* MEMORIA LITURGICA “Bienaventurada Virgen María, Reina del cielo y Madre de misericordia ” 22 de agosto

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La Virgen con el Niño y ángeles, de Gérard David (ca. 1520)

 

Desde hace dos mil años, la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos. Que por la humildad de la Esposa brille todavía más la gloria y la fuerza de la Eucaristía, que ella celebra y conserva en su seno. En el signo del Pan y del Vino consagrados, Jesucristo resucitado y glorificado, luz de las gentes (cf. Lc 2, 32), manifiesta la continuidad de su Encarnación. Permanece vivo y verdadero en medio de nosotros para alimentar a los creyentes con su Cuerpo y con su Sangre.

“El que come Mi Cuerpo y bebe Mi Sangre, tendrá la vida eterna” (Juan 6:55); “El que come este Pan, vivirá por siempre” (Juan 6:59).

 

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María es Reina por ser Madre de Jesús, Rey del Universo.

 

 

Al misterio de la Asunción de María Santísima acompaña una prerrogativa muy querida del pueblo cristiano: la Coronación de María Santísima como Reina y Señora de todo lo creado.

La clave de todo cuanto la Iglesia enseña en relación con María se encuentra en las siguientes palabras: «Lo que la fe católica cree acerca de María se funda en lo que cree acerca de Cristo, pero lo que enseña sobre María ilumina a su vez la fe en Cristo». La doctrina mariana está enteramente construida en referencia a Cristo, en una doble dirección: todo cuanto la Iglesia cree de María, lo cree como consecuencia de lo que ella cree de Jesucristo; pero también es verdad que la doctrina mariana orienta hacia una fe más profunda en Cristo. – Carlo Caffarra –

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BENEDICTO XVI – AUDIENCIA GENERAL

 

Castelgandolfo

Miércoles 22 de agosto de 2012 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Se celebra hoy la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María invocada con el título: «Reina». Es una fiesta de institución reciente, aunque es antiguo su origen y devoción: fue instituida por el venerable Pío XII, en 1954, al final del Año Mariano, fijando para su celebración la fecha del 31 de mayo (cf. Carta enc. Ad caeli Reginam, 11 de octubre de 1954: AAS 46 [1954] 625-640). En esa circunstancia el Papa dijo que María es Reina más que cualquier otra criatura por la elevación de su alma y por la excelencia de los dones recibidos. Ella no cesa de dispensar todos los tesoros de su amor y de sus cuidados a la humanidad (cf. Discurso en honor de María Reina, 1 de noviembre de 1954). Ahora, después de la reforma posconciliar del calendario litúrgico, fue situada ocho días después de la solemnidad de la Asunción para poner de relieve la íntima relación entre la realeza de María y su glorificación en cuerpo y alma al lado de su Hijo. En la constitución del concilio Vaticano II sobre la Iglesia leemos: «María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo» (Lumen gentium, 59).

 

Este es el fundamento de la fiesta de hoy: María es Reina porque fue asociada a su Hijo de un modo único, tanto en el camino terreno como en la gloria del cielo. El gran santo de Siria, Efrén el siro, afirma, sobre la realeza de María, que deriva de su maternidad: ella es Madre del Señor, del Rey de los reyes (cf. Is 9, 1-6) y nos señala a Jesús como vida, salvación y esperanza nuestra. El siervo de Dios Pablo VI recordaba en su exhortación apostólica Marialis cultus: «En la Virgen María todo se halla referido a Cristo y todo depende de él: con vistas a él, Dios Padre la eligió desde toda la eternidad como Madre toda santa y la adornó con dones del Espíritu Santo que no fueron concedidos a ningún otro» (n. 25).

 

Pero ahora nos preguntamos: ¿qué quiere decir María Reina? ¿Es sólo un título unido a otros? La corona, ¿es un ornamento junto a otros? ¿Qué quiere decir? ¿Qué es esta realeza? Como ya hemos indicado, es una consecuencia de su unión con el Hijo, de estar en el cielo, es decir, en comunión con Dios. Ella participa en la responsabilidad de Dios respecto al mundo y en el amor de Dios por el mundo. Hay una idea vulgar, común, de rey o de reina: sería una persona con poder y riqueza. Pero este no es el tipo de realeza de Jesús y de María. Pensemos en el Señor: la realeza y el ser rey de Cristo está entretejido de humildad, servicio, amor: es sobre todo servir, ayudar, amar. Recordemos que Jesús fue proclamado rey en la cruz con esta inscripción escrita por Pilato: «rey de los judíos» (cf. Mc 15, 26). En aquel momento sobre la cruz se muestra que él es rey. ¿De qué modo es rey? Sufriendo con nosotros, por nosotros, amando hasta el extremo, y así gobierna y crea verdad, amor, justicia. O pensemos también en otro momento: en la última Cena se abaja a lavar los pies de los suyos. Por lo tanto, la realeza de Jesús no tiene nada que ver con la de los poderosos de la tierra. Es un rey que sirve a sus servidores; así lo demostró durante toda su vida. Y lo mismo vale para María: es reina en el servicio a Dios en la humanidad; es reina del amor que vive la entrega de sí a Dios para entrar en el designio de la salvación del hombre. Al ángel responde: He aquí la esclava del Señor (cf. Lc 1, 38), y en el Magníficat canta: Dios ha mirado la humildad de su esclava (cf. Lc 1, 48). Nos ayuda. Es reina precisamente amándonos, ayudándonos en todas nuestras necesidades; es nuestra hermana, humilde esclava.

