*VIDAS EJEMPLARES” LUIGI Y MARÍA BELTRAME QUATTROCCHI, PRIMER MATRIMONIO BEATIFICADO CONJUNTAMENTE” 25 de noviembre

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(1880 1951 y 1884 1965)
Vivieron «una vida ordinaria de manera extraordinaria»an

Pablo II vio cumplido uno de los sueños de su pontificado el 21 de octubre de 2001: elevar a la gloria de los altares a un matrimonio conjuntamente. Aunque existen otros casos de santidad de matrimonios reconocidos oficialmente por la Iglesia, es la primera vez que la ceremonia de la beatificación se realiza de manera conjunta. Y fue precisamente en el marco de la celebración del 20 aniversario de la publicación de la “Familiaris consortio”, el documento sobre la vida matrimonial más importante que ha escrito Juan Pablo II, que sitúa en su lugar el papel de la familia “particularmente amenazado en la sociedad actual”. Con esta beatificación, el Papa Juan Pablo II subrayó también que la santidad no es exclusiva de la vida sacerdotal y religiosa.
Ante el aumento “de las tendencias a la disgregación y corrientes que buscan equiparar la institución familiar fundada sobre el matrimonio con otros tipos de convivencia, es necesario que las familias y sus asociaciones se conviertan en promotoras de una nueva era de compromiso por una eficaz defensa de los valores familiares”.
Los nuevos beatos Luigi Beltrame Quattrochi y María Corsini, oriundos de Roma, casados durante cincuenta años, supieron hacer extraordinaria su ordinaria vida de casados fundada en el auténtico amor. Tres de sus cuatro hijos viven y participaron en la ceremonia de la beatificación. Filippo y Cesare, sacerdotes, concelebraron la misa con el Papa. Enrichetta, la hija menor, la siguió entre los miles de peregrinos que llenaban la basílica de San Pedro.
Su camino de santidad lo resumió Juan Pablo II en la homilía: “Entre las alegrías y las preocupaciones de una familia normal supieron realizar una existencia extraordinariamente rica de espiritualidad. En el centro, la Eucaristía diaria, a la que se añadía la devoción filial a la Virgen María, invocada con el Rosario recitado todas las noches, y la referencia a sabios consejos espirituales… Estos esposos vivieron a la luz del Evangelio y con gran intensidad humana el amor conyugal y el servicio a la vida. Asumieron con plena responsabilidad la tarea de colaborar con Dios en la procreación, dedicándose generosamente a los hijos para educarlos, guiarlos, orientarlos, en el descubrimiento de su designio de amor”.

María era profesora y escritora de temas de educación, comprometida en varias asociaciones, entre ellas la Acción Católica Femenina, y apasionada de la música.
Luigi fue un brillante abogado que culminó su carrera en el cargo de viceabogado general del Estado italiano. Fue amigo personal de muchos de los políticos que, después de la segunda guerra mundial, impulsaron el renacimiento de Italia tras el fascismo de Mussolini, como Alcide de Gasperi, o Luigi Gedda.
Tuvieron cuatro hijos: Filippo hoy padre Tarsicio , nacido en 1906; Stefanía sor María Cristina , nacida en 1908 y fallecida en 1993; Cesare padre Paolino , nacido en 1909, y Enrichetta, que nació en 1914.
Un detalle del espíritu que caracterizó a este matrimonio se puso de manifiesto durante la Segunda Guerra Mundial, cuando esta familia ofreció su piso de Roma para alojar a los refugiados.
Según el padre Paolino Rossi, postulador de la causa de beatificación, “los dos esposos fueron cristianos convencidos, coherentes y fieles a su propio bautismo. Supieron acoger el proyecto de Dios sobre ellos y respetaron su prioridad. Fueron personas de gran caridad, entre sí, con los hijos y con el prójimo, promoviendo el bien y la justicia. Fueron personas de esperanza, que supieron dar el justo significado de las realidades terrenas, con la mirada puesta siempre en la eternidad”. Estos dos nuevos beatos proclaman al mundo “un mensaje de esperanza, de consuelo y apoyo a la familia cristiana, asaltada hoy por tantos problemas y asediada en sus valores fundamentales, en su ideal, en su configuración genuina”.
Y otra peculiaridad resaltada por el padre Rossi: la Congregación para las causas de los santos aceptó un solo milagro para los dos siervos de Dios. Se trata de Gilberto Grossi, un joven que hoy es neurocirujano. En el momento en que lo experimentó trabajaba en la casa Beltrame Quattrocchi catalogando los escritos de los dos esposos. “Su invocación a Dios por la curación de alteraciones óseas, que con frecuencia le obligaban a permanecer inmóvil, fue dirigida por intercesión de ambos cónyuges”, dice el padre Rossi. Y “al reconocer su común intercesión, podemos decir que los teólogos han subrayado que los esposos no sólo están unidos en una dimensión humana, sino también espiritual”.
Como concluyó Juan Pablo II, “una auténtica familia, fundada en el matrimonio, es en sí misma una BUENA NOTICIA para el mundo”.

