* REFLEXIONES Y MEDITACIONES”Bienaventurada Virgen María, Reina del cielo y Madre de misericordia” 22 de agosto

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oración:

Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y como Reina a la Madre de tu Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria de tus hijos en el Reino de los Cielos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén (oración litúrgica).

Deseo ocuparme y éste, y en otros posibles artículos de la imagen evangélica de la Virgen en los nuevos Prefacios marianos. Comienzo con un bellísimo formulario, tomado de la colección “Misas de la Virgen María”. Es el n1 39, llamado Reina y Madre de misericordia. Los dos se ensamblan armónicamente en la devoción popular hacia la Madre de Dios, como los dos rasgos característicos que mejor configuran la semblanza de nuestra Señora. En el sencillo y breve análisis del Prefacio aparecen las razones doctrinales que justifican el doble título o advocación.

1. RIQUEZA DE LOS TÍTULOS BÍBLICOS Y EUCOLÓGICOS

El título o advocación de “Reina de misericordia” al que hacen referencia la antífona de entrada y la Colecta alternativa, celebra conjuntamente la bondad, la generosidad, la dignidad de la Virgen que, elevada al cielo, cumple con su misión de rogar incesantemente a su Hijo por la salvación de los hombres. He aquí el saludo inicial: Salve, Reina de misericordia, Madre gloriosa de Cristo, consuelo de los penitentes y esperanza de los pecadores. En cuanto a la segunda Colecta, que se ofrece opcionalmente, su texto resulta bien elocuente: “Dios misericordioso escucha las plegarias de tus hijos que, inclinados por el peso de sus culpas, se convierten a ti e invocan tu clemencia. Movido por ella enviaste a tu Hijo al mundo como Salvador y nos diste a la Virgen Santa María como Reina de misericordia”.

En cuanto al mencionado título, recogido en la Colecta primera, Oración sobre las Ofrendas y en el Prefacio, conviene aportar algún dato histórico aclaratorio. Quien atribuyó por primera vez este título a la Virgen fue -según parece- san Odón, abad benedictino de Cluny y fundador del monasterio homónimo, fallecido el año 942. El título cuadraba con entera razón a Santa María, porque dio a luz para nosotros a Jesucristo, misericordia visible del invisible Dios misericordioso, y porque es Madre espiritual de los fieles, llena de gracia y misericordia.

San Lorenzo de Brindis, capuchino y doctor de la Iglesia (1559-1619), hombre de amplia y profunda sabiduría bíblico-teológica, indaga con unción las razones de este título llamado a María “Madre misericordiosísima, Madre clementísima, Madre tiernísima y amantísima”. El formulario de esta Misa mariana gira sobre dos goznes de sólida base doctrinal: Ella es Profetisa que ensalza la misericordia de Dios, y a esta idea central alude el pasaje evangélico de la Visitación con el cántico de Magnificat (Lc 1,39-55). Fue en esta ocasión cuando la Virgen alabó por dos veces a Dios misericordioso: su misericordia llega a sus fieles / de generación en generación (…)./ Auxilia a Israel su siervo / acordándose de la misericordia. Por este motivo, los fieles desean proclamar continuamente la misericordia de Dios para con la bienaventurada Virgen María, como reza la Poscomunión.

El segundo gozne está constituido por la afirmación principal del Prefacio: La Virgen es la Mujer que ha experimentado la misericordia de Dios de un modo único y privilegiado. Comentaremos enseguida esta iluminadora enseñanza que nos hace celebrar con desbordante gozo el título consolador de María, Madre de Misericordia, que desde el comienzo del segundo milenio, pasó a la piedad popular y a la Liturgia. Multitud de poetas medievales cantaron con cincelados versos a la Madre Misericordiosa o de la misericordia. Pocas advocaciones habrán sido más celebradas, ya que polarizó la atención y súplica de los fieles deseosos de alcanzar por medio de la Virgen, el perdón divino.

