* VIAJE DEL PAPA FRANCISCO”Visita Apostólica a Sarajevo” 6 de junio

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(RV).- En su último encuentro de su Visita Apostólica a Sarajevo, el Papa Francisco entregó el discurso que tenia preparado y respondió a las preguntas que cuatro jóvenes le dirigieron.

Texto completo del Discurso entregado por el Papa Francisco a los jóvenes

Queridos jóvenes

He deseado tanto este encuentro con ustedes, jóvenes de Bosnia y Herzegovina y de los países vecinos. Dirijo a todos un cordial saludo. Al encontrarme aquí, en este «Centro» dedicado a san Juan Pablo II, no puedo olvidar lo mucho que hizo por los jóvenes, encontrándose con ellos y animándoles en todas las partes del mundo. Encomiendo a su intercesión a cada uno de vosotros, así como todas las iniciativas que la Iglesia católica ha emprendido en su tierra para testimoniar su cercanía y su confianza en los jóvenes. Todos nosotros caminamos juntos.

Conozco las dudas y esperanzas que llevan en el corazón. Nos las ha recordado Mons. Marko Semren y sus representantes, Darko y Nadežhda. En particular, comparto la esperanza de que se asegure a las nuevas generaciones la posibilidad real de un futuro digno en el país, evitando así el triste fenómeno del éxodo. A este respecto, las instituciones están llamadas a poner en marcha oportunas y audaces estrategias para animar a los jóvenes y favorecerlos en sus legítimas aspiraciones; de este modo, serán capaces de contribuir activamente a la construcción y al crecimiento del país. Por su parte, la Iglesia puede dar su contribución con adecuados proyectos pastorales centrados en la conciencia cívica y moral de la juventud, ayudándola así a ser protagonista de la vida social. Este compromiso de la Iglesia ya está en marcha, especialmente a través de la valiosa labor de las escuelas católicas, justamente abiertas no sólo a los estudiantes católicos, sino también a los de otras confesiones cristianas y de otras religiones. Sin embargo, la Iglesia debe sentirse llamada a lanzarse cada vez más a partir del Evangelio y el impulso del Espíritu Santo, que transforma las personas, la sociedad y la Iglesia misma.

También ustedes, jóvenes, tienen que desempeñar un papel decisivo a la hora de afrontar los desafíos de nuestro tiempo, que son ciertamente retos materiales, pero que, antes aún, se refieren a la visión del hombre. En efecto, junto con los problemas económicos, la dificultad de encontrar trabajo y la consiguiente incertidumbre por el futuro, se percibe la crisis de los valores morales y la pérdida del sentido de la vida. Ante esta crítica situación, algunos pueden caer en la tentación de la fuga, de la evasión, encerrándose en una actitud de aislamiento egoísta, refugiándose en el alcohol, en las drogas, en las ideologías que predican el odio y la violencia. Son realidades que conozco bien porque, lamentablemente, también están presentes en la ciudad de Buenos Aires, de donde yo vengo. Por eso los animo a que no se dejen abatir por las dificultades, sino que hagan valer sin miedo la fuerza que viene de su ser personas y cristianos, de ser semillas de una sociedad más justa, fraterna, acogedora y pacífica. Ustedes, jóvenes, junto con Cristo, son la fuerza de la Iglesia y de la sociedad. Si se dejan plasmar por él, si entablan un diálogo con él en la oración, con la lectura y la meditación del Evangelio, se convertirán en profetas y testigos de la esperanza.

Están llamados a esta misión: salvar la esperanza a la que los empuja su propia realidad de personas abiertas a la vida; la esperanza que tienen de superar la situación actual, para preparar en el futuro un clima social y humano más digno del actual; la esperanza de vivir en un mundo más fraterno, más justo y pacífico, más sincero, más a medida del hombre. Les deseo que tomen conciencia cada vez más de que son hijos de esta tierra, que los ha visto nacer y que pide ser amada y ayudada a reedificarse, a crecer espiritual y socialmente, gracias a la contribución indispensable de sus ideas y actividades. Para vencer todo rastro de pesimismo se necesita el valor de gastarse la vida con alegría y dedicación en la construcción de una sociedad acogedora, respetuosa de toda la diversidad, orientada a la civilización del amor. Tienen muy cerca un gran testimonio de este estilo de vida: el beato Ivan Merz. San Juan Pablo II lo ha proclamado beato en Banja Luka. Que sea siempre su protector y su ejemplo.

La fe cristiana nos enseña que estamos llamados a un destino eterno, a ser hijos de Dios y hermanos en Cristo (cf. 1 Jn 3,1), a ser creadores de fraternidad por amor a Cristo. Me alegro por el compromiso en el diálogo ecuménico e interreligioso emprendido por ustedes, jóvenes católicos y ortodoxos, con la implicación de los jóvenes musulmanes. En esta importante actividad desempeña un papel importante este «Centro Juvenil san Juan Pablo II», con iniciativas de conocimiento mutuo y de solidaridad, para fomentar la convivencia pacífica entre las diferentes pertenencias étnicas y religiosas. Los animo a continuar con confianza esta obra, comprometiéndose en proyectos comunes con gestos concretos de cercanía y ayuda a los más pobres y necesitados.

Queridos jóvenes, su presencia festiva, su sed de verdad y de altos ideales son signos de esperanza. La juventud no es pasividad, sino esfuerzo tenaz por alcanzar metas importantes, aunque cueste; no es un cerrar los ojos ante las dificultades, sino rechazar las componendas y la mediocridad; no es evasión o fuga, sino el compromiso de solidaridad con todos, especialmente con los más débiles. La Iglesia cuenta y quiere contar con ustedes, que son generosos y capaces de los mejores impulsos y de los sacrificios más nobles. Por eso, ustedes Pastores, y yo con ellos, les pedimos que no se aíslen, sino que estén siempre unidos entre ustedes, para disfrutar de la belleza de la fraternidad y ser más eficaces en su actividad.

Que por su modo de amarse y comprometerse todo el mundo pueda ver que son cristianos: los jóvenes cristianos de Bosnia y Herzegovina. Sin miedo; sin huir de la realidad; abiertos a Cristo y a los hermanos. Son parte viva del gran pueblo que es la Iglesia: el Pueblo universal, en el que todas las naciones y culturas pueden recibir la bendición de Dios y encontrar el camino de la paz. En este Pueblo, cada uno de ustedes está llamado a seguir a Cristo y a dar la vida por Dios y por los hermanos en la vía que el Señor le indicará, más aún, que ya les indica. Ya hoy, ahora, el Señor los llama: ¿quieren responder? No tengan miedo. No estamos solos. Estamos siempre con el Padre celestial, con Jesús, nuestro Hermano y Señor, con el Espíritu Santo; y tenemos como madre a la Iglesia y a María. Que la Santísima Virgen María los proteja y les dé siempre la alegría y el valor de dar testimonio del Evangelio.

Les bendigo a todos, y les pido que, por favor, recen por mí.

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