 

De este modo ya hemos llegado al punto fundamental: ¿Cómo ejerce María esta realeza de servicio y de amor? Velando sobre nosotros, sus hijos: los hijos que se dirigen a ella en la oración, para agradecerle o para pedir su protección maternal y su ayuda celestial tal vez después de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o la angustia por las tristes y complicadas vicisitudes de la vida. En la serenidad o en la oscuridad de la existencia, nos dirigimos a María confiando en su continua intercesión, para que nos obtenga de su Hijo todas las gracias y la misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos del mundo. Por medio de la Virgen María, nos dirigimos con confianza a Aquel que gobierna el mundo y que tiene en su mano el destino del universo. Ella, desde hace siglos, es invocada como celestial Reina de los cielos; ocho veces, después de la oración del santo Rosario, es implorada en las letanías lauretanas como Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, de todos los santos y de las familias. El ritmo de estas antiguas invocaciones, y las oraciones cotidianas como la Salve Regina, nos ayudan a comprender que la Virgen santísima, como Madre nuestra al lado de su Hijo Jesús en la gloria del cielo, está siempre con nosotros en el desarrollo cotidiano de nuestra vida.

 

El título de reina es, por lo tanto, un título de confianza, de alegría, de amor. Y sabemos que la que tiene en parte el destino del mundo en su mano es buena, nos ama y nos ayuda en nuestras dificultades.

 

Queridos amigos, la devoción a la Virgen es un componente importante de la vida espiritual. En nuestra oración no dejemos de dirigirnos a ella con confianza. María intercederá seguramente por nosotros ante su Hijo. Mirándola a ella, imitemos su fe, su disponibilidad plena al proyecto de amor de Dios, su acogida generosa de Jesús. Aprendamos a vivir como María. María es la Reina del cielo cercana a Dios, pero también es la madre cercana a cada uno de nosotros, que nos ama y escucha nuestra voz. Gracias por la atención.

 

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María, Madre de la Iglesia

 

  1. El concilio Vaticano II, después de haber proclamado a María «miembro muy eminente», «prototipo» y «modelo» de la Iglesia, afirma: «La Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, la honra como a madre amantísima con sentimientos de piedad filial» (Lumen gentium, 53).

A decir verdad, el texto conciliar no atribuye explícitamente a la Virgen el título de «Madre de la Iglesia», pero enuncia de modo irrefutable su contenido, retomando una declaración que hizo, hace más de dos siglos, en el año 1748, el Papa Benedicto XIV (Bullarium romanum, serie 2, t. 2, n. 61, p. 428).

En dicho documento, mi venerado predecesor, describiendo los sentimientos filiales de la Iglesia que reconoce en María a su madre amantísima, la proclama, de modo indirecto, Madre de la Iglesia.

  1. El uso de dicho apelativo en el pasado ha sido mas bien raro, pero recientemente se ha hecho más común en las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia y en la piedad del pueblo cristiano. Los fieles han invocado a María ante todo con los títulos de «Madre de Dios», «Madre de los fieles» o «Madre nuestra», para subrayar su relación personal con cada uno de sus hijos.

Posteriormente, gracias a la mayor atención dedicada al misterio de la Iglesia y a las relaciones de María con ella, se ha comenzado a invocar más frecuentemente a la Virgen como «Madre de la Iglesia».

La expresión está presente, antes del concilio Vaticano II, en el magisterio del Papa León XIII, donde se afirma que María ha sido «con toda verdad madre de la Iglesia» (Acta Leonis XIII, 15, 302). Sucesivamente, el apelativo ha sido utilizado varias veces en las enseñanzas de Juan XXIII y de Pablo VI.

  1. El título de «Madre de la Iglesia», aunque se ha atribuido tarde a María, expresa la relación materna de la Virgen con la Iglesia, tal como la ilustran ya algunos textos del Nuevo Testamento.

María, ya desde la Anunciación, está llamada a dar su consentimiento a la venida del reino mesiánico, que se cumplirá con la formación de la Iglesia.

María en Caná, al solicitar a su Hijo el ejercicio del poder mesiánico, da una contribución fundamental al arraigo de la fe en la primera comunidad de los discípulos y coopera a la instauración del reino de Dios, que tiene su «germen» e «inicio» en la Iglesia (cf. Lumen gentium, 5).

En el Calvario María, uniéndose al sacrificio de su Hijo, ofrece a la obra de la salvación su contribución materna, que asume la forma de un parto doloroso, el parto de la nueva humanidad.

Al dirigirse a María con las palabras «Mujer, ahí tienes a tu hijo», el Crucificado proclama su maternidad no sólo con respecto al apóstol Juan, sino también con respecto a todo discípulo. El mismo Evangelista, afirmando que Jesús debía morir «para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52), indica en el nacimiento de la Iglesia el fruto del sacrificio redentor, al que María está maternalmente asociada.

El evangelista san Lucas habla de la presencia de la Madre de Jesús en el seno de la primera comunidad de Jerusalén (cf. Hch 1, 14). Subraya, así, la función materna de María con respecto a la Iglesia naciente, en analogía con la que tuvo en el nacimiento del Redentor. Así, la dimensión materna se convierte en elemento fundamental de la relación de María con respecto al nuevo pueblo de los redimidos.

  1. Siguiendo la sagrada Escritura, la doctrina patrística reconoce la maternidad de María respecto a la obra de Cristo y, por tanto, de la Iglesia, si bien en términos no siempre explícitos.

