* SANTO DEL DÍA “Santo Toribio de Mogrovejo, obispo ” 23 de marzo

Toribio Mogrovejo, el “Javier de América”, otro gigante de la misión

Ante su fiesta del 23 de marzo, fecha de su muerte en 1606

El mes de marzo –por las javieradas y la fiesta del día 23- nos recuerda a dos misioneros de campeonato, uno de las Indias de Oriente –Asia- Javier- y otro de las Indias de Occidente –América- Toribio Mogrovejo (1538-1606). En Navarra, Javier se siente presente a cada instante, por cada rincón; lo mismo en el mundo por ser patrono de las misiones. Mogrovejo, sin embargo, sigue olvidado en el más rotundo silencio. Y, ello, a pesar de que en algunos aspectos Toribio supera a Javier.

Comencemos con un punto en común. Los dos tuvieron sendos familiares catedráticos en la Universidad de Salamanca. Martín Azpilcueta, el doctor Navarro, familiar de san Francisco Javier, y Juan de Mogrovejo, tío carnal de Toribio Alfonso. Los tres, egresados del célebre Colegio Mayor “San Salvador de Oviedo”.

Les comparto un bello texto escrito en Lima y publicado en Amberes en 1688 con motivo de la beatificación del que fue segundo arzobispo de Lima y nombrado por Juan Pablo II en 1982 patrono de los obispos de América, Toribio Mogrovejo:

“Muy aprisa se convirtiera entre los dos todo el mundo, bautizando Javier y confirmando Toribio. Bautizó Javier un millón y quinientos mil almas. Confirmó Toribio más de un millón. Más tiempo gasta el administrar la confirmación que el bautismo, uno y otro sacramento iba confiriendo Toribio. Pues en el celo de las almas qué semejantes los dos. Reconocía el sol naciendo en el Oriente el fuego de Javier que le infiltraba y al morir en el Oeste el sol, sentía reflorecer sus incendios en el semblante de Toribio. Pudo dudar el sol si era Toribio el que encendía el Oriente, o el que en el Occidente rayaba era Javier. Tan soberanos motivos eran generoso aliento a la Compañía de Jesús, para celebrar como propias las glorias de su nuevo Apóstol Toribio” (La estrella de Lima convertida en sol.p.244).

El jesuita José de ACOSTA, teólogo consultor de Santo Toribio y secretario del Tercer Concilio de Lima, en 1583, escribirá en su inmortal De Procuranda Indorum Salute (Pacificación y Colonización):

“A mí no me cabe duda que si volviese la fe añeja de los antiguos, su piedad y fervor de espíritu, tornarían también los milagros. Recordemos a un hombre de nuestro siglo, el bienaventurado maestro Francisco [Javier], varón de vida apostólica, de quien se refieren tantas y tan grandes maravillas, bien atestiguadas por muchos y convenientes testigos, hasta el punto que después de los apóstoles apenas se refieren mayores de otro”. (CSIC Madrid 1984, p.327)

Toribio Alfonso Mogrovejo, fiel a la consigna del Concilio de Trento (1545-1562) de que el obispo fuese un “espejo” para sus fieles, elevará muy alto el listón de humanismo y de santidad, dibujándonos una personalidad modélica válida especialmente para los obispos. Este universitario salmantino, natural de Mayorga (Valladolid), trazará una estela singular, recorrerá un camino por que podrán caminar todos los peruanos con el único objetivo de llegar hasta la meta: Dios. A tal fin no ahorrará trabajo ni fatiga hasta llegar a visitar el último rincón de su dilatada diócesis, convirtiendo sus encuentros, sus visitas pastorales, en jornadas familiares en las que se cimenta la futura convivencia peruana, sobre la base de la dignidad personal y la proyección social.

Con la ley en la mano, su rostro “lleno de alegría”, acariciando a todos con su mirada y con el amor de Dios en el corazón, roturará la geografía del Perú, humanizándola, asentando la nueva cristiandad de las Indias confirmando a sus hermanos (entre los 500.000 figuran Santa Rosa y San Martín). Gracias a un carácter equilibrado, armónico, evangeliza sin imposiciones, hermana razas sin abrir heridas, crea lazos forjados en amistad exigente y gratuita. Impulsa la Universidad de san Marcos, crea cátedras de quechua, legisla en sínodos y concilios, funda casas como la de las divorciadas o conventos como el de Santa Clara, erige nuevas parroquias, y, sobre todo se entrega de lleno a la tarea de formar, desde el Seminario, una minoría selecta con su clero que esculpirá un nuevo rostro en el nuevo ser del Perú; un Perú forjado en la santidad, un Perú aglutinador de culturas, ilustrado, justo y solidario; un Perú, que a las puertas del Bicentenario de la Independencia, si quiere ser fiel a sí mismo, debe bucear en su intrahistoria y toparse con este personaje singular a quien todos llamaban “padre”.

Que el ardor misionero de Toribio y Javier, dos discípulos y misioneros ejemplares, nos contagien para acometer la evangelización gozosa, misericordiosa, en salida, que quiere el Papa Francisco para todos los bautizados.

José Antonio Benito
Director del Instituto de Estudios Toribianos en la Universidad Pontificia y Civil de Lima.
http://ietoribianos.blogspot.com.es

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