* SOLEMNIDAD “Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor”

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El jueves 26 de mayo la Iglesia celebra la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor, aunque en algunos países se celebrará el próximo Domingo 29 de Mayo. La fiesta, extendida en 1269 por el Papa Urbano IV a toda la Iglesia latina, por una parte constituyó una respuesta de fe y de culto a doctrinas heréticas acerca del misterio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, por otra parte fue la culminación de un movimiento de ardiente devoción hacia el augusto Sacramento del altar.

La piedad popular favoreció el proceso que instituyó la fiesta del Corpus Christi; a su vez, esta fue causa y motivo de la aparición de nuevas formas de piedad eucarística en el pueblo de Dios. Esta festividad es una ocasión propicia para que podamos  profundizar en nuestra fe y en nuestro amor hacia la Eucaristía.

Según tradiciones locales consolidadas, la Solemnidad del Corpus Christi comprende dos momentos: la Santa Misa, en la que se realiza la ofrenda del Sacrificio, y la procesión, que manifiesta públicamente la adoración al Santísimo Sacramento. La procesión es la “forma tipo” de las procesiones eucarísticas porque prolonga la celebración de la Eucaristía. En efecto, inmediatamente después de la Santa Misa, la Hostia que ha sido consagrada  se conduce fuera de la Iglesia para que el Pueblo de Dios dé un testimonio público de fe y de veneración al Santísimo Sacramento.

 

El jueves 4 de junio de 2015 en la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo el Papa Francisco celebró la Santa Misa ante miles de personas en la basílica de San Juan de Letrán. Finalizada la Eucaristía comenzó la procesión, presidida por el cardenal Agostino Villani, vicario de Su Santidad para la diócesis de Roma, que recorrió la Via Merulana hasta llegar a la basílica de Santa María la Mayor donde el Papa impartió la bendición solemne con el Santísimo Sacramento.

En la homilía Francisco recordó que en la Última Cena, Jesús nos da su Cuerpo y su Sangre, mediante el pan y el vino, para dejarnos el memorial de su sacrificio de amor infinito y a través de ese viático los discípulos tienen todo lo necesario para su camino a lo largo de la historia y para hacer llegar a todos el Reino de Dios. Así lo demuestra el Responsorio de la segunda lectura de hoy que dice: ”Tomad y comed el Cuerpo de Cristo, bebed su Sangre: porque ahora sois miembros de Cristo. Para no disgregaros, comed este vínculo de comunión; para no envileceros, bebed el precio de vuestro rescate”.

Francisco explicó que significaban hoy los términos ”disgregarse”, y ”envilecerse”. ”Nos disgregamos -dijo- cuando no somos dóciles a la Palabra del Señor, cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos por ocupar los primeros lugares … cuando no encontramos el valor para testimoniar la caridad, cuando no somos capaces de ofrecer esperanza. La Eucaristía permite que no nos disgreguemos, porque es vínculo de comunión y cumplimiento de la Alianza … El Cristo presente en medio de nosotros, en el signo del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere toda laceración, y al mismo tiempo que se convierta también en comunión con el más pobre, en apoyo para el débil, en atención fraterna con los que fatigan en llevar el peso de la vida cotidiana y están en peligro de perder la fe”.

“Envilecerse, es aguar nuestra dignidad cristiana” significa ”dejarse corroer por las idolatrías de nuestro tiempo: el aparecer, el consumir, el yo al centro de todo; pero también el ser competitivos, la arrogancia como actitud vencedora, el no admitir nunca que nos hemos equivocado o necesitamos algo. Todo esto nos envilece, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos, paganos”.

‘Jesús -prosiguió Francisco- derramó su Sangre como precio para purificarnos de todos los pecados… para ser preservados del riesgo de la corrupción… La Sangre de Cristo … nos restituirá nuestra dignidad… Seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de Magdalena, seremos su mano que socorre a los enfermos de cuerpo y de espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliacion, de misericordia y de comprensión….Así aprendemos que la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino fuerza para los débiles, para los pecadores. Es el perdón, es el viático que nos ayuda a caminar”.

”Hoy, fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo tenemos no sólo la alegría de celebrar este misterio, sino también de alabarlo y cantarlo por las calles de nuestra ciudad. Que nuestra procesión al final de la Misa, exprese nuestro reconocimiento por todo el camino que Dios nos ha hecho recorrer a través del desierto de nuestras pobrezas, para sacarnos de la condición servil, nutriéndonos de su Amor mediante el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Dentro de poco, mientras caminamos por las calles, sintámonos en comunión con tantos hermanos y hermanas nuestros que no tienen la libertad de expresar su fe en el Señor Jesús. Sintámonos unidos a ellos: cantemos con ellos, alabemos con ellos, adoremos con ellos. Y veneremos en nuestro corazón a esos hermanos y hermanas a los que se ha pedido el sacrificio de la vida por fidelidad a Cristo: Que su sangre, unida a la del Señor, sea prenda de paz y de reconciliación para el mundo entero”.

