para el cuidado de la creación (1 septiembre 1997).

[8] Primera Meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de san Juan de Letrán (2 junio 2016).

[9] Audiencia General (30 junio 2016).

[10] Las corporales son: dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; vestir al desnudo; dar posada al peregrino; visitar al enfermo; visitar a los encarcelados; enterrar a los muertos. Las espirituales son: dar consejo al que lo necesita; enseñar al que no sabe; corregir al que se equivoca; consolar al triste; perdonar al que nos ofende; soportar con paciencia los defectos del prójimo; rogar a Dios por los vivos y por los muertos.

[11] Tercera Meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de San Pablo extramuros (2 junio 2016).

* MEMORIA LITURGICA “Bienaventurada Virgen María, Reina del cielo y Madre de misericordia ” 22 de agosto

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La Virgen con el Niño y ángeles, de Gérard David (ca. 1520)

 

Desde hace dos mil años, la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos. Que por la humildad de la Esposa brille todavía más la gloria y la fuerza de la Eucaristía, que ella celebra y conserva en su seno. En el signo del Pan y del Vino consagrados, Jesucristo resucitado y glorificado, luz de las gentes (cf. Lc 2, 32), manifiesta la continuidad de su Encarnación. Permanece vivo y verdadero en medio de nosotros para alimentar a los creyentes con su Cuerpo y con su Sangre.

“El que come Mi Cuerpo y bebe Mi Sangre, tendrá la vida eterna” (Juan 6:55); “El que come este Pan, vivirá por siempre” (Juan 6:59).

 

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María es Reina por ser Madre de Jesús, Rey del Universo.

 

 

Al misterio de la Asunción de María Santísima acompaña una prerrogativa muy querida del pueblo cristiano: la Coronación de María Santísima como Reina y Señora de todo lo creado.

La clave de todo cuanto la Iglesia enseña en relación con María se encuentra en las siguientes palabras: «Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo». La doctrina mariana está enteramente construida en referencia a Cristo, en una doble dirección: todo cuanto la Iglesia cree de María, lo cree como consecuencia de lo que ella cree de Jesucristo; pero también es verdad que la doctrina mariana orienta hacia una fe más profunda en Cristo. – Carlo Caffarra –

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BENEDICTO XVI – AUDIENCIA GENERAL

 

Castelgandolfo

Miércoles 22 de agosto de 2012 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Se celebra hoy la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María invocada con el título: «Reina». Es una fiesta de institución reciente, aunque es antiguo su origen y devoción: fue instituida por el venerable Pío XII, en 1954, al final del Año Mariano, fijando para su celebración la fecha del 31 de mayo (cf. Carta enc. Ad caeli Reginam, 11 de octubre de 1954: AAS 46 [1954] 625-640). En esa circunstancia el Papa dijo que María es Reina más que cualquier otra criatura por la elevación de su alma y por la excelencia de los dones recibidos. Ella no cesa de dispensar todos los tesoros de su amor y de sus cuidados a la humanidad (cf. Discurso en honor de María Reina, 1 de noviembre de 1954). Ahora, después de la reforma posconciliar del calendario litúrgico, fue situada ocho días después de la solemnidad de la Asunción para poner de relieve la íntima relación entre la realeza de María y su glorificación en cuerpo y alma al lado de su Hijo. En la constitución del concilio Vaticano II sobre la Iglesia leemos: «María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo» (Lumen gentium, 59).

 

Este es el fundamento de la fiesta de hoy: María es Reina porque fue asociada a su Hijo de un modo único, tanto en el camino terreno como en la gloria del cielo. El gran santo de Siria, Efrén el siro, afirma, sobre la realeza de María, que deriva de su maternidad: ella es Madre del Señor, del Rey de los reyes (cf. Is 9, 1-6) y nos señala a Jesús como vida, salvación y esperanza nuestra. El siervo de Dios Pablo VI recordaba en su exhortación apostólica Marialis cultus: «En la Virgen María todo se halla referido a Cristo y todo depende de él: con vistas a él, Dios Padre la eligió desde toda la eternidad como Madre toda santa y la adornó con dones del Espíritu Santo que no fueron concedidos a ningún otro» (n. 25).

 

Pero ahora nos preguntamos: ¿qué quiere decir María Reina? ¿Es sólo un título unido a otros? La corona, ¿es un ornamento junto a otros? ¿Qué quiere decir? ¿Qué es esta realeza? Como ya hemos indicado, es una consecuencia de su unión con el Hijo, de estar en el cielo, es decir, en comunión con Dios. Ella participa en la responsabilidad de Dios respecto al mundo y en el amor de Dios por el mundo. Hay una idea vulgar, común, de rey o de reina: sería una persona con poder y riqueza. Pero este no es el tipo de realeza de Jesús y de María. Pensemos en el Señor: la realeza y el ser rey de Cristo está entretejido de humildad, servicio, amor: es sobre todo servir, ayudar, amar. Recordemos que Jesús fue proclamado rey en la cruz con esta inscripción escrita por Pilato: «rey de los judíos» (cf. Mc 15, 26). En aquel momento sobre la cruz se muestra que él es rey. ¿De qué modo es rey? Sufriendo con nosotros, por nosotros, amando hasta el extremo, y así gobierna y crea verdad, amor, justicia. O pensemos también en otro momento: en la última Cena se abaja a lavar los pies de los suyos. Por lo tanto, la realeza de Jesús no tiene nada que ver con la de los poderosos de la tierra. Es un rey que sirve a sus servidores; así lo demostró durante toda su vida. Y lo mismo vale para María: es reina en el servicio a Dios en la humanidad; es reina del amor que vive la entrega de sí a Dios para entrar en el designio de la salvación del hombre. Al ángel responde: He aquí la esclava del Señor (cf. Lc 1, 38), y en el Magníficat canta: Dios ha mirado la humildad de su esclava (cf. Lc 1, 48). Nos ayuda. Es reina precisamente amándonos, ayudándonos en todas nuestras necesidades; es nuestra hermana, humilde esclava.

 

De este modo ya hemos llegado al punto fundamental: ¿Cómo ejerce María esta realeza de servicio y de amor? Velando sobre nosotros, sus hijos: los hijos que se dirigen a ella en la oración, para agradecerle o para pedir su protección maternal y su ayuda celestial tal vez después de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o la angustia por las tristes y complicadas vicisitudes de la vida. En la serenidad o en la oscuridad de la existencia, nos dirigimos a María confiando en su continua intercesión, para que nos obtenga de su Hijo todas las gracias y la misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos del mundo. Por medio de la Virgen María, nos dirigimos con confianza a Aquel que gobierna el mundo y que tiene en su mano el destino del universo. Ella, desde hace siglos, es invocada como celestial Reina de los cielos; ocho veces, después de la oración del santo Rosario, es implorada en las letanías lauretanas como Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, de todos los santos y de las familias. El ritmo de estas antiguas invocaciones, y las oraciones cotidianas como la Salve Regina, nos ayudan a comprender que la Virgen santísima, como Madre nuestra al lado de su Hijo Jesús en la gloria del cielo, está siempre con nosotros en el desarrollo cotidiano de nuestra vida.

 

El título de reina es, por lo tanto, un título de confianza, de alegría, de amor. Y sabemos que la que tiene en parte el destino del mundo en su mano es buena, nos ama y nos ayuda en nuestras dificultades.