Según san Ireneo, María «se ha convertido en causa de salvación para todo el género humano» (Adv. haer., III, 22, 4: PG 7, 959) y el seno puro de la Virgen «vuelve a engendrar a los hombres en Dios» (Adv. haer., IV, 33, 11: PG 7, 1.080). Le hacen eco san Ambrosio, que afirma: «Una Virgen ha engendrado la salvación del mundo, una Virgen ha dado la vida a todas las cosas» (Ep. 63, 33: PL 16, 1.198); y otros Padres, que llaman a María «Madre de la salvación» (Severiano de Gabala, Or. 6 de mundi creatione, 10: PG 54, 4; Fausto de Riez, Max Bibl. Patrum VI, 620-621).

En el medievo, san Anselmo se dirige a María con estas palabras: «Tú eres la madre de la justificación y de los justificados, la madre de la reconciliación y de los reconciliados, la madre de la salvación y de los salvados» (Or. 52, 8: PL 158, 957), mientras que otros autores le atribuyen los títulos de «Madre de la gracia» y «Madre de la vida».

  1. El título «Madre de la Iglesia» refleja, por tanto, la profunda convicción de los fieles cristianos, que ven en María no sólo a la madre de la persona de Cristo, sino también de los fieles. Aquella que es reconocida como madre de la salvación, de la vida y de la gracia, madre de los salvados y madre de los vivientes, con todo derecho es proclamada Madre de la Iglesia.

El Papa Pablo VI habría deseado que el mismo concilio Vaticano II proclamase a «María, Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores». Lo hizo él mismo en el discurso de clausura de la tercera sesión conciliar (21 de noviembre de 1964), pidiendo, además, que «de ahora en adelante, la Virgen sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título» (AAS 56 [1964], 37).

De este modo, mi venerado predecesor enunciaba explícitamente la doctrina ya contenida en el capítulo VIII de la Lumen gentium, deseando que el título de María, Madre de la Iglesia, adquiriese un puesto cada vez más importante en la liturgia y en la piedad del pueblo cristiano.

Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles

7 de septiembre de 1997

 

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Santa María Reina

 

CAPITULO V del libro
Antonio Orozco Delclós
María Madre de Dios y Madre Nuestra. Introducción a la Mariología
EDd. Rialp (6 ediciones)

Al misterio de la Asunción de María Santísima acompaña una prerrogativa muy querida del pueblo cristiano: la Coronación de María Santísima como Reina y Señora de todo lo creado. Lumen gentium así lo declara: “la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el curso de la vida terrena, en alma y cuerpo fue asunta a la gloria celestial y enaltecida por el Señor como Reina del Universo, para que se asemejará más plenamente a su Hijo, Señor de los que dominan (1) y vencedor del pecado y de la muerte” (2).

Redemptoris Mater insiste en que “a la exaltación de la “Hija excelsa de Sión” mediante la asunción a los cielos, está unido el misterio de su gloria eterna. En efecto, la Madre de Cristo es glorificada como “Reina universal”. La que en la anunciación se definió como “esclava del Señor” fue durante toda su vida terrena fiel a lo que este nombre expresa, confirmando así que era una verdadera “discípula” de Cristo, el cual subrayaba intensamente el carácter de servicio de su propia misión: el Hijo del hombre “no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mt 2O, 28). Por esto María ha sido la primera entre aquellos que, “sirviendo a Cristo también en los demás, conducen en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar”, y ha conseguido plenamente aquel “estado de libertad real”, propio de los discípulos de Cristo: ¡servir quiere decir reinar!”3
Bajo esta luz podemos comprender más hondamente la enseñanza de PÍO XII en su Carta Encíclica Ad Caeli Reginam, en la que instituye para la Iglesia universal la festividad de Santa María Reina y desarrolla el sentido de esta tan regia como entrañable prerrogativa mariana. Es un Encíclica llana y sistemática (4).
Pío XII no pretende “proponer a la fe del pueblo cristiano ninguna nueva verdad, ya que el título mismo y los argumentos en que se apoya la dignidad regia de María han sido en realidad magníficamente expuestos en todas las épocas y se encuentran en los documentos antiguos de la Iglesia y en los libros de la sagrada liturgia”.

 
La tradición
Con razón creyó siempre el pueblo cristiano, desde sus orígenes, que Aquella de quien nació el Hijo del Altísimo, que reinará en la casa de Jacob para siempre (5), que será Príncipe de la Paz (6), Rey de reyes y Señor de los que dominan (7), recibió singularísimos privilegios de gracia por encima de toda otra criatura. Considerando luego los íntimos vínculos que unen a la madre con el hijo, atribuyó fácilmente a la Madre de Dios una preeminencia regia sobre todas las cosas.
Los antiguos escritores de la Iglesia
Los antiguos escritores de la Iglesia, apoyándose en las palabras del arcángel San Gabriel, que predijo el reino eterno del Hijo de María (8), y las de Santa Isabel, que se inclinó ante Ella llamándola Madre de mi Señor (9), quisieron significar, por el hecho de llamar a María “Madre del Rey” y “Madre del Señor”, que de la realeza del Hijo refluyó sobre la Madre una singular prerrogativa y preeminencia (10).
Testimonios de especial cualificación son San Efrén,11 y San Gregorio Nacianceno. La dignidad regia de la Santísima Virgen María la proclaman abiertamente cuantos la llaman Señora, Dominadora y Reina, como Orígenes. San Jerónimo expone su pensamiento acerca de las varias interpretaciones del nombre de María: “Hay que saber que María en la lengua siríaca significa señora”. Del mismo modo se expresa, después de él, San Pedro Crisólogo. Repetidas veces San Andrés Cretense atribuye a la Virgen María la dignidad real: “Es Reina de todos los hombres, pues llevando con verdad tal nombre, si se exceptúa a sólo Dios, es más excelsa que todas las cosas”. Y así muchos otros Padres: “Reina, Dueña, Señora”, y también “Señora de todo lo creado”, “Reina por siempre cabe su Hijo Rey, cuyas cándidas sienes ciñe una diadema de oro”. En fin, San Ildefonso de Toledo abarca con este saludo casi todos los títulos que la honran: “¡oh Señora mía! tú eres mi Dueña; ¡oh Soberana mía!, Madre de mi Señor… Señora entre las siervas, Reina entre las hermanas”

