* La Iglesia se edifica con los logros del matrimonio cristiano y sufre sus fracasos, el Papa en su catequesis

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(RV).- En su catequesis de la audiencia general, celebrada el primer miércoles de mayo en una primaveral Plaza de San Pedro y ante la presencia de varios miles de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países, el Papa Francisco, en el ámbito de sus reflexiones sobre la familia, se refirió a la belleza del matrimonio cristiano.

En efecto, el Obispo de Roma, tras haber considerado en su catequesis anterior la presencia de Jesús en las bodas de Caná, que nos revela de modo nuevo la bondad y dignidad del matrimonio, ofreciéndonos un mensaje más actual que nunca, en esta ocasión se centró en el sacramento de la Iglesia con el que se inicia una nueva comunidad familiar.

Francisco destacó la radicalidad evangélica que restablece la reciprocidad originaria de la creación teniendo en cuenta que el matrimonio es un gran misterio que tiene la gran dignidad de reflejar el amor de Cristo a su Iglesia. Porque como dice el Apóstol Pablo, todos los cristianos estamos llamados a amar como Cristo nos amó, pero el marido,  debe amar a su mujer “como a su propio cuerpo”, es decir, como Cristo “ama a su Iglesia”.

El Obispo de Roma recordó asimismo que el sacramento del matrimonio es un acto de fe y de amor, en el que los esposos, mediante su libre consentimiento, realizan su vocación de entregarse sin reservas y sin medida. Y añadió que la Iglesia está totalmente implicada en cada  matrimonio cristiano puesto que  se edifica con sus logros y sufre sus fracasos. De ahí la invitación del Pontífice a asumir seriamente la responsabilidad que se desprende de este vínculo indisoluble.

El Papa Bergoglio también recordó que la  decisión de “casarse en el Señor” tiene una dimensión misionera, puesto que requiere que los esposos estén dispuestos a ser transmisores de la bendición y de la gracia del Señor para todos.

De ahí la invitación de Santo Padre a rezar para que el matrimonio y las familias sean un reflejo de la fuerza y de la ternura de Dios en nuestra sociedad.

Como es costumbre, al final de su catequesis, el Papa dirigió un pensamiento afectuoso a los queridos jóvenes, enfermos y recién casados que asistieron a esta audiencia general.

Al recordar a  todos ellos que el pasado viernes 1º de mayo comenzó el mes mariano, Francisco manifestó su deseo de que la Madre de Dios sea el refugio de los jóvenes en los momentos más difíciles de su vida; sostenga a los queridos enfermos para que afronten con valor su cruz cotidiana y sea el punto de referencia de los recién casados, a fin de que su familia sea un hogar doméstico de oración y de comprensión.

(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto completo de la catequesis traducida del italiano

Queridos hermanos y hermanos, ¡buenos días!

En nuestro camino de catequesis sobre la familia tocamos hoy directamente la belleza del matrimonio cristiano. Esto no es simplemente una ceremonia que se hace en la Iglesia, con las flores, el vestido, la foto…El matrimonio cristiano es un sacramento que tiene lugar en la Iglesia y que también hace a la Iglesia, dando comienzo a una nueva comunidad familiar.

Es aquello que el apóstol Pablo resume en su célebre expresión: “Éste es un gran misterio – esto del matrimonio – y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia.” (Ef. 5, 32). Inspirado por el Espíritu Santo, Pablo afirma que el amor entre los cónyuges es imagen del amor entre Cristo y la Iglesia. ¡Una dignidad impensable! ¡Pero, en realidad, está inscrita en el designio creador de Dios, y con la gracia de Cristo innumerables parejas cristianas, aún con sus límites, sus pecados, la han realizado!

San Pablo, hablando de la nueva vida en Cristo, dice que los cristianos – todos – están llamados a amarse como Cristo los ha amado, es decir, “sometidos los unos a los otros (Ef. 5, 21), que significa al servicio los unos de los otros. Y aquí introduce la analogía entre la pareja marido-mujer y aquella de Cristo-Iglesia. Es claro que se trata de una analogía imperfecta, pero debemos captar el sentido espiritual que es altísimo y revolucionario y, al mismo tiempo, simple, al alcance de todo hombre y mujer que se confían a la gracia de Dios.