 

Queridos amigos, la devoción a la Virgen es un componente importante de la vida espiritual. En nuestra oración no dejemos de dirigirnos a ella con confianza. María intercederá seguramente por nosotros ante su Hijo. Mirándola a ella, imitemos su fe, su disponibilidad plena al proyecto de amor de Dios, su acogida generosa de Jesús. Aprendamos a vivir como María. María es la Reina del cielo cercana a Dios, pero también es la madre cercana a cada uno de nosotros, que nos ama y escucha nuestra voz. Gracias por la atención.

 

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María, Madre de la Iglesia

 

  1. El concilio Vaticano II, después de haber proclamado a María «miembro muy eminente», «prototipo» y «modelo» de la Iglesia, afirma: «La Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, la honra como a madre amantísima con sentimientos de piedad filial» (Lumen gentium, 53).

A decir verdad, el texto conciliar no atribuye explícitamente a la Virgen el título de «Madre de la Iglesia», pero enuncia de modo irrefutable su contenido, retomando una declaración que hizo, hace más de dos siglos, en el año 1748, el Papa Benedicto XIV (Bullarium romanum, serie 2, t. 2, n. 61, p. 428).

En dicho documento, mi venerado predecesor, describiendo los sentimientos filiales de la Iglesia que reconoce en María a su madre amantísima, la proclama, de modo indirecto, Madre de la Iglesia.

  1. El uso de dicho apelativo en el pasado ha sido mas bien raro, pero recientemente se ha hecho más común en las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y en la piedad del pueblo cristiano. Los fieles han invocado a María ante todo con los títulos de «Madre de Dios», «Madre de los fieles» o «Madre nuestra», para subrayar su relación personal con cada uno de sus hijos.

Posteriormente, gracias a la mayor atención dedicada al misterio de la Iglesia y a las relaciones de María con ella, se ha comenzado a invocar más frecuentemente a la Virgen como «Madre de la Iglesia».

La expresión está presente, antes del concilio Vaticano II, en el magisterio del Papa León XIII, donde se afirma que María ha sido «con toda verdad madre de la Iglesia» (Acta Leonis XIII, 15, 302). Sucesivamente, el apelativo ha sido utilizado varias veces en las enseñanzas de Juan XXIII y de Pablo VI.

  1. El título de «Madre de la Iglesia», aunque se ha atribuido tarde a María, expresa la relación materna de la Virgen con la Iglesia, tal como la ilustran ya algunos textos del Nuevo Testamento.

María, ya desde la Anunciación, está llamada a dar su consentimiento a la venida del reino mesiánico, que se cumplirá con la formación de la Iglesia.

María en Caná, al solicitar a su Hijo el ejercicio del poder mesiánico, da una contribución fundamental al arraigo de la fe en la primera comunidad de los discípulos y coopera a la instauración del reino de Dios, que tiene su «germen» e «inicio» en la Iglesia (cf. Lumen gentium, 5).

En el Calvario María, uniéndose al sacrificio de su Hijo, ofrece a la obra de la salvación su contribución materna, que asume la forma de un parto doloroso, el parto de la nueva humanidad.

Al dirigirse a María con las palabras «Mujer, ahí tienes a tu hijo», el Crucificado proclama su maternidad no sólo con respecto al apóstol Juan, sino también con respecto a todo discípulo. El mismo Evangelista, afirmando que Jesús debía morir «para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52), indica en el nacimiento de la Iglesia el fruto del sacrificio redentor, al que María está maternalmente asociada.

El evangelista san Lucas habla de la presencia de la Madre de Jesús en el seno de la primera comunidad de Jerusalén (cf. Hch 1, 14). Subraya, así, la función materna de María con respecto a la Iglesia naciente, en analogía con la que tuvo en el nacimiento del Redentor. Así, la dimensión materna se convierte en elemento fundamental de la relación de María con respecto al nuevo pueblo de los redimidos.

  1. Siguiendo la sagrada Escritura, la doctrina patrística reconoce la maternidad de María respecto a la obra de Cristo y, por tanto, de la Iglesia, si bien en términos no siempre explícitos.

Según san Ireneo, María «se ha convertido en causa de salvación para todo el género humano» (Adv. haer., III, 22, 4: PG 7, 959) y el seno puro de la Virgen «vuelve a engendrar a los hombres en Dios» (Adv. haer., IV, 33, 11: PG 7, 1.080). Le hacen eco san Ambrosio, que afirma: «Una Virgen ha engendrado la salvación del mundo, una Virgen ha dado la vida a todas las cosas» (Ep. 63, 33: PL 16, 1.198); y otros Padres, que llaman a María «Madre de la salvación» (Severiano de Gabala, Or. 6 de mundi creatione, 10: PG 54, 4; Fausto de Riez, Max Bibl. Patrum VI, 620-621).

En el medievo, san Anselmo se dirige a María con estas palabras: «Tú eres la madre de la justificación y de los justificados, la madre de la reconciliación y de los reconciliados, la madre de la salvación y de los salvados» (Or. 52, 8: PL 158, 957), mientras que otros autores le atribuyen los títulos de «Madre de la gracia» y «Madre de la vida».

  1. El título «Madre de la Iglesia» refleja, por tanto, la profunda convicción de los fieles cristianos, que ven en María no sólo a la madre de la persona de Cristo, sino también de los fieles. Aquella que es reconocida como madre de la salvación, de la vida y de la gracia, madre de los salvados y madre de los vivientes, con todo derecho es proclamada Madre de la Iglesia.

El Papa Pablo VI habría deseado que el mismo concilio Vaticano II proclamase a «María, Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores». Lo hizo él mismo en el discurso de clausura de la tercera sesión conciliar (21 de noviembre de 1964), pidiendo, además, que «de ahora en adelante, la Virgen sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título» (AAS 56 [1964], 37).

De este modo, mi venerado predecesor enunciaba explícitamente la doctrina ya contenida en el capítulo VIII de la Lumen gentium, deseando que el título de María, Madre de la Iglesia, adquiriese un puesto cada vez más importante en la liturgia y en la piedad del pueblo cristiano.

Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles

7 de septiembre de 1997

 

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Santa María Reina

 

CAPITULO V del libro
Antonio Orozco Delclós
María Madre de Dios y Madre Nuestra. Introducción a la Mariología
EDd. Rialp (6 ediciones)

Al misterio de la Asunción de María Santísima acompaña una prerrogativa muy querida del pueblo cristiano: la Coronación de María Santísima como Reina y Señora de todo lo creado. Lumen gentium así lo declara: “la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejará más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan (1) y vencedor del pecado y de la muerte” (2).

Redemptoris Mater insiste en que “a la exaltación de la “Hija excelsa de Sión” mediante la asunción a los cielos, está unido el misterio de su gloria eterna. En efecto, la Madre de Cristo es glorificada como “Reina universal”. La que en la anunciación se definió como “esclava del Señor” fue durante toda su vida terrena fiel a lo que este nombre expresa, confirmando así que era una verdadera “discípula” de Cristo, el cual subrayaba intensamente el carácter de servicio de su propia misión: el Hijo del hombre “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 2O, 28). Por esto María ha sido la primera entre aquellos que, “sirviendo a Cristo también en los demás, conducen en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar”, y ha conseguido plenamente aquel “estado de libertad real”, propio de los discípulos de Cristo: ¡servir quiere decir reinar!”3
Bajo esta luz podemos comprender más hondamente la enseñanza de PÍO XII en su Carta Encíclica Ad Caeli Reginam, en la que instituye para la Iglesia universal la festividad de Santa María Reina y desarrolla el sentido de esta tan regia como entrañable prerrogativa mariana. Es un Encíclica llana y sistemática (4).
Pío XII no pretende “proponer a la fe del pueblo cristiano ninguna nueva verdad, ya que el título mismo y los argumentos en que se apoya la dignidad regia de María han sido en realidad magníficamente expuestos en todas las épocas y se encuentran en los documentos antiguos de la Iglesia y en los libros de la sagrada liturgia”.