2. EL NÚCLEO DOCTRINAL DEL PREFACIO

Las tres “estrofas” de esta pieza admirable nos revelan las excelencias sobrenaturales de Nuestra Señora. Después del párrafo introductorio común a todos los Prefacios, escuchamos como una triple cadencia las exclamaciones gozosas de la Iglesia que celebra los divinos misterios: Ella es Reina clemente, / que, habiendo experimentado tu misericordia / de un modo único y privilegiado, / acoge a todos los que en ella se refugian, / y los escucha cuando la invocan. / Ella es la Madre de la misericordia, / atenta siempre a los ruegos de sus hijos, / para impetrar indulgencia, / y obtenerles el perdón de los pecados. / Ella es la dispensadora del amor divino, / la que ruega incesantemente por nosotros / para que su gracia enriquezca nuestra pobreza / y su poder fortalezca nuestra debilidad.

Hasta aquí lo que podemos denominar el núcleo central que canta a la bienaventurada Virgen María, Reina de piedad y Madre de misericordia tanto en sentido objetivo como subjetivo. Si Ella es la Madre de Jesucristo, la misericordia encarnada del Padre, María es la Madre de la misericordia. Y si Dios quiso enriquecerla con la poderosa intercesión haciéndola “Mediadora ante el Mediador”, según la bella expresión de san Bernardo, Ella es Madre misericordiosa. El eje diamantino del Prefacio que cruza y vertebra todo el conjunto reside en las palabras clave de la segunda estrofa: María ha experimentado la misericordia del Señor. Consciente de ello prorrumpe ante Isabel en su éxtasis de amor agradecido: “Mi alma proclama la grandeza del Señor. Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”. El nuevo Prefacio se hace eco de las enseñanzas de Juan Pablo II en su encíclica “Dives in misericordia” (30-XI-1980) a la que pertenece este denso pasaje:

“María es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la llamamos también Madre de la Misericordia. En cada uno de estos títulos se encierra un profundo significado teológico, porque expresan la preparación particular de su alma, de toda su personalidad, descubriendo a través de los complicados acontecimientos de Israel, y de todo hombre, y de la humanidad entera después, aquella misericordia de la que por todas las generaciones, nos hacemos partícipes, según el eterno designio de la Santísima Trinidad. Los susodichos títulos que atribuimos a la Madre de Dios nos hablan de Ella, por encima de todo, como Madre del Crucificado y del Resucitado”.

“Sin duda María, y por María, experimentamos la misericordia divina, porque en virtud del tacto singular de su corazón materno y de su extraordinaria sensibilidad compasiva, posee una esencial actitud para llegar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una Madre”.

Añade como sugestiva apostilla el Pontífice: “Este es uno de los misterios más grandes y vivificantes del cristianismo, tan íntimamente vinculado con el misterio de la Encarnación” (DM, 9). Todas estas ideas pontificias han sido incorporadas de manera sintética al texto del Prefacio que venimos comentando. Ciertamente la importancia teológica y doctrinal de sus contenidos deriva de las Fuentes Reveladas y de la Sagrada Liturgia donde se verifica el aforismo “Lex orandi, lex credendi”: Se ora como se cree, y se cree como se ora. Pero la enseñanza autoritativa de la Iglesia ilumina y enriquece con perfiles muy acusados, el dato revelado.

3. CRISTIANOS MISERICORDIOSOS EN EL TERCER MILENIO

En la llamada Oración sobre las Ofrendas la Iglesia dice: “Al venerar a la Virgen María Madre de Misericordia, concédenos ser misericordiosos con nuestros hermanos”. Esta petición desea corresponder al mandato de Cristo en el Sermón del Monte: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso (Mt 6,36). Quizá lo que más necesita la Iglesia, cuando ha inaugurado ya el tercer milenio y el nuevo siglo XXI, sea de cristianos misericordiosos que lleven a cabo el programa sobre las virtudes evangélicas, propuesto por san Pablo a los fieles de Colosas: Revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, magnanimidad (Col 3.12).

