* ESPIRITUALIDAD “Confesión en el Año de la Misericordia – Examen de conciencia”

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Confesión en el Año de la Misericordia – Examen de conciencia

  1. ¿Soy generoso cuando la Iglesia, u otra situación puntual, reclaman mi ayuda?
  2. ¿Visito a las personas que están presas de la depresión, la tristeza, la soledad, la amargura u otras prisiones como la droga, la enfermedad o el rechazo social?
  3. ¿Ayudo en las tareas de la casa para que, los demás, puedan comer y otros descansar de sus trabajos constantes y volcados en lo doméstico?
  4. ¿Doy de beber “agua” al que está sediento de palabras, de mi presencia, de un consejo o simplemente de una mirada, consideración, estima o cariño?
  5. ¿Procuro vestir al que está desnudo de su fama por la difamación, la injuria o los odios? ¿Defiendo a los que están siendo despojados de su buen hombre o, con mi silencio, hago más severa esa afrenta?
  6. ¿Me preocupo por las personas enfermas de mi trabajo, vivienda, bloque vecinal, calle o incluso por los que no tengo relación pero les haría un bien visitándoles?
  7. ¿Alojo en la casa de mi corazón, de mis ideas y de mi persona a los que andan vagabundos y sin sentido? ¿Soy generoso a la hora de abrir las puertas de mi casa cuando alguien necesita algo?

8.¿Enseño, desde la sabiduría que Dios me ha dado, a los que tal vez desconocen –por ejemplo- las oraciones, la fe o la misma esencia de la Iglesia? ¿Callo cuando sistemáticamente se pone en jaque todo lo relativo a Dios o a su Iglesia?

  1. ¿Aconsejo al que no sabe o, por el contrario, estallo en carcajada cuando alguien queda en evidencia?
  2. ¿Procuro corregir al que se equivoca o disfruto cuando el prójimo es causa de burla por su ignorancia, ingenuidad, poco espíritu o desconocimiento?
  3. ¿Perdono las realizadas en el pasado o en el pasado más reciente? ¿Voy pregonando los agravios que otras personas me han hecho o, por el contrario, las dejo junto a la cruz para que Dios me haga olvidarlas y perdonarlas?
  4. ¿Soy alegría allá donde me encuentro o, por el contrario, presento la cara más amarga de mi existencia? ¿Relativizo situaciones o las agudizo más todavía? ¿Soy bálsamo en el sufrimiento o sonrisa en el pesimismo?
  5. ¿Acojo con paciencia los defectos de los demás o, más bien, les hago publicidad colocándolos en la televisión del chismorreo fácil y crítica destructiva?
  6. ¿Soy agradecido con los vivos y con los difuntos? ¿Guardo memoria de aquellos que cerraron los ojos con la fe puesta en Dios? ¿Pido por la salvación de sus almas o, por el contrario, me gusta ser juez y decir: “no les hace falta oración..ya están salvados”.?
  7. Finalmente, y ante la Misericordia de Dios que es infinita, soy respetuoso con su nombre? ¿Amo su faz humana en las personas que me encuentro? ¿Reservo el domingo y las fiestas de guardar para darle gloria o sólo para enaltecer el ocio o el deporte? ¿Visito, cuido y respeto a los padres? ¿Procuro contener la lengua cuando, tal vez, se convierte en puñal que mata? ¿Soy cauto y moderado en todo aquello que me puede llevar a la frivolidad de mi cuerpo, pensamientos, palabras y obras? ¿Defiendo la verdad o , por el contrario, soy soldado de la mentira? ¿Me conformo con lo que tengo o, en algún momento, he robado algo que no me correspondía? ¿Soy prudente con las personas y con los bienes que son posesión de otras personas?
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Piensa, medita y reza. Y, cuando detectes algo que en tu vida no va bien, no lo dudes: acude al sacerdote y diciéndole “he pecado contra Dios”, hazle sabedor de tus preocupaciones, defectos y debilidades. Una casa que se resquebraja es bueno, de vez en cuando, ponerla en manos de un buen constructor. Y, nuestra vida espiritual, necesita de ALGUIEN que a través de sus “albañiles” la vayan recuperando, dando fuerza, solidez y fundamento: los sacerdotes. No te conformes con decir “Dios es bueno”. Entre otras cosas porque, normalmente cuando decimos eso, es que hay algún socavón que no nos interesa restaurar cristianamente.

Después de la absolución, siguiendo las indicaciones del sacerdote, ponte de rodillas. Reza un padrenuestro o haz un acto de fe. Besa la cruz…y comprenderás lo que en verdad es la misericordia de Dios y no nuestras “misericordinas” a domicilio.

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