TESTIMONIO DEL P. PAOLINO  BELTRAME QUATTROCCHI

El Padre Paolino (Cesare Beltrame Quattrocchi), de 92 años, es uno de los tres hermanos que han podido participar por primera vez en la historia en la beatificación de sus padres. Con sencillez, recuerda la figura de los beatos Luigi y María:

Si bien nunca hubiera imaginado que un día serían proclamados santos por la Iglesia, puedo afirmar sinceramente que siempre percibí la extraordinaria espiritualidad de mis padres.
En casa siempre se respiró un clima sobrenatural, sereno, alegre, no beato. Independientemente de la cuestión que debíamos afrontar, siempre la resolvían diciendo que había que hacerlo “de tejas para arriba”.

Entre papá y mamá se dio una especie de carrera en el crecimiento espiritual. Ella comenzó en la parrilla de salida, pues vivía ya una intensa experiencia de fe, mientras que él era ciertamente un hombre bueno, recto y honesto, pero no muy practicante.
A través de la vida matrimonial, con la decisiva ayuda de su director espiritual, también él se echó a correr y ambos alcanzaron elevadas metas de espiritualidad.
Por poner un ejemplo: mamá contaba cómo, cuando comenzaron a participar diariamente en la misa matutina, papá le decía “buenos días” al salir de la iglesia, como si sólo entonces comenzara la jornada. De las numerosas cartas que se dirigieron, que hemos podido encontrar y ordenar, emerge toda la intensidad de su amor.
Por ejemplo, cuando mi padre se iba de viaje a Sicilia, era suficiente que llegara a Nápoles para que enviara un mensaje, en el que contaba a su mujer lo mucho que la echaba de menos. Este amor se transmitía tanto hacia dentro durante los primeros años de matrimonio vivían también en nuestro piso los padres de ambos y los abuelos de ella como hacia fuera, con la acogida de amigos de todo tipo de ideas y ayudando a quien se encontraba en la necesidad.
La educación, que nos llevó a tres de nosotros a la consagración, era el pan cotidiano. Todavía tengo una “Imitación de Cristo” que me regaló mi madre cuando tenía diez años. La dedicatoria me sigue produciendo escalofríos: “Acuérdate de que a Cristo se le sigue, si es necesario hasta la muerte”.