Los teólogos de la Iglesia, desentrañando la doctrina contenida en estos y otros muchos testimonios que de antiguo nos ha legado la tradición, también llaman a la Santísima Virgen: “Reina de todas las cosas creadas, Reina del mundo, Señora del universo”.
Los sumos pontífices
Los Supremos Pastores de la Iglesia han creído ser cosa propia de su cargo aprobar y fomentar con sus alabanzas y exhortaciones la devoción del pueblo cristiano hacia la celestial Madre y Reina. Al margen de documentos de Sumos Pontífices recientes, recuerda Pío XII que, ya en el siglo VII, el Papa San Martín I llamó a María “Nuestra Gloriosa Señora siempre Virgen”. Y así muchos otros.
La sagrada liturgia
La sagrada liturgia, fiel espejo, refleja la doctrina que legada por el pueblo cristiano a través de las edades, sea en oriente, sea en occidente, canta y celebra perennemente las alabanzas de la Reina del cielo. (12).
La Iglesia latina entona aquella antigua y dulcísima plegaria llamada “Salve Regina” y, entre otras, las alegres antífonas “Ave Regina caelorum”, “Regina caeli laetare”. A todas estas preces hay que añadir las Letanías lauretanas, que diariamente invitan al pueblo cristiano a invocar una y otra vez a María como Reina. Ya desde hace muchos siglos acostumbran los fieles cristianos meditar el reinado de María, que abarca el cielo y la tierra, al contemplar el quinto misterio glorioso del Rosario de María.
Finalmente, el arte basado en principios cristianos y animado por su inspiración, como quiera que traduce la sencilla y espontánea piedad de los fieles, ya desde el Concilio de Éfeso representa a María, como Reina y Emperatriz, sentada en solio real, ataviada con las insignias reales, ceñida la diadema y rodeada de los ángeles y santos del cielo, como quien no solamente tiene poderío sobre las cosas y energías de la naturaleza, sino también sobre los ímpetus malignos de Satanás. Y la iconografía se ha visto enriquecida en todos los tiempos por obras labradas con exquisito arte y belleza para realzar la dignidad regia de la Santísima Virgen, hasta el punto de que los pintores representaron al divino Redentor ciñendo a su Madre con refulgente corona.
Los Romanos Pontífices, secundando la piedad popular, muchas veces ciñeron con diadema las imágenes de la Madre Virgen distinguidas por la pública veneración, ya por sus propias manos, ya por medio de sus sagrados representantes.

LAS RAZONES TEOLÓGICAS


La divina Maternidad

El fundamento principal, documentado por la tradición y la sagrada liturgia, en que se apoya la realeza de María es indudablemente su divina Maternidad, pues se lee en la Sagrada Escritura del Hijo que una virgen concebirá: Hijo del Altísimo será llamado y a Él le dará el Señor Dios la sede de David, su padre, y en la casa de Jacob reinará eternamente, y su reino no tendrá fin (Lc 1, 32-33), y con esto María llámase Mater Domini (Ibid. 1, 43), de donde fácilmente se deduce que Ella es también Reina, pues engendró un Hijo, que en el mismo momento de su concepción, en virtud de la unión hipostática de la humana naturaleza con el Verbo, era Rey, aun como hombre, y Señor de todas las cosas.

 

