* SANTO DEL DIA ” Santos Cristóbal Magallanes y 24 compañeros, mártires” 21 de mayo

https://i0.wp.com/www.oremosjuntos.com/SantoralLatino/CMagallanes1.jpg

HOMILÍA DEL SANTO PADRE

Domingo 21 de mayo de 2000

1. “No amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad” (1 Jn 3, 18). Esta exhortación, tomada del apóstol Juan en el texto de la segunda lectura de esta celebración, nos invita a imitar a Cristo, viviendo a la vez en estrecha unión con Él. Jesús mismo nos lo ha dicho también en el Evangelio recién proclamado: “Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí” (Jn 15,4).

A través de la unión profunda con Cristo, iniciada en el bautismo y alimentada por la oración, los sacramentos y la práctica de las virtudes evangélicas, hombres y mujeres de todos los tiempos, como hijos de la Iglesia, han alcanzado la meta de la santidad. Son santos porque pusieron a Dios en el centro de su vida e hicieron de la búsqueda y extensión de su Reino el móvil de su propia existencia; santos porque sus obras siguen hablando de su amor total al Señor y a los hermanos dando copiosos frutos, gracias a su fe viva en Jesucristo, y a su compromiso de amar como Él nos ha amado, incluso a los enemigos.

2. Dentro de la peregrinación jubilar de los mexicanos, la Iglesia se alegra al proclamar santos a estos hijos de México: Cristóbal Magallanes y 24 compañeros mártires, sacerdotes y laicos; José María de Yermo y Parres, sacerdote fundador de las Religiosas Siervas del Sagrado Corazón de Jesús, y María de Jesús Sacramentado Venegas, fundadora de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús.

Para participar en esta solemne celebración, honrando así la memoria de estos ilustres hijos de la Iglesia y de vuestra Patria, habéis venido numerosos peregrinos mexicanos, acompañados por un nutrido grupo de Obispos. A todos os saludo con gran afecto. La Iglesia en México se regocija al contar con estos intercesores en el cielo, modelos de caridad suprema siguiendo las huellas de Jesucristo. Todos ellos entregaron su vida a Dios y a los hermanos, por la vía del martirio o por el camino de la ofrenda generosa al servicio de los necesitados. La firmeza de su fe y esperanza les sostuvo en las diversas pruebas a las que fueron sometidos. Son un precioso legado, fruto de la fe arraigada en tierras mexicanas, la cual, en los albores del Tercer milenio del cristianismo, ha de ser mantenida y revitalizada para que sigáis siendo fieles a Cristo y a su Iglesia como lo habéis sido en el pasado.

3. En la primera lectura hemos escuchado cómo Pablo se movía en Jerusalén “predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo” (Hch 9, 28-29). Con la misión de Pablo se prepara la propagación de la Iglesia, llevando el mensaje evangélico a todas las partes. Y en esta expansión, no han faltado nunca las persecuciones y violencias contra los anunciadores de la Buena Nueva. Pero, por encima de las adversidades humanas, la Iglesia cuenta con la promesa de la asistencia divina. Por eso, hemos oído que “la Iglesia gozaba de paz […] Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba animada por el Espíritu Santo” (Hch 9,31).

Bien podemos aplicar este fragmento de los Hechos de los Apóstoles a la situación que tuvieron que vivir Cristóbal Magallanes y sus 24 compañeros, mártires en el primer tercio del siglo XX. La mayoría pertenecía al clero secular y tres de ellos eran laicos seriamente comprometidos en la ayuda a los sacerdotes. No abandonaron el valiente ejercicio de su ministerio cuando la persecución religiosa arreció en la amada tierra mexicana, desatando un odio a la religión católica. Todos aceptaron libre y serenamente el martirio como testimonio de su fe, perdonando explícitamente a sus perseguidores. Fieles a Dios y a la fe católica tan arraigada en sus comunidades eclesiales a las cuales sirvieron promoviendo también su bienestar material, son hoy ejemplo para toda la Iglesia y para la sociedad mexicana en particular.

Tras las duras pruebas que la Iglesia pasó en México en aquellos convulsos años, hoy los cristianos mexicanos, alentados por el testimonio de estos testigos de la fe, pueden vivir en paz y armonía, aportando a la sociedad la riqueza de los valores evangélicos. La Iglesia crece y progresa, siendo crisol donde nacen abundantes vocaciones sacerdotales y religiosas, donde se forman familias según el plan de Dios y donde los jóvenes, parte notable del pueblo mexicano, pueden crecer con esperanza en un futuro mejor. Que el luminoso ejemplo de Cristóbal Magallanes y compañeros mártires os ayude a un renovado empeño de fidelidad a Dios, capaz de seguir transformando la sociedad mexicana para que en ella reine la justicia, la fraternidad y la armonía entre todos.