 
La tradición
Con razón creyó siempre el pueblo cristiano, desde sus orígenes, que Aquella de quien nació el Hijo del Altísimo, que reinará en la casa de Jacob para siempre (5), que será Príncipe de la Paz (6), Rey de reyes y Señor de los que dominan (7), recibió singularísimos privilegios de gracia por encima de toda otra criatura. Considerando luego los íntimos vínculos que unen a la madre con el hijo, atribuyó fácilmente a la Madre de Dios una preeminencia regia sobre todas las cosas.
Los antiguos escritores de la Iglesia
Los antiguos escritores de la Iglesia, apoyándose en las palabras del arcángel San Gabriel, que predijo el reino eterno del Hijo de María (8), y las de Santa Isabel, que se inclinó ante Ella llamándola Madre de mi Señor (9), quisieron significar, por el hecho de llamar a María “Madre del Rey” y “Madre del Señor”, que de la realeza del Hijo refluyó sobre la Madre una singular prerrogativa y preeminencia (10).
Testimonios de especial cualificación son San Efrén,11 y San Gregorio Nacianceno. La dignidad regia de la Santísima Virgen María la proclaman abiertamente cuantos la llaman Señora, Dominadora y Reina, como Orígenes. San Jerónimo expone su pensamiento acerca de las varias interpretaciones del nombre de María: “Hay que saber que María en la lengua siríaca significa señora”. Del mismo modo se expresa, después de él, San Pedro Crisólogo. Repetidas veces San Andrés Cretense atribuye a la Virgen María la dignidad real: “Es Reina de todos los hombres, pues llevando con verdad tal nombre, si se exceptúa a sólo Dios, es más excelsa que todas las cosas”. Y así muchos otros Padres: “Reina, Dueña, Señora”, y también “Señora de todo lo creado”, “Reina por siempre cabe su Hijo Rey, cuyas cándidas sienes ciñe una diadema de oro”. En fin, San Ildefonso de Toledo abarca con este saludo casi todos los títulos que la honran: “¡oh Señora mía! tú eres mi Dueña; ¡oh Soberana mía!, Madre de mi Señor… Señora entre las siervas, Reina entre las hermanas”

Los teólogos de la Iglesia, desentrañando la doctrina contenida en estos y otros muchos testimonios que de antiguo nos ha legado la tradición, también llaman a la Santísima Virgen: “Reina de todas las cosas creadas, Reina del mundo, Señora del universo”.
Los sumos pontífices
Los Supremos Pastores de la Iglesia han creído ser cosa propia de su cargo aprobar y fomentar con sus alabanzas y exhortaciones la devoción del pueblo cristiano hacia la celestial Madre y Reina. Al margen de documentos de Sumos Pontífices recientes, recuerda Pío XII que, ya en el siglo VII, el Papa San Martín I llamó a María “Nuestra Gloriosa Señora siempre Virgen”. Y así muchos otros.
La sagrada liturgia
La sagrada liturgia, fiel espejo, refleja la doctrina que legada por el pueblo cristiano a través de las edades, sea en oriente, sea en occidente, canta y celebra perennemente las alabanzas de la Reina del cielo. (12).
La Iglesia latina entona aquella antigua y dulcísima plegaria llamada “Salve Regina” y, entre otras, las alegres antífonas “Ave Regina caelorum”, “Regina caeli laetare”. A todas estas preces hay que añadir las Letanías lauretanas, que diariamente invitan al pueblo cristiano a invocar una y otra vez a María como Reina. Ya desde hace muchos siglos acostumbran los fieles cristianos meditar el reinado de María, que abarca el cielo y la tierra, al contemplar el quinto misterio glorioso del Rosario de María.
Finalmente, el arte basado en principios cristianos y animado por su inspiración, como quiera que traduce la sencilla y espontánea piedad de los fieles, ya desde el Concilio de Éfeso representa a María, como Reina y Emperatriz, sentada en solio real, ataviada con las insignias reales, ceñida la diadema y rodeada de los ángeles y santos del cielo, como quien no solamente tiene poderío sobre las cosas y energías de la naturaleza, sino también sobre los ímpetus malignos de Satanás. Y la iconografía se ha visto enriquecida en todos los tiempos por obras labradas con exquisito arte y belleza para realzar la dignidad regia de la Santísima Virgen, hasta el punto de que los pintores representaron al divino Redentor ciñendo a su Madre con refulgente corona.
Los Romanos Pontífices, secundando la piedad popular, muchas veces ciñeron con diadema las imágenes de la Madre Virgen distinguidas por la pública veneración, ya por sus propias manos, ya por medio de sus sagrados representantes.

LAS RAZONES TEOLÓGICAS


La divina Maternidad

El fundamento principal, documentado por la tradición y la sagrada liturgia, en que se apoya la realeza de María es indudablemente su divina Maternidad, pues se lee en la Sagrada Escritura del Hijo que una virgen concebirá: Hijo del Altísimo será llamado y a Él le dará el Señor Dios la sede de David, su padre, y en la casa de Jacob reinará eternamente, y su reino no tendrá fin (Lc 1, 32-33), y con esto María llámase Mater Domini (Ibid. 1, 43), de donde fácilmente se deduce que Ella es también Reina, pues engendró un Hijo, que en el mismo momento de su concepción, en virtud de la unión hipostática de la humana naturaleza con el Verbo, era Rey, aun como hombre, y Señor de todas las cosas.

 