Participación de María en la obra redentora
Con todo, debe ser llamada Reina la Virgen María, no sólo por razón de su maternidad, sino también porque, por voluntad divina, tuvo parte excelentísima en la obra de nuestra eterna salvación. Ahora bien, en la realización de la obra redentora, María se asoció íntimamente a Cristo, y con razón canta la liturgia sagrada: “Estaba en pie dolorosa junto a la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo Santa María, Reina del cielo y Señora del mundo”. Así se pudo escribir en la Edad Media: “Así como Dios creando con su poder todas las cosas es Padre y Señor de todo, así María, reparando con sus méritos todas las cosas, es Madre y Señora de todo: Dios es Señor de todas las cosas, porque las ha creado en su propia naturaleza con su imperio, y María es Señora de todas las cosas, porque las ha elevado a su dignidad original con la gracia que Ella mereció”. En fin, “como Cristo por título particular de la Redención es Señor nuestro y Rey, así la Bienaventurada Virgen (es Señora nuestra) por el singular concurso prestado a nuestra redención, suministrando su sustancia y ofreciéndola voluntariamente por nosotros, deseando, pidiendo y procurando de una manera especial nuestra salvación”
Sería irrisorio desechar el título regio de María “por una superficial cuestión de palabras” (13). El tema de la realeza de Cristo y María no es otro que el de la “recapitulación” en Cristo de todas las cosas. María, como veremos más adelante, ha sido asociada también a esta función de Cristo Señor. De análogo semejante a aquel con que Eva fue asociada a Adán, principio de muerte, así se puede afirmar que nuestra redención se efectuó según una cierta “recapitulación”, por la cual el género humano, sujeto a la muerte por causa de una virgen, se salva también por medio de una virgen; si además se puede decir que María fue escogida para Madre de Cristo principalmente “para ser asociada a la redención del género humano”, y si realmente “fue Ella la que, libre de toda culpa personal y original, unida estrechamente a su Hijo, le ofreció en el Gólgota al Eterno Padre, sacrificando de consuno el amor y los derechos maternos, como nueva Eva, para que toda la descendencia de Adán, manchada por su lamentable caída”, se podrá legítimamente concluir que como Cristo, nuevo Adán, es Rey nuestro no sólo por ser Hijo de Dios, sino también por ser Redentor nuestro, así, con una cierta analogía, se puede igualmente afirmar que la Bienaventurada Virgen es Reina, no sólo por ser Madre de Dios, sino también porque, como nueva Eva, fue asociada al nuevo Adán.
Ciertamente, en sentido pleno solamente Jesucristo, Dios y hombre, es Rey; con todo, también María, sea como Madre de Cristo Dios, sea como asociada a la obra del divino Redentor, en la lucha con los enemigos y en el triunfo obtenido sobre todos, participa Ella también de la dignidad real. Precisamente de esta unión con Cristo Rey deriva en Ella tan esplendorosa sublimidad, que supera la excelencia de todas las cosas creadas; de esta misma unión con Cristo nace aquel poder regio, por el que Ella puede dispensar los tesoros del Reino del divino Redentor; en fin, en la misma unión con Cristo tiene origen la eficacia inagotable de su materna intercesión con su Hijo y con el Padre.
La acción de la Virgen en la distribución de los frutos de la Redención
Ahora bien, como veremos más directamente en los próximos capítulos, la Virgen no ha recibido solamente el supremo grado de excelencia y perfección después de Cristo, sino también una participación de aquel influjo por el que se dice con justicia que su Hijo reina en la mente y en la voluntad de los hombres.
Si en verdad el Verbo obra los milagros e infunde la gracia por medio de la humanidad que tomó, si se sirve de los sacramentos y de sus santos como instrumentos para la salvación de las almas, ¿por qué no puede servirse de los oficios y de la acción de su Madre Santísima en la distribución de los frutos de la Redención?
“María, sentada a la diestra de su unigénito Hijo, con sus maternas súplicas obtiene cuanto pide, y su voz será siempre escuchada”. Es la llamada Omnipotentia Suplex, Omnipotencia suplicante. A este propósito, León XIII afirmó que “a la Santísima Virgen en el dispensar gracias se le ha concedido poder casi inmenso” y San Pío X añade que María desempeña este oficio “como por derecho materno”.
Hasta que punto esto es así, lo consideraremos al hablar de María como Madre de la divina gracia y Dispensadora de todas ellas 14.

Acercarse confiadamente a la que es Reina y Madre
Finalmente Fulgens corona exhorta a todos a acercarse con gran confianza a la Reina del Cielo, para pedirle socorro en las adversidades, luz en las tinieblas, alivio en los dolores y penas; y a esforzarse en imitar con atento y diligente cuidado, en sus propias costumbres y en su propia alma, las grandes virtudes de la celestial Reina. De ahí vendrá como consecuencia que los cristianos, venerándola e imitándola, se sientan verdaderamente hermanos; y, despreciando las envidias y los desmesurados deseos de riquezas, promuevan el amor social, respeten los derechos de los pobres y amen la paz. “Ninguno, pues, se tenga por hijo de María, digno de ser recibido bajo su potentísima tutela, si a ejemplo suyo no se muestra dulce, justo y casto, contribuyendo con amor a la verdadera fraternidad, no hiriendo ni dañando sino ayudando y confortando”.

 
En conclusión: María es Reina por ser Madre del Rey estrechamente asociada a Cristo Redentor y Santificador. Pero no es un reina, por decirlo así, “decorativa”, sino porque, con Cristo Rey, “rige” el universo creado. Ella, con Cristo, es también Señora del tiempo y de la Historia. Y regir, en sentido propio, implica iniciativa y hasta capacidad decisoria. Creemos que estas notas han de predicarse de María Reina. No cabe olvidar que en el entrañable hogar de Caná, donde se celebraron aquellas bodas a las que asistió María, Ella se encontraba “in ortu rerum”, en el centro desde donde se distribuían los ingredientes de la fiesta. Se acababa el vino y María discurre por su cuenta: piensa y se diría que decide que es llegada “la hora”, el momento de que Jesús manifieste su poder sobrenatural, como Mesías. Y aunque no había llegado “la hora”, se cumple lo que María ha discurrido y sugerido. De este modo, tan sencillo, tan femenino y tan eficaz, rige la Madre de Dios, como Reina y Señora, la Historia de la Humanidad y -con toda su suavidad, con todo su respeto casi divino a la libertad de cada uno – rige también la vida de todos sus hijos.
No faltan acontecimientos contemporáneos que, para quien conoce la revelaciones privadas de la Virgen en Fátima, presentan todas las características de una intervención directa de María, rectificando el rumbo de la Historia. Pero todo aquél que se haya adentrado por los caminos interiores de la vida cristiana seguramente podrá contar experiencias muy claras, aunque no sean racional o empíricamente demostrables, de la intervención de la Virgen en momentos trascendentales de su vida. Esa acción benefactora, sin embargo, no se limita a espacios puntuales, sino a todo el curso de nuestra existencia.
Del reinado e María es preciso obtener una lección obvia: la Esclava del Señor es Reina del Universo.