4. “Éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó” (1 Jn 3, 23). El mandato por excelencia que Jesús dio a los suyos es amarse fraternalmente como él nos ha amado (cf. Jn 15,12). En la segunda lectura que hemos escuchado, el mandamiento tiene un doble aspecto: creer en la persona de Jesucristo, Hijo de Dios, confesándolo en todo momento, y amarnos unos a otros porque Cristo mismo nos lo ha mandado. Este mandamiento es tan fundamental para la vida del creyente que se convierte como en el presupuesto necesario para que tenga lugar la inhabitación divina. La fe, la esperanza, el amor llevan a acoger existencialmente a Dios como camino seguro hacia la santidad.

Este se puede decir que fue el camino emprendido por José María de Yermo y Parres, que vivió su entrega sacerdotal a Cristo adhiriéndose a Él con todas sus fuerzas, a la vez que se destacaba por una actitud primordialmente orante y contemplativa. En el Corazón de Cristo encontró la guía para su espiritualidad, y considerando su amor infinito a los hombres, quiso imitarlo haciendo la regla de su vida la caridad.

El nuevo Santo fundó las Religiosas Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, denominación que recoge sus dos grandes amores, que expresan en la Iglesia el espíritu y el carisma del nuevo santo. Queridas hijas de San José María de Yermo y Parres: vivid con generosidad la rica herencia de vuestro fundador, empezando por la comunión fraterna en comunidad y prolongándoda después en el amor misericordioso al hermano, con humildad, sencillez y eficacia, y, por encima de todo, en perfecta unión con Dios.

5. “Permaneced en mí y yo en vosotros […] El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 4.5). En el evangelio que hemos escuchado, Jesús nos ha exhortado a permanecer en Él, para unir consigo a todos los hombres. Esta invitación exige llevar a cabo nuestro compromiso bautismal, vivir en su amor, inspirarse en su Palabra, alimentarse con la Eucaristía, recibir su perdón y, cuando sea el caso, llevar con Él la cruz. La separación de Dios es la tragedia más grande que el hombre puede vivir. La savia que llega al sarmiento lo hace crecer; la gracia que nos viene por Cristo nos hace adultos y maduros a fin de que demos frutos de vida eterna.

Santa María de Jesús Sacramentado Venegas, primera mexicana canonizada, supo permanecer unida a Cristo en su larga existencia terrena y por eso dio frutos abundantes de vida eterna. Su espiritualidad se caracterizó por una singular piedad eucarística, pues es claro que un camino excelente para la unión con el Señor es buscarlo, adorarlo, amarlo en el santísimo misterio de su presencia real en el Sacramento del Altar.

Quiso prolongar su obra con la fundación de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús, que siguen hoy en la Iglesia su carisma de la caridad con los pobres y enfermos. En efecto, el amor de Dios es universal, quiere llegar a todos los hombres y por eso la nueva Santa comprendió que su deber era difundirlo, prodigándose en atenciones con todos hasta el fin de sus días, incluso cuando la energía física declinaba y las duras pruebas que pasó a lo largo de su existencia habían mermado sus fuerzas. Fidelísima en la observancia de las constituciones, respetuosa con los obispos y sacerdotes, solícita con los seminaristas, Santa María de Jesús Sacramentado es un elocuente testimonio de consagración absoluta al servicio de Dios y de la humanidad doliente.

6. Esta solemne celebración nos recuerda que la fe comporta una relación profunda con el Señor. Los nuevos santos nos enseñan que los verdaderos seguidores y discípulos de Jesús son aquellos que cumplen la voluntad de Dios y que están unidos a Él mediante la fe y la gracia.

Escuchar la Palabra de Dios, armonizar la propia existencia, dando el primer espacio a Cristo, hace que la vida del ser humano se configure a Él. “Permaneced en mí y yo en vosotros”, sigue siendo la invitación de Jesús que debe resonar continuamente en cada uno de nosotros y en nuestro ambiente. San Pablo, acogiendo este mismo llamado pudo exclamar: “vivo yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Que la Palabra de Dios proclamada en esta liturgia haga que nuestra vida sea auténtica permaneciendo existencialmente unidos al Señor, amando no sólo de palabra sino con obras y de verdad (cf. 1 Jn 3,18). Así nuestra vida será realmente “por Cristo, con Él y en Él”.

