*VIDA ETERNA “El Señor es más grande que los errores de los hombres, y los elimina desde la raíz”

https://i0.wp.com/www.preguntasantoral.es/wp-content/uploads/2013/04/rey_david.jpg«Dios ‘destruye’ el pecado, no como en la tintorería con las manchas» Catequesis del Papa Francisco.

Reflexionando sobre el salmista («¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado!»), el Papa explicó con una imagen la dinámica del perdón divino. Lo hizo prosiguiendo con su ciclo de catequesis sobre la misericordia durante la audiencia general en la Plaza San Pedro: Dios, dijo, «destruye» el pecado, «no como hacen en la tintorería cuando llevamos un vestido y le quitan la mancha», sino que «borra nuestro pecado desde la raíz».

 

Francisco comenzó su catequesis a partir del Salmo 51: « Se trata de una oración penitencial en la cual la súplica de perdón es precedida por la confesión de la culpa y en la cual el orante, dejándose purificar por el amor del Señor, se convierte en una nueva creatura, capaz de obediencia, de firmeza de espíritu, y de alabanza sincera». El título que la antigua tradición hebraica asignó a este Salmo, «Miserere», se refiere «al rey David y a su pecado con Betsabé, la mujer de Urías el Hitita. Conocemos bien los hechos. El rey David, llamado por Dios a pastorear el pueblo y a guiarlo por caminos de obediencia a la Ley divina, traiciona su propia misión y, después de haber cometido adulterio con Betsabé, hace asesinar al marido. ¡Un horrible pecado! El profeta Natán le revela su culpa y lo ayuda a reconocerlo. Es el momento de la reconciliación con Dios, en la confesión del propio pecado. ¡Y en esto David ha sido humilde, ha sido grande!». Como consecuencia, «quien ora con este Salmo está invitado a tener los mismos sentimientos de arrepentimiento y de confianza en Dios que tuvo David cuando se había arrepentido y, a pesar de ser rey, se ha humillado si tener temor de confesar su culpa y mostrar su propia miseria al Señor, pero convencido de la certeza de su misericordia. ¡Y no era un pecado, una pequeña mentira, aquello que había hecho; había cometido adulterio y un asesinato!».

 

Para describir el perdón de Dios se utilizan imágenes «muy plásticas: borra, lávame, purifícame», prosiguió el Papa. «Se manifiesta, en esta oración, la verdadera necesidad del hombre: la única cosa de la cual tenemos verdaderamente necesidad en nuestra vida es aquella de ser perdonados, liberados del mal y de sus consecuencias de muerte. Lamentablemente —recordó—, la vida nos hace experimentar muchas veces estas situaciones; y sobre todo en ellas debemos confiar en la misericordia. Dios es más grande de nuestro pecado. No olvidemos esto: Dios es más grande de nuestro pecado». Y prosiguió poniendo un ejemplo: «“Padre yo no lo sé decir, he cometido tantos graves, tantos”; Dios es más grande de todos los pecados que nosotros podamos cometer. Dios es más grande de nuestro pecado. ¿Lo decimos juntos? Todos. “¡Dios – todos juntos – es más grande de nuestro pecado! Una vez más: “Dios es más grande nuestro pecado”. Una vez más: “Dios es más grande nuestro pecado”». Los fieles reunidos en la Plaza San Pedro repitieron con el Papa tres veces la frase con entusiasmo. «Quien ora con este Salmo —continuó Bergoglio— busca el perdón, confiesa su propia culpa, pero reconociéndola celebra la justicia y la santidad de Dios. Y luego pide todavía gracia y misericordia. El salmista confía en la bondad de Dios, sabe que el perdón divino es sumamente eficaz, porque crea lo que dice. No esconde el pecado, sino lo destruye y lo borra; pero lo borra desde la raíz no como hacen en la tintorería cuando llevamos un vestido y borran la mancha. ¡No! Dios borra nuestro pecado desde la raíz, ¡todo! Por eso el penitente se hace puro, toda mancha es eliminada y él ahora es más blanco que la nieve incontaminada. Todos nosotros somos pecadores. ¿Y esto es verdad? Si alguno de ustedes no se siente pecador que alce la mano. Ninguno, ¡eh! Todos lo somos».

 

«Nosotros los pecadores —explicó Francisco—, con el perdón, nos hacemos creaturas nuevas, rebosantes de espíritu y llenos de alegría. Ahora una nueva realidad comienza para nosotros: un nuevo corazón, un nuevo espíritu, una nueva vida. Nosotros, pecadores perdonados, que hemos recibido la gracia divina, podemos incluso enseñar a los demás a no pecar más». Y, con otro ejemplo, el Pontífice argentino, se explicó mejor: «“Pero Padre, yo soy débil: yo caigo, caigo”; ¡pero, si tú caes, levántate! Cuando un niño cae, ¿Qué hace? Levanta la mano a la mamá, al papá para que lo levanten. Hagamos lo mismo. Si tú caes por debilidad en el pecado, levanta la mano: el Señor la toma y te ayudará a levantarte. Esta es la dignidad del perdón de Dios. La dignidad que nos da el perdón de Dios es aquella de levantarnos, ponernos siempre de pie, porque Él ha creado al hombre y a la mujer para estar en pie». Y concluyó: «es bello ser perdonados, pero también tú, si quieres ser perdonado, perdona también tú. ¡Perdona! Que nos conceda el Señor, por intercesión de María, Madre de misericordia, ser testigos de su perdón, que purifica el corazón y transforma la vida».

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