Participación de María en la obra redentora
Con todo, debe ser llamada Reina la Virgen María, no sólo por razón de su maternidad, sino también porque, por voluntad divina, tuvo parte excelentísima en la obra de nuestra eterna salvación. Ahora bien, en la realización de la obra redentora, María se asoció íntimamente a Cristo, y con razón canta la liturgia sagrada: “Estaba en pie dolorosa junto a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo Santa María, Reina del cielo y Señora del mundo”. Así se pudo escribir en la Edad Media: “Así como Dios creando con su poder todas las cosas es Padre y Señor de todo, así María, reparando con sus méritos todas las cosas, es Madre y Señora de todo: Dios es Señor de todas las cosas, porque las ha creado en su propia naturaleza con su imperio, y María es Señora de todas las cosas, porque las ha elevado a su dignidad original con la gracia que Ella mereció”. En fin, “como Cristo por título particular de la Redención es Señor nuestro y Rey, así la Bienaventurada Virgen (es Señora nuestra) por el singular concurso prestado a nuestra redención, suministrando su sustancia y ofreciéndola voluntariamente por nosotros, deseando, pidiendo y procurando de una manera especial nuestra salvación”
Sería irrisorio desechar el título regio de María “por una superficial cuestión de palabras” (13). El tema de la realeza de Cristo y María no es otro que el de la “recapitulación” en Cristo de todas las cosas. María, como veremos más adelante, ha sido asociada también a esta función de Cristo Señor. De análogo semejante a aquel con que Eva fue asociada a Adán, principio de muerte, así se puede afirmar que nuestra redención se efectuó según una cierta “recapitulación”, por la cual el género humano, sujeto a la muerte por causa de una virgen, se salva también por medio de una virgen; si además se puede decir que María fue escogida para Madre de Cristo principalmente “para ser asociada a la redención del género humano”, y si realmente “fue Ella la que, libre de toda culpa personal y original, unida estrechamente a su Hijo, le ofreció en el Gólgota al Eterno Padre, sacrificando de consuno el amor y los derechos maternos, como nueva Eva, para que toda la descendencia de Adán, manchada por su lamentable caída”, se podrá legítimamente concluir que como Cristo, nuevo Adán, es Rey nuestro no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser Redentor nuestro, así, con una cierta analogía, se puede igualmente afirmar que la Bienaventurada Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también porque, como nueva Eva, fue asociada al nuevo Adán.
Ciertamente, en sentido pleno solamente Jesucristo, Dios y hombre, es Rey; con todo, también María, sea como Madre de Cristo Dios, sea como asociada a la obra del divino Redentor, en la lucha con los enemigos y en el triunfo obtenido sobre todos, participa Ella también de la dignidad real. Precisamente de esta unión con Cristo Rey deriva en Ella tan esplendorosa sublimidad, que supera la excelencia de todas las cosas creadas; de esta misma unión con Cristo nace aquel poder regio, por el que Ella puede dispensar los tesoros del Reino del divino Redentor; en fin, en la misma unión con Cristo tiene origen la eficacia inagotable de su materna intercesión con su Hijo y con el Padre.
La acción de la Virgen en la distribución de los frutos de la Redención
Ahora bien, como veremos más directamente en los próximos capítulos, la Virgen no ha recibido solamente el supremo grado de excelencia y perfección después de Cristo, sino también una participación de aquel influjo por el que se dice con justicia que su Hijo reina en la mente y en la voluntad de los hombres.
Si en verdad el Verbo obra los milagros e infunde la gracia por medio de la humanidad que tomó, si se sirve de los sacramentos y de sus santos como instrumentos para la salvación de las almas, ¿por qué no puede servirse de los oficios y de la acción de su Madre Santísima en la distribución de los frutos de la Redención?
“María, sentada a la diestra de su unigénito Hijo, con sus maternas súplicas obtiene cuanto pide, y su voz será siempre escuchada”. Es la llamada Omnipotentia Suplex, Omnipotencia suplicante. A este propósito, León XIII afirmó que “a la Santísima Virgen en el dispensar gracias se le ha concedido poder casi inmenso” y San Pío X añade que María desempeña este oficio “como por derecho materno”.
Hasta que punto esto es así, lo consideraremos al hablar de María como Madre de la divina gracia y Dispensadora de todas ellas 14.

Acercarse confiadamente a la que es Reina y Madre
Finalmente Fulgens corona exhorta a todos a acercarse con gran confianza a la Reina del Cielo, para pedirle socorro en las adversidades, luz en las tinieblas, alivio en los dolores y penas; y a esforzarse en imitar con atento y diligente cuidado, en sus propias costumbres y en su propia alma, las grandes virtudes de la celestial Reina. De ahí vendrá como consecuencia que los cristianos, venerándola e imitándola, se sientan verdaderamente hermanos; y, despreciando las envidias y los desmesurados deseos de riquezas, promuevan el amor social, respeten los derechos de los pobres y amen la paz. “Ninguno, pues, se tenga por hijo de María, digno de ser recibido bajo su potentísima tutela, si a ejemplo suyo no se muestra dulce, justo y casto, contribuyendo con amor a la verdadera fraternidad, no hiriendo ni dañando sino ayudando y confortando”.

 
En conclusión: María es Reina por ser Madre del Rey estrechamente asociada a Cristo Redentor y Santificador. Pero no es un reina, por decirlo así, “decorativa”, sino porque, con Cristo Rey, “rige” el universo creado. Ella, con Cristo, es también Señora del tiempo y de la Historia. Y regir, en sentido propio, implica iniciativa y hasta capacidad decisoria. Creemos que estas notas han de predicarse de María Reina. No cabe olvidar que en el entrañable hogar de Caná, donde se celebraron aquellas bodas a las que asistió María, Ella se encontraba “in ortu rerum”, en el centro desde donde se distribuían los ingredientes de la fiesta. Se acababa el vino y María discurre por su cuenta: piensa y se diría que decide que es llegada “la hora”, el momento de que Jesús manifieste su poder sobrenatural, como Mesías. Y aunque no había llegado “la hora”, se cumple lo que María ha discurrido y sugerido. De este modo, tan sencillo, tan femenino y tan eficaz, rige la Madre de Dios, como Reina y Señora, la Historia de la Humanidad y -con toda su suavidad, con todo su respeto casi divino a la libertad de cada uno – rige también la vida de todos sus hijos.
No faltan acontecimientos contemporáneos que, para quien conoce la revelaciones privadas de la Virgen en Fátima, presentan todas las características de una intervención directa de María, rectificando el rumbo de la Historia. Pero todo aquél que se haya adentrado por los caminos interiores de la vida cristiana seguramente podrá contar experiencias muy claras, aunque no sean racional o empíricamente demostrables, de la intervención de la Virgen en momentos trascendentales de su vida. Esa acción benefactora, sin embargo, no se limita a espacios puntuales, sino a todo el curso de nuestra existencia.
Del reinado e María es preciso obtener una lección obvia: la Esclava del Señor es Reina del Universo.

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© Antonio Orozco Delclós
© Ediciones Rialp, Madrid 1996.
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1 Ap., 19, 16.
2 LG 59; cit CEC 966.
3 RM 41.
4 PÍO XII, Ad Caeli Reginam, 11-X-1954. Los entrecomillados de este capítulo, si no se indica otra cosa, corresponden a textos de esta Encíclica.
5 Lc 1,32.
6 Is 9, 6.
7 Apc 19,16.
8 cfr Lc 1, 32-33.
9 Lc 1,43. Cfr. Nuestra nota (39) sobre el tema “gebirah”
10 Cfr. LUCIEN DEISS, María, hija de Sión, De. Cristiandad, Bilbao1964, pp. 74-87.
11 SAN EFREN, Hymni de B. María, 19. Hace hablar a María de este modo: “El cielo me sostenga con sus abrazos, porque soy más honrada que él mismo. Pues el cielo fue tan sólo tu trono, no tu madre. Ahora bien, cuánto más digna de honor y veneración es la Madre del Rey que no su trono!”
12 “Cantaré un himno a la Reina Madre – reza el precioso himno bizantino Akatistos – y me acercaré gozoso a celebrar sus glorias, cantando alegre sus maravillas… ¡oh Señora!, nuestra lengua es incapaz de alabarte dignamente, pues Tú, que engendraste a Cristo Rey, has sido elevada sobre los serafines… Dios te salve, ¡oh Reina del mundo!; ¡oh María!, Reina de todos nosotros”. Y en el misal etiópico se lee: “¡oh María, centro de todo el mundo!; eres más grande que los querubines, dotados de muchos ojos, y que los serafines, adornados de seis alas… El cielo y la tierra están colmados de la santidad de tu gloria”.
13 “A algunos – dice el BEATO JOSEMARIA ESCRIVA en su homilía sobre Cristo Rey – les molesta incluso la expresión Cristo Rey: por una superficial cuestión de palabras, como si el reinado de Cristo pudiese confundirse con fórmulas políticas; o porque, la confesión de la realeza del Señor, les llevaría a admitir una ley. Y no toleran la ley, ni siquiera la del precepto entrañable de la caridad, porque no desean acercarse al amor de Dios: ambicionan sólo servir al propio egoísmo” (Es Cristo que pasa, 179).
14 No deja de advertir Pio XII que en estas y en otras cuestiones que se refieren a la Santísima Virgen, tengan cuidado los téologos y predicadores de la palabra divina de evitar ciertas desviaciones del recto camino, no sea que caigan en un doble error; deben guardarse, por una parte, de exponer opiniones carentes de fundamento y que con expresiones exageradas exceden los límites de la verdad, y por otra parte han de evitar la demasiada estrechez de pensamiento, al considerar la singularísima, sublime y casi divina dignidad de la Madre de Dios, que el Doctor Angélico nos enseña a reconocer “por razón del bien infinito, que es Dios”. En éste como en otros principios de la doctrina cristiana, “la norma próxima y universal” para todos es el Magisterio vivo de la Iglesia, que Cristo ha constituido “hasta para ilustrar y explicar las cosas que sólo oscura e implícitamente se contienen en el depósito de la fe”.

