* Catequesis Papa Francisco«la oración no es una varita mágica»

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Antes de comenzar la Audiencia general, el Papa hizo un gesto particular, al saludar en la lengua de los sordomudos a un grupo de unas sesenta personas del Ente Nacional Italiano de los Sordos.

«Dios escucha rápidamente a sus hijos, aunque si esto no significa que lo haga en los tiempos y en los modos que nosotros quisiéramos. ¡La oración no es una varita mágica! ¡No es una varita mágica!». Lo dijo Papa Francisco durante la catequesis de la Audiencia general, centrada en la parábola de la viuda y el juez. Un nuevo llamado de Francisco por los niños desaparecidos y una oración por las víctimas de los atentados terroristas en Siria.

 

La parábola «contiene una enseñanza importante: ‘que es necesario orar siempre sin desanimarse’. Por lo tanto, no se trata de orar algunas veces, cuando tengo ganas. No, Jesús dice que se necesita ‘orar siempre sin desanimarse’. Y pone el ejemplo de la viuda y el juez —recordó Francisco. El juez es un personaje poderoso, llamado a emitir sentencias basándose en la Ley de Moisés. Por esto la tradición bíblica exhortaba que los jueces sean personas timoratas de Dios, dignas de fe, imparciales e incorruptibles. Nos hará bien escuchar esto también hoy, ¡eh! Al contrario, este juez ‘no temía a Dios ni le importaban los hombres’. Era un juez perverso, sin escrúpulos, que no tenía en cuenta a la Ley pero hacia lo que quería, según sus intereses. A él se dirige una viuda para obtener justicia. Las viudas, junto a los huérfanos y a los extranjeros, eran las categorías más débiles de la sociedad. Sus derechos tutelados por la Ley podían ser pisoteados con facilidad porque, siendo personas solas e indefensas, difícilmente podían hacerse valer: una pobre viuda, ahí, sola, nadie la defiende, podían ignorarla, incluso no hacerle justicia; así también el huérfano, así el extranjero, el migrante. ¡Lo mismo! En aquel tiempo era muy fuerte esto. Ante la indiferencia del juez, la viuda recurre a su única arma: continuar insistentemente a fastidiarlo presentándole su pedido de justicia. Y justamente con esta perseverancia alcanza su objetivo. El juez, de hecho, en cierto momento la compensa, no porque es movido por la misericordia, ni porque la conciencia se lo impone; simplemente admite: ‘Pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme’».

 

De esta parábola, prosiguió el Papa, «Jesús saca una doble conclusión: si la viuda ha logrado convencer al juez deshonesto con sus pedidos insistentes, cuanto más Dios, que es Padre bueno y justo, ‘hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche’; y además no ‘les hará esperar por mucho tiempo’, sino actuará ‘rápidamente’. Por esto Jesús exhorta a orar “sin desfallecer”. Todos sentimos momentos de cansancio y de desánimo, sobre todo cuando nuestra oración parece ineficaz. Pero Jesús nos asegura: a diferencia del juez deshonesto, que Dios escucha rápidamente a sus hijos, aunque si esto no significa que lo haga en los tiempos y en los modos que nosotros quisiéramos. ¡La oración —exclamó Papa Bergoglio— no es una varita mágica! ¡No es una varita mágica! Ésta nos ayuda a conservar la fe en Dios y a confiar en Él incluso cuando no comprendemos su voluntad. En esto, Jesús mismo – ¡que oraba tanto! – nos da el ejemplo». Dios «de verdad ha salvado a Jesús de la muerte dándole sobre ella la completa victoria, pero ¡el camino recorrido para obtenerla ha pasado a través de la misma muerte!». En el Getsemaní, recordó el Pontífice, «invadido por la angustia oprimente, Jesús pide al Padre que lo libere del cáliz amargo de la pasión, pero su oración esta empapada de la confianza en el Padre y se encomienda sin reservas a su voluntad: ‘Pero – dice Jesús – no se haga mi voluntad, sino la tuya’. El objeto de la oración a un segundo plano; lo que importa antes de nada es la relación con el Padre. Es esto lo que hace la oración: transforma el deseo y lo modela según la voluntad de Dios, cualquiera que esa sea, porque quien ora aspira ante todo a la unión con Dios, que es Amor misericordioso». La parábola, concluyó el Papa, «termina con una pregunta: ‘Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?’. Y con esta pregunta estamos todos advertidos: no debemos desistir de la oración aunque no sea correspondida. ¡Es la oración que conserva la fe, sin ella la fe vacila!».

 

En la Jornada Internacional por los Niños Desparecidos, que es hoy, el Papa hizo un llamado al final de la Audiencia general: «Es un deber de todos proteger a los niños, sobre todo a los que están expuestos a un elevado riesgo de explotación, trata y conductas desviantes. Anhelo que las autoridades civiles y religiosas puedan sacudir y sensibilizar las conciencias, para evitar la indiferencia ante el sufrimiento de los niños solos, explotados y alejados de sus familias y de su contexto social, niños que no pueden crecer serenamente y mirar con esperanza al futuro. Invito a todos a la oración para que cada uno de ellos pueda volver al afecto de sus seres queridos».

 

En vista de la procesión del Corpus Domini, que será mañana, Francisco invitó a los romanos y a los peregrinos a participar en este «solemne acto público de fe y de amor a Jesús realmente presente en la Eucaristía». Después de los saludos en las diferentes lenguas, el Papa pronunció una oración para las víctimas de los ataques terroristas que se verificaron en Siria el pasado lunes, «que han causado la muerte de un centenar de civiles inermes. Exhorto a todos a rezar al Padre misericordioso y a rezarle a la Virgen, para que done el reposo eterno a las víctimas, consolación a sus familiares y convierta el corazón de cuantos siembran muerte y destrucción»

 

Antes de comenzar la Audiencia general, el Papa hizo un gesto particular, al saludar en la lengua de los sordomudos a un grupo de unas sesenta personas del Ente Nacional Italiano de los Sordos.

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