El marido – dice Pablo – debe amar a la esposa “como el propio cuerpo” (Ef. 5, 28); amarla como Cristo “como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (v. 25). ¿Pero ustedes maridos que están aquí presentes, entienden esto? Amar a la propia mujer como Cristo ama a la Iglesia. ¡Éstas no son bromas, es serio! El efecto de este radicalismo de la dedicación pedida al hombre, por el amor y la dignidad de la mujer, sobre el ejemplo de Cristo, debe haber sido enorme, en la misma comunidad cristiana.

Este germen de la novedad evangélica, que restablece la originaria reciprocidad de la dedicación y del respeto, ha madurado lentamente en la historia, pero al final ha prevalecido.

El sacramento del matrimonio es un gran acto de fe y de amor: testimonia el coraje de creer en la belleza del acto creador de Dios y de vivir aquel amor que empuja a seguir adelante siempre más allá, más allá de sí mismos y también más allá de la misma familia. La vocación cristiana a amar sin reservas y sin medida es lo que está en la base también del libre consentimiento que constituye el matrimonio.

La misma Iglesia está plenamente involucrada en la historia de todo matrimonio cristiano: se edifica en sus logros y padece en sus fracasos. Pero debemos interrogarnos son seriedad: ¿aceptamos completamente, nosotros mismos, como creyentes y como pastores también, este vínculo indisoluble de la historia de Cristo y de la Iglesia con la historia del matrimonio y de la familia humana? ¿Estamos dispuestos a asumirnos seriamente esta responsabilidad, es decir, que todo matrimonio va en el camino del amor que Cristo tiene a la Iglesia? ¡Esto es grande!

En esta profundidad del misterio de lo creatural, reconocido y restablecido en su pureza, se abre un segundo gran horizonte que caracteriza el sacramento del matrimonio. La decisión de “casarse en el Señor” contiene también una dimensión misionera, que significa tener en el corazón la disponibilidad a hacerse intermediario de la bendición de Dios y de la gracia del Señor para todos. En efecto, los esposos cristianos participan, como esposos, en la misión de la Iglesia. ¡Y se necesita coraje para eso, eh! Por esto cuando yo saludo a los flamantes esposos, digo: “¡He aquí los valerosos!” Porque se necesita coraje para amarse así como Cristo ama a la Iglesia.

La celebración del sacramento no puede dejar afuera esta corresponsabilidad de la vida familiar con respecto a la gran misión de amor de la Iglesia. Y así, la vida de la Iglesia se enriquece cada vez con la belleza de esta alianza nupcial, como también se empobrece cada vez que ésta es desfigurada. ¡La Iglesia, para ofrecer a todos los dones de la fe, del amor y de la esperanza, tiene necesidad también de la valerosa fidelidad de los esposos a la gracia de su sacramento! El pueblo de Dios tiene necesidad de su cotidiano camino en la fe, en el amor y en la esperanza, con todas las alegrías y las fatigas que este camino comporta en un matrimonio y en una familia.

La ruta así está marcada para siempre, es la ruta del amor: se ama como ama Dios, para siempre. Cristo no cesa de cuidar a la Iglesia: la ama siempre, la cuida siempre, como a sí mismo. Cristo no cesa de quitar del rostro humano las manchas y las arrugas de todo tipo. Es conmovedora y tan bella esta irradiación de la fuerza y de la ternura de Dios que se transmite de pareja a pareja, de familia a familia. Tiene razón San Pablo: ¡esto es realmente un “gran misterio”! Hombres y mujeres, suficientemente valientes para llevar este tesoro en los “vasos de barro” de nuestra humanidad. Estos hombres y mujeres, que son así valientes son un recurso esencial para la Iglesia, también para todo el mundo. ¡Dios los bendiga mil veces por esto! Gracias.

(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual – RV)

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