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© Antonio Orozco Delclós
© Ediciones Rialp, Madrid 1996.
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1 Ap., 19, 16.
2 LG 59; cit CEC 966.
3 RM 41.
4 PÍO XII, Ad Caeli Reginam, 11-X-1954. Los entrecomillados de este capítulo, si no se indica otra cosa, corresponden a textos de esta Encíclica.
5 Lc 1,32.
6 Is 9, 6.
7 Apc 19,16.
8 cfr Lc 1, 32-33.
9 Lc 1,43. Cfr. Nuestra nota (39) sobre el tema “gebirah”
10 Cfr. LUCIEN DEISS, María, hija de Sión, De. Cristiandad, Bilbao1964, pp. 74-87.
11 SAN EFREN, Hymni de B. María, 19. Hace hablar a María de este modo: “El cielo me sostenga con sus abrazos, porque soy más honrada que él mismo. Pues el cielo fue tan sólo tu trono, no tu madre. Ahora bien, cuánto más digna de honor y veneración es la Madre del Rey que no su trono!”
12 “Cantaré un himno a la Reina Madre – reza el precioso himno bizantino Akatistos – y me acercaré gozoso a celebrar sus glorias, cantando alegre sus maravillas… ¡oh Señora!, nuestra lengua es incapaz de alabarte dignamente, pues Tú, que engendraste a Cristo Rey, has sido elevada sobre los serafines… Dios te salve, ¡oh Reina del mundo!; ¡oh María!, Reina de todos nosotros”. Y en el misal etiópico se lee: “¡oh María, centro de todo el mundo!; eres más grande que los querubines, dotados de muchos ojos, y que los serafines, adornados de seis alas… El cielo y la tierra están colmados de la santidad de tu gloria”.
13 “A algunos – dice el BEATO JOSEMARIA ESCRIVA en su homilía sobre Cristo Rey – les molesta incluso la expresión Cristo Rey: por una superficial cuestión de palabras, como si el reinado de Cristo pudiese confundirse con fórmulas políticas; o porque, la confesión de la realeza del Señor, les llevaría a admitir una ley. Y no toleran la ley, ni siquiera la del precepto entrañable de la caridad, porque no desean acercarse al amor de Dios: ambicionan sólo servir al propio egoísmo” (Es Cristo que pasa, 179).
14 No deja de advertir Pio XII que en estas y en otras cuestiones que se refieren a la Santísima Virgen, tengan cuidado los téologos y predicadores de la palabra divina de evitar ciertas desviaciones del recto camino, no sea que caigan en un doble error; deben guardarse, por una parte, de exponer opiniones carentes de fundamento y que con expresiones exageradas exceden los límites de la verdad, y por otra parte han de evitar la demasiada estrechez de pensamiento, al considerar la singularísima, sublime y casi divina dignidad de la Madre de Dios, que el Doctor Angélico nos enseña a reconocer “por razón del bien infinito, que es Dios”. En éste como en otros principios de la doctrina cristiana, “la norma próxima y universal” para todos es el Magisterio vivo de la Iglesia, que Cristo ha constituido “hasta para ilustrar y explicar las cosas que sólo oscura e implícitamente se contienen en el depósito de la fe”.

 

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Todo el que busca la verdad, sea consciente o no, sigue un sendero que en último término lleva a Dios, que es la Verdad misma. S. S. Juan Pablo II (8-XI-2004)

 

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Madre de la Iglesia

 

María por ser Madre de Cristo es, a la vez, Madre de los miembros de la Iglesia.

 

María es Madre de la Iglesia. Titulo tan familiar entre los cristianos. Pero ¿cuándo fue proclamado?, ¿cuál es su signifi­cado?, ¿qué consecuencias tiene para la vida de la Iglesia y de los fieles?

PROCLAMACIÓN DE ESTE GLORIOSO TÍTULO

El título de María, como Madre de la iglesia, ha sido proclamado solemnemente el 21 de noviembre de 1964 por el Papa Pablo VI en los siguientes términos:

“… así, pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los Pastores, que la llaman Madre amorosa; y quere­mos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título” (A.A.S. 56 (1964) 1015).

Con anterioridad, el Papa Pío XII ya se expresaba sobre este particular en su Enc. Mystici Corporis, año 1943 (cfr. DZ.2291); y recientemente S.S. Juan Pablo II vuelve sobre el tema, en su Enc. Redemptoris Mater (1987, nn.42,47 y passim).

SIGNIFICADO DOCTRINAL –
El título de Madre de la Iglesia

El título de Madre de la Iglesia expresa una verdadera maternidad eclesial y es consecuencia del hecho mismo de la Encarnación. En efecto, si por la Encarnación se crea una unión vital entre Cristo y los fieles, por el mismo motivo se crea una unión vital entre María y la Iglesia. La razón de ello radica en que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo; la Cabeza es Cristo, y su cuerpo son los fieles, miembros de la Iglesia.