 

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Todo el que busca la verdad, sea consciente o no, sigue un sendero que en último término lleva a Dios, que es la Verdad misma. S. S. Juan Pablo II (8-XI-2004)

 

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Madre de la Iglesia

 

María por ser Madre de Cristo es, a la vez, Madre de los miembros de la Iglesia.

 

María es Madre de la Iglesia. Titulo tan familiar entre los cristianos. Pero ¿cuándo fue proclamado?, ¿cuál es su signifi­cado?, ¿qué consecuencias tiene para la vida de la Iglesia y de los fieles?

PROCLAMACIÓN DE ESTE GLORIOSO TÍTULO

El título de María, como Madre de la iglesia, ha sido proclamado solemnemente el 21 de noviembre de 1964 por el Papa Pablo VI en los siguientes términos:

“… así, pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los Pastores, que la llaman Madre amorosa; y quere­mos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título” (A.A.S. 56 (1964) 1015).

Con anterioridad, el Papa Pío XII ya se expresaba sobre este particular en su Enc. Mystici Corporis, año 1943 (cfr. DZ.2291); y recientemente S.S. Juan Pablo II vuelve sobre el tema, en su Enc. Redemptoris Mater (1987, nn.42,47 y passim).

SIGNIFICADO DOCTRINAL –
El título de Madre de la Iglesia

El título de Madre de la Iglesia expresa una verdadera maternidad eclesial y es consecuencia del hecho mismo de la Encarnación. En efecto, si por la Encarnación se crea una unión vital entre Cristo y los fieles, por el mismo motivo se crea una unión vital entre María y la Iglesia. La razón de ello radica en que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo; la Cabeza es Cristo, y su cuerpo son los fieles, miembros de la Iglesia.

María, por ser Madre de Cristo?Cabeza, es también Ma­dre de todo el Cuerpo, en virtud de que ese Cuerpo forma una Persona Mística con el Cristo único, el Hijo de María. En resumen, María por ser Madre de Cristo es, a la vez, Madre de los miembros del Cuerpo Místico que es la Iglesia.

Como decía San León Magno: “Natalis Capitis, natalis corpo­ris”. Así pues, el fundamento de esta título se desprende de la unión hipostática como gracia capital (cfr. Anastasio Grana­dos, El misterio de la Iglesia en el Concilio Vaticano II, Patmos, n.122, Madrid, 1965, pp.490 ss).

La Iglesia como casa o familia de Dios

Para comprender mejor este nuevo título de María, den­tro de los diversos nombres que se utilizan para describir la naturaleza de la Iglesia, la expresión Casa de Dios (cfr. Cone. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, n.6), resulta particular­mente apta.

Así, la Iglesia es contemplada como “Casa de Dios”” (1 Tim. 3.15) donde habita la “familia” de Dios, “habitación de Dios en el espíritu” (Ef. 2,19.22). Toda familia tiene una ma­dre, y en la familia de los hijos de Dios esa Madre es María, de ahí que con propiedad pueda llamarse “Madre de la Igle­sia”.

En una familia la madre tiene tres cometidos:
a) es esposa de su esposo;
b) b) es madre de sus hijos y,
c) c) es la que cuida de todos los que de una manera u otra pertenecen a la familia.
En la Virgen Madre se dan cumplidamente estos tres aspectos:
a) es Esposa del Espíritu Santo, Vivificador de la Iglesia;
b) b) es Madre de Cristo y, por ello, es Madre espiritual de todos los cristianos y,
c) c) con cariño maternal cuida de todo y de todos sus hijos (cfr. Anastasio Granados, o.c., p.492).

CONSECUENCIAS PARA LA VIDA DE LA IGLESIA Y DE LOS FIELES

María es tipo y modelo de la Iglesia

María Santísima es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo (cfr. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, n.42). Es modelo porque vivió las virtudes con ejemplaridad suprema. Por ello, la Iglesia imita a la Madre de su Señor que conservó la fe íntegra, la sólida esperanza y la sincera caridad (cfr. Ibidem, n.44).

Dimensión mariana en la vida de los fieles

a) El cristiano, en virtud de su relación filial, procura imitar aquella caridad materna con la que la Madre del Redentor cuida de los hermanos de su Hijo: con el testimonio del ejemplo, con su ardiente acción apostólica y con el culto especial que tributa a la Virgen.

b) En particular la mujer, al mirar a María, encuentra en Ella el secreto para vivir dignamente su feminidad y para llevar a cabo su verdadera promoción (cfr. Ibidem_, n.46).

“A la luz de María, la Iglesia lee en el rostro de la mujer los reflejos de una belleza, que es reflejo de los más altos sentimientos, de que es capaz el corazón humano: la oblación total del amor, la fuerza que sabe resistir a los más grandes dolores, la fidelidad sin límites, la laboriosidad infatigable y la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo” (Ibidem, n.46).

Agradecemos al autor – www.encuentra.com  2004.11.

 

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MARIA, MADRE DE CRISTO, MADRE DE LA IGLESIA*

 

 

Totalmente unida a su Hijo…

 

El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión.

 

Después de la Ascensión de su Hijo, María estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones.

Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra.

 

 

También en su Asunción, ella es Nuestra Madre en el orden de la Gracia

 

Al pronunciar el “FIAT” (=”HÁGASE”) de la Anunciación y al dar su consentimiento al Misterio de la Encarnación, María colabora ya en toda la obra que debe llevar a cabo su Hijo. Ella es madre allí donde El es Salvador y Cabeza del Cuerpo místico.

 

Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia.

 

Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna… Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.

 

La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y elevada al trono por el Señor como Reina del universo. En el cielo participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de los demás cristianos. La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres … brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia.

 

“Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48).

La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. Desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de `Madre de Dios´, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades… Este culto… aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio.

 

La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en Marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo.

 

Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo.

 

DIOS TE SALVE MARIA

Llena eres de gracia.

El Señor es contigo.

Bendita tú eres entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús; Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

* DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA : Capitulo III, Párrafo 6, 965 a 975.