EL MATRIMONIO, SACRAMENTO DE MUTUA   SANTIFICACIÓN Y ACTO DE CULTO

Fuente y medio original de propia santificación para los cónyuges y para la familia cristiana es el sacramento del matrimonio, que presupone y especifica la gracia santificante del bautismo. En razón del misterio de la muerte y resurrección de Cristo, donde se sitúa nuevamente el matrimonio cristiano, el amor conyugal es purificado y santificado: “El Señor se digna purificar, perfeccionar y elevar este amor por un don especial de su gracia y la caridad” (GS 49).
El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del matrimonio, sino que acompaña a los esposos a lo largo de su existencia. Lo recuerda de manera explícita el Concilio Vaticano II al decir que Jesucristo “permanece con ellos, para que los esposos, con mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como él mismo ha amado a la Iglesia y se entregó por ella… Por ello, los esposos cristianos, para cumplir con dignidad los deberes de su estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial. Cuando realizan su función conyugal y familiar con la fuerza de este sacramento, imbuidos del espíritu de Cristo, con el que toda la vida queda empapada en fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su pleno desarrollo personal y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente a la glorificación de Dios” (GS 48).
La vocación universal a la santidad también está dirigida a los esposos y padres cristianos.

Para ellos está determinada por la celebración del sacramento y traducida concretamente en las propias realidades de la existencia conyugal familiar (LG 34). De aquí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y genuina espiritualidad conyugal y familiar… El matrimonio cristiano, como todos los sacramentos que “están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, finalmente a dar culto a Dios” (SC 59), es en sí mismo un acto de culto de glorificación de Dios en Jesucristo y en la Iglesia. Al celebrarlo, los cónyuges cristianos profesan su gratitud a Dios por el don sublime que les es dado de poder revivir en su existencia conyugal y familiar el amor mismo de Dios hacia los hombres y del Señor Jesús, por la Iglesia, su esposa.
Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el deber de vivir diariamente la santificación recibida, del mismo sacramento brotan también la gracia y el compromiso moral de transformar su vida en un continuo sacrificio espiritual (LG 34).
También a los esposos y los padres cristianos, de manera especial en estas realidades terrenas y temporales que caracterizan su existencia, se aplican las palabras del Concilio: Igualmente los laicos, obrando santamente como adoradores en todo lugar, consagran a Dios el mismo mundo” (LG 34).
(Exhortación apostólica “Familiaris consortio”, de Juan Pablo II, n. 56)

Texto de la revista Ave María, nº 670

Juan Pablo II vio cumplido uno de los sueños de su pontificado el 21 de octubre de 2001: elevar a la gloria de los altares a un matrimonio conjuntamente. Aunque existen otros casos de santidad de matrimonios reconocidos oficialmente por la Iglesia, es la primera vez que la ceremonia de la beatificación se realiza de manera conjunta. Y fue precisamente en el marco de la celebración del 20 aniversario de la publicación de la “Familiaris consortio”, el documento sobre la vida matrimonial más importante que ha escrito Juan Pablo II, que sitúa en su lugar el papel de la familia “particularmente amenazado en la sociedad actual”. Con esta beatificación, el Papa Juan Pablo II subrayó también que la santidad no es exclusiva de la vida sacerdotal y religiosa.
Ante el aumento “de las tendencias a la disgregación y corrientes que buscan equiparar la institución familiar fundada sobre el matrimonio con otros tipos de convivencia, es necesario que las familias y sus asociaciones se conviertan en promotoras de una nueva era de compromiso por una eficaz defensa de los valores familiares”.
Los nuevos beatos Luigi Beltrame Quattrochi y María Corsini, oriundos de Roma, casados durante cincuenta años, supieron hacer extraordinaria su ordinaria vida de casados fundada en el auténtico amor. Tres de sus cuatro hijos viven y participaron en la ceremonia de la beatificación. Filippo y Cesare, sacerdotes, concelebraron la misa con el Papa. Enrichetta, la hija menor, la siguió entre los miles de peregrinos que llenaban la basílica de San Pedro.
Su camino de santidad lo resumió Juan Pablo II en la homilía: “Entre las alegrías y las preocupaciones de una familia normal supieron realizar una existencia extraordinariamente rica de espiritualidad. En el centro, la Eucaristía diaria, a la que se añadía la devoción filial a la Virgen María, invocada con el Rosario recitado todas las noches, y la referencia a sabios consejos espirituales… Estos esposos vivieron a la luz del Evangelio y con gran intensidad humana el amor conyugal y el servicio a la vida. Asumieron con plena responsabilidad la tarea de colaborar con Dios en la procreación, dedicándose generosamente a los hijos para educarlos, guiarlos, orientarlos, en el descubrimiento de su designio de amor”.

