* COMENTARIO al evangelio de nuestro Obispo D. Cesar. IV domingo de adviento

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Dios ha actuado definitivamente, por el camino que sólo él ha determinado, para que en la historia apareciera la «señal» de su intervención: la Virgen que engendra y da a luz al Hijo de Dios  
A las puertas de Navidad, leemos en el cuarto domingo de Adviento la revelación a José del misterio que sucede en María: el hijo que lleva en sus entrañas «viene del Espíritu Santo». 
Muchos cristianos tienen la idea de que José sospechó de la integridad de su prometida y pensó repudiarla. 
Pero san Mateo, que narra las dudas de José, no da pie para esto.
 
Presenta a José como varón justo, que, al conocer el estado de María, probablemente porque – como piensa K. Rahner – ella misma se lo ha dado a conocer, comprende que «Dios se la reservaba para sí… que no podía tener de ninguna manera pretensión sobre ella, y por esta razón pensaba dejarla en secreto», es decir, no recurrir al repudio formal ni al acta de divorcio. José entiende que María está bajo la sombra poderosa del Altísimo, es el arca donde tiene lugar una presencia de Dios, que él debe respetar saliendo discretamente de la vida de quien ha concebido siendo Virgen.
Si esto es así, surge la pregunta: ¿Qué sentido tiene entonces la revelación en sueños de algo que José ya conoce? El anuncio del ángel despeja las dudas de José sobre su permanencia junto a María. No sólo confirma la concepción virginal sino que confía a José una misión decisiva: «Toma, no obstante, a María contigo. Sé, por lo tanto, – le dice el cielo – un padre para este niño, cumple los deberes de padre para con este niño que el cielo ha dado a tu prometida. Guarda, defiende, ama, protege a este niño» (Rahner).
En este relato, en definitiva, tenemos la vocación de José para hacer las veces de padre del Hijo de Dios en esta tierra. Para entender su misión, es preciso observar que el ángel llama a José «hijo de David», es decir, descendiente de la dinastía real y capaz, por tanto, de introducir a Jesús en las promesas mesiánicas otorgadas a la casa de David. Por eso, Jesús será invocado como «Hijo de David», lo cual no habría sido posible si el que aparecía como su padre no hubiese pertenecido a la casa de David.       
El ángel también le dice que imponga al hijo de María el nombre de Jesús, exactamente igual que Gabriel le ordena a María. Pero a José le revela, además, que se llamará así «porque salvará a su pueblo de sus pecados». No cabe mayor claridad sobre la misión de José. Introducir a Jesús en la historia como aquel que profetizó Isaías: el hijo concebido por una virgen. Cuando Dios llama a una misión lo hace revelando los datos necesarios para que el hombre pueda aceptar libremente lo que se le propone.
Para que quede claro lo que Dios pide a José, el evangelista afirma que todo sucedió de modo que se cumpliera lo dicho por Isaías: «La Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Enmanuel, que significa Dios cono nosotros» (Mt 1,23). Viene a decir que el nombre de Jesús no se opone a Enmanuel. De hecho, era imposible que Jesús salvara de sus pecados al pueblo si no fuera el mismo Dios. Ambos nombres se explican y complementan.
Dios ha actuado definitivamente, por el camino que sólo él ha determinado, para que en la historia apareciera la «señal» de su intervención: la Virgen que engendra y da a luz al Hijo de Dios. Como decía san Alfredo de Rieval, Dios ya no está sólo «por encima de nosotros», ni «frente a nosotros»; está «con nosotros». «¿Cómo podría él estar más cerca de mi? Siendo pequeño como yo, débil como yo, desnudo como yo, pobre como yo… en todo se ha hecho semejante a mí tomando lo que es mío y dándome lo que es suyo. Yo yacía muerto, sin voz, sin sentido, ya ni tan solo poseía la luz de mis ojos… Ha puesto su rostro sobre mi rostro, su boca sobre mi boca, sus manos sobre mis manos: Se ha hecho el Enmanuel, ¡ Dios con nosotros!».
+ César Franco
Obispo de Segovia.
 
Fuente: Diócesis de Segovia
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