Estamos viviendo el Gran Jubileo del Año 2000. Entre sus objetivos está el de “suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad” (Tertio millennio adveniente, 42). Que el ejemplo de estos nuevos Santos, don de la Iglesia en México a la Iglesia universal, mueva a todos los fieles, con todos los medios a su alcance y sobre todo con la ayuda de la gracia de Dios, a buscar con valentía y decisión la santidad.

Que la Virgen de Guadalupe, invocada por los mártires en el momento supremo de su entrega, y a la que San José María de Yermo y Santa María de Jesús Sacramentado Venegas profesaron tan tierna devoción, acompañe con su materna protección los buenos propósitos de quienes honran hoy a los nuevos Santos y ayude a los que siguen sus ejemplos, guíe y proteja también a la Iglesia para que, con su acción evangelizadora y el testimonio cristiano de todos sus hijos, ilumine el camino de la humanidad en el tercer milenio. Amen.

Fuente. http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/2000/documents/hf_jp-ii_hom_20000521_canonizations.html

________________________________

En esta fecha se celebra la memoria de los santos Cristóbal Magallanes, Román Adame, Rodrigo Aguilar, Julio Álvarez, Luis Batis Sáinz, Agustín Caloca, Mateo Correa, Atilano Cruz, Miguel de la Mora, Pedro Esqueda Ramírez, Margarito Flores, José Isabel Flores, David Galván, Pedro Maldonado, Jesús Méndez, Justino Orona, Sabas Reyes Salazar, José María Robles, Toribio Romo, Jenaro Sánchez Delgadillo, Tranquilino Ubiarco y David Uribe, presbíteros; y Manuel Morales, Salvador Lara Puente y David Roldán Lara, laicos.