En una sociedad cada vez más fría e indiferente, de escasos rasgos de apertura a los demás, en los que predominan múltiples formas de egocentrismo insolidario, urge que los discípulos de Jesús den unánime y constante testimonio de caridad compasiva y comprensiva, es decir, de fraternidad evangélica hacia todos los demás. El preámbulo de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual nos señala el camino: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre resonancia en sus corazones” (GS, 1).

Esta es la estampa genuina del cristiano en un nuevo siglo marcado por increíbles avances técnicos y científicos, pero sellado al mismo tiempo por vergonzosas lacras, zonas oscuras y humillantes servidumbres. La Misa de la Virgen María, Reina y Madre de la misericordia, indica la dirección de nuestros pasos de peregrinos, en la encrucijada incierta que debe conducir a la civilización del amor. Otros equivocados rumbos nos llevarían a un túnel sin salida. En la “Vida de María” -quizá la primera históricamente- escrita por Máximo el Confesor a mediados del siglo VII, se habla así de la bienaventurada Virgen: “Su misericordia no era sólo para los parientes y los conocidos, sino también para los extraños y los enemigos, porque era verdaderamente la Madre de la Misericordia, la Madre del Misericordioso, la Madre de Aquel que por nosotros se encarnó y fue Crucificado, para derramar sobre nosotros, enemigos y rebeldes, su misericordia”.

Y san Andrés de Creta fallecido el año 740, ruega así a María: “Levanta con la riqueza de tu misericordia mi alma, vuelta mísera por los pecados, oh Madre de Dios”. No olvidemos que la misericordia envuelve a la Virgen María desde el punto de partida de su ser, total y completamente. Toda su vida no cesa de recibir la plenitud de la misericordia de Dios. Si acertamos a comprender cómo María es la mejor obra de arte de esta misericordia, tendremos -de alguna forma- la llave para penetrar en todas las misericordias del Padre y poder vivirlas.

Nos conviene meditar mucho los textos evangélicos marianos de san Lucas. Comprobaremos entonces que el Fiat (Hágase en mí) y el Magnificat (proclama mi alma la grandeza del Señor) son la respuesta más perfecta de María a las misericordias del Padre derramadas sobre Ella. El tema del Magnificat es fundamentalmente el tema de amor del Padre hacia los humildes y los pobres. Por ello Dios ha elegido para su designio salvífico a una doncella pobre y humilde. María es la profetisa de la misericordia del Padre y su más fiel icono después de Cristo.

San Bernardo escribe: “María se ha hecho toda para todos y a todos abre el seno de su misericordia a fin de que todos reciban la gracia que necesitan: el esclavo, el rescate; el enfermo, la salud; el afligido, el consuelo; y el pecador, el perdón”. La mirada a María “Reina y Madre de misericordia” nos lleva a lo que Juan Pablo II ha repetido con insistencia: “María Santísima. Hija predilecta del Padre, se presenta ante la mirada de los creyentes, como ejemplo de amor, tanto a Dios como al prójimo”.

María es Reina y Madre de misericordia porque su mediación en favor de todos los hombres está unida a su maternidad. Este carácter materno de su mediación siempre subordina a la única mediación de Cristo, y siempre participada, explica por qué, en cuanto Madre, coopera en la acción salvífica del Hijo, Redentor del mundo. Y explica también por qué esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar hasta la consumación perpetua de todos los elegidos (LG, 62). Nuestros poetas clásicos se hicieron eco de este poder intercesor de María capaz de alcanzarnos la múltiple e infinita misericordia de Dios.

Oigamos estos sentidos versos de Cristóbal de Cabrera: Quién podrá tanto alabarte / según es tu merecer; / Quién sabrá tan bien loarte / que no le falte saber; / pues que para nos valer / tanto vales / da remedio a nuestros males. / ¡Oh Madre de Dios y hombre! / ¡Oh concierto de concordia! / Tú que tienes por renombre / Madre de misericordia; / pues para quitar discordia / tanto vales, / da remedio a nuestros males.

Fuente: http://www.mariologia.org/reflexiones/reflexionesmarianas460.htm

Padre Andrés Molina Prieto

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