María, por ser Madre de Cristo?Cabeza, es también Ma­dre de todo el Cuerpo, en virtud de que ese Cuerpo forma una Persona Mística con el Cristo único, el Hijo de María. En resumen, María por ser Madre de Cristo es, a la vez, Madre de los miembros del Cuerpo Místico que es la Iglesia.

Como decía San León Magno: “Natalis Capitis, natalis corpo­ris”. Así pues, el fundamento de esta título se desprende de la unión hipostática como gracia capital (cfr. Anastasio Grana­dos, El misterio de la Iglesia en el Concilio Vaticano II, Patmos, n.122, Madrid, 1965, pp.490 ss).

La Iglesia como casa o familia de Dios

Para comprender mejor este nuevo título de María, den­tro de los diversos nombres que se utilizan para describir la naturaleza de la Iglesia, la expresión Casa de Dios (cfr. Cone. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, n.6), resulta particular­mente apta.

Así, la Iglesia es contemplada como “Casa de Dios”” (1 Tim. 3.15) donde habita la “familia” de Dios, “habitación de Dios en el espíritu” (Ef. 2,19.22). Toda familia tiene una ma­dre, y en la familia de los hijos de Dios esa Madre es María, de ahí que con propiedad pueda llamarse “Madre de la Igle­sia”.

En una familia la madre tiene tres cometidos:
a) es esposa de su esposo;
b) b) es madre de sus hijos y,
c) c) es la que cuida de todos los que de una manera u otra pertenecen a la familia.
En la Virgen Madre se dan cumplidamente estos tres aspectos:
a) es Esposa del Espíritu Santo, Vivificador de la Iglesia;
b) b) es Madre de Cristo y, por ello, es Madre espiritual de todos los cristianos y,
c) c) con cariño maternal cuida de todo y de todos sus hijos (cfr. Anastasio Granados, o.c., p.492).

CONSECUENCIAS PARA LA VIDA DE LA IGLESIA Y DE LOS FIELES

María es tipo y modelo de la Iglesia

María Santísima es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo (cfr. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater, n.42). Es modelo porque vivió las virtudes con ejemplaridad suprema. Por ello, la Iglesia imita a la Madre de su Señor que conservó la fe íntegra, la sólida esperanza y la sincera caridad (cfr. Ibidem, n.44).

Dimensión mariana en la vida de los fieles

a) El cristiano, en virtud de su relación filial, procura imitar aquella caridad materna con la que la Madre del Redentor cuida de los hermanos de su Hijo: con el testimonio del ejemplo, con su ardiente acción apostólica y con el culto especial que tributa a la Virgen.

b) En particular la mujer, al mirar a María, encuentra en Ella el secreto para vivir dignamente su feminidad y para llevar a cabo su verdadera promoción (cfr. Ibidem_, n.46).

“A la luz de María, la Iglesia lee en el rostro de la mujer los reflejos de una belleza, que es reflejo de los más altos sentimientos, de que es capaz el corazón humano: la oblación total del amor, la fuerza que sabe resistir a los más grandes dolores, la fidelidad sin límites, la laboriosidad infatigable y la capacidad de conjugar la intuición penetrante con la palabra de apoyo y de estímulo” (Ibidem, n.46).

Agradecemos al autor – www.encuentra.com  2004.11.

 

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MARIA, MADRE DE CRISTO, MADRE DE LA IGLESIA*

 

 

Totalmente unida a su Hijo…

 

El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte. Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión.

 

Después de la Ascensión de su Hijo, María estuvo presente en los comienzos de la Iglesia con sus oraciones.

Reunida con los apóstoles y algunas mujeres, María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra.

 

 

También en su Asunción, ella es Nuestra Madre en el orden de la Gracia

 

Al pronunciar el “FIAT” (=”HÁGASE”) de la Anunciación y al dar su consentimiento al Misterio de la Encarnación, María colabora ya en toda la obra que debe llevar a cabo su Hijo. Ella es madre allí donde El es Salvador y Cabeza del Cuerpo místico.

 

Por su total adhesión a la voluntad del Padre, a la obra redentora de su Hijo, a toda moción del Espíritu Santo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de la fe y de la caridad. Colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia.

 

Esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna… Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.

 

La Santísima Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo, y elevada al trono por el Señor como Reina del universo. En el cielo participa ya en la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipando la resurrección de los demás cristianos. La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres … brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia.

 

“Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1, 48).

La piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano. Desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de `Madre de Dios´, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades… Este culto… aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente; encuentra su expresión en las fiestas litúrgicas dedicadas a la Madre de Dios y en la oración mariana, como el Santo Rosario, síntesis de todo el Evangelio.

 

La Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en Marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo.

 

Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo.

 

DIOS TE SALVE MARIA

Llena eres de gracia.

El Señor es contigo.

Bendita tú eres entre las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús; Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

* DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA : Capitulo III, Párrafo 6, 965 a 975.

 

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… “guarda el depósito. Evita las palabrerías profanas, y también las objeciones de la falsa ciencia; algunos que la profesaban se han apartado de la fe”. -I Timoteo 6,20-21.

 

La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente – como también las demás Escrituras – para su propia perdición.
-II Pedro 3,15-16

Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta.
-II Tesalonicenses 2,15

 

Nuestra confesión de Cristo, como Hijo único de Dios, a través de quien nosotros mismos vemos el rostro del Padre (cf. Juan 14, 8), no es un acto de arrogancia que desprecia a las demás religiones, sino un reconocimiento gozoso, pues Cristo se nos ha mostrado sin que hayamos hecho nada para merecerlo. Y Él, al mismo tiempo, nos ha comprometido a seguir dando lo que hemos recibido y a comunicar a los demás lo que se nos ha dado, pues la Verdad donada y el Amor que es Dios pertenecen a todos los hombres. -Juan Pablo II sobre Dominus Iesus.