 

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… “guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa ciencia; algunos que la profesaban se han apartado de la fe”. -I Timoteo 6,20-21.

 

La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente – como también las demás Escrituras – para su propia perdición.
-II Pedro 3,15-16

Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.
-II Tesalonicenses 2,15

 

Nuestra confesión de Cristo, como Hijo único de Dios, a través de quien nosotros mismos vemos el rostro del Padre (cf. Juan 14, 8), no es un acto de arrogancia que desprecia a las demás religiones, sino un reconocimiento gozoso, pues Cristo se nos ha mostrado sin que hayamos hecho nada para merecerlo. Y Él, al mismo tiempo, nos ha comprometido a seguir dando lo que hemos recibido y a comunicar a los demás lo que se nos ha dado, pues la Verdad donada y el Amor que es Dios pertenecen a todos los hombres. -Juan Pablo II sobre Dominus Iesus.

 

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“Por qué pertenezco a la Iglesia”

 

Podemos pensar en la iglesia católica comparándola con la luna: por la relación luna-mujer (madre) y por el hecho de que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol sin el cual sería oscuridad completa. La luna resplandece, pero su luz no es suya sino de otro. La sonda lunar y los astronautas descubrieron que la luna es solo una estepa rocosa y desértica, como montañas y arena, vieron una realidad distinta a la de la antigüedad: no como luz. Y efectivamente la luna es en sí y por sí misma lo desierto, arena y rocas. Sin embargo, es también luz y como tal permanece incluso en la época de los vuelos espaciales.

¿No es ésta una imagen exacta de la Iglesia? Quien la explora y la excava con la sonda, como la luna, descubrirá solamente desierto, arena y piedras, las debilidades del hombre y su historia a través del polvo, los desiertos y las montañas. El hecho decisivo es que ella, aunque es solamente arena y rocas, es también luz en virtud de otro, del Señor.

Yo estoy en la iglesia porque creo que hoy como ayer e independientemente de nosotros, detrás de nuestra iglesia vive su iglesia y no puedo estar cerca de Él si no es permaneciendo en su iglesia. Yo estoy en la Iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino suya.

La Iglesia es la que, no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella, nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, aquí y ahora. Sin la Iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se anula. ¿Y qué sería la humanidad privada de Cristo?

Si yo estoy en la Iglesia es por las mismas razones porque soy cristiano. No se puede creer en solitario. La fe es posible en comunión con otros creyentes. La fe por su misma naturaleza es fuerza que une. Esta fe o es eclesial o no es tal fe. Además así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención.

Yo permanezco en la Iglesia porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo.

Yo permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la iglesia salva al hombre. El gran ideal de nuestra generación es uno, sociedad libre de la tiranía, del dolor y de la injusticia. En este mundo el dolor no se deriva sólo de la desigualdad en las riquezas y en el poder. Se nos quiere hacer creer que se puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí, sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la superación, que no es necesario el sacrificio de mantener los compromisos aceptados, ni el esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión de lo que se debería ser y lo que efectivamente se es.

En realidad el hombre no es salvado sino a través de la cruz y la aceptación de los propios sufrimientos y de los sufrimientos mundo, que encuentran su sentido liberador en la pasión de Dios. Solamente así el hombre llegará a ser libre. Todas las demás ofertas a mejor precio están destinadas al fracaso.

El amor no es estético ni carente de crítica. La única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a un hombre es la de amarlo, trasformándolo lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucedería de distinto modo en la Iglesia?
Conferencia-Testimonio, Alemania (1971) Joseph Ratzinger, 1971 – al día S. S. Benedicto XVI – P.M.

 

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¡Pero si es imposible saber cuál es la Iglesia de Cristo partiendo de los cientos de miles de nombres de las denominaciones protestantes!. Entonces, ¿cómo podremos saberlo? (En la edición de 1986 del conocido libro de referencia protestante “The Christian Source Book” -New York: Ballantine Books- se nos dice que existen más de 21,000 denominaciones y sectas, según el último recuento, y que aparecen – anualmente – unas 270 nuevas). Pues bien, la respuesta es que podremos saber cuál es la Iglesia fundada por Cristo examinando las características de una determinada iglesia. Las características que la Iglesia Católica puede ofrecer son las así llamadas “cuatro notas”. UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA. Y, desde que Cristo la fundara, 2000 años de historia con domicilio-Sede Apostólica física sobre la tumba del apóstol Pedro, crucificado en cruz invertida en el 64/67ca.bajo Nerón, y enterrado a la orilla derecha del rio Tiber en la colina vaticana de la ciudad de Roma,Italia. (Allí en Roma también decapitado Pablo, murió martir de la Iglesia Católica-Apostólica-Una y Santa).

 

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G.K. Chesterton: “Quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen”.

 

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Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

¡Laudetur Iesus Christus!

 

toda la creación alaba a su Creador

 

Gracias por venir a visitarnos

 

Los cristianos deben defender sus convicciones “sin arrogancia pero sin pusilanimidad”

 

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Recomendamos: Madre de la gracia – Autor: José Morales

El autor ofrece una síntesis de puntos salientes de vida cristiana, que se iluminan y hacen operativos desde la figura de María. El misterio de María ayuda así directamente a configurar y orientar la existencia de los cristianos según el Evangelio de Jesús de Nazaret. Ediciones RIALP.

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Recomendamos: El amor que da vida – Autora: Kimberly Hahn,

De un modo luminoso y positivo, la autora muestra un camino de amor que ayuda a crear familias unidas y felices: el maravilloso plan de Dios para el matrimonio, revelado en la Sagrada Escritura y desarrollado en el magisterio de la Iglesia Católica. Ofrece una descripción del verdadero significado del amor conyugal, y aborda también cuestiones como planificación familiar natural, infertilidad, aborto, anticoncepción o esterilización. Además de contar su experiencia, aporta los testimonios de numerosas familias. Ediciones RIALP. IX-2206

 

 

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*MEDITACION REFLEXIÓN “El papa Francisco propono estas 30 preguntas para un buen examen de conciencia”

https://uncatolicodenava.files.wordpress.com/2016/08/ba04a-franciscoconfesion2014_losservatoreromano_110315.jpg?w=645

Quien dice estar sin pecado es un mentiroso o un ciego. En el sacramento Dios Padre perdona a quienes, habiendo negado su condición de hijos, se confiesan de sus pecados y reconocen la misericordia de Dios”

En la Cuaresma 2015, el Papa Francisco obsequió a los fieles en la Plaza de San Pedro un folleto especial titulado “Custodia el corazón”, que fue entregado por varios indigentes de Roma y que tiene una serie de importantes recursos para el camino de conversión hacia la Semana Santa.
Entre los distintos recursos planteados por el Santo Padre está un examen de conciencia de 30 preguntas para hacer una buena confesión, así como una breve explicación sobre las razones para acudir al sacramento.

Este recurso cobró particular interés al celebtar  “24 horas con el Señor”, a la que nos invitó el Pontífice los días 4 y 5 de marzo para que los católicos, especialmente los más alejados de la Iglesia, se reconciliaran con Dios en preparación para la Pascua.