 

Les informamos que hemos redactado y diseñado un curso con textos extraídos de la extensa Catequesis de San Juan Pablo II que lleva por título SAGRADO CORAZÓN: SÍMBOLO DEL AMOR DE CRISTO. Este curso contiene los textos catequéticos sobre cada una de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús y lo puede leer en la siguiente dirección
“…El mes de junio está dedicado, de modo especial, a la veneración del Corazón divino. No sólo un día, la fiesta litúrgica que, de ordinario, cae en junio, sino todos los días.
Con esto se vincula la devota práctica de rezar o cantar diariamente las Letanías al Sacratísimo Corazón de Jesús….”

(Ángelus, 27 de junio de 1982).

  

SANTA MISA EN LA

SOLEMNIDAD DEL CORPUS CHRISTI

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO

Jueves 4 de junio de 2015

Queridos hermanos y hermanas:

En la Última Cena, Jesús dona su Cuerpo y su Sangre mediante el pan y el vino, para dejarnos el memorial de su sacrificio de amor infinito. Con este “viático” lleno de gracia, los discípulos tienen todo lo necesario para su camino a lo largo de la historia, para hacer extensivo a todos el Reino de Dios. Luz y fuerza será para ellos el don que Jesús ha hecho de sí mismo, inmolándose voluntariamente sobre la Cruz. Y este Pan de vida ¡ha llegado hasta nosotros!

Ante esta realidad el estupor de la Iglesia no cesa jamás. Una maravilla que alimenta siempre la contemplación, la adoración, la memoria. Nos lo demuestra un texto muy bello de la Liturgia de hoy, el Responsorio de la segunda lectura del Oficio de las Lecturas, que dice así: “Reconozcan en este pan, a Aquél que fue crucificado; en el cáliz, la Sangre brotada de su costado. Tomen y coman el Cuerpo de Cristo, beban su Sangre: porque ahora son miembros de Cristo. Para no disgregarse, coman este vínculo de comunión; para no despreciarse, beban el precio de su rescate”.

Nos preguntamos: ¿qué significa, hoy, disgregarse y disolverse? Nosotros nos disgregamos cuando no somos dóciles a la Palabra del Señor, cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos por ocupar los primeros lugares, cuando no encontramos el valor para testimoniar la caridad, cuando no somos capaces de ofrecer esperanza.

La Eucaristía nos permite el no disgregarnos, porque es vínculo de comunión, y cumplimiento de la Alianza, señal viva del Amor de Cristo que se ha humillado y anonadado para que permanezcamos unidos. Participando a la Eucaristía y nutriéndonos de ella, estamos incluidos en un camino que no admite divisiones. El Cristo presente en medio a nosotros, en la señal del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere toda laceración, y al mismo tiempo que se convierta en comunión, también con el más pobre, apoyo para el débil, atención fraterna con los que fatigan en el llevar el peso de la vida cotidiana. Están en peligro de perder la fe.

Y ¿qué significa hoy para nosotros “disolverse”, o sea diluir nuestra dignidad cristiana? Significa dejarse corroer por las idolatrías de nuestro tiempo: el aparecer, el consumir, el yo al centro de todo; pero también el ser competitivos, la arrogancia como actitud vencedora, el no tener jamás que admitir el haberse equivocado o el tener necesidades. Todo esto nos disuelve, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos, paganos.

Jesús ha derramado su Sangre como precio y como baño sagrado que nos lava, para que fuéramos purificados de todos los pecados: para no disolvernos, mirándolo, saciándonos de su fuente, para ser preservados del riesgo de la corrupción. Y entonces experimentaremos la gracia de una transformación: nosotros siempre seguiremos siendo pobres pecadores, pero la Sangre de Cristo nos librará de nuestros pecados y nos restituirá nuestra dignidad. Nos liberará de la corrupción. Sin mérito nuestro, con sincera humildad, podremos llevar a los hermanos el amor de nuestro Señor y Salvador. Seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de la Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos del cuerpo y del espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliación, de misericordia y de comprensión.

De esta manera la Eucaristía actualiza la Alianza que nos santifica, nos purifica y nos une en comunión admirable con Dios. Así aprendemos que la Eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles, para los pecadores, es el perdón, el viático que nos ayuda a andar, a caminar”.

Hoy, fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, tenemos la alegría no solamente de celebrar este misterio, sino también de alabarlo y cantarlo por las calles de nuestra ciudad. Que la procesión que realizaremos al final de la Misa, pueda expresar nuestro reconocimiento por todo el camino que Dios nos ha hecho recorrer a través del desierto de nuestras miserias, para hacernos salir de la condición servil, nutriéndonos de su Amor mediante el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.

Dentro de poco, mientras caminaremos a largo de la calles, sintámonos en comunión con tantos de nuestros hermanos y hermanas que no tienen la libertad para expresar su fe en el Señor Jesús. Sintámonos unidos a ellos: cantemos con ellos, alabemos con ellos, adoremos con ellos. Y veneremos en nuestro corazón a aquellos hermanos y hermanas a los que ha sido requerido el sacrificio de la vida por fidelidad a Cristo: que su sangre, unida a aquella del Señor, sea prenda de paz y de reconciliación para el mundo entero. Y no olvidemos: para no disgregarnos, coman este vínculo de comunión, para no disolverse beban el precio de su rescate.

ADORO TE DEVOTE

 Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.

En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que Te ame.

¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree Tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con Tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar Tu Rostro cara a cara, sea yo feliz viendo Tu gloria. Amén.

(Santo Tomás de Aquino, teólogo y cantor apasionado de Cristo Eucarístico)


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