María era profesora y escritora de temas de educación, comprometida en varias asociaciones, entre ellas la Acción Católica Femenina, y apasionada de la música.
Luigi fue un brillante abogado que culminó su carrera en el cargo de viceabogado general del Estado italiano. Fue amigo personal de muchos de los políticos que, después de la segunda guerra mundial, impulsaron el renacimiento de Italia tras el fascismo de Mussolini, como Alcide de Gasperi, o Luigi Gedda.
Tuvieron cuatro hijos: Filippo hoy padre Tarsicio , nacido en 1906; Stefanía sor María Cristina , nacida en 1908 y fallecida en 1993; Cesare padre Paolino , nacido en 1909, y Enrichetta, que nació en 1914.
Un detalle del espíritu que caracterizó a este matrimonio se puso de manifiesto durante la Segunda Guerra Mundial, cuando esta familia ofreció su piso de Roma para alojar a los refugiados.
Según el padre Paolino Rossi, postulador de la causa de beatificación, “los dos esposos fueron cristianos convencidos, coherentes y fieles a su propio bautismo. Supieron acoger el proyecto de Dios sobre ellos y respetaron su prioridad. Fueron personas de gran caridad, entre sí, con los hijos y con el prójimo, promoviendo el bien y la justicia. Fueron personas de esperanza, que supieron dar el justo significado de las realidades terrenas, con la mirada puesta siempre en la eternidad”. Estos dos nuevos beatos proclaman al mundo “un mensaje de esperanza, de consuelo y apoyo a la familia cristiana, asaltada hoy por tantos problemas y asediada en sus valores fundamentales, en su ideal, en su configuración genuina”.
Y otra peculiaridad resaltada por el padre Rossi: la Congregación para las causas de los santos aceptó un solo milagro para los dos siervos de Dios. Se trata de Gilberto Grossi, un joven que hoy es neurocirujano. En el momento en que lo experimentó trabajaba en la casa Beltrame Quattrocchi catalogando los escritos de los dos esposos. “Su invocación a Dios por la curación de alteraciones óseas, que con frecuencia le obligaban a permanecer inmóvil, fue dirigida por intercesión de ambos cónyuges”, dice el padre Rossi. Y “al reconocer su común intercesión, podemos decir que los teólogos han subrayado que los esposos no sólo están unidos en una dimensión humana, sino también espiritual”.
Como concluyó Juan Pablo II, “una auténtica familia, fundada en el matrimonio, es en sí misma una BUENA NOTICIA para el mundo”.

TESTIMONIO DEL P. PAOLINO  BELTRAME QUATTROCCHI

El Padre Paolino (Cesare Beltrame Quattrocchi), de 92 años, es uno de los tres hermanos que han podido participar por primera vez en la historia en la beatificación de sus padres. Con sencillez, recuerda la figura de los beatos Luigi y María:

Si bien nunca hubiera imaginado que un día serían proclamados santos por la Iglesia, puedo afirmar sinceramente que siempre percibí la extraordinaria espiritualidad de mis padres.
En casa siempre se respiró un clima sobrenatural, sereno, alegre, no beato. Independientemente de la cuestión que debíamos afrontar, siempre la resolvían diciendo que había que hacerlo “de tejas para arriba”.