________________________________________

Cristóbal Magallanes Jara, nació el 30 de julio de 1869 en el rancho “La Sementera” y que ahora se conoce como “San Rafael”, correspondiente al municipio de Totatiche, Jalisco. Sus padres fueron Rafael Magallanes Romero y Clara Jara Sánchez, campesinos muy humildes, pero gente muy buena, fervorosa y cristiana.
Vivió en el rancho durante los primeros 19 años de su vida, desempeñado oficios sencillos, cuidando ovejas, labrando la tierra y haciendo petates, hasta que se matriculó en el Seminario Conciliar de Guadalajara, en octubre de 1888. Ahí se distinguió siempre como un alumno estudioso, piadoso y aprovechado.
Fue ordenado sacerdote a la edad de 30 años en el templo de Santa Teresa, de las madres Carmelitas de Guadalajara, Jalisco, el 17 de septiembre de 1899. Recibió el orden sacerdotal junto con otros catorce compañeros, de manos del Obispo de Colima, don Atenógenes Silva, delegado por el Arzobispo de Guadalajara, don Pedro Loza y Pardavé, quien para entonces ya estaba muy viejo y enfermo.
Ejerció su ministerio durante dos años como capellán de la Escuela de Artes y Oficios del Espíritu Santo, establecida en Guadalajara en la calle de Hidalgo, en la confluencia con la hoy avenida Chapultepec. Sus ilusiones de pastor se vieron coronadas al ser designado a la Parroquia de su pueblo natal, desempeñándose como ministro, coadjutor y finalmente como párroco de Totatiche durante veintidós años.
Piadoso y servicial, el Señor Cura Cristóbal Magallanes Jara llevó una vida tranquila, con satisfacciones al poder estar al frente de la población de Totatiche, su lugar de origen; sin embargo sus mismos fieles y los de la región, lo llevaron a ser perseguido por el ejército federal durante la guerra de los Cristeros.
El Señor Cura Magallanes se distinguió por su piedad, honradez y aplicación. Desde niño tuvo devoción acendrada al Santísimo Sacramento, a la Santísima Virgen María y a San José; rezaba diariamente el Santo Rosario.
Predicó entre los indios huicholes en varias misiones populares, uno de cuyos frutos fue la creación de la colonia Azqueltán. Fundó un hospicio para huérfanos, un asilo para ancianos, fundó centros de catecismo, edificó templos y dotó de capillas los ranchos de su jurisdicción. Siempre atento a la doctrina social de la Iglesia expuesta en la Encíclica “Rerum Novarum”, difundió sus enseñanzas y aplicó sus orientaciones.
Desapegado de los bienes materiales, procuró mejorar el nivel de vida de sus paisanos y remediar sus necesidades, para lo cual estableció escuelas en el pueblo y en las rancherías. Fomentó la agricultura promoviendo la construcción de presas y bordos de almacenamiento del agua y el mejoramiento de las semillas y el cultivo de árboles frutales y hortalizas.
Entre muchas y notorias obras, legó a la comarca la introducción de la agricultura de riego, gracias a la construcción de la presa La Candelaria; para incrementar el patrimonio material de las familias, tuvo la iniciativa de fraccionar algunos predios o solares en las goteras de Totatiche, que fueron distribuidos entre las familias insolventes.
Pero su trabajo más importante fue la fundación del Seminario Auxiliar de Totatiche. Muchos de los seminarios diocesanos y los conventos religiosos en toda la República habían sido clausurados, en el año de 1914, por órdenes de las autoridades civiles debido a la lucha armada de los ejércitos de Villa y de Carranza
Los alumnos dispersos volvieron a sus casas paternas tristes y sin esperanza de continuar sus estudios.
Ante este problema, el Vicario General de la Sagrada Mitra de Guadalajara, Sr. Manuel Alvarado, en circular fechada en marzo de 1915, recomendó a los párrocos que dieran apoyo y atención a sus seminaristas dispersos, por lo que el Señor Cura Magallanes fundó en Totatiche, Jalisco, el 1° de julio de 1915, el Seminario Auxiliar de Nuestra Señora de Guadalupe, con un solo maestro, aunque joven, don Alejo Anaya y, asimismo, con un único alumno: José Pilar Quezada Valdés.
Al año siguiente ya se juntaron más alumnos hasta llegar al número de diecisiete, esto a fines de 1916. Cuando el Sr. Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, después de largo destierro, visitó dicho centro de estudios, viendo tal número de estudiantes en un pueblo tan apartado, le dio reconocimiento oficial y el título de “Preceptoría”, nombrando como su primer Preceptor al Presbítero y Doctor don José Garibi Rivera quien lo acompañaba en esa visita.
Ya de regreso a Guadalajara, el Sr. Orozco y Jiménez, nombró a otros profesores del seminario tapatío como maestros del Seminario de Totatiche: a don José de Jesús Angulo y al Subdiácono Dámaso Quintana.
Durante doce años, hasta el día de su muerte, el Señor Cura Magallanes personalmente cuidó y protegió este seminario, por el llamado “El Silvestre”, del que alcanzó a ver dos frutos óptimos: su compañero de martirio Agustín Caloca y su sucesor en la parroquia, el Siervo de Dios José Pilar Quezada Valdés, que llegó a ser el primer obispo de Acapulco. Muchos trabajos y dificultades ha tenido que pasar esa institución, pero aún vive. Ahí se han preparado muchos jóvenes de los cuales han llegado a la ordenación sacerdotal más de ciento cincuenta, unos para Guadalajara, otros para Zacatecas y otros para algunas Diócesis más.
En los años de 1923 a 1926, recibieron la ordenación sacerdotal cinco de los primeros alumnos del Seminario Auxiliar, por lo cual el Señor Cura Magallanes dijo conmovido en la predicación del Cantamisa del Padre Salvador Casas:

“Madre Santísima, tú me has concedido ya muchas satisfacciones; acuérdate que soy pecador y no tengo méritos para el cielo, mándame ya el sufrimiento, amarguras, tribulaciones y aun el martirio”.
Con la suspensión del culto público decretada por los Obispos el 1º de agosto de 1926, los católicos del lugar y de la región, apoyados por la Unión Popular, asociación de activistas unidos a la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, se organizaron para restaurar los derechos que consideraban conculcados.
Al desencadenarse la persecución religiosa, el Padre Magallanes manifestó claramente sus sentimientos. En una carta, fechada 11 de septiembre de 1926, le dice a un ordenando del Colegio Pío Latino Americano:
“Pide mucho a Dios que se acelere el día de la libertad de la Iglesia dentro del orden, sin violencias. Pero en Totatiche, el 28 de noviembre de ese mismo año, un grupo se levantó en armas contra la tiranía antirreligiosa del Presidente Calles. El Señor Cura Magallanes, eminentemente pacifista, siempre reprobó, en particular y en público, de viva voz y por escrito, que recurrieran a las armas. Publicó un artículo en su periódico en el que desechó la violencia, en él afirmó:
“Ni Jesucristo, ni los Apóstoles, ni la Iglesia han empleado la violencia con ese fin, sino el convencimiento y la predicación por medio de la Palabra. La religión ni se propagó, ni se ha de conservar por medio de las armas”.
Estos hechos afectaron su ánimo y esto quedó plasmado por escrito. En abril de 1927, escribió el Señor Cura Magallanes una carta dirigida a un joven sacerdote y antiguo feligrés suyo, Margarito Ortega, y le dice:
“Mi vida, desde hace ya cuatro meses, ha sido andar por cerros y barrancas, huyendo de la persecución gratuita de nuestros enemigos y de los rebeldes, entre quienes se le ha puesto al gobierno que andamos, nomás (sic) porque nos ha tocado vivir en la región de los alzados. Sin embargo, miles y miles de habitantes de estos pueblos, que están mirando y nos conocen desde hace muchos años, saben que somos inocentes y se nos calumnia infamemente. Se está cumpliendo en nosotros la palabra del Divino Maestro Jesucristo: <No es el discípulo más que el maestro; y si a mí me persiguen, también os perseguirán a vosotros>. Dios les perdone tanta infamia y nos vuelva la deseada paz, para que todos los mexicanos nos veamos como hermanos”
El 21 de mayo de 1927, a las once de la mañana, un grupo de soldados del ejército federal, capitaneados por el General Francisco Goñi, aprehendió al Padre Cristóbal Magallanes quien iba solo, montando un mulo por el camino que conducía al rancho de “Santa Rita”. Los soldados le preguntaron quién era y él contestó:
“Soy Cristóbal Magallanes, párroco de Totatiche”.
Esto bastó para que lo amarraran de los brazos, llevándoselo preso a la cárcel de Totatiche. Los vecinos del pueblo, hicieron hasta lo imposible por buscar y conseguir su liberación. Todo fue en vano.
El general Goñi acusó al párroco de sostener la rebelión contra el Gobierno en esa comarca y pese a que demostró lo contrario, le imputaron otro delito: “No habrán tenido parte alguna en el movimiento cristero, pero basta que sean sacerdotes para hacerlos responsables de la rebelión”, se dictaminó.
El Señor Cura Magallanes compartió la prisión con su ministro, el joven Presbítero Agustín Caloca. Hay que recordar que ese mismo día y casi a la misma hora, por otro sitio habían apresado al Padre Caloca, quien era maestro del Seminario Auxiliar. Ambos fueron trasladados a Momáx, Zacatecas, y quedaron a disposición del jefe de operaciones militares de Zacatecas, el general poblano Anacleto López. El día 24 los transportaron a Colotlán, Jalisco.
La mañana del 25 de mayo, el Padre Cristóbal Magallanes y el Padre Agustín Caloca fueron conducidos al patio de la Presidencia Municipal de Colotlán para ser ejecutados. Ahí, los jefes militares, teniente coronel Marcelino Mendoza Coronado y el coronel Enrique Medina, con un pelotón de soldados, los colocaron a ambos ante el paredón y sin algún juicio, ni ordinario, ni sumario, ni militar, dieron la orden de fusilarlos.
El Señor Cura Magallanes se hincó para recibir del Padre Caloca la absolución sacramental, y él, a su vez, la recibió luego de su párroco. Ante sus verdugos, el Padre Cristóbal dijo en voz alta:
“Soy y muero inocente; perdono de corazón a los autores de mi muerte. Pido a Dios que mi sangre sirva para la paz de los mexicanos desunidos”.
Viendo enseguida que su compañero, el joven sacerdote Caloca estaba angustiado, le dijo:
“Tranquilízate, Padre, Dios necesita mártires; sólo un momento y estaremos en el Cielo”.

Fueron sus últimas palabras. El oficial militar dio la orden de ejecución: “Preparen, apuntes, fuego”. Vino la descarga, la explosión, y cayeron fusilados los dos sacerdotes, derramando su sangre.
En el acta de defunción del Registro Civil de Colotlán quedó asentado: “Falleció de lesiones causadas por armas de fuego y sin asistencia médica el sacerdote Cristóbal Magallanes, originario y vecino de Totatiche. Se mandó inhumar el cadáver… en el panteón de Guadalupe”.
Los vecinos recogieron su sangre con algodones y pronto se extendió la fama de su martirio. El Arzobispo de Guadalajara, Cardenal José Salazar López, afirmó en 1977, en el 50 aniversario del sacrificio del Señor Cura Magallanes y del Padre Caloca:
“En el ejercicio de su ministerio sacerdotal fueron aprehendidos y se les sacrificó solamente por ser sacerdotes. Nuestra oración pide humildemente al Señor que sean glorificados en la Iglesia de Jesucristo quienes dieron con gozo la prueba suprema del amor. Dígnate elevar a tus siervos Cristóbal y Agustín al honor de los altares”.

