* DEFENSA DE LA VIDA “El quinto mandamiento, pena de muerte”

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Algunos defienden la pena de muerte como único castigo justo para acciones atroces, pero ¿han pensado en las otras consecuencias de esa defensa?

El 17 de diciembre de 2014, 70 años después de ser electrocutado, los tribunales de Carolina de! Norte (Estados Unidos) reconocían la plena inocencia de George Stinney. Sin ser novedad, los detalles del caso lo elevan a paradigma. Adolescente negro de 14 años, fue acusado de asesinar a dos niñas blancas. Ningún testigo corroboró su implicación; no tuvo asistencia letrada. Pese al testimonio de una hermana que afirmó que estaba con ella lejos del lugar del crimen, el jurado -compuesto por doce ciudadanos blancos-tardó solo 12 minutos en declararle culpable. Menos de tres meses después, tuvieron que colocar un libro grueso, cuyo título no ha trascendido, para acomodarle en la silla eléctrica. Así, en 1944, George Stinney se convirtió en la persona más joven ejecutada en la historia de Estados Unidos.

Durante casi tres cuartos de siglo, ni sus allegados ni los activistas pro derechos humanos cejaron en el empeño de obtener justicia; lucharon sin tregua hasta conseguir la revisión del proceso en 2013, cuya sentencia definitiva -dictada por la juez Carmen Mullen- le exonera de cualquier responsabilidad. Pero la familia de las niñas muestra su desacuerdo, y subraya la ausencia de culpables en el crimen. Cabe preguntarse entonces si el objetivo de una Justicia que merezca tal nombre es buscar el esclarecimiento de la verdad, o encontrar cualquier chivo expiatorio que satisfaga el afán de venganza que consuele a los deudos.

Teniendo en cuenta sucesos más recientes, demasiado frecuentes, como los asesinatos impunes de negros por policías blancos en diversos lugares de Estados Unidos, difícil reprimir la amarga sensación de que, sin minusvalorar los innegables avances -encarnados en el propio presidente Barack Obama- queda mucho camino por recorrer en la senda hacia la dignificación y la igualdad, en Norteamérica y en el resto del mundo. Hoy, como ayer, el negro lleva el estigma de la sospecha. Vivimos con ese temor recurrente, sin que consuelen ni leyes ni constituciones, al comprobar a diario los prejuicios profundamente arraigados en el espíritu de quienes se encargan de aplicarlas. Siempre tienen razón. Ahora que el pánico atenaza a las sociedades occidentales por el fanatismo de unos pocos desalmados, fácil resulta pronosticar que se avecinan tiempos sombríos. Tensar aún más la cuerda nos aboca a una peligrosa espiral de reacciones perversas, que puede retrotraernos a estadios que parecían superados.

Si estas cosas ocurren en países altamente civilizados, ¿qué decir de cuanto sucede en nuestras naciones? ¿Puede cuantificarse el número de africanos fusilados, ahorcados o molidos a palos hasta la muerte en cárceles, comisarías y campos de exterminio desde 1960, solo por emitir una opinión, no apostar al caballo ganador, o mostrarse firmes en la defensa de la justicia y de la libertad? ¿Cuántos millones de africanos son víctimas cotidianas de sentencias injustas dictadas por jueces prevaricadores al servicio del poder? Por desgracia, estas jamás obtendrán el consuelo de la rehabilitación civil. Nadie reivindicará la limpieza de su memoria.

Como al niño George Stinney, sinrazones seculares cercenaron en flor su existencia, impidiéndoles completar sus vidas. Argumento suficiente para oponerse a la barbarie de una pena irreversible.

Artículo de Donato Ndongo-Bidyogo, tomado de la edición impresa de Mundo Negro de febrero.

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fuente: Mundo Negro

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