A la pregunta ¿por qué confesarse?, el folleto contesta: “¡porque somos pecadores! Es decir, pensamos y actuamos de modo contrario al Evangelio. Quien dice estar sin pecado es un mentiroso o un ciego. En el sacramento Dios Padre perdona a quienes, habiendo negado su condición de hijos, se confiesan de sus pecados y reconocen la misericordia de Dios”.
Para confesarse, prosigue el texto, es necesario comenzar “por la escucha de la voz de Dios” seguido del “examen de conciencia, el arrepentimiento y el propósito de la enmienda, la invocación de la misericordia divina que se nos concede gratuitamente mediante la absolución, la confesión de los pecados al sacerdote, la satisfacción o cumplimiento de la penitencia impuesta, y finalmente, con la alabanza a Dios por medio de una vida renovada”.
El examen de conciencia
 
A continuación las 30 preguntas propuestas por el Papa Francisco para hacer una buena confesión:
En relación a Dios
¿Solo me dirijo a Dios en caso de necesidad? ¿Participo regularmente en la Misa los domingos y días de fiesta? ¿Comienzo y termino mi jornada con la oración? ¿Blasfemo en vano el nombre de Dios, de la Virgen, de los santos? ¿Me he avergonzado de manifestarme como católico? ¿Qué hago para crecer espiritualmente, cómo lo hago, cuándo lo hago? ¿Me revelo contra los designios de Dios? ¿Pretendo que Él haga mi voluntad?
En relación al prójimo
 
 
¿Sé perdonar, tengo comprensión, ayudo a mi prójimo? ¿Juzgo sin piedad tanto de pensamiento como con palabras? ¿He calumniado, robado, despreciado a los humildes y a los indefensos? ¿Soy envidioso, colérico, o parcial? ¿Me avergüenzo de la carne de mis hermanos, me preocupo de los pobres y de los enfermos?
¿Soy honesto y justo con todos o alimento la cultura del descarte? ¿Incito a otros a hacer el mal? ¿Observo la moral conyugal y familiar enseñada por el Evangelio? ¿Cómo cumplo mi responsabilidad de la educación de mis hijos? ¿Honro a mis padres? ¿He rechazado la vida recién concebida? ¿He colaborado a hacerlo? ¿Respeto el medio ambiente?
En relación a mí mismo
 
¿Soy un poco mundano y un poco creyente? ¿Cómo, bebo, fumo o me divierto en exceso? ¿Me preocupo demasiado de mi salud física, de mis bienes? ¿Cómo utilizo mi tiempo? ¿Soy perezoso? ¿Me gusta ser servido? ¿Amo y cultivo la pureza de corazón, de pensamientos, de acciones? ¿Nutro venganzas, alimento rencores? ¿Soy misericordioso, humilde, y constructor de paz?
 
Fuente: ACI

¿ES POSIBLE VIVIR LA AUSTERIDAD EN EL MERCADO DEL CONSUMISMO? 5 PREGUNTAS QUE DEBES RESPONDER

Posted: 06 Aug 2016 03:06 PM PDT

Te comparto algunas preguntas, cuyas respuestas podrían marcarte un itinerario para conseguir el equilibrio entre la austeridad y el ritmo de vida moderno

«Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevarte contigo nada de lo que has recibido, solo lo que has dado» decía el pobrecillo de Asís. 

Así mismo, no podremos llevarnos ni nuestra casa, ni nuestro smartphone, ni nuestro par de zapatos, ni tantas cosas. Pero… ¿significa que no tenemos que tenerlas? Aunque no pueda usar mi celular en el Cielo, en la tierra sí me hace falta. 

A excepción de aquellas personas a las que Dios pide un voto de pobreza absoluta –como se la pidió al gran santo que fue Francisco–, el grueso de la población se mueve entre cosas, con cosas y deseando cosas. Cosas, cosas, cosas, más cosas… ¿Cómo vivir la austeridad y la sobriedad siendo personas que trabajan, ganan un salario, salen a cenar, etc.?

Te comparto algunas preguntas, cuyas respuestas podrían marcarte un itinerario para conseguir el equilibrio entre la austeridad y el ritmo de vida moderno.

1. ¿Lo necesito?

«Recuerda que cuando abandones esta tierra, no podrás llevarte contigo nada de lo que has recibido, solo lo que has dado» decía el pobrecillo de Asís. Así mismo, no podremos llevarnos ni nuestra casa, ni nuestro smartphone, ni nuestro par de zapatos, ni tantas cosas. Pero… ¿significa que no tenemos que tenerlas? Aunque no pueda usar mi celular en el Cielo, en la tierra sí me hace falta. A excepción de aquellas personas a las que Dios pide un voto de pobreza absoluta –como se la pidió al gran santo que fue Francisco–, el grueso de la población se mueve entre cosas, con cosas y deseando cosas. Cosas, cosas, cosas, más cosas… ¿Cómo vivir la austeridad y la sobriedad siendo personas que trabajan, ganan un salario, salen a cenar, etc.?
Te comparto algunas preguntas, cuyas respuestas podrían marcarte un itinerario para conseguir el equilibrio entre la austeridad y el ritmo de vida moderno.

2. ¿Qué pasaría si no lo compro?

Una vez respondida la primera pregunta, podemos llegar a la conclusión de que quizás sí, necesitamos realizar una compra. Pero la verdad es que… ¡ahora mismo no tengo dinero! Entonces, aunque necesite un auto: 1. espero; 2. realizo un préstamo; 3. empiezo una novena a San Expedito.
Quizás no tenga a mano una estampa a San Expedito o quizás no tengo credibilidad bancaria para realizar un préstamo. Entonces… espero. La austeridad, más que a «no tener» es la que debe llevarnos a no apurarnos, a no desesperarnos, a buscar los mejores precios, a sopesar opciones, no ser impulsivos. Me atrevería a decir: ¡saber amar este tiempo en el que no tengo lo que me hace falta! Porque quizás en esa espera siga pasando alguna necesidad, que trae consigo alguna incomodidad, y eso no es malo: podemos ofrecer tales incomodidades por aquellos que tienen incluso menos que nosotros, podemos llevarlas con alegría y una sonrisa y, una vez obtenido lo que deseábamos, ser mucho más agradecidos.
Esto por un lado. Por otro, en este punto quisiera que reflexionemos también sobre la cantidad de lo que tenemos. ¿Es verdaderamente imprescindible que tenga el mismo modelo de pantalón en distintos colores? ¿Tres bolígrafos, uno por si se me pierde el de repuesto? Acumulamos o tenemos «por las dudas», sin preguntarnos si realmente es útil, necesario o si hace una diferencia tenerlo como no tenerlo.
También, claro, dependerá la situación de cada uno. Quizás sí me hace falta tener 3 blusas iguales, porque es parte de un uniforme y por mi contexto no me da tiempo de lavarlo todos los días y qué se yo: cada quien debe reflexionar, con sinceridad, sobre su propia vida.
«No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 19-21).

3. ¿Para qué lo quiero?