Cristóbal Magallanes encabezó la causa de canonización de un grupo de sacerdotes y laicos martirizados durante la persecución religiosa en México, que aunque no fue el primero en morir durante esa época, ni lo es en el orden alfabético, sí fue hallado digno de ser la cabeza del grupo por su admirable estatura espiritual que demostró en el desempeño de su ministerio sacerdotal y su gloriosa muerte.
El Siervo de Dios Cristóbal Magallanes Jara fue beatificado por su Santidad Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1992, junto con sus 24 compañeros mártires mexicanos y la Madre María de Jesús Sacramentado Venegas.
El 21 de mayo del Año Jubilar 2000, el Beato Cristóbal Magallanes fue canonizado por el mismo Papa, Juan Pablo II, en ceremonia efectuada en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Junto con él también fueron canonizados sus 24 compañeros mártires, el Padre José María de Yermo y Parres y la Madre María de Jesús Sacramentado Venegas. eneran con particular devoción en el Templo Parroquial de Totatiche, Jalisco.
Totatiche se convirtió hace unos años en Totatiche de Magallanes y con toda razón… Entre los pobladores y las casas que conforman este pintoresco pueblo al norte del Estado de Jalisco se percibe fácilmente el espíritu de quien encabeza la lista de los Santos Mártires Mexicanos, San Cristóbal Magallanes Jara.
Un cartel en la parroquia invita a los fieles a visitar el Museo de los Mártires de esta tierra. En él se conservan muchos de los objetos del Padre Caloca que recuerdan su estancia como vicario en el pueblo de Totatiche o como formador en el Seminario del que también fue alumno; hay fotos de sus padres y sus hermanos, cartas, manuscritos y numerosos recuerdos que completan un retablo de lo que fue su vida.
San Agustín Caloca fue el hombre sencillo, obediente siempre a las peticiones de su párroco y de su Obispo, modelo de santidad para todos los cristianos y modelo auténtico de vida sacerdotal.
La caridad y humildad de San Agustín Caloca está escrita en la historia, pero todavía hay quien la puede comentar de viva voz, porque la experimentó e incluso la aprendió: el Padre Rafael Haro Llamas, el cual vivió con el Padre Agustín y lo acompañó en su huida al llegar los federales a Totatiche.
La vida de Aurora ha sido de lo más completa; se siente feliz, satisfecha con lo realizado en su trabajo de maestra y más aún, Dios le permitió conocer al Señor Cura Magallanes cuando ella era niña y lo recuerda perfectamente:
“Era una persona de mediana estatura, color moreno claro, muy amable y servicial”, comenta. “Yo recuerdo cómo la gente quería y admiraba al Sr. Cura porque era muy atento -continúa diciendo-; después de la Misa de la mañana se ponía su capa negra y visitaba los hogares, sobre todo de aquellos que eran más pobres o que estaban enfermos; si alguien tenía necesidad les llevaba un dinerito o una pequeña despensa” agrega.
Uno de sus recuerdos más fuertes es cuando el Señor Cura Magallanes y el Padre Caloca fueron tomados presos y posteriormente asesinados:
“En todo el pueblo se sentía una tristeza enorme -señala-; recuerdo bien cómo unas señoras fueron hasta Colotlán a pedir por la libertad de los sacerdotes pero no lo lograron; cuando regresaron traían consigo algodones con la sangre de los mártires”.
Pero en Aurora no sólo vive este recuerdo; voltea la mirada hacia arriba y pareciera que una imagen se renueva en su mente:

“Me agradaba mucho cuando el Sr. Cura se nos acercaba a los niños y nos contaba chistes o anécdotas, acariciaba nuestras cabezas y empezaba a decir lo que seríamos en el futuro… a mí me dijo que iba a ser maestra y Dios me lo concedió”.
San Cristóbal Magallanes Jara, mártir mexicano, que pediste de antemano, a Dios y a la Santísima Virgen, la gracia del martirio por el bien de la Iglesia y de la Patria. Ruega por nosotros.

Fuente: http://www.oremosjuntos.com/SantoralLatino/SanCristobalMagallanesJara.html

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s