Entre papá y mamá se dio una especie de carrera en el crecimiento espiritual. Ella comenzó en la parrilla de salida, pues vivía ya una intensa experiencia de fe, mientras que él era ciertamente un hombre bueno, recto y honesto, pero no muy practicante.
A través de la vida matrimonial, con la decisiva ayuda de su director espiritual, también él se echó a correr y ambos alcanzaron elevadas metas de espiritualidad.
Por poner un ejemplo: mamá contaba cómo, cuando comenzaron a participar diariamente en la misa matutina, papá le decía “buenos días” al salir de la iglesia, como si sólo entonces comenzara la jornada. De las numerosas cartas que se dirigieron, que hemos podido encontrar y ordenar, emerge toda la intensidad de su amor.
Por ejemplo, cuando mi padre se iba de viaje a Sicilia, era suficiente que llegara a Nápoles para que enviara un mensaje, en el que contaba a su mujer lo mucho que la echaba de menos. Este amor se transmitía tanto hacia dentro durante los primeros años de matrimonio vivían también en nuestro piso los padres de ambos y los abuelos de ella como hacia fuera, con la acogida de amigos de todo tipo de ideas y ayudando a quien se encontraba en la necesidad.
La educación, que nos llevó a tres de nosotros a la consagración, era el pan cotidiano. Todavía tengo una “Imitación de Cristo” que me regaló mi madre cuando tenía diez años. La dedicatoria me sigue produciendo escalofríos: “Acuérdate de que a Cristo se le sigue, si es necesario hasta la muerte”.

EL MATRIMONIO, SACRAMENTO DE MUTUA   SANTIFICACIÓN Y ACTO DE CULTO

Fuente y medio original de propia santificación para los cónyuges y para la familia cristiana es el sacramento del matrimonio, que presupone y especifica la gracia santificante del bautismo. En razón del misterio de la muerte y resurrección de Cristo, donde se sitúa nuevamente el matrimonio cristiano, el amor conyugal es purificado y santificado: “El Señor se digna purificar, perfeccionar y elevar este amor por un don especial de su gracia y la caridad” (GS 49).
El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del matrimonio, sino que acompaña a los esposos a lo largo de su existencia. Lo recuerda de manera explícita el Concilio Vaticano II al decir que Jesucristo “permanece con ellos, para que los esposos, con mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como él mismo ha amado a la Iglesia y se entregó por ella… Por ello, los esposos cristianos, para cumplir con dignidad los deberes de su estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial. Cuando realizan su función conyugal y familiar con la fuerza de este sacramento, imbuidos del espíritu de Cristo, con el que toda la vida queda empapada en fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su pleno desarrollo personal y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente a la glorificación de Dios” (GS 48).
La vocación universal a la santidad también está dirigida a los esposos y padres cristianos.

Para ellos está determinada por la celebración del sacramento y traducida concretamente en las propias realidades de la existencia conyugal familiar (LG 34). De aquí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y genuina espiritualidad conyugal y familiar… El matrimonio cristiano, como todos los sacramentos que “están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, finalmente a dar culto a Dios” (SC 59), es en sí mismo un acto de culto de glorificación de Dios en Jesucristo y en la Iglesia. Al celebrarlo, los cónyuges cristianos profesan su gratitud a Dios por el don sublime que les es dado de poder revivir en su existencia conyugal y familiar el amor mismo de Dios hacia los hombres y del Señor Jesús, por la Iglesia, su esposa.
Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el deber de vivir diariamente la santificación recibida, del mismo sacramento brotan también la gracia y el compromiso moral de transformar su vida en un continuo sacrificio espiritual (LG 34).
También a los esposos y los padres cristianos, de manera especial en estas realidades terrenas y temporales que caracterizan su existencia, se aplican las palabras del Concilio: Igualmente los laicos, obrando santamente como adoradores en todo lugar, consagran a Dios el mismo mundo” (LG 34).
(Exhortación apostólica “Familiaris consortio”, de Juan Pablo II, n. 56)

Texto de la revista Ave María, nº 670

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