 

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“Por qué pertenezco a la Iglesia”

 

Podemos pensar en la iglesia católica comparándola con la luna: por la relación luna-mujer (madre) y por el hecho de que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol sin el cual sería oscuridad completa. La luna resplandece, pero su luz no es suya sino de otro. La sonda lunar y los astronautas descubrieron que la luna es solo una estepa rocosa y desértica, como montañas y arena, vieron una realidad distinta a la de la antigüedad: no como luz. Y efectivamente la luna es en sí y por sí misma lo desierto, arena y rocas. Sin embargo, es también luz y como tal permanece incluso en la época de los vuelos espaciales.

¿No es ésta una imagen exacta de la Iglesia? Quien la explora y la excava con la sonda, como la luna, descubrirá solamente desierto, arena y piedras, las debilidades del hombre y su historia a través del polvo, los desiertos y las montañas. El hecho decisivo es que ella, aunque es solamente arena y rocas, es también luz en virtud de otro, del Señor.

Yo estoy en la iglesia porque creo que hoy como ayer e independientemente de nosotros, detrás de nuestra iglesia vive su iglesia y no puedo estar cerca de Él si no es permaneciendo en su iglesia. Yo estoy en la Iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino suya.

La Iglesia es la que, no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella, nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, aquí y ahora. Sin la Iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se anula. ¿Y qué sería la humanidad privada de Cristo?

Si yo estoy en la Iglesia es por las mismas razones porque soy cristiano. No se puede creer en solitario. La fe es posible en comunión con otros creyentes. La fe por su misma naturaleza es fuerza que une. Esta fe o es eclesial o no es tal fe. Además así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención.

Yo permanezco en la Iglesia porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo.

Yo permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la iglesia salva al hombre. El gran ideal de nuestra generación es uno, sociedad libre de la tiranía, del dolor y de la injusticia. En este mundo el dolor no se deriva sólo de la desigualdad en las riquezas y en el poder. Se nos quiere hacer creer que se puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí, sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la superación, que no es necesario el sacrificio de mantener los compromisos aceptados, ni el esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión de lo que se debería ser y lo que efectivamente se es.

En realidad el hombre no es salvado sino a través de la cruz y la aceptación de los propios sufrimientos y de los sufrimientos mundo, que encuentran su sentido liberador en la pasión de Dios. Solamente así el hombre llegará a ser libre. Todas las demás ofertas a mejor precio están destinadas al fracaso.

El amor no es estético ni carente de crítica. La única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a un hombre es la de amarlo, trasformándolo lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucedería de distinto modo en la Iglesia?
Conferencia-Testimonio, Alemania (1971) Joseph Ratzinger, 1971 – al día S. S. Benedicto XVI – P.M.

 

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¡Pero si es imposible saber cuál es la Iglesia de Cristo partiendo de los cientos de miles de nombres de las denominaciones protestantes!. Entonces, ¿cómo podremos saberlo? (En la edición de 1986 del conocido libro de referencia protestante “The Christian Source Book” -New York: Ballantine Books- se nos dice que existen más de 21,000 denominaciones y sectas, según el último recuento, y que aparecen – anualmente – unas 270 nuevas). Pues bien, la respuesta es que podremos saber cuál es la Iglesia fundada por Cristo examinando las características de una determinada iglesia. Las características que la Iglesia Católica puede ofrecer son las así llamadas “cuatro notas”. UNA, SANTA, CATÓLICA Y APOSTÓLICA. Y, desde que Cristo la fundara, 2000 años de historia con domicilio-Sede Apostólica física sobre la tumba del apóstol Pedro, crucificado en cruz invertida en el 64/67ca.bajo Nerón, y enterrado a la orilla derecha del rio Tiber en la colina vaticana de la ciudad de Roma,Italia. (Allí en Roma también decapitado Pablo, murió martir de la Iglesia Católica-Apostólica-Una y Santa).

 

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G.K. Chesterton: “Quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen”.

 

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Si eres cristiano se tiene que ver tu fe.

 

¡Laudetur Iesus Christus!

 

toda la creación alaba a su Creador

 

Gracias por venir a visitarnos

 

Los cristianos deben defender sus convicciones “sin arrogancia pero sin pusilanimidad”

 

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Recomendamos: Madre de la gracia – Autor: José Morales

El autor ofrece una síntesis de puntos salientes de vida cristiana, que se iluminan y hacen operativos desde la figura de María. El misterio de María ayuda así directamente a configurar y orientar la existencia de los cristianos según el Evangelio de Jesús de Nazaret. Ediciones RIALP.

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Recomendamos: El amor que da vida – Autora: Kimberly Hahn,

De un modo luminoso y positivo, la autora muestra un camino de amor que ayuda a crear familias unidas y felices: el maravilloso plan de Dios para el matrimonio, revelado en la Sagrada Escritura y desarrollado en el magisterio de la Iglesia Católica. Ofrece una descripción del verdadero significado del amor conyugal, y aborda también cuestiones como planificación familiar natural, infertilidad, aborto, anticoncepción o esterilización. Además de contar su experiencia, aporta los testimonios de numerosas familias. Ediciones RIALP. IX-2206

 

 

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