Aquí podemos analizar si lo queremos porque nos ayudará a trabajar, estudiar, servir mejor… o si es un lujo innecesario, que responde a un capricho. O quizás nos haga la vida más cómoda, pero es un costo que podríamos suprimir. Quiero compartirles un fragmento de una entrevista que hicieron a San Josemaría Escrivá de Balaguer, donde el santo comparte algunos matices de lo que hablamos:
«Sacrificio: ahí está en gran parte la realidad de la pobreza. Es saber prescindir de lo superfluo, medido no tanto por reglas teóricas cuanto según esa voz interior, que nos advierte que se está infiltrando el egoísmo o la comodidad indebida. Confort, en su sentido positivo, no es lujo ni voluptuosidad, sino hacer la vida agradable a la propia familia, y a los demás, para que todos puedan servir mejor a Dios.
La pobreza está en encontrarse verdaderamente desprendido de las cosas terrenas; en llevar con alegría las incomodidades, si las hay, o la falta de medios.
Es además saber tener todo el día cogido por un horario elástico, en el que no falte como tiempo principal —además de las normas diarias de piedad— el debido descanso, la tertulia familiar, la lectura, el rato dedicado a una afición de arte, de literatura o de otra distracción noble: llenando las horas con una tarea útil, haciendo las cosas lo mejor posible, viviendo los pequeños detalles de orden, de puntualidad, de buen humor. En una palabra, encontrando lugar para el servicio de los demás y para sí misma: sin olvidar que todos los hombres, todas las mujeres —y no sólo los materialmente pobres— tienen obligación de trabajar: la riqueza, la situación de desahogo económico es una señal de que se está más obligado a sentir la responsabilidad de la sociedad entera. El amor es lo que le da sentido al sacrificio».

4. ¿Qué hago si me falta?

¿Me quejo? ¿Lloro? (aunque suene ridículo, puede pasar) Es fácil lamentarse, a veces en serio y a veces en tono burlón, pero quejarse al fin, señalando lo que no tenemos. Desde lo pequeño hasta lo grave. ¡Pero eso nos distrae del agradecimiento! ¿Qué? ¿Agradecer lo que no tengo? Sí. Si somos agradecidos –y digo «si somos», porque en muchas oportunidades también nos falta dar gracias por las tantísimas cosas que tenemos–, lo somos cuando recibimos. Son pocas o nulas las ocasiones en las que nos detenemos a pensar en que quizás no tenemos lo que deseamos porque… nos conviene. ¿Por qué? Ni idea. ¿Para qué? Hay que preguntárselo a Dios: ¿quieres, Señor, que me esfuerce más?, ¿quieres que aumente mi fe, que pida más o que confíe más? ¿Que sea más desprendida? ¿Es que me falta amor, y quieres purificar mis afectos? ¿Tal vez me falta ser más generosa?
«Por tanto, no os preocupéis, diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿qué beberemos?” o “¿con qué nos vestiremos?” Porque los gentiles buscan ansiosamente todas estas cosas; que vuestro Padre celestial sabe que necesitáis todas estas cosas. Pero buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mt 6, 25-34).

5. Si de verdad lo necesito ¡debo siempre volver al inicio!

Si nos fijamos, cada pregunta al ir respondiéndola, nos lleva de vuelta a la primera. Si no pasa nada, si solo es un capricho, si no me ayuda en mi trabajo o estudio ni para hacer apostolado, si solo me lleva a lloriquear por carecer de ello… no lo necesito.
Cuando puse este subtítulo, me puse a pensar en «el inicio». Quizás, como estamos en medio del mundo y necesitamos varias cosas para poder –como fui diciendo antes– trabajar, estudiar e incluso hacer un mejor apostolado y la vida más amena a los demás, no usaremos un par de hojitas a lo Adán y Eva, pero podemos, aunque sea como ejercicio, pensar en un tiempo más simple. Si antes –en la época de nuestros abuelos o, más cerca aún, de nuestros papás– podían vivir, sobrevivir y ser felices con menos… ¿será que de verdad nos hace falta lo que tenemos en mente o es una necesidad incentivada?

¡Advertencias!

1. Es fácil engañarse a uno mismo y a los demás: En todos los puntos que mencioné cito la sinceridad con uno mismo, por sobre todo. Porque muchas veces nuestras conciencias son muy condescendientes y no nos dejan sufrir ni siquiera un poquito. Y no está mal, a veces, pasar incomodidades, negarnos algunas cosas. O al menos esperarlas con paciencia.
2. Ser desprendidos no es sinónimo de no tener: La pobreza no está en «no tener», sino en qué hacemos con lo que tenemos y en cómo nos relacionamos con lo que tenemos; el fin de los medios con los que contamos. Por eso, si somos desprendidos,  todos podemos vivir esta virtud aunque «tengamos muchas cosas».
3. Es fácil caer en el extremismo: Reitero: no es malo tener cosas. No hay que, por escrúpulos, confundirse y no querer tener nada llegando a una situación donde nos mostramos andrajosos, faltamos a la caridad, no realizamos nuestro trabajo de la mejor manera, no adquirimos los estudios y la formación que podríamos tener para ser mejores profesionales –y por ende aportar a una mejor sociedad–, etc. Para evitar esto, hay que volver a la primera advertencia y también asincerarse si uno vive una falsa pobreza por descuido, pereza o algún malentendido desprendimiento o fariseísmo, que en realidad es la soberbia que quiere ser «compadecida».
4. A veces nos podrá faltar lo necesario… Fuera del auto, la casa, la blusa o las cosas que mencioné… pueden llegar tiempos en que falten cosas verdaderamente necesarias. ¿Si me quedo sin trabajo? ¿Si no tengo para dar de cenar a mis hijos? ¿Si no puedo pagar mis estudios? Igualmente, creo que algunos consejos aplican: agradecer la pobreza que nos identifica con Cristo, al mismo tiempo que, con confianza y oración, poner los medios humanos para obtener aquello de lo que se carece.
María Belén Andrada
Fuente: CatholicLink

 

Declaraciones del cardenal Blázquez en COPE

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CARDENAL RICARDO BLÁZQUEZ: “ESTAMOS EN UNA ENCRUCIJADA DE NUESTRA HISTORIA”

El presidente de la CEE reconoce en Herrera en COPE que “estamos en momento crucial” en el terreno político y espera de la sociedad española “un gran sentido de la responsabilidad. El cardenal Blázquez recuerda a los futuros gobernantes que nuestra Constitución contempla la libertad religiosa y “no debemos salirnos de esa órbita de convivencia”, porque, insiste, “estamos en una encrucijada de nuestra historia”.

Al arzobispo de Valladolid le preocupa las actuaciones y anuncios anticlericales que se lanzan desde algunos ayuntamientos y autonomías. Declara que “no se ven aciertos en las instituciones, no podemos andar dando bandazos en una sociedad, no es saludable. Ricardo Blázquez apunta que “nos debe guiar el bien común, no nuestro proyecto que a veces es muy ideologizado”. En su opinión, las coordenadas socioculturales no se deben romper.

El presidente de la CEE afrima que la iglesia está “hondamente radicada en nuestro país y el impacto económico de las celebraciones religiosas tiene una gran incidencia en la convivencia”. Lo reflejan los datos de la memoria anual que acaban de presentar. Monseñor Blázquez agradece la confianza que dan los contribuyentes a través de la asignación tributaria que “ha permitido que casi cinco millones de personas hayan sido atendidas”.

Ha lamentado el desprecio administrativo que en los últimos tiempos sufren los colegios concertados que suponen un ahorro al Estado de 2.500 millones de euros. Ricardo Blázquez declara que “queremos movernos en el ámbito de la sociedad libre, en el ámbito de la constitución” y se pregunta “porqué no hay alusiones al servicio extraordinario que se realiza”.

Por último, el presidente de la CEE ha recordado que en los 50 años de vida de la institucion no ha necesitado dar un giro grande en su orientación. “Estamos atentos a cada situacion pero es una secuencia fiel. “Estoy